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CUENTOS COMPLETOS

Jorge Asís

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Fragmento

EL SONDEO DE BUSICO

La encuesta de Busico-­Chiaradía y Asociados me indica que soy un indeseable.

Me cuesta asumir una evaluación tan matemáticamente deprimente. Y me sugiere de manera explícita que soy un irresponsable si insisto con mi candidatura al artificio de Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Porque la postulación carece de consistencia real. En todo caso los números de Busico me indican que será una candidatura de cartón pintado, de afiches inconvincentes en la pared, y —lo más grave— tendré que gastar de la mía porque nadie va a poner.

De manera que —según Busico y Chiaradía— debería en adelante atenuar mis ambiciones políticas. O en todo caso arriesgarme a pasar un histórico papelón electoral que mi elaborada egolatría me impide digerir.

Intuyo entonces que se impone una profunda reconsideración de mis imposturas. Que incluye un replanteo sobre mi estrategia mediática a mediano plazo. Debo modificar mis tácticas recursivas, sustentadas en general en el innoble abuso de las ironías que impregnan un discurso ameno pero que me conduce a la derrota del fracaso.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Sin embargo, brotan mayores humillaciones. Porque la despreciable medición de Busico y sus inescrupulosos Asociados coloca en situación límite la filosofía de mi existencia.

Porque es imperdonablemente calamitoso que un arrogante como el Suscripto se resigne a aceptar que cuenta apenas con un 7 por ciento de imagen positiva.

Sólo 7 de cada 100. ¿Cómo puede la sociedad ser tan ingratamente mezquina con uno de sus referentes más representativos? O sea, sin ir más lejos, yo. Es muy poco estimulante saber que la humanidad, en bloque, me defraudó.

¿Acaso —me pregunto—, todo lo hice mal? ¿Tanto pude haberme equivocado en mis peripecias políticas? Pago entonces las facturas de mis posiciones burlonas. Debí presentarme más como un hombre serio, con un discurso más consensual y esas giladas.

Por lo tanto sospecho que un estadista potencial de mis características tiene que abandonar para siempre la pretensión de ser candidato. Y dedicarme, con perspectivas más optimistas, a los habituales monólogos de café. A mi desperdiciada condición de opinador de ramos generales. Y a amenizar las innumerables emisiones de cable del canal PyE, por Cablevisión al fondo y en un recodo sombrío y fronterizo entre el Once y Almagro, donde —lo más irritante— deberé toparme a menudo con Busico, el asesino serial que me sacó con su aritmética del escenario.

Con su sondeo Busico me reventó. Se trata de un humillante bofetón en el rostro proverbial de mi autoestima. Una incitación para retornar al psicoanálisis perpetuo, del que nunca debí haber salido. Una tentación para entregarme a la sabiduría técnica de un asesor de imagen. Aun que, en todo caso, podré recurrir también al propio Busico, quien acaso planificó con perversión mi desmoronamiento moral para ser después indispensablemente contratado por mí. Aunque abundan los sociólogos desocupados, infinidad de aventureros que podrían intentar el mejora miento de mis números. Seres que justamente nunca vacilan a la hora de presentar un presupuesto.

Téngase en cuenta que —según el demoledor estudio de Busico—, mantengo un 30 por ciento de imagen negativa.

Lo cual significa que, de cada 10 argentinos que circulan por la calle, hay 3 cretinos que consideran que soy una mala persona. O probablemente un incapaz. Son resentidos que me detestan.

Sin embargo, lo más patéticamente ofensivo de la medición indica que el 53 por ciento de esta población de desinformados sostiene que no me conoce. Debo suponer entonces que se trata de una manga de indiferentes que en realidad mienten que no me conocen. Porque no puedo aceptar que me desconozcan o no me registren. Prefiero que digan que soy un hijo de puta a que me ignoren.

Si es verdad, implica por lo tanto que debo reconocer que el 53 por ciento de los encuestados no sabe quién demonios soy. Y con todo el alboroto que armé en esta ciudad de envidiosos me cuesta espantosamente resignar me a creer que más de la mitad ni siquiera sabe que existo.

O que no le importe si existo o no.

Para colmo, el informe frío de Busico y Chiaradía también me señala junto a sus asociados que aparece un 10 por ciento de ciudadanos que prefirieron no contestar la requisitoria. De los tibios que se amparan en el rubro tradicional del “no sabe/no contesta". Un conjunto inapelable de distraídos eternos a los que prefiero, de puro orgulloso y obstinado, sumarlos al bando de los mentirosos que dicen que no me conocen.

En adelante, deberé constatar entonces que me ignora el 63 por ciento de los porteños. Para ser más gráfico, de cada 100 desgraciados que circulan por esta ciudad cuyo destino aspiré a dirigir hacia un destino de superación, hay 63 tipos que no saben quién carajo soy. Y el 30 por ciento de los porteños se encuentran en perfectas condiciones para descalificarme. Y sólo el 7 por ciento —constituido seguramente por los más inteligentes que superan la media— considera que puedo ser aún un tipo rescatable. Un político capacitado en el que pueden confiar, o que les cae bien, en definitiva, lo que de ningún modo significa tampoco que se sientan en condiciones de votarme.

En todo caso resulta igualmente espeluznante porque, si pudieran conocerme los 63 que no tienen la menor idea de quién carajo soy, lógicamente mantendrían la misma tendencia valorativa de los que me conocen con respecto a los atributos de mi persona.

En primer lugar, e invariablemente, para rechazarme es preciso previamente conocerme.

Por consiguiente del 30 por ciento de los 63 que no me conocen, puedo inferir que después de conocerme también llegarían a detestarme. Significa entonces que mi alarmante cifra de rechazos —sumados a los 30 desgraciados que me detestan de movida— alcanzaría aproximadamente las 49 personas de cada 100. Entonces perdí.

Mientras que, sólo el 7 por ciento de aquellos emblemáticos 63 que no me conocen, caerían seducidos por los destellos de mi carismática personalidad.

Aunque de ningún modo podría alcanzarme para calmar mi depresión. Porque —sumados a los 7 adoradores iniciales y visionarios lúcidos no serían nunca más de 11 personas las que me aprobarían de cada 100.

Por lo tanto estoy condenado. Llego a la precipitada conclusión de que es preferible entonces que no me conozcan. Sin embargo, mi actualidad es más alarmante aún, porque de 100 tipos tengo 49 en contra que son absolutamente irrecuperables. Y cuento apenas con 11 visionarios a favor. Me quedan para tratar de convencer hacia mi causa unas 39 personas de cada 100, quienes alternarían, a mi criterio, entre las 49 repugnantes que no me soportan y las 11 de hierro que me sostienen.

Progresivamente, por más que redoble las artimañas de mi ingeniosidad jamás me alcanzaría para superar las 15 adhesiones de cada cien. Con lo cual tendría que declinar mi apetencia para el artificio de Jefe de Gobierno y conformarme, apenas, con una banca de diputado de la ciudad, como se denomina ahora a los concejales.

