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EL DESPERTAR DE LA DIOSA

Antonina Canal

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Fragmento

Introducción

Desde muy joven, como ser que habita un cuerpo femenino, me hice tres preguntas: ¿Quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿para qué es todo esto? Estos cuestionamientos me llevaron por caminos inciertos y desconocidos: seguí a maestros, guías, chamanes y gurús; descubrí países, desiertos y montañas y, tras infinitas mutaciones y cambios de piel, entendí que venía a despertar. La búsqueda me llevó siempre hacia mí misma; aprendí a conciliar, aceptar, amar y honrar a mi espíritu femenino: a descubrir a mi Diosa.

Finalmente, concluí que mi misión era la de ser un canal de luz y de amor en este viaje mágico y misterioso que es comprender que lo divino está en mí, en ti, en todo y en todos. Que no estamos separados ni divididos. Que el juicio, la crítica y la comparación son espejismos del ego fragmentado adicto al drama, y que somos la expresión de esa esencia divina, de esa Diosa que integra todas sus partes en la danza de la vida.

La danza y el arte han sido mis grandes medios de sanación y búsqueda. Como artista plástica exploré diversos caminos. Mi obra, arte conceptual y performance en el que mi cuerpo siempre fue el vehículo de comunicación, se llamó La labor del amante; esta experiencia me llevó a descubrir la danza oriental, un espacio sagrado de conexión con el espíritu femenino.

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La cultura oriental me sedujo en todos los sentidos, y en mis recorridos por Egipto, India y Turquía no solo recibí grandes enseñanzas e iniciaciones espirituales sino que también comprendí mi misión de vida. Estando en Rishikesh, una pequeña ciudad sagrada en India donde el río Ganges es cristalino, le pregunté a un maestro sobre mi misión de vida y me dijo: “Antonina, tu misión es llevar la energía de los Himalayas y el Sahara a los Andes, creando puentes energéticos de información”.

No entendí muy bien esta frase sino hasta años después, cuando logré sintetizar las experiencias vividas en mis recorridos por Oriente con diversos maestros y chamanes. Me sumergí en un intenso trabajo espiritual, me formé como terapeuta de Aura-Soma* —que consiste en la sanación a través del color y su gran influencia en nuestra vida—, y en el significado de los chacras*, las esencias y las piedras preciosas.

De los griegos aprendí sobre numerología y el poder de los números, el contrato del alma, y cómo la fecha en que nacemos trae toda la brújula e información sobre quiénes somos: nuestro karma* —cuáles son nuestras cuentas pendientes—, el dharma* —que se refiere al saldo que tenemos a nuestro favor— y, por último, cómo descubrir nuestra misión de vida. Con chamanes al sur de Chile caminé sobre fuego*, participé en temazcales* y en la ceremonia de la búsqueda de visión*, ritual de tradición indígena de la tribu de los lakota, en California, de purificación y conexión con los cinco elementos y el espíritu de la Tierra.

He caminado, bailado, aprendido, enseñado, compartido y comprendido que a este plano terrestre solo venimos a progresar, transformar, amar y servir, y por esto decidí crear un espacio de evolución, arte, danza, empoderamiento y sabiduría femenina: Prem Shakti, dos palabras en sánscrito, el idioma más antiguo de la humanidad. Prem significa amor supremo, y Shakti es el principio creativo femenino del universo. Prem Shakti es el nombre del sistema que fundé en 1999, sintetizando muchos caminos y enseñanzas y pretendiendo dejar un legado de conciencia y evolución donde se empodera a la Diosa en todas sus facetas, trayendo la sabiduría ancestral de Oriente y otras culturas a la mujer contemporánea sin importar la edad, la talla, la profesión o el camino que haya elegido para su vida.

La Diosa es la mujer; es la madre divina, el útero, el centro del hogar, la fuente de vida, la fertilidad, la musa, la inspiración de artistas y el océano al que llegan todos los ríos. Celebrar, honrar, sanar y empoderar a la mujer es la misión del nuevo milenio, porque es el momento de crear un cambio en la polaridad que hasta ahora ha sido en su mayoría masculina y ha estado enfocada en el hemisferio izquierdo del cerebro —el yang*—, es decir, en lo racional, práctico y concreto. Vivimos en una era de acción basada en el cumplimiento de metas, y aunque no hay nada negativo en eso, con frecuencia se nos olvidan el olor de las flores y el camino, y sufrimos cuando no logramos lo que nos proponemos. La invitación a volver a lo yin*, sanar, activar y empoderar el lado femenino es un llamado a equilibrarnos, a volver a lo intuitivo, sagrado, creativo, sensual y profundo.

