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AMOR LíQUIDO

Carolina Vegas

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Fragmento

Prólogo
Detrás de cámaras del comienzo de una vida

Conocí a Carolina porque mientras escribía este libro tuvo algunas conversaciones con otras mujeres, para pensar el tema de la maternidad y me eligió como una de las entrevistadas. Lo primero que pensé al encontrarla en un café donde nos dimos cita fue que su sonrisa tenía algo diáfano, natural y cálido. Había una bonhomía en la espontaneidad desparpajada y risueña con que soltaba las preguntas, una atención alegre y sosegada que me hicieron sentir cómoda y hablar mucho más de la cuenta.

Lo cierto es que ya no recuerdo qué dije, pero sí recuerdo que a la primera pregunta respondí con palabras que empezaron a salirme a borbotones, como si por fin pudiera liberar una olla a presión de sentimientos, reflexiones, intuiciones y temores que ni sospechaba tener guardados. Hablar con Carolina fue liberador. La sentí cercana. Y fue precisamente en esa cercanía donde encontré la fuerza para soltar mis propias dudas, miedos y expectativas. Al final de esa conversación me sentí agradecida, como si en lugar de haberle ofrecido algo que ella necesitaba, hubiera sido yo quien recibió un regalo inesperado y necesario.

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En el libro que tienen en sus manos encontrarán una voz sincera, aguda y con una admirable capacidad de reírse de sí misma. El viaje que están por comenzar arranca desde antes del embarazo y abarca esa transformación, casi semana a semana, que va desde la gestación, pasa por el alumbramiento e incluye esos primeros días cuando todo es nuevo, hermoso y aterrador al mismo tiempo.

Si bien las mujeres solemos decir que la maternidad es algo que hay que vivir, pues no se puede explicar en palabras, la lectura de este libro nos adentra en la experiencia de volvernos madres con realismo y gracia. Me reí en más de un fragmento y tengo que decir que en la lectura más reciente me identifiqué por completo. Con siete meses de embarazo y la mente embotada, luego de haber intentado escribir este texto en varias ocasiones sin éxito, leo este aparte sin poder contener la risa:

El “cerebro de embarazo” no es un mito. Una mujer embarazada o recién parida vive en un estado de niebla mental constante. Las cosas se olvidan y uno se siente como Dory la de Buscando a Nemo. A veces llego a la cocina, y una vez entro, no sé a qué iba. No me acuerdo de conversaciones que tengo con mi esposo, en donde se supone llegamos a acuerdos claros, pero que yo vuelvo a traer a colación con desespero a la siguiente oportunidad que tengo.

Leer este libro me ha hecho sentir menos subnormal por haber ido al mercado ayer en carro y haber tomado un taxi en el momento de salir cargada de paquetes.

Con Un amor líquido Carolina Vegas nos permite a las mujeres identificarnos en una suerte de hermandad, de cofradía en esta experiencia intensa, luminosa y escarpada que comienza desde el momento en que una barita con dos líneas de color anuncia el inicio de un viaje a lo desconocido. Cuanto hay de emocional en este trayecto, de complejo, hermoso e inesperado, casi alcanzamos a tocarlo con las manos en este relato desgarradoramente honesto. Sobra decir que la lectura no es solo para mujeres. Lejos de serlo, la figura del padre, en primera medida, de los abuelos del bebé por nacer, del hermano de la madre, los tíos, nos muestran la noción de tribu más fortalecida y congregada que nunca. Como dice el dicho “se necesita de todo un pueblo para criar un niño”.

