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CONTENIDO EXPLíCITO. UNA TRILOGíA AMERICANA

Juan Sebastián Gaviria

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Fragmento

1

Las llantas golpeaban contra los guardabarros, la carrocería desajustada se sacudía y las copas de las ruedas amenazaban con salir a volar tras cada bache en el camino despavimentado. En el interior polvoriento de aquel Chrysler azul celeste cientos de tornillos oxidados sonaban como pajaritos sedientos que trinaban desesperados por una gota de aceite. El cuero rajado de los asientos había sido remendado con trozos de gruesa cinta adhesiva metálica, cajetillas de cigarrillo vacías y envoltorios de comida chatarra yacían bajo los pedales, y la docena de latas de cerveza estrujadas que se amontonaban bajo el asiento del copiloto tintineaban, haciendo imperceptibles los chillidos lastimeros del perro que viajaba ovillado en el asiento trasero. Tiritaba de pavor y tenía el hocico envuelto en un alambre que había alcanzado a hundirse en su carne y que enrojecía su pelaje blanco. El conductor, un hombre que vestía unos viejos jeans y una ajustada camiseta blanca manchada de café y sudor, observaba cada tanto al animal por el espejo retrovisor, constatando que no se hubiese liberado del precario bozal. Luego soltaba alguna maldición entre dientes y volvía a concentrarse en el camino. Debía conducir valiéndose solamente de su mano derecha. Llevaba el antebrazo izquierdo recogido sobre los muslos, envuelto en un vendaje amarillento y ensangrentado, frente al balón templado de su panza.

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—Firmaste tu puta sentencia de muerte, cabrón —le dijo el hombre al animal—. Tu puta sentencia de muerte.

Apareció un letrero de madera suspendido por dos postes en el borde del camino. Era la primera señal de vida que veía en los últimos cuarenta minutos de avance. Junto al letrero había un sendero arenoso que se hundía contra el horizonte en medio de arbustos espinosos y altos pastizales resecos. El hombre frenó bruscamente y permaneció unos minutos con los ojos puestos sobre el letrero. Con no poco esfuerzo leyó las palabras grabadas en la madera. Rancho Atwood. Venta de cerdos. Una milla. Bajó del auto y paseó la mirada en rededor. Silencio, altas briznas de hierba amarilleadas por el sol y pisoteadas por la brisa, algunos conos de polvo bailando a la distancia. Abrió el baúl y observó el interior con el ceño fruncido. Una caja de herramientas metálica, un costal, una soga gruesa, un tubo de acero galvanizado y dos contenedores vacíos de aceite de motor. Valiéndose sólo de su mano derecha, tomó la soga y la colgó sobre su hombro. Al cerrar el baúl vio al perro por la ventanilla trasera. El animal, aún embozalado, había estirado el cuello y miraba a través de los vidrios cubiertos de polvo, moviendo su hocico, contrayendo su naricita ensangrentada, intentando averiguar dónde estaba.

El hombre respiró hondo y desenvolvió la venda mugrienta que le cubría el antebrazo izquierdo. Ahí estaba. Las profundas heridas parecían una rúbrica exótica grabada en carne. Al menos la hemorragia se había detenido, y la sangre en cada una de las profundas heridas comenzaba a secarse. Abrió y cerró la mano, constatando que podía mover sin dificultad los dedos. Para formar un nudo corredizo con la soga se vio obligado a emplear la mano izquierda. Cada vez que apretaba los dedos, un dolor fulminante nacía de su antebrazo y trepaba hasta su hombro.

Tiró del extremo de la soga, arrastrando al perro hasta uno de los postes del letrero. Después de asegurarlo con un nudo doble, dio dos pasos atrás y miró al animal. De modo que así terminaba. Todo el trabajo duro había sido delegado a los azares del desierto del sur.

El perro vio que el auto avanzaba por el camino, hundiéndose en la cortina de polvo que las ruedas levantaban, hasta que los traqueteos y quejidos de la máquina destartalada fueron reemplazados por los cantos intermitentes de los grillos y el crepitar constante de la planicie. A medida que aquel Chrysler celeste se alejaba, el mundo se iba convirtiendo en un lugar más grande y solitario. Sentado, con las musculosas patas delanteras enmarcando su amplio pecho, el animal permaneció expectante, olfateando el aire, oteando a la distancia. Finalmente se echó e intentó quitarse con las patas delanteras el alambre que le mantenía el hocico sellado. No lo consiguió. Entre más luchaba, más se encarnaba el alambre en su piel. El sol se descolgó por el occidente, tiñendo de malva y rosa las escasas nubes suspendidas sobre la línea del horizonte. La oscuridad se instauró. El perro se ovilló contra el poste al que estaba atado y cerró los ojos.

Hacia la medianoche lo despertó el hedor de un zorrillo. Se incorporó y comenzó a gruñirle a la oscuridad. Un relámpago mudo iluminó la noche, permitiéndole ver la cola peluda y los ojillos brillantes del animal. Luego vino otro fogonazo de luz blanca. En el intervalo, el zorrillo se había movido unos cuantos metros hacia la derecha. El perro intentó ladrar pero el bozal hizo que sus ladridos sonaran como una tos agónica. Un tercer relámpago relumbró, pero el perro no pudo detectar más que el círculo de miasma pútrido que el zorrillo había tejido en torno suyo antes de desaparecer. Cuando el hedor se disipó del todo, el perro se echó de nuevo, apoyando la cabeza sobre sus patas delanteras. Finalmente se durmió, arrullado con sus propios gruñidos.

Pasó toda la mañana acostado, recibiendo de lleno la luz del sol. La noche había sido tan fría, que ahora el inclemente sol parecía brillar con benevolencia. Eso cambió hacia el mediodía, cuando el perro tuvo que cobijarse bajo la sombra insuficiente del poste, dando pequeños pasos y trazando apretados círculos para evitar que el suelo calcinante le cocinara las patas.

