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EL OLVIDO QUE SEREMOS

Héctor Abad Faciolince

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Fragmento

2

Mi papá me dejaba hacer todo lo que yo quisiera. Decir todo es una exageración. No podía hacer porquerías como hurgarme la nariz o comer tierra; no podía pegarle a mi hermana menor ni-con-el-pétalo-de-una-rosa; no podía salir sin avisar que iba a salir, ni cruzar la calle sin mirar a los dos lados; tenía que ser más respetuoso con Emma y Teresa —o con cualquiera de las otras empleadas que tuvimos en aquellos años: Mariela, Rosa, Margarita— que con cualquier visita o pariente; tenía que bañarme todos los días, lavarme las manos antes y los dientes después de comer, y mantener las uñas limpias… Pero como yo era de una índole mansa, esas cosas elementales las aprendí muy rápido. A lo que me refiero con todo, por ejemplo, es a que yo podía coger sus libros o sus discos, sin restricciones, y tocar todas sus cosas (la brocha de afeitar, los pañuelos, el frasco de agua de Colonia, el tocadiscos, la máquina de escribir, el bolígrafo) sin pedir permiso. Tampoco tenía que pedirle plata. Él me lo había explicado así:

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Todo lo mío es tuyo. Ahí está mi cartera, coge lo que necesites.

Y ahí estaba, siempre, en el bolsillo de atrás de los pantalones. Yo cogía la billetera de mi papá y contaba la plata que tenía. Nunca sabía si coger un peso, dos pesos o cinco pesos. Lo pensaba un momento y resolvía no coger nada. Mi mamá nos había advertido muchas veces:

—¡Niñas!

Mi mamá decía siempre «niñas» porque las niñas eran más y entonces esa regla gramatical (un hombre entre mil mujeres convierte todo al género masculino) para ella no contaba.

—¡Niñas! A los profesores aquí les pagan muy mal, no ganan casi nada. No abusen de su papá que él es bobo y les da lo que le pidan, sin poder.

Yo pensaba que toda la plata que había en la billetera la podía coger. A veces, cuando estaba más llena, a principios del mes, cogía un billete de veinte pesos, mientras mi papá hacía la siesta, y me lo llevaba para el cuarto. Jugaba un rato con él, sabiendo que era mío, e iba comprando cosas en la imaginación (una bicicleta, un balón de fútbol, una pista de carritos eléctrica, un microscopio, un telescopio, un caballo) como si me hubiera ganado la lotería. Pero después iba y lo volvía a poner en su sitio. Casi nunca había muchos billetes, y a finales de mes, a veces, no había ni uno, ya que no éramos ricos, aunque lo pareciera porque teníamos finca, carro, muchachas del servicio y hasta monja de compañía. Cuando nosotros le preguntábamos a mi mamá si éramos ricos o pobres, ella siempre contestaba lo mismo: «Niñas: ni lo uno ni lo otro; somos acomodados». Muchas veces mi papá me daba plata sin que se la pidiera, y entonces yo no tenía ningún reparo en recibirla.

Tan confundido tenía yo el género gramatical, o tan confusa mi identidad, que la primera vez en la vida que conseguí peinarme, con el partido muy recto al lado derecho (el lado equivocado), les pregunté a mis hermanas:

—¿Quedé bien peinadita?

En mis oídos todavía resuenan las carcajadas de cinco niñas riéndose en coro. Desde eso no me he vuelto a peinar.

Según mi mamá, y tenía razón, mi papá era incapaz de entender la economía doméstica. Ella se había puesto a trabajar en una oficinita por el centro —contra el parecer de su marido— en vista de que la plata del profesor nunca alcanzaba para llegar a fin de mes y no se podía recurrir a ninguna reserva puesto que mi papá nunca tuvo ninguna noción del ahorro. Cuando llegaban las cuentas de servicios, o cuando mi mamá le decía que era necesario pagarle al albañil que había cogido unas goteras en el techo, o al electricista que había arreglado un cortocircuito, mi papá se ponía de mal genio y se encerraba en la biblioteca a leer y a oír música clásica a todo volumen, para calmarse. Él mismo había contratado al albañil, pero siempre se le olvidaba preguntar, antes, cuánto iban a cobrar por el trabajo, así que al final cobraban lo que les daba la gana. Si mi mamá hacía el contrato, en cambio, pedía dos presupuestos, regateaba, y nunca había sorpresas al final.

