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EL ESKIMAL Y LA MARIPOSA

Nahum Montt

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Fragmento

1

El domingo 25 de marzo de 1990, tres días después de los desórdenes y saqueos por la muerte de Bernardo Jaramillo Ossa, candidato presidencial del movimiento de izquierda Unión Patriótica, Coyote presionó el botón empotrado en la entrada del edificio y esperó. El Colonial estaba ubicado en el barrio El Polo y usurpaba con sus cinco pisos y ladrillos rojos, el blanco de las casas grandes y sobrias de los alrededores.

Coyote sacó una menta de leche de su chaqueta de cuero, la degustó sin ganas y dejó que se le pegara al paladar. Miró el reloj y comprobó que faltaban cinco minutos para las ocho de la mañana. El cielo estaba gris y Bogotá se replegaba en sí misma, envuelta en el manto de una llovizna invisible. A medida que avanzaba la mañana, las nubes se iban oscureciendo y apretando contra los cerros, dejando ver unos relieves cenizos que anunciaban el aguacero puntual de cada día de marzo.

Frente a El Colonial se hallaba la camioneta blindada de Medicina Legal, invisible también, sin despertar sospechas ni curiosidad, como la llovizna que aparecía por arte de magia en las mangas de su chaqueta.

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Coyote volvió a presionar el botón donde decía «Portería» y vio aparecer una mujer pequeña y ojerosa, de piernas cortas y sin más senos que una mancha oscura que se veía a través de la camiseta gastada. La mujer abrió la puerta enrejada y lo condujo hasta las escaleras, a través de un patio descubierto con una fuente que tenía un enano de barbas blancas ensopado en la mitad.

El corredor del segundo piso parecía la sala de espera de un pabellón de maternidad. Impacientes y en pijama, los hombres se paseaban fumando de un lado a otro. Las mujeres se reunían en corrillos alrededor de una anciana que levantaba sus manos amarillas.

—No la culpo —decía—, pero nadie se envenena porque le hagan un retrato.

Cuando lo vio llegar, un joven moreno y de facciones parecidas a las de la mujer que le abrió la puerta, cambió de mano un pañuelo estrujado y se la extendió. Murmuró un nombre que Coyote no entendió, y añadió:

—Lo están esperando los señores de arriba.

—¿Cómo dijo que era su nombre?

La voz ronca y gutural de Coyote pareció intimidar al joven de facciones indígenas. Su rostro reveló una palidez enfermiza y sus cejas, finas y alargadas, no hicieron más que acentuar una fealdad melancólica y tribal.

—José Cumara —dijo siseando las palabras—. Soy el portero.

Caminaron por el corredor encerado hasta la puerta entreabierta del apartamento 201. La pestilencia pateó el estómago de Coyote; pensó sacar su pañuelo, pero ya era demasiado tarde. Le repugnaba la sensación mentolada en la lengua y el olor agridulce de carne podrida parecía atravesar la chaqueta de cuero y anidarse en su piel.

—Tres días… No sabíamos de la señora ni de Kalimán… Pero fue el olor que me hizo llamarlos.

Coyote despidió al portero y caminó por el pasillo alfombrado hasta el umbral de la sala; saludó con la cabeza al joven de Medicina Legal, que hacía su trabajo pegado a las ventanas abiertas. Contempló durante algunos segundos aquella escena bajo la luz amarilla de las bombillas y dejó escapar un suspiro contra su voluntad.

En la madrugada de aquel domingo había recibido una llamada lacónica de don Luis. Había apuntado medio dormido la dirección y se preguntaba la relación de todo aquello con lo ocurrido tres días antes, en el aeropuerto.

Entonces escuchó un balbuceo viperino, amortiguado y oprimido por 100 kilos de grasa que provenía del otro lado de una puerta cancel.

Al entrar en la cocina se encontró con Tejeiros, que mordía palabrotas y masticaba cada blasfemia con rabia, en medio de ollas, cubiertos y demás trastos dispersos en el piso de baldosa. Los recipientes del arroz, el azúcar y los demás granos, estaban desparramados sobre el lavaplatos. Tejeiros opuso al impacto de la última blasfemia, una expresión de regocijo que iluminó sus ojos agotados.

