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TROLLS: LIBRO PARA COLOREAR

Dreamworks Animation UK Limited

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Fragmento

Primera parte

 

 

1

 

Era el invierno más crudo en cuarenta y cinco años. Las poblaciones de la campiña inglesa estaban aisladas por la nieve, y el Támesis se había congelado. Un día de enero, el tren que va de Glasgow a Londres llegó a Euston con veinticuatro horas de retraso. La nieve y los apagones se combinaban para que resultase peligroso conducir por las carreteras; se multiplicaban los accidentes y eran comunes los comentarios jocosos sobre que era más arriesgado circular con un Austin siete por Piccadilly durante la noche que atravesar la Línea Sigfrido con un tanque.

Después, cuando llegó la primavera, todo se volvió glorioso. La barrera de globos flotaba majestuosamente en el cielo luminoso, y los soldados con permiso flirteaban en las calles de Londres con muchachas ataviadas con vestidos sin mangas.

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La ciudad no tenía demasiado aspecto de ser la capital de una nación en guerra. Había, por cierto, algunos signos, y Henry Faber, que iba en su bicicleta desde Waterloo Station hacia Highgate, los advirtió: bolsas de arena apiladas en las aceras de los edificios públicos importantes; refugios en los parques de las afueras; carteles publicitarios sobre evacuación y medidas de seguridad durante las incursiones aéreas. Faber observó esos detalles. En realidad, era más observador que la mayoría de los empleados de ferrocarril. Vio multitud de niños en los parques, y concluyó que la evacuación había sido un fracaso. Le llamó la atención la cantidad de automóviles que circulaban pese al racionamiento de gasolina, y leyó los anuncios de los últimos modelos promocionados por los fabricantes de automóviles. Entendió el significado del trabajo nocturno de grandes cantidades de obreros en lugares donde pocos meses antes escasamente había trabajo para el turno de día. Sobre todo, advirtió el movimiento de tropas en torno a las líneas ferroviarias; todo lo que fueran expedientes pasaba por su oficina, y a partir de lo que estos contenían se podía averiguar mucho. Hoy, por ejemplo, había sellado un montón de formularios que le llevaron a la conclusión de que se estaba reuniendo una nueva fuerza expedicionaria, y de que esa fuerza recibiría un refuerzo de unos cien mil hombres cuyo destino era Finlandia.

Había síntomas, era verdad; pero también se mezclaban con un poco de diversión. La radio satirizaba a la burocracia del tiempo de guerra y sus disposiciones, en los refugios antiaéreos se cantaban canciones a coro, y las mujeres elegantes llevaban sus máscaras antigás en bolsos pequeños y coquetos. Se hablaba del «tedio de la guerra», la cual, según se decía, era eterna y trivial como una película muda. Todas las alarmas de ataque aéreo habían sido falsas.

Faber tenía una opinión distinta, pero Faber era una persona distinta.

Condujo su bicicleta hasta Archway Road y se inclinó un poco hacia delante para enfilar la cuesta arriba; sus largas piernas pedaleaban tan incansablemente como los pistones de una máquina de ferrocarril. Se conservaba muy bien para su edad, treinta y nueve, aunque se quitaba años porque mentía sobre casi todas las cosas simplemente como medida de precaución.

Comenzó a sudar a medida que ascendía en dirección de Highgate. El edificio donde vivía era uno de los más altos de Londres, y esa era precisamente la razón que le había empujado a elegir ese lugar. Era una casa victoriana de ladrillo, situada en el extremo de una hilera de seis edificios. Las casas eran altas, estrechas y oscuras, como la mente de aquellos para quienes habían sido edificadas. Cada una tenía tres pisos, más un sótano con entrada para servicio. La clase media inglesa del siglo XIX insistía en que se debía tener entrada de servicio, a pesar de que nadie tuviera servicio doméstico. Faber tenía una opinión muy cínica respecto a los ingleses.

La número 6 había pertenecido al señor Harold Garden, de la Garden’s Tea and Coffee, una pequeña compañía que quebró durante los años de la Depresión. Habiendo vivido conforme a la norma de que la insolvencia es un pecado mortal, el señor Garden no tuvo más alternativa que morirse ante la quiebra. La casa fue toda la herencia que le dejó a su viuda, que se vio obligada a aceptar huéspedes. Le gustaba ser la dueña, aunque la etiqueta de su círculo social exigiera que debía mostrarse un tanto avergonzada por ello. Faber tenía una habitación en el último piso con una ventana en forma de tragaluz oblicuo. Permanecía allí de lunes a viernes, y le había dicho a la señora Garden que iba a pasar los fines de semana con su madre en Erith. En realidad disponía en Blackheath de otra dueña de pensión que le llamaba señor Barker, creía que era viajante de una papelera y que se pasaba la semana de lugar en lugar distribuyendo la mercadería.

Pedaleó por el sendero del jardín bajo el ceño adusto y reprobador de las altas ventanas de las habitaciones de delante. Dejó la bicicleta en el cobertizo y la aseguró con el candado junto a la cortadora de césped. Estaba prohibido dejar vehículos sin seguro. Las patatas que habían sembrado en cajones alrededor del cobertizo ya estaban brotando. La señora Garden había reemplazado las flores por verduras como contribución a la economía de guerra.

Faber entró en la casa, colgó el sombrero en el perchero del recibidor, se lavó las manos y se dirigió a tomar el té.

Tres de los otros huéspedes estaban ya tomándolo: un muchacho granujiento procedente de Yorkshire que estaba tratando de entrar en el ejército, un vendedor con una calvicie incipiente rodeada de pelo de color arena, y un oficial de Marina retirado a quien Faber consideraba un degenerado. Saludó con una inclinación de cabeza y se sentó.

En ese momento el vendedor contaba un chiste: «Entonces el capitán le dice: “¡Volvió temprano!”, y el piloto se da la vuelta y le contesta: “Sí, he tirado los panfletos en paquetes. ¿No está bien?”. “¡Santo Dios, pudo haber herido a alguien!”».

El oficial de Marina contribuyó con una corta risa, Faber sonrió. La señora Garden entraba en ese momento con la tetera.

