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CAMAS Y FAMAS

Daniel Samper Pizano

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Fragmento

Novios obvios

Las listas tradicionales de amantes famosos se dividen en dos. Unas cuentan las historias de personajes procedentes de la fábula, el folclor, el mito o la literatura, como Adán y Eva, Orfeo y Eurídice, Helena y Paris, Calixto y Melibea, Romeo y Julieta o Efraín y María. Como autor de este libro, esas no me interesan.

Forman parte de la lista número dos las figuras que tuvieron existencia real, como Cleopatra y Marco Antonio, Nerón y Popea, Abelardo y Eloísa, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, Enrique VIII y sus seis mujeres, Napoleón y Josefina, Simón Bolívar y Manuelita Sáenz, Sissi de Baviera y el emperador Francisco José, George Sand y Federico Chopin, Eduardo VIII y Wallis Simpson, Frida Kahlo y Diego Rivera, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, John Lennon y Yoko Ono, incluso Gerard Piqué y Shakira…

Pero estas tampoco me interesan.

Primero, porque son demasiado conocidas. Segundo, porque Hollywood y la prensa del corazón se han encargado de embellecerlas con falsedades o corromperlas con oropeles. Y, tercero, porque suelen ser muy juiciosas, muy rectilíneas, muy bipolares. Nunca un trío, nunca un cuarteto, rara vez un amor eterno entre homosexuales… En ese sentido, muy poco realistas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El libro que el lector tiene en sus manos se ocupa de amores verídicos, pero raros, extraños. Algunos son relativamente conocidos. La mayoría, sin embargo, corresponden a episodios escandalosos que la historia oficial procura ocultar o que nadie se ha interesado en poner sobre la mesa porque su pesquisa resulta difícil. Habrá sorpresas. Es sabido que el escritor irlandés Oscar Wilde tuvo un famoso enamorado de su mismo sexo, lo que contribuyó a hacer del poeta un ícono gay. Lo que poco se ha divulgado es que no se trataba de un amante homosexual sino de dos, uno de ellos leal y generoso con Wilde y el otro perverso y aprovechado. También se omite el papel solidario y noble de la mujer del escritor. Estamos ante un cuarteto de esquinas imperfectas que podrá conocer el lector en estas páginas.

Se conoce, así mismo, que Catalina la Grande fue tan ancha de prestigio como de cama. Fascinante mujer, raros amores. ¿Cuántos amantes pasaron por su alcoba? Las listas más escépticas empiezan en tres y las más disparatadas llegan a cincuenta. En el capítulo correspondiente procuro establecer cifras realistas y aclarar si es verdad o mentira que la emperatriz se acostó con el prócer suramericano Francisco Miranda. Lo sabrán más adelante, pero mi consejo es que vayan arriando la bandera tricolor.

El mosaico que ofrecen las siguientes páginas recoge grandes amores. Grandes, pero extraños. Algunos parecían destinados a terminar pronto y mal y acabaron tarde y bien. En otros interactúan varios participantes. Hasta cuatro. Y veremos a uno enamorado irremediablemente de sí mismo.

Soy el primero en lamentar que, en vez de diez historias insólitas de amor, el espacio no hubiese permitido escoger veinte o treinta. Muchas quedan en la lista de espera, como la de la dos veces Premio Nobel Marie Curie y Pierre Langevin, su amante casado; o la emperatriz china Cixí; o Karl Marx, Jenny de Westfalia y el ama de llaves de la familia; o el zar Nicolás II y la bailarina más fea de Rusia; o Lucrecia Borgia y sus amores escandalosos y de los otros; o Winston Churchill y la mujer que lo amansaba en casa; o el poeta nicaragüense Rubén Darío y la campesina española Francisca Sánchez. A lo mejor todos ellos tendrán esa segunda oportunidad que Gabriel García Márquez negó a los Buendía.

Las historias escogidas abarcan una treintena de personajes. El más antiguo es el sultán turco Solimán el Magnífico, nacido en 1494, por los tiempos del descubrimiento de América. El más reciente es el futbolista Zlatan Ibrahimovic, de la cosecha de 1981. Es, también, el único vivo. Se trata, pues, de una antología de camas y famas que se extiende por más de medio milenio. He procurado no solo relatar detalles interesantes sobre estas curiosas relaciones amorosas, sino también ofrecer un fresco general de su época y sus costumbres. En este sentido, el telón de fondo es la historia política y cultural de una docena de países. La dificultad de documentar verazmente la intimidad de las personas tiende a hacerse más pertinaz a medida que nos alejamos de ellos en el tiempo. Por eso he descartado varias extrañas y antiguas aventuras del corazón que probablemente deben más al chisme sin fundamento que a la realidad. Gracias a la imprenta y al avance de los archivos, los datos sobre los últimos cinco siglos resultan mucho más acreditables que los de épocas remotas.

