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ÉDGAR PEREA, EL CAMPEóN

Fernando Perea Sánchez

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Fragmento

Prólogo

Breve recuento de una amistad

Por Andrés Salcedo

A comienzos de los años sesenta, el locutor Marcos Pérez Caicedo se había quedado sin rivales en la radio barranquillera. Sus narraciones de béisbol congregaban a las familias en torno al aparato de radio, como si se sentaran alrededor de una hoguera para calentarse el corazón. Además, su desdoblamiento como líder de opinión al frente de su escuchado radioperiódico lo convirtió en un oráculo al que todos consultaban. Barranquilla entera esperaba con ansiedad su opinión sobre los problemas más acuciantes de la ciudad y celebraba sus divertidas ocurrencias, que no tardaban en transformarse en moneda callejera de rápida circulación. Marcos Pérez era un tótem radiofónico. Un creador de frases y términos populares que viajaban de boca en boca por toda la región. Al empresario cartagenero Hernando Franco Bossa, propietario y gerente de La Voz de Barranquilla, la emisora donde yo, muy joven entonces, trabajaba, la búsqueda de un personaje con la calidad y el carisma suficientes para arrebatarle oyentes a Marcos Pérez se le convirtió en una obsesión. Un día de finales de 1961, oyó hablar de un locutor deportivo que vivía en Cartagena y que, según le contaron, había sido futbolista y “hablaba igualito a Buck Canel”, el famoso narrador de la Cabalgata Deportiva Gillete. “Ese es el hombre que necesito”, nos anunció una mañana. Sin pensárselo dos veces, viajó a La Heroica, lo buscó, habló con él y lo contrató. El tipo se llamaba Édgar Perea. Franco Bossa, que había trabajado como locutor en Panamá y en la Cuba de antes de la Revolución, tenía muy claro el concepto del llamado star system y decidió darle al recién llegado, desde un principio, la categoría de estrella. Creó para él una redacción deportiva, que hasta entonces no existía, y le encargó su dirección. Era evidente que quería hacerle la vida grata a aquel moreno alto y dicharachero, que hablaba con fuerte acento cartagenero y que, por su talante cálido y bromista, conectó inmediatamente con la mentalidad barranquillera. Del portero al gerente de la emisora, todos nos encariñamos con él y empezamos a llamarlo “Campeón”, y él respondía con una sonrisa y un jab lanzado al aire. Todos lo veíamos como “nuestra” carta ganadora para enfrentar el dictatorial predominio de Marcos Pérez. Una “misión imposible” que tardó pocos años en materializarse. El regreso del Junior al fútbol profesional en 1966 significó el comienzo de la meteórica carrera del más popular y carismático narrador deportivo de la historia de la radiodifusión colombiana. Unos meses después de la llegada de Édgar a Barranquilla, mi vida tomó otro rumbo. Me fui a trabajar a Valledupar y, dos años más tarde, a Bogotá. En la capital, donde yo trabajaba como locutor comercial del famoso narrador deportivo Carlos Arturo Rueda, me encontré muchas veces con Édgar, cuando iba con Gustavo Castillo a cubrir los partidos del Junior en El Campín. Precisamente, la transmisión de los partidos que disputaba como visitante el equipo barranquillero significó para Édgar Perea su plataforma de lanzamiento como el inigualable narrador de fútbol e ídolo de multitudes que llegó a ser años más tarde. En esas visitas de Édgar a la capital profundizamos nuestra amistad. A mí, tal vez por contraste con mi manera de ser, me atraían mucho sus divertidas explosiones de alegría, la sinceridad de sus críticas feroces, sus extravagancias en el vestir, esa facilidad para pasar del comentario simpático a la diatriba en cuestión de segundos, y su agudeza creativa para llegarles a sus oyentes y convencerlos de que en él tenían un aliado. Tengo un recuerdo muy nítido de su primera estancia en Bogotá, adonde llegó en el 67, creo, contratado por la emisora Nueva Granada, la básica en ese entonces de RCN. Cuando me contó por teléfono que llegaría con su familia a ocupar el apartamento que RCN le había asignado, le prometí que lo ayudaría en la mudanza y le pedí que me avisara cuando llegara el camión con los muebles. Así fue. Con Édgar y el chofer del camión nos echamos al hombro sillones, cortinas, tablas de cama, lámparas, enseres de cocina y cajas de cartón repletas de ropa y objetos familiares. La esposa del Negro, “Mary”, lo iba colocando todo en su sitio, con amoroso instinto de mujer. Pero el punto de partida de la leyenda de Édgar Perea, el bautizo de fuego de “Junior, tu papá”, tendrá lugar años más tarde en Barranquilla, adonde regresó tras su primera aventura capitalina. Barranquilla fue su feudo, su plaza, su casa. El lugar que amó y que lo amó. El escenario de sus grandes triunfos. Édgar Perea y Barranquilla se entendieron, se complementaron. La ciudad tiene sus claves y sus lenguajes íntimos que solo unos pocos logran descifrar. Uno de esos privilegiados fue mi amigo Édgar Perea.

