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¿DóNDE QUEDA EL PRIMER MUNDO?

Hinde Pomeraniec - Raquel San Martín

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Fragmento

Un punto de partida

Cuando empezamos a pensar y a escribir este libro, China estaba a un paso de cambiar el orden mundial, Brasil era la gran promesa latinoamericana, los refugiados no le interesaban a mucha gente y Donald Trump era apenas un excéntrico millonario estadounidense, siempre presente en las revistas de variedades. Pero el mundo cambió. En cuestión de meses, a velocidad de vértigo, China empezó a mostrar quiebres y fisuras; Brasil se desmoronó política y económicamente a fuerza de corrupción y crisis institucional; los nacionalismos xenófobos cobraron fuerza en muchos países; los refugiados, contados por millones, se convirtieron en un problema del que nadie pudo apartar la mirada, y la furia de los ciudadanos contra la clase política en varios países abrió lugar a personajes inquietantes, y hasta peligrosos, cerca del poder.

Durante los casi dos años que duró la investigación para este libro, la magnitud y rapidez de los cambios nos obligó una y otra vez a repensar argumentos, modificar puntos de vista y sumar capítulos: los refugiados, por ejemplo, ganaron tristemente su lugar en los últimos meses de trabajo; los países emergentes y América Latina demandaron varias reescrituras; Estados Unidos se convirtió en un interrogante. Hacer un retrato del mundo mientras el mundo se empeña en sacudirse y cambiar puede ser una tarea inútil, salvo que la hipótesis de partida, la idea que da forma a todo este libro, permanezca firme a través del tsunami constante.

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Creemos que eso pasó. Si algo caracteriza el mundo como hoy lo vivimos es que los países-paraíso que conocíamos terminaron pareciéndose en muchos aspectos al mundo subdesarrollado. Estados Unidos se desangra en tiroteos masivos, ve crecer la desigualdad como pocas veces en su historia y sigue enredado en interminables guerras en Oriente Medio. Temblando por la amenaza del terrorismo en cualquier café, teatro o aeropuerto de una de sus bellas ciudades, Europa no sabe cómo reinventar su “unión”, mientras crecen los partidos y organizaciones xenófobos y se inflaman los nacionalismos. Al revés, en regiones consideradas atrasadas, surgen países y ciudades que desafían todos los indicadores (los “ejemplos” económicos de países como Bolivia, Namibia o Nigeria; el desarrollo tecnológico de la India). Y en la periferia del desarrollo, otras naciones se afianzan en el camino que empezaron hace décadas: crecimiento sostenido y estabilidad institucional con mirada en el largo plazo, la fórmula con la que se consolidan los nuevos paraísos. Los países nórdicos, Australia y Canadá, por ejemplo, ganan prestigio mundial a fuerza de nuevos indicadores: son los mejores países para vivir. Y eso supera en impacto a cualquier fría medición del producto bruto interno (PBI).

Entonces, ¿qué imagen representa mejor el orden global actual? ¿Los millones de personas que por primera vez en la historia moderna salieron de la pobreza en todo el mundo? ¿O los millones que huyen de sus países desangrados en guerras para errar hacia ninguna parte? ¿La tecnología que interconecta todo, abarata costos y abre el mundo a cada vez más personas? ¿O la devastación de recursos naturales que promueve lo que muchos llaman un “capitalismo depredador”? ¿Serán los ciudadanos organizados aquí y allá, conectados por las redes sociales, para reclamar contra la política, convirtiendo a la opinión pública en un poder global? ¿O los muertos aquí y allá, en todas partes, por atentados terroristas?

Probablemente todas. Nuestro mundo se ha convertido en un rompecabezas desconcertante, de piezas móviles que hacen posible lo impensable en cuestión de semanas. Es un mundo de países ricos con núcleos de pobreza y desigualdad resistentes, y de países pobres con polos de crecimiento equiparables a los de las naciones desarrolladas. De ciudades que se desmarcan de sus países y se convierten en modelos de gestión pública, políticas progresistas e innovación tecnológica. Un planeta en el que los profesionales de clase media de Londres, San Pablo o Singapur tienen más en común entre sí que con los más pobres de sus ciudades. Un mundo en el que un gobierno que restringe las libertades públicas y los derechos humanos puede ser aplaudido por los líderes globales por su arrolladora transformación económica. Un planeta en el que una guerrilla salvaje mata a pocos kilómetros de una de las ciudades más pujantes de su continente, extendida en sus límites a fuerza de inversión extranjera.

En este tiempo de certezas provisorias, sin embargo, se pueden señalar dos fenómenos distinguibles.