La selección de amores y enamorados no contemplaba más requisitos que su condición curiosa o insólita y que los protagonistas fueran personajes famosos, o relativamente tal. Sin embargo, al terminar el texto me di cuenta de que habían emergido algunas tendencias inesperadas dignas de mencionarse. Por ejemplo, todos los participantes eran individuos de fuerte carácter individual y todos alcanzaban con sus compañeros de aventura romántica pactos expresos o tácitos de entendimientos y, al mismo tiempo, de respeto a su libertad. La edad de no pocas de las mujeres era mayor —a veces mucho mayor— que la de sus parejas. Y, algo llamativo, las señoras que desfilan por estas páginas rara vez se destacaron por su belleza. De Catalina la Grande dijo Giacomo Casanova que “aunque no era bella, estaba segura de gustar por su dulzura, su afabilidad y su inteligencia”. Todos los biógrafos de Soledad Román coinciden en señalar, benévolamente, que “no era una mujer de belleza excepcional”. Los retratos de la condesa Hanska la revelan como interesante pero no muy hermosa. Virginia Woolf se consideraba a sí misma “fea y poco elegante”. Y Violeta Parra se definía como “un espanto”. En el capítulo de Catalina la Grande aparece una posible explicación de este fenómeno.

Una palabra final. El subtítulo del libro se permite recordarnos en qué clase de mundo vivimos: injusto, ingrato, difícil, incomprensible, sorprendente, dichoso… Hace un tiempo publiqué una Breve historia de este puto mundo cuyo éxito me hizo ver que somos muchos los que observamos este planeta con escepticismo e incluso con cierta aprensión, pero nos defendemos de los peligros y domesticamos los temores gracias al indispensable blindaje del humor.

Los amores que recojo en estas páginas solo podrían darse en un mundo como este.

Daniel Samper Pizano

Lo que
puede
un diván

Roxelana
la Gozosa
&
Solimán
el Magnífico

Un extraño y fascinante amor nació en el harén entre una antigua esclava y un poderoso sultán en el siglo XVI e influyó en la demarcación del mundo actual.

No se sabe exactamente cómo se llamaba, ni quiénes fueron sus padres, ni dónde nació, ni qué edad tenía. Lo que consta es que, siendo muy niña, fue secuestrada en Ucrania; era preadolescente cuando la vendieron como esclava en Estambul y al final la condujeron al harén del sultán de Turquía. Esto sucedió hacia 1517 o 1520, cuando tenía unos 15 o 18 años. Allí la llamaron Roxelana.

La muchacha, una más entre cientos que pululaban en el serrallo, conquistó al sultán Solimán, el personaje más poderoso y quizás el principal de la historia turca. Seducido por la inteligencia y la gracia de la antigua esclava, el soberano no vaciló en quebrantar las normas seculares de su país: la señaló como favorita (hasseki), se casó con ella, la llevó a vivir en sus habitaciones en el legendario palacio (sarayi) de Topkapi, centro de la vida política, la hizo madre (anne) de seis de sus hijos y la convirtió en su principal consejera. El poder que ejercía Roxelana sobre su marido le permitió ser, según un historiador inglés, “la más grande emperatriz oriental”.

El gobierno de Solimán, mezcla de suspiros de poeta y mano de militar, cambió el panorama geopolítico europeo de entonces y sus consecuencias están vivas aún hoy. El Magnífico, como lo llamaron, ocupó el trono otomano desde 1520 hasta su muerte, en 1566. Durante el último cuarto de siglo lo hizo en intimidad con esa mujer amada que, tras una inicial condena a la miseria y el abandono, alcanzó las cumbres doradas del poder y un capítulo en la Historia.

