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ESTE INFIERNO MíO

Julián Malatesta

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Fragmento

¡El que le toque el culo a mi mamá lo mato!, gritó. Y vimos la hoja del cuchillo rasgar el aire como una tela de toldillo, volar vertiginosa de una mano a la otra de Domingo, que entre el humo de los cigarros y las velas de incienso parecía acompañarse de chispeantes bengalas y de espíritus iluminados. Alirio lo miraba de frente, torvo, listo, luchaba contra su borrachera y, benévolo, trataba de comprender el alcance de la ofensa en la fogosidad del muchacho. Sereno, mijo, sereno, le decía. Pero Domingo mantenía un aire de resolución que hizo saber que el niño de los mandados, el pequeño de Raquel, ya era un varón entre nosotros. Sereno, volvió a decir Alirio, con la voz con la que siempre le habló, voz de amigo, de confidente, de maestro.

Uno se hace hombre en la adversidad, pensé, define su vida en una hilacha de tiempo. Cuánto hace que era un niño, para verlo ahora cuchillo en mano desafiando a quien le ayudó a conservar a su padre en la memoria, al que le dijo cómo era esto de prepararse para honrarlo y ser respetado en el barrio, ser conocido por derecho, sin dobleces ni maromas de ingratitud. Sólo porque le mandó la mano a Raquel, la mujer de su taita, cuando pasó con el trago para una de las mesas, bamboleando ese cuerpo, moldeado en la prodigiosa arcilla de los primeros días. Ah… Los vocablos para tallarla se los traga enteritos su monumento y uno queda sin cartilla, en vilo, reducido a la palabra más usada y puerca, la insolente, la que no se puede decir sin ofender.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El muchacho sabe de qué se trata, mantiene el cuchillo firme en la mano, relajado el músculo, el brazo le danza. Así se pelea, sin odio, con la frialdad del rencor, nada más. No hay que agregarle guirigay a la cabeza porque eso confunde el cuerpo, lo vuelve pesado. Es un rencor sin pasado el que es útil para vivir. Fuimos hechos de esa materia, poseemos una aversión sin ton ni son, sin el cuajo de razones, aquí el que mucho la piensa no pasa al otro día. Raquel ponía la música, ignoraba el suceso, el aire era invadido por un bolero viejo de una cantante cubana, que ella acompañaba con voz gruesa y dulce.

Soy el único amor, soy la esposa. 

En barrio conocido estoy perdida.

Soy mujer sin hombre, 

de un hombre preferida.

Soy de aquel que con mi nombre

en cama ausente no reposa…

Domingo avisaba el regreso de su madre, ella no debía intervenir. Fue entonces cuando el viejo que se hallaba en la mesa más apartada, al fondo de este pequeño cuarto que Raquel convertía en un repentino local para venderles trago sólo a los amigos y hacer rentables sus visitas, dejó ver su silueta entre el humo agitado por los dos extenuados ventiladores clavados en las esquinas del salón. Flaco, nervioso, alto, su mirada rompedora cortaba camino, lucía sombrero negro, saco negro, pantalones negros, zapatos negros, era la noche con cara de hombre. Así lo conocíamos, con su rara distinción, su galanura de fin de semana, su modo de ser único entre iguales.

Se acercó y con determinación tomó la mano que apretaba el cuchillo y dijo: ¡Cuando se saca un arma se mata, muchacho! La autoridad le venía de adentro, Domingo sintió la eficacia del brazo. Yo tenía tu edad el día en que maté al patrón, continuó. Domingo aflojó el puñal. Alirio abrazó al muchacho y el viejo, desarmándolo, extendió su mano para arrastrarlos hasta su mesa. En el camino se toparon con Raquel, que cantaba:

Soy de los amigos sueño,

soy su esposa, radiante campesina,

piel de leña, ardiente encina,

soy la espina y soy la rosa.

