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AVES DE PASO

Eduardo Peláez Vallejo

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Fragmento

Esta es la historia de mis hermanos Ricardo y Marta Luz.

De Ricardo refiere su vida y su muerte; de Marta Luz, su vida y su muerte, y la aparición póstuma de su hija francesa, Marie Sophie Clémence. Sus vidas y sus muertes paralelas, y la aparición de la hija de Marta Luz, se funden en mí, inseparables, en una sola memoria afectiva, una sola historia.

Primero nació Ricardo, el 15 de octubre de 1936, hace ochenta años. Tenía la piel blanca, los pelos dorados, el ceño fruncido, las cejas cerradas y los ojos verdes amarillos. Después de treinta y nueve meses, un 11 de enero, llegó Marta Luz, con la piel blanca, los pelos dorados rojizos, las cejas separadas en arcos de largo recorrido y los ojos verdes amarillos. Parecieron dos aciertos.

Desde 1940 hasta el 14 de julio de 1949 (el día de mi nacimiento) hubo demasiados acontecimientos en el hogar de mis padres, comprendidos hoy en esta simplificación: nacimos otros cinco hijos (cuatro hombres y una mujer), todos con los pelos negros, pieles morenas, ojos negros, dos orejas, una nariz, dos brazos, dos patas y veinte dedos.

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Mis padres eran católicos y bautizaban a sus hijos con la misma naturalidad con que comían frisoles cada día, Papá bebía aguardiente y Mamá sentía y pensaba en refranes.

Para mi bautismo, al otro día del nacimiento, recurrieron a una excentricidad: eligieron como padrino y madrina a un adolescente y una niña: mis hermanos Ricardo y Marta Luz. Ese hecho, que era una formalidad del rito católico sin incidencia en la vida de los padrinos ni del bautizado, fue como ganarme, apenas caer en tierra, el premio gordo de la lotería. La entidad simbólica del homenaje de los padres a mis hermanos mayores actuó en los padrinos como una realidad eficiente y los convirtió desde entonces en mis protectores. Y yo, que no sabía qué era eso de bautismo, padrinos y ahijados, recibí su amor y sentí que la vida a su sombra no era tan sufrida como al sol de las relaciones con la gente.

Ya desde mis primeros días lloré más que mis hermanos y desconcerté a mis padres. Atribuyeron mi llanto y el rubor de mi piel al calor que se levantaba del cañadulzal de la vega y del río Medellín, debajo de la colina de la casa de la finca El Totumo donde vivíamos, y optaron por desnudarme. Sin embargo, yo, pudoroso desde entonces, lloré con más estridencia mis insultos, hasta que me tomaban en sus brazos Mamá o alguno de los padrinos, mecían mi cuerpo regordete y entonaban una nana que me dormía. Siempre he sido más feliz durmiendo, y las pesadillas las padezco despierto, en especial cuando estoy vestido. Lloraba porque sentía frío, por el calor que me daban los trapos de lana blanca con los bordes azules, porque no me gustaba la cara de Adela, la cocinera con el colorete de los pómulos encarnado, por la voz atronadora y demasiado alegre de mi niñera, la negra Josefa, porque me zumbaba un mosquito…: porque no entendía la vida en las afueras de Mamá.

Y los padrinos comprendieron mi aburrimiento y se me aproximaron con el sentimiento preciso para desinteresarme de todo y ser un hombre feliz: la compasión. Ellos aprendieron a quererme con su compasión y metieron en su padrinazgo y su madrinazgo el instinto de amarme, en forma de puro sentimiento, sin autoridad para ejercer y por el gusto de complacerme y ser amados por mí: nada mejor. Yo, enredado en mi problemática, mi tedio y mi dificultad para vivir a gusto, los amé a instinto. Hoy, tantos años después de sus muertes, este instinto de amarlos como los amé en la cuna permanece y es activo, como los demás instintos: el de respirar, el de huir del fuego, el de arder en el sexo, el de beber cuando tengo sed o deseo emborracharme…

Así nos fuimos viviendo en nuestra realidad ilusoria de spa. Y cuando este ahijado iba llegando a la edad del destete, que en mí fue la del amor sexual demente, le cayó la muerte a Ricardo, antes aun de su mediana edad, a los treinta y tres años; y poco después, cuando la madrina andaba por sus treinta y cinco, la mató el cáncer.