Los coyotes no venían de cacería sino que avanzaban patrullando su territorio, antecedidos por pájaros que evacuaban sus nidos y liebres salvajes que sacudían los arbustos bajo los cuales se escabullían. El perro intentó huir, pero la soga se templó bruscamente, por poco partiéndole el pescuezo. Se echó otra vez contra el poste, agazapado, las patas traseras temblándole, y esperó. Eran tres coyotes. El más grande marcaba el rumbo y los otros dos avanzaban tras él en formación de triángulo, cubriéndole los flancos. Desde el otro lado del camino polvoriento, el líder levantó la cabeza sobre los pastizales y clavó sus ojos inexpresivos en los del perro. Ambos, perro y coyote, miraron en torno suyo y volvieron a encararse. Gruñidos igual de imponentes brotaron de ambos lados del camino. El triángulo de coyotes avanzó hacia el perro, que se incorporó y bajó la cabeza, erizando el lomo y asomando los colmillos delanteros entre los círculos de alambre que lo amordazaban. Los coyotes se separaron caminando despacio, rozando el suelo de polvo con el hocico, silenciosos, sabios. De pronto, uno de ellos se escurrió alrededor del perro y descargó una dentellada contra una de sus patas traseras. Se escuchó un lamento dolorido. Y luego sonó un disparo.

El coyote se desplomó, herido de muerte, y los otros dos huyeron despavoridos, sabiendo muy bien que la detonación representaba la presencia de cazadores. El perro se giró y enfrentó con igual fiereza la nueva amenaza, gruñéndoles a las dos siluetas humanas que se acercaban.

—Qué cabrón —dijo Zane Atwood—. Sólo míralo, hijo. Le acabamos de salvar el pellejo y el muy hijo de puta quiere devorarnos.

—¿Podemos ayudarlo? —preguntó Carter levantando la mirada hacia su padre.

—No sé —Zane evaluó al perro, preguntándose cómo había acabado atado a aquel poste, y cuál sería su reacción si intentaban liberarlo.

—Es un perro hermoso.

Y tal vez lo era. Estaba en unas circunstancias del demonio, pero podía ser un buen animal. Parecía una mezcla. Era blanco, de ojos negros. De la raza pointer tenía el cuerpo grácil y liviano, además de los motes oscuros que le salpicaban la parte posterior del lomo y las patas traseras. Por el otro lado, la amplitud de mandíbulas y la anchura de pecho hacían pensar en un pitbull terrier. Zane Atwood y su hijo Carter permanecieron varios minutos ante el perro, que pronto se hizo a la idea de su presencia y dejó de gruñir.

—Esto es lo que vamos a hacer, hijo —propuso Zane descansando la escopeta abierta sobre su hombro—. Lo liberamos y cuidamos sus heridas. Cuando esté bien lo llevamos de cacería. Si muestra madera de cazador, nos lo quedamos. De lo contrario...

—Llamémoslo Tank... Tank es un buen nombre para este perro.

Zane se aproximó al animal. Con cada paso que daba, los tiros calibre doce resonaban en el interior de la cartuchera de cuero que colgaba de su cinto. El animal acabó por bajar la mirada ante la presencia del hombre, que rezumaba confianza en sí mismo. Zane vestía como tantos cazadores del sur de Texas, con una gorra sobre la cabeza, camisa beige empapada de sudor, jeans y las ineludibles botas tejanas. Detrás suyo, el pequeño Carter aguardaba. Por el borde del bolso de piel de nutria que llevaba terciado al hombro asomaban las plumas coloridas de algunas codornices arlequín, las más comunes en aquella región del condado de Tom Green.

—¿Oíste lo que acabo de decir? —Zane estaba acuclillado ante el perro y empuñaba en su mano derecha un cuchillo, mientras con la izquierda templaba la soga que mantenía al animal atado al poste—. Tenemos que estar de acuerdo en eso si quieres que lo libere... Si es un buen perro de muestra, nos lo quedamos. Si no, salimos de él. ¿Entendido?

—Pero... ¿Cómo salimos de él?

—Así —dijo Zane señalando al coyote que yacía en el borde del camino con un hoyo en el cuello y seis perdigones doblecero en su interior.

—De acuerdo —afirmó el pequeño tragando saliva.

2

Royce Maddox contempló la casa, con su fachada de viejas tablas escarapeladas, el porche que se había convertido en un depósito improvisado para todo tipo de basuras y herramientas inservibles y la lengua cuarteada de cemento que iba del andén a la entrada. Las ventanas estaban tapadas con láminas de madera, y parte del techo había colapsado hacia el interior. Junto a la casa se encontraba un tráiler que también parecía abandonado, con sus llantas desinfladas y la carrocería deteriorada. En el andén había cubos metálicos rebosantes de bolsas negras de basura, al igual que frente a todas las viviendas de la zona. Exceptuando a Royce, quien podría haber sido tomado por un vendedor de enciclopedias o cualquiera de esas otras existencias impertinentes que las amas de casa despachan con un bufido a través del anjeo de sus puertas, la calle estaba desolada.

Caminó con el ritmo cadencioso de una cojera apenas perceptible y se detuvo en medio de la calle. Estaba vestido con traje y corbata, zapatos lustrados y camisa blanca. Llevaba el pelo perfectamente peinado, y sus labios delgados parecían esbozar una mueca de asco. Contempló las hileras de árboles que arrojaban sombras insuficientes sobre viejos autos aparcados en el borde de la calle, algunos de los cuales ya no tenían ruedas y estaban suspendidos sobre ladrillos. Luego miró los cubos de basura deformados por incontables abolladuras, y volvió a observar detenidamente el carro-casa.