Los tres celebraron el encuentro y murmuraron el mismo estribillo que se desprendía alegre de los labios de la mujer. Lo recuerdo como si fuera ayer, prosiguió el viejo, estaba solo en el rancho, cuidaba a la Juliana, que hacía pocos días había crecido, ya se le notaban pechos altaneros y sus ademanes eran recién llegados. Se movía en casa con mando en las cosas. Era como un regreso de mamá que apostaba los trebejos en su sitio. Desde que mamá murió, papá y yo no habíamos vuelto a tener los cachivaches con los que vivíamos en tan preciso alistamiento. Hasta las gallinas y los patos poseían regulación, un territorio asignado, cuando se encontraban eran ejércitos en plena frontera firmando un armisticio.

Mi hermana era grande y empezaba a ser mirada con ojos de codicia. Don Teófilo aprovechó la ausencia de papá, quien bajó al pueblo a comprar los víveres y a hacerle unas diligencias a él, para acercarse a nuestro rancho. Era habitual que así lo hiciera, pero ese día había algo de trepa que yo no entendí en las primeras rúbricas.

Llegó en el potro al que llamábamos Rastrojo porque cuando se enmontaba, se perdía entre las chamizas y era imposible distinguirlo a no ser por sus relinchos. Don Teófilo creyó que la Juliana estaba sola, la llamó al portillo, le empezó a charlar, a lanzarle cariñitos, a decirle Qué bonita es usted, cómo tiene los ojos, hasta las flores se despiertan cuando las mira. La Juliana le sonreía con inocencia de niña y con picardía de mujer que empieza a conocer.

El patrón acercó el caballo con cautela, despacio, como si pisara dormideras, y le puso la mano en el cabello. Las mujeres tienen su instinto, lucen su sangre como animalitos hostigados. Mi hermana se la retiró con brusquedad, dio un paso atrás y sin embargo le dijo amable: ¿Y qué lo trae por aquí, don Teófilo? No más que vine a verla, contestó él. Yo me había parapetado detrás del bebedero de las bestias, atisbaba el movimiento. Juliana la vio peliaguda, miró en derredor buscándome y entonces reculó, no me veía y sentía que esa ausencia jugaba en su contra. Don Teófilo se dio maña para mover a Rastrojo de lado, cerrarle el paso a mi hermana, que buscaba jalar la cerca, y colgar en la estaca el alambre del broche.

El patrón torció la rienda del caballo haciéndolo girar y agarró a mi hermana del pelo y del vestido para treparla en el anca, entonces cambié hacia el rancho, tomé la escopeta que mi papá colgaba entre dos guaduas esquineras y corriendo me arrojé al portillo donde Juliana forcejeaba con el viejo. No la pensé, le estampé un cartucho y varios balines se le clavaron en el pecho. Don Teófilo se vino a tierra. La volví a cargar y le puse el segundo en una pierna. Mi hermana gritaba de espanto, se arrojaba en el cuerpo del agresor, buscaba taparle las heridas, quería auxiliarlo.

Lo que acababa de suceder era malo para todos, él era dueño de la tierra, tenía sus derechos, vino a usarlos, así se pensaba entonces, era la costumbre en la comarca. Pero Juliana era mi sangre, tenía que cuidarla como lo haría papá. El estruendo de la escopeta, los gritos de Juliana, su mirada de reproche, su angustia, sus sollozos, me aturdían, así que tomé a Rastrojo y hui monte adentro.

¡Oye, Domingo, dile a tu mamá que nos traiga otra botellita de ron!, dijo parando la conversa. Raquel, que era previsiva y observaba a sus amigos desde el escaparate que servía de mostrador, ya venía con el repuesto. ¡Ah…! Es ron Montilla, tu mamá sabe cómo es la cosa conmigo, este es el trago que le enviábamos a tu padre cuando ocupábamos las tierras del sur, es un ron brasilero, nos lo traía un misionero de indios, por allá en La Pedrera.

Entra suave y quema adentro, levanta al agachado y el que está de pie habla. Así decíamos nosotros, su alcohol divierte y es bueno para la memoria. Raquel, insistió el viejo, traete unos Président, que varón sin humo pierde pausa. Vos sabés, Arturo, que ese cigarrillo lo descontinuaron; yo vendo Imperial, tres por un peso, o querés el paquete. La cajetilla, ordenó.