Mi papá nunca tenía dinero suficiente porque siempre le daba o le prestaba plata a cualquiera que se la pidiera, parientes, conocidos, extraños, mendigos. Los estudiantes en la universidad se aprovechaban de él. Y también abusaba el mayordomo de la finca, don Dionisio, un yugoeslavo descarado que hacía que mi papá le diera anticipos por la ilusión de unas manzanas, unas peras y unos higos mediterráneos que jamás llegaron a darse en la huerta de la finca. Al fin logró que pelecharan las fresas y las hortalizas, montó un negocio aparte, en una tierra que compró con los anticipos que mi papá le daba, y progresó bastante. Entonces mi papá contrató de mayordomos a don Feliciano y a doña Rosa, los papás de Teresa, la muchacha, que se estaban muriendo de hambre en un pueblo del nordeste, Amalfi. Sólo que don Feliciano tenía casi ochenta años, estaba enfermo de artritis, y no podía trabajar la huerta, por lo que las verduras y las fresas de don Dionisio se perdieron y la finca, a los seis meses, estaba hecha un rastrojo. Pero no íbamos a dejar morir de hambre a doña Rosa y a don Feliciano, porque eso habría sido peor. Había que esperar a que se murieran de viejos para contratar a otros mayordomos, y así fue. Después vinieron Edilso y Belén, que allá siguen, treinta años después, con un contrato muy raro que se inventó mi papá: nosotros ponemos la tierra, pero las vacas y la leche son de ellos.

Yo sabía que los estudiantes le pedían plata prestada porque muchas veces lo acompañaba a la universidad y su oficina parecía un sitio de peregrinación. Los estudiantes hacían fila afuera; algunos, sí, para consultarle asuntos académicos o personales, pero la mayoría para pedirle plata prestada. Siempre que yo fui, varias veces mi papá sacaba la cartera y les entregaba a los estudiantes billetes que jamás le devolvían, y por eso alrededor de él había siempre un enjambre de pedigüeños.

—Pobres muchachos —decía—, ni siquiera tienen para el almuerzo, y con hambre es imposible estudiar.

3

Antes de entrar al kínder, a mí no me gustaba quedarme todos los días en la casa con Sol y con la monja. Cuando se me acababan los juegos de niño solitario (fantasías en el suelo, con castillos y soldados), lo más entretenido que se le ocurría hacer a la hermanita Josefa, fuera de rezar, era salir al patio de la casa a mirar los colibríes que chupaban las flores, o dar paseos por el barrio en el cochecito donde sentaba a mi hermana, que se dormía en el acto, y donde me llevaba a mí, de pie sobre las varillas de atrás, si me cansaba de caminar, mientras la monja empujaba el coche por las aceras. Como esa rutina diaria me aburría, entonces yo le pedía a mi papá que me llevara a la oficina.

Él trabajaba en la Facultad de Medicina, al lado del Hospital de San Vicente de Paúl, en el Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública. Si no podía ir con él, porque tenía mucho que hacer esa mañana, al menos me llevaba a dar una vuelta a la manzana en el carro. Me sentaba sobre las rodillas y yo manejaba la dirección, vigilado por él. Era un paquidermo viejo, grande, ruidoso, azul celeste, marca Plymouth, de caja automática, que se recalentaba y empezaba a echar humo por delante a la primera loma que encontraba. Cuando podía, al menos una vez a la semana, mi papá me llevaba a la universidad. Al entrar pasábamos al lado del anfiteatro, donde se dictaban las clases de anatomía, y yo le rogaba que me mostrara los cadáveres. Él siempre me respondía: «No, todavía no». Todas las semanas lo mismo:

—Papi, quiero conocer un muerto.

—No, todavía no.

Una vez que él sabía que no había clases, ni muerto, entramos al anfiteatro, que era muy antiguo, de esos con graderías alrededor para que los estudiantes pudieran ver bien la disección de los cadáveres. En el centro del salón había una mesa de mármol, donde se ponía al protagonista de la clase, igual que en el cuadro de Rembrandt. Pero ese día el anfiteatro estaba vacío de cadáver, de estudiantes y de profesor de Anatomía. En ese vacío, sin embargo, persistía un cierto olor a muerte, como una impalpable presencia fantasmal que me hizo tener conciencia, en ese mismo momento, de que en el pecho me palpitaba el corazón.

