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AL DIABLO LA MALDITA PRIMAVERA

Alonso Sánchez Baute

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Fragmento

Lo conocí en un chat. No puedo decir que una tarde cualquiera porque podría pensarse que soy un hombre solo, sin amigos ni vida social, que se la pasa aburrido cual ratón de biblioteca matando el tiempo sentado frente a un computador. Y eso no es cierto: soy una persona de múltiples ocupaciones, porque mi madre no se cansaba de repetir en mi niñez que hay que mantener la mente ocupada para no terminar arrastrando un cadáver como la loca de la Juana. De manera que cuando no estoy con mis amigos en la terraza de Il Pomeriggio disfrutando de un buen machiato, trato de mantenerme en movimiento, siempre donde está la jugada. Por eso nunca olvido llevar conmigo mi Nokia, para que mis amigos puedan localizarme inmediatamente a través del celular cada vez que necesiten informarme dónde van a estar, porque es que a mí no me gusta perderme ni la movida de un catre. Aunque ahora que menciono el teléfono acabo de recordar algo: debo cambiarlo urgentemente. He oído que ahora los plays son los Startac de Motorola y, aunque sé que son un poco costosos, no me preocupo: ya veré a quién le saco esa platica.

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Pero volvamos a lo del chat que es lo que nos interesa: reconozco que sí, que es cierto que en ocasiones me gusta sentarme frente a un computador y navegar un rato por internet. No niego que casi ayer no tenía idea de qué era eso (de hecho es lo único que sé manejar de mi PC) pero de un tiempo acá todos mis amigos sólo hablan de e-mails y chats y bits y rams y superautopistas de información y cosas por el estilo, de manera que una mañana hace un par de meses fui a Invercrédito, solicité un préstamo a 36 meses para libre inversión (me explicaron que para compra de equipos eran más costosos los intereses) y compré un Acer Aspire 3000 que, dicho sea de paso, me parece espectacular porque es negro y todo el mundo sabe que el negro es el color más elegante. Hoy nada más, por ejemplo, estuve viendo la última ¡Hola! que trae la colección primavera-verano de Gucci y prácticamente todos los vestidos son negros. Por lo demás, he oído de buena fuente que Donna Karan y Prada sólo diseñan trajes negros o cafés. Pero computadores cafés no encontré, sólo vi blancos. Y como dicen por ahí, primero calva que con trenzas: blancos ¡jamás! Se me parecen a los zapatos blancos que usan los corronchos en Barranquilla.

En fin, el hecho es que una tarde empecé a navegar en internet y me metí en uno de esos chat rooms de los que tanto hablan, pero en uno gay, por supuesto, porque nosotros también tenemos nuestro lugar en el ciberespacio y, bueno, terminé conociendo… ¡a un cachaco! Al principio, debo decirlo sin ambages, me pareció jartísimo el cuento que fuera de aquí de Bogotá, porque lo rico es conversar con extranjeros y presumir luego, cuando esté con el parche tomando capuchinos, hoy estuve chateando y conocí a un gatito de Billings, Montana, que parece ser absolutamente divino (siempre me acuerdo de Billings, Montana, porque allá vivía Adam Carrington, el hijo mayor de Alexis y Blake). Mas no, soy tan de malas pero tan de malas en esta vida que tenía que conocer ¡a un cachaco! Pero, en fin, le seguí la corriente y al final el tipo me pareció interesante porque estudia en Los Andes y, según me contó, tiene un Golf rojo y, para colmo de males, le encanta la lectura. Como quien dice: un partidazo. Bueno, la verdad es que lo de la lectura realmente no me lo dijo. Eso lo deduje porque me comentó también que todos los meses lee la GQ. Esto, por supuesto, me encantó, pues no sólo demuestra que habla inglés sino además que es un interesante hombre de mundo.

El cuento es que ya llevamos varios meses en esta conversa y no termino de impresionarme con el hecho de haber conocido, a través de un simple computador, la profundidad del alma de un hombre que, por demás, se me revela increíble.

