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EL DESPERTAR DE LA SIRENA

Carolina Andújar

5


Fragmento

Cuando el barco se aproximó al álgido puerto y los pasajeros finalmente dejaron sus camarotes, Casandra sintió que sus ojos se escarchaban. Las distantes luces de las viviendas se fundían con las del cielo estrellado de la bahía en el horizonte y aunque reinaba una calma aparente, la espuma que rebordeaba el suave oleaje negro parecía imbuida de una emoción siniestra. El mar, un ente de magnitud casi infinita cuyo capricho podía destruir pequeñas embarcaciones y flotas enteras, casuchas paupérrimas o ciudades ribereñas, siempre le había infundido respeto y admiración, y aun si le gustaba pensar que este solía favorecer a aquellos que desde niños se consagraban a su misterio y quizá también a quienes habiendo aceptado su ínfima condición de humanos se rendían extasiados ante su ímpetu, Casandra no lo amaba.

No había crecido cerca de él y lo había visto por primera vez al inicio de su travesía, momento en el cual su pecho se había comprimido con un horror tal que dio la media vuelta para echarse a correr por el muelle mientras que el reflejo argentino de la luna crepuscular la perseguía sobre las aguas añiles. Su padre, un hombre afable pero por sobre todas las cosas práctico, le había impedido refugiarse en brazos de su madre, quien lloraba con gran desconsuelo en el puerto. Tomándola de la mano, la había obligado a retroceder hasta el navío que la esperaba en tanto que un grupo de gaviotas de ominoso cantar sobrevolaba la amplia capucha de color marfil que cubría su cabeza.

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A pesar de que un número reducido de viajeros realizaba aquel trayecto una vez llegado diciembre y por ello los pasajes eran un tanto menos dispendiosos que de costumbre, los padres de Casandra habían procurado la totalidad de sus modestos ahorros para que ella se reuniese con su abuela Marion. Tras su viudez, la abuela había contraído nupcias con un orgulloso capitán finlandés de grandes mostachos plateados, estableciéndose a partir de ese momento en una bonita casa ubicada en la costa del mar Báltico desde la que enviaba a su nieta postales, las cuales eran usualmente pequeñas acuarelas del litoral que ella misma pintaba, y extensas cartas que describían en detalle sus actividades diarias e interacciones con los vecinos.

Cuando, casi tres años atrás, la abuela había enviudado por segunda vez, había empezado a enumerar también en su correspondencia ciertas fatigas que Casandra atribuía en parte, no sin razón, a un ineludible sentimiento de soledad. La misión de Casandra era, pues, no solo confortar a su abuela, sino llevarla de regreso consigo a Francia para que, lejos del frío aire oceánico, el dolor de sus articulaciones menguase y su corazón recuperase su alegría esencial.

Aun si la abuela poseía las cualidades físicas y mentales necesarias para realizar el viaje sola de ser necesario, ciertas situaciones que antaño consideraba estimulantes ahora la atemorizaban, y había insistido en que Casandra hiciese buen uso de su juventud, aventurándose a conocer una nueva porción del mundo, ayudándola a empacar las pertenencias que debían conservarse en la familia y, en especial, haciéndole compañía durante el retorno a casa, algo a lo que ninguna nieta valiente y amorosa se habría negado.

Pues bien, aunque Casandra se había mostrado muy entusiasmada cuando sus padres le ofrecieron aquella rara oportunidad con la que, cabe decir, pocas chicas de su edad o condición habrían soñado, y aunque había fantaseado durante años con el exótico hogar de la abuela, su primera impresión del mar le produjo un estremecimiento tan profundo que perdió por completo la compostura, tanto así que solo las amonestaciones de su padre, quien tuvo que escoltarla hasta el camarote, lograron que reuniese el aplomo suficiente para despedirse de él, asintiendo a modo de réplica ante cuanto este decía sin escucharlo realmente.

Casandra no fue capaz de reunirse con los pasajeros restantes en la cubierta para agitar el brazo conforme el barco se alejaba, sino que permaneció pegada al ojo de buey que la separaba del mundo exterior, su nariz rozando el grueso vidrio torneado, su vista clavada en la obscuridad ilimitada que rodeaba a la embarcación.

Si bien el trayecto no sería en exceso prolongado y ningún relámpago había surcado el cielo desde que el navío había levado anclas en Ahlbeck, Alemania, hasta donde su familia se había desplazado en tren desde Francia con el fin de acompañarla, Casandra se tardó en reunir el valor suficiente para salir del camarote donde había consumido su cena en soledad antes de quedarse dormida largo rato y despertar de modo abrupto en algún momento de la madrugada. La tripulación era limitada y los marineros encargados de supervisar el funcionamiento del barco a vapor durante la noche se dedicaban a su laborioso hacer, dando voces aquí y allí desde lugares que Casandra no identificaba. Los pasajeros que se hallaban a bordo, por su parte, aún dormían en la relativa tibieza de sus habitaciones.