Tres de mis cuatro padres murieron en línea: Ricardo, en 1969; Papá, en 1970; y Marta Luz, en 1975. Mamá, solidaria, sonriente a las cosquillas de los refranes, remontó el tiempo hasta sus ochenta años y murió en 1991, con su cáncer, flaca y narizona, el esqueleto envuelto en el cuero viejo que besamos con amor sus descendientes. En la agonía, cuando mi llanto de la montaña llegó a su lecho, delirando en morfina me envió sus tres últimas palabras para que descendiera de allí y llegara a su lado: «Eduardo, me voy». Y yo descendí y palpé su muerte.

Así fue:

Eduardo, Marta Luz, Mamá, La Mona, Juan José de primera comunión, Vicente, Clara Cecilia y María Helena, Medellín, 1964. Faltan Papá, Ricardo, Carlos Arturo y Germán.

III Ricardo

Ricardo, de 1936, el primero en la vida y en la muerte, heredó de Papá-Viejo, el abuelo paterno, el nombre; de Papá, la rabia.

Ricardo llegó, tal vez, a uno setenta de estatura. Su cuerpo era recto, sin grasa y con músculos de bronce. Brazos fuertes cubiertos de vellos rubios y venas caudalosas. La cabeza era pequeña, la mata ondulada del pelo corta y rubia desvaída, la piel blanca apretada a la osamenta y la barba poblada y afeitada a ras de piel con navaja barbera asentada en correa de cuero. Las facciones eran fuertes y agradables, con el ceño fruncido y los labios apretados en ira o entreabiertos en relax y aunados a la respiración. La frente era estrecha y en rectángulo horizontal, y las orejas tan correctas fueron compradas por Papá en una orejería de lujo de Bogotá con ocasión del nacimiento. Los ojos, de color sin nombre, mezclaban el verde, el pardo y el amarillo de tonos rebajados y disparejos (un ojo más claro que el otro), pero la mirada no carecía de unidad y verlo no hería como una imperfección ni representaba un felino. Eran ojos de paz de un hombre de paz y brillaban al sol bajo las cejas cerradas y las pestañas rubias, como una adición de vitalidad, luz y color. No era «ojicambiado», como esos perros gran danés arlequín con un ojo marrón y el otro azul, cuya mirada aterroriza más que los dientes de ataque, porque uno no sabe si están picados de rabia o de luz; si el color de sus ojos hubiese tenido nombre, habría sido el mismo para ambos, en tonos claros diferentes. La voz, emitida en la boca, concordaba con la tonalidad baja de los ojos y el pelo, y salía volando en humo azul de tabaco rubio de cigarrillo sin filtro por los labios ajustados por donde no entraba, porque no cabía, el germen de la gripa. Y las palabras eran pocas, contadas una por una, sin alarde de erudición, buenas para oírlas porque eran palabras de su silencio.

Ricardo no tuvo formación suficiente para ser filósofo, científico, cura, artista ni empresario: cuando llegó a la edad escolar, mis padres cambiaron Bogotá por El Retiro, a empujones de Papá-Viejo que retrasaron a la familia y la refugiaron en una finca con vacas y caballos que tenían la misión de serenar a Papá, cuya locura floreció en la civilización de los carros, los inmigrantes y los cafés de una ciudad del siglo XX.

En 1944, para llegar en carro a Medellín desde El Retiro había que arriesgarse por un camino de herraduras ampliado para máquinas de motor, sin pavimento ni señales de tránsito, de manera que los padres de los niños de colegio ni siquiera soñaban con que estudiaran en Medellín.

Ricardo hizo los cinco años de escuela primaria en el Colegio Mejía de El Retiro, una institución privada con el apellido de alguno de los parientes de los tres troncos de Mejía que lo habitaban y conviven desorientados en nuestro pedigrí, con pieles, pelos, temperamentos, psicosis y fortunas intercalados y con resultados previsibles, que habría sido preferible evitar con medidas drásticas, como la esterilización o la castración. Ya vendrán tiempos mejores para los criaderos de humanos, con bancos de semen y de óvulos, pedigríes analizados y certificados, proyecciones fotográficas e intelectuales de la descendencia, estadísticas…

Algo aprendió en el Colegio Mejía, pero mucho más en la finca La Carlota (el nombre de la abuela paterna, gorda y nostálgica como una finca de la montaña, que las comparaciones se burlan de la razón y permiten decir todo), donde supo de vacas y leche, de montar y arrendar caballos, de aves libres y de corral, de huertas y cercas, de la luna y las siembras y las cosechas, del granizo y la niebla, del paisaje y la ensoñación.