¿Cómo será en adelante la vida en pareja? ¿Cómo y cuándo se podrá recuperar la vida laboral? ¿Cuándo volveremos a tener una vida propia? ¿Me hace egoísta preguntarme esto? ¿Cómo saber si estoy siendo una buena madre? ¿Cómo criar a un niño sin exponerlo a los códigos del machismo? ¿Qué tipo de mamá quiero ser? ¿Cuál es el modelo de mamá que uno tiene, qué lugar va a ocupar el papá del bebé en la historia, los abuelos, la familia? Son preguntas que la autora entreteje desde lo testimonial con la fuerza de su voz interior y con la sabiduría que la curiosidad y el estudio juicioso del feminismo le han dado a sus reflexiones:

Simone de Beauvoir en El segundo sexo escribió que el instinto maternal no existe, que depende de la situación de la madre y de cómo acepte ella esa situación, que es variable. Estoy segura de eso. Más allá del instinto, el amor que yo empecé a sentir por la criatura que crecía en mi interior se dio porque yo deseaba tenerla. El secreto estaba en el deseo, en querer que ese feto te posea por completo y cambie tu vida para siempre. Hoy estoy más convencida que nunca de que a nadie se le puede, ni se le debe, obligar a ser madre. El ser mujer no quiere decir que nuestro destino común sea la maternidad. Esta tiene que ser una opción, una decisión personal.

La autora logra conciliar el pensamiento feminista que ha forjado a lo largo de años y numerosas lecturas con su decisión de ser madre. En un relato coherente, grato, afectuoso y lúcido, nos hará pensar en una maternidad consciente, amorosa y responsable. Una maternidad elegida libremente, mientras confrontamos nuestros propios miedos y deseos frente a la crianza de un hijo o de un allegado, en esa fase asombrosa en la que el círculo de la vida da la vuelta y vuelve a empezar.

Melba Escobar, Bogotá, enero 18 de 2017

Escritora

Primer acto

1

Quizás suene absurdo, o tal vez todas las mamás saben y sienten lo mismo que yo, pero la realidad es que mi bebé me hablaba. Comencé a oírlo solo días después de su concepción, no sé cuántos con exactitud.

Sé que es un bebé de súper luna; lo hicimos durante la última que hubo en septiembre de 2014. Durante cuatro días, los de probable ovulación, nos amamos ilusionados con la posibilidad de un pequeñín para criar y malcriar. Nos habían dicho que no sería fácil ni rápido, pero al final fue más fácil y más rápido de lo que esperábamos. Bueno, cualquier noticia que cambie la vida es inesperada, así la estés esperando. Sobre todo aquella que es la vida misma.

En todo caso, mi bebé comenzó a hablarme por ahí unos tres o cuatro días después de ser creado. Calculo que apenas atravesaba mi trompa de Falopio, la izquierda, porque sé a ciencia cierta que fue en ella que ovulé. Y mientras recorría el camino a su hogar cómodo y caliente de los próximos nueve meses en mi útero, me habló por primera vez. “No compres esas puntas”, me dijo. Lo oí clarísimo.

Santiago y yo habíamos viajado a Nueva York a visitar a su hermana. Con antelación y entusiasmo, yo había planeado todo un día dedicado al ballet —mi gran amor y mayor frustración— en pleno corazón de Manhattan. En la mañana asistí a una clase de alto nivel en el famoso estudio de baile Steps on Broadway, acompañada de prestigiosos bailarines profesionales, entre ellos Julie Kent del American Ballet Theatre. Sí, la misma que actuó junto a Mikhail Baryshnikov en la película Dancers, la que también sale en esa otra película, Center Stage. En fin, estaba ella y yo tomé la clase, y luego sudada y adolorida, pero feliz, me dirigí al Lincoln Center a ver si veía algún bailarín del New York City Ballet.

Luego fui a mi lugar favorito de la Gran Manzana, el supermercado Whole Foods, a almorzar ensalada, y después me dirigí a una tienda de artículos para danza a comprar unas zapatillas de punta. No me había subido a unas puntas en diecisiete años, pero después de volver a tomar clases de ballet por más de un año, sentía que ya era hora de regresar a las ampollas y los dolores de dedos. Además, mi profesora me había logrado convencer, asegurándome que ya podría volver a bailar en puntas sin problema. Entonces dejé que en la tienda una especialista en pies de bailarín me asesorara y me ayudara a escoger las zapatillas perfectas. Hermosas, color durazno, satinadas, duras, dolorosas. Con ellas en una caja, tratando de recordar cómo se cosían las cintas y los cauchos que se les ponen, fui a pagar. Y cuando ya tenía los setenta dólares en la mano, una vocecita me dijo: “no compres esas puntas”.