Así pues, Casandra se encontró en la desolada cubierta que la separaba de aquel océano que resplandecía como el ónice bajo el firmamento despejado, el gélido viento flagelando su rostro y revolviendo los cabellos rubios que en vano había intentado mantener cubiertos por la capucha de su abrigo.

Nada sabía ella de la inmensa masa de agua que la rodeaba y no conseguía interpretar los complicados patrones perlados que se tejían en su superficie: no obstante su optimismo natural, estos se le antojaban amenazantes y sintiendo renacer el miedo que la había dominado al ver el mar por primera vez, intentó convencerse de que quizá padecía algún trastorno poco común pero no desconocido para los médicos que trataban a viajeros inexpertos como ella.

Transcurridos unos minutos, pese a que aquel acopio de buena voluntad había logrado retenerla en la cubierta, la intensa humedad marítima ya terminaba de calar los gruesos guantes de lana roja destinados a proteger sus dedos ateridos. Además, sus dientes castañeteaban sin cesar y cada inhalación del inmisericorde viento de altamar hería su pecho como una miríada de dardos flameantes. Diciéndose que buscar resguardo sería lo más sensato, la muchacha empezó a darse la vuelta en dirección a su camarote sobre el oscilante suelo de madera, pero se detuvo cuando un extraño movimiento en la periferia de su campo visual rompió la aparente distribución homogénea de las olas.

Tras obligarse a encarar de nuevo el océano, Casandra fijó la vista en la porción marina donde la irrupción se había manifestado mientras su corazón batía. La negra superficie daba la impresión de no haber sido alterada en lo absoluto y, aun así, la chica intuyó que bajo el lugar escrutado por sus ojos castaños se escondía una presencia consciente y perversa que pretendía observarla sin evidenciarse, una criatura cuya malignidad no estaba en capacidad de definir o calificar, siendo esta enteramente desconocida para ella.

Espantada, apartó su mirada del agua para internarse en el camarote que le hacía las veces de hogar provisional y, no bien hubo asegurado la pesada puerta, reacomodó sobre su cabeza la capucha del abrigo que el viento había volcado sobre sus hombros, envolviéndose también en las cobijas que se enredaban en la litera revuelta. La chica tiritaba convulsamente a causa del frío, el miedo, o una combinación de los dos.

Aunque en términos objetivos no le había ocurrido nada pernicioso, tampoco se sentía a salvo en esa habitación enchapada en brillantes listones de madera de pino: aquello que estaba allí fuera no podía ser un animal, pues los animales no tenían conciencia y por lo tanto no inspiraban el tipo de miedo que ella experimentaba. Una cosa era el temor a perder la vida a causa del ataque de una bestia marina, que sin duda no se haría con ella a menos que la embarcación naufragase, y algo muy distinto era el terror que un ser provisto de conocimiento era capaz de engendrar. A sus veinte años, Casandra aún ignoraba muchas cosas, pero estaba convencida de haber comparecido ante una criatura tan antigua como cruel, y de que esta la observaba con aciago interés a escasa distancia de la superficie.

Entre sus efectos personales, Casandra llevaba papel, lápices de colores de calidad artística cuya producción comercial era novedad en el mercado, y una fotografía de su madre cuando esta tenía su edad, quizá un año más o uno menos. Como ella, su madre poseía larguísimos cabellos claros, abundantes y lisos, extremidades alongadas y ojos oscuros rebordeados de pestañas muy negras. Aunque aquel retrato en blanco y negro no revelaba detalles del aspecto de su madre como la mezcla de matices cálidos y fríos de su cabellera o el brillo particular de su mirada cuando estaba alegre, los cuales embelesaban a diario a Casandra, este permitía a la muchacha sentirse vinculada a la calidez de su hogar.

En su afán de disipar los tenebrosos sentimientos que la embargaban, se sentó al pie del escritorio, que como todo el mobiliario del barco estaba sujeto al suelo, y se propuso esbozar en su cuaderno de dibujo el rostro de algún personaje descrito por su abuela Marion en las numerosas cartas que le había enviado a lo largo de los años.

Puesto que, de todos ellos, el que realmente había cautivado su imaginación era el sobrino del capitán, un chico de su misma edad quien para entonces también había crecido y con el cual había empezado a corresponderse con cierta regularidad para que ambos pudiesen practicar el finés y el francés respectivamente, Casandra se esforzó en dibujarlo como lo vislumbraba en su fantasía. Poco a poco, al tanto que coloreaba de marrón y ocre los mechones de cabello que enmarcaban el agradable rostro previamente bosquejado, empezó a tranquilizarse, y cuando ya aplicaba una fusión de gris, verde y azul al interior de sus ojos para finalizar el retrato, se dijo que, aunque hubiesen intercambiado muchas epístolas, aún no lo conocía y, por ende, no podía plasmar en el papel lo que encerraba su mirada.