Cuando concluyó los cinco años de escuela primaria, lo enviaron a Medellín para arrendarlo como a un muchacho de buena familia. Lo matricularon en el internado de los jesuitas.

El colegio ocupaba el ala sur del conjunto arquitectónico de San Ignacio, sobre la calle Pichincha y la Plazuela José Félix de Restrepo (libertad de los esclavos). El colegio colindaba en el mismo edificio con la Universidad de Antioquia y la iglesia de San Ignacio, cuyo tímpano de piedra sobre el portal principal fue grabado con el escudo de los franciscanos, los iniciadores en 1803 de la construcción del edificio, que se tomó todo el siglo XIX y sólo concluyó en 1915, con modificaciones a los planos originales y la adición de un tercer piso.

Los jesuitas fundaron el colegio en 1885, administraron la iglesia e impusieron el nombre del fundador de su orden a estos y a la plazuela, que desde entonces se llaman de San Ignacio. Pero el escudo franciscano sobrevivió a las guerras, las pasiones, la vanidad y las palomas, y espiritualiza el ámbito que habita, cuenta sus historias y es el centro estético, casi invisible, del conjunto de edificios.

Ricardo llegó a Medellín en febrero de 1950, ya bajo los apremios del amor: tenía trece años y su cuerpo era pujanza bajo la piel y se ampliaba en la dimensión de la sexualidad.

El internado ocupaba el claustro de arcos rebajados, con apariencia y espíritu monacal, propio para el estudio, la meditación y el ensimismamiento: un laboratorio para transformar muchachos atentos a los instintos en ciudadanos urbanos del siglo XX, racionales, con la mirada puesta en las sotanas y en el norte del continente y su cultura económica.

A sus trece años, Ricardo ya era un hombre con historia, su historia: era el primogénito de una familia de padre, madre y siete hijos; había vivido en Bogotá durante la primera infancia y parte de la segunda; lo habían separado de su hogar paterno y vivía con los abuelos y sus dos hijas solteronas en Medellín; había sido arriero a caballo de paso fino colombiano del ganado de su padre entre El Retiro y Girardota, por el camino de Guarne; había vivido en el campo y ordeñado vacas, castrado terneros y arrendado potros; se había disparado en una pierna un balazo con el revólver calibre treinta y dos corto de cacha blanca de concha nácar que le regaló el abuelo Papá-Vicente, y se había asomado a la muerte con apariencia de suicida; ya sabía de la soledad y conocía algunos rudimentos del amor y sus goces y tristezas, porque era un hombre de corazón; y era mi padrino desde hacía un semestre y me arrullaba en la cuna de mimbre los fines de semana para apaciguar la persistencia de este llanto que no cesa, que hierve en la fuente del aburrimiento y drena sin alivio en lava que me calcina.

En la luminosidad de Medellín (una muestra del fuego tropical), que podía abrumar con sus excesos, el sombrío de la Plazuela de San Ignacio alegró al muchacho habituado a tierras frías.

Dos ceibas centenarias, una en el costado norte (la calle Ayacucho, con bullicio de fiesta del tranvía) y la otra en el sur (la calle Pichincha, con casas de puertas y ventanas antioqueñas), plantadas en la ciudad como en un bosque, florecían, susurraban con la brisa y brillaban verdes sobre los troncos oscuros, gruesos, ramificados y gigantescos que se retorcían a la vista del sol y el juego de los pesos y los contrapesos y representaban dioses o animales llegados de antes y en meditación; un piñón de oreja que perdió su par en la ciudad, desubicado, un cuarto de siglo menor que las ceibas, de tronco grueso y gran copa, perdía y renovaba su follaje para contar el tiempo, producía sus cosechas de orejas que pasaban por el verde, el marrón y el pardo, y rememoraban nostalgias con apariencia de locura, locura de soledad; y, a cada costado de la iglesia, una por cada torre, dos palmas reales de Cuba, la mayor con cien años de edad y un poco menor la del sur, como de treinta metros de largas, de troncos rectos casi plateados, con tramos hinchados (historias de vida) y penachos que semejaban a lo lejos plumas al viento y dejaban colgar racimos blancos de flores que asomaban en la altura y mostraban, a su debido tiempo, las frutas rojizas que portaban la nueva vida, la misma vida en ilusión de perpetuidad. Esos cinco árboles, no muchos ante sus vecinos (tal vez un gualanday viejo, un guayacán amarillo y otros quince o veinte yo no sé qué), tenían la dignidad vegetal equivalente a la arquitectónica de los edificios y a la recordatoria de los monumentos y placas de la plazuela.