La expresión de Tejeiros tenía una carga de amabilidad difícil de resistir, y aunque su sonrisa era una mueca horrible, digna de una pesadilla, en ese gesto radicaba su encanto. Si un hombre con una cara común y corriente sonríe, el efecto es mínimo: su sonrisa expresa sólo una emoción calculada. Sin embargo, cuando Tejeiros sonreía, distorsionaba de tal modo aquella cara de ogro que de sus ojos feroces, de su boca de labios gruesos y torcidos, y de sus orejas grandes de cartílagos gruesos en forma de cartuchos, emergía una expresión disparatada de alegría, capaz de convencer y alentar a cualquiera.

Redondo como un globo inflado, de 1,90 de estatura, Tejeiros abrió sus brazos cortos y gruesos como si quisiera abarcar y estrechar contra su pecho al universo redimido.

La voz inconfundible de una lora rompió la magia de aquel momento.

Tejeiros se detuvo horrorizado, con una mueca de desdén suspendida en sus labios retorcidos. Sus ojos ardieron de indignación cuando contemplaron la jaula que estaba junto a la ventana de la cocina, sostenida por un cable trenzado que ascendía hasta la baranda de apoyo de las láminas del techo. La lora, con un relieve amarillo en su pecho, se desplazaba de un lado a otro del travesaño de madera, mientras repetía:

—¿Quiere cacao, cabrón?

—¡Maldita Godzilla!

Tejeiros esquivó los trastos regados por el piso y bajó la jaula. Metió su mano enguantada y recibió un picotazo. Sin embargo, esta vez no lanzó ninguna palabrota; sacó la copa plástica del interior y se sopló con resignación la mano. Lavó la copa, la llenó de agua y agregó:

—Agua es lo que necesita la lorita. Agua, pero bendita.

Buscó en la alacena y sacó victorioso un plátano maduro, negro y blando. Lo partió en dos con un bisturí y separó con delicadeza la cáscara, lo metió en la jaula y puso también el agua. La lora inclinó su cuerpo y movió su cabeza hacia los lados.

—Al menos —reconoció—, Godzilla no es desagradecida.

El joven que estaba en la sala entró presuroso a la cocina, abrió el grifo del agua y metió las manos. Luego respiró profundo, como si acabara de subir veinte pisos.

—Suerte de principiante —dijo.

Medía poco más de un metro con sesenta, era delgado y la pelusa sobre sus labios, que aparentaba ser un bigote, se movía con cada exhalación. Tejeiros arrancó una servilleta del rollo junto a la estufa eléctrica y se la alcanzó. El muchacho la recibió con amargura y presionó la herida con fuerza.

—Una cosa es ser principiante y otra, muy distinta, ser bruto. Coyote, te presento a José Miel, de profesión aprendiz. Y como en la serie, no hay caso en que no llore o se cague del susto —Tejeiros miró con compasión al joven—. José Miel, te presento a Coyote, el imbatible, el tragabalas, apodado también El Aplomado. La gente dice que jamás bala alguna lo matará ¿Cuántas tienes encima?

Coyote volvió a saludar con la cabeza al muchacho, que comenzaba a secarse la mano ensangrentada con la servilleta.

—Tengo más balas encima —respondió— que tú pelos en la cabeza.

Aquella cara de ogro volvió a sonreír con su candor de pesadilla.

—¿Te acuerdas, Coyote? ¿Te acuerdas de aquellos tiempos?

—Ajá. Imposible olvidar aquellos tiempos. Las cosas eran muy distintas. Entonces creíamos en el amor y en el presidente Mao.

—Oye este cuento, José Miel —dijo Tejeiros volviéndose hacia el muchacho—. Hace mucho tiempo, Coyote y yo nos conocimos en la Universidad Nacional. Yo terminaba mis estudios de medicina y Coyote estudiaba… ¿Qué era lo que estudiabas?