Mientras mi papá daba clase, yo lo esperaba sentado en su escritorio y me ponía a dibujar, o al frente de la máquina de escribir, a fingir que escribía como él, con el dedo índice de las dos manos. Desde lejos, Gilma Eusse, la secretaria, me miraba sonriendo con picardía. Por qué sonreía, yo no sé. Tenía una foto enmarcada de su matrimonio en la que ella aparecía vestida de novia casándose con mi papá. Yo le preguntaba una y otra vez por qué se había casado con mi papá, y ella me explicaba, sonriendo, que se había casado con un colombiano que se había vuelto mexicano, Iván Restrepo, por poder, y que mi papá lo había representado a él en la iglesia. Mientras me contaba ese matrimonio para mí incomprensible (tan incomprensible como el de mis propios padres, que también se habían casado por poder, y en las únicas fotos de su matrimonio se veía a mi mamá casándose con el tío Bernardo) Gilma Eusse sonreía, sonreía, con la cara más alegre y cordial que uno se pudiera imaginar. Parecía la mujer más feliz del mundo hasta que un día, sin dejar de sonreír, se pegó un tiro en el paladar, y nadie supo por qué. Pero en esas mañanas de mi niñez ella me ayudaba a poner el papel en el rodillo de la máquina de escribir, para que yo escribiera. Yo no sabía escribir, pero escribía ya, y cuando mi papá volvía de clase le mostraba el resultado.

—Mira lo que escribí.

Eran unas pocas líneas llenas de garabatos:

Jasiewiokkejjmdero

jikemehoqpicñq.zkc

ollq2’’sa9lokjdoooo 

—¡Muy bien! —decía mi papá con una carcajada de satisfacción, y me felicitaba con un gran beso en la mejilla, al lado de la oreja. Sus besos, grandes y sonoros, nos aturdían y se quedaban retumbando en el tímpano, como un recuerdo doloroso y feliz, durante mucho tiempo. A la semana siguiente me ponía de tarea, antes de salir para su clase, una plana de vocales, primero la A, después la E, y así, y en las semanas sucesivas, más y más consonantes, las más comunes para empezar, la C, la P, la T, y luego todas, hasta la equis y la hache, que aunque era muda y poco usada, era también muy importante porque era la letra con que empezaba el nombre de nosotros dos. Por eso, cuando entré al colegio, yo ya sabía distinguir todas las letras del abecedario, no con su nombre sino con su sonido, y cuando la profesora de primero, Lida Ruth Espinosa, nos enseñó a leer y escribir, yo aprendí en un segundo, y entendí de inmediato el mecanismo, como por encanto, como si hubiera nacido sabiendo leer.

Hubo una palabra, sin embargo, que no entraba en mi cabeza, y que tardé años en aprender a leer correctamente. Siempre que aparecía en algún escrito (y menos mal que era escasa) me bloqueaba, no me salía la voz. Si me topaba con ella, temblaba, seguro de no ser capaz de pronunciarla bien: era la palabra «párroco». Yo no sabía dónde ponerle el acento, y casi siempre, por absurdo, en vez de ponerlo en alguna vocal (que además siempre resultaba ser una o), ponía todo el énfasis en la erre: parrrrrroco. Y me salía grave, parróco, o aguda, parrocó, en todo caso nunca esdrújula. Mi hermana Clara vivía burlándose de mí por este bloqueo, y siempre que podía me la escribía en un papel y me preguntaba, con una sonrisa radiante: «Gordo, ¿qué dice aquí?». A mí me bastaba verla para ponerme rojo y no poderla leer.

Exactamente lo mismo me pasó, años después, con el baile. Mis hermanas eran todas grandes bailarinas, y yo tenía también buen oído, como ellas, al menos para cantar, pero cuando ellas me invitaban a bailar, yo ponía el acento del baile donde no era, con una arritmia total, o con el mismo ritmo de las risas de ellas cuando me veían mover los pies. Y aunque llegó el día en que aprendí a leer párroco sin equivocarme, los pasos del baile, en cambio, me quedaron vedados para siempre. Tener una madre es difícil; ni les cuento lo que era tener seis.