Una de estas tardes recalentadas por el fenómeno de El Niño o el calentamiento global (más nombres de la sequía), sin un soplo de brisa ni una nube blanca viajera para contrastar el azul, fui a mirar la Plazuela de San Ignacio, que ya es un borrón gris sumido en los ruidos urbanos de un barrio degradado que es preferible no cruzar después de las nueve de la noche, por donde transitan buses, carros, motos y peatones de los diferentes grados de la pobreza, el afán, el deambular y la borrachera de los vicios que se beben, se fuman, se aspiran, se inyectan, se untan.

El edificio San Ignacio está bien conservado y se dedica a diferentes actividades culturales. En la calle Ayacucho, por donde pasaba el viejo tranvía que dejaron marchitar por los años cincuenta del siglo pasado, está empezando a funcionar el tranvía de este siglo, un tiburón de ciudad que se trepa a la montaña y conecta con el cable en el relevo del transporte de pobres.

Un edificio largo, que ocupan un supermercado y una institución cultural, ha reemplazado las casas antioqueñas de la calle, una de ellas la familiar de Lola Giraldo, la mujer que en 1908 escandalizó a los parroquianos con su atrevimiento de posar desnuda para La última gota (copia o cita de La maja desnuda, de 1798, de Francisco de Goya, con pose de la duquesa de Alba, más que su amiga), un óleo que pintó Francisco Antonio Cano. Además, Lola fue amante secreta del doctor Gil J. Gil, médico graduado de la Universidad de Columbia y doctor honoris causa de la Universidad de Antioquia, en ceremonia presidida por el doctor Miguel Moreno Jaramillo, quien comenzó así su discurso en el paraninfo de la universidad: «Quien es dos veces Gil, bien merece ser dos veces Doctor». Doña Alicia Sánchez de Gil, la señora de Gil J. (Juvenal) Gil, ejercía su psicosis en cleptomanía, que el marido solucionaba en silencio con los propietarios de las tiendas afectadas. Doña Alicia odiaba a Lola, cómo no, y se refería a ella como «la querida de Juvenal». Y es una de las bisabuelas maternas de mis hijas.

La cantina donde bebíamos aguardiente y oíamos boleros y tangos de la rocola los estudiantes disidentes del colegio de San Ignacio de quinto y sexto de bachillerato en 1966, alcahueteados por un curita matemático, filósofo y novelista, es un bailadero de merengue para mujeres del oficio sagrado en decadencia y hombres con los bolsillos vacíos vencidos por la edad, las bebidas y las yerbas, disfrazados todos con trapos viejos, tinturas y maquillajes de comparsas de circos de pueblo, a un paso de la muerte, graciosos y tristes bailando merengue con el amor de los viejos, y después reguetón, la hamburguesa de la música del Caribe.

Los árboles (las dos ceibas, el piñón de oreja y las dos palmas reales de Cuba, hoy de ciento cincuenta, ciento veinte y ciento cincuenta años) están vivos. Una de las palmas cubanas tiene heridas en el tronco, arriba, lesiones de la edad, y se inclina hacia la iglesia; el piñón de oreja, la locura de la soledad, está por estos días desnudo y deja ver completo el tronco y los brazos dirigidos al cielo; las ceibas, en uno y otro extremo de la plazuela, han mutado y ya no parecen dioses o animales ensimismados, sino minerales grisáceos y empolvados, monolitos inmunes al tiempo y la ciudad.

Un lustrabotas viejo, blanco, sin arrugas, pequeño y recogido, de tramos cortos y líneas torcidas, cabezón de pelo castaño seco, se sienta en el banquito frente a la caja de los betunes y los cepillos y trata de alcanzar los dientes postizos, que le huyen y parecen fabricados para una boca más grande, la del marido de la viuda al cual le heredó la mujer y la dentadura.

Su puesto de trabajo está a un lado de la puerta principal de la iglesia de San Ignacio, junto a una de las palmeras cubanas. Desde allí registra la entrada y la salida de los feligreses y tiene a la vista todos los zapatos sin necesidad de alterar su posición.