—Buenas tardes, señor Faber. Hemos empezado sin usted..., espero que no se ofenda.

Faber esparció margarina sobre una rodaja de pan integral mientras pensaba que su máxima ambición era comerse una buena salchicha, pero dijo:

—Sus patatas ya están listas para la siembra.

Se apresuró a terminar su té. Los demás discutían sobre si Chamberlain debería ser destituido y reemplazado por Churchill. La señora Garden intervenía sin parar con sus opiniones y luego miraba a Faber en busca de una reacción. Era una mujer jovial, ligeramente rolliza. Pese a tener la edad de Faber, vestía como una mujer de treinta, y él se daba cuenta de que intentaba conseguir otro marido. Se mantuvo ajeno al intercambio de opiniones.

La señora Garden puso en funcionamiento la radio, que durante un momento emitió un zumbido; luego el locutor anunció: «Esta es la BBC en su emisión para el hogar. ¡Con ustedes, “Una Vez Más Ese Hombre”!».

Faber había escuchado el programa. Casi siempre se refería a un espía alemán llamado Funf. Se despidió y subió a su cuarto.

Una vez finalizada la audición de «Una Vez Más Ese Hombre», la señora Garden volvió a quedarse sola; el oficial de Marina se fue al pub con el vendedor, y el muchacho procedente de Yorkshire, que era religioso practicante, había asistido a una reunión de la iglesia. Se quedó sentada en la sala con un pequeño vaso de ginebra, mirando a las cortinas de camuflaje de guerra y pensando en el señor Faber. Habría deseado que no pasara tanto tiempo encerrado en su habitación. Ella necesitaba compañía, y él era el tipo de compañía que ella necesitaba.

Esta clase de pensamientos la hacían sentir culpable, y para paliar la culpa se puso a pensar en el señor Garden. Sus recuerdos eran familiares, pero entrecortados como una película vieja con trozos de celuloide borrados y banda sonora defectuosa; por tanto, aunque recordaba la presencia de él y su compañía allí mismo, en la habitación, le resultaba difícil reproducir su rostro o las ropas que estaría usando, o los comentarios que provocarían en él las noticias diarias. Era un hombre menudo, activo, con éxito en los negocios cuando la suerte le acompañaba y con fracasos cuando no era así; poco demostrativo en público e insaciablemente afectuoso en la cama. Le había amado mucho. Si aquella guerra seguía su curso, pronto habría en el país muchas mujeres en la misma situación que ella. Se sirvió otra copa de ginebra.

El señor Faber era muy tranquilo; en eso residía precisamente la dificultad. No parecía tener vicios. No fumaba, nunca olía a alcohol, y se pasaba todas las tardes en su habitación escuchando música clásica por la radio. Leía una gran cantidad de periódicos y salía a hacer largas caminatas. Ella sospechaba que debía de ser un hombre bastante inteligente pese a su humilde empleo. Sus intervenciones en las charlas del comedor siempre demostraban un poco más de agudeza que las de los restantes huéspedes. No cabía duda de que, si lo deseaba, podía conseguir un trabajo más calificado. Parecía no concederse a sí mismo las oportunidades que merecía.

Lo mismo pasaba con su aspecto exterior. Era un hombre de buena presencia, alto, de espaldas y hombros anchos, en absoluto gordo, de piernas largas. Su rostro era fuerte, de frente alta y mandíbula larga, con brillantes ojos azules; no era guapo como un actor de cine, pero tenía ese tipo de rostro que resulta atractivo a las mujeres. Solo sus labios finos y su boca pequeña indicaban que podía ser capaz de comportarse con crueldad. En cambio, el señor Garden habría sido incapaz del más mínimo acto de crueldad.

Sin embargo, según la primera impresión, no era la clase de hombre al que las mujeres miran por segunda vez. Los pantalones de su viejo traje nunca parecían planchados. Ella se los hubiera planchado con mucho gusto, pero él nunca le pidió que lo hiciera. Además, siempre llevaba un raído impermeable y una chata gorra de trabajo. No llevaba bigote, y cada quince días se hacía cortar bien el pelo. Era como si se propusiera confundirse con el montón.

Necesitaba una mujer, de eso no cabía la menor duda. Se detuvo un momento a pensar si no sería lo que la gente suele llamar afeminado, pero rechazó rápidamente tal idea. Necesitaba una mujer que le animara y motivara para desarrollar su ambición. Y ella necesitaba un hombre que le hiciese compañía y..., bueno..., para el amor.

Sin embargo, él nunca hizo ademán alguno, lo cual a veces la llevaba al borde de la frustración. Estaba segura de ser atractiva. Mientras se servía otro vasito de ginebra se miró en un espejo. Tenía un bonito rostro, enmarcado por un pelo rubio ensortijado, y cualquier hombre hubiera tenido algo en que fijarse..., se rio ante ese pensamiento. Ya era hora de ir a arreglarse un poco.

Tomó un sorbo y dudó si no sería ella la que debía dar el primer paso. Evidentemente, el señor Faber era el hombre más tímido del mundo. No se trataba de que fuera asexuado, lo había advertido por la expresión de sus ojos en las dos ocasiones en que la vio con vestido de noche. Quizá pudiera hacerle perder la timidez si de algún modo lograba resultar provocativa. Después de todo, ¿qué podía perder? Trató de imaginarse lo peor, simplemente para ver qué sentía. Supongamos que él la rechazaba. Bueno, sería un mal momento, incluso humillante. Su orgullo quedaría malherido. Pero nadie tenía por qué enterarse de que eso había sucedido. Simplemente, él tendría que irse de la casa.

El pensamiento de que podía ser rechazada le hizo descartar la idea. Lentamente se puso de pie, pensando: «Realmente, no soy del tipo provocativo». Era hora de irse a la cama. Si se tomaba otra ginebra una vez acostada, podría dormirse; en consecuencia, se llevó la botella escaleras arriba.