Cerró la puerta a su espalda y paseó la mirada por el interior del tráiler. Lo primero que vio fue a un hombre acostado boca abajo en un sofá, con el rostro aplastado contra el cojín. A juzgar por la ciudadela de botellas que se erguía sobre la mesa, el tipo estaba fulminado de la borrachera. El lugar hedía. En la pared encima del sofá había un estante con veinte o treinta discos de acetato y dos retratos enmarcados. A su izquierda, Royce vio un televisor viejo sobre un pequeño mueble. Estaba encendido, pero sin volumen. Detrás del televisor se hallaba una exigua cocina con un lavaplatos y una estufa de dos puestos. En un mesón junto a la estufa había una cafetera conectada a la pared, bajo unos gabinetes que tenían las puertas desencajadas. A la derecha de la sala quedaban la habitación y el baño. En la pared, sobre el cabezal de la cama, había un afiche enmarcado de Mohamed Ali en posición de guardia. Royce tomó asiento frente al hombre que dormía en el sofá y lo contempló sobre los picos de las botellas que atiborraban la mesa. Sacó una fotografía del bolsillo interior de su traje y la contempló. Eran un puñado de tipos sonrientes que levantaban en el aire sus jarras de cerveza. Detrás de ellos se veía un blanco de dardos y un letrero de neón que señalaba la ubicación de los baños. El rostro de uno de los hombres estaba encerrado dentro de un grueso círculo de marcador rojo. Era una cara rechoncha con el cráneo afeitado, mejillas rojas y barba en forma de candado. Levantó la mirada y volvió a observar al hombre que yacía en el sofá. Se había afeitado el candado, pero era el sujeto de la foto. Tomó un encendedor de la mesa y le prendió fuego a la fotografía por una de las puntas. La dejó arder en un cenicero que hacía equilibrio en el borde de la mesa junto a las botellas. Se puso de pie y, mirando al hombre desde arriba, deshizo el nudo de su corbata y la sacó lentamente del cuello almidonado de su camisa.

Leer huellas en el lodo. Llevarse pedazos de mierda a la nariz y desmenuzarlos con los dedos para estimar el tiempo que llevan secándose al aire libre. Detectar ramas quebradas en medio de los arbustos, acercar la mano a hogueras agonizantes, ser uno con la peste a desesperación que reina en los pasillos de los moteles, observar de cerca las colillas de cigarrillo como si fueran exóticos insectos catalogables. Llevar en el bolsillo una vieja libreta tachonada de nombres, direcciones y números de matrícula, junto a una placa de policía comprada en un almacén de disfraces. Ser la sombra del perseguido, almorzando en los mismos restaurantes que él, alimentándose de la misma basura, parqueando el pene en las vaginas de las mismas putas desdentadas. Eso es seguir un rastro.

Intentando controlar su respiración jadeante, Royce corrió las cortinas con la mano y constató que la calle siguiera sumida en su característico silencio indiferente. Luego caminó hasta el baño, se paró ante el espejo y se limpió el sudor de la frente con un pañuelo. Observó sus manos, que temblaban imperceptiblemente. Antes de abandonar la habitación alineó el cuadro de Ali, que se había torcido. Luego se adentró en la sala y caminó hacia la cocina intentando no pisar los discos de acetato que estaban esparcidos por el suelo. En una de las portadas vio el rostro de Johnny Cash, y las palabras God’s Gonna Cut You Down resonaron en su mente. Algunos vidrios de las botellas rotas crujieron bajo las suelas de sus zapatos. El televisor seguía en pie sobre el pequeño mueble, todavía encendido. Royce miró la pantalla, donde una mujer hacía ejercicio sobre una bicicleta estática y sonreía mirando a la cámara. Caminó hasta el lugar donde la jarra de café se había hecho trizas contra el suelo y se inclinó hacia abajo para recuperar su corbata, que se encontraba ceñida con fuerza alrededor del cuello del tipo de la fotografía.

Tomó asiento en el sofá, frente a la mesa volcada. Un dolor agudo comenzó a iluminar su muslo. Las persianas de madera quebraban los rayos del sol moribundo, proyectando franjas perfectas en el papel de colgadura manchado de humedad. Las franjas se deslizaron lentamente hacia arriba, alcanzando a tocar el vértice del techo antes de extinguirse del todo. El zumbido de las moscas comenzó a escucharse.

3

Los dos últimos disparos resonaron por la planicie. La codorniz continuó avanzando con vuelo desfallecido, dejando una estela de plumas a su paso. Carter movió la palanquilla y la escopeta se abrió suavemente, escupiendo dos cartuchos vacíos y humeantes sobre su hombro derecho. Tank, cuya lentitud, achaque de la edad, era compensada por su experiencia, su natural inclinación y su conocimiento del terreno, corrió entre los matorrales espinosos con la mirada en el ave herida. La codorniz cayó en picada en medio de los altos pastizales y el perro comenzó a trazar círculos concéntricos con el hocico a ras de suelo. Al ver que no daba con la presa, Carter volvió a cerrar la escopeta y corrió a grandes zancadas hasta que se encontró a pocos metros del perro. Inclinado hacia adelante caminó despacio, separando los pastizales con el cañón de la escopeta, buscando rastros de sangre. Vio plumas y cambió de rumbo. Se percató de que la codorniz, obstinada, se arrastraba por el suelo apoyándose en sus alas quebradas. Avanzaba desesperada, con la velocidad de un roedor, y todo lo que Carter podía ver era el movimiento ondulante de los pastizales bajo los que se escabullía.

—¡Allá, Tank! —exclamó señalando hacia donde las altas briznas resecas se agitaban—. ¡Tráela!

El perro reventó a correr. Carter notó que estaba fatigado, pero aun así lo daba todo. Al fin, regresó trotando alegremente, con el cuello estirado y la cabeza asomada sobre el pastizal. Llevaba una hermosa codorniz arlequín en el hocico.

—Buen perro, buen perro. —Tank arrojó el ave a los pies de Carter—. Todavía tienes mucho que dar, anciano —dijo frotando la cabeza del can, que agitaba la cola con tanta fuerza que toda la mitad trasera de su cuerpo alcanzaba a mecerse.