Creo que mi papá comprendió pronto que había una manera para impedirme hacer alguna cosa definitivamente: burlarse de mí. Si yo llegaba a percibir que lo que estaba haciendo podía parecer ridículo, risible, no volvería a intentarlo jamás. Tal vez por eso celebraba, en mi escritura, hasta los garabatos sin sentido, y me enseñó muy despacio la manera en que las letras representaban los sonidos, para que mis errores iniciales no produjeran risa. Yo aprendí, gracias a su paciencia, todo el abecedario, los números y los signos de puntuación en su máquina de escribir. Tal vez por eso un teclado —mucho más que un lápiz o un bolígrafo— es para mí la representación más fidedigna de la escritura. Esa manera de ir hundiendo sonidos, como en un piano, para convertir las ideas en letras y en palabras, me pareció desde el principio —y me sigue pareciendo— una de las magias más extraordinarias del mundo.

Además, con esa pasmosa habilidad lingüística que tienen las mujeres, mis hermanas nunca me dejaban hablar. Apenas yo abría la boca para intentar decir algo, ellas ya lo habían dicho, más largo y mucho mejor, con más gracia y más inteligencia. Creo que tuve que aprender a escribir para poder comunicarme de vez en cuando, y desde muy pequeño le mandaba cartas a mi papá, que las celebraba como si fueran epístolas de Séneca u obras maestras de la literatura.

Cuando me doy cuenta de lo limitado que es mi talento para escribir (casi nunca consigo que las palabras suenen tan nítidas como están las ideas en el pensamiento; lo que hago me parece un balbuceo pobre y torpe al lado de lo que hubieran podido decir mis hermanas), recuerdo la confianza que mi papá tenía en mí. Entonces levanto los hombros y sigo adelante. Si a él le gustaban hasta mis renglones de garabatos, qué importa si lo que escribo no acaba de satisfacerme a mí. Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá habría gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.

4

Mis amigos y mis compañeros se reían de mí por otra costumbre de mi casa que, sin embargo, esas burlas no pudieron extirpar. Cuando yo llegaba a la casa, mi papá, para saludarme, me abrazaba, me besaba, me decía un montón de frases cariñosas y además, al final, soltaba una carcajada. La primera vez que se rieron de mí por «ese saludo de mariquita y niño consentido», yo no me esperaba semejante burla. Hasta ese instante yo estaba seguro de que esa era la forma normal y corriente en que todos los padres saludaban a sus hijos. Pues no, resulta que en Antioquia no era así. Un saludo entre machos, padre e hijo, tenía que ser distante, bronco y sin afecto aparente.

Durante un tiempo evité esos saludos tan efusivos si había extraños por ahí, pues me daba pena y no quería que se burlaran de mí. Lo malo era que, aun si estaba acompañado, ese saludo a mí me hacía falta, me daba seguridad, así que al cabo de algún tiempo de fingimiento, resolví dejar que me volviera a saludar igual que siempre, aunque mis compañeros se rieran y dijeran lo que les diera la gana. Al fin y al cabo ese saludo cariñoso era una cosa de él, no mía, y yo lo único que hacía era dejarlo hacer. Pero no todo fue burla entre mis compañeros; recuerdo que una vez, ya casi al final de la adolescencia, un amigo me confesó: «Hombre, siempre me ha dado envidia de un papá así. El mío no me ha dado un beso en toda la vida».

—Tú escribes porque fuiste un niño mimado, un «spoiled child» —me dijo una vez alguien que se decía amigo mío. Lo dijo así, en inglés, para mayor escarnio, y aunque me dio rabia, creo que tenía razón.

Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. En un cuaderno de apuntes (que yo recogí después de su muerte bajo el título de Manual de tolerancia) escribió lo siguiente: «Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad». Es posible que nadie, ni los padres, puedan hacer completamente felices a sus hijos. Lo que sí es cierto y seguro es que los pueden hacer muy infelices. Él nunca nos golpeó, ni siquiera levemente, a ninguno de nosotros, y era lo que en Medellín se dice un alcahueta, es decir, un permisivo. Si por algo lo puedo criticar es por haberme manifestado y demostrado un amor excesivo, aunque no sé si existe el exceso en el amor. Tal vez sí, pues incluso hay amores enfermizos, y en mi casa siempre se ha repetido en son de chiste una de las primeras frases que yo dije en mi vida, todavía con media lengua:

—Papi: ¡no me adores tanto!