Obviamente me gustaría conocerlo personalmente en una noche de luna llena, con música de fondo igual que en las películas, y quitarle apasionadamente sus Calvins blancos. Y, la verdad es que ya me ha propuesto varias veces que nos encontremos en algún lugar bien play de la ciudad pero, no sé, a mí me da mucho temor porque él parece muy sincero y yo no he hecho más que decirle mentiras. No todas, claro está: sólo algunas. Lo que pasa es que si le hubiese contado desde un principio que yo soy Edwin Rodríguez Buelvas, ¿a quién se le ocurre que hubiese seguido escribiéndome? Y no es porque sea feo. Por el contrario, soy muy atractivo: tengo una cara hermosa como de modelo exótico y, aunque estoy un tris pasado de kilos, eso no me preocupa porque lo disimulo con la ropa. Y con el negro, por supuesto: el negro siempre adelgaza. Sí, claro, ya sé que cuando estoy en drag los vestidos ceñidos no me ayudan mucho, pero eso tampoco me preocupa. Total, sólo mis amistades más cercanas saben que visto en drag y presento shows en La Caja de Pandora. Y en eso precisamente es que me diferencio de Assesinata, porque la gente siempre sabe quién es Assesinata cuando ella viste de hombre. Y no es que yo no lo haga porque me parezca boleta, sino más bien porque claramente a mí no me puedo negar las cosas y soy conciente de que la gente a mí no me quiere igual que a Assesinata cuando no está en drag. O no me comprenden tal vez y no saben de todo este dolor que alberga mi alma. Quizás por eso dicen que soy venenosa: porque cuando soy mala soy la peor. Ni el áspid que mató a Cleopatra destila tanto veneno como yo. Pero ¡qué le vamos a hacer! La vida me obligó a caminar por este sendero y, total, todas mis amigas también son arpías, y yo no tengo por qué dejarme de nadie. ¡A mí que me respeten, así me odien!

Aclaro de una vez: no pienso detenerme un minuto a contar cosas sobre mi niñez o mi adolescencia, ya que hará marras que aprendí que la sensibilidad no es más que vulnerabilidad aprovechable y, obvio microbio, no me interesa darles a mis enemigas en bandeja de plata datos interesantes con los cuales después puedan tratar de humillarme. Además a mí, la verdad, no es que me guste mucho hablar de cosas jartas y cursis, como que llevo a cuestas un trauma infantil por tal causa y que por ello soy así o asá. Pero entiendo que para que se comprenda mejor mi carreta debo explicar de una buena vez que desde que era un pelaíto yo entendí que mi rollo era con los hombres y, por lo tanto, sería la oveja rosada de la familia. Y supe además para entonces que la vida es dura y la gente es mala. Imagínense: si hasta le quemaron la casa a la Scarlett, ¿qué podría esperar yo? Así que a muy tierna edad me acostumbré a que todo el mundo me sacara el cuerpo, me rechazara, me evitara. Desdichadamente para mí, en esa época mi cuerpo era débil y enclenque, sin muchas fuerzas físicas para responder con golpes a quienes me criticaban, como es lo usual. Pero sabía que no era la típica linda boba sino que más bien tenía cacumen, así que comencé a defenderme con la lengua, que es mucho mejor que hacerlo con los puños. Siempre fui conciente que poco a poco, cada día más, mi corazón se iba llenando de amargura y mi lengua de veneno: la gente me evadía y yo le gritaba sus sinsabores; la gente me enfrentaba y yo le inventaba sus verdades; la gente era indiferente conmigo, y yo le recordaba los secretos de su familia, generación tras generación. Así que la gente terminó siendo amiga mía para que no les escupiera todo mi odio. Amigos de apariencias, ya lo sabía, como son siempre los amigos. Pero nunca me la montaron. Sobre todo porque encontré un buen antídoto contra la soledad: el estudio. Nadie quería estar conmigo, pero no importaba, puesto que mi único interés era llenar de conocimientos la astucia de mi lengua. Por ello en el colegio me iba muy bien, sacaba notas sobresalientes en todo menos en matemáticas, pues siempre he sido una bruta para los números. En cambio mis calificaciones en las demás materias eran excelentes. Sobre todo en historia, ya que amaba leer sobre la historia universal por dos razones: primero, porque las leyendas de los papitos ricos de los griegos me hacían volar la imaginación con todos esos cuentos de los mancebos bailando desnudos en el laberinto como sacrificio para el minotauro, y las de los faunos con sus vergas enhiestas, y la del mancito que vio su rostro reflejado en el agua y se enamoró de sí mismo, y la del Ganímedes que fue raptado por Zeus porque era requetedivino, y mil cuentos más que no dejaba de leer nunca. Y, además, porque entendí que de la historia del medioevo podría aprender las mejores enseñanzas de mi vida, con esos reyes malditos que mataban a sus propios hermanos procurando el derecho de sucesión, y esos papas que se acostaban con sus hijos, y esas reinas que tenían sexo con todo un regimiento, como en esa película tan rebuena de la reina Margot que vimos en el Festival de Cine de Bogotá creo que el año pasado. ¿O fue el antepasado? En fin, el cuento es que mis calificaciones escolares quedaban todos los meses en ocho o nueve siempre, siempre, porque, como lo dije, era la única manera de no pensar en las burlas de todo el mundo y, como no tenía amigos para jugar, le dedicaba tanto tiempo como podía a estudiar. Aunque, no lo niego, a veces también me dedicaba a la «lúdica». Sobre todo, cada vez que podía me entretenía con las barbies de mi hermana (cuando ella no estaba en casa, no hay que especificar). Era mi distracción favorita: diseñar vestidos para las barbies, los más espectaculares vestidos del mundo, en chifón, en lamé, en telitas vaporosas que me encantan aún, en fibras orladas con canutillos tejidos, con lentejuelas doradas… Cualquier tela que encontrara en ese maldito pueblo del demonio yo la compraba con mis ahorritos y me sentaba de noche en mi cama, la puerta de la habitación con llave, y cosía y cosía y cosía todo cuanto se me ocurría, copiando a veces diseños de las revistas y otras, sencillamente, imaginando lo que a mí me gustaría vestir.