Perro y hombre caminaron, lado a lado, hasta la vieja Ford. Carter apoyó suavemente la escopeta en el capó y se quitó el cinturón en el que llevaba la cartuchera de cuero y el cuchillo de caza. Puso el cinturón junto a la escopeta y se quitó la bolsa de cuero de nutria que llevaba terciada al hombro. Adentro había quince codornices que su madre convertiría en un auténtico manjar. Con Tank caminando a su lado batiendo la cola y brincando para descargar cariñosas lamidas en sus antebrazos, Carter circundó la camioneta y abrió la puerta trasera. Puso en el suelo la nevera en la que ocho cervezas flotaban en agua y hielo. Sacó una lata y dejó la tapa abierta. Tomó asiento sobre el capó, en medio de sus utensilios de caza, mientras el perro bebía agua del interior de la nevera.

—Es una lástima que papá no nos haya acompañado esta vez. ¿No crees, muchacho?

El perro sacó la cabeza del interior de la nevera, miró a Carter batiendo la cola y volvió a beber. Carter, con los pies apoyados en el guardachoques delantero, bebió cerveza contemplando la inmensurable planicie con mirada taciturna. Dibujó con su mente el recorrido que había hecho ese día, un sendero de cartuchos vacíos y plumas.

Descansó la lata sobre el capó y tomó la escopeta. La contempló con rostro inexpresivo, como el primer día que la sostuvo en sus manos. Browning Midas. Dos cañones superpuestos y un gatillo con selector. Aves de oro engastadas en el acero meticulosamente grabado, y una madera con vetas oscuras en la que se podían interpretar exóticos paisajes. Zane Atwood había recibido esa escopeta y otra exactamente igual como única herencia de su padre, quien en su momento alcanzó a ser un reputado terrateniente del sur de Texas. A lo largo de la vida de Zane, ese par de escopetas fueron lo único que los golpes bajos del destino no le arrancaron de las manos. Todo cambiaba, los muebles se deterioraban y eran reemplazados, los armarios eran alimentados con mudas nuevas y meses después vomitaban telas raídas y encajes marchitos, la precaria seguridad económica iba y venía, pero aquellas dos Browning Midas permanecían intactas, como congeladas en el tiempo. A Carter se le ocurría que, de alguna manera, aferrarse a esas dos escopetas era la forma de Zane de conservar la esperanza, de dejarle abiertas las puertas del hogar a la bienaventuranza.

Se preparó para regresar a casa cuando el sol se dilató como un gong sobre la línea del horizonte. Las brisas de la tarde, tibias y lentas, ya habían secado el sudor de su frente. Desarmó la escopeta con ademanes memorizados a lo largo de años, envolvió el cañón en una bayetilla roja manchada de pólvora y aceite y lo guardó en una caja rectangular recubierta en cuero. Luego la culata. Cerró la caja, ató las correas y la puso en el baúl junto a otra caja idéntica que contenía la segunda escopeta. Acunó ambas armas entre los demás contenidos del baúl y la nevera para ahorrarles cualquier golpeteo en el camino de regreso. Terminó su cerveza, arrojó la lata vacía en medio de los pastizales y puso su cinturón con la cartuchera y la bolsa de piel de nutria repleta de codornices en el asiento del copiloto. Por último, abrió la puerta trasera y le ordenó al perro que brincara adentro.

Codornices al horno con tiras de tocino y tomillo. Eso le pediría a su madre. Durante el lento camino de regreso, con el sol duplicado en los retrovisores laterales de la camioneta, Carter sonrió al pensar en la cara que Floyd pondría al verlo llegar a casa con aquella quincena de codornices. Dentro de las inclasificables limitaciones con que el autismo amordazaba la existencia del hijo menor de la familia, se destacaban los rituales de vestimenta y el menú incambiable. Con el paso del tiempo, Audrey Atwood advirtió que el menú sí podía variar, siempre y cuando la base del plato fuera la carne de codorniz. Ahora Audrey se arrastraba estoicamente de un deber doméstico al siguiente, cargando con el peso de la enfermedad terminal del siglo sobre los hombros, y siempre conseguía que sobre la mesa hubiera un plato decente. Carter había visto a su madre preparar el plato de codornices al horno con tiras de tocino y tomillo cientos de veces, desde la época en que Zane, enrojecido de calor y cubierto en sudor, regresaba de sus solitarias cacerías y arrojaba sobre el mesón de la cocina veinte codornices arlequín. Ella metía al horno una bandeja metálica con mantequilla y rodajas de cebolla, y entretanto desplumaba y limpiaba las codornices con mano diestra. Secaba las aves desplumadas con toallas de papel, y las adobaba al gusto con pimienta y sal. Dentro de cada codorniz acomodaba un ramo de tomillo y una rodaja de limón, y tras colocar las aves sobre la cama de cebollas horneadas, ponía una gruesa tira de tocino sobre cada una y cubría la bandeja entera con papel aluminio. Tras media hora de cocción removía el papel aluminio y dejaba que todo se horneara durante otros quince minutos para que la piel de las aves y las tiras de tocino se pusieran crujientes.

Apagó el motor de la camioneta y abrió la puerta. Empuñó la bolsa repleta de codornices y caminó hacia el porche de la casa, cabizbajo, esperando oír el traqueteo de la puerta de anjeo y la bienvenida de su padre. No escuchó más que el sonido de la mecedora sobre el suelo de tablas. Al levantar la mirada vio que su hermano Floyd estaba sentado en el porche, sumido en su característico silencio, mirando al vacío, un astro apagado, una ausencia con forma humana.

—Pero qué putas... —Carter dejó caer la bolsa de codornices al suelo.