Frutos del harén

Roxelana llevó dos vidas. Una, anónima y dura, mientras fue esclava y reclusa del harén. La segunda, de reconocimiento y respeto, desde el momento en que Solimán la escogió como hasseki. Poco se conoce sobre ella. Pero si no hubiera alcanzado la estatura de cónyuge del soberano, seguramente no sabríamos ni siquiera lo poco que se ha averiguado. A nadie le interesa el pasado del pobre y, en cambio, nunca le faltarán parientes a una emperatriz. Se explica así que Ucrania y Polonia, sus gobiernos y sus historiadores, hayan escarbado en busca de los oscuros orígenes de Roxelana y hoy algunos la propongan como personaje ejemplar.

Esa chica a la que, por faltarle el nombre de pila, denominaron por su posible origen geográfico —como motejarla la Opita, la Cubana, la Chilena o la Gringa—, ya tiene biografía. Según pistas que recogió un siglo después un embajador ucraniano en Estambul, su nombre fue Anastasia Lisowska y era hija de Gabriel, sacerdote de la Iglesia ortodoxa de pobre condición, y Alejandra, su ignorada esposa. La fecha probable de nacimiento de Roxelana se ha fijado en 1502. Diez o doce años después, los tártaros, que hacían correrías por la región destinadas a secuestrar niños para venderlos, se llevaron a la hija de Gabriel y Alejandra y la ofrecieron como esclava en diversos mercados. Un empleado del pachá1 Makbul Ibrahim, alto funcionario del régimen otomano, compró en Estambul una cuerda de esclavos baratos. Entre ellos estaba la niña. Desde su debut al servicio del pachá, Roxelana se destacó sobre el resto de la servidumbre. Menuda y bajita, un diplomático dijo de ella que “no se veía bella pero sí graciosa”. Era trigueña, aunque la leyenda posterior asegura que se trataba de una apetitosa pelirroja (¡ya nos habría gustado al sultán y a mí que lo fuese!). Su nombre despista en este sentido, pero no se debe a que tuviese el pelo color candela sino a que probablemente había nacido en Rutenia, provincia de Ucrania occidental que entonces pertenecía a Polonia2. Debió de tener en casa una educación infantil decorosa, pues Roxelana cantaba, se acompañaba con instrumentos de cuerdas, era ocurrente, vivísima y divertida. Fue por ello que pronto le adjudicaron el mote de la Gozosa (Hurrem). No tardó el pachá Ibrahim en entender que en su mansión brillaba semejante joya y quiso ofrecerla como detalle cariñoso a la madre del sultán, la señora Hafsa, matrona muy influyente y desde 1520 viuda de Selim I. De modo que le obsequió la chica, y durante un tiempo Hurrem alegró los territorios palaciegos de misiá Hafsa, quien no imaginó que un día su hijo compartiría afectos con ambas y prestaría atención a los consejos de la dos. El regalito de Ibrahim no fue en vano, pues en 1523 la familia imperial lo recompensó nombrándolo gran visir, que es el segundo escalón en la pirámide cuya cumbre preside el sultán. Pasados pocos años, Hafsa entendió que la adolescencia llamaba a las puertas de Roxelana y —como se hacía por regla general— prefirió cederla al harén imperial, establecido en el mismo Topkapi. Si el paso de Roxelana al serrallo ocurrió antes de septiembre de 1520, el sultán era Selim I, esposo de Hafsa. Si fue después, el mandamás era ya su hijo Solimán. De todos modos, mamá sultana representaba la máxima autoridad del harén y en alguna medida ayudó a moldear a la anónima esclava.

Cuatro divanes y una sola palabra

La lengua turca, en que leía sus libros y escribía sus poemas Solimán el Magnífico, parece difícil pero es muy sencilla. El principal obstáculo que ofrece a quienes la ignoran es que ciertas palabras poseen varios significados y todos ellos se agrupan en la misma frase. Por ejemplo: el sultán lee el diván en el diván ubicado en el diván donde esta tarde se reunirá el diván.

Analicemos.

El primer diván corresponde a la poesía de la época. La llamaremos diwan. El segundo diván se refiere al famoso mueble que utilizan los psicoanalistas, aquel que el Diccionario de la lengua española define como “Asiento alargado, generalmente sin respaldo, para recostarse o tumbarse”. Lo llamaremos tal como se llama: diván, a sabiendas de que también se le denomina otomana.