Al venirme a Bogotá a estudiar en la universidad administración de empresas imaginé que las cosas cambiarían, y fui feliz al pensarlo. Me comí el cuento de que Bogotá era la Atenas suramericana y, creyendo que sus habitantes eran gente culta y respetuosa de los pensares ajenos, imaginé que podría hacer amigos que me invitarían a sus fiestas, y me llamarían, y me buscarían, y pedirían mis consejos. Pero las cosas continuaron igual, y mis compañeros de estudio, a pesar de que se me arrimaban por aquello de que era buen estudiante, nunca reclamaron mi compañía para asuntos, digámoslo así, «extraacadémicos». Lo grave era que ya no se trataba simplemente del pequeño círculo de mi pueblo, por lo que la soledad, se me ocurrió, era peor. En esa época universitaria conocí gente nueva, gente diferente; algunos con ideas propias, pero casi todos con la idea prestada de que la homosexualidad era algo malo, algo como mañé, algo que debía ser evitado. Así que les contesté de la misma forma que a los barranquilleros: averigüé el pasado de todos cuanto pude, y de quien no podía le inventaba historia y la difundía, hasta que la convertía en verdad. Al final, todo volvió a la normalidad: nadie me evitaba.

Pero seguía sabiendo que todo era una farsa, que nadie era amigo mío, que nadie quería que yo estuviese cerca, salvo a la hora de las previas y los parciales. Y por ello, supongo, sentía tanto dolor en mi corazón.