Floyd estaba cubierto en sangre. Su rostro parecía el de una de esas leonas que sumergen la cabeza en el interior de una gacela para dar con el preciado hígado. Permanecía sentado en la mecedora, completamente quieto salvo por las contracciones musculares involuntarias de su mano izquierda y aquel meneo de la cabeza que alcanzaban a mover la silla.

—Contra qué putas te descalabraste esta vez...

Carter acudió a revisar a su hermano.

—Esta vez, esta vez, esta vez —repitió Floyd entornando los ojos y meciendo la cabeza como si le faltaran las vértebras cervicales.

Era la historia de la vida de Floyd. Abrirse la frente contra cualquier cosa. Y la de Carter, curarle las heridas. No le alcanzaban los dedos de las manos para contar las veces que su hermano menor se había roto el cráneo. Cuando no se caía encima de algo, algo se le caía encima a él. Desde que era muy chico, el rostro de Floyd se convirtió en un muestrario de cicatrices. Algunas, simples rasguños y magulladuras, desaparecían con el tiempo. Otras se quedaban. Floyd Atwood, amordazado y maniatado por el autismo, era un planeta quieto en un universo móvil.

—¡Atrás, perro de mierda! —exclamó Carter lanzándole una mirada penetrante a Tank, que parecía haber desconocido a Floyd y por primera vez en la vida le ladraba como si fuese un absoluto extraño. El perro hundió la cola entre las patas traseras y retrocedió, cambiando sus ladridos por un chillido lastimero que Carter jamás le había escuchado.

Carter revisó dos veces. Tres. Cuatro. Movió los cabellos crespos de Floyd en busca de la herida, como cuando separaba los altos pastizales para encontrar una codorniz. Como si hubiese bebido mercurio, algo frío se derramó en su estómago cuando se aseguró de que, esta vez, su hermano no se había lastimado a sí mismo.

4

En el patio trasero, Odette extendía ropas de cama sobre las cuerdas para secarlas al sol de la mañana, cuya luz tímida apenas comenzaba a teñir el aire. Cuando escuchó el crujido de las escaleras bajo los tacones de los zapatos de su padre, se quedó congelada, sujetando una funda de almohada por las puntas.

Halló a Sloane parado ante la puerta abierta de la casa, contemplando el árbol del solar y la patrulla, que flotaban sobre un manto de niebla rastrera. A la distancia alcanzaban a vislumbrarse las luces de los autos y camiones que viajaban por la carretera, y más lejos todavía se veían las torres de energía que cargaban pesados cables de luz hacia poblaciones y parajes distantes. Odette pasó detrás de Sloane arrastrando sus pantuflas y comenzó a prepararle el desayuno. Él la escuchó, e inhalando profundo asintió imperceptiblemente, todavía con las manos apoyadas en la cintura y los ojos fijos en el árbol en torno al cual se arremolinaba la neblina.

Estaba vestida con una bata blanca que dejaba traslucir su ropa interior. Se movía maquinal y afanosamente, poniendo el sartén sobre el fuego, sacando el tocino y la mantequilla de la nevera, quebrando huevos en el borde de un plato hondo y revolviéndolos con un tenedor. Sloane soltó un bufido de fastidio, y Odette hizo lo que pudo para revolver los huevos sin hacer tanto ruido, evitando golpear con el tenedor el fondo del plato. Cada tanto se giraba sobre su hombro y observaba a su padre, vestido en la ropa impecable que ella misma había planchado la noche anterior, con aquel cinturón de cuero brillante del que colgaban las esposas, una linterna, una pipa de gas lacrimógeno, y el revólver dentro de la reluciente cartuchera de cuero negro.

Sloane escuchó que los platos aterrizaban sobre la mesa y se giró, cabizbajo, sin hacer contacto visual con la chica. Había pasado mucho tiempo desde que la miraba a los ojos. Tomó asiento y comenzó a devorar los huevos, respirando sonoramente por la nariz y gimiendo de satisfacción. Ella lo miró. El aceite del tocino se le escurría por los labios, bajando hasta la barbilla. Las facciones naturales de su padre, la nariz recta, el rostro alargado, las cejas delgadas y los ojos azules y penetrantes se veían burdos, deformados por el placer que cada bocado le producía. Sloane llenaba su boca con huevos y pan, y antes de tragarlos los mezclaba con ambiciosos tragos de café. Cuando él levantaba la mirada, Odette clavaba los ojos en las baldosas del piso, en los velos que cubrían las ventanas y a través de los cuales el mundo se veía como un sueño empañado, o en la única fotografía enmarcada que había en la cocina, en medio de las dos ventanas y bajo un Cristo tallado en madera. Desde su lugar, recostada contra el mesón como una mucama, Odette podía ver la imagen sobre el hombro de su padre. Este único vestigio de los tiempos de gloria de Sloane era un enigma total para ella. Allí se veía irreconocible, acuclillado ante un enorme tanque de guerra en medio del desierto, en compañía de otro hombre uniformado. Odette ignoraba quién era aquel tipo que aparecía con el brazo sobre los hombros de su padre, pero no le costaba deducir que había sido él quien había escrito la pequeña nota en el borde inferior de la fotografía. Dios bendiga esta maldita guerra que nos unió, decía en letra menuda.

Sloane se puso de pie y, sobándose la panza con satisfacción, arrojó sobre el plato la servilleta sucia. Una burbuja de gas resonó en sus entrañas y luego sus mejillas se inflaron. Odette permaneció recostada contra el mesón de la cocina con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo, sujetando los bordes de la bata en sus puños. Un regalo que no quiere ser abierto. Una oleada de calor recorrió su joven cuerpo cuando escuchó aquel golpeteo sobre la mesa. Sabía lo que quería decir. Sloane había golpeado la mesa dos veces con la mano, suave pero enfáticamente. Odette caminó hacia su padre y se recostó sobre la mesa, apoyando los codos en la madera y manteniendo las piernas separadas, con las puntas de los pies descalzos y azulados en el suelo frío. Él le alzó la bata, dejando al descubierto su trasero, y le bajó las bragas resoplando como quien cumple a regañadientes con una aburrida tarea. Pellizcó la nalga derecha, y luego deslizó los dedos hacia el interior de la cálida y lampiña vulva adolescente. Entretanto, se bajó la cremallera con la mano izquierda y forcejeó con su pene erecto, que parecía rehusarse a salir de sus pantalones. Por más que introdujera sus dedos en el sexo de Odette, este permanecía seco, temeroso. Sloane reunió saliva en su boca, y dejó que un escupitajo se descolgara de sus labios. El gargajo, una mezcla de saliva blanca y restos de café, bajó como una araña hasta posarse en la punta de su pene.