—De todo un poco —dijo Coyote—. Pero en realidad ya estaba en la policía y andaba metido en lo de Nupalom.

—Nupa… ¿qué? —preguntó José Miel mientras presionaba la servilleta con su mano.

—Nupalom —dijo Tejeiros y explicó, poniendo énfasis en cada palabra—: Ni Un Paso Atrás, Liberación O Muerte.

—Nupalom era un grupo de izquierda de la Universidad y yo estaba dentro para saber lo que hacían. En realidad era un grupo inofensivo.

—Muy inofensivo —aceptó Tejeiros.

—Mucho nombre y poca acción.

—…Poca acción. Pero lo idolatrábamos, ¿sabes? Era como un dios para nosotros, de verdad. Un dios. Su foto gigantesca en blanco y negro, el Libro rojo, sus poemas…

—El presidente Mao.

—Sí, el presidente Mao.

—¿Y qué pasó? —preguntó José Miel.

—¿Lo recuerdas, Coyote?

—Claro que lo recuerdo.

Si algunas amistades fundaban su lealtad en pactos de sangre o de simple respeto, la amistad entre Coyote y Tejeiros tuvo su origen en un secreto, una vergüenza compartida alrededor de la imagen del presidente Mao.

Tejeiros volvió a sonreír y alcanzó otra servilleta a José Miel. Entonces dijo:

—El día de la muerte del presidente Mao, los Guardias Rojos…

Coyote le explicó a José Miel:

—Un grupo anarquista también de la Nacional, marihuaneros y pirómanos, pero igual de inofensivos a Nupalom.

—Prometieron que atacarían el busto del presidente Mao, el mismo que habíamos comprado con nuestros ahorros y habíamos puesto en la entrada de la Facultad de Artes. Nosotros estábamos consternados, de verdad consternados. Yo creía que era inmortal, creía que el presidente Mao no comía ni cagaba y mucho menos que algún día llegara a morirse, y encima de todo, los Guardias arengándonos en la plaza del Che, burlándose de nuestro dolor… ¡Miserables!

Coyote continuó:

—Tejeiros y yo fuimos asignados por las directivas de Nupalom para cuidar la estatua, y durante la noche, a eso de las doce, ¿recuerdas?, primero tú, Tejeiros, y después yo, fuimos seducidos…

—O reducidos, que en este caso es lo mismo.

—Eran putas pagadas por los Guardias Rojos. De manera pues, que Tejeiros y yo, recriminándonos y lanzándonos madrazos, nos la pasamos, desde las tres hasta las seis de la mañana, limpiando la mierda de la cara del presidente Mao…

—Mientras su cuerpo, en el otro lado del charco —dijo Tejeiros y lanzó un suspiro fingido de dolor—, reposaba en cámara ardiente y era homenajeado por todo el mundo…

Coyote, con aire ausente, miró la lora que se balanceaba sobre el travesaño después de devorar medio plátano.

—Aquello ocurrió muchos años atrás. Cada quien tomó su propio rumbo: Tejeiros se especializó en Argentina y yo asumí con rigor mi fama de tragabalas. Nos volvimos a encontrar en Medicina Legal y fundamos eso que se llama amistad en un pacto de caballeros…

—Un pacto de silencio…

—Así es, un pacto de silencio… Desde entonces hemos intentado olvidar lo que pasó aquella noche.

—¿Olvidarlo? ¿Olvidarlo? —Tejeiros parecía indignado—. Es imposible olvidar la mierda en el rostro del presidente Mao. ¿Y sabes por qué, Coyote? Porque es imposible olvidar la mierda en el rostro de Dios, así de sencillo. ¡Imposible! Es que me acuerdo y me parece sentir cada facción de su cara de bronce en las yemas de mis dedos… mis dedos untados de mierda.

—Pero igual nos lo buscamos, Tejeiros. Al menos yo la pasé bien…

Tejeiros gruñó. Coyote añadió:

—Además la lección.