Eso siempre y cuando figure en el primer lugar de la lista. Para lo cual habrá que configurar las bases de un flamante partido unipersonal. Una estructura monopartidaria como las que proliferan en el país de la fragmentación interminable, de los que prepara en cantidad mi amigo Valen zuela, que siempre fotocopia los mismos miles de fichas que suele colocar a disposición por un precio razonable.

Otra alternativa atendible consistiría en salir a alquilar cualquiera de los innumerables partiditos de material plástico que se ofrecen aún a precios casi accesibles. Con un poco de efectivo y un piadoso segundo lugar en la lista de concejales. O tal vez incluso podría resultarme más barato si cedo el tercer espacio para alguna novia que aspire a la figuración de proyectarse.

Lo cierto es que Busico y sus impresentables asociados me cagaron. Derrumbaron tal vez para siempre mis ambiciones políticas de liderazgo. Pero de ningún modo estoy dispuesto a convertirme en otro político del montón de los que se amontonan en las emisiones de cable.

Con sus números arbitrarios y probablemente dibujados, Busico y Chiaradía lograron quebrantar un proyecto político superador, que hubiera conducido a la Argentina hacia un destino de potencia. Consiguieron finalmente los cretinos de Busico y Chiaradía lo que no pudo conseguir mi caravana interminable de impugnadores. Mis entrañables adversarios que fueron —puedo apostarlo— los que financiaron la encuesta.

Es decir, Busico y Chiaradía consiguieron mi capitulación moral. Y que piense en largar la política para siempre y refugiarme de nuevo en el recodo tibio de la literatura. Donde tampoco, cabe consignarlo, me va para nada bien, aunque pueda sobrevivir en el espacio incómodo del intelectual burlón y maldito que se ríe de sus contemporáneos y se entrega a las delicias de la sublime transgresión. Ocurre que el universo literario registra hacia mí un insólito consenso, ya que —aunque no tenga los números actualizados de Busico— todos prefieren que persista para siempre en la política.

Como Lenin, me pregunto, qué hacer.

En lo inmediato —decido— me dedicaré exclusivamente a perfeccionar el tantrismo.

Asís, Jorge

Cuentos completos. - 1a ed. - Buenos Aires : Sudamericana, 2013

(Narrativas)

EBook.

ISBN 978-950-07-4123-1

1. Narrativa Argentina. I. Título

CDD A863

Edición en formato digital: marzo de 2013

© 2013, Random House Mondadori, S.A.

Humberto I 555, Buenos Aires.

Diseño de cubierta: Random House Mondadori, S.A.

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ISBN 978-950-07-4123-1

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Sellos RHM

Sobre todo un acto de sinceramiento literario legitima la aceptación de publicar estos Cuentos completos. Implica asumir, desde la estética, un periplo considerable de treinta y cinco años de literatura. Que son, en realidad, cuarenta.

Sin ambiciones módicas, el itinerario representa una suerte de epopeya personal. La ilustración literaria de una vocación definitoria, que se inicia a mediados de la década, justamente mitificada, del ’60. Que disto conscientemente de evocar, desde la impunidad de un prólogo, con los arrebatos, previsiblemente pautados, de la nostalgia.

Prefiero, en cambio, inclinarme por intentar la unificación de diversas instancias escenográficas. Las que tuvieron cierta lícita influencia entre los altibajos del oficio.

Trátase entonces de un oficio que me produjo el reconocimiento del premio mayor, el de los lectores. Y las sistemáticas negaciones con las que, en el fondo, convivo. Sin grandes esfuerzos por no agrietarme.

Cuentos completos representa, asimismo, la emblematización de un viaje.

Desde la intuición implícita en aquella potencia expresiva, con las casi conmovedoras ganas de contar que de alguna manera se mantienen, hasta las manías aproximativas del experimentado narrador de hoy.

Un viaje desde aquella estruendosa Remington con cintas litigiosas, hasta la dimensión silenciosa de la notebook. O, lo que es lo mismo, un viaje de permanente ida, desde aquellos iniciales cuentos de La manifestación, oportunamente editados por don Boris Spivacow en 1971, hasta los cuentos que pueden leerse con sólo acceder, en la web, a mi portal.

Al releer las últimas pruebas de imprenta, puedo atreverme a evocar, con franca distancia especulativa, que cuando escribí, por ejemplo, “Minga”, en 1968, era vendedor domiciliario de retratos al óleo. Que cuando escribí “La romana”, en el ’79, en pleno Proceso militar, era un altivo periodista de Clarín. Que cuando compuse “Nobleza a la carta”, en 1993, trataba de definir mi difusa identidad como embajador en París. Y que ahora, mientras escribo cotidianamente, en mi web, me defino como un monotributista. Una especie de empresario unipersonal de la comunicación. Un profesional, como siempre, de la artesanía de la palabra.

Cuentos completos, en definitiva, se postula como el testimonio, convertido en objeto, de una trayectoria que aún se anima, a pesar de la caravana de obstáculos, a apostar por la persistencia, sin diluirse entre los rigores del probable objetivo del olvido. Significa la aventura literaria de un recorrido con explicables cambios de intensidad. Que ayudaron a gestar los equívocos, la diversidad de pliegues, la intercalación de juegos, de trampas e imposturas del personaje que, lo sé, soy. Convertido, en el fondo, en la máxima adversidad para la valoración objetiva de mi obra.

Para terminar la irritación de la autorreferencia, Cuentos completos se impone como el emblema del desfile de los distintos escenarios, perfectamente mitificables, del imaginario personal. Desfila entonces aquel joven desesperadamente pícaro que suponía ser de izquierda y golpeaba puertas. Y aquel treintañero escéptico que solía teclear las crónicas de Oberdán Rocamora a cambio de un sueldo. Y aquel diplomático precipitado que pude ser en la frontera de los cincuenta años.

Entre las imposturas escenográficas de semejantes instancias sólo persiste el hilo conductor de un instrumento común, el del lenguaje. La asunción de la palabra como distrito. Y como destino. Inexorable para interpretar. Interesante, al menos, para describir.

Aún no pienso cesar. Por lo tanto, estos Cuentos completos plantean también una imposibilidad. Porque, en cuanto se publiquen, dejarán de serlo. Completos, digo, precisamente. Intuyo que queda bastante aún para completar.