Su dormitorio estaba debajo del cuarto del señor Faber, por lo que mientras se desnudaba podía oír la música del violín que llegaba de la radio. Se puso un camisón nuevo, color salmón, con un cuello bordado, ¡y que nadie lo viera! Se tomó una última copa. Se preguntó qué aspecto tendría el señor Faber desnudo. Seguramente tendría el vientre plano y vello en torno a las tetillas, y se le podrían contar las costillas porque estaba muy delgado. Probablemente tendría un trasero pequeño. Nuevamente volvió a reírse para sus adentros, pensando: «Soy una descarada».

Se llevó la copa a la cama y cogió su libro, le suponía demasiado esfuerzo fijar la vista en los caracteres. Además, estaba aburrida de tanto romance inventado. Las historias sobre amores peligrosos estaban muy bien cuando uno se sentía perfectamente a salvo con un marido al lado, pero una mujer necesitaba más que Barbara Cartland. Bebió otro sorbo de su copa y deseó que el señor Faber apagara la radio, pues aquello era como tratar de dormir durante un guateque.

Por cierto..., podría pedirle que la apagara. Miró la hora en su despertador; eran más de las diez. Lo único que tenía que hacer era ponerse el déshabillé que hacía juego con el camisón, peinarse un poco, calzarse las zapatillas —que eran muy elegantes, con adornos de ramilletes de rosas—, subir la escalera y..., bueno, golpear a su puerta. Seguramente él le abriría en pantalón y camiseta, y la miraría, tal como la había mirado cuando la vio camino al baño...

«Pedazo de vieja loca —se dijo a sí misma en voz alta—, simplemente estás buscando excusas para poder ir hasta el piso de arriba.»

Y luego se preguntó por qué habría de necesitar excusas. Era una mujer adulta, estaba en su casa, y en diez años no se había encontrado con otro hombre que le resultara tan conveniente, y ¡qué diablos!, necesitaba sentir a alguien fuerte, curtido y peludo encima de ella, estrujándole los senos, jadeando en sus oídos y abriéndole los muslos con sus manos anchas y fuertes. Quizá mañana los alemanes asolaran el lugar con bombas de gas y todos murieran asfixiados y envenenados, y de ser así habría perdido su última oportunidad.

En consecuencia, vació su copa, salió de la cama, se puso el déshabillé, se pasó el peine por el pelo, se calzó las zapatillas y cogió el manojo de llaves por si él le había puesto llave a la puerta y la radio no le permitiera oír la llamada.

No había nadie en el rellano. Encontró la escalera en medio de la oscuridad, trató de evitar el escalón que crujía, pero tropezó en la alfombra suelta y pisó con fuerza, pero, al parecer, nadie la había oído, de modo que siguió adelante y llamó a la puerta. Lo hizo con suavidad. Estaba cerrada, efectivamente.

El volumen de la radio bajó, y se oyó la respuesta del señor Faber:

—¿Quién es?

Su manera de hablar era agradable; no se asemejaba al londinense inculto ni tenía ningún acento extranjero; poseía simplemente una voz agradable y neutra.

—¿Puedo hablar un momento con usted? —dijo ella.

Él pareció dudar, luego respondió:

—No estoy vestido.

—Tampoco lo estoy yo —respondió ella con una especie de risita, y abrió la puerta con el duplicado de la llave.

Él estaba de pie ante el aparato de radio con algo así como un destornillador en la mano. Llevaba solo los pantalones. Estaba pálido y parecía terriblemente asustado.

Ella entró y cerró la puerta, quedando en pie sin saber qué decir. Luego recordó las palabras de una película norteamericana y dijo:

—¿Tienes un trago para una muchacha solitaria?

En realidad era estúpido, porque ella sabía que en la habitación de él no había bebida alguna y, como era obvio, ella no estaba vestida para salir; pero le pareció que sonaba a seducción.

Al parecer, ejerció el efecto deseado. Sin decir una palabra, él se acercó a ella lentamente. Era cierto, tenía vello en torno a las tetillas. Ella avanzó otro paso, y luego sus brazos la rodearon, y él la besó, y ella se agitó levemente entre sus brazos y por último sintió en la espalda un terrible y espantoso dolor que le hizo abrir la boca como para lanzar un grito.

 

 

Él la había oído tropezar en la escalera. Si ella hubiese esperado un minuto más él habría tenido tiempo de colocar de nuevo el radiotransmisor en su caja y los libros del código en su cajón, y no la habría tenido que matar. Pero antes de que él pudiera ocultar las pruebas, oyó girar la llave en la cerradura, y cuando ella abrió la puerta el estilete ya estaba en su mano.

Ella se agitó levemente entre sus brazos y Faber no logró atravesarle el corazón con el primer golpe. Tuvo que introducirle los dedos en la boca para impedirle gritar. Volvió a hundirle el estilete, pero ella volvió a moverse y la hoja solo le raspó superficialmente la costilla. Luego, la sangre comenzó a manar y él supo que no sería un asesinato limpio. Cuando se erraba el primer golpe, nunca resultaba limpio.

Ahora ella se contorsionaba demasiado para despacharla con una sola puñalada. Manteniendo los dedos dentro de la boca de ella, le apretó la mandíbula con el pulgar y la apuntaló de nuevo contra la puerta. Su cabeza chocó contra la madera con un golpe sonoro, y deseó no haber apagado la radio, pero ¿cómo hubiera podido prever algo parecido?

Dudó antes de matarla, porque era mucho mejor que hubiera muerto en la cama; mejor desde el punto de vista de la defensa que ya iba tomando forma en su mente. Pero no estaba seguro de poder mantenerla en silencio. Siguió apretándole la mandíbula con el pulgar y manteniéndole la cabeza inmóvil contra la puerta, y entonces dibujó un arco con el estilete y le rebanó casi toda la garganta con un profundo desgarrón, pues el estilete no era un cuchillo de hoja afilada ni la garganta constituía su blanco especial.

Dio un salto atrás para esquivar el primer horrible desborde de sangre, y luego volvió a avanzar más para impedir que ella se desplomara. La arrastró hasta la cama, tratando de no mirarle la garganta, y la depositó allí.

