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¿A DóNDE VAS?

Tim Keppel

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Fragmento

Renovación urbana

Cuando tu matrimonio se desbarate, múdate a una ciudad grande. Nueva York, Boston, Filadelfia. Mejor Filadelfia, es más barata. No conocerás a nadie, pero de eso se trata.

Alquila un apartamento pequeño en el barrio latino. Sé un espartano. Ya no necesitarás las cosas que antes necesitabas —un carro, una casa, una esposa. Sólo creíste necesitarlas. Eras débil e indulgente. Es hora de ser duro y ligero.

Escoge un apartamento sobre una joyería llamada El Milagro Dorado. Mira a los niños jugar en el lote vacío. Se inventan juegos con cosas desechadas, gritan en un español alegre en las cálidas noches de verano, destruyen televisores con bates de béisbol —el gran pasatiempo americano. Un día míralos subir seis pinos de bolos, uno por uno, a un techo de zinc. Asume que los están guardando para después.

*

Ve a un bar donde las mujeres vistan de negro —maquillaje, tinte, esmalte. Te parecerá atractivo, misterioso, repugnante. Llega temprano y coge una butaca. Asume una expresión entre conforme y lúgubre. Pide cerveza negra. No comas chicharrones. Esto es importante. A las mujeres les repugnan. Pero no importará; te irás a casa frustrado, borracho, solo. Pon música que te recuerde a tu esposa. Apágala. Desconecta el teléfono y mételo en el clóset.

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*

Toma largos paseos por la cuadra. Inspecciona la suciedad, el grafiti, los vidrios rotos. Escucha la cacofonía de los pitos de los carros, los frenos del tranvía, las carcajadas ebrias. Observa al tuerto profeta del apocalipsis gritar al cielo. Pasa por las casas de empeño, los burdeles, las iglesias de garaje, todo el mundo embalado o recuperándose, o ambas. Alguien pidiendo monedas, monedas, monedas, un grupo de empresarios con su emporio de lavacarros y drogas. El tranvía pasa chirriando, metal que raspa metal, frente a un edificio cerrado con tablas chamuscadas que dice Proyecto de Renovación Urbana de Filadelfia.

*

Decide que tu apartamento es demasiado espartano. Lo que necesitas es un sofá cómodo para cuando llegues a casa. Preferiblemente uno para compartir.

Un letrero calle abajo dice: «Todo a la venta». Un hombre está siendo desalojado. Tiene un sofá por sólo treinta y cinco y una furgoneta para ayudarte a llevarlo.

Él es un eslovaco fornido de pelo en pecho, descamisado y sudoroso, que prende un cigarrillo con otro. Un tipo amigable de acento marcado.

—¿Eres nuevo en el barrio? Espero que tengas más suerte que yo.

Al subir el sofá a su furgoneta color violeta, pintada con un sol sonriente al costado, dice:

—Me ha ido muy mal. Mi hija murió, y luego mi novia me dejó.

Su risa jadeante y rápida es casi contagiosa. Piénsalo mejor. Al volante, sus manos están manchadas de color ocre, las uñas comidas hasta exponer la carne viva.

—Voy a vivir en la furgoneta —dice.

Mientras cargan el sofá por las escaleras de su edificio, se jode la espalda. Te sientes mal por no sostener tu lado. Con una mueca, te da una mirada larga y melancólica.

—Es mejor que lo tengas tú. Cuando me deprimo, paso días echado en él.

Entonces te das cuenta del olor. No es humo, no es sudor, sino otra cosa. Algo innombrable. Apenas lo notaste en su casa.

Pero ahora está en tu casa.

—Se ve bien aquí —dice.

Examinas el sofá desde donde estás parado, luego cruzas el cuarto y lo examinas desde allá.

—Me vas a matar —dices—. Pero cambié de opinión.

—¿Qué? —pregunta. Su rostro envejece ante tus ojos.

Dile que es la nicotina. Eres alérgico. Le mientes descaradamente.

Se lleva un cojín a la nariz.

—No huelo nada. Pero no tengo buen olfato.

—Lo siento.

—Oye, quédate con él. Si el olor se va, me mandas un cheque. Si no…

Se acerca lentamente a la puerta.

—¡Pero es que no tengo cómo transportarlo!

Notas el pánico en tu voz —más de lo que era tu intención. Aunque en realidad no tenías ninguna intención.

—Espera —dices. El olor te rodea, se te pega a la ropa, te penetra los poros—. Te doy los treinta y cinco si te lo llevas.

El tipo te mira. Mira el sofá. Se seca la frente y suspira.

—Cuarenta —dice.

*

Lo importante es no mirar atrás. No pienses en el sonido de su voz. En cómo dormía con la planta del pie en tu pantorrilla. Evita los condimentos que compartían: albahaca, cilantro, tomillo. Olvida lo que te enseñó: lavar las cebollas antes de picarlas para que no te hagan llorar. No partas los espaguetis.

Pártelos.

*

Vuélvete minimalista. Compra pequeñas cantidades de todo —crema dental, papel higiénico, salsa picante. Siempre compra marcas económicas, excepto bolsas de basura y máquinas de afeitar. Que no te vean cargando bolsas chorreantes con la cara ensangrentada.