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Y digo y recalco mi amigo porque nunca dejé de serlo, ni siquiera después de convertirme, durante una semana que pasé en Barranquilla de vacaciones, a finales del 81, en blanco de las mordaces andanadas, muchas veces hirientes, con que respondía a quien hablara mal del Junior. Y yo lo hice en una emisora rival de la de Édgar que me entrevistó un domingo por la noche, después de un malísimo partido del equipo barranquillero ante el Pereira en el viejo Romelio. Hasta mi regreso a Alemania, no hubo uno solo día en que no me dedicara, como solo él sabía hacerlo, esas mofas e insultos que lo hicieron famoso. Y temido, la verdad sea dicha. Aunque hubo colegas que me ofrecieron sus micrófonos para que le respondiera, no lo hice porque por algo fuimos amigos en la época en que los dos buscábamos todavía nuestro lugarcito bajo el sol, que es, tal vez, la mejor época para sellar amistades duraderas. Tenía claro que una cosa era el Édgar Perea agresivo del micrófono, y otra, el Édgar campechano, cálido y cariñoso que yo conocía. Lo confirmé unos pocos meses más tarde cuando, el día antes del comienzo del Mundial español de 1982, mientras caminaba por una calle de Madrid, me encontré de frente con él. “Andresito”, me gritó en cuanto me vio, con su estentóreo vozarrón, que atrajo las miradas sobre nosotros de todos los transeúntes. Me lo gritó así, en diminutivo, como siempre me llamó. Y del abrazo que me dio casi me hunde las costillas. Así era él: implacable y dulce, combativo y bondadoso. Tan fácil para insultar como para olvidar. Pero, por sobre todo: un gran profesional, un buen amigo y uno de los más extraordinarios narradores deportivos de América Latina. En las siguientes páginas están su vida y su trayectoria profesional, contadas por una de las personas que mejor lo conocieron y más lo admiraron: su hijo Fernando Perea. Que ahora también es mi amigo.