Sanar a la mujer, sanar el yin*, es volver al amor, a la aceptación que produce transformación y sabiduría más allá de la razón y lo material. Volver a lo femenino es volver hacia adentro, a lo sensible, divino y misterioso que nos habita. Al reconectar a la Diosa con sus raíces de sabiduría, sensualidad, creatividad y amor infinito sanamos la vida, la creación, los niños y los hombres. Sanando a la mujer curamos el útero de la sociedad, creamos nuevos líderes y la oportunidad de una nueva semilla para el planeta.

Gran parte de la paz que la mayoría buscamos viene de realizar ese aspecto femenino, que aunque está absolutamente acentuado en un cuerpo de mujer, también está en los hombres, en el hemisferio derecho de su cerebro: en su sensibilidad, intuición, receptividad, amor y capacidad de recibir.

En diversas culturas ancestrales existe la creencia de que a partir del año 2000 iniciamos el ciclo femenino. El 2 del año 2000 simboliza el cisne y significa fluir, amar, perdonar, agradecer y volver a la fuente. El 2 viene a cambiar la polaridad luego del fin del ciclo masculino, del milenio anterior, el del 1 que representa el falo, el guerrero, la dirección, la acción, las guerras y el enfrentamiento. Esta nueva era que inició en el 2000 trae grandes enseñanzas y espacios para sanar desde lo femenino.

El retorno a lo femenino significa curar a la madre, conciliar, renacer, crear nuevos espacios de manifestación, transformación, negociación, expresión y apertura. Podemos ser mujeres mágicas y al mismo tiempo empresarias ejecutivas aterrizadas y prácticas, tan racionales como sensuales y creativas, tan guerreras y disciplinadas como sabias inspiradas, tan suaves y dulces como valientes y salvajes, tan niñas como ancianas. Sí, todo al mismo tiempo: este es el significado de los múltiples brazos de la Diosa.

El lenguaje corporal, o lenguaje no verbal, comunica mucho más que las palabras y dice casi el 90% de lo que somos, cómo nos sentimos o qué queremos. De nuestro lenguaje corporal depende lo que otros piensan de nosotras, pero —más importante aún—, de ese lenguaje depende lo que pensamos y sentimos hacia nosotras mismas. Amy Cuddy, profesora e investigadora de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard, plantea una pregunta: Can you fake it till you make it? (¿Podemos fingir ser algo hasta llegar a serlo?), y la respuesta es SÍ.

Basada en investigaciones, Cuddy llegó a la conclusión de que nuestro lenguaje corporal determina lo que somos al definir qué sentimos y qué pensamos sobre nosotras mismas. Nuestras mentes cambian nuestro cuerpo, pero también ocurre al revés: nuestro cuerpo puede cambiar patrones de pensamiento negativos sobre nosotras. De esta manera, se activa una dinámica que poco a poco nos transforma a niveles profundos.

IMAGEN DE LA DIOSA

En este libro encontrarás mi experiencia de vida, colorearás mandalas, descubrirás cuál es tu animal de poder —también conocido como tu doble cuántico*—. Aprenderás acerca de la sabiduría ancestral al servicio de la Diosa contemporánea viviendo en el aquí y el ahora, en medio del caos y la adversidad, con gracia, belleza, poder, disciplina y absoluta magia y gozo.

Esta es una invitación a reencontrarte, redescubrirte, aceptarte, amarte, empoderarte y permitirte florecer no en una o dos áreas de tu vida sino de manera integral en todos las facetas de tu Diosa. A honrar tu belleza física, tus atuendos y la manera como decoras tu Diosa en el mundo contemporáneo, con significado, sabiduría, feminidad, contenido y magia. Y es aquí donde todas las mujeres que eres deben actuar de manera simultánea, no solo la mujer adulta que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo, sino también la anciana sabia que conoce la naturaleza del tiempo y sabe que cada minuto es precioso porque el reloj no para y la vida, tal como la conoces, acaba; la joven arriesgada que desborda energía; la niña que juega y se disfraza para crear su propia historia, su leyenda, y proyecta y materializa en cada detalle de su fantasía sus más poderosos deseos.

Capítulo 1
“Yo me amo”:
La aceptación y la autoestima

La primera conquista y seducción es contigo misma, y amarse es la primera ley. Todo lo demás será el resultado, el espejo de ese amor propio. Si no aprendemos a aceptarnos y a amarnos con todas las bendiciones que nos enriquecen, con nuestras capacidades, debilidades, limitaciones y dones, jamás podremos expresar nuestra Diosa y viviremos fragmentadas, divididas, buscando afuera lo que siempre ha estado adentro.