—Sí… la lección.

—Nos quedó muy bien aprendida.

—Así es, muy bien aprendida.

—¿Cuál lección? —preguntó José Miel.

—Dísela tú, Tejeiros.

—No, dísela tú.

Coyote se acercó a José Miel, que había logrado, por fin, detener la hemorragia en su mano.

—La lección es sencilla, muchacho, pero nunca la olvides. ¿Okay?

—Okay.

—La lección dice: «Cuando el pene se levanta, la razón escapa por la ventana de la habitación».

2

Salieron de la cocina y se detuvieron en la sala, frente al cadáver descomunal de un dálmata. El perro tenía las patas levantadas, rígidas, y parecía un oso polar salpicado de brea: una nube zumbante de moscas plateadas que ascendían y descendían sobre su vientre hacían parecer que aún respiraba.

Tejeiros lo pateó y la nube de moscas se levantó.

—Este panzón fue envenenado.

Un hombre de cuerpo grueso y macizo entró al apartamento. Era Mambrú. Tenía la cara redonda y pálida, el pelo teñido de negro y un bigote, también teñido y recortado con esmero, en el que se notaban las raíces blancas.

—No somos más que un amasijo de sustancias químicas, que no valen más de 10.000 pesos en la farmacia de la esquina —dijo Mambrú, sin dejar de sonreír, mientras estrechaba la mano de Coyote con firmeza.

El frío de la mañana entraba por las ventanas y llenaba de penumbra el apartamento.

—Esa burrada la dijo Carl Sagan, no tú, Mambrú —replicó Tejeiros desde el otro extremo de la sala, montándose en una silla, con la cámara fotográfica en la mano.

El flash los encegueció por un instante. Coyote recogió unas fotocopias de recortes de prensa que estaban a lo largo de la entrada y de la sala. Luego observó los fragmentos de vidrio sobre la alfombra y la sangre que se había secado sobre algunos de los recortes de prensa.

Sobre el bifé y entre dos candelabros, había una estatuilla de san Pancracio: su brazo derecho señalaba a la cocina y el izquierdo sostenía una pluma de ganso con un libro abierto en el que era imposible leer lo que decía.

En el centro de la sala estaba la anciana. Tenía un vestido de seda negro y sin mangas. De estatura mediana, parecía más delgada de lo que en realidad era. Su piel era suave y blanquísima. De sus facciones, sólo sus ojos negros abiertos eran grandes: la frente, la boca y los dientes eran de singular pequeñez. Estaba incrustada en la mesa, con el cuerpo cubierto de vidrios rotos como un puerco espín.

José Miel se paseaba por su lado, sin prestarle mayor atención. Mambrú salió un momento. Tejeiros preguntó:

—¿Notas el parecido?

Coyote negó con la cabeza.

—Se parece a la Venus…

—¿La manca?

—Ninguna manca, no seas bruto, Coyote.

—¿Entonces?

—La Venus de Botticelli, en su concha de nácar.

El cuerpo de la anciana parecía estar muy cómodo en su urna de cristales rotos. Coyote se aproximó y miró de cerca aquellas pupilas dilatadas. Tenía la boca abierta y la punta de la lengua, que asomaba por las comisuras de los labios, estaba azul e hinchada. La observó en silencio durante unos segundos, y luego pidió pinzas y guantes.

Mambrú había regresado con el portero. Juntos se detuvieron un instante para contemplar lo que ocurría. Los cuatro, Tejeiros, José Miel, Mambrú y el portero, se acercaron para mirar la impecable bola de papel que Coyote había sacado bajo la lengua amoratada de la anciana.

Olía a diablos. Coyote la abrió con cuidado sobre el borde de la mesa de centro. Tenía dos manchas de tinta azul y el número 7173 escrito con letra temblorosa.

—¡Qué bello! —exclamó Tejeiros—. Nada menos que el número ganador de la lotería. Acuérdame de jugarlo esta semana, José Miel.