Introducción

Fernando Perea Sánchez

Recuerdo estar en el salón de clases de mi colegio San Francisco de Asís, en Barranquilla. Cursaba primero de bachillerato en 1978; era la primera vez que alguien me preguntaba algo que jamás había pensado, ni siquiera imaginado. Para mí, todo era normal hasta ese momento: “¿Qué se siente tener un papá tan famoso?”. La pregunta me la hacía mi compañero de clase Jorge Auza, gran amigo de infancia, y me dejó callado porque uno de pelao no piensa en esas vainas. Recuerdo que lo único que le respondí después de sonreírme fue: Orgulloso. Desde entonces comprendí lo que significaba mi padre para todo un país, para su gente y finalmente para mí. Empecé a verlo y a vivirlo de otra manera. Mis recuerdos son los de una persona alegre, amplia, demasiado popular, saludando a gritos a todos, con un talento increíble para manejar masas y generar sentimientos. Sus éxitos y polémicas eran el pan de cada día. La relación padre e hijo fue intensa y enigmática por muchas razones que empezarán a descubrir en este libro, desde ser uno de sus confidentes, cuando de repente me decía: “Acompáñame”, y terminábamos recorriendo las calles de su vieja Cartagena que tantos recuerdos le traían, hasta nuestras tertulias vividas cada domingo desde 2004 en ese pequeño y lujoso hotel de Bogotá cuando participaba en el programa deportivo llamado la Telepolémica, uno de los más exitosos en los que haya estado al final de sus tiempos. Ese cuarto de hotel revela muchas de las historias y los sentimientos que hoy cuento aquí. Fue el único momento de nuestros días en el que tuvimos la oportunidad de decirnos lo que quisimos, sin tapujos. En ese periodo hablamos de su vida, de la mía, de sus tristezas, de sus alegrías, de todo. Veníamos de tener diferencias con el divorcio de mi madre, a quien yo representaba en todas sus cosas legales, pero un día sentí la necesidad de ir y decirle algo que lo sorprendió, porque casi nadie se atrevía a hablarle así: “Padre, no necesito tu fama, no necesito al Gran Édgar Perea, ni tu dinero, necesito a un papá para decirle ‘te amo’, así que no me pidas que abandone a mi madre, pase lo que pase, sabes que te amo”. Su mirada cambió, me miró en silencio por tres segundos y me dijo: “Yo también te amo, y así será”. Desde ese día cambiaron muchas cosas con mi padre; fue como un pacto en silencio entre los dos, no se habló más de problema alguno, a pesar de que seguían los temas legales requeridos. Hoy estoy aquí recordándolo con sus compañeros y con su pueblo barranquillero que tanto él amó. Más que su biografía, es su vida llena de aventuras mágicas y todas reales, contadas a manos llenas de admiración por sus amigos y familia. Toda una vida plena de felicidades y tristezas, triunfos y derrotas, peleas y reconciliaciones, verdades y mentiras, de un personaje enigmático que, como mi padre, nació en el Chocó, se crio en Cartagena, se hizo en Barranquilla y murió, paradójicamente, donde nunca quiso morir, en Bogotá. Este libro está escrito con el corazón e interpreta el sentimiento de un hijo que lo vivió, de unos amigos que lo disfrutaron y de un pueblo que lo idolatró. Este es El Más Grande, El Campeón, Édgar José Perea Arias, Mi Padre. ¡Disfrútenlo!