Alirio clavó la cabeza en la mesa y le murmuró a Domingo: Vos sos mi hijo. El muchacho lo admitía con paciencia. Bueno, si así lo quieres, respondía. Una frase de concordia, noble, devuelta con aprecio por aquel borracho que merecía su respeto. Si alguien sabía de cuchillos y jaleos era Alirio. Domingo lo vio batirse en la encerrona del Calvario, cuando el finado Clemente, quien no quería pagarle la deuda de carne, le envió una pandilla de diez galafardos para asesinarlo.

Ese día la vieron negra. A uno por uno los fue arrodillando hasta que el más flojo confesó quién los había mandado, entonces Alirio entró a la sancochería de Clemente y fue tal el susto del hombre, que cayó redondo como redondo era. Eso salvó a Alirio de la cárcel, dicen que sin moverse le rezó un padrenuestro y se largó. ¿Estás oyendo, Arturo?, Domingo le preguntó al viejo. El arrastre de un tango se metía a la mesa y era otra voz la que hablaba.

La cita con la muerte tiene esquina,

la muerte manda sus señales,

el hombre que es valiente las declina

en un entrevero de puñales.

Es Juan Devoto Sciazia, un cantante de Bariloche, lugar que no conoce de malevos, dijo Arturo. Alirio levantó la cabeza para soltar la carcajada. Estás vivo, dijeron en coro los otros, un par de Alka-Seltzers y un Mejoral te levantan. Ya te traemos la bomba. La música entra a las mesas y habla y si uno le hace a la vida solo, con ella se charla. Me sonó a estrofa, murmuró Arturo, riendo. Domingo se incorporó. Voy por el remedio, dijo. Vio en el escaparate a Ángel, que conversaba con Raquel, un joven no más alto que él, fuerte, quemado por el sol como un domador de caballos. Era estafeta de su padre, siempre traía las mesadas y le informaba a su mamá cómo andaban las cosas arriba.

¡Hola, Ángel!, saludó Domingo. ¡Hola!, dijo el otro, y se pasaron las manos. Domingo trató en vano de apretar, pues Ángel deslizó sus dedos con rapidez. Nadie sabe si es vergüenza o costumbre, pero así saludan los campesinos. Una bomba, mamá, que Alirio bajó al infierno, dijo con sorna. ¿Qué tal las noticias?, ¿buenas o malas?, enfrentó al mensajero. Buenas, ya tu mamá sabe. Raquel, que preparaba la mezcla efervescente, se sacó del corsé un pequeño papel doblado y se lo entregó a su hijo. Estaba escrito en letra a mano, garabateada a la ligera, con mayúsculas y minúsculas sin tiento. Domingo leyó:

Querida Ardillita. Normalidad en el Bosque, hace poco Salimos de una refriega, nos fue Bien a todos. ¿Cómo Andas? ¿Sigues tan linda como te dejé? ¿Y mi Conejo? Dile que lo de la carnicería del “Buitre” sólo los fines de semana, el resto es para Estudiar. Este corral requiere quien Mande. Un beso a todos. Tu Gavilán.

Devolvió el papel a su madre y ella le entregó el brebaje para Alirio. Raquel acercó el papelito a su boca, luego lo puso en la llama de la vela que tenía al lado de la estatuilla de san Judas Tadeo y lo quemó. Hay que ser bruja para leer la ceniza, musitó. Es mejor así, doña Raquel, agregó Ángel, los chulos olfatean de lejos, supiera las vueltas que dio ese papelito para llegar aquí. ¿Qué tomas, Ángel?, inquirió Raquel. Nada, gracias. Usted sabe cómo es mi oficio, piso ligero la tabla que flota sobre la acequia para no hundirme. Voy rápido, doña Raquel, usted perdone. Hasta pronto. ¡Chao, Domingo!, exclamó. ¡Buen viento!, se escuchó al fondo.

