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ALGO ALREDEDOR DE TU CUELLO

Chimamanda Ngozi Adichie

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Fragmento

LA CELDA UNO

La primera vez que robaron en casa fue nuestro vecino Osita quien entró por la ventana del comedor y se llevó el televisor, el vídeo y las cintas de Purple Rain y Thriller que mi padre había traído de Estados Unidos. La segunda vez fue mi hermano Nnamabia quien, fingiendo que era un robo, se llevó las joyas de mi madre. Sucedió un domingo. Mis padres habían ido a nuestra ciudad natal, Mbaise, para ver a los abuelos, y Nnamabia y yo fuimos solos a la iglesia. Él condujo el Peugeot 504 verde de mi madre. Nos sentamos juntos en un banco como solíamos hacer, pero no nos dimos codazos ni contuvimos las ganas de reír al ver un sombrero feo o un caftán deshilachado, porque Nnamabia se fue sin decir palabra a los diez minutos. Volvió justo antes de que el sacerdote dijera: «Podéis ir en paz». Yo me ofendí un poco. Supuse que había salido para fumar y ver a alguna chica, ya que por una vez tenía el coche para él solo, pero podría haberme dicho al menos adónde iba. Volvimos a casa sin hablar y, una vez que aparcó en nuestro largo camino de entrada, me entretuve cogiendo unas ixoras mientras él abría la puerta principal. Entré y lo encontré inmóvil en medio del salón.

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–¡Nos han robado! –exclamó en inglés.

Tardé unos momentos en comprender y abarcar con la mirada la habitación desordenada. Incluso entonces me pareció algo teatral el modo en que habían abierto los cajones, como para causar una impresión en quienes los encontraran. O tal vez solo era porque conocía muy bien a mi hermano. Más tarde, cuando mis padres volvieron y los vecinos empezaron a pasar por casa para decir ndo, chasquear los dedos y alzar los hombros, subí a mi habitación y allí sentada comprendí a qué se debían las náuseas que sentía: lo había hecho Nnamabia, lo sabía. Mi padre también lo supo. Señaló que habían desprendido las lamas de las persianas desde dentro y no por fuera (Nnamabia era demasiado listo para cometer semejante desliz; tal vez habían sido las prisas por volver a la iglesia antes de que terminara la misa), y que el ladrón había sabido exactamente dónde estaban las joyas de mi madre: en el rincón izquierdo de su baúl metálico. Nnamabia miró fijamente a mi padre con expresión herida y dijo de manera teatral: «Sé que en el pasado os he causado a los dos mucho dolor, pero jamás abusaría de vuestra confianza de este modo». Habló en inglés, utilizando palabras innecesarias como «mucho dolor» y «abusar», como siempre que se defendía. Luego salió por la puerta trasera y no volvió aquella noche. Ni la siguiente. Ni la otra. Apareció por casa dos semanas después, demacrado, oliendo a cerveza y diciendo lloroso que lo sentía, que había empeñado las joyas a los comerciantes hausas de Enugu y que se había gastado todo el dinero.

–¿Cuánto te dieron por mi oro? –preguntó mi madre. Y cuando él le respondió, ella se llevó las manos a la cabeza y gritó–: ¡Oh! ¡Oh! Chi m egbuo m! ¡Mi Dios me ha matado!

Era como si creyera que lo mínimo que podía haber hecho él era conseguir un buen precio. Quise abofetearla. Mi padre pidió a Nnamabia que escribiera un informe: cómo había vendido las joyas, en qué se había gastado el dinero, con quién lo había gastado. Yo no creía que Nnamabia contara la verdad y tampoco creía que mi padre esperara que lo hiciera, pero a mi padre el profesor le gustaban los informes, ver las cosas por escrito y bien documentadas. Además, Nnamabia tenía diecisiete años y una barba bien cuidada. Estaba en ese intervalo entre el instituto y la universidad, y era demasiado mayor para encerrarlo en casa. ¿Qué más podría haber hecho mi padre? Cuando Nnamabia le entregó el informe, mi padre lo archivó en el cajón de acero inoxidable de su estudio donde guardaba nuestros papeles del colegio.