I

El día que Perea bajó del cielo

El domingo 6 de diciembre de 1987 sería el día en que mi padre lograría la mayor hazaña alcanzada por algún periodista deportivo en el mundo, y a la vez la mejor respuesta que pudiera recibir de su público. Ese día, tan esperado por él, finalmente había llegado. Se levantó tarde como siempre. Acostumbraba bajar de su habitación y tomar su desayuno, devorar los periódicos y prender el TV para ver fútbol o cualquier deporte que estuvieran pasando en ese momento. Se le veía muy tranquilo para lo que significaba ese día. ¿Y es que a quién carajos se le ocurriría la maravillosa idea de llegar en helicóptero al Estadio Metropolitano para narrar un partido de fútbol? Solo a él. Mi papá era un personaje extrovertido y pasional, por eso ya venía de ser suspendido en ese mismo año de sus actividades radiales en el territorio colombiano, por haber discutido con el periodista Jaime Ortiz Alvear en el programa La Polémica, de la cadena radial Caracol, el programa con el índice de audiencia más alto en la historia de la radio en Colombia, y precisamente por situaciones y personajes como Perea y Ortiz Alvear. Los dos se trenzaban casi que a diario en grandes peleas radiales por diferentes puntos de vista deportivos, y ese día el tema fue la sanción a Diego Maradona por consumo de cocaína. Se dijeron “adictos”, “cocaineros”, “sinvergüenzas”, de todo, sin medir consecuencias. Así que duró dos meses suspendido. “Ese día recibí una llamada de la Ministra de Comunicaciones a mi oficina en Barranquilla, quien me sorprendió, pues ella me estaba notificando efectivamente de la suspensión pero también tuvo un detalle muy bonito conmigo; me preguntó: ‘¿Negrito, cuándo quieres que te suspenda?’. Yo, pensando en varios eventos internacionales que tenía, ni corto ni perezoso le dije: ‘Entre octubre y noviembre’. Y así fue”. Los pasó haciéndose chequeos médicos, tratamientos en su garganta; le sacaron unos pólipos de la nariz que no lo dejaban respirar bien… También viajó para transmitir eventos con otras cadenas en el exterior, como los partidos de béisbol de Grandes Ligas. Siempre contaba esta anécdota con orgullo, porque “a nadie llamaba un ministro a preguntarle nada nunca. Solo a mí”, solía decir. En medio de esos dos meses tortuosos para él, por no poder transmitir los partidos de su Junior del Alma, siempre se preguntaba: “¿Cómo hago para hacer un regreso inolvidable, digno de mi pueblo barranquillero?”. Buscó todas las formas: en paracaídas, en un carro de bomberos, en un globo, en una carroza carnavalera, hasta que un día llegó y dijo: “Listo, lo tengo, voy a llegar en un helicóptero al estadio”. Quedamos callados y a la vez sorprendidos; la sola idea era una cosa de locos y a la vez espectacular. Llegar al Estadio Metropolitano y meter un helicóptero en todo el centro de la cancha no era muy fácil que digamos; las fuertes brisas pueden causar una tragedia, pero mi padre, como siempre, cuando decía algo, lo hacía. Era tremendamente positivo. Empezó a pedir todos los permisos que necesitaba para semejante acontecimiento y habló con la Aeronáutica Civil, la Alcaldía, la Cruz Roja… Los consiguió todos. También habló con sus amigos pilotos, que le dieron su voz de confianza para aterrizar y despegar en medio del estadio. Estaba feliz con lo que se venía. Ese domingo, mi padre se preparaba tranquilo en su casa, un lujoso penthouse, con pisos de mármol, dúplex, hecho a su medida, tal cual como siempre lo soñó. En el primer piso tenía su sitio preferido, un gigante cuarto de estudio con piso de la madera más fina, donde tenía todo lo que le gustaba: las paredes cubiertas con fotos de buena parte de sus viajes, un inmenso televisor de más de 50 pulgadas, un equipo estereofónico con la última tecnología, y tal vez lo que más lo desestresaba, un gigante órgano marca Yamaha, que tocaba casi siempre después de terminar de almorzar. Mientras tanto, afuera, en Barranquilla, eran las 12 del mediodía, el cielo completamente azul, más de 34 grados de temperatura. “Cielo barranquillero”, les decía Perea a esos cielos azules y hermosos que veía en algún lugar del mundo. Los aficionados llenaban el Estadio Metropolitano Roberto Meléndez. Ya se venía anunciando el regreso del Negro Perea por todas las emisoras, pero lo que nadie sabía era la manera como lo haría, era un secreto que solo su familia y unos cuantos amigos conocíamos. Se disputaba el clásico entre “cachacos y costeños”, el Junior de Barranquilla y el Deportivo Independiente Santa Fe de Bogotá, dirigido por Jorge Luis Pinto. Mientras, en el apartamento disfrutábamos de un gran almuerzo, y él, de su comida preferida: pescado frito con patacón y ensalada. Terminó y, como de costumbre, se levantó, y tocó su piano por 15 minutos. La canción que le gustaba, y además la tocaba bien, era “Noches de Cartagena”. Le ponía un ritmo diferente anexándole un solo de piano larguito, que era la parte que nunca dejaba de tocar porque la disfrutaba. Tenía buen ritmo salsero, nos miraba y se reía como mostrándonos su talento para tocar con sabor. Luego, subió a tomarse un baño y prepararse para salir. Cuando bajó las escaleras de su apartamento, ya para irse, lo hizo ejercitando sus cuerdas vocales, aflojando la garganta, gritaba duro y seco la palabra ¡Jaime, Jaime, Jaime! Parece ser que esa combinación de letras era la ideal para ello. Ya estábamos listos para salir al estadio; a la una y treinta de la tarde llamó a Judy, su secretaria y cómplice. Le dijo: “Judy, ya voy pa’l estadio, rece por mí para que todo salga bien”. Ese día escogió su pinta de manera especial: zapatos blancos, pantalón blanco, camisa roja con rayas blancas y saco blanco, los colores de su Junior del alma. Todo de marca. Siempre fue un tipo elegante. Salimos en su carro, un Mercedes Benz deportivo de dos puertas color blanco, del que tanto se ufanaba de tener. Era el único periodista en Colombia con un carro tan lujoso, y se sentía orgulloso de tenerlo.