Los platos sobre la mesa se sacudieron. La taza de café bailó amenazando con volcarse. El salero y el pimentero se entrechocaron, campaneando agudamente, y los cubiertos vibraron sobre los platos sucios como si la tierra hubiera comenzado a temblar. Odette, con la mejilla aplastada contra la mesa, se abandonó a los sonidos de la diminuta orquesta que Sloane Bishop dirigía, agitando la desesperada batuta dentro de su luminoso vientre.

Permaneció sobre la mesa con los párpados tan apretados que una luz incandescente florecía en el centro de su cerebro. Entretanto, escuchó que su padre se retiraba y abría la llave del lavaplatos. Luego sonó la puerta y el motor de la patrulla se encendió con un rugido iracundo. Odette abrió los ojos y vio los platos sucios, el pocillo, la servilleta manchada y los cubiertos. El semen de Sloane se deslizaba por el interior de su muslo.

5

El perro intentó seguir a Carter pero se detuvo en el rellano del primer piso. Ladraba escaleras arriba como si la vivienda estuviera en llamas y le señalara la salida a su amo. Afuera, Floyd permanecía sentado en la mecedora con su semblante inalterable y la mirada vacía clavada en los pastizales. Una contrahecha silueta roja ante el fondo blanco de la fachada, una criatura recién nacida cubierta de placenta y excremento.

La primera racha de gritos de horror resonó en el segundo piso. Los pájaros abandonaron las copas de los árboles del solar como un alma negra y los cerdos en la marranera comenzaron a chillar. El perro se calló y, con la cola entre las patas, trazó pequeños círculos en el rellano. Floyd no parpadeó. Continuó repitiendo las últimas palabras que le había oído decir a su hermano, meciendo la cabeza como si se negara a recibir un bocado de comida. Tank, con la mirada clavada en el techo, siguió el sonido de los pasos que Carter describió en el segundo piso. Se escuchó un crujido húmedo en el silencioso interior de la vivienda, el chillido de la hoja de acero al ser arrancada de la madera, el chasquido de la astilla, el carraspeo de garganta de la muerte, que había hecho una pausa en medio de dos discursos.

Carter bajó las escaleras despacio, apoyando su mano derecha en la pared, torciendo los cuadros y dejando desesperadas pinturas rupestres en el papel de colgadura. Su brazo izquierdo se descolgaba hacia atrás como si tuviese el hombro dislocado. Un golpeteo sordo y luminoso seguía sus pasos. Era el hacha de su padre, que él arrastraba por el extremo del largo y esbelto mango de madera. Al ver a Carter descender por las escaleras, Tank comenzó a ladrarle como le había ladrado a Floyd. Lo desconocía, ahora que las manchas de sangre cubrían sus manos hasta los antebrazos y dibujaban arabescos carmesíes en su camisa beige.

Cruzó el umbral, clavó el hacha ensangrentada en la baranda de madera del porche y se abalanzó sobre Floyd. Lo arrancó de la mecedora y lo arrojó en el suelo polvoriento frente a la casa. Floyd hizo muy poco por protegerse del impacto contra el piso y cayó de cara, con los brazos a los costados del cuerpo. Luego comenzó a arrastrarse lastimeramente, como un ave con las alas fracturadas. Carter desclavó el hacha de la baranda, tomó a su hermano del pelo y lo arrastró alrededor de la vivienda. Tank seguía las huellas que las puntas de los pies de Floyd dejaban en el polvo. Continuaba ladrando, pero como si supiera que el hacha en manos de Carter podía caer sobre su lomo si no se mantenía a raya, conservó una distancia prudente de cuatro o cinco metros. Sus ladridos de miedo sonaron como una denuncia en los oídos de Carter, quien no se molestó en mandarlo callar.

Detrás de la casa estaba el lugar donde Carter y Zane solían cortar leña para el horno y la chimenea. Era la vieja base de un árbol sobre la que paraban los troncos y los partían en dos con vigorosas descargas del hacha. Aquella hacha había marcado el ritmo de mañanas invernales a lo largo de años enteros, mandando volar mitades de troncos por los aires. Carter tuvo que dejar el hacha en el suelo para poner a su hermano en la posición ideal.

—¿Qué hiciste?

—La fuente de los deseos —masculló Floyd.

—¡Cállate! —irrumpió Carter—. ¿Qué hiciste? ¡Cállate cuando te hablo! ¡Respóndeme, hijo de puta!

—La fuente... la fuente de los deseos...

Acomodó a Floyd sobre el tronco de modo que pudiera decapitarlo con un solo hachazo. El cuello blanco y endeble sobre el que se solía mecer incansablemente su cabeza vacua quedó estirado sobre los anillos concéntricos del tronco, en medio de las profundas huellas que el filo del hacha había dejado en la madera a lo largo de los años. De pronto, los forcejeos y reverberaciones verbales de Floyd se detuvieron. Excepto por los movimientos involuntarios de su mano, permaneció completamente quieto sobre la base del árbol, y a Carter lo invadió la certidumbre de que su hermano sabía exactamente qué estaba a punto de suceder.

—¿Sabes lo que vi allí arriba? ¿Crees que ser un impedido de mierda te da derecho a actuar como un psicópata? ¡Habla! ¡Cállate! ¡Te voy a arrancar la puta cabeza!