–Que fuera capaz de hacer tanto daño a su madre… –fue lo último que dijo entre dientes.

Pero Nnamabia no se había propuesto hacerle daño. Lo había hecho porque sus joyas eran lo único que había de valor en toda la casa: una colección de piezas de oro macizo reunida a lo largo de toda una vida. También porque lo hacían los hijos de otros profesores. Era la temporada de los robos en nuestro tranquilo campus de Nsukka. Los chicos que habían crecido viendo Barrio Sésamo, leyendo a Enid Blyton, desayunando cereales y yendo a la escuela primaria para los hijos del personal universitario con sandalias marrones bien lustradas, de pronto rajaban las mosquiteras de las ventanas de sus vecinos, sacaban las lamas de cristal y entraban para robar los televisores y los vídeos. Conocíamos a los ladrones. Con sus casas adosadas en calles arboladas separadas solo por setos bajos, el campus de Nsukka era un lugar demasiado pequeño para que no supiéramos quién nos había robado. Aun así, cuando sus padres coincidían en el centro de profesores, en la iglesia o en una reunión de la universidad, continuaban quejándose de los sinvergüenzas de la ciudad que entraban en el campus para robar.

Los chicos que robaban eran los populares. Por la noche conducían los coches de sus padres, con los asientos reclinados y los brazos extendidos para llegar al volante. Osita, el vecino que nos había robado el televisor apenas unas semanas antes del incidente de Nnamabia, era ágil y guapo a su estilo siniestro, y caminaba con la agilidad de un gato. Siempre iba con camisas perfectamente planchadas; yo solía verlo por encima del seto, y cerraba los ojos e imaginaba que se acercaba a mí para reclamarme como suya. Él nunca se fijaba en mí. Cuando nos robó, mis padres no fueron a la casa del profesor Ebube para pedirle que obligara a su hijo a devolvernos lo que nos había robado. Afirmaron públicamente que había sido un sinvergüenza de la ciudad. Pero ellos sabían que había sido Osita. Osita tenía dos años más que Nnamabia; la mayoría de los chicos que robaban eran un poco mayores que Nnamabia, y tal vez por esa razón él no robó en otra casa. Tal vez no se sintió lo bastante mayor o lo bastante preparado para dar un golpe más grande que las joyas de mi madre.

Nnamabia se parecía mucho a mi madre, con su tez color miel, los ojos grandes y una boca generosa perfectamente curvada. Cuando mi madre nos llevaba al mercado, los vendedores gritaban: «Eh, señora, ¿por qué malgastó su piel clara en el chico y dejó a la niña tan oscura? ¿Qué va a hacer un chico con tanta belleza?». Y mi madre se reía, como si asumiera una alegre y traviesa responsabilidad en la belleza de Nnamabia. Cuando a los once años él rompió el cristal de la ventana de su clase con una piedra, mi madre le dio dinero para reemplazarla y no se lo dijo a mi padre. Cuando en segundo perdió unos libros de la biblioteca, ella dijo a su tutora que nos los había robado el criado. Cuando en tercero salía temprano todos los días para ir a catecismo, y resultó que nunca había ido y que por tanto no podía hacer la primera comunión, ella dijo a los demás padres que tenía malaria el día señalado. Cuando Nnamabia cogió la llave del coche de mi padre y la incrustó en un trozo de jabón que mi padre encontró antes de que lo llevara a un cerrajero, ella dijo vagamente que solo estaba experimentando y que no lo había hecho con mala intención. Cuando robó las preguntas de un examen del despacho de mi padre y las vendió a sus alumnos, mi madre le gritó, pero luego le dijo a mi padre que, después de todo, tenía dieciséis años y deberían darle más dinero para sus gastos.