El Estadio Metropolitano de Barranquilla está ubicado al costado de la Avenida Murillo, muy cerca del populoso barrio Ciudadela 20 de Julio; para llegar se toma la famosa Vía Circunvalar, una vía rápida que bordea la ciudad de norte a sur, y viceversa. Cuando el partido era de estas magnitudes quedaba habilitado en un solo sentido, norte-sur. Viajábamos con doña Celia, con quien mi padre vivía en esos momentos. Con ella estábamos su hijo, mi hermano menor, Sydar Marcelo, mi hermana Yaneth del Carmen Perea Sánchez, un gran amigo, Carlos Londoño Cabrera, y yo. Mi papá hablaba poco, pero se notaba alegre. Comentábamos cosas normales de la ciudad, de la gente que bajaba por toda la circunvalar, raudos para el estadio. Siempre escuchaba su emisora camino al estadio a transmitir un evento, así que ese día no fue la excepción. En el camino, un retén de la Policía detiene el carro, pero al darse cuenta que era el famoso Édgar Perea, lo saludaron con alegría, le estrechaban su mano, se les notaba el orgullo de verlo: “Vaya, qué más, Campeón, ¿cómo queda Junior?”. Siempre respondía con una tremenda carcajada y un gran saludo para todos. Todos reían y lo dejaban seguir, siempre fue así. Un respeto grande de las autoridades hacia él. La ciudad y su gente lo querían y lo protegían, sin duda. Seguimos nuestro camino, lo dejamos en el Aeropuerto Ernesto Cortissoz, en el hangar de helicópteros donde lo esperaban los tripulantes de la aeronave, y nos fuimos para el estadio. No era su primera vez en este medio de transporte tan exclusivo. Mi papá acostumbraba a darse el lujo de llegar al Aeropuerto José María Córdova de Rionegro, ubicado a una hora de la ciudad de Medellín, y siempre tomarlo para bajar en tan solo seis minutos directo al segundo aeropuerto, ubicado en el centro de la ciudad, el Olaya Herrera. Lo molesté un día que viajé con él; llegábamos a Medellín y vi que en vez de irnos para la zona de taxis, nos fuimos para las oficinas de Helicol. Quedé sorprendido. Ya lo tenían referenciado como cliente habitual, así que fue rápido, y, ya en la aeronave, le dije: “Nojoda, papi, ¡qué tronco de capo!”. Y me respondió: “Eche, recuerda que los negritos también tenemos derecho”, soltando su gran carcajada. Ese día fue mi primera montada en helicóptero, y ese día sentí el poder y el estatus que quería tener mi padre. Era el mejor, El Más Grande, sin duda. Así que ese domingo, después de dejarlo en el helipuerto, llegamos al estadio, prendí la cámara de video y empecé a grabar desde la entrada, el pasillo… Era un espectáculo impresionante, más de 50.000 personas en el estadio, música, porristas… todo un carnaval. Nadie imaginaba lo que se venía. Pasaron los minutos, y a las 3:25 de la tarde, y con más de 34 grados de temperatura, las más de 50.000 personas miraron al cielo. Un helicóptero se había detenido en el cielo barranquillero, justo encima del Estadio Metropolitano de la ciudad, descendía lentamente; sus aspas producían un ruido estruendoso, bajaba y bajaba, como en cámara lenta, hasta llegar al centro del gramado del estadio, se posó sobre la cancha, y