José Miel le alcanzó una bolsa plástica. Coyote guardó allí la bola de papel y se la devolvió.

Mambrú parecía confundido. Le hizo señas y caminaron con el portero hasta una de las habitaciones, que también estaba en desorden. Había una cama semidoble, con el portarretratos de la misma mujer donde aparecía, muchos años atrás, junto a un hombre pequeño de rostro difuso y un bebé en los brazos. Coyote comprobó que no tenía inscripción al respaldo.

—El señor aquí presente —dijo Mambrú— no vio ni escuchó nada.

Típico. Lo raro sería que soltara la lengua.

Coyote se asomó por la ventana abierta de la habitación y contempló las casas blancas de garajes enrejados de El Polo. Apenas se escuchaba el rumor de los buses, con su deslizar invisible y la respiración espasmódica y escandalosa de sus exhostos, cuando la llovizna se transformó en aguacero.

Coyote aspiró profundamente y, a pesar del olor, cerró la ventana.

—Nombre completo —preguntó con aquella voz rasgada que tanto intimidaba al portero.

—José Cumara.

—El suyo no —corrigió—, el de la señora.

—Ah, perdone. Inés Uribe.

Coyote sacó una libreta pequeña y argollada, apuntó aquel nombre y, entre paréntesis, el número 7173.

—Cuénteme…

—Llevaba tres días sin ver a la señora, y su perro tampoco se oía. Yo pensé que se había ido de viaje, después fue el olor, entonces los llamé.

—¿Vio entrar a alguien —preguntó Mambrú—, alguien sospechoso?…

El portero blanqueó los ojos y negó con la cabeza.

—¿Escuchó algo?

Volvió a negar.

—¿El perro ladró? —preguntó Coyote.

—Sí señor, jodió y jodió toda la noche.

—¿Cuándo?

—Ya le dije, hace tres noches.

—¿A qué se dedicaba la señora?

—Mmm, ni idea. Que yo sepa doña Inés no hacía nada.

—¿Hace cuánto vivía en el apartamento?

—Hace poco, la pobre llegó con unos trapos viejos… Poco a poco se fue comprando su ropita… Porque el apartamento lo alquiló amoblado.

—Ajá. ¿Hace cuánto?

—Dos meses, más o menos. Llegó con unas cajas de cartón y la lora, después compró el perro, de esa raza, como por dárselas y salía a pasearlo todas las mañanas…

—¿Y el marido? —¿Cuál marido?

—El marido de ella.

—Aaah. No, no tenía marido ni nada que se le pareciera.

Mambrú se movió nerviosamente por la habitación y fingió mirar unas marcas en el techo recubierto de yeso.

—Si alguien entró, usted o la otra india tuvieron que abrirle —dijo Coyote.

—La otra india tiene nombre. Se llama Nayibe y es mi hermana. Y, no señor, ni ella ni yo le abrimos la puerta a nadie.

—¿Quién la visitaba?

El portero parpadeó con rapidez y negó con la cabeza.

—¿Nadie?

—Nadie.

—¿No oyó el ruido?

—¿Cuál ruido?

—Pues todo esto.

Coyote le mostró la habitación: las tripas del colchón por fuera, los vidrios rotos del peinador, la ropa en la alfombra…

El portero negó con nerviosismo.

—¿Algo más?

Coyote lo vio dar la vuelta y marcharse, caminando con las piernas muy juntas.

—Espere un momento —dijo Mambrú.

El portero se detuvo.

—¿De qué tribu es?

—Uwa.

—¿Lo echaron por marica?

El portero continuó, como si no hubiera oído.

—Espere —dijo Coyote.

El portero volvió a detenerse.

—El dálmata, ¿cómo se llamaba?

—Kalimán —respondió sin mirarlos, dándoles la espalda—. ¿Algo más?

—¿Y la lora?

—¿La lora, qué?

—¿Cómo se llamaba?

—Yo qué voy a saber.

—Vive usted debajo.

—Ajá, en el 101 —dijo dando, por fin, la cara.

—¿ ...