Había matado antes, de modo que anticipó la reacción. Se encaminó al lavabo que había en la esquina de la habitación y esperó a que se le produjera. Se miró la cara en el pequeño espejo para afeitarse. Estaba pálido y con los ojos como desorbitados. Se miró y pensó: «Asesino». Luego vomitó.

Cuando terminó, comenzó a sentirse mejor. Ahora podía comenzar a trabajar. Sabía lo que tenía que hacer; los detalles habían comenzado a desfilar por su mente cuando aún la estaba asesinando.

Se lavó la cara, se cepilló los dientes y limpió el lavabo. Luego volvió a sentarse junto a la radio, miró su libreta, encontró el lugar y comenzó a presionar la tecla. Era un largo mensaje sobre el alistamiento de un cuerpo de ejército para Finlandia, y cuando ella había entrado él estaba con el mensaje a medias. Lo tenía escrito en código cifrado. Cuando lo completó, firmó: «Saludos a Willi».

Una vez que hubo guardado el transmisor en una maletita especial, Faber puso el resto de sus cosas en otra, se quitó los pantalones, enjugó las manchas de sangre y volvió a lavarse de arriba abajo.

Finalmente miró el cadáver.

Ahora podía considerarlo con frialdad. Era tiempo de guerra, eran enemigos. Si él no la hubiera asesinado, ella habría causado su muerte. Ella constituía una amenaza, y todo lo que sentía ahora era gran alivio ante la neutralización de la misma. No tendría que haberle atemorizado.

No obstante, lo que le faltaba por hacer era desagradable. Le abrió el déshabillé y le levantó el camisón hasta la cintura. Llevaba bragas. Se las rasgó de tal modo que se viera el pelo del pubis. Pobre mujer; todo lo que había querido era seducirle. Pero él no hubiese podido sacarla de la habitación sin que alcanzara a ver el transmisor, y la propaganda británica había alertado a toda esa gente contra los espías de manera absurda, pues si el Abwehr hubiera tenido tantos agentes como decían los periódicos, los ingleses ya tendrían que haber perdido la guerra.

Dio un paso atrás y la miró inclinando la cabeza. Algo estaba mal. Trató de adaptarse a la mentalidad de un maníaco sexual. «Si yo estuviera enloquecido de deseo por una mujer como Una Garden, y la matara para poder violarla, ¿qué haría luego?»

Por supuesto, esa clase de loco querría verle los senos. Faber se inclinó sobre el cuerpo, agarró el borde del cuello del camisón y desgarró la tela hasta la cintura. Sus inmensos senos se balancearon hacia un costado.

El médico forense pronto advertiría que la mujer no había sido violada, pero Faber no consideró que eso importara. Había seguido un curso de criminología en Heidelberg, y sabía que muchos ultrajes sexuales finalmente no se consumaban. Además, no podía llevar las cosas más lejos, ni siquiera por la madre patria. Él no estaba en las SS. Algunos de ellos habrían llegado hasta el final con el cadáver..., echó fuera de su mente aquel pensamiento.

Volvió a lavarse las manos y se vistió. Era casi medianoche. Esperaría una hora más antes de largarse; sería más seguro.

Se sentó a meditar sobre el error que había cometido.

No cabía la menor duda de que había cometido un error. Si su coartada era perfecta, estaría a salvo. Si estaba a salvo, nadie podría descubrir su secreto. La señora Garden lo había descubierto, mejor dicho, lo habría descubierto si hubiera vivido algunos minutos más. Por lo tanto, él no estaba totalmente a salvo y sus medidas de precaución no eran correctas, así que había cometido un error.

Tendría que haberle puesto el cerrojo a la puerta. Era mejor ser considerado un tímido crónico que tener a las dueñas de las pensiones merodeando en camisón y con los duplicados de la llave en la mano.

Ese era el error superficial. Pero había otro más importante, y era que él resultaba demasiado atractivo para que se le considerara un solterón. Esto lo pensó con irritación, no con vanidad. Sabía que era un hombre atractivo, agradable, sin razón aparente para estar solo. Puso en funcionamiento su mente para pensar algo que lo pusiera a cubierto ante los avances de las señoras Garden de este mundo.

Debía hallar la forma de inspirarse en su propia personalidad. ¿Por qué estaba soltero? Se apartó incómodamente del lugar. No le gustaban los espejos. La respuesta era simple. Estaba soltero a causa de su profesión. Si había razones más profundas, no quería descubrirlas.

Tendría que pasar la noche a la intemperie. El bosque de Highgate sería apropiado. Por la mañana llevaría sus maletas a la consigna de una estación de ferrocarril; luego, al llegar la noche, se iría a su habitación de Blackheath.

Adoptaría su segunda identidad. Tenía un poco de miedo de ser apresado por la policía. El viajante de comercio que ocupaba la habitación de Blackheath los fines de semana era bastante diferente del empleado de ferrocarril que había asesinado a la dueña de la pensión. En Blackheath, su personalidad era expansiva, vulgar y suelta. Llevaba corbatas llamativas, pagaba rondas de bebida y se peinaba en forma distinta. La policía haría circular la descripción de un pervertido tímido y mal encarado, incapaz de saludar a un poste hasta que la lujuria lo desbordaba, y nadie dirigiría dos veces la mirada sobre el atractivo viajante, con su traje rayado que, como saltaba a la vista, vivía más o menos acuciado por el sexo y no necesitaba asesinar a las mujeres para hacer que ellas le enseñaran sus pechos.

Tendría que fraguar una nueva identidad; siempre mantenía dos por lo menos. Necesitaba un nuevo trabajo, documentos, desde pasaporte, cédula de identidad, libreta de racionamiento, hasta partida de nacimiento. Todo era tan arriesgado... Maldita señora Garden. ¿Por qué no se habría emborrachado hasta quedarse dormida como de costumbre?

Era la una de la mañana. Faber echó una última mirada a la habitación. No le importaba dejar indicios. Sus huellas dactilares, naturalmente, estaban diseminadas por toda la casa, y seguro que a nadie le cabría la menor duda acerca de la identidad del asesino. Tampoco le producía pesar alguno dejar la casa que había constituido su morada durante dos años; nunca había pensado en ella como un hogar. Nunca había pensado en ningún sitio como un hogar.