Cuando, muchos años más tarde, leí la Carta al padre de Kafka, yo pensé que podría escribir esa misma carta, pero al revés, con puros antónimos y situaciones opuestas. Yo no le tenía miedo a mi papá, sino confianza; él no era déspota, sino tolerante conmigo; no me hacía sentir débil, sino fuerte; no me creía tonto, sino brillante. Sin haber leído un cuento ni mucho menos un libro mío, como él sabía mi secreto, a todo el mundo le decía que yo era escritor, aunque me daba rabia de que diera por hecho lo que era sólo un sueño. ¿Cuántas personas podrán decir que tuvieron el padre que quisieran tener si volvieran a nacer? Yo lo podría decir.

Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido alguien mucho menos feliz.

Muchas personas se quejan de sus padres. En mi ciudad circula una frase terrible: «Madre no hay sino una, pero padre es cualquier hijueputa». Yo podría, quizá, estar de acuerdo con la primera parte de esa frase, copiada de los tangos, aunque lo cierto es que yo, de madres, como ya lo expliqué, tuve media docena. Con la segunda parte de la frase, en cambio, no puedo estar de acuerdo. Al contrario, yo creo que tuve, incluso, demasiado padre. Era, y en parte sigue siendo, una presencia constante en mi vida. Todavía hoy, aunque no siempre, le obedezco (él me enseñó también a desobedecer, si era necesario). Cuando tengo que juzgar algo que hice o algo que voy a hacer, trato de imaginarme la opinión que tendría mi papá sobre ese asunto. Muchos dilemas morales los he resuelto simplemente apelando a la memoria de su actitud vital, de su ejemplo, y de sus frases.

Lo anterior no quiere decir que nunca nos regañara. Tenía un trueno en la voz cuando se ponía bravo, y daba puñetazos en la mesa si regábamos algo o si decíamos alguna estupidez durante la comida. En general era muy indulgente con nuestras debilidades, si las consideraba irremediables como una enfermedad. Pero no era para nada condescendiente cuando pensaba que podíamos corregir algo. Como era un higienista, no soportaba que tuviéramos nada sucio en el cuerpo, y nos obligaba a lavarnos las manos y a limpiarnos las uñas en un ritual que parecía casi prequirúrgico. Odiaba, por encima de todo, que no tuviéramos conciencia social ni entendiéramos el país donde vivíamos. Un día que él estaba enfermo y no iba a poder ir a la universidad, se estaba lamentando porque muchos estudiantes pagarían el pasaje del bus e irían hasta el salón de clase para nada. Yo le dije:

—¿Por qué no los llamas por teléfono y les avisas? 

Se puso pálido de la rabia:

—¿En qué parte del mundo crees que estás viviendo, en Europa, en Japón? ¿O te parece que aquí todo el mundo vive en Laureles? ¿No te das cuenta de que en Medellín hay barrios donde ni siquiera tienen agua corriente, y van a tener teléfono?

Recuerdo muy bien otra de sus furias, que fue una lección tan dura como inolvidable. Con un grupo de niños que vivían cerca de la casa (yo debía de tener unos diez o doce años), me vi envuelto algunas veces, sin saber cómo, en una especie de expedición vandálica, en una «noche de los cristales» en miniatura. Diagonal a nuestra casa vivía una familia judía: los Manevich. Y el líder de la cuadra, un muchacho grandote al que ya le empezaba a salir el bozo, nos dijo que fuéramos al frente de la casa de los judíos a tirar piedras y gritar insultos. Yo me uní a la banda. Las piedras no eran muy grandes, más bien pedacitos de cascajo recogidos del borde de la calle, que apenas sonaban en los vidrios, sin romperlos, y mientras tanto gritábamos una frase que nunca he sabido bien de dónde salió: «¡Los hebreos comen pan! ¡Los hebreos comen pan!». Supongo que habrá sido una reivindicación cultural de la arepa. En esas andábamos un día cuando llegó mi papá de la oficina y alcanzó a ver y a oír lo que estábamos haciendo. Se bajó del carro iracundo, me cogió del brazo con una violencia desconocida para mí y me llevó hasta la puerta de los Manevich.

—¡Eso no se hace! ¡Nunca! Ahora vamos a llamar al señor Manevich y le vas a pedir perdón.

Timbró, abrió una muchacha mayor, lindísima, altiva, y al fin vino el señor César Manevich, hosco, distante.

—Mi hijo le va a pedir perdón y yo le aseguro que esto nunca se va a repetir aquí —dijo mi papá.