Como una autómata hice caso, solté la caja y aseguré que regresaría al día siguiente después de pensarlo un poco más.

Creí que era mi conciencia. Que era yo misma tratando de escapar a un impulso de juventud, a un último intento. Pero no. La voz era distinta. Yo nunca la había escuchado antes, aunque en ese momento no me percaté de eso y solo obedecí.

2

La primera vez que fui a Nueva York, durante el verano de 2013, acababa de enterarme de mis problemas de fertilidad. Con Santiago, mi esposo, habíamos decidido que queríamos empezar a buscar un bebé. La verdad es que a mí el antojo por un hijo o una hija me había nacido hacía tiempo. Desde hace años entraba a escondidas a ver ropa de maternidad por internet, y soñaba con lo que sentiría cuando mi vientre se asemejara a una patilla. Veía niños y no podía evitar pensar en el día en que una personita me dijera “mamá”. Santi se tomó más tiempo para saber que estaba listo. En ese momento vivíamos en México y habíamos viajado a Bogotá al matrimonio de mi hermano. Como solía hacer siempre que venía, pedí cita con mi ginecólogo y fui con mi esposo. Ante la decisión de empezar a buscar un embarazo, el médico ordenó varios exámenes que parecían rutinarios. Y fue ahí cuando descubrí que sufría de endometriosis. Que desde hacía años el tejido que se forma cada mes en el útero para poder alojar un bebé, y que cada mes se desprende y sale a manera de menstruación cuando no hay a quien cobijar, se había acumulado por todo mi vientre. Es decir, que tenía tejido endometrial en mis trompas, mis ovarios, por fuera del útero, y que este, además, había logrado adherir el útero a la pelvis. Claro que mis periodos eran dolorosos y especialmente sangrientos, pero como a las mujeres nos enseñan a no quejarnos, a tomar ibuprofeno y a ponernos una bolsa de agua caliente, pues eso era lo que yo hacía. El caso era urgente y necesitaba cirugía de inmediato. Y fue así, un mes después de la operación, que llegué a la Gran Manzana.

Allá, con tiempo a mis anchas y toda una ciudad gigante a mis pies, cuestioné mi cuerpo. ¿Cómo era posible que después de tantos años de cuidarme de un embarazo no deseado, de pensar dos veces antes de dejarme llevar por el deseo, no había nada que prevenir? ¿Cómo era que no podía quedar embarazada a mi antojo, cuando quisiera, como me enseñó mi educación feminista? ¿Cómo era que al final yo no podía decidir sobre mi cuerpo? Muchas de esas conversaciones conmigo misma las tuve sobre el High Line, mientras miraba las flores lilas, amarillas y blancas que crecían entre las carrileras abandonadas del tren.

Un año más tarde, sobre esas mismas carrileras y contemplando las flores que estaban a punto de sucumbir al otoño, continuaba esa conversación. Ahora la sostenía a sabiendas de que la endometriosis era solo uno de los males que dificultaban mi futuro fértil, pues habíamos descubierto meses atrás que también sufría de síndrome de ovario poliquístico. La unión de ambos diagnósticos había llevado a un médico a decirme, con muy poco tacto, que él estaba seguro de que yo era infértil. Pero aun así queríamos agotar todas las posibilidades naturales para concebir antes de buscar ayuda profesional.

Fue rodeada de flores y elevada del suelo que me entregué, realmente me entregué, a lo que fuera que debía suceder, y acepté mi cuerpo como era y decidí no pedirle más de lo que me pudiera dar. Allí, en un atardecer que se reflejaba sobre el Hudson, me rendí ante mi destino y me perdoné aquellas imperfecciones. Y volví a oír esa vocecita: “¿y si ya estás embarazada?”. Me reí de mis pensamientos, o de los que pensé que eran mis pensamientos. Los ignoré.