Así que me fui a buscar a los míos, a los gays, a los que pensaban como yo. No fue difícil encontrarlos. ¡Claro que no! Y mucho menos acercármeles: con este caché natural que siempre me ha caracterizado, buscar su amistad me pareció un juego de tontos ya que aprendí, así de entradita, que como a todos el lujo y la buena vida nos atrae como a las abejas el panal, tan sólo era necesario decir las palabras claves en los momentos adecuados, y como de todas ellas conocía, bastaba abrir mi boca y dejar ver todo mi saber: caviar de Beluga, queso chéster, bordados de Brujas, vino chianti, cristal Baccarat, porcelana Meissen… Supe, además, que la mayoría había vivido infancias iguales a la mía y que en sus corazones había dolor y amargura. Pero también descubrí algo que habría de utilizar a mi favor: para la gente homosexual lo único que cuenta en esta vida es la belleza masculina. La inteligencia y el conocimiento no importan, salvo para pronunciar frases brillantes que opaquen a los demás. ¿Que como cuáles? A ver, les doy un ejemplo que recuerdo ahora con inusitada lucidez: una vez llevaba una camisa Versace comprada en un sale en Macy’s y me encontré con la lenguaraz de la Marcos, que es peor que la Cruella De Vil, y pretendió callarme diciéndome: «Qué camisa tan linda. Aunque se nota que es de una colección vieja de Versace». Pero yo, por supuesto, le salí adelante y la dejé patiquieta: «Claro que es de una colección pasada: eso demuestra que en mi familia siempre ha habido dinero». Lo que significa que a todo momento hay que estar así, con la inteligencia alborotada, para no dejarse apabullar por nadie. Además, a nadie le interesa conversar sobre el acontecer nacional, o la política mundial, o la economía tercermundista, o el neoliberalismo, o las tendencias literarias. Dicen que es suficiente tener que hablar todo el día en la oficina sobre esos temas tan jartos, así que cuando se encuentran con otra loca ya pueden dejar de fingir, «relajarse» y hablar de las cosas que realmente les interesa: criticar a los arribistas que ya están arriba, comentar sobre el vestuario de lady Di, o sobre la última edición de la Jet-Set. Al principio me pareció una excusa bastante peregrina, pero lo pensé con calma y, bueno, como decían los amiguitos de Simba, hacuna matata: la vida hay que tomarla como venga, y si a mis nuevos amigos sólo les interesa la belleza, tanto mejor: a los que no tienen nada en el cerebro es mucho más fácil manejarlos y, en últimas, si a ellos les gusta hablar sobre esas cosas, no importa. Lo importante es tener amigos y que a uno lo llamen, y lo inviten, y lo escuchen, y llamar la atención en todas partes y que nunca nunca nunca se olviden de uno para jamás estar solo. Y si para eso hay que pasar por boba, ¿qué le vamos a hacer? ¡Si es mejor ser boba que estar sola! Además, a la larga uno termina por acostumbrarse y entender que en esta vida hay que preferir lo light, porque es lo único que le interesa a la sociedad.

Así fue como me convencí de que debía dejar de perder el tiempo estudiando cosas en una universidad donde no me querían y que a la final no producirían más que dolores de cabeza y rechazos permanentes, tal como imaginaba sucedería con posterioridad, cuando acabara mis estudios y tuviera que enfrentar la necesidad de trabajar en empresas en las que mis conocimientos no serían tan importantes como mi condición sexual. Para excluirme, claro está. Por ello fue que comencé a interesarme en otros temas y a relacionarme con personas con los mismos gustos míos: gente para la cual yo era importante así fuera para hablar mal de todo el mundo.

Sí, claro, ya sé: vuelvo y repito que bajo estos supuestos nadie es amigo de nadie. Pero, como la vida es dura, lo único valioso es estar rodeado de la people, así no se confíe en ellos. Finalmente, me repetí para convencerme, a mí lo que me gusta es llamar la atención, que me quieran, que me consientan, que la gente se voltee a mi paso. Por eso decidí ser la mejor. O, como quien dice, la peor. Amigo de todos, pero enemigo de todos. Mi inspiración primaria fue, por supuesto, Alexis Carrington. Ya en épocas pueriles en Barranquilla no sólo no me perdía capítulo de Dinastía, sino que cada domingo a las diez en punto de la noche metía mi casetico virgen en el betamax Sony de la casa y grababa el capítulo semanal correspondiente para después memorizar los parlamentos de la diva. Pero no sólo ella se convirtió en mi ídolo. Poco a poco me fui llenado de iconos que influyeron en mí: todo aquel que tuviera un pasado de amargura me servía para alimentar la sed infinita de mis odios. Fue así como logré lo que siempre quise: hacerme notar. Quien me conocía no podía dejar de hablar de mí, generalmente mal, lo cual es muy bueno porque eso demuestra que uno va un paso más adelante en esta vida.