Sin embargo, con idéntico nombre —diván— se designa, según el Diccionario, a la “sala en que se reunía el diván”. Navegamos, pues, en el tercer sentido del término: una sala a la que vamos a nombrar sala diván, del mismo modo como existen la sala comedor y la sala cuna. ¿Qué clase de sala? Aquella donde se reúne el “supremo consejo que determinaba los negocios de Estado y de justicia” entre los turcos. A este consejo supremo tendremos que llamarlo Diván, con inicial mayúscula, para distinguirlo y por tratarse de una institución especial.

El resultado final es el siguiente: el sultán lee el diwan en el diván ubicado en la sala diván donde esta tarde se reunirá el Diván.

Como ven, con un poco de buena voluntad el turco es un idioma facilísimo.

El concepto islámico del harén es el de un lugar recóndito donde se confinan ciertas conductas prohibidas a fin de controlarlas mejor por medio de una telaraña de normas y autoridades. El harén era lo sagrado, lo prohibido, un club al que solo podían entrar unos pocos socios. Ocupaba toda la zona privada del palacio y era mucho más que un corral de concubinas, pues bajo el mismo techo funcionaban las cámaras privadas de la familia imperial y cuanto estaba a su servicio. Comandada por la madre del sultán —llamémosla superanna— funcionaba una multitud de eunucos mudos: eran los defensores del lugar, a los que urólogos y otorrinolaringólogos de la época —llamémoslos simplemente carniceros— habían “arreglado” arriba y abajo a punta de cuchillo. Su doble impedimento hacía imposible que contaran lo que habían visto, amén de que tampoco podían disfrutarlo. Tenían fama de fieros, y parece comprensible que por lo menos vivieran de mal humor. Buena parte de ellos eran negros procedentes del África, pero había también una legión de eunucos blancos. Contra lo que pudiera imaginarse, estos procedían de los países cercanos (Ucrania, Rusia, Grecia, Bulgaria, Rumania) y no de la región turca de Capadocia. Tampoco es verdad que la región se llame así en homenaje a ellos. Como se ha dicho, el serrallo ocupaba una parte del formidable palacio, hoy uno de los principales atractivos turísticos de Estambul. Era un edificio perforado por laberintos de salones, habitaciones, cocinas y baños; en total, más de 400 espacios diferentes. El lujo del harén de Constantinopla fue famoso en el Viejo Mundo y aún ahora se habla de él. Cohabitaban a su sombra decenas de mujeres que debían cumplir al menos dos requisitos: ser hermosas y haber llegado vírgenes. Compartían dormitorios en grupos de tres o cuatro, siempre bajo la solícita atención y el celoso cuidado de los eunucos, que las superaban ampliamente en número. Algunas de las muchachas habían sido adquiridas en el mercado de esclavos y a otras las aportaba el ejército como botín de alguna guerra exterior. Unas más iban a parar allí cuando los amos necesitaban desembarazarse de ellas, según ocurrió con Roxelana. Burbujeaba, pues, en el lugar una sabrosa mezcla de razas, tipos de belleza, lenguas, colores y religiones.

En el harén de Solimán unas 300 jóvenes chismeaban, cantaban, recibían clases de arte, costura y cortesía y sobre todo se deleitaban desnudas durante largas y plácidas horas en los famosos baños turcos (hammam): ¿dónde si no? Vivían sometidas a permanentes tratamientos de belleza con aceites, especias y perfumes. Muchas de ellas acusaban tendencias al sobrepeso, toda vez que las alimentaban con excesivo celo, según lo revelan los cuadros inspirados en el tentador refugio: en los primeros tiempos de Solimán trabajaban en fogones y comedores 277 cocineros, que llegaron a ser más tarde 629. El dato revela así mismo que habían aumentado tanto el personal de servicio (eunucos, camareras, aseadoras) como el de señoritas. Las muchachas aspiraban a destacarse en determinados oficios dentro del harén, lo que les permitía mejorar de rango y aspirar a un salario que progresaba según las habilidades demostradas. Algunas salían ricas al cabo de los años. No todas ellas tenían como destino la alcoba del sultán, sobra decirlo, porque el pobre hombre también gobernaba, iba a la guerra, manejaba el tesoro público, viajaba y, en el caso de Solimán y algunos de sus antepasados, dedicaba dilatadas horas a leer y escribir poesía. Sus más importantes segundones (agás) también se las ingeniaban para aprovechar la oferta de compañía femenina. Poco a poco, aplicando la vieja fórmula de probar y rectificar, el gran jefe seleccionaba un grupito, generalmente de cuatro, con el que se sentía suficientemente cómodo y satisfecho. Eran las kadim, campeonas de sus afectos. Normalmente, estas privilegiadas prestaban los servicios sexuales al sultán, aunque él bien podía escoger en la vastísima nómina las que le dieran la gana: ¡para eso uno es sultán! Aquella del cuarteto por la que el supremo mostrara mayor interés adquiría prioridad sobre las otras, recibía el título de bach kadim, se convertía en su concubina preferida, la pechichona o hasseki, e incluso le daba uno o más hijos. El sultán era dueño y señor de la vida, honra y bienes de sus súbditos y con mayor razón de sus súbditas. Las mil y una noches, maravillosa colección de cuentos árabes, narra la historia del sultán Shahriar, que cada noche hacía buen uso de una virgen y al día siguiente la mandaba decapitar. Llevaba ya 3.000 feminicidios en la cuenta cuando Scherezada, la hija virgen del gran visir, se ofreció para entretener al monstruo y lo logró contándole historias que dejaba siempre en suspenso al llegar la madrugada. Con este truco no solo se anticipó a las radionovelas y series de televisión, sino que mantuvo en vilo al perplejo Shahriar y acabó seduciéndolo para que se casara con ella, pero, eso sí, sin decapitarla. La fábula de Shahriar muestra el eventual peligro literario que corrían estas niñas.