Caminé, tomé cerveza, tomé vino, bailé, monté en bicicleta, y dos semanas más tarde comencé a saltar por toda la casa ante un cólico que pensé menstrual, a la espera de que eso hiciera bajar la sangre más rápido. Pasaron tres días y el dolor no cedía, ante lo que llamé a mi ginecóloga en México. “Carolina, ¿ya te hiciste una prueba de embarazo?”, me contestó apenas le conté la situación, aún saltando con el celular en la mano.

Ya me había hecho un par en otros momentos, con ilusión siempre, pero nunca habían salido positivas. La rayita solitaria, la que indica un resultado negativo, siempre me recibía con un bofetón y me gritaba: “¡ilusa!”. Pero esta vez fue diferente. Solo segundos después de terminar de orinar sobre el palito de la prueba comenzaron a aparecer las dos rayitas. Primero muy tenues, luego clarísimas. ¡Estaba embarazada! ¡Estábamos embarazados!

3

Ante mi realidad médica era demasiado temprano para saber con certeza si ese embarazo era viable. El dolor no parecía indicar nada bueno, y por eso la doctora me mandó recostar y aplicar óvulos de progesterona cada doce horas. Fue una semana de angustia intensa, de dolor, de cólicos fuertes, en la que de nuevo cuestioné las capacidades de mi cuerpo, mi destino, mi futuro. Lloré mucho. Tenía que estar en cama todo el tiempo, no podía levantarme ni para hacerme algo de comer. Santiago me cuidó y una buena amiga también se quedó conmigo un par de tardes. Hasta que por fin la ecografía que me hicieron ocho días después mostró una lentejita, redonda y linda, ubicada en el mejor lugar de todo el útero. Un embarazo viable. A partir de ese momento no me volvió a doler una uña. Ni tuve un cólico más. Ni un rebote, ni un asco, ni un vómito. Así fue toda mi preñez. Claro, con las incomodidades normales del peso, la dificultad para dormir a veces, las estrías… pero en general tuve una gestación muy bendecida. Perfecta.

4

L os primeros meses estuve convencida de que esperaba una niña. Tenía todo el sentido; yo le había pedido a la Diosa que bendijera mi útero, le había prendido varias velas a la Guadalupana y había concebido en súper luna. ¡Tenía que ser una niña! Además, mientras conocíamos el sexo, la apodamos “Lentejita”. Yo hablaba de ella. “Ella se está moviendo”. “Ella tiene hambre”. “Qué lindo si a ella le gusta el fútbol”. Santiago siempre me regañaba, pues aseguraba que no era niña y me pedía que dejara de decirle ella. Según él “el Lentejita Torrado” podía ser un gran apodo deportivo. Pero yo estaba convencida de que solo me decía eso para mortificarme.

Mi bebé dejó de hablarme varios meses. Los primeros cuatro, casi. O tal vez sí me hablaba, pero con el cambio radical de vida (no solo íbamos a ser papás, sino que decidimos regresar a Colombia y volver a empezar de cero) yo no lo escuché. El caso es que entre los gastos que hicimos, a pesar de no tener con qué, estuvo que yo tomara clases de yoga y meditación para futuras mamás en un centro para madres y bebés que quedaba muy cerca de la casa de mis padres, donde vivimos seis meses mientras logramos ponernos en pie de nuevo y ser independientes. Allá conocí mujeres maravillosas y mamás muy lindas, que me ayudaron a encontrar sosiego en los momentos de mayor angustia e incertidumbre. Y fue en la primera clase de “Conexión con el ser” que lo volví a oír. Bueno, no sé si a oír, pero sí lo vi.