Por un lado, la democracia y el capitalismo, los dos pilares de la vida política y social del Occidente contemporáneo, están en estado de debate. Con desazón, no son pocos los analistas de distintos países que subrayan la “recesión democrática” de las últimas décadas, o en otras palabras, la pérdida del monopolio de Occidente para establecer las bases prácticas y éticas del buen gobierno en el resto del globo. Señalan la existencia de una “zona gris” entre democracias y dictaduras, un autoritarismo reforzado en muchos países no democráticos y la pérdida de confianza en democracias consolidadas, cuyos cimientos tiemblan con los reclamos de sus ciudadanos indignados. Sin salirse de los marcos legales, distintos países ensayan formas de “flexibilización institucional” —como sucedió recientemente en Brasil— para resolver las disputas políticas. Y mientras en regiones como América Latina se discute sobre los “populismos de izquierda”, en Europa y Estados Unidos emergen y avanzan, con distinto grado de apoyo popular, los “populismos de derecha” y su alarmante retórica racista. En los países centrales, los partidos políticos tradicionales pierden centralidad y peso, mientras son reemplazados por outsiders de discurso antielite que logran la simpatía —y los votos— de muchos ciudadanos desencantados con la ineficacia de la política para domar los impulsos voraces de la economía.

El capitalismo puede tener mejor apariencia, en parte porque se ha convertido en el único horizonte de organización socioeconómica que se percibe como posible. Se multiplican las críticas al sistema capitalista, pero casi nadie puede imaginar seriamente una alternativa por fuera de sus coordenadas. La desigualdad persistente en la mayor parte del globo, la “recuperación” del sistema financiero internacional después de la crisis de 2008 y la creciente apertura de las economías excomunistas al credo del capital lo muestran.

No obstante, hay cuestionamientos. Son, por ejemplo, los de intelectuales como la socióloga holandesa Saskia Sassen, que viene denunciando las formas más extremas del capitalismo global, en línea con las voces que desde distintos puntos del globo reclaman contra un modelo de desarrollo “extractivista” y depredador. En su libro Expulsiones (publicado en 2014, traducido al español en 2015), Sassen enumera: trabajadores y empleados de bajos salarios sin protección social; técnicas de explotación minera que destruyen el medioambiente; compra masiva de tierras por parte de países desarrollados en otros continentes; un mercado financiero que arrasa con las viviendas y los futuros de las personas. El concepto de desigualdad —concluye— ya no alcanza. Tampoco los conceptos de norte y sur, rico y pobre, izquierda y derecha, que cada vez dicen menos y explican peor. Para entender esta época —señala la socióloga— hay que hablar de “personas, empresas y lugares expulsados de los órdenes sociales y económicos centrales de nuestro tiempo”. Dice:

Existen geografías transversales de privilegio y poder que pueden coexistir confortablemente con muchas de las divisiones tradicionales que continúan operando, como la falta de servicios de salud y acceso a alimentos y agua en el sur global y la existencia continuada de estructuras fuertes de gobierno comunista en partes del este. Las elites de Nigeria se sienten más cómodas y cercanas a las elites de Londres y Mumbai que a los pobres y explotados en su propio país. En este sentido, también estas nuevas geografías tienen el efecto de desmembrar sociedades y culturas, tanto como sus territorios y Estados nacionales.

Un movimiento anticapitalista de formas diversas —con grupos de “indignados” en distintos países, partidos políticos antisistema, performances artísticas, ocupación de espacios públicos— hace oír sus críticas aunque, como señalan algunos intelectuales, esté más cerca de pedir que el capitalismo modere su voracidad que de promover alguna alternativa posible. Después de todo, como sostiene el escritor y crítico cultural británico Mark Fisher en su libro Realismo capitalista, “para la mayor parte de quienes tienen menos de veinte años en Europa y Estados Unidos, la inexistencia de alternativas al capitalismo ya ni siquiera es un problema. El capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable”. En cualquier caso, no dejan de alzarse voces de denuncia que señalan, como lo hace el alemán Joseph Vogl, que los verdaderos dueños del mundo, por encima de los Estados y sus regulaciones, son las calificadoras de riesgo, bancos centrales y privados, aseguradoras y fondos de inversión. “No hay ningún ‘libre mercado’, accesible a todos, sino un esquema sistemático de privilegios para los grandes capitales —dice Vogl—. No se trata de una lucha entre mercado y política, sino de que la política logre enfrentar la implementación de principios económicos en todas las áreas”.

Con la democracia y el capitalismo en estado de cuestionamiento, la otra tendencia visible es igualmente inquietante. Vivimos en un mundo de extremos, que permite el optimismo más luminoso y el pesimismo más oscuro. En el primer grupo están, por ejemplo, quienes no se cansan de señalar las cifras que muestran que el número de personas que viven en la pobreza extrema en todo el mundo no deja de disminuir desde 1820 (pasó del 84% entonces al 24% en el año 2000, y sigue bajando). O quienes ven en los desarr ...