Es que por eso es que la amo tanto, a Alexis me refiero, porque ha sido mi luz, mi faro, y me enseñó, como dije, que en la vida hay que ser perra para sobrevivir manteniendo la alegría, tal como viven las arpías, pero las de verdad, esas águilas que habitan en los Andes peruanos y que, a pesar de comer carroña, son más felices que las perdices.

Y para ser una buena perra, ante todo, hay que tener clase. Y tener clase no es sino mantener una sonrisa hipócrita ante las adversidades mundanas, así uno por dentro se esté muriendo de la ira. Como el día que a Jackie O le derramaron una salsa de nosequé en un restaurante neoyorquino y le ensuciaron un poco su elegante vestido negro pero, sobre todo, su bello collar de perlas blancas, y ella —se lo leí a Mary Rodríguez Ichaso en Vanidades— sin perder nunca su compostura, dirigiéndose al mesero que estaba preocupado por haberle dañado su hermoso collar, sólo atinó a decirle: «No se preocupe: en mi casa tengo más». ¡Regio! Cuando leí esa historia je sui geleé —como le aprendí a decir a una amiga franchute—. Porque así es como hay que ser: fría. Como Gaviria. Y llamar la atención de todos por la serenidad y la compostura. Y aunque reconozco que cuando estoy emotivo se me sale uno que otro gritico barranquillero, ya no me importa: al menos entre la comunidad homosexual conseguí el sitio que con tanto ahínco perseguí y ya puedo dedicarme a cantar, como las reinas venezolanas: En una noche tan linda como ésta, cualquiera de nosotras podría ganar, ser coronada Miss Venezuela…

De manera que cuando Assesinata apareció en escena sentí tambalear mi pedestal de afamada figura pública. Assesinata venía de Nueva York luego de haber sido reconocida como una de las mejores drag queens de la ciudad por su show de soprano en decadencia. En ese momento en Bogotá ni siquiera conocíamos el término drag queen y lo más parecido que teníamos eran los travestis que se vendían al mejor postor en las calles de la Quince y eran perseguidos por la policía. De manera que me tranquilicé pensando que tarde o temprano terminarían rechazando la presencia de Assesinata. Sólo había que mostrarla como la travesti que era para que las amigas le hicieran el fo, porque uno puede ser gay, pero tener amigas travestis ya es mucha boleta, ¿cierto? Aun así, a pesar de trabajar —sotto voce, por supuesto— para conseguir que la evitaran, Assesinata cada día era más admirada y querida. De manera que me acordé de Maquiavelo y cambié de táctica: decidí acercarme a ella y conocerla de cerca para destronarla. Es como hacer un benchmarking —pensé— (que era de lo poco que recordaba de mi paso por la U): apropiarme de lo mejor de la diva para mostrarlo como propio.

Desde un principio la soprano me pareció sosa, sin gracia aparente, salvo la valentía de vestir en público prendas femeninas. Entendí, por tanto, que mi labor tendría pronto éxito. Tal vez sea este el momento propicio para recordar que soy excelente con la aguja y la tijera, por lo que copiar los diseños de Armani o Versace que veía en las Vanidades y en las Cosmos no fue trabajo difícil. Lo único que llamó poderosamente mi atención fue que no había veneno en las palabras de Assesinata, ni mucho menos amargura en su corazón. Me asaltó la duda, por tanto, de creer que Assesinata era straight, que son esos hombres raros que tienen sexo con mujeres. Pero mi Dios es grande y una madrugada, luego de un after party en algún lugar clandestino de la sabana de Bogotá, me lo encontré en los saunas del Apolo’s Club rodeado de plebeyos mancebitos, por lo que mi temor se desvaneció. Aunque surgió otra preocupación: la gente hablaba mucho de su carisma. Yo le había oído la palabre ...