—Caballero —lo llamé, buscándolo—. ¿A qué hora abren la iglesia?

—Ahorita, a las cinco. Ya van siendo —respondió mirándome los tenis.

—Sí, faltan veinticinco. ¿Usted dónde trabaja?

—Aquí mismo, atravesado al frente de la iglesia para que los clientes me vean —sonrió.

—¿A ver si dios le ayuda?

—No, dios no quiere sino a los ricos. ¿Dónde ha visto un pobre con plata? Lo que pasa es que muchos señores viejones se ponen los zapatos buenos para venir a misa, y aquí me encuentran sin buscarme.

—¿Sí le cae trabajo?

—No falta el trabajito.

Mientras conversamos, el embolador se levantó de su banco, se recostó en el tronco de un árbol y me miró directamente.

—¿Cómo se llama ese árbol? —le pregunté.

—Este es un piñón de oreja.

—Y está pelado.

—Él se pela todos los años por esta época, en septiembre. Pero vuelve y retoña. Dentro de un mes va a estar lleno de hojas. Es muy bonito.

—¿Y las ceibas?

—Esas también se pelan.

—¿Y florecen?

—No, aquí no florecen.

—¿Por qué?

—Yo qué sé. Tal vez por tanto bus con chimenea. Vea cómo mantienen el aire azul. Eso es lo que respiramos aquí, puro humo.

—Y estas palmas tan grandes. Esta parece que se va a caer sobre la iglesia. Está torcida.

—No se cae.

—Pero está torcida. ¿O ha sido así siempre?

—Yo no sé, pero no se cae. Primero se cae la iglesia que ella.

—¿Son muy viejas las palmas?

—Ave María. Tienen más de doscientos años.

—Y la torcida tiene unos huecos arriba. ¿Qué le pasa?

—Sí, tiene esos huecos, pero no se cae. Y aquel árbol de allá florece amarillo, muy bonito. Él se ve feo, pero cuando florece es muy bonito.

—Ese es un guayacán —le dije.

—Me parece que sí. Así le dicen algunos por aquí.

—¿Y aquel de allá, el flacuchento?

—Es de los mismos. Es que es más nuevo. Pero ya floreció también una vez.

Después nos quedamos callados. Ya no había más palabras para los árboles. Esos, los de la Plazuela de San Ignacio, son los más antiguos de la ciudad. Los que los precedían en la vida los precedieron en la muerte. Se aburrieron con los motores y el cemento, no llegaron al tiempo de las sequías.

—¿Cuánto hace que trabaja usted aquí?

—Uf… Ya ni me acuerdo. De eso hace muchos años.

—¿Más de veinte?

—Mucho más. Figúrese que la hija estaba chiquita cuando yo me vine para acá y ahora tiene ya tres hijos, todos tres machitos.

—¿Y se parecen a usted?

—Qué va. Yo no voy a dejar de herencia ni la cara. Hasta mejor, a mí no me ha ido muy bien que digamos con esta.

—¿Siempre ha habido tanta gente por aquí?

—No, antes eran menos pero más elegantes. Ahora todo el mundo usa tenis, hasta los viejos.

—Como yo.

—Figúrese. Pero todavía hay cachacos con zapatos de cuero, como los Corona de antes. ¿Recuerda?

—Claro, eran bonitos y finos.

—Eran para toda la vida. Los hijos los heredaban de los viejos.

—¿Cuándo tumbaron las casas viejas de Pichincha, las de las ventanas grandes de madera?

—Hace mucho tiempo. Ya la gente no vive en casas, todos viven en edificios de apartamentos, como pájaros en jaulas. Bueno, los ricos viven en edificios. Los pobres vivimos en ranchos en la montaña.

—¿Qué me dice de las palomas?

—Son como quinientas. Una belleza. Hay una viejita que les da maíz todos los días, y las palomas se le paran en las manos.

—¿Hacen muchos daños?

—No, nomás ensucian las estatuas.

Las ensucian, sí. Decepcionan Francisco de Paula Santander, el general Marceliano Vélez y el águila sobre el globo (el del centenario de la fundación de la Universidad de Antioquia, en 1803), blancos de heces de palomas sobre verde monumento, perdidos en una realidad más desconcertante que el olvido.