LA MANIFESTACIÓN

I

Había que ir, qué bien, claro que tenemos que ir, Daniel, no falles, lo habían comunicado el jueves, ayer, hay que ir obligatoriamente, Daniel, en serio, a no esquivar el bulto, y lo único que en realidad sabían era que la cosa iba a ser en el centro. Venite, Daniel. Por qué había que ir, se preguntaba Rodolfo, dudaba, no tenía razones suficientes, si con lo del sábado no arreglaremos nada, Daniel, Buenos Aires no es Córdoba. Pensaba que era absurdo, un riesgo inútil, es al cohete, Daniel, y si caemos por eso es una ridiculez, no vale la pena, no tiene sentido, contrasentido. Pero eso no se lo dijo a Daniel, lo que le dijo fue: A no fallar, a no arrugarse, la cosa se pone buena. Daniel con el último informe, la crisis, turco, la olla salta, Levingston lo quiere destituir a Lanusse, mar de fondo, por lo de Córdoba, sabés, después te explico, venite a las reuniones y dejate de joder, no te hagas el exquisito. Pero nunca te dije lo que pensaba, lo que me machacaba, Daniel, judío errante, local, bonachón, nunca te dije que me daba muchas vueltas la cosa, que Rodolfo se cuestionaba diariamente y se le distorsionaban los caminos, que a veces llegaba a la conclusión de que no la iban a hacer más, ni en tres siglos, ni por cansancio, así Daniel hace añazos que andamos, yo no tengo tanta paciencia, me parece que la cosa tiene que ser más efectiva, más directa, me despeloto, Daniel, cuando me parece eso ni sé cómo me llamo, me doy bronca, Daniel. Pero no pudo, nunca se animó; siempre quiso decírselo a alguien para dejar de decírselo toda su muerte. Puntual, Daniel, a no faltar, a las siete en el Ramos, vas a debutar en una, la primera vez que estarás presente en algo. No sé, Daniel, no sé, no sé si soy revolucionario, no soy revolucionario, claro que lo soy. Qué sé yo, debe de ser todo, debe de ser este ambiente intelectual con pinzas de mierda, debe de ser este aire podrido que estoy respirando, debés de ser vos, soviético zonzo, bárbaro, tragamonedas. Pero mañana tenés que ir, Daniel, no seas cagueta, vení y debutá, mirá que la movilización es general, Daniel, es absurdo, si vamos en cana no nos saca ni la liga ni Dios. Che, siete en el Ramos, sí, vienen todos, avisale a la gorda, Daniel, está de más, yo estoy viviendo de yapa, yo no creo que aguante hasta la edad del Rolo Ghioldi, ni hasta la edad de quien no nació, siento que la revolución se me está escapando, atámela, se va, solita, es el ambiente, Daniel, no otra cosa. Pena de muerte ahora, macho, a cuidarse, ya no es sólo la diecisietecuatrocientosuno; además estoy cansado de que me carguen como yo te cargo a vos, contrarrevolucionario, soviético obediente, gil, es una etapa necesaria la tuya, todos empezamos ahí, después progresamos, todavía sos rescatable, pero cómo voy a contarte lo que me pasa a vos, Daniel, a vos que sos enepé caminando, cómo me gustaría imitarte, león, sabés, perdoname, yo sé que te jodo, nada tenés que perdonarme, que te subestimo, que no te tomo en serio. Aparentemente, Daniel. Si llegás a fallar mañana no te saludo más, que por favor no pase como en la de Martins que fallaste, sin excusas. Siempre repito lo que te escucho decir a vos, Daniel, utilizo tus gestos, tus palabras, tu misma cara de estúpido. Daniel, se remos los primeros que haremos algo en Buenos Aires en apoyo de Córdoba. Ni los troskos, ni los chinos, ni la fracción, ni los peronistas, nosotros, Daniel. Qué sería vivir en Córdoba, allí sí que es otra cosa, conciencia revolucionaria, no se canta, no se aplauden discursos, no se guitarrea tanto, están en otra, Daniel, una mano más brava, pesada, a ver contame, argumentá, arriba enepé, que después voy a contarlo en otro lado, pero permitime sobrarte mientras hablás, pero mi admiración no la vas a saber nunca, te digo comprador de buzones y afines, te digo panfletario, sectario, dogmático, ortodoxo, pero cómo me gustaría hablar con tu seguridad, fumar con tu seguridad, contame, venga, venga.

Y Daniel le dijo que la CGT no está entregada como en Buenos Aires, que la clase obrera está mucho más politizada, que los estudiantes, que allá el doparti está trabajando bien, muy bien. Pero no me hagás reír, fanático, cómico, vas a decir que allá tenemos la manija nosotros, no seas religioso. Sé que te enojás, Daniel, se te hinchan las venas como para es caparte, te gustaría pegarme, qué bien me vendría una trompada, pegámela, dale, estoy esperándola, qué te cuesta. Che, qué sectario que sos, qué traba, decí la verdad, admitilo, en Córdoba cazaron la manija los peronistas en serio, dejate de joder.

—No, turco, no, ni lo vivaban a Perón, es más, ni se hablaba de Perón, fue otra cosa, otra cosa, el fotógrafo de Propósitos me... No me hagas reír que ando paspado, Daniel, no seas cómico (las venas, la bronca, Daniel), decime que también tiene la manija el Encuentro de los Argentinos así te grabo, lo escribo, y después lo hago publicar por Marcucci como libro de humor (las venas, Daniel, se te escapan, pega me una piña, dale). Bueno, está bien, viejo, me convenciste, no lo conocen a Perón en Córdoba, lo confunden con un cantante de tangos, con un centroforward. Mañana digo lo que me dijiste vos, gracias, nunca te lo voy a agradecer, sabés, los ultras me preguntan lo mismo que yo voy a preguntarte ahora, esto, Daniel:

—¿Te permite coger el último informe?

(Las venas, Daniel, mi sonrisa, Daniel, tu jeta, mi carcajada.) Mañana antes de las siete ya estoy en el Ramos, puntuales, eh, se pondrá buena la cosa. De repente fue el chau, turco, de Daniel, el chau pensativo de Daniel que más tarde Rodolfo recordaba en la cama, solo, con los ojos desesperadamente abiertos, adivinando el dibujo de los muebles en la oscuridad, muy solo, Daniel, lo de mañana es al cohete Daniel, debutarás en una manifestación, Daniel. ¿Será una manifestación? Pensaba en ese mañana, en la noche de ese mañana, preguntándose qué iban a hacer, si gritarían, si volantearían, si tirarían molotovs, piedras, si morirían, si…

II

Pero no se dormía.

No soy revolucionario, Daniel, sería un caradura si pretendiera ser lo, lo único que tengo son algunas causas y tan comunes, soy revolucionario, Daniel, quiero serlo más todavía, ya no sé si me importa tanto la revolución, no creo que me importe, claro que me importa mucho, Daniel, es ante todo un estado, nuestra manera de vivir, de yapa, Daniel. Mañana voy a ir a la noche, vos sabés que voy a ir. Qué será, relámpagos, manifestación, la cosa está muy jodida, hay Neptunos, perros, canas, en todas las baldosas del centro. Cuánta cana, Daniel, la puta que te parió, compañeros, la puta madre que los parió, tengo ganas de largar todo al demonio. No se dormía, no se durmió en toda la noche, sentía escalofríos, sabía a qué atribuirlos pero no los quería admitir, primero no los quise admitir, ahora sí. Lo rodeaba el escalo frío, se apoderaba de su cuerpo precipitadamente, lo hacía dar vueltas y vueltas y la cabeza debajo de la almo hada, se tapaba y des, se moría por cinco minutos, peleaba con tres policías a la vez, resucitaba definiéndose revolucionario. Se pensaba corriendo, con volantes bajo el brazo, se pensaba encerrado, fajado, con unas manos heladas en los testículos, apretándoselos, se pensaba con una picana, en un tubo, pero no iba a cantar, aunque lo matasen no iba a cantar. Se imaginaba actos, manifiestos pidiendo su libertad, su cuerpo, se daba vuelta otra vez y otra y otras más diciéndose que tenía que sentar cabeza de una buena vez, que tenía que dedicarse a hacer mucha guita como sus parientes, a dejarse de joder y laburar más, que debía dejar la revolución para los otros. Siempre deben existir otros, Daniel, existen otros, con claridad y huevos, ya sé lo que me decís, deber histórico, también lo digo, optimismo histórico, como dice el poema de Tuñón, claro, Tuñón, también lo digo, pero el fato no es como lo digo. Mañana tal vez iremos en cana, debutarás y en cana, no vamos a hacer la brava con eso, ni se darán cuenta, ni saldremos en los diarios a lo mejor, ni cinco de pelota, Daniel, aunque mañana seamos veintemil tipos no saldremos ni en sociales, aunque nos amasijen o nos hagan desaparecer como a Martins, o Vallese, aunque te maten a vos y ojalá te maten carajo así no escucho más tus informes de memoria, qué te creés, y me creo, y que nunca fallan, como si Lanusse fuera del Comité, siempre exactos, siempre en la tecla, pero me joden, Daniel, me joden alentándome al mismo tiempo.