Me apretó el brazo y yo dije, mirando al suelo: «Perdón, señor Manevich». «¡Más duro!», insistió mi papá, y yo repetí más fuerte: «¡Perdón, señor Manevich!». El señor Manevich hizo un gesto con la cabeza, le dio la mano a mi papá y cerraron la puerta. Esa fue la única vez que me quedó una marca en el cuerpo, un rasguño en el brazo, por un castigo de mi papá, y es una señal que me merezco y que todavía me avergüenza, por todo lo que supe después sobre los judíos gracias a él, y también porque mi acto idiota y brutal no lo había cometido por decisión mía, ni por pensar nada bueno o malo sobre los judíos, sino por puro espíritu gregario, y quizá sea por eso que desde que crecí les rehúyo a los grupos, a los partidos, a las asociaciones y manifestaciones de masas, a todas las gavillas que puedan llevarme a pensar no como individuo sino como masa y a tomar decisiones, no por una reflexión y evaluación personal, sino por esa debilidad que proviene de las ganas de pertenecer a una manada o a una banda.

Al volver de la casa de los Manevich mi papá —como ocurría siempre en los momentos importantes— se encerró en la biblioteca conmigo. Mirándome a los ojos me dijo que el mundo todavía estaba lleno de una peste que se llamaba antisemitismo. Me contó lo que los nazis habían hecho hacía apenas veinticinco años con los judíos, y que todo había empezado, precisamente, tirándoles piedras a las vitrinas, durante la terrible Kristallnacht, o noche de los cristales rotos. Después me mostró unas láminas espantosas de los campos de concentración. Me dijo que su mejor amiga y compañera de clase, Klara Glottman, la primera médica graduada en la Universidad de Antioquia, era judía, y que los hebreos le habían dado a la humanidad algunos de los mayores genios del último siglo, en ciencias, en medicina y en literatura. Que si no fuera por ellos habría mucho más sufrimiento y menos alegría en este mundo. Me recordó que el mismo Jesús era judío, que muchos antioqueños —y posiblemente hasta nosotros mismos— teníamos sangre judía, porque en España los habían obligado a convertirse, y que yo tenía el deber de respetarlos a todos, de tratarlos como a cualquier ser humano, o aun mejor, pues el hebreo era uno de los pueblos —con los indios, los negros y los gitanos— que habían sufrido las peores injusticias de la historia en los últimos siglos. Y que si mis amigos insistían en hacer esa barbaridad, nunca más iba a poder juntarme con ellos en la calle. Pero mis vecinos, que habían presenciado el episodio desde la acera del frente, con sólo ver «la furia del doctor Abad» tampoco volvieron a tirar nunca piedras ni a gritar insultos en las ventanas de los Manevich.

5

Cuando entré al kínder, con las reglas estrictas de la escuela, me sentí abandonado y maltratado. Como si me hubieran metido en una cárcel sin yo haber cometido ningún delito. Odiaba ir al colegio: las filas, los pupitres, la campana, los horarios, las amenazas de las hermanas ante una sombra de alegría o un atisbo de libertad. Mi primer colegio, La Presentación —que era donde había estudiado mi mamá y donde estudiaban todas mis hermanas— también era de monjas. Era un colegio sólo para niñas, pero a los dos años de kínder, antes de la primaria, dejaban entrar también varones, aunque fuéramos una especie rara y minoritaria. Es más, yo no recuerdo que entre mis compañeras hubiera ningún hombre, por lo que ese colegio de monjas, para mí, era como una extensión de la casa: mujeres, mujeres y más mujeres, con una única excepción, en el bus, donde estaban el chofer y otro niño. Sólo en el bus me tocaba al lado de otro niño. Los dos íbamos de camisa blanca y de pantalones cortos, azules oscuros, en una de las bancas de atrás, y recuerdo que este niño, durante todo el trayecto, desde que se montaba hasta llegar al colegio, se sacaba por un lado de los pantalones el pipí, y se lo sobaba y rascaba y estiraba sin cesar. Y lo mismo al regreso, desde el colegio hasta que el bus lo dejaba en su casa. Yo lo miraba atónito, sin atreverme a decir nada, porque nunca entendí ese gesto, ni lo entiendo todavía, aunque no se me olvida.