El aire de la plazuela es otra cosa. No es la idílica «mezcla gaseosa de veintiún volúmenes de oxígeno y setenta y nueve de nitrógeno, incolora, inodora e insípida. Es necesaria para la respiración y, con el vapor de agua y el ácido carbónico en pequeñas cantidades, forma la atmósfera terrestre», que recita el Diccionario de la Lengua Castellana, décimatercia edición, de 1899, de la Real Academia Española, semejante al que respirábamos los estudiantes exiliados del colegio de los jesuitas en 1966; ni, mucho menos, el de 1950 que respiraban Ricardo y sus compañeros alumnos de los curas, y los muchachos más serios, más señores, que estudiaban en la Universidad de Antioquia y parecían doctores de corbata desde el primer día de clases; el mismo que respiraba Lola Giraldo en su casa antioqueña de la plazuela desde antes de 1908, en pose desnuda para el pintor Francisco A. Cano, que llegaba de Francia e Italia; ni, muchísimo menos, el del barrio San Lorenzo de 1803, cuando se inició la construcción del edificio, que era, sin exageración, aire puro antioqueño, a mil quinientos veintiséis metros de altura sobre el nivel del mar, que bajaba de las montañas del oriente y el occidente (las mesetas de Rionegro y San Pedro), y venía del norte y el sur y penetraba por los ancones (las bocas geográficas del Valle de Aburrá) y era brisa, viento, ventarrón y calma que lo recorrían y limpiaban por los cuatro costados.

El aire de la Plazuela de San Ignacio es una mezcla de gases y partículas sólidas de color pardo con relativa trasparencia que se ve, se huele, se toca y se respira; que ensucia el rostro y se pega a las gafas; que mancha la ropa blanca, negra, clara y oscura con los estigmas de la civilización; que no permite ver los estigmas de las manos en los brazos cruzados de Cristo desnudo y san Francisco de Asís en el hábito, en el escudo de piedra de los franciscanos que se borra en el tímpano de 1803 de la puerta central de la iglesia de San Ignacio de Loyola; que pinta de rojo la parte blanca de los ojos y los desluce como ojos de fumador de marihuana o de borracho de la noche pasada; que tapona la nariz con residuos interiorizados de exterior extraño; que hace estornudar a los alérgicos a las impurezas; que desfigura la belleza de la mujer en una abstracción de materia untuosa; que malgasta salud acostumbrada a respirar aire de diccionario, aire con neologismos, provincialismos, galicismos, anglicismos y vicios del lenguaje, pero aire.

El internado de los jesuitas era hogar sin madre, sin padre (con curas, el naufragio de la paternidad), sin hermanos y sin las esclavas de mediados del siglo XX, llamadas sirvientas, que llegaban a la ciudad de los pueblos de Antioquia y de las selvas del Chocó, y prestaban todos los servicios, incluida la sutileza de la ensoñación, que estallaba en el amor de un solo cuerpo presente y era la sublimación de la sexualidad en las noches y las alboradas de los hogares.

Al claustro de San Ignacio solamente tenían acceso los varones (de cualquier sexo), de manera que en la galería de los internos no dormían mujeres, pero sus cuerpos ausentes no dejaban dormir a los presentes, se desnudaban y se deslizaban bajo las cobijas de los muchachos de buenas familias cada noche y les dictaban clases de amor desde el primer principio, el sexear del sexo en la insaciabilidad y la prohibición, una alquimia que transformaba la pura abstracción de la carne imaginada en el puro placer de la carne extasiada: el sexo de las sensaciones, que reposa en el origen y germina en la soledad.

Salvo lo prohibido y el juego de pelopié, todo en el internado era aburrido: religión, patria, familia y disciplina. El ocio y la pereza (la condecoración de los hombres sabios) eran castigados.

El pelopié (pelota de pie, que pronunciábamos en masculino en la contracción) era un invento de los curas que suplía las canchas de fútbol de grama y resumía en emoción el juego que era el fútbol. Era fútbol para suelo duro y espacio pequeño, allá en el claustro de arcos, también a la vista desde los dos pisos altos.