Siempre pensaría en aquella casa como el lugar donde aprendió a ponerle cerrojo a las puertas.

Apagó la luz, cogió sus maletas y bajó la escalera para salir al encuentro de la noche.

 

 

 

2

 

Enrique II fue un rey notable. En una época en que aún no se había acuñado la expresión «una rápida visita», él iba de Inglaterra a Francia con tal rapidez que se le atribuían poderes mágicos; un rumor que, como es comprensible, no hizo nada por negar. En 1173 —en junio o septiembre, según las diversas fuentes de información secundaria que se escojan— llegó a Inglaterra e inmediatamente volvió a partir hacia Francia con tal celeridad que ningún escritor contemporáneo pudo registrar su viaje. Historiadores más tardíos descubrieron constancia de sus gastos en el Pipe Rolls. Por aquel entonces su reino sufría los ataques de sus hijos en los extremos norte y sur; en la frontera con Escocia y en el sur de Francia. Pero ¿cuál era exactamente el propósito de su visita? ¿A quién vio? ¿Por qué era secreto, cuando el mito de su velocidad mágica equivalía a un ejército? ¿Qué llegó a hacer?

Este era el problema que aquejaba a Percival Godliman en el verano de 1940, cuando los ejércitos de Hitler arrasaban los campos de Francia como una gran guadaña y los británicos huían del embudo de Dunkerke en un sangriento zafarrancho.

El profesor Godliman sabía más sobre la época medieval que ningún otro ser sobre la tierra. Su libro sobre la peste negra había respaldado todas las convenciones sobre medievalismo; también había sido un best seller y se había publicado entre los libros Penguin. Con este antecedente se había dedicado a un período aún anterior y más difícil de rastrear.

A las doce y media de un espléndido día londinense, una de sus secretarias halló a Godliman inclinado sobre un manuscrito bien iluminado, traduciendo laboriosamente del latín medieval y tomando notas con su letra más indescifrable todavía. La secretaria, entre cuyos planes figuraba almorzar en el jardín de Gordon Square, sentía una manifiesta hostilidad por la sala de los manuscritos, pues olía a muerte. Se necesitaban tantas llaves para llegar a ella, que muy bien podría haber sido una tumba.

Godliman permanecía ante un atril, colgado como un pájaro, con su cara pálidamente iluminada por un foco situado encima de su cabeza. Podría haber sido el fantasma del monje que había escrito el libro, manteniendo su vigilia sobre su preciosa crónica. La muchacha carraspeó y aguardó a que él notara su presencia. Ella vio a un hombre bajo que frisaba los cincuenta años, tenía los hombros redondeados y la vista débil, llevaba un traje de tweed. Ella sabía que una vez que se le arrancaba del medievo, podía ser un hombre perfectamente sensato. Volvió a toser y dijo:

—¿Profesor Godliman?

Él levantó la vista y sonrió al verla, y entonces ya no pareció un fantasma sino un padre buenazo.

—¡Hola! —dijo en tono de asombro, como si acabara de toparse con su vecino en medio del desierto del Sáhara.

—Me pidió que le recordara que tiene un almuerzo en el Savoy con el coronel Terry.

—Ah, sí. —Sacó su reloj del bolsillo del chaleco y lo consultó—. Si pienso ir caminando es mejor que salga ya.

—Le he traído su máscara antigás —dijo ella asintiendo con la cabeza.

—Eres precavida. —Volvió a sonreír y ella decidió que era muy simpático. Tomó la máscara y dijo—: ¿Necesitaré el abrigo?

—Esta mañana ha venido sin abrigo. Hace bastante calor. Me ocuparé de cerrar una vez que usted salga.

—Bien, gracias, muchas gracias. —Se metió la libreta de anotaciones en el bolsillo de su chaqueta y partió.

La secretaria echó una mirada al lugar, se estremeció y le siguió.

 

 

El coronel Andrew Terry era un escocés de cara colorada, sumamente delgado a causa de una vida de fumador empedernido; su pelo rubio oscuro se veía ralo y pegado a la cabeza. Godliman fue a su encuentro y se estrecharon las manos en la punta de una mesa del Savoy Grill. El coronel iba de civil y en su cenicero había tres colillas.

Godliman dijo:

—Buenos días, tío Andrew. —Terry era el hermano menor de su madre.

—¿Cómo estás, Percy? ¿Qué tal?

—Bien. Estoy escribiendo un libro sobre los Plantagenet —respondió Godliman tomando asiento.

—¿Están todavía en Londres tus manuscritos? No puedo creerlo.

—¿Por qué?

—Llévatelos al campo, no corras el riesgo de que haya un bombardeo.

—¿Crees que debería hacerlo?

—Media National Gallery ha sido trasladada y enterrada en algún lugar de Gales. El joven Kenneth Clark está mucho más enterado que tú. Quizá fuera muy sensato que tú mismo te marcharas de aquí mientras otro sigue tu investigación. No creo que te hayan quedado muchos estudiantes.

—Es verdad. —Godliman tomó el menú que le extendía el camarero—. No quiero tomar aperitivo.

—Verdaderamente, Percy, ¿por qué estás todavía en la ciudad? —dijo Terry sin coger el menú.

Godliman pareció comprender lo que se le decía; su mirada se aclaró como la imagen de la pantalla cuando el proyector es enfocado. Era como si pensara en ello por primera vez desde que había llegado.

—Está bien que se vayan los niños, y los que son una institución como Bertrand Russell. Pero yo; bueno, es un poco como huir y dejar que los otros luchen en el lugar de uno mismo. Sé que no es estrictamente un argumento racional. Es una cuestión de sentimiento, no de lógica.

Terry sonrió con la expresión de aquellos que reciben la respuesta que desean oír. Pero abandonó el tema y recorrió el menú. Pasado un momento, dijo:

—Santo Dios. Le Lord Woolton Pie.

—Estoy seguro que sigue consistiendo en unas simples patatas con verduras —dijo Godliman, sonriente.

Una vez que hubieron pedido el almuerzo, Terry preguntó:

—¿Qué piensas de nuestro primer ministro?