Mañana mañana. Entonces se daba vuelta de nuevo llevándose con sigo las frazadas, desordenando definitivamente la cama, viéndose en cerrado, agarrado de ciertos barrotes, sin comer, fajado, torturado, arrepentido, gritándose soy un imbécil, quién me manda. No soy revolucionario, Daniel. La noche se empecinaba en caminar más despacio todavía; a través de la oscuridad Rodolfo adivinaba el picaporte de la puerta del ropero, la puerta semiabierta de la pieza le permitía imaginar, ver también, increíblemente desde la cama podía ver el retrato del Che, el de Lenin junto a los obreros, el retrato de ella, ese sí que no quería imaginarlo ni estudiar lo desde la cama. Entonces se levantó, lo miró, lo tocó. De inmediato tomó agua; miró el reloj: las tres y cuarto de la mañana, Daniel. A la cama, Daniel, mañana, león, siete en el Ramos, seguro. Nuevamente a darse vuelta a cada rato, a sentirse enfermo, a enfermarse, Daniel, es cierto, nunca lo creerías pero me quiero enfermar, sabés, me duele la cabeza, estoy mareado, me duele el estómago y la revolución, ni te imaginás cuánto me duele. Te voy a dar el último informe recién sacado, fresco: mañana no voy a ir al Ramos, entendiste, me cago en vos, en el doparti y en la revolución, si querés pedime la expulsión, por favor, pedila. Pero bien sabés que yo mañana voy a estar, hecho un tiro, claro que estaré, Daniel, tengo la subversión en la garganta, en las ganas, viste, hasta en la cama y cagado sigo siendo un mal poeta. Reíte, dale, soviético credulón, comprador, ingenuo, burgués con inquietudes sociales, derechista de avanzada. Seguía dándo se vuelta y en una vuelta afortunada descubrió sospechas de sol en la ventana, se sintió tranquilo e intranquilo, cansado, mareado: decidió no ir a trabajar. No tengo ganas de ir a vender, sé que esta mañana no podré vender ni un solo diente. Estoy enfermo, Daniel. Prepararse el café, comprar el diario, volver; en este diario tal vez mañana saldrá lo que haremos esta noche. Dirá: fueron muertos dos agitadores bolches, Daniel Cojonacebeg y Rodolfo Huevonud, este último de ascendencia insospechadamente árabe. Se rió solo, miró los retratos, entonces se sintió un poco más solo todavía, se miró los zapatos y otro poquitito más, el Che encendiendo permanentemente su habano, Lenin de perfil señalando el baño. También en la pared: ella. Daniel, ella. Con el pelo negro, suelto, para un costado, para la izquierda, Daniel, tan sectaria, dogmática, soviética buena como vos, hermano. Miró en sus labios cómo se dibujaba la palabra ultra, la palabra CIA, la palabra cana, la palabra ficha, las palabras levantar un curso, la palabra boicot, la palabra encuentro, la palabra amor. Después se puso a copiar un cuento pero de inmediato comenzó a escribir cualquier cosa, escribió palabras concretamente sin sentido, escribió la pared negra del bosque y la nariz de Porto conducen a las teclas, al silencio inmortal de los que sufren y fornican sabiendo que dos y dos son cinco y que la luna tiene mortadelas para los jodones. Se rió el turco, Daniel, estoy riéndome como un perfecto bobo, estoy riéndome de mí y de la historia. Enseguida salió a caminar por la Plaza del Once, el turco, Daniel yo camino por la plaza con el objetivo de levantarme una negra. Persiguió a una sirvienta durante tres cuadras aproximadamente, sin disimular, hasta que se la levantó. Es un cuco, Daniel. Quedó en verla esa noche y todo, sabiendo que no podía ir, que tenía que presenciar el debut de Daniel. Puntual eh, no seas cagueta, a las siete, tu debut teatral. Caminó una cuadra con la sierva, nada menos que por Azcuénaga, él quería tomarla de la mano, los dientes picados, Daniel, jugosos, marrones, el vestido sucio, grasa, arrugado, con manchas de grasa, los zapatos con un zócalo de barro, Daniel, pero tiene unas tetas impresionantes parecen dos pomelos de Dolores. Le dio un beso en la mejilla al despedirla, tiene olor a negro, Daniel, a cabecita, a argentino, a pueblo, Daniel, ella tiene olor a pueblo, te da bronca, ¿no?, a mí no, a mí sí que me da muchísima bronca, no puedo negártelo, tienen olor las siervas, viste, ¿la muchacha de tu casa no tiene?, las muchachas de casi todos nuestros amigos intelectuales tienen olor. Después del beso en la mejilla se fue, me voy. Lo primero que hizo apenas llegó a su pieza fue ir al baño a lavarse los dientes, a lavarse un poco la subversión, me duele la cabeza, estoy mareado, la garganta, tengo sueño, Daniel, nada de hambre. Pensaba en la noche y en Daniel, sentía como ganas de orinar, de irse, tenía arcadas, se miraba seguido en el espejo pero no podía convencerse de que esa cara era la de él.

¿Será, Daniel?

III

Ni tres minutos puedo aguantar en la cama, Daniel. Salió de nuevo de la pieza y en el primer teléfono público que encontró trató de llamar la a ella. Por supuesto, Daniel, no está. Ella no estaba ni enferma ni muerta ni loca ni en estado de coma siquiera, está en la facultad, Daniel, está tal vez sentada en el boliche de al lado de la facultad sabés con quién, con el Todopaja, ella tiene que estar planeando lo de esta noche con el famoso Todopaja Garchanunca, el anteojudo con granos, el choclito, baboso, desprolijo, imbécil, compañero, buen muchacho para colmo, auténtico, feo, cabezón, por si fuera poco un gran militante, Daniel, obediente y disciplina do como vos, corajudo como Abel, miedoso como yo seguramente. Ella planeando controles, poniéndose de acuerdo con el Todopaja Garchanunca. Pero es sábado, Daniel, estoy enfermo, con las tres de la tarde encima, con ganas de verla, yo solo, macho, comprendé, que la revolución permita un feriado. Caminó dos cuadras y diez también hasta que encontró otro teléfono. Tiene que haber regresado, Daniel. Llamó. Me dice la reguacha decadente chatarrosa burguesa llena de jejenes de pulgas de caca de años de soledad de estupidez, la cucaracha de la madre, pero no la de Gorki, ojalá, la mami de ella:

—Silvia llamó y me avisó que si llamaba usted la llamara más tarde.