El caso de Solimán era menos aterrador, pero el de Shahriar sugiere que la vida en los harenes —árabes, chinos, turcos o de cualquier otro lugar— resultaba mucho más agitada que lo que podría suponerse. Tantas mujeres juntas, deseadas, deseables y ambiciosas son garantía de conflicto. “Era un mundo altamente competitivo, gobernado por leyes fratricidas y poblado de cientos de hermosas mujeres y varones arrojados”, dice la historiadora ucraniana Galina Yemolenko, experta en la vida de Roxelana. Por la época en que Hurrem quedó matriculada en el gineceo, y ya con Solimán en calidad de máximo cacique otomano, la estrella del lugar era Mahidevran Gülbahar, mujer que el sultán había escogido como concubina3. No solo era su favorita, sino que en 1515 procreó un hijo suyo, el mayor, llamado Mustafá. Una década más tarde empezó a destacarse Roxelana en el avispero de damas. Y así, alguna vez la alinearon en la larga fila que constituía el menú erótico vespertino del gran amo. Como no existían entonces revistas del corazón ni columnistas de farándula, es imposible saber exactamente cómo ocurrió todo. Dice la leyenda que la única concursante que, en vez de agachar los ojos con humildad, se quedó mirando al sultán fue ella. Solimán se impresionó con la altivez de la chica y la seleccionó para que lo acompañara esa noche en su alcoba. El protocolo ordenaba que la escogida se aproximase a la cama imperial reptando en rodillas y codos y que al día siguiente, como recompensa, se llevase el traje que había usado en la víspera su señor, aparte de algunas joyas y monedas. No estaba mal la recompensa, dadas las circunstancias. Pero el premio gordo consistía en que el sultán volviera a llamar a la circunstancial beneficiada.

Roxelana era de esas personas que necesitan una oportunidad y cuando la obtienen no la dejan escapar. El sultán gozó de su presencia en la primera noche y al cabo de unos días volvió a exigir que lo deleitara en la alcoba. Y el Magnífico la llamó varias veces más en las siguientes semanas, porque ella también parecía magnífica. En resumen: le había salido competencia a Gülbahar… Empezó de este manera un pulso sordo y tenso entre las dos mujeres, en el que se impuso la antigua esclava “tras una lucha prolongada e innumerables intrigas”, de acuerdo con André Clot, uno de los mejores biógrafos de Solimán. El desenlace del duelo entre la antigua concubina y la aspirante a sustituirla se produjo un día en que se encontraron las dos en un hammam, se nombraron las annas y Gülbahar pasó de repente a lo que la prensa llama “las vías de hecho”. Lanzándose sobre la rival, arole la cara con sus agudas uñas y dejole trazados surcos sangrientos. Por la noche Solimán pidió que le llevaran a Roxelana y esta, hábilmente, le mandó decir que se avergonzaba de que la viera porque “la otra” la había arañado hasta dejarla impresentable. Fue el final de la agresora. Al no poderlo montar en Roxelana, el sultán montó en cólera y expulsó de la ciudad a su antigua amante.