—Ese tipo es un asno. Pero como Hitler es un idiota, la cosa parece que marcha bien. Y tú, ¿qué piensas?

—Yo creo que con Winston podemos lograrlo. Por lo menos es valiente.

—¿Podemos? —dijo Godliman alzando las cejas—. ¿Has entrado en el juego?

—En realidad nunca lo he abandonado; tú lo sabes.

—Pero dijiste...

—¿Y a ti no se te ocurre pensar en un grupo cuyos componentes no digan al unísono que no pertenecen al ejército?

—Bueno... qué sé yo. Todo este tiempo he...

Les sirvieron en ese momento el primer plato, y para acompañarlo descorcharon una botella de burdeos blanco. Godliman comió su salmón estofado con aire pensativo.

En un momento dado, Terry dijo:

—¿Estás pensando en lo que fue la última guerra?

—Tiempos jóvenes, ya sabes. Una época terrible —dijo Godliman asintiendo con una inclinación de cabeza y hablando casi como si se tratara de algo secreto.

—Esta guerra no tiene nada que ver con aquella. Mis muchachos no se infiltran en las filas enemigas para contar los campamentos, como hicisteis vosotros. Es decir, también lo hacen, pero ese aspecto del asunto es muy secundario. Hoy en día solo oímos los mensajes que nos envían por radio.

—¿No lo hacen con código cifrado?

—Los códigos se descubren —dijo Terry encogiéndose de hombros—. En nuestros días nos decimos y comunicamos todo lo que necesitamos saber abiertamente.

Godliman echó una mirada a su alrededor, pero advirtió que nadie los estaba escuchando, y no iba a ser él quien tuviera que decirle a Terry que las conversaciones imprudentes cuestan vidas humanas.

—En efecto —continuó este—, mi trabajo consiste en que ellos no consigan la información que necesitan sobre nosotros.

El segundo plato, para ambos, era pastel de pollo. No había ternera en el menú. Godliman calló, pero Terry continuó hablando:

—Canaris es un tipo absurdo. Sabes quién es, ¿verdad? El almirante Wilhelm Canaris, el jefe del Abwehr. Le conocí antes de que se declarara esta guerra. A él le gusta Inglaterra. Yo diría que no le tiene ninguna simpatía a Hitler. De todos modos, es el encargado de montar un gran servicio de inteligencia en contra nuestra y como parte de los preparativos de invasión..., pero no es mucho lo que está haciendo. Ya detuvimos a su brazo derecho en Inglaterra. Lo hicimos al segundo día de haber estallado la guerra. Ahora se encuentra en la prisión de Wandsworth. Son unos espías que no sirven para nada. Unas cuantas viejas que paran en pensiones, fascistas locos, criminales de segunda categoría.

—Mira, muchacho, esto es demasiado —dijo Godliman, temblando levemente con una mezcla de enojo e incomprensión—. ¡Todo lo que estás diciendo es secreto y no quiero saberlo!

—¿Quieres algo más? —prosiguió Terry sin inmutarse—. Yo voy a pedir un helado de chocolate.

Godliman se puso en pie.

—No, no tengo ganas. Voy a seguir con mi trabajo, si no te importa.

—El mundo puede pasarse un rato más sin tu estudio sobre los Plantagenet —dijo Terry, mirándole sin alterarse—. Percy, ¿no te has dado cuenta de que estamos en guerra? Quiero que tú colabores conmigo.

Godliman se quedó mirándole durante un largo rato.

—¿Qué diablos podría hacer yo?

Terry sonrió con expresión astuta.

—Descubrir espías.

Pese al buen tiempo, Godliman se sintió deprimido durante el trayecto de regreso a la universidad. No cabía duda de que aceptaría la propuesta de Terry, pues si era demasiado viejo para luchar, no lo era en cambio para colaborar.

Pensó en que debería dejar su trabajo —¿durante cuántos años?—, y eso le deprimía. Era un amante de la historia, y desde la muerte de su esposa, acaecida diez años atrás, se había sumergido en la Inglaterra medieval. Le encantaba desvelar misterios, descubrir sutiles indicios, resolver contradicciones, desenmascarar embustes y propaganda falsa, y deshacer mitos. Su nuevo libro sería el mejor de cuanto se había escrito sobre el tema en los últimos cien años, y habría que esperar otros cien para que se escribiera otro mejor. Había dispuesto durante tanto tiempo por sí mismo de sus actos, que le resultaba muy extraña la idea de que dejara de ser así, y tan difícil de digerir como si de pronto a uno le dijeran que no significa absolutamente nada para la gente a la que ha estado llamando papá y mamá.

Una estridente alarma antiaérea interrumpió sus pensamientos. Siguió adelante sin hacer caso. Tanta gente seguía indiferente..., y estaba solo a diez minutos de la universidad. El camino era corto, podía hacerlo a pie. Pero no tenía una verdadera razón para volver a su despacho..., sabía que hoy ya no volvería al trabajo. Entonces cambió de idea y se apresuró a meterse en una estación de metro, junto a la multitud que se apiñaba en la escalera y pasaba a la sucia plataforma. Se ubicó junto a la pared y se quedó mirando el anuncio de Bovril mientras pensaba: «No es tan solo que me duela dejar el trabajo que estoy haciendo».

Volver a entrar en el juego también le deprimía, aunque ciertas cosas le gustaban, como, por ejemplo, la importancia de los pequeños detalles, el simple valor de ser inteligente, la minuciosidad, la tarea de deducción. Pero, en cambio, odiaba el chantaje, el engaño, la desesperación y la forma en que uno siempre debía asesinar al enemigo por la espalda.

La plataforma se llenaba cada vez más. Godliman se sentó antes de que se ocuparan todos los lugares, y se encontró apoyándose contra un hombre que vestía uniforme de conductor de autobús. El hombre le sonrió y dijo:

—«Oh, estar en Inglaterra, ahora que se ha instalado aquí el verano». ¿Sabe quién lo dijo?

—«Ahora que ahí es abril» —corrigió Godliman—. Es de Browning.