En la meditación teníamos que entrar al útero y ver a nuestro bebé, y luego debíamos preguntarle si quería hacer un viaje con nosotras. Entonces, a través de un arcoíris llegué a un bosque. Allí me esperaba un niño, como de tres años, que me agarró de la mano y me llevó a caminar. Era un niño, eso quedó clarísimo. Lo curioso es que la ecografía en la que descubriríamos el sexo de nuestro bebé estaba programada para unos días después. ¡Era un niño y me lo había hecho saber! Me impactó. Le pregunté su nombre, tal y como indicó la profesora que lo hiciéramos, pero no me dijo nada.

“Tranquila, los bebés por lo general nos revelan su nombre. Tienes que estar atenta en los próximos días y si te llega uno, quizás ese sea”, me dijo la profe. Yo lloraba. No de tristeza, ni de angustia, sino por la impresión de haberlo visto. De haber sentido su manita en la mía. De saber que era un niño, de tener la sensación de que cargaba un niño adentro.

Al día siguiente, mientras Santi y yo veíamos un partido del Real Madrid, le pregunté si Luka Modrić seguía lesionado. El mediocampo del club merengue se veía cojo sin el jugador croata. Él me confirmó que en efecto Modrić seguía mal. Continuamos viendo el partido y minutos después lo oí de nuevo: “Luca”. Miré a Santiago y le dije: “¿qué te parece el nombre Luca? ¿Te gusta?”. Él me sostuvo la mirada, muy serio, pensó unos segundos y me respondió: “¡sí!”.

Un día antes me había llegado la lista de los cien nombres más populares de 2014. En la lista de niños aparecía Luca en el lugar treinta y pico. Como servicio especial de ese día, todos los nombres traían su significado. Al picar sobre Luca apareció: “Del griego loukas, ‘el que ilumina’”. Nos encantó. Y a decir verdad tenía todo el sentido.

Siempre, al terminar de orar o meditar, les pido a la Diosa, a Dios o a la Lupita, que nos iluminen. Pido luz, y la más brillante que ha llegado a mi vida ha sido Luca.

5

Quedar embarazada no es fácil. Desde que nos llega la primera regla el miedo que tenemos, que nos inculcan en nuestros hogares católicos cristianos, es a quedar embarazadas o a “meter las patas”, como suelen llamarlo. No es un temor menor, es real pánico a la idea de que al ser madres jóvenes nos vayamos a “tirar la vida”. Y ese miedo me llevó a no disfrutar a plenitud de mi sexualidad desde joven. A no aprovechar las oportunidades y las experiencias. A temer que un polvo me cambiara la vida.

Claro, hay mujeres a quienes en efecto un embarazo no planeado las desvió de su curso. Pero el sexo seguro existe, la anticoncepción es una realidad y el aborto, aunque aún parcialmente penalizado en Colombia, también es una opción, a fin de cuentas. Una que han escogido muchas más mujeres de las que aparecen en las estadísticas y que para mí es válida. Creo en el derecho a elegir.

El caso es que siempre pensé que quedar embarazada era fácil. Eso también me llevó a creer que en cualquier momento podía tomar la decisión de tener un hijo y que solo con el deseo pasaría a la acción sin mayor contratiempo. Que era cuestión de planear cuándo y ya. Es gracioso, la gente habla mucho de los embarazos, deseados y no deseados, planeados o sorpresivos, pero es raro que alguien hable acerca de las dificultades que se presentan a la hora de buscar un bebé. La verdad es que a una pareja en edad para concebir, sana y sin problemas de fertilidad, le puede tomar hasta un año quedar en cinta. Pero de eso no se habla. Al igual que no se discuten los casos en que una preñez es difícil o hasta imposible.

6

L a primera vez que oí la palabra endometriosis fue hace muchos años, cuando operaron a mi tía Martha. Luego, en alguna reunión de amigas, la volví a escuchar, pero la realidad es que no entendí bien de qué se trataba. Mucho menos me imaginé que esta enfermedad afectara a ciento setenta y seis millones de mujeres alrededor del mundo (según información de la Endometriosis Foundation of America) y que fuera una de las causas más frecuentes de esterilidad. Por eso, cuando el médico me habló de endometriosis la mente me quedó en blanco. No entendí a qué se refería cuando me dijo que si no me sometía a una cirugía de urgencia mi futuro fértil estaría en riesgo.