Saca fuerzas de tu ascetismo. Alégrate de que tus bienes materiales caben en un carrito de supermercado. De saber que estás preparado para una evacuación de la ciudad. Aprecia cuán poco tendrás que abandonar.

*

Ve a La Bodega, que está en la esquina. El dueño es coreano pero habla excelente español. Te cuenta que lo han robado tres veces —una con una pistola, otra con una navaja y otra con una cuchara.

—¿Con una cuchara? —preguntas. Después caes en cuenta de que confundiste cuchara con cuchillo.

Los estantes están casi vacíos, un ratón se desliza por el suelo.

—Me gustan los ratones —dice el hombre, en inglés—. Cuando tienes ratones, sabes que no tienes ratas.

Al pensarlo, este comentario empezará a parecer profundo.

*

Inventa maneras elaboradas de marcar el paso del tiempo: cortes de pelo, cortes de uñas, las rayas que se forman en la tina. La descomposición de la basura, la expiración de la leche, la curación de heridas.

Entiende que el tiempo es tu enemigo, está tratando de derrotarte. Si haces que pase más rápido de lo que él quiere, o más lento, ganas.

*

Un día en La Bodega ves a una mujer. Esbelta y alta, lleva puesta una chaqueta militar, botas de combate y lycra negra con una rasgadura. Es joven y se ve inocente; obviamente intenta parecer algo que no es. Eso te atrae. ¡Y esa cara! Cabello liso recogido hacia atrás sobre la pequeña cabeza ovalada. Ojos negros como laca y piel de nuez que evocan islas exuberantes, loros salvajes y lagunas de color azul cristalino.

Está frente a los enlatados. Justo cuando miras, hace algo extraordinario. Coge una lata de sardinas y se la guarda en la chaqueta. Le lanzas una mirada furtiva al coreano —está viendo lucha libre en un televisor de cuatro pulgadas. La mujer te atrapa con su mirada. Sabe que la viste. Te lanza una mirada de complicidad y se apresura a salir.

De repente se te olvida para qué viniste. Por qué estás en la ciudad. Por qué existes. Nada tiene sentido excepto perseguir a la mujer con las sardinas.

La alcanzas en la esquina, tambaleándose al borde del tráfico. Escudriña tu cara.

—¿Por qué no me sapeaste?

Debajo del su ojo, la mejilla le tiembla un poco.

—¿Por qué haría eso?

Ella reflexiona un momento, luego sonríe. Tiene los dientes torcidos, aunque de manera encantadora.

Sus dedos asoman por entre las mangas demasiado largas y te muestra la lata de sardinas.

—¿Me quieres acompañar?

El semáforo cambia. La miras, miras las sardinas. Dices no, gracias, y de una te arrepientes.

*

De noche escuchas las voces ebrias provenientes del edificio de al lado.

—¡Déjame entrar, perra!

—¡Tengo una orden de caución, hijueputa!

Yaces sudando sobre el colchón, la luz de la luna entrando por la ventana. Hace calor como si fuera medio día. En el cable de electricidad afuera, hay varios objetos iluminados por el farol: una zapatilla Nike colgada de un cordón, un brasier beige retorcido y una muñequita con cabello de ángel, desnuda de la cintura para abajo, con ojos bien abiertos, asombrados.

*

Ves gente de la calle por todas partes. Dormidos en los andenes, acurrucados al lado de los basureros, boxeando con su sombra en medio de la calle. Abres un dispensador de periódicos y encuentras una reserva de objetos personales: pantalones, zapatillas, una cuchilla desechable. Y de la nada, las delgadas y tintineantes notas del camión de los helados haciendo sus rondas de bloque en bloque: «Merrily, merrily, merrily, merrily. Life is but a dream».1

*

Para aclarar tu mente, siéntate en un banco del parque. De día es casi seguro. Columpios desbaratados, una cancha de básquetbol arruinada, sin redes, sin arcos, sin tableros.

Mira al viejo negro de cabello blanco alimentando los pájaros. Él contempla el parque como si fuera un paraíso. Tal vez no pueda ver muy bien. Tal vez sea sordo. Sus ojos son inmensos tras sus lentes gruesos, sus orejas son enormes. De una maleta desvencijada, saca fajos de papel amarillento, y los sostiene muy cerca de la cara.

*

Empiezas a buscarla en La Bodega, en la lavandería, en el parque. Estás atento a chaquetas militares, botas de combate, incitantes tics faciales. Compras una lata de sardinas.

¿Quién entiende los misterios del corazón humano?

Pero espera un minuto. No olvides tu credo: tienes que ser fuerte. No pienses en ese pie pegado a tu pantorrilla, esas tumbas adyacentes. Olvídate de tener una experiencia profunda y significativa. Lo que necesitas son interludios superficiales.

*

Adopta un pavoneo de ciudad grande. Pasea por la calle como si nada te inmutara. Ignora las manchas de sangre en los andenes, los disparos al aire. Haz de cuenta que son estallidos de exosto. No prestes atención a los ...