—Me dijeron que era de Adolfo Hitler —dijo el conductor. Una mujer que estaba cerca se echó a reír y él se volvió a mirarla.

—¿Sabe usted lo que el evacuado le dijo a la mujer del granjero?

Godliman olvidó las voces y recordó un abril en que él había sentido la nostalgia de Inglaterra.

Estaba subido a las ramas altas de un árbol, escudriñando a través de la fría niebla que cubría el valle francés, hacia las líneas alemanas. Incluso con los prismáticos, solo podía divisar oscuras sombras, y estaba a punto de bajarse y acercarse un kilómetro más a las líneas enemigas, cuando tres soldados alemanes aparecieron como por arte de magia y se sentaron al pie del árbol a fumar. Pasado un rato, sacaron un mazo de cartas y empezaron a jugar, y el joven Percival Godliman se dio cuenta de que se habían escabullido y se habían llegado hasta allí a pasar el día. Él permaneció en el árbol, casi sin moverse, hasta que empezó a temblar, sus músculos se le acalambraron y se dio cuenta de que le iba a reventar la vejiga. Entonces sacó el revólver y los mató a los tres uno después del otro, apuntando sobre sus tres cabezas unidas. Y así, tres personas que se estaban jugando su paga entre risas y maldiciones, simplemente habían dejado de existir. Era la primera vez que él mataba, y todo lo que se le ocurrió pensar fue que habían muerto porque él necesitaba orinar.

Godliman se desplazó por el frío hormigón de la plataforma y dejó que sus recuerdos se desvanecieran. Llegó una bocanada de aire cálido del túnel y el tren avanzó. Los que debían subir se prepararon para entrar. Godliman oía las diferentes voces:

—¿Has oído a Churchill por radio? Parecía inspirado por el duque de Wellington. El viejo Jack Thomton gritaba. Pedazo de viejo decrépito...

—Hace tanto tiempo que no incluyo carne en el menú que ya he olvidado el sabor que tiene..., el comité del vino se dio cuenta de que se venía la guerra y, gracias a Dios, compró veinte mil docenas de...

—Sí, fue una boda íntima, pero qué sentido tiene esperar cuando no se sabe qué novedades traerá el nuevo día.

—No, Peter nunca regresó de Dunkerke...

El conductor de autobús le ofreció un cigarrillo, pero él no lo aceptó y en cambio sacó su pipa. Alguien comenzó a cantar.

 

El encargado de las medidas de camuflaje de luces gritó al pasar:

«Mami, baja esa cortina...

mira lo que estás enseñando»,

y nosotros gritamos: «No te preocupes». ¡Oh!

Levántate, Mami Brown...

 

La canción se fue extendiendo entre la multitud hasta que todos cantaron. Godliman se unió al coro, sabiendo que la suya era una nación que estaba perdiendo una guerra y que cantaba para ocultar su temor, como un hombre que silba cuando debe pasar por el cementerio por la noche; sabiendo que el súbito afecto que sentía por Londres y por los londinenses era un sentimiento efímero, muy parecido a la histeria colectiva; desconfiando de esa voz interior que le decía: «Por todo esto se lucha, y esto hace que valga la pena luchar»; sabiéndolo, pero sin darle importancia, porque por primera vez en tantos años sentía la emoción física de la camaradería, y le gustaba.

Cuando el sonido anunció que el peligro había pasado, todos fueron escaleras arriba y desembocaron en la calle. Entonces Godliman se dirigió a la cabina telefónica y llamó al coronel Terry para preguntarle cuándo podía comenzar el trabajo.

 

 

 

3

 

Faber... Godliman..., dos tercios de un triángulo que un día se vería crucialmente completado por los participantes principales (David y Lucy) de una ceremonia que se realizaba en este momento en una pequeña iglesia de campaña, muy vieja y muy hermosa. Un muro de piedra encerraba un cementerio donde crecían flores silvestres. También la Iglesia —bueno, parte de ella— había estado allí casi un milenio atrás cuando Inglaterra fue invadida. La pared norte de la nave, que tenía casi un metro de espesor, cortado por solo dos diminutas ventanas, aún mostraba los signos de la última invasión. Había sido edificada en épocas en que las iglesias eran santuarios que albergaban tanto lo físico como lo espiritual, y aquellos ventanucos de remates abovedados eran más adecuados para lanzar flechas que para permitir que entrara la bendita luz del sol. Los Defensores Voluntarios Locales, naturalmente, habían trazado planes cuidadosos para utilizar la iglesia si llegaba el caso de que los criminales europeos cruzaran el Canal.

Pero el paso de las botas no se insinuó siquiera en el embaldosado piso del coro en aquel agosto de 1940; aún no. Los rayos del sol atravesaban los vidrios de colores de las ventanas que habían sobrevivido a la codicia iconoclasta de los hombres de Cromwell y de Enrique VIII, y en el techo abovedado resonaban las notas de un órgano que aún no se había dejado invadir por la polilla y el polvo.

Era una hermosa boda. Lucy, por cierto, iba vestida de blanco, y sus cinco hermanas eran las damas de honor y vestían de color salmón. David llevaba el Mess Uniform de oficial de Aviación de la Royal Air Force, todo planchado y nuevo, pues era la primera vez que se lo ponía. Cantaron el salmo 23, el Señor es mi pastor, con la melodía de «Crimond».

El padre de Lucy parecía orgulloso, como corresponde a un hombre el día que su hija mayor y más hermosa se casa con un guapo muchacho de uniforme. Era granjero, pero hacía largo tiempo que había abandonado el tractor, arrendado su tierra y empleado el resto para criar caballos de carrera. Aunque ese invierno, por cierto, los pastos serían removidos por el arado y la extensión quedaría plantada de patatas. Aunque él era realmente más caballero que granjero, tenía ese aspecto curtido, propio de la piel expuesta al aire y al sol. Su pecho ancho y sus manos cortas y cuadradas eran las propias de las gentes dedicadas a las tareas del campo. La mayoría de los hombres de ese lado de la iglesia tenían cierta semejanza con él; el pecho ancho, la cara curtida, y los que no llevaban levitas vestían trajes de tweed y zapatos toscos.