Fútbol a escala, con cinco jugadores por equipo, cancha tamaño básquetbol, porterías de más o menos un cuarto de las que conocemos y balón en caricatura del de fútbol: una seudoesfera de cuero de aproximadamente quince centímetros de seudodiámetro, rellena de estopa y algodón crudo, con las costuras protuberantes y hacia afuera en aristas burdas como de medio centímetro de altura, que formaban un proyectil destinado a arrastrarse al impulso de las patadas. Cuando estaba nueva, lo cual le duraba media hora de patadas, brincaba y corría como un perro envenenado, en direcciones impredecibles, al contacto de las costuras con el cemento. Después, asentada a raspones y golpes (una metáfora de la educación), domesticada, perdía velocidad, no brincaba, adquiría pereza, se deformaba más, asumía el color de la arena, obedecía a la gravedad en imitación torpe del agua y golpeaba el rostro con caricias ásperas. Generalmente moría por fatiga de las costuras, por donde se destripaba, y quedaba en estado de trapo de cuero, un animal muerto en la carretera y pisado por las llantas de los carros, antes de fundirse con el asfalto en condición de mancha.

En el juego se trataba, claro, de meter goles (los goles no se hacen, se meten) y de evitar los del equipo contrario.

En los partidos de pelopié se sudaba más que en los de fútbol y se daban y recibían más patadas. Era difícil dominar la pelota porque hacía mucho contacto con el suelo (se desparramaba en él y tendía a dormirse) y las patas de los jugadores se encontraban con mayor frecuencia y los encuentros eran más prolongados, y a mayor coincidencia de patas en o tras la pelota correspondía mayor cercanía de los cuerpos y más choques, y los jugadores contrarios se juntaban, se olían, se respiraban y se escuchaban las respiraciones, se veían y se descifraban las intenciones y los movimientos, se anulaban las inspiraciones de los intuitivos, se contradecían las perspicacias de los racionales, se entrecruzaban las lluvias de sudores, se pateaban las espinillas, se oían las maldiciones y las ofensas, se resentían los odios y las incompatibilidades, se atrapaban los miedos y, en el momento del éxtasis, entre los tres tubos y el piso de cemento, una raya que era una verdad imaginada era traspasada por una deformidad de cuero y se percibía con todos los sentidos la palabra gol, que tocaba con su unidad la alegría y la tristeza, la risa y la rabia.

Para entenderse con la pelota, no se debía pisarla. Había que pegarle pataditas con la punta del zapato, caricias para movimientos breves, prontos y precisos. Pisarla era jugar sucio.

Ricardo jugaba pelopié y era apto para el choque, por fuerte, compacto y rabioso. Su discusión por la pelota podía perdurar, con la testarudez mutua del boxeador y la pera de entrenamiento, que se acercan y se rechazan, y a mayor fuerza en el alejamiento corresponde más prontitud del reencuentro, en el éxtasis de la contrariedad. Su condición lo habilitaba para este juego de belleza clásica: el embeleso en el ataque y la defensa.

Los partidos de pelopié llenaban de público (estudiantes, profesores y curas) los miradores de la cancha. El juego era una batalla para los jugadores: risa, sudor, rabia, patadas, trompadas, imaginación, sangre, riesgo; y un espectáculo para los espectadores, apretados en los costados del campo (el patio interior del claustro), en el piso y en la altura. El público se dividía en barras contrarias que reían durante todo el partido y hacían lo que corresponde al fanatismo: emitían interjecciones, el símbolo de la belleza del lenguaje que saca de las entrañas las sensaciones, sin filtros ni protocolos; gritaban los sobrenombres de los jugadores: vamos, Cabecimotor, Patemula animal, dale, Cura, que vos sos bruto; criticaban y hasta pronunciaban la jaculatoria prohibida: sangre, queremos sangre, dale duro Wilson.

Entre los jugadores estaba el padre Cabrera, el propio prefecto del colegio, un bogotano enfermo de autoridad que usaba cilicios y alcanfor y se flagelaba en la creciente para llegar manso al plenilunio. El cura era de piedra y de choque, y la primera gota de sudor desbloqueaba la clave de su furia, lo igualaba con los inferiores y suspendía su racionalidad, a la búsqueda del gol a favor.

En un partido se enfrentaron Ricardo y Cabrera a muerte. Ricardo pisó la pelota a un metro de su portería para evitar el gol de cura, y este lanzó su pata a la espinilla blanca de mi padrino y lo hirió de sangre, y se odiaron y gozaron el placer del odio. Ricardo le ladró al sacerdote y lo siguió por el campo hasta la otra portería, lo encontró en la brega de patear el cuero y le repitió la dosis: pisó la pelota, tensó su cuerpo y esperó a Cabrera durante una décima de segundo (suficiente para la irr ...