Toda la vida crecí asustada de ir a quedar embarazada antes de tiempo, o sin desearlo, mientras en mi útero, mis trompas de Falopio y mis ovarios crecía el muro de Adriano. Una pared impenetrable de tejido y sangre, que le hacía imposible a un espermatozoide llegar a un óvulo.

De haber sabido que mis sangrados abundantes y mis fuertes cólicos eran señales contundentes de que algo andaba mal, habría acudido al médico antes. Pausa. No. La realidad es que desde el principio, desde mi primera regla, acudí al médico y todos desestimaron mi queja. “Es normal, la menstruación duele”, me decían.

Las mujeres tampoco hablamos nunca sobre la menstruación, nos apena. Si mucho lo compartimos con quienes nos son más cercanas, nuestras mejores amigas, nuestras madres. Y al decir que lo compartimos me refiero a que les avisamos que nos llegó la regla, y ya. “[…] la menstruación sigue inspirándonos una fuerte repugnancia, generada principalmente por nuestros esfuerzos para mantenerla en secreto”, escribió Germaine Greer en 1970, y la verdad es que en casi medio siglo nada ha cambiado. Ella fue quien hizo el llamado a que las mujeres que se consideraran emancipadas probaran su propia sangre menstrual para demostrar que no les repugnaba.

Mucho antes de leerla y de declararme feminista, yo empecé a hablar de mi regla. Era mi forma de rebeldía. Apenas me llegaba daba el anuncio a todos en casa, y a mis novios también. A mi mamá siempre le pareció de quinta que lo hiciera. A mí no me daba pena. Quizás porque la persona que estuvo ahí durante mi primera menstruación fue mi papá.

Él me despertaba todas las mañanas para que me bañara en la ducha de su cuarto, que era la que usábamos todos en la casa, y esa mañana, a los trece años, fue él quien oyó mi grito y entró y vio mis calzones manchados. Yo sabía lo que iba a pasar, nunca me ocultaron las realidades del desarrollo de mi cuerpo, y había tenido mis primeras clases de Educación Sexual en tercero de primaria. Pero aun así, en la duermevela inevitable de las 5:30 de la mañana, cuando vi la sangre, grité por instinto.

Comprar toallas higiénicas fue una aventura emocionante. La que todavía entonces era mi tía política, una estadounidense judía que me regaló el libro Are You There God? It’s Me, Margaret de Judy Blume, me llevó a almorzar y a comprar un regalo para celebrar el acontecimiento. Por eso nunca me dio pena decir “sí, gente, estoy sangrando” o “hoy me llegó, queridos”, para anunciar mi estado de excepción mensual. Y aunque me quejaba del dolor, pronto aprendí a controlarlo con ibuprofeno y una bolsa de agua caliente. En cuanto al flujo abundante, las toallas para la noche durante el día, o un tampón y una toalla, se volvieron mis recursos de primera mano. Luego tomé pastillas anticonceptivas durante diez años. Al principio para corregir un acné juvenil que a los veinte aún no cedía y que en realidad se debía a un desbalance hormonal a causa de la condición de ovario poliquístico que también desconocía, y luego, por supuesto, para evitar un embarazo no deseado. Estas hormonas mensuales le pusieron una máscara de bienestar a mi malestar. Las reglas se volvieron leves, los barros ya no fueron mi eterna compañía.

7

Yo habría tomado esas hormonas más tiempo, pero dejé de hacerlo porque a mi mamá le diagnosticaron un cáncer de seno de tipo HER2, una especie que se alimenta de estrógenos. Mi mastólogo me recomendó dejarlas, y sigue siendo mi médico. Mi ginecólogo de entonces se opuso, no veía razón para hacerlo. Aun así, las dejé. Lo hi ...