También las damas del cortejo participaban de esas características; eran muchachas de campo. Pero la novia era como su madre: tenía el pelo castaño oscuro con reflejos rojizos, largo, brillante, espléndido; en su rostro ovalado, los ojos color ámbar estaban muy separados, y cuando miró al vicario con su mirada abierta y franca, y dijo: «Sí quiero», con esa voz clara y firme, el sacerdote se conmovió y pensó: «Por Dios, lo dice de verdad», lo cual era un extraño pensamiento para un ministro de Dios en medio de una ceremonia.

La familia que se encontraba al otro lado de la iglesia también tenía un aire especial. El padre de David era abogado, su permanente ceño era una afectación profesional y escondía una naturaleza afable. Durante la última guerra había sido mayor del ejército, y consideraba que todo ese asunto de la RAF y la guerra en el aire era una manía que pronto habría pasado. Pero nadie se parecía a él, ni siquiera su hijo, que ahora estaba ante el altar prometiendo amar a su esposa hasta la muerte, que quizá no estuviera tan lejana. ¡Dios no lo permita! No, todos se parecían a la madre de David, quien ahora estaba sentada junto a su marido, con su pelo casi negro, su piel oscura y sus piernas largas y delgadas.

David era el más alto de todos. El año anterior, en Cambridge, había superado los récords de salto de altura. Sin embargo, se diría que era demasiado guapo para ser un hombre. De no mediar su espesa barba, su cara habría sido femenina. Se afeitaba dos veces al día, tenía pestañas largas, expresión inteligente —lo cual correspondía a la verdad— y, además, sensible.

Todo era idílico: una pareja feliz, hermosa, proveniente de una familia de sólido arraigo en Inglaterra, casada en una iglesia de la zona rural en la más hermosa de las mañanas de verano que Inglaterra pueda ofrecer.

Cuando el matrimonio estuvo consagrado, las dos madres miraron adelante impasibles y los dos padres tenían los ojos llenos de lágrimas.

 

 

«Besar a la novia era una costumbre bárbara», pensó Lucy mientras otro par de labios mojados de champán le rozaban las mejillas. Probablemente se remontaba a las aún más bárbaras costumbres de las épocas del oscurantismo, en que todos los hombres de la tribu tenían derecho a hacerlo..., bueno, de cualquier modo era hora de que todos se comportaran de modo decididamente civilizado y abandonaran totalmente tales costumbres.

Ella sabía de antemano que no le gustaría aquella parte de la boda. Le gustaba el champán, pero no la enloquecían el pollo ni el caviar ni los bocadillos, y en cuanto a los discursos, las fotografías y las bromas sobre la luna de miel, bueno... Pero, podría haber sido peor. Si hubieran estado en época de paz, su padre habría alquilado el Albert Hall.

Hasta el momento, nueve personas le habían dicho: «Ojalá vuestros problemas sean siempre pequeños problemas», y alguien, haciendo gala de mayor originalidad, había dicho: «Quiero ver más de un cercado en torno a tu jardín». Lucy había estrechado cientos de manos y hecho oídos sordos a los que le decían: «Me gustaría estar en el pijama de David esta noche». David había pronunciado un pequeño discurso en el que daba las gracias a los padres de Lucy por haberle confiado su hija, y el padre de Lucy respondió diciendo que no había perdido una hija sino ganado un hijo. Todo era irremediablemente aburrido, pero se imponía como concesión a los padres.

Un tío lejano vino del bar y se aproximó con paso algo vacilante; Lucy reprimió un escalofrío y se lo presentó a su marido como el tío Norman.

El tío Norman sacudió la huesuda mano de David, diciéndole:

—Bueno, ¿qué tal muchacho, cuándo te marchas?

—Mañana, señor.

—¿Cómo, no tienes luna de miel?

—Solo veinticuatro horas.

—Pero, según tengo entendido, acabas de terminar tu período de entrenamiento.

—Sí, pero como usted sabe, yo ya sabía volar. En Cambridge me enseñaron. Además, con todo lo que está sucediendo, no están en condiciones de prescindir de ningún piloto. Supongo que mañana ya estaré volando.

—David, no sigas —dijo Lucy con mucha tranquilidad.

Pero el tío Norman prosiguió:

—¿Qué tipo de avión pilotas? —preguntó el tío Norman con entusiasmo de colegial.

—Spitfire. Lo vi ayer. Es una hermosa cometa. —David había adoptado ya el argot de la RAF—. Tiene ocho bocas de fuego, despliega ciento cincuenta nudos, y puede girar en una caja de zapatos.

—Sensacional, sensacional. Estáis derribando a los de la Luftwaffe; vais a terminar con ellos, ¿eh?

—Ayer derribamos sesenta por once nuestros —dijo David con tanto orgullo como si lo hubiera hecho personalmente—. Y anteayer, cuando hicieron una incursión sobre Yorkshire, los enviamos de regreso a Noruega con la cola entre las piernas. Y no perdimos una sola cometa.

El tío Norman apretó el hombro de David con fervor de borracho.

—Nunca —citó pomposamente— se ha debido tanto a tan pocos. Tal como dijo Churchill el otro día.

—Seguramente se refería a la cuenta del restaurante —dijo David con una sonrisa.

Lucy odiaba la forma en que trivializaban el derramamiento de sangre y la destrucción.

—David, tendríamos que ir a cambiarnos —dijo.

Fueron a casa de Lucy en coches separados. Una vez allí, la madre de la joven la ayudó a quitarse el traje de novia mientras le decía:

—Bueno, querida, no sé muy bien qué esperas que suceda esta noche, pero tendrías que saber...

—Oh, mamá, estamos en 1940, ¿sabes?

—Bueno, bueno, querida —dijo sumisamente su madre, sonrojándose levemente—, pero si más adelante hay algo que creas necesario discutir conmigo...

Lucy pensó que su madre estaba haciendo un verdadero esfuerzo para decirle aquel tipo de cosas y lamentó su cortante respuesta.

—Gracias —dijo tocándole la mano—. Lo haré.

—Bueno, ...