En una cultura que produce constantemente estereotipos de cómo debemos ser, sobre el cuerpo que “hay que tener” o lo que “se debe usar”, nos perdemos en exigencias físicas y sociales, en medidas, tallas, marcas, comportamientos, dietas, cirugías, actitudes y patrones que nos llenan de ansiedad, estrés y desequilibrio.

Nos enredamos en ese laberinto de querer satisfacer al otro (al novio, al marido, a la sociedad, a los hijos, al jefe) siempre antes que a nosotras mismas. Ese es el gran error, el peor y más común de todos. ¿Por qué ese afán de seguir ese modelo externo? ¿De cumplir las expectativas de otros?

Tenemos demasiados distractores: televisión, redes sociales, radio, prensa; mucho ruido externo. Estamos siempre corriendo, conectadas a aparatos que, si bien nos facilitan la vida y agilizan nuestras tareas, también nos consumen. Poco a poco nos volvemos a adictas al “no me alcanza el tiempo”, “tengo mucho trabajo”, “no tengo tiempo para mí”, etc. Las típicas excusas para no trabajarnos, para evadir lo esencial, para no mirar hacia adentro y escuchar nuestra voz interior, nuestras necesidades reales.

Nos escondemos tras el frenesí cotidiano para evitar esa pausa en la que se revela que el más grande, importante y verdadero trabajo que vinimos a hacer es conquistarnos a nosotras mismas: aceptarnos, amarnos infinitamente. De allí viene lo demás.

Conozco mujeres que no siguen los patrones de belleza establecidos y tienen una actitud fantástica frente a la vida, que se ven más atractivas e interesantes que las que tienen medidas perfectas y la cartera o el zapato “que está de moda”. Está bien querer estar en forma, sentirte y verte linda, pero la primera belleza viene de ese amor propio y esa conquista de nosotras mismas; eso es lo que realmente produce magnetismo, ese es el carisma, esa aura* que te hace divina, irresistible y querida por todos, que se traduce en éxito laboral y familiar pero sobre todo en armonía interior y en la hermosa capacidad de vivir cada etapa de la vida con dignidad.

El gozo y la pasión no los dan ni el bótox ni la silicona. Sé de muchas mujeres de sesenta años que están obsesionadas con parecer de veinte o treinta. Son mujeres que podrían detenerse a enumerar lo que han aprendido en sus años de vida. El simple reconocimiento del valor de cada experiencia, de los tesoros intangibles que hay cada día, daría para convertir la obsesión en pasión por la vida, en la alegría de vivir que le da un brillo genuino a la mirada, a la piel, a los gestos, a la voz.

¿Por qué no envejecer con dignidad? ¿Por qué no celebrar cada etapa de tu vida con la inmensa sabiduría y gratitud por cada paso que has dado y por la valentía, el esfuerzo y el amor que cada capítulo ha significado para ti? Es muy extraño que haya mujeres que escondan la edad, como queriendo ocultar lo que son o lo que han vivido, sintiendo pena de sí mismas o, peor aún, vergüenza de su existencia en este planeta. Pero, ¿vergüenza de qué? Si la verdadera belleza no tiene edad ni tiempo, no hay nada más irresistible que el kilometraje ganado con años de trabajo interior. Nada más sexy que una mujer dueña de sí misma, empoderada, apasionada y feliz a cualquier edad; ese es el verdadero éxito.

“Hay una fuente de juventud, es tu mente, tus talentos, la creatividad que aportas a tu vida y a las vidas de las personas que amas. Cuando aprendas a aprovechar esta fuente, verdaderamente habrás superado la edad”.

Sofía Loren

Está muy bien tener pareja, familia, éxito laboral, etc., pero nada de eso garantiza la felicidad. No se trata de seducir a un hombre para ser feliz, de tener esto o lo otro, ganar tanto ni ocupar ese cargo por el que has luchado para poder existir de acuerdo a ciertos códigos de felicidad. Si no se da ese punto de encuentro con tu alma, con tu misión esencial, cualquier logro puede derrumbarse porque no hay coherencia en tu mundo interno. Y tarde o temprano esos vacíos se manifiestan de distintas formas (enfermedad, shock, accidente), que no son más que detonantes que prenden alarmas sobre si verdaderamente somos felices con la vida que creamos.

Mirar hacia adentro, aceptarte, seducirte a ti misma, amar cada célula de tu cuerpo sin importar tu edad, talla, profesión o camino de vida, pararte frente al espejo con orgullo y honor, amando al ser que está enfrente, es la verdadera, más grande y exitosa tarea, la mayor conquista, un poder que nada ni nadie te puede quitar. Esa es la joya que hay que cultivar.

Cuando aprendemos a aceptar y a amar todo lo que hay en nosotros con el genuino compro ...