No sé si Nnamabia se arrepintió de haber robado las joyas. Yo no siempre sabía ver en su rostro risueño y gentil lo que realmente sentía. Y nunca hablamos de ello. Aunque las hermanas de mi madre le enviaron sus pendientes de oro, y ella compró un juego de pendientes y colgante a la señora Mozie, la mujer glamurosa que importaba oro de Italia, y empezó a ir en coche a su casa una vez a la semana para pagarlo a plazos, nunca hablamos, después de ese día, del robo de las joyas. Era como si el hecho de fingir que no había sido él le diera la oportunidad de volver a empezar. Podríamos no haber mencionado nunca más el robo si no hubieran detenido a Nnamabia tres años después, en tercero de carrera, y lo hubieran encerrado en la comisaría.

Era la temporada de los cultos en nuestro tranquilo campus de Nsukka. Era la época en que por toda la universidad había carteles en los que se leía en negrita: «DI NO A LOS CULTOS». Los Hacha Negra, los Bucaneros y los Piratas eran los más conocidos. Puede que en el pasado hubieran sido hermandades benévolas, pero habían evolucionado hasta convertirse en los llamados «cultos»: chicos de dieciocho años que habían llegado a dominar el contoneo de los videoclips de rap norteamericano hacían extrañas iniciaciones secretas que a veces dejaban un par de muertos en Odim Hill. Las pistolas, las lealtades divididas y las hachas se habían vuelto comunes. Las guerras entre cultos se habían vuelto comunes: un chico sonreía con lascivia a una chica que resultaba ser la novia del capo de los Hacha Negra, y cuando ese chico iba más tarde a un quiosco para comprar cigarrillos, lo apuñalaban en el muslo y resultaba ser un bucanero, de modo que sus asociados iban a una cervecería y pegaban un tiro al primer hacha negra que veían, y al día siguiente encontraban en el refectorio al bucanero muerto de un tiro, desplomado sobre los platos metálicos de sopa, y esa noche mataban a hachazos a un hacha negra en la habitación de su residencia, salpicando de sangre el reproductor de cedés. No tenía sentido. De anormal había pasado rápidamente a ser normal. Las chicas se quedaban en sus habitaciones después de clase y los profesores temblaban, y cuando una mosca zumbaba demasiado fuerte, todo el mundo se asustaba. De modo que llamaron a la policía. Cruzaron a toda velocidad el campus en sus destartalados Peugeot 505 azules y sus pistolas oxidadas asomando por las ventanillas, y miraron ceñudos a los alumnos. Nnamabia volvió a casa de sus clases riéndose. Le parecía que la policía iba a tener que hacerlo mejor; todo el mundo sabía que los chicos de los cultos tenían armas más modernas.

Mis padres vieron reír a Nnamabia con callada preocupación y supe que ellos también se preguntaban si formaba parte de algún culto. A veces yo creía que sí. Los miembros de los cultos eran muy populares y Nnamabia también lo era. Los chicos lo llamaban a gritos por su apodo, «¡El Funk!», y cada vez que pasaban por su lado le estrechaban la mano, y las chicas, sobre todo las populares Big Chicks, lo abrazaban demasiado rato cuando lo saludaban. Iba a todas las fiestas, a las tranquilas del campus y a las desmadradas de la ciudad, y era la clase de mujeriego que era a la vez muy hombre, de los que se fumaban un paquete de Rothman al día y tenían fama de pulirse un paquete de cervezas Star de una sentada. Otras veces me parecía que no pertenecía a ningún culto, porque gozaba de tanta popularidad que iba más con su carácter ser amigo de todos y enemigo de ninguno. Además, no estaba muy segura de si mi hermano tenía lo que fuera que hacía falta, las agallas o la inseguridad, para unirse a un culto. La única vez que se lo pregunté me miró sorprendido con sus largas y espesas pestañas, como si yo hubiera debido saberlo, antes de responder: «Por supuesto que no». Le creí. Mi padre también lo creyó. Pero poco importaba que lo creyéramos o no porque ya lo habían detenido y acusado de pertenecer a un culto. Me dijo esas palabras («Por supuesto que no») la primera vez que fui a verlo a la comisaría donde lo habían encerrado.