Tomate la bomba, eso te regresa, Alirio, te necesitamos aquí para que escuches el resto de la historia. Con voz de padre levantaba a su amigo, lo traía de ese infierno que son los pensamientos que uno no organiza. Imágenes en reversa, veloces, que atropellan la frente con ganas de salir y revelar ante el mundo lo que se tiene oculto. Si lo que uno ve, recuerda y vive en la borrachera se supiera, la gente reiría o se llenaría de terror, sobre todo en un hombre como Alirio, cuya vida era un mercado de pobre: de todo un poquito.

Le zamparon el vaso todavía burbujeante y Alirio quedó con los ojos abiertos, ladinos como siempre. Vamos, Arturo, seguile a la labia que no me quiero perder nada, dijo ya recuperado. Inflá los globos, Domingo, y poné atención, esta es la primera vez que este solitario cuenta quién es y de dónde viene.

Levantó la copa de ron, se embuchó un trago. Domingo y Alirio lo siguieron. Pero la palabra se le fue de la boca a Arturo, se le metió en la cabeza como una liebre que busca refugio. El cerebro está lleno de ríos, quién sabe en cuál de ellos se ahogó su labia. El silencio que entró a la mesa fue más pesado que un difunto. Sólo la música se deslizó entre ellos y botella en mano alardeó una milonga traviesa:

El que huye detalla cosas

que ocurren en campo abierto,

quien tiene modo las platica

y se libera del sentimiento.

Quien se hace al camino

con una deuda en la espalda

sabe bien que el destino

pone el cobro en la distancia.

El hombre que va herido

se conduce con sapiencia,

una mitad es paciencia,

otra mitad es olvido.

Como si lo trajera otra vez al mundo, la milonguita con su ganzúa de galafate logró extraerle de nuevo la palabra, y el viejo continuó:

De día me ocultaba entre yarumos y chiminangos, armaba cambuche debajo de los oscuros chanules, recogía frutos del árbol de pan, esquivaba a los perros de las pequeñas chacras, aparejaba camas con palos de chonta y me deslizaba de región en región como un guatín acosado por laceros. La noche llegaba despacio, fabricando silencio. Las estrellas tomaban agua en las quebradas y se quedaban murmurando como viejas lavanderas. El suelo de lama agota los tobillos y entonces es cuando sueño y fatiga se unen en las caminatas bajo la luna. En esas horas supe del miedo, las máscaras que usa, las mudas que se pone, sus embestidas de lado, sus acosos de frente, sus acechos de espalda, el cuerpo es el blanco de sus celadas y zarpazos.

El viento cuando cambia de ruta o se devuelve asusta a los árboles, entonces es cuando los grajos, lechuzas y búhos se envían razones. El silencio que se columpia en los bejucos cae de golpe y es el cataplum de un árbol viejo que agoniza. El monte expide olor a jojoro, a chicha envejecida en ollas de barro. Las lluvias llegan sin preguntar. Nadie adivina su ir y venir. Revientan cántaros de piedra sobre las piedras, enfurecen a los ríos e inventan nuevos arroyos. Permanecen horas y días en el mismo sitio hasta que el sol les pone escalera y las aguas emprenden el regreso, lentas, en un sofoco de horno, engordando a las nubes que se paran allá arriba y esperan la decisión del viento, el aliento que las aviente hacia otras regiones.

Hostigado por el hambre, entraba con sigilo en las aldeas o en las casas de los alrededores. Al principio robaba las ropas colgadas en las cuerdas, aquellas que presumían mi tallaje, y víveres almacenados que cocía en improvisados fogones.

Después busqué el dinero, siempre es mejor la compra que las quincallas del asalto. El dinero inventa la libertad aunque no la tengas, lleva al cielo aunque permanezcas en el infierno. ¡El parné, muchachos, le hace ver la gloria a uno en el fondo de la ceniza! Con el dinero adquirí pertrechos y tuve mujeres. Me hice ladrón con mis ilusiones, fui temido por humildes, perseguido por poderosos. O matas o mueres, es la ley, ¿entiendes, muchacho? No falta quien diga que el rumbo hace el camino, pues no, es el corazón de quien anda.