Carter levantó el hacha sobre sus hombros, sujetando el mango ensangrentado con ambas manos. Y entonces vio a Floyd ahí, disminuido y vulnerable, con las rodillas en la tierra, el pecho apoyado contra el borde del tronco y las manitas de tiranosaurio agitándose en el aire. Un aura de silencio lo envolvía. Un silencio aún mayor que el que lo había envuelto durante toda su existencia.

—Oh, Dios... —Dejó caer el hacha a su espalda y se llevó las manos al rostro—. No puedo hacer esto, Dios mío... —Caminó en círculos ante la base del árbol sobre la que su hermano yacía boca abajo y se frotó la cara con las manos repetidas veces—. Esto es demasiado... —masculló con voz quebrada.

Levantó los ojos al cielo e intentó tragar saliva. De pie junto a la base del árbol, escuchando los jadeos de su hermano, permitió que los últimos ecos de horror recorrieran su cuerpo. Al cabo de unos minutos su mente se aclaró en cierta medida. Bajó la mirada y la clavó en el hacha ensangrentada que yacía en el suelo. Negó con la cabeza, apoyando las manos en su cintura, y comenzó a trazar pasos erráticos.

—Okay, okay... Trabaja con lo que tienes, Carter, sal de esto —se dijo girándose de nuevo e inclinándose sobre su hermano.

Ayudó a levantar a Floyd, quien contraía los músculos del rostro esbozando muecas dolorosas como si intentara llorar y no encontrara la manera.

—Mírame, Floyd —dijo Carter sacudiendo a su hermano por los hombros. Como de costumbre, Floyd enfrentó su rostro al de Carter, pero lo evadió con la mirada, clavando sus ojos en el cielo abismal—. No puedo matarte... —Exasperado, Carter abofeteó a su hermano y volvió a zarandearlo por los hombros. Establecer contacto visual con él rayaba en lo imposible—. ¿Entiendes eso, maldito idiota?

—Floyd no es idiota —replicó.

—Sí, sí que lo es —bufó Carter—. Oh, Dios... —Sin liberar los hombros de su hermano, se giró y miró el hacha por última vez. Con no poco esfuerzo, logró subir a Floyd en el asiento del copiloto de la vieja Ford—. Quédate aquí quieto —le ordenó clavándole el dedo índice en el pecho.

Entró a la casa y caminó apresuradamente hasta la sala. Volcó el sofá con violencia, y lo estrelló contra la pared. Algunos de los cuadros cayeron con un estruendo. Gateando ahí donde el sofá había estado, golpeó el piso de tablas con el oído a ras de suelo. Zane le había hablado de aquella reserva de dinero para que la empleara como mejor le pareciera si él llegaba a faltar. Valiéndose de sus uñas, Carter levantó la tabla y sacó una bolsa del tamaño de un ladrillo. No era ninguna millonada, pero le bastaría para ir tirando por un rato.

—Lo siento, papá... Dios... Lo siento... —masculló clavando la mirada en el techo de la sala, el suelo de la habitación de sus padres.

Arrojó la bolsa con los billetes sobre los muslos de Floyd y subió al volante. Encendió el motor. Entonces se acordó de Tank.

—Mierda... el perro...

Bajó de la camioneta y llamó a Tank a voz en grito. El perro no aparecía por ningún lugar. Volvió a la casa y recorrió el primer piso. Pasó por la cocina, la sala y la habitación de Floyd. Por último entró a su alcoba, pero no había señal del animal. Se golpeó la cabeza con el puño, como Floyd solía hacerlo en sus ataques. Respiró hondo, con los ojos cerrados y los brazos colgando a los costados. Aguzó el oído esperando escuchar al animal. Oyó que la puerta de la camioneta se cerraba bruscamente, y soltó una maldición. Al salir de la casa se encontró a Floyd acuclillado frente a Tank. El perro ya no le ladraba, pero se mostraba reacio a acercársele. Les ordenó con el mismo tono de voz que subieran a la camioneta, y ambos, perro y chico, obedecieron.

Condujo hacia la carretera principal. Por el momento no tenía ningún plan, pero sería indispensable limpiar la sangre que bañaba a su hermano para que este no pareciera precisamente lo que era. Un asesino.

—Agáchate, Floyd —ordenó Carter cuando vio que una camioneta venía por el mismo camino despavimentado, en dirección contraria—. Baja la puta cabeza.

Floyd obedeció. Ese camino sólo conducía al rancho de los Atwood. Era un callejón sin salida. La sangre comenzó a latir con violencia en las sienes de Carter.

—Creo que era la señora Blackburn... Sí... La esposa de Joe... Esa es la camioneta de Joe...

Floyd seguía escurrido en su asiento, con la cabeza estrujada contra la puerta.

—Ya puedes levantarte, Floyd. Sí... La señora Blackburn... Llevándole a mamá uno de sus putos pasteles de manzana...

Hacia las once de la noche Carter vio pasar por la ventanilla derecha una estación de servicio. Liberó el acelerador y esperó a que la camioneta se detuviera por su cuenta. Puso el freno de mano, encendió las luces de parqueo, apagó el motor y bajó de la camioneta. Abrió la puerta del copiloto, hurgó bajo el asiento y sacó un lazo. Lo ató de la cintura de Floyd al cuello de Tank. Les diría a su hermano y al perro que lo esperaran ahí. Probablemente Floyd no obedecería, pero Tank no se movería ni un centímetro.

El chico detrás del mostrador rondaba los veinte años, tenía el rostro perforado por incontables piercings y el cuello decorado con el tatuaje de un colibrí. Además, llevaba puesta una gorra de béisbol por cuyos bordes asomaba el cabello negro y lacio que le cubría los costados del rostro.

—¿Eso es todo? —preguntó.