de él brincó Édgar Perea Arias, con su pinta juniorista, dando saltos de alegría y moviendo sus brazos en el centro del gramado. El estadio era una locura. Los equipos de fútbol se asomaron a la boca del túnel a ver semejante suceso; nadie podía creer lo que estaba viendo; de repente, hace lo impensable: se arrodilla y se le ocurre besar la gramilla como lo hizo el santo papa Juan Pablo II cuando pisó suelo colombiano. El público brincaba, gritaba y lloraba de emoción sin poder creerlo, nunca nadie se hubiera imaginado semejante espectáculo. Como si fuera una orden, le respondieron de inmediato batiendo pañuelos blancos que adornaron todas las tribunas, y gritando ¡Perea! ¡Perea! ¡Perea! Delirio total. Sus periodistas, que lo estaban esperando en la cancha, le entregaron el micrófono y empezó a animar gritando ¡Junior, Junior, Junior! Ese día fue el homenaje de admiración y reconocimiento más grande que haya podido darle su público barranquillero. ¡El Negro Perea había vuelto, como solo él podía hacerlo! El Junior ganó tres a uno, y llovió torrencialmente justo después de que empezara el partido. Los periódicos al otro día titulaban: “Del cielo bajó el papa negro”. Este momento quedó consignado para la historia como uno de los más cumbres en su carrera. El 19 de diciembre de ese mismo año glorioso de 1987, trece días después, Édgar Perea, Efraín “el Caimán” Sánchez, el jugador de Junior Alexis Mendoza y el reportero gráfico del Diario del Caribe Carlos Capella sufrieron un accidente grave cuando salían del campamento “La Mina” del complejo carbonífero Cerrejón, en La Guajira. Perea sufrió heridas graves: una herida en su pierna derecha, a la altura del muslo, y fracturas en sus costillas, también del lado derecho, que le dificultaron su respiración por un buen tiempo. Más tarde, se recuperaría sin consecuencia alguna. “No me maté bajando de un helicóptero, y mira que casi lo hago desde un carro, pero mi Virgen del Carmen me salvó”, decía.

II

“Nací en La Vuelta, Chocó, pero soy más barranquillero que cualquiera”

Con Jorge Álvarez Pretelt, un gran amigo mío del proyecto Kilombo Colombia y admirador número uno de Édgar Perea, recordábamos su experiencia en el pueblo donde nació mi papá, y lo describía de una manera muy particular. Jorge cuenta que, por los años sesenta, su papá tenía unos motores fuera de borda y un champán grandote, y lo utilizaba para sus correrías políticas que tanto le gustaban, en el Chocó. Ese día, estando Jorge muy niño, salieron de Quibdó; luego de varias horas de viaje, cuando el sol reventaba en la selva húmeda, le dijo el maquinista: “Cholo, despertate para que veas esto. Vamos a pasar por un canal pequeño, el famoso Canal de la Vuelta, mijo. Despertate, no seas tan dormilón, carajo…”. Soltó una carcajada y se apuró un trago de biche (trago de caña fuerte artesanal de la región) que le dio Paulino, uno de los expertos lancheros que los acompañaba también… “Denme la palanca, no se muevan, ya vamos a entrar al canal. Pasándolo, llegamos a La Vuelta”. Cuenta Jorge: “Me desperté y vi cómo el agua nivelaba y ...