Más tarde, Daniel, la revolución la vamos a hacer más tarde, cuando coordinemos la lucha, cuando el Encuentro efectivice sus fuerzas, cuando Dios se pegue un tiro en las bolas, cuando la ultra se deje de romper y se prenda, cuando Perón se haga homosexual, cuando Perón se enamore de la Larrauri, cuando vos te avivés, cuando el Rolo Ghioldi y la Pasionaria se casen por iglesia, cuando se mueran Manrique y Vasena y Monseñor Plaza no fife más, cuando el Todopaja se levante una mina, cuando esterilicemos a todos los militares, cuan do los nietos de Cáceres Monié y de López Aufranc vivan el sitracsitram o juren con Porto, cuando… Es lo único en que me falta fracasar, si tengo que fracasar fracasemos pronto, Daniel, pero ya sé, ya sé, no están dadas las condiciones, ya sé, el enemigo es muy hábil, ya sé, ahora nos combaten no sólo des de la derecha sino que también desde la izquierda.

—Mirá Chile.

Sí, Daniel, miro Chile.

—Sabés cuánto hace que se está luchando por la Unidad Popular, sabés cuántas elecciones perdió Allende.

Sí, Daniel, yo sé que no fue fácil la cosa para el Chicho, sabés una cosa, la culpa debe de tenerla mi viejo por no ser chileno, mi vieja también, pero tenés que entenderme, soviético zonzo, émulo del Todopaja. Luego llamó por teléfono a su madre sin saber para qué. Mientras marcaba se le ocurrió invitarse a almorzar el domingo, mañana, Daniel, si no pasa nada con tu debut, si no caemos en gayola. Se le ocurrió también prometerle a su madre que iba a llevarla a Silvia, para presentársela a la abuela y al perro y a doña Emilia y a la Chola, a la complejidad del vecindario.

—Hola, mamá.

Su madre le contestó:

—Fito, qué milagro, te acordaste.

—No jodas, mamá, porque corto, cómo anda la abuela.

—Bien.

Cómo te parece, Daniel, que puede andar la abuela, qué puede pasarle, anda siempre bien. Somos nosotros, Daniel.

—¿Alguna novedad, vieja?

—Se murió el padre de Susy.

—Me alegro, que guarden el muerto en la heladera, así mañana puedo ir a verlo.

—Qué malo que sos.

Malísimo, Daniel; un perro soy.

—Mañana al mediodía, quién sabe, voy con Silvia.

—Qué suerte, qué lindo, vas a venir con mi yernita.

Qué ganas de decirle, Daniel: no seas pelotuda, viejita, esta noche a lo mejor me van a cagar a tiros y vos pensando en los canelones para tu yernita. Tu yernita militante, mamá, tu yernita con los ovarios bien pues tos, combatiente, mamá, milita con el Todopaja, sabés, recio personaje varonil, mezcla de héroe con modelo de carnaval, hoy tu yernita va a jugar se los canelones de mañana, con salsa bien blanca y todo, ¿sabés por qué? por una movilización general del club social y clandestino partido comunista, hágase socio sin cuota de ingreso, milite ahora, pague después.

Sí, mamá, casi seguro que iremos.

Él ya suponía a su madre dándole un beso y otro y después otro a Silvia, en la mejilla, la imaginaba apretándole las manos a Silvia, diciéndole “cuidado, es medio loco pero bueno". También imaginaba a las dos paseando por el barrio, saludando a doña Elvira, a don Sebastián, imaginaba a las dos regresando, revolviendo fotos viejas, de cuando él era chiquito, del casamiento de su madre, del velorio del abuelo, la fotografía del abuelo muy muerto, la fotografía de él desnudito con el ojetito al aire, imaginaba a su madre diciéndole sinvergüenza porque decía un chiste verde, diciéndole a Silvia que cuando era chico era intolerable, que una vez se fue de casa, que tardó dos días en regresar, que se violó un renguito a los doce años, que fue preso por jugar a la pelota en la calle, que salía con mujeres más grandes, hasta con casadas, imaginaba a Silvia siguiéndole la corriente, disimulan do el aburrimiento, pensando qué ganas de perder el tiempo, Silvia diciéndole tu mamá es buenísima, Rodolfo, imaginaba a su madre ya hinchándolos diciendo este crío me hizo salir canas verdes y violetas y rojas, imaginaba a Silvia diciéndole: no se preocupe señora que yo lo voy a cambiar.

Daniel.

Imaginaba yo se lo voy a cuidar, doña, en el fondo es bueno. Cuidalo, hijita. Daniel. Es bueno. Cuidalo. Daniel. Es…

—Sí mamá, hasta mañana.

Ya son las cuatro de la tarde, Daniel, faltan tres horas para tu debut. La cabeza se le escapaba a Rodolfo, le giraba como un dado, como una marioneta, como una cabeza, el estómago casi lo doblaba, se quería enfermar, en realidad se sentía mal, padecía de una afección al reloj, preguntaba la hora a todo el que veía con un reloj, sólo por preguntarla. A eso de las cuatro y veinte entró al bar de Rivadavia y Urquiza para llamarla. A ella, Daniel, a ella. La moneda de diez pesos entraba y salía, cinco veces, seis, probó soltándola despacio: salía igual, fuerte y minga, Daniel, otra vez la monedita con el chirrido y la bronca. Entonces fue al teléfono de la panadería de enfrente. Levantó el tubo: no había tono. La cabeza giraba alrededor del teléfono mientras el estómago le soportaba una orquesta misteriosa, pero el tono tenía que esperarlo, tal vez tardaría un rato más que la revolución, no, no tanto, pensó. De inmediato tuvo el premio merecido. Colocaba la moneda: de nuevo aparecía abajo, la puta que los parió, Daniel, te dije que con este sistema no se puede seguir. De nuevo la moneda: otra vez abajo. Me cago en Kerensky. Por suerte enseguida entró, al fin, Daniel, pude meterla, entró bien, todita, treinta y cuatro, siete, nueve, cinco, siete, ocupado, mierda. Colgó con fuerza porque había gente atrás esperando y que bufaba. Entonces en un minuto estaba en el bar de 24 de Noviembre y Rivadavia, con sus aparatos visiblemente ocupados; eran las cuatro y media pasadas. Al fin, Daniel, menos mal, llama, llama, la decadente, la chatarrosa, la cucaracha, la…

—Holá.

Seco, Daniel.

—Cómo le va, señora —con voz de gil, Daniel, con voz de novio.

—Con Silvia, ¿no? ¿De parte de quién, de Gustavo, del doctor Martino, de…?

Turra, Daniel.

—De Rodolfo, señora.

—Ah, es usted.

No, señora, soy Herbert Marcuse, Nelson Rockefeller, Aristóbulo Echegaray, pero no lo digo, Daniel, repito:

—Rodolfo, señora.

