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EL VENTANAL (UNA SERIE DE EVENTOS DESAFORTUNADOS 3)

Lemony Snicket

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Fragmento

UNO

Si no supieseis mucho acerca de los huérfanos Baudelaire y los vieseis sentados encima de sus maletas en el Muelle Damocles, quizá pensarais que están a punto de emprender una emocionante aventura. Después de todo, los tres niños acababan de desembarcar del ferry Veleidoso, que les había llevado a través del Lago Lacrimógeno, para vivir con su Tía Josephine y, por lo general, esa circunstancia hubiera sido el principio de una época endiabladamente buena.

Pero, evidentemente, estaríais terriblemente equivocados. Porque, a pesar de que Violet, Klaus y Sunny Baudelaire estaban a punto de experimentar sucesos excitantes y memorables, no iban a ser tan excitantes y memorables como lo es que te predigan tu futuro o asistir a un rodeo. Su aventura iba a ser excitante y memorable como ser perseguido por un hombre-lobo a través de un campo de matorrales espinosos a medianoche sin nadie cerca para acudir en tu ayuda. Si estáis interesados en leer una historia llena de momentos endiabladamente buenos, siento informaros que estáis leyendo el libro equivocado, porque los Baudelaire experimentan muy pocos momentos buenos a lo largo de sus vidas tristes y miserables. Su infortunio es algo terrible, tan terrible que casi no me veo capaz de escribir al respecto. Así que, si no queréis leer una historia de infortunio y tragedia, esta es la última oportunidad para dejar el libro, porque la miseria de los huérfanos Baudelaire empieza en el párrafo siguiente.

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—Mirad qué tengo para vosotros —dijo el señor Poe con una sonrisa de oreja a oreja mientras les mostraba una bolsita de papel—. ¡Caramelos de menta!

El señor Poe era un banquero al que le habían encargado ocuparse de los asuntos de los huérfanos Baudelaire tras la muerte de sus padres. El señor Poe tenía buen corazón, pero en este mundo no basta con tener buen corazón, sobre todo si tu tarea consiste en mantener a unos niños fuera de peligro. El señor Poe conocía a los tres niños desde que nacieron y nunca recordaba que eran alérgicos a la menta.

—Gracias, señor Poe —dijo Violet; luego cogió la bolsita de papel y miró en su interior.

Violet, como la mayoría de las catorceañeras, era demasiado educada para mencionar que, si comía un caramelo de menta, le saldría urticaria, palabra que aquí significa «su cuerpo se cubriría de sarpullidos rojos que le picarían durante horas». Además, estaba demasiado ocupada con sus inventos como para prestar mucha atención al señor Poe. Cualquiera que conociese a Violet sabría que, cuando se recogía el pelo en un lazo para que no le cayera ante los ojos, como en aquel instante, sus pensamientos estaban atestados de ruedas, herramientas, palancas y otros utensilios necesarios para los inventos. En aquel preciso instante estaba pensando en cómo mejorar el motor del ferry Veleidoso para que no arrojase tanto humo al cielo gris.

—Es muy amable por su parte —dijo Klaus, el mediano de los Baudelaire, sonriendo al señor Poe y pensando que, sólo con darle un lametazo a un caramelo de menta, se le hincharía la lengua y casi no sería capaz de articular palabra.

Klaus se quitó las gafas y deseó que el señor Poe hubiese comprado periódicos en lugar de caramelos. Klaus era un lector voraz y cuando, a los ocho años, en una fiesta de cumpleaños, se había enterado de su alergia, había leído inmediatamente todos los libros que tenían sus padres sobre alergias. Incluso cuatro años más tarde, podía recitar las fórmulas químicas que hacían que su lengua se hinchase.

—¡Toi! —gritó Sunny.

La menor de los Baudelaire sólo era un bebé y, como la mayoría de los bebés, utilizaba básicamente palabras que eran difíciles de comprender. Con «¡toi!», probablemente quería decir «nunca he comido un caramelo de menta porque sospecho que soy, como mis hermanos, alérgica a ellos», pero no era fácil saberlo. Quizá también podía querer decir «Ojalá pudiese morder un caramelo de menta, porque me gusta morder cosas con mis cuatro afilados dientes, pero no quiero arriesgarme a una reacción alérgica».