Solimán en ese momento ya estaba perdidamente enamorado de la ucraniana. Muy pronto cometió reiteradas violaciones del código osmanlí, dinastía a la que pertenecía su familia. Las normas tradicionales procuraban que las concubinas sirvieran tan solo como desahogo hormonal y fábrica de bebés. Un exceso de cariño podría convertirlas en princesas marginales, con influencia indebida en la vida cotidiana del palacio y en decisiones de gobierno. Mala mezcla, según los sabios. ¿Pero quién se atrevía a contrariar al omnipotente cacique turco? Para eso desplegaba su autoridad a través de una catarata de títulos con los que encabezaba sus cartas y decretos (fermanes). Con Solimán no cabían tonterías como esa de “¿usted sí sabe quién soy yo?”.

De magnífica familia

Por la gracia de Mahoma —alegaba Solimán— “soy Sultán de Sultanes, Soberano de Soberanos, Distribuidor de Coronas en toda la superficie del Globo, Sultán y Superchá del mar Blanco y el mar Negro, de Rumelia y Anatolia, de Caramán y de las regiones de Rum, Zulcadir, Diyarbekir, Kurdistán, Azerbaiyán, Persia, Damasco, Alepo, Cairo, Meca y Medina, Jerusalén y toda Arabia, Yemen y muchas otras tierras que mis nobles antepasados e ilustres predecesores (cuyas tumbas Alá ilumine) conquistaron con la fuerza de las armas y que también mi Augusta Majestad ha conquistado con centelleante espada y victorioso sable, soy el Sultán Soliman-can, hijo del Sultán Selim-can, hijo a su vez del Sultán Bayezid-can”.

Ante semejante colección de títulos nadie podía impedirle que también se declarara Obediente de la Ley Siempre y Cuando me Convenga4.

Sería un exabrupto decir que era de “buena” familia. Su árbol genealógico era como su apodo, magnífico, y se remontaba tres siglos en el tiempo. El sembrador de la semilla había sido Suleyman Sah, un nómada turco perseguido por los mongoles hacia 1230 junto con su hijo Ertogul, fallecido en 1288. Pero el verdadero fundador, el jardinero del árbol que daba el nombre a la dinastía, había sido Osmán I, muerto en 1326. De allí en adelante gobernaron ocho sultanes hasta llegar a Solimán. Para que se den una idea de sus méritos, no transcribiré nombres sino apodos en rigurosa sucesión, pues algunos parecen miembros de una cuadrilla de lucha libre: el Administrador, el Divino, el Rayo, el Señor, el Guerrero, el Conquistador, el Religioso, el Victorioso… Lamentablemente, en el Magnífico termina la espléndida nómina, pues el hijo de Solimán —un calavera, un tarambanas— pasó a la historia como el Borracho. Vinieron luego numerosos descendientes, uno de ellos juguete de su favorita y otro aficionado a las orgías, hasta Abdulmecid II, quien se derrumbó con todo y sultanato en 1922. De allí en adelante siguió la República de Turquía y a Abdulmecid II lo apodaron el Último.

La dinastía había durado casi 700 años. Empezó siendo un pequeño estado turco y acabó apoderándose del otrora poderoso imperio de Bizancio. En el siglo XIV controló el paso del Mediterráneo (por la vía del mar de Mármara) hasta el gigantesco mar Negro y extendió sus límites a Hungría. En 1453, finalmente, penetró en Constantinopla, liquidó el imperio romano de oriente e impuso el islamismo. Con Solimán, tres continentes respiraron presencia turca y el gobierno otomano se consolidó a la altura de los imperios clásicos occidentales. Durante los siete siglos osmanlíes brillaron no pocos personajes notables. Pero ninguno tanto como este Solimán I5, nacido el 6 de noviembre de 1494, dos años después del descubrimiento de América, la expulsión de los moros de España y la publicación de la gramática de Antonio Nebrija6.