Así fue como ocurrió. Un lunes lluvioso, cuatro miembros de un culto se apostaron en la puerta del campus y atacaron a una profesora que conducía un Mercedes rojo. Le pusieron una pistola en la sien, la obligaron a bajar del coche y fueron con ella hasta la facultad de Ingeniería, donde dispararon a tres chicos que salían de clase. Era mediodía. Yo estaba en un aula cercana y, cuando oímos los estallidos, nuestro profesor fue el primero en salir corriendo. Se oyeron fuertes gritos y de pronto las escaleras se llenaron de estudiantes que se empujaban unos a otros, sin saber muy bien en qué dirección correr. Fuera en el césped había tres cuerpos sin vida. El Mercedes rojo había huido derrapando. Muchos de los alumnos recogieron con prisas sus cosas y los conductores de okada les cobraron el doble del importe habitual para llevarlos al aparcamiento. El vicerrector anunció que todas las clases de la tarde estaban suspendidas y ordenó que nadie saliera de su casa después de las nueve de la noche. Eso no tenía mucho sentido para mí, ya que el tiroteo había ocurrido a plena luz del día, y tampoco debió de tenerlo para Nnamabia, porque el primer día del toque de queda no estuvo en casa a las nueve ni volvió en toda la noche. Supuse que se había quedado a dormir en casa de algún amigo; después de todo, no volvía siempre a casa. A la mañana siguiente, un guarda de seguridad llamó a mis padres para decirles que habían detenido a Nnamabia con varios miembros de cultos en un bar y que se los habían llevado en un furgón celular. Mi madre gritó: «Ekwuzikwana! ¡No diga eso!». Mi padre le dio las gracias con calma. Fuimos en coche a la comisaría del centro de la ciudad. Allí un agente que mordisqueaba la tapa sucia de un bolígrafo dijo: «¿Se refiere a los chicos de los cultos que detuvieron anoche? Los han llevado a Enugu. Un caso muy serio. ¡Hemos de detener estos cultos de una vez por todas!».

Mientras volvíamos a subir al coche nos invadió un nuevo terror. Nsukka, nuestro cerrado y tranquilo campus, y la aún más cerrada y tranquila ciudad, eran manejables; mi padre conocería al jefe de policía. Pero Enugu era un lugar anónimo, la capital del Estado con la División Mecanizada del Ejército Nigeriano, la jefatura de policía y guardias de tráfico en los cruces más concurridos. Allí la policía haría lo que tenía fama de hacer cuando se sentía presionada para dar resultados: matar gente.

La comisaría de Enugu se encontraba en un recinto tapiado de edificios desperdigados; había varios coches estropeados y polvorientos amontonados junto a la verja, cerca del letrero en el que se leía: «OFICINA DEL INSPECTOR DE POLICÍA». Mi padre condujo el coche hacia el bungalow rectangular del otro extremo del recinto. Mi madre sobornó a los dos guardias de la recepción con dinero y arroz jollof con carne, todo dentro de una bolsa impermeable negra, y ellos dejaron salir a Nnamabia de la celda y sentarse con nosotros en un banco bajo un árbol paraguas. Ninguno le preguntamos por qué había salido esa noche si sabía que habían impuesto el toque de queda. Ninguno comentamos que la policía se había comportado de un modo irracional al entrar en un bar y detener a todos los chicos que había en él, así como al camarero. En lugar de ello escuchamos a Nnamabia. Sentado a horcajadas en el banco de madera, con la fiambrera de arroz con pollo ante él y los ojos brillantes de expectación, parecía un artista a punto de actuar.

–Si gobernáramos Nigeria como esta celda, no tendríamos problemas en este país. Todo está perfectamente organizado. En nuestra celda hay un jefe llamado general Abacha y su segundo en el mando. En cuanto entras tienes que darles algo de dinero. Si no, estás en un apuro.