Cuando se tiene la sombra adentro uno da vueltas y no va a ninguna parte. Así me encontraba, perdido, agarrado al coraje como si fuera una liana sosteniéndome en el desfiladero. Fui muy mentado entonces, me llamaban el Rastrojo por el penco de don Teófilo que nunca me abandonó. Trasegué las sierras y los llanos, me volví baquiano en la cordillera, conocí gentes bravas con las que entablé disputas y forcejeos de negocio, trabé finas amistades con gentes que nunca me negaron el agua.

En una de esas andanzas advertí a Alirio, andaba en las mismas, venía de regar sangre, pero se le distinguía la distensión de un buenote enredado en las sirgas de la desgracia. Apretó el hombro de su amigo. Nos entendimos de lejos, dos almas oscuras le sacan palabras al reconcomio.

En estas faenas agotábamos los días, hasta que un comerciante en telas nos dijo que lo mejor era encontrarle una razón a la rebeldía, que la gente sufrida necesitaba valientes como nosotros, que ya había un grupo grande luchando por la tierra para los pobres. Sólo se necesita un resuello para dar el giro sin que uno sepa plenamente a dónde va a parar.

Hay un momento en la vida, amigos, en que uno quiere que lo quieran, un instante en que anhela enrollar la madeja de la suerte, recoger el cáñamo. El comerciante se veía versado en esos asuntos, hablaba con soltura, predicaba con sentimiento, en su palabra uno presentía verdad y entonces lo nombró: Él, le dicen, no tiene nombre pero los pueblos lo conocen. En cada región lo bautizan: Heladio, Arcadio, José, Jacinto, Ignacio, Manuel, Miguel, Néstor, Antonio, Rafael, Daniel, Pablo, Arquímedes, Lázaro, Pascasio, Euclides, Pedro, Vicente, Arnulfo, es familiar como los amaneceres, en las casas lo esperan, es un pariente que anda de viaje. Dicen también que olfatea el peligro a distancia, posee la zozobra de un animal de monte, no se queda quieto, tiene un territorio grande. Si los chulos lo piensan lejos, él de cerca calcula el paso de las tropas, indaga en la huella la fatiga de sus enemigos. Si lo imaginan rodeado, asediado por la jauría, como una fiera sedienta, él está lejos, serenando a sus hombres, enseñando la malicia del repliegue.

¡Ah, si tenía lengua este vendedor de cortes! En medio de la doctrina nos empacó un par de telas, bastante caras, pienso ahora, una para Matilde, la profesora de escuela que yo frecuentaba por allá en las lomas de La Herrera, la otra para Dioselina, novia de Alirio, candela de sus noches en el Páramo de las Hermosas. Has hablado bastante, Arturo, interrumpió Alirio, este muchacho te abrió el ansia y de ese gajo se soltaron tus palabras. Te viste en él, estoy seguro, cuando me lució el cuchillo de frente. Yo como tú le medí el valor con un orgullo por dentro que me frotó el alma. De usted, hijo, me dejo matar y me voy para la otra orilla, contento, agraciado por un daño de familia.

Encendió un cigarrillo, observó la pequeña flama que ardía la pajuela, levantó la mano empuñada en dirección a Domingo, esperó que el puño del muchacho se estrellara contra ella y celebrara su euforia. Ya sé qué te tiene así, replicó Arturo, andás feliz de la bola porque te nombré a la Dioselina, era de fuego esa muchacha, con una mujer así nadie siente frío. Más bajito, interpuso Alirio, de reojo mirando hacia el escaparate.

Raquel se acercaba. ¿Qué mujer era esa que te quitaba el frío en el páramo?, dijo con los ojos puestos en la cara de Alirio. No sé de qué hablas, Raquel, contestó. Cobardes, son unos cobardes, niegan la palabra que les baila fuera de la boca. Si no quieren ser escuchados no las digan, dijo Raquel, y se fue de reniego rumbo a su pieza. Domingo entendió, Alirio por algún lado le tocaba las fibras a su madre, era comprensible lo que había pasado. El viejo encendió un cigarro y los curioseó socarrón. Domingo y Alirio se miraban distinto, dos hombres comprenden sus faltas y se guardan sus deslices.