Me aguanto de comunicarle que soy el rufián que le hizo dar el mal paso a la costurerita, el gavilán que le baja el pesebre a la gloria de sus días, el extremista que se encama permanentemente con su anhelo, su desventura. Perra. Digo solo: Rodolfo.

—Silvia, ¿cómo estás?

—Mal, amor, estoy muy dolorida.

—¿Tuviste algún problema? —sobresaltado, Daniel—, ¿pasó algo embromado en la facultad?

—No, me indispuse, me vino recién y con unos dolores inaguantables, me voy a la cama, no doy más.

—Claro, hacés bien, no se te ocurra salir hoy, eh, a ningún lado, entendiste, a ningún lado.

—Sí, no te hagas problemas. Vos vas a ir a la fiesta, ¿no?

—Cómo te parece que me la voy a perder, con lo que me gustan, qué lástima que vos no podés ir.

—Y bueno, amor, llamame más tarde, después del cumpleaños.

—Listo, apenas pueda te llamo, y te cuento los chismes de la fiesta, que te mejores, matala a tu madre si podés, dale vidrio molido.

—No me hagas reír.

—O si no encerrala en el baño y echale gas.

—Sos fatal, chau, te dejo.

—Te quiero.

—Yo mucho más.

Hubo una pausa molesta, breve, casi insignificante.

—Rodolfo.

—Qué.

—Cuidate, no tomés mucho, puede caerte mal, a ver si te enfermás.

Ella colgó primero; después para él el tiempo pasó más rápidamente entre un capuchino, tres medialunas, y el libro de poemas Buenos Aires Tiempo Gobbi, de Alfredo Carlino. Pensó con bronca que Alfredo Carlino no era Rimbaud, ni Prevert, ni siquiera Tuñón, pero que era un buen poeta, y por si fuese poco un tipo excepcional, formidable, de esos que reparten el corazón en una esquina como si fuera un volante de Kanmar, o les dicen piropos sólo a las feas. Leyó repetidas veces el primer poema, y también la dedicatoria: A Rodolfo, homenaje sincero de. La revolución, Daniel, gran tema. Qué cuernos ganamos con esta movilización digo yo, yo no volanteo más, además es al cohete, si te cazan volanteando por lo menos te tragás un año, ojalá que a vos también no te venga la menstruación, Daniel, con la menstruación no se puede ser subversivo. Macho, ya estoy delirando, ya pienso cualquier cosa, qué dolor de bocho, Daniel, insoportable, tengo ganas de hacer pish, tengo ganas de hacer caquita, de emborracharme, qué sé yo.

Cerró el Tiempo Gobbi de Carlino y se fue a su pieza, por última vez antes de la fiesta. Se sentó en el inodoro y no hizo absolutamente nada, hizo fuerza y fue inútil: minga. No pudo hacer nada, pensó que nunca había hecho, que nunca iba a hacer algo. Se puso una camisa blanca, se calzó el saco pero no corbata, y mientras se lo acomodaba frente al espejo comprendió que hacía meses que no lo usaba. Salió. Ya estoy en el Ramos, Daniel, son las siete menos diez. Estaba nada más que una compañera. Está Irene, tu mina, Daniel, no falles. Irene le dijo:

—Sentate, parece que todavía no vino nadie.

IV

Como si estuviera rezando, Irene le dijo a Rodolfo que “Hugo parece que no viene porque está enferma Ethelvina".

—Ah, claro.

—¿Y Silvia? —preguntó Irene.

—La volteó la cuota, justo hoy, pobre flaca.

—Qué joda.

—Y Daniel vendrá, ¿no?

Por vos, Daniel, por vos, y con cizaña, porque tengo miedo que no vengas, cagón, que aflojes, que seas más fuerte que yo y no vengas.

—A mí me aseguró que sí —dijo Irene.

—A mí también, pero qué querés que te diga, con la que se mandó la otra noche en la de Martins, te acordás que falló.

No seas cagueta, ideólogo, teórico, vení y debutá. Son menos cinco ya y todavía no llegaste.

—Che, viejo, oíme, pero vos te creés que son todos iguales, que todos tienen el mismo valor, comprendelo —y de inmediato cambió de conversación—; qué lástima que no venga Silvia, en parejas es mejor.

—Qué querés que le haga, yo no tengo la culpa.

—Ya sé, la pucha, cómo andás, viejo. ¿Fumás?

Rodolfo le aceptó el Jockey Club y el fuego; también le aceptó pero obligatoriamente la mirada.

—¿Tenés miedo, no, flaco?

Él la miró con ganas de mandarla exactamente al mismísimo demonio, miedo yo, pero quién te creés que soy, para mí esto, esto, quería decirle también que desconocía el miedo.

—Sí, Irene, tengo miedo —y miró el cigarrillo.

—Yo también, flaco, tengo un jabete de novela.

Los dos miraban los cigarrillos. De vez en cuando también miraban hacia la calle; por qué no venís, Daniel.

—¿Dónde hacemos el control?

—En Corrientes y Medrano, en el Gildo no, en el de en frente.

—El de los billares, sí, ¿quién va a ser?

—El petiso.

De nuevo los ojos en la calle pero no llegaba nadie.

—¿Qué será, Irene?

—Manifestación, supongo.

—¿Barrio Once?

—No, todo capital, van a venir de todos lados, va estar entretenida.

—Si hay cuarenta tipos como en la de Martins, no me meto, te aviso.

—Va a haber más, no te preocupes, mil tipos fácil, por lo menos ochocientos.

—En la de Martins también iban a ser trescientos.

—Bueno, flaco, pará, pará.

Él vio muchas cosas en la cara de Irene pero fundamentalmente le pareció ver un enorme espejo, dos enormes espejos, se vio de frente, de cuerpo entero, se vio la biografía total en ella que no decía nada, que fumaba, que lo miraba de vez en cuando, también miraba la puerta del bar, miraba el cenicero simultáneamente. Él fumaba mirándose hasta que llegaron el petiso y Leticia.

—Hola.

—Hola.

—¿Y Silvia?

—La cuota —respondió Rodolfo.

—Queeeé —dijo Leticia.

—El período —dijo Irene.

—¿No vino más nadie? —preguntó el petiso.

—A vos qué te parece —dijo Rodolfo.

—Es temprano, recién son y cinco.

—¿Vos venís, Leticia? —preguntó Rodolfo.

—No, es imposible, sabés qué pasa, en casa tengo un arsenal, entre yo y mi hermano tenemos materiales hasta en el baño, es tremendo, en cualquier lado, es terrible.

—Me imagino —dijo Rodolfo.

—Claro —dijo Irene.

De nuevo él se enteró en el espejo, pero el espejo lo esquivó y empezó a reflejar la puerta y el cenicero. De repente llegaron Carmelo, Abel, y vos, Daniel, tragamonedas, ortodoxo, llegás blanquito como almidonado, besás a Irene, me guiñás un ojo; te lo guiño.

—Chau —dijo Leticia—, tengo que pasar una cita a secundarios, a lo mejor después voy al control —dijo en voz muy baja, ceremoniosamente—; suerte —agregó, dándole un beso al petiso en la boca, repartiendo uno a cada uno en la mejilla.