–¿Y tú tenías dinero? –preguntó mi madre.

Nnamabia sonrió, aún más atractivo con una nueva picadura de insecto parecida a un grano en la frente, y explicó en igbo que poco después de que lo detuvieran en el bar se había metido dinero por el ano. Sabía que la policía se lo quedaría si no lo escondía y que iba a necesitarlo para asegurarse la tranquilidad en la celda.

Dio un mordisco a un muslo de pollo y se pasó al inglés.

–El general Abacha se quedó impresionado con el modo en que había escondido el dinero. Me había hecho agradable a sus ojos. Lo elogié todo el tiempo. Cuando los hombres nos pidieron a todos los recién llegados que nos cogiéramos las orejas y saltáramos como sapos mientras ellos cantaban, me dejó ir después de diez minutos. A los demás los tuvo saltando casi media hora.

Mi madre se abrazó como si tuviera frío. Mi padre guardó silencio mientras observaba a Nnamabia con atención. Y yo visualicé a mi «agradable» hermano enrollando billetes de cien nairas en forma de cigarrillo y deslizándose una mano por detrás de los pantalones para metérselos dolorosamente.

Más tarde, mientras regresábamos en coche a Nsukka, mi padre dijo:

–Esto es lo que debería haber hecho cuando robó en casa. Encerrarlo en una celda.

Mi madre miró por la ventanilla en silencio.

–¿Por qué? –pregunté yo.

–Porque por una vez algo lo ha sacudido. ¿No lo has notado? –preguntó mi padre con una pequeña sonrisa.

Yo no lo había notado. No ese día. Nnamabia me pareció el mismo, aun metiéndose el dinero por el ano y demás.

El primer shock que se llevó Nnamabia fue ver llorar al bucanero. Era un chico alto y duro del que se rumoreaba que era autor de una de las masacres y estaba bajo consideración para convertirse en el futuro Capone el siguiente semestre, y sin embargo estaba allí encorvado llorando después de que el jefe le hubiera dado un cogotazo. Nnamabia me lo contó cuando fuimos a verlo al día siguiente, con una voz cargada de indignación y decepción; era como si de pronto le hubieran enseñado que el Increíble Hulk solo era pintura verde. El segundo shock, unos días después, fue la celda uno, la contigua a la suya. Dos celadores habían sacado de ella un cadáver hinchado y se habían detenido al lado de la celda de Nnamabia para asegurarse de que todos lo veían bien.

Hasta el jefe de su celda parecía temerla. Cuando a Nnamabia y a sus compañeros de celda, los que podían permitirse comprar agua en cubos de plástico que habían contenido pintura, los dejaban salir al patio abierto para lavarse, los celadores los observaban y a menudo gritaban: «¡Basta o te vas ahora mismo a la celda uno!». Nnamabia tenía pesadillas sobre ella. No podía imaginarse un lugar peor que su propia celda, que a menudo estaba tan abarrotada que tenía que apretarse contra la pared resquebrajada. Dentro de las grietas vivían pequeños kwalikwata cuyas picaduras eran terribles, y cuando gritaba sus compañeros de celda lo llamaban Chico de Plátano y Leche, Chico Universitario o Niño Bonito Yeye.

Esos bichos eran demasiado pequeños para hacer tanto daño. La picadura era peor por las noches, cuando todos tenían que dormir de lado, con la cabeza en los pies, excepto el jefe que apoyaba toda la espalda cómodamente en el suelo. Era el jefe quien repartía los platos de garri y sopa aguada que dejaban todos los días en la celda. Cada uno comía dos cucharadas. Nnamabia nos lo contó la primera semana. Mientras hablaba me pregunté si los bichos de la pared también le habían picado en la cara o los granos que le cubrían toda la frente eran de alguna infección. Algunos estaban coronados de pus color crema. Se los rascó mientras decía:

–Hoy he tenido que cagar de pie dentro de una bolsa impermeable. El retrete estaba demasiado lleno. Solo tiran de la cadena los sábados.