Tras educarse en el seno de su familia en la ciudad de Manisa —un criadero de sultanitos—, Solimán heredó en 1520 el trono al morir su padre, Selim, sanguinario tirano y poeta lírico. El papá del Magnífico no tuvo escrúpulos a la hora de agenciarse el poder. Dispuso la muerte de algunos de sus hermanos que aspiraban a la corona y tan pronto completó la escabechina celebró la victoria estrangulando a todos sus sobrinos para eliminar posibles competidores7. No diré que liquidar a los parientes cercanos es un buen ejemplo, pero al menos formaba parte de las tradiciones brutales de la época. Sultán posesionado, hermanos suprimidos. Así también acaeció con Mustafá, el hijo de Solimán y Gülbahar, excelente candidato para heredar el sultanato, que pereció ante la vista de su señor papá y en manos de los eunucos enviados por Roxelana (ver recuadro). Cuando llegó Solimán a la adolescencia, el padre le adjudicó una variedad de destinos administrativos y militares para que acabara de formarse. Manejó finanzas públicas en Edirne, negoció con políticos y comerciantes en Estambul, persiguió bandidos en Manisa y acudió a algunas escaramuzas militares. De este modo, al llegar la noticia secreta de que Selim había muerto de repente, el Magnífico tenía 26 años, había demostrado ser buen administrador, buen político y hombre razonable: estaba, pues, preparado para subir al diván (ver recuadro). Lo hizo con aprobación de los jenízaros, división armada muy poderosa, influyente y pintoresca, cuyos miembros vestían calzoncillos de piel de tigre, se colgaban alas de pájaro grande en la espalda y coronaban la gorra del uniforme con toda suerte de plumeros, armazones de palitos e incluso modelos de barcos y molinos en miniatura. Parecían un pesebre andante, pero, a la hora de pelear, sus espadas cercenaban cabezas como quien pica zanahoria.

La afición por rebanar enemigos no solo encantaba a los jenízaros sino a todos los guerreros otomanos (gazi). En una victoriosa batalla contra los húngaros, las víctimas del ejército derrotado sumaron 30.000, empezando por el rey Luis II. Ante la tienda del sultán, los gazi depositaron en esa ocasión 2.000 cabezas, incluidas las de siete obispos ataviados con sus solemnes mitras. Formaban una pirámide de varios metros de altura. En otro feliz enfrentamiento contra tropas de los Absburgos, al que no pudo asistir Solimán, le enviaron como parte de victoria 70 narices y varios pares de orejas: habría resultado muy complicado el trasteo de las cabezas. A fuerza de padecer el desmembramiento de testas, los enemigos de Solimán aprendieron a defenderse de la misma manera. Los condecorados cristianos de Malta incluso perfeccionaron la técnica. En 1565, los caballeros que lograron defender la isla contra las tropas que dirigía el gran visir Ibrahim cargaban sus cañones con las cabezas de los turcos y las disparaban contra sus enemigos. Es fácil suponer que los antiguos camaradas reconocían a la víctima convertida en bala humana.

—Oye, no mires ahora, pero ¿esta cabeza que acaba de caer enfrente no es la de Paco el Sevillano?

—Pues yo diría que es la del tuerto Manolo: ponle ojo y verás.

Los cristianos de entonces practicaban de manera curiosa la caridad, pues colgaban en los muros las cabezas de los turcos, las maldecían y las culpaban de todo mal, amén. De ahí viene el dicho que iguala la cabeza de turco al chivo expiatorio. Imagino que no hay nada más expiatorio que una cabeza de chivo turco.

Los militares de Solimán no solo afinaron el corte de pescuezos, sino que acudieron a armas más sofisticadas. Su artillería era temible. Construían enormes cañones afincados en grandes carros rodantes; un contingente de ingenieros levantaba sobre la marcha puentes y grúas para sortear dificultades del camino; un escuadrón de miles de camellos tiraba de los carros. Dominaban además el empleo letal de la pólvora. Aparte de las tecnologías de punta de mediados del siglo XVI, acudían a los viejos recursos: infantería, caballería, escalas, arma blanca, lanzas, puñetazos, patadas, escupitajos… No menos poderosa era su fuerza naval, que libró heroicas batallas en el Mediterráneo y derrotó los navíos de Carlos V. Al frente de ella estuvo un tiempo el pirata lesbiano8 Barbarroja, famoso, lo mismo que sus hermanos, por sus temibles hazañas al margen de la ley. Ante la amenaza que representaba Barbarroja en la zona de influencia del sultán, este decidió ofrecerle empleo, apoyo y legitimidad. Hoy se diría que lo cooptó, lo sobornó o lo neutralizó. El resultado, que es lo que importa, fue extraordinario y permitió a las velas otomanas llegar hasta Túnez y Marruecos bajo el comando del bandido reprocesado.