—¿Y Silvia? —preguntó Abel.

—El asunto —respondió Irene ganándole de mano a Rodolfo. A continuación un gesto de Abel como diciendo: queselevahacer.

—Yo no puedo ir —dijo Carmelo—; a cualquier otra sí puedo ir pero a las del club no puedo, si llega a pasar algo jodo al periódico, qué lástima. El periódico no me lo permite —agregó con una voz excesivamente baja.

De nuevo varios espejos.

—Me da una bronca, tengo unas ganas bárbaras de ir, pero a las del club no puedo, qué mala suerte.

Rodolfo lo miraba a Daniel, yo te miro a vos, todos nos miramos también para adentro, te miro con ganas de que pase todo enseguida, se miraban con ganas de recordar lo que todavía no había sucedido, con ganas de estar cafeteando, conversando en el control, vas a debutar, Daniel, vas a jugarte, pasame un informe, vení, hablame de Hegel, de Vladimiro, contale al policía que aparezca con un palo qué es la plusvalía, decile que la violencia es la partera de la historia, que los poetas son seres originales, mientras te va a pegar palazos en el lomo, a lo mejor en el quinto palazo se arrepiente y se afilia al club. Vas a debutar en una, Daniel, te viniste tan lindo, blanquito, como un guardapolvos.

—No vayan juntos —dijo el petiso— pero váyanse por que ya no va a venir nadie más. Abel y vos, turco, adelante, Irene y Daniel detrás. Suerte. Cuídense.

Vamos, Daniel, la policía nos espera, vamos a comentarle la revolución.

V

Tus calzoncillos tienen que ser una feria para los ojos, y un velorio para la desafortunada nariz. Yo voy caminando adelante con Abel, que se empecina en tararearme una canción francesa, en hablarme de un ensayo que algún día va a escribir, sobre el mal aliento, en decirme cada dos veredas que está bastante nervioso. A cada instante Rodolfo se daba vuelta para verlo a Daniel, que caminaba muy serio de la mano de Irene.

—Miralo a Daniel, parece que tiene una sábana en la cara —dijo Rodolfo.

Pero Abel no le contestó, estaba recitándose un poema de Paul Éluard, mejor dicho tratando de recitárselo a Rodolfo, que pensaba cualquier cosa o comentaba sobre Daniel.

—¿De dónde se largará, Abel?

—Qué sé yo, supongo que por Corrientes a la altura del Politeama, o por Florida, ahora que están arreglándola va a ser un quilombo.

—Sería lindo largarla en Lavalle, a la salida de los cines.

—Mirá, dónde no sé, lo que te puedo decir es la hora, se larga ocho menos dos, siete cincuenta y ocho.

Menos dos minutos, qué ridiculez, qué ganas de complicar las cosas al cohete, por qué no se largará a las ocho directamente digo yo. Será una manifestación, ¿no?

—Y sí, es lo más probable, ochocientos tipos, fácil.

—Si hay cincuenta tipos como en la de Martins no me meto.

—¿Cómo, turco, ayer no decías si eran cuarenta?

Me callo; se dio vuelta de nuevo y encontró el ojo izquierdo de Daniel que se cerraba y abría, nerviosamente, qué cagado que estás, Daniel, agarrate fuerte de Irene, menos mal que Irene te agarra de la mano y no te deja escapar.

—¿Dónde es la cita? ¿Mitre y qué?

—Y Suipacha, turco.

Mientras caminaban por Esmeralda hacia Bartolomé Mitre, Rodolfo se acordó de la negra que a las ocho menos cuarto lo esperaba en Plaza Once. Preguntó por quinta vez la hora a Abel, que le dijo: van a ser me nos veinte.

Si supieras, Abel, hoy me levanté una mina bárbara, de estas intelectualoides anteojudas, minishort, unas gambas te juro, tenía que verla ahora y mirá por qué la cambio.

—¿Y no la verás más?

La engancho en cualquier momento, Politeama, La Paz, La Giralda, para por ahí.

—¿Y cómo te la enganchaste, no tiene una amiga?

—Fue divino, estaba ella en La Perla vieja, en el teléfono, marcando un número y yo estaba detrás. Le dije: ¿te apuesto un café a que está ocupado? Ella sonrió nada más, habló tranquilamente. Cuando terminó le dije: soy un buen perdedor, vamos a tomarlo. Y vino. Es medio troska.

—Qué cararrota que sos, che, fijate si tiene una amiga, las troskas fifan que da calambre.

Le dijo que iba a ver si le conseguía una amiga, pero no quiso pensar más, cuando le contaba el levante recordó vagamente el zócalo de barro en los zapatos de la negra, los pomelos de Dolores, Daniel, el olor, Daniel. Se dio vuelta hasta encontrar los pasos de la pareja.

—Sabés, Abel, hasta llegar al bar tenía un julepe increíble, pero ya se me pasó, bueno, si se pasó del todo no sé, pero ya no es como antes.

—Qué suerte —dijo Abel—, yo estoy por hacerme encima, porque entre nosotros, hoy la cosa está jodida.

—¿Habrá autodefensa?

—Seguro que sí, total vos no tenés miedo, de qué te preocupás.

Rodolfo sonrió; fingió pegarle una piña, pero sólo cerró los puños. Miró hacia atrás:

—El que está tranquilo también es Daniel —dijo.

Los dos se rieron sin saberlo y mientras se reían llegaron a Mitre y doblaron en dirección de Suipacha. Comprendieron que ya estaban muy cerca para reírse. Se detuvieron a mirar la vidriera de la tienda de la es quina. Ahora, Abel está mirando a un señor de edad que está parado con un diario en la mano. Abel se le acerca, le pide fuego, y vos, Daniel, también mirás la vidriera de enfrente, angelicalmente unido de la mano de Irene. Me mirás: tenés la cara de yeso. Abel vuelve a mi lado, silbando la canción francesa y rara, sonriendo. El tipo del diario caminó tres pasos, se dio vuelta dos veces para el mismo lado. Un morocho que está parado enfrente cruza hacia donde estamos nosotros y apenas llega nos da la mano. Dijo:

—Encantado, vamos, compañeros.

Caminamos los tres por Suipacha hacia Corrientes, y vos traés a tu julepe de la mano de Irene, aproximadamente a treinta metros. A debutar, Engels. Rodolfo con sólo mirarlo al morocho se dio cuenta de que no estaba intoxicado como él. Éste no escribe, Daniel, no pinta, no hace teatro, éste no va al analista, milita y tan campante, tan en otra cosa.

—Medicina —dijo Abel.

—Ferroviario —dijo el morocho.

Y yo no sé qué decirle, Daniel, si estuvieras a mi lado probablemen te me ayudarías, obediente, no sé cómo presentarme, no sé quién soy.

—Éste es Rodolfo —dijo Abel—. Él escribe, es poeta.

Qué ganas, Daniel, cuántas, de mandar la literatura al carajo.

VI

—¿Tienen algodón? —preguntó el ferroviario mientras caminábamos.

—No —respondió Abel—. ¿Por?

Y contestó largando el humo entre las palabras:

—La sirena te puede romper los tímpanos, la semana pasada a los telefónicos los reprimieron así. Pero con esto no pasa nada —agregó alcanzándoles dos bolitas a cada uno.