Carter, que había puesto sobre el mostrador los dos galones de agua con los que esperaba poder limpiar a su hermano, dos camisetas de los Rangers de Texas y unas bermudas, lanzó una mirada rápida al chico, a cuya espalda había incontables cajetillas de cigarrillos y latas de tabaco de mascar. Luego paseó la mirada sobre las portadas de las revistas en el estante y la docena de gafas de sol que daban vueltas en un escaparate circular.

—Eso es todo —asintió cabizbajo, poniendo un puñado de billetes arrugados sobre el mostrador.

—¿Están todos bien? ¿Sufrieron un accidente? —preguntó el chico.

Temeroso de haber palidecido e intentando gobernar su expresión facial, Carter se giró y observó su reflejo en la ventana. Se había preocupado tanto por la sangre que cubría a su hermano que pasó por alto su propia apariencia. Al frotarse el rostro con las manos ensangrentadas había aplicado la más tétrica capa de maquillaje de guerra sobre su semblante.

6

—No se me ocurre ningún detalle aparte de lo que les dije anoche...

La señora Blackburn estaba sentada en las escaleras del porche de su casa, una vivienda de dos pisos con fachada azul y los marcos de las ventanas y puertas pintados de rojo esmaltado. Las materas que colgaban de las ventanas derramaban barbas verdes que disonaban con la vegetación reseca de los alrededores. El sheriff alcanzó a preguntarse si no serían de esas matas de plástico que vendían en Lowe’s.

—Esto es un proceso rutinario —dijo Bishop, acuclillado ante la mujer—. Anoche usted se encontraba en shock. Necesito que repasemos todo paso a paso, desde el principio.

Evelyn Blackburn levantó la mirada y se vio reflejada en los lentes oscuros del sheriff. Ahí estaba, envuelta en una bata rosada, con las mejillas acartonadas por la sal de las lágrimas y las arrugas del rostro profundizadas por una larga noche de llanto. Tenía el pelo gris desordenado, como si hubiera intentado arrancarse las canas en un ataque de desesperación. El sheriff Bishop, en cambio, era la viva imagen de la compostura. En su rostro no se movía un nervio, pese a que gruesas gotas de sudor comenzaban a deslizarse por su frente. Evelyn no pudo evitar sorprenderse del brillo de los zapatos del sheriff. Era como si el polvo del suelo temiera ensuciarlos. Parecían, como los lentes en su rostro, espejos.

—Fui a ver cómo estaba Audrey. La última vez que la vi la enfermedad la tenía bastante mal. —Evelyn levantó el rostro al cielo y respiró hondo para contener un nuevo ataque de llanto—. Solíamos sentarnos a conversar... Yo le llevaba manzanas a Floyd y conversaba con Audrey... Dios...

—¿Floyd, el tarado? —preguntó Bishop.

—No es tarado —replicó ella fulminándolo con la mirada, aunque el rostro del sheriff permaneció inexpresivo y Evelyn se vio enfrentada al reflejo de su propia mueca de desprecio en los lentes oscuros—. Es autista... Hay una diferencia, ¿sabe?

—Usted dijo que se cruzó con un vehículo en su camino al rancho de los Atwood.

—Sí. El sol ya había caído y ambos teníamos las luces encendidas, así que no pude ver quién iba adentro...

—¿Qué pasó después?

—Estacioné frente a la casa y me bajé de la camioneta.

—En ese momento, ¿dónde estaba Joe?

—¿Mi esposo?

—Su esposo, Joe Blackburn.

—Camino del trabajo a casa, me imagino.

—O sea que usted no fue acompañada por nadie.

—Eso dije ayer. Fui sola. ¿Acaso ustedes no registran nada de lo que uno les dice? —esputó Evelyn, quien comenzaba a sentir que el sheriff sospechaba de ella.

—¿Qué hizo al llegar a la casa?

—Me extrañó mucho que las luces estuvieran apagadas. Eso me pareció rarísimo.

—¿No pensó que tal vez en el auto con que se cruzó viajaba la familia Atwood? Eso habría explicado que las luces de la casa estuvieran apagadas.

—¿Audrey en un auto? Para asumir algo así habría que ignorar el estado en que la enfermedad la tenía. A duras penas podía pararse de la cama a preparar el almuerzo... Yo le dije mil veces que consiguiera a alguien que les cocinara. Tenían el dinero para hacerlo... Zane y Carter también se lo sugirieron en más de una ocasión.

—Carter... —masculló Bishop entre dientes, con desprecio.

—Jamás asumí que la familia entera hubiera abandonado la casa. Pensé, sí, que se habían quedado sin luz. Suele pasar por estos lares. Así que me paré frente a la casa y llamé a Zane. Luego entreabrí la puerta y grité el nombre de Audrey. Al no recibir respuesta me asomé al interior. Moví el interruptor de la luz y me sorprendí cuando los bombillos se encendieron. Fue entonces que noté algo raro en la sala. El sofá volcado, y una tabla del suelo levantada. Se me heló la sangre. Pensé que habían sido víctimas de un robo y temí que el ladrón aún estuviera adentro. Pero entré. Pensé en Audrey, toda vulnerable postrada en su cama, y entré.

—¿Qué vio?

—En el momento no fue lo que vi, sino lo que oí.

—¿Qué oyó?

—Un silencio que jamás había oído. No sonaban ni los grillos. Fue como si me hubiese quedado sorda.

—Oyó el silencio, entonces —soltó Bishop en tono de burla.

—Exacto, señor, oí el silencio. Y cuando subí las escaleras no recuerdo haber escuchado el sonido de mis propios pasos. Al asomarme al interior de la habitación de Audrey, y oler la carne fresca... usted no sabe lo que es eso... ese olor saturado a carne viva... muerta... carne viva muerta...

—¿Qué fue lo primero que vio al entrar a la habitación?

—Nada. Porque la luz estaba apagada. Olí la carne y la sangre, escuché el zumbido ensordecedor de las moscas y temí lo peor...

—Y luego encendió la luz.