Solimán tenía casadas peleas en varios puntos cardinales. Aparte de sus constantes garroteras en Europa, se enfrentó en el Asia a los persas, conquistó Irak, recorrió con paso de vencedor la orilla árabe del África y mandó una carta al sha donde lo invitaba amablemente a rendirse, o de lo contrario “asolaré tus campos, aniquilaré a toda tu familia y te mataré a ti. Aunque te escondas bajo tierra como una hormiga y vueles como un pájaro, te encontraré y, con la gracia de Alá, libraré al mundo de tu venenosa presencia”. La carta es fuerte, pero lo de la hormiga y el pájaro revela al dulce poeta que se esconde tras los dientes apretados del combatiente. Al mismo tiempo que supo luchar, fue hábil diplomático y negociador. Estableció alianzas con reinos tan lejanos como Francia solo para incomodar a su enemigo jurado, Carlos V, y a los españoles, alemanes, austriacos y demás soldados que peleaban por él. No obstante, su pragmatismo lo llevó a suscribir en 1547 un tratado de paz con Carlos en el cual el emperador cristiano se comprometía a que Austria pagaría un tributo anual a Estambul. Los dos personajes históricos guerrearon casi constantemente y nunca llegaron a conocerse. Pero en aquel documento aparece la firma de ambos, una junto a otra. Nueve años después, el monarca hispano abdicaba en Bruselas y en 1558 moría retirado en un monasterio. A Solimán todavía le quedaban ocho gloriosos años. Con el pachá Ibrahim al frente de los ejércitos y Barbarroja en la proa de los buques de guerra, las fuerzas armadas de Solimán fueron las más potentes que conoció el imperio turco. Sin embargo, a él, su comandante supremo, no lo conocen en su tierra como el Matador ni el Aplastacristianos, sino como el Legislador, pues fue también muy dado a las leyes. A meditarlas, dictarlas, codificarlas y violarlas.

El heredero y los eunucos

Mustafá, el hijo mayor de Solimán (aunque no con Roxelana, sino con otra concubina), estaba pintado para sultán. Noble, fuerte, inteligente y grato, el embajador austriaco lo describió como “maravillosamente educado y prudente”. Si Mustafá subía, la costumbre otomana ordenaba que murieran todos sus hermanos para evitar celos y conspiraciones. Seis de ellos eran hijos de Roxelana, quien, como madre ejemplar, mandó matar a Mustafá para defender a los suyos.

Los encargados de hacerlo fueron los eunucos mudos, que estaban a su servicio. Un día entraron varios de ellos a la tienda de campaña donde se hallaba el heredero de 38 años y lo atacaron en gavilla. Mustafá se defendió como un tigre, en tanto que su padre desde un costado animaba con señas a los asesinos. Es una escena surrealista o, mejor aún, digna de una película tremenda: el King Kong de 1933 o el expresionismo alemán. Veamos cómo la relata el historiador inglés John Patrick Douglas, Lord Kinross.

Mientras el joven príncipe oponía brava resistencia, Solimán, animaba a los asesinos, separado de la contienda solo por una cortina de lino: “El sultán dirigía miradas fieras y amenazadoras a los mudos y mediante gestos rudos despejaba sus vacilaciones. Ante lo cual los mudos redoblaron sus esfuerzos, derribaron a Mustafá y, rodeando su cuello con una cuerda de arquero, lo estrangularon”.

Dura vida la de aquellos tiempos, incluso si el papá era Magnífico.

Por supuesto que no era menos dura para los eunucos, cuya triste presencia abundó en cortes y harenes durante cerca de 25 siglos. Ya en las cortes chinas del siglo VI a.C. estaban presentes los castrados, y en 1930 envejecían en Pekín 33 ancianos emasculados, antiguos servidores del emperador. El último eunuco chino murió en 1951. Los hubo también en Grecia, Roma y los países árabes, pero los más famosos fueron los otomanos. La cifra de mil que cuidaron el harén de Solimán es probablemente la más alta que se conoce para un serrallo determinado.

Nunca faltaban razones para cortar apéndices reproductivos. Unas veces como garantía de castidad en el harén, otras como venganza y algunas más porque “así cantan más bonito”. Tal fue la razón para sacrificar la masculinidad de los niños del coro vaticano. Uno de los últimos castrati fue el contratenor italiano Giovanni Velluti, de quien dijo Napoleón: “Hay que ser solo medio hombre para cantar así”. Ese medio hombre murió en 1861.< ...