—Os los podéis comer en el trayecto en taxi hasta la casa de la señora Anwhistle —dijo el señor Poe, tosiendo en su pañuelo blanco. El señor Poe parecía siempre resfriado y los huérfanos Baudelaire estaban acostumbrados a recibir la información que él les daba entre ataques de tos y jadeos—. Os pide disculpas por no haber venido a recogeros al muelle, pero dice que le da miedo.

—¿Por qué debería darle miedo un muelle? —preguntó Klaus, paseando la mirada por los diques de madera y los barcos.

—Tiene miedo a todo lo relacionado con el Lago Lacrimógeno —dijo el señor Poe—, pero no me explicó por qué. Quizá tenga que ver con la muerte de su marido. Vuestra Tía Josephine (no es realmente vuestra tía, claro está; es la hermanastra de vuestro primo segundo, pero me pidió que la llamaseis Tía Josephine), vuestra Tía Josephine perdió recientemente a su marido y es posible que se ahogase o muriese en un accidente de barco. No me pareció educado preguntarle a qué se debe su viudedad. Bueno, vamos a buscar un taxi.

—¿Qué quiere decir esa palabra? —preguntó Violet.

El Señor Poe miró a Violet y arqueó las cejas.

—Me sorprendes, Violet —dijo—. Una chica de tu edad debería saber que un taxi es un coche que te lleva a algún sitio por dinero. Bueno, recojamos vuestro equipaje y vayamos a la carretera.

—Viudedad —le susurró Klaus a Violet— quiere decir que es viuda.

—Gracias —le susurró ella, mientras con una mano cogía su maleta y con la otra a Sunny.

El señor Poe agitaba el pañuelo para detener un taxi y al poco rato el taxista había amontonado todas las maletas de los Baudelaire en el maletero, y el señor Poe a los niños Baudelaire en los asientos traseros.

—Aquí me despido de vosotros —dijo el señor Poe—. En el banco ya ha empezado la jornada laboral y temo que, si voy con vosotros hasta la casa de Tía Josephine, hoy no haré nada. Por favor, saludadla de mi parte y decidle que estaremos en contacto. —El señor Poe se detuvo para toser en su pañuelo antes de proseguir—. Bueno, vuestra Tía Josephine está un poco nerviosa por tener a tres niños en su casa, pero yo le aseguré que estabais muy bien educados. Procurad actuar correctamente, y, como siempre, podéis llamarme o enviar un fax al banco si surge cualquier problema. Aunque no puedo imaginar que algo salga mal esta vez.

Cuando el señor Poe dijo «esta vez», miró a los niños con severidad, como si fuese culpa de ellos que el pobre Tío Monty hubiera muerto. Pero los Baudelaire estaban demasiado nerviosos por conocer a su nueva tutora para decirle al señor Poe algo más que «hasta luego».

—Hasta luego —dijo Violet, y se metió la bolsita de caramelos de menta en el bolsillo.

—Hasta luego —dijo Klaus, y echó un último vistazo al Muelle Damocles.

—¡Frul! —gritó Sunny, mientras masticaba el cinturón de seguridad de su asiento.

—Hasta luego —contestó el señor Poe— y que tengáis buena suerte. Pensaré en los Baudelaire tan a menudo como me sea posible.

El señor Poe dio algo de dinero al taxista y se despidió de los tres niños con la mano, mientras el taxi salía del muelle y entraba en una calle gris y adoquinada. Había una pequeña tienda de comestibles con barriles llenos de limas y remolachas en la entrada. Había una tienda de ropa que se llamaba «¡Mira! ¡Me va bien!» y parecía estar en plenas reformas. Había un restaurante de aspecto horripilante que se llamaba El Payaso Complaciente, con luces de neón y globos en la ventana. Pero sobre todo había muchas tiendas y negocios cerrados, con rejas de metal en puertas y ventanas.

—No parece haber demasiada gente en el pueblo —señaló Klaus—. Esperaba poder hacer nuevos amigos aquí.

—Estamos en temporada baja —dijo el taxista. Era un hombre delgado con un cigarr ...