Adoptaba un tono histriónico. Yo quería pedirle que se callara, porque lo veía disfrutar con su nuevo papel de víctima de indignidades, y porque no se daba cuenta de lo afortunado que era de que la policía lo dejara salir de la celda y comer la comida que le llevábamos, lo estúpido que había sido trasnochando ese día, las pocas posibilidades que tenía de que lo soltaran.

La primera semana fuimos a verlo todos los días. Íbamos en el viejo Volvo de mi padre porque el Peugeot 504 de mi madre, aún más viejo, era poco fiable para salir de Nsukka. Yo notaba el cambio que se producía en mis padres en cuanto dejábamos atrás los controles policiales de la carretera; de forma muy sutil, pero cambiaban. Tan pronto como nos hacían una señal para que continuáramos, mi padre dejaba de embarcarse en monólogos sobre lo analfabeta y corrupta que era la policía. No sacaba a colación el día que nos habían hecho esperar una hora porque se había negado a sobornarlos, ni cómo habían detenido un autobús en el que viajaba mi bonita prima Ogechi, y la habían señalado a ella en particular y llamado puta por tener dos móviles, y le habían pedido tanto dinero que ella se había arrodillado bajo la lluvia y les había suplicado que la soltaran puesto que ya habían dejado ir su autobús. Mi madre ya no murmuraba: «Son síntomas de una enfermedad más amplia». En lugar de ello, mis padres guardaban silencio. Era como si el hecho de dejar de criticar a la policía hiciera más inminente la puesta en libertad de Nnamabia. «Delicado» era la palabra que había utilizado el jefe de policía de Nsukka. Sacar pronto a Nnamabia iba a ser delicado, sobre todo cuando el inspector de policía de Enugu estaba concediendo entrevistas satisfechas y jactanciosas por la televisión sobre los miembros de los cultos detenidos. El problema de los cultos era serio. Los peces gordos de Abuja seguían los acontecimientos. Todo el mundo quería dar la impresión de estar haciendo algo.

La semana siguiente pedí a mis padres que no fuéramos a ver a Nnamabia. No sabíamos cuánto tiempo tendríamos que seguir haciéndolo, la gasolina era demasiado cara para conducir tres horas diarias, y no pasaba nada si Nnamabia cuidaba de sí mismo un día.

Mi padre me miró sorprendido.

–¿Qué quieres decir?

Mi madre me miró de arriba abajo, se dirigió a la puerta y dijo que nadie me había pedido que fuera; era muy libre de quedarme allí sentada mientras mi hermano inocente sufría. Se acercó al coche y yo corrí tras ella, y cuando la alcancé no supe qué hacer, de modo que cogí una piedra que había cerca de la ixora y la tiré al parabrisas del Volvo. El cristal se resquebrajó. Oí el ruido y vi las pequeñas líneas que se extendían como rayos por el cristal antes de darme la vuelta, subir corriendo las escaleras y encerrarme en mi habitación para protegerme de la cólera de mi madre. La oí gritar. Oí la voz de mi padre. Al final hubo silencio y no oí el coche ponerse en marcha. Ese día nadie fue a ver a Nnamabia. Me sorprendió esa pequeña victoria.

Lo visitamos al día siguiente. No dijimos nada del parabrisas, aunque las grietas se habían extendido como ondas en un arroyo helado. El guardia de la recepción, el tipo agradable de tez oscura, nos preguntó por qué no habíamos ido el día anterior; había echado de menos el arroz jollof de mi madre. Yo esperaba que Nnamabia también nos lo preguntara, incluso que estuviera enfadado, pero se mostró extrañamente serio, con una expresión que nunca le había visto. No se terminó el arroz. No paraba de desviar la mirada hacia el montón de coches medio quemados que había en el fondo del recinto, los restos de accidentes.