Todas las mañanas yo esperaba el transporte del colegio en la puerta, pero cuando la trompa del bus asomaba por la esquina, el corazón me temblaba y yo salía despavorido para adentro.

—¿Para dónde va? —me gritaba furiosa la hermanita Josefa, tratando de agarrarme por la camisa.

—Ya vengo. Voy a despedirme de mi papá —le contestaba yo desde el primer tramo de las escaleras.

Subía al cuarto de él, me metía al baño (a esa hora él se estaba afeitando), lo abrazaba por las piernas y me ponía a besarlo y, supuestamente, a decirle adiós. La ceremonia de los adioses duraba tanto tiempo, que el chofer del bus se cansaba de pitar y de esperar. Cuando yo bajaba, el bus se había ido, y yo ya no tenía que presentarme en La Presentación. Otro día de tregua. La hermanita Josefa se ponía iracunda, decía que ese niño, si lo seguían malcriando, nunca llegaría a ninguna parte, pero mi papá le contestaba con una carcajada:

—Tranquila, hermanita, que para todo hay tiempo.

Esta escena se repitió tantas veces que al fin mi papá se encerró en la biblioteca conmigo, me miró a los ojos y me preguntó, muy serio, si realmente no tenía ganas de ir al colegio todavía. Yo le dije que no, y de inmediato mi entrada al colegio se postergó por un año. Fue algo maravilloso, un alivio tan grande que todavía hoy, cuarenta años después, me siento liviano cuando lo recuerdo. ¿Hizo mal? Les aseguro que al año siguiente no quise quedarme en la casa ni un solo día, ni nunca falté al colegio en adelante, salvo alguna enfermedad, ni en todos mis años de primaria, bachillerato o universidad perdí nunca una materia. «El mejor método de educación es la felicidad», repetía mi papá, quizá con un exceso de optimismo, pero lo decía porque lo pensaba de verdad.

Si durante mi primer año truncado de escuela me dejó casi siempre el bus, y por mi culpa, al año siguiente no me dejó ni una vez. O, mejor dicho, me dejó una sola vez, que nunca se me olvidará. Recuerdo que a las pocas semanas de entrar al mismo colegio de religiosas, en ese segundo intento de destete, tuve un descuido por la mañana, me quedé mucho rato saboreando la yema del huevo frito, y el bus se alejó sin mí. Lo vi doblar la esquina, y aunque salí corriendo detrás de él, no me oyeron gritar. Nadie en la casa se dio cuenta de que me había dejado el bus, y yo no quise volver a entrar, sino que resolví irme a pie. El colegio de las Hermanas de la Presentación, donde hacía el kínder, quedaba en el centro, por Ayacucho, cerca de la iglesia de San José, donde hoy está el Comando de la Policía. Me fui hasta la avenida 33, por la carrera 78, donde nosotros vivíamos, y emprendí mi camino hacia el centro, con una vaga idea de la dirección.

Al cruzar la glorieta de Bulerías los carros me pitaban y casi me atropella un taxi, que me evitó con un frenazo que hizo chirriar las llantas. Yo iba sudando, con mi maletín de cuero colgado del hombro, caminando lo más rápido que podía, por el borde de la calle. Bulerías había sido un escollo casi insalvable, pero lo había superado y seguí adelante, hacia el río, por donde me parecía que pasaba el bus. Cuando iba cruzando el puente sobre el río Medellín, al lado del Cerro Nutibara, paré un momento a descansar y a mirar la corriente, por entre los tubos de protección. Ese era el río al que yo pensaba tirarme si mi papá se moría, y nunca lo había visto tan de cerca, tan sucio, tan ominoso. Yo iba ya casi sin aliento, pero empecé a andar otra vez, por el borde de la calle. En ese mismo momento, todavía me parece oírlo, sentí otro frenazo a mi lado. ¿Otro taxi me iba a matar? No, un señor en un Volkswagen, que se presentó como René Botero, me gritó desde la ventanilla: «¡Niño, usted qué hace por acá, pa’ dónde va!». «Para el colegio», le dije, y me contestó, furioso: «¡Móntese yo lo llevo, que lo va a matar un carro o se lo va a robar alguien por aquí!» Todavía faltaban varios kilómetros para llegar hasta el colegio de La Presentación, y en el cuarto de hora que duró el viaje no nos dijimos ni una palabra más.

Esa tarde, después de que el señor Botero le puso la queja de lo s ...