—Gracias, viejo.

—Métansela en el oído por las dudas. La sirena te deja estúpido.

El ferroviario les dio cuatro bolitas más para Daniel e Irene, que los perseguían secretamente. De inmediato Abel se detuvo, los esperó para entregárselas, y estoy segurísimo Daniel que hasta serías capaz de comerlas, estás tan solícito, tan gentil, tan pero tan demasiado tan.

Abel enseguida los alcanzó.

—Va a estar interesante, compañeros —dijo.

—Es lo primero que se hace en Buenos Aires apoyando el viborazo —dijo Abel.

—Lástima que nosotros podemos hacer nada más que manifestaciones —dijo el ferroviario.

—Los dirigentes de la CGT de acá están entregados —dije yo por decir algo, poniendo tal vez tu cara, Daniel.

—Qué huevos, compañeros, qué huevos que tienen los cordobeses.

—Huevos y organización, y muchas cosas, y unidad y… —dijo Abel—. Pero fundamentalmente huevos, huevos organizados por supuesto, porque con huevos nada más podemos hacer un omelet.

Con los huevos en la boca llegaron a Lavalle y Suipacha, había gen te que miraba cines, señoras, pibas, pibes de yiraje, y como les había dicho el ferroviario la fiesta iba a largarse allí. Había también varios canas en la esquina, como esperando, mejor dicho esperando, como si quisieran participar del subversivo acontecimiento.

—Están escuchando un partido de fútbol —dijo Abel se ñalándoles el aparato que tenía un cana en la mano, con una antena larga como el miedo de todos.

—Cerdos —dijo el ferroviario, y escupió.

Yo te busco los ojos, Daniel, pero me parece que los perdiste, no me mirás, qué te cuesta, ya vas a subir al escenario y te mandarás tu tartamudeado hamlet, acompañado de la mano y de la totalidad del cuerpo de Irene, que mira atentamente las carteleras de los cines. En una playa junto al mar, con Donald. Cerdos, decía el ferroviario apretando los dientes. Fernando también está allí, contemplando programas de los cines, horarios, de vez en cuando guiña un esporádico ojo conocido, como yo, como el ferroviario, como Daniel.

—Menos diez —dijo Abel— pasadas.

Rodolfo reconoció a la flaca simpática y pecosa, esa a la que toda la fede le andaba atrás, también mirando programas, de la mano de Polito, también está Eugenia y Poroto y Arnoldo y Graciela y Federico y tengo ganas de mear, Abel.

—Pará, falta poco, turco.

Y Marina y los de económicas y el infaltable Coco y el indio y Sosa y el negro y tengo ganas de mear.

—Haberlo dicho antes, compañero, yo también, vamos a un ñoba —dijo el ferroviario.

Entraron al baño de un cine y el único que no orinó fue Abel, diciendo: total es el reloj, no los riñones. El ferroviario lo miró a Rodolfo diciéndole desde su mingitorio:

—Pero este flaco es anormal.

Salieron y eran casi menos cinco; el ferroviario convidó con Embajadores que no le aceptó nadie. Vos seguís, Daniel; mirando la sonrisa de Donald, con unas ganas de escaparte imposibles de aguantar, aunque tal vez no, te juro que yo ya estoy tranquilo, se lo digo a Abel y no me cree, te lo digo en serio, sabés por qué, el Todopaja también mira la sonrisa de Donald, también Kico, y los de filosofía y de teatro y de derecho, y sobre todo miran el mechoncito de Donald infinidad de tipos que no conozco, pero les reconozco mi miedo en sus ojos, y seguro que ni escriben ni pintan ni hacen teatro ni discuten el estructuralismo, y la compañera de Pepe que se anota en todas, ya no sé para dónde mirar, parece una reunión partidaria, un festival, sólo faltan los poemas de Tejada y la guitarra de Guaraní. Ocho menos cuarto, Daniel.

—El Todopaja —le dije a Abel, sonriendo.

—Ves que todo paja no es, algo más tiene.

Rodolfo no supo si no le contestó porque no tenía ganas, o no tenía argumentos o porque ya faltaba muy poco para las menos dos; le guiñó un ojo a Tuiti, el de teatro, otra seña como de siempre presente a la pecosa que caminaba por ahí, de la mano de Polo, Diana que caminaba con Luis y son menos tres, y vos, Daniel, estás mirándome e Irene y yo y todos nos miramos, la Revolución haciendo equilibrio por las luces de los carteles, encima del mechón de Donald, hacía equilibrio y con éxito a través de las miradas, estaba en las gargantas de todos dispuesta ya a salir, a hacerse notar, desde los ojos del Todopaja hasta los tuyos porque el pueblo unido jamás será vencido el pueblo unido jamás será vencido el pueblo unido jamás será vencido y Abel y el ferroviario al lado de Rodolfo, y gritaban fervientemente y eran cientos de tipos que gritaban y había gente que desde la vereda los aplaudía, algún negocio que bajaba la cortina, gritá Abel, pan y trabajo la dictadura abajo pan y trabajo la dictadura abajo y ya habían llegado a Esmeralda, miralo a Daniel, y los canas de la antena seguían la manifestación por la vereda, mirá esa vieja cómo aplaude, Abel. Rodolfo leyó uno de los carteles: solidaridad con Córdoba — Partido Comunista, la hoz, pan y trabajo, el martillo, la dictadura abajo, Córdoba el camino del pueblo argentino pan y trabajo Córdoba el camino la dictadura abajo jamás será vencido, mirá, Daniel, parece que tiene un micrófono, mirale las venas, pan y trabajo la dictadura abajo gritá Daniel la cana la cana en la esquina de Maipú Abel mirá el carro el Neptuno hijos de puta Córdoba el camino del pueblo argentino Córdoba el camino se vienen rajemos Abel pan y trabajo la dicta dura muera la dictadura mueraaaaaa pan y trabajo se vienen flaco se vienen flaco los gases hijos de puta el pueblo unido jamás será vencido rajemos flaco que se vienen la puta carajo y Rodolfo los perdió de vista a Abel, al ferroviario, a Daniel, al Todopaja y a Dios porque empezó a correr como un loco en dirección de Esmeralda, por Lavalle, vio que también en Esmeralda había otro carro de asalto, y ya la manifestación se había desbandado para cualquier parte y los canas agarraban a los que podían y pegaban gomazos. Rodolfo escuchó que alguien probablemente más experimentado decía:

—No corran, no corran, despacio, no pasa nada.

Dobló en Esmeralda con un miedo parecido a la más absoluta serenidad, y sintió un alivio increíble en su manera de respirar. Iba hacia Corrientes simulando ser un peatón común. Veo cómo se llevan a un compañero, Daniel, pero no sos vos, es un pibe, creo que un secundario. Miró a un patrullero como si fuese otro mechón de Donald. Los colectivos cerraban las puertas, los taxis también; habían cortado el tráfico.

—Qué barbaridad —dijo uno que estaba a su lado.

Era el ferroviario.

—Quilomberos de mierda —agregó.

Rodolfo se fue hacia Corrientes y empezó ...