El muchacho, cuyo nombre era Reijo, le había enviado un presente hacía poco más de dos años: se trataba de una diminuta perla de color azul violáceo que, desde entonces, Casandra siempre portaba consigo.

Dejándose guiar por la emoción que le inspiraba el prospecto de verlo, se levantó de la cómoda silla para hurgar, con dedos ahora tibios, en su equipaje. Se afligió al no hallar la perla y por un instante creyó haberla perdido, pero en cuanto la palpó a través de un pequeño roto en la bolsa de seda donde llevaba las pocas joyas que poseía, se sosegó. Sonriendo, extrajo con delicadeza de entre sus prendas de vestir la tierna formación marina y la sostuvo en la palma de su mano para observarla a la luz de la lamparita de cristal verde que había permanecido encendida desde que había ingresado al camarote por primera vez: la perla despedía el mismo brillo tornasolado que el día en que la había descubierto entre los dobleces de la carta que Reijo le había enviado, la cual incluía también una pequeña nota en francés, la lengua natal de Casandra, que leía:

Una fina perla para la muchacha más linda del mundo. Espero sea para ti, así como lo es para mí, la promesa de reunirnos algún día. Llévala contigo en todo momento del mismo modo en que yo te llevo conmigo siempre.

Reijo

Cuando más absorta estaba en la contemplación de la perla, un sonido proveniente del exterior interrumpió su ensueño. Aunque jamás había escuchado algo semejante y podría haberse tratado del gemido de dolor de algún animal, aquel parecía haber sido emitido por una garganta humana. El sol salía en ese instante, tiñendo de naranja el vidrio de su única ventanilla, y aun cuando no quería volver a experimentar el terror de la hora previa, la curiosidad, unida a la tétrica posibilidad de que alguien hubiese caído al agua, venció al fin a Casandra. Con los pelos de punta tuvo que acercarse de nuevo al ojo de buey para echar un vistazo al exterior.

Por más que varios pasajeros alarmados habían escuchado el mismo sonido grave, y por más que Casandra creyó haber visto una abundante cabellera plateada moverse entre las aguas, el conteo exacto de los tripulantes y pasajeros de la nave garantizaba que no habían perdido a nadie. Satisfechos, los marineros afirmaron que aquello que los viajantes habían confundido con un lamento no era más que el bufido propio de algún pez de gran tamaño que, atraído por el movimiento de la embarcación, había emergido durante unos breves instantes para volver a sumergirse de inmediato.

Cuando los demás pasajeros se retiraron de nuevo a sus habitaciones y la calma de la mañana se extendió sobre el mar, Casandra desayunó acurrucada sobre la silla de su camarote, pasando cada bocado con una perturbadora mezcla de horror y maravilla, pues estaba convencida de haber escuchado y visto alejarse a la criatura que momentos antes la acechaba.

Consumido el desayuno, se reclinó en la litera aferrando la pequeña perla en la mano y extinguió la luz que había dejado encendida en el transcurso de la noche, de la cual no podía prescindir mientras estuviese despierta si quería ver más allá de sus narices en la penumbra del camarote. Aunque aún se hallaba bastante inquieta, el ulular del viento logró serenar sus pensamientos y pronto se quedó dormida.

La muchacha, que rara vez recordaba sus sueños, soñó en aquella ocasión que estaba con sus padres y su abuela Marion en una pequeña barca sin remos que las olas de altamar guiaban a su merced. El oleaje causaba que sus acompañantes cayeran al agua y la angustiada chica intentaba socorrerlos echando el torso por la borda, tendiéndoles ambos brazos para que se aferraran a ella.

A pesar de sus esfuerzos, pronto perdía de vista a sus parientes en las aguas oscuras y no lograba distinguir sus ropas o siluetas en la cercanía por lo que, presa del pánico, se ubicaba en medio de la embarcación para conservar el equilibrio. Sin embargo, la ola sobre la que navegaba se había elevado varios metros por encima de las demás y descendía de súbito, volcando la barca que la albergaba. El ímpetu de la marea la sumergía forzosamente y la muchacha no tenía más opción que enfrentar la negra profundidad. Como no sabía nadar, su única alternativa para sobrevivir residía en alcanzar el borde de la barquita que flotaba sobre su cabeza para izarse por encima de las olas. Sus manos buscaban frenéticamente la madera cuando unos dedos se cerraron en torno a su tobillo y tiraron de ella hacia abajo.

Casandra tragó gran cantidad de agua salada sin comprender qué la hundía de modo irremediable. Segundos después, atisbó un rostro difuso bajo sus pies y el agua que había entrado a sus pulmones salió despedida de su boca en compañía de densas burbujas que nublaron su visión. Aun así, cayó en la cuenta de que su agresora, cuyos conto ...