Estaban iguales, pensé. ¡Otro trago!, gritó Alirio, bebamos, que en esas tierras del Sin Fin muchas veces se nos secó el gaznate y tuvimos que robarle el agua al musgo para poder contar el cuento. Levantaron las copas y sorbieron. El hielo continuaba ahí, ese témpano no lo rompía nadie, congelaba.

*

Al lado del escaparate una cortina de canutos de bambú, decorada con cortezas de árboles y de semillas, cubría la entrada a la habitación de Raquel. Por ahí entró como alma que lleva el demonio, haciendo ruido y alarde, recriminándose esa rabia inexplicable, era una llamarada que la quemaba por dentro y por fuera y le rompía las costuras de su señorío.

Ahora falta ver que Alirio se dé ínfulas y se sobrepase, renegaba. Mi hijo pensará que yo soy una de esas, que olvidé a su taita, yo sí soy bien bruta. Quién me manda a entrometerme en conversaciones de hombres donde nosotras llevamos la peor parte… o la mejor, masculló riendo, pues nosotras sabemos pa dónde va el perro y quién jala la guasca. Alirio lleva mucho tiempo mirándome, se tranquilizó. Los ojos de los hombres son un taladro que socava hasta que una deja caer el escudo, entonces se meten como topos y ya no hay quién los saque. La culpa es mía. El peor indicio para un hombre es que una se deje examinar el metal.

Se sentó en el filo de su cama de bronce, lustrosa bajo la luz amarilla del bombillo situado en el centro de la pieza. Cama ancha, cubierta por el edredón fucsia que descolgaba en sus flancos un rústico tejido de flecos, lucía breves arrugas y desacomodos que la hacían familiar, usable en cualquier santiamén. Frente a ella el espejo del tocador y en la consola recipientes de cremas, abollados tubos de ungüentos, un curioso frasquito de perfume, cepillos, peines, ganchos y pinzas que peleaban la tabla como alacranes y erizos.

Se llevó las manos a la cara, abrió despacio los dedos hasta permitir que sus ojos se miraran, deslizó las palmas en las mejillas, las posó en su cuello, suspiró hondo y sacudió con ánimo la cabeza, las crenchas se batieron en desorden. Se veía bella, joven, sin arrugas, sin manchas, sin las tenebrosas pategallinas que tarde o temprano defraudan el esmero. Hizo buches, infló un pómulo, luego el otro, arrojó la bocanada de aire sobre el cristal, lo dejó levemente turbio, se acercó a él, estampó un beso largo, soltó una carcajada sin estruendo, amarrada en el gesto. Estoy loca, se dijo. ¡Ay, Jesús, tráeme ese hombre, devuélvemelo! ¡Dile a ese Gavilán que vuele bajito, aquí tiene su nido! La mirada de Alirio me mata, me come a pedacitos, ¿no ve que es el buitre?, rio.

Se acercó un poco más al espejo, se cogió los senos desde abajo, trepándolos, meciéndolos en un arrullo. No se miraba, cerraba los ojos, las ubres se salían del sostén, enseñaban su volumen. Se levantó, a mí me falta es hombre, dijo. Se agarró las nalgas con arrebato y se aventó a la cama. Acarició de nuevo su pecho y encogió con suavidad las piernas. La luz entró con sus pinceles en la pequeña tolda improvisada de su falda. Las piernas se rozaron como serpientes que buscan acomodo en el frío, se revolcaron. Giró boca abajo, extendió los brazos tratando de alcanzar los extremos de la cama, su cuerpo quedó expuesto, a la espera, alguien debía batir la cortina de bambú y enrollarse a su lado, así como estaba no opondría resistencia, pensó.

La música dejó de sonar. Raquel dio un brinco, se acercó a la radiola, un mueble rectangular laminado en fórmica, el radio en el centro y encima el tornamesa. Abrió el gabinete del flanco, extrajo un fajo de discos de 45 revoluciones, buscó frenética entre ellos y no encontró el que quería. Apartó otro grupo, uno por uno escudriñó sin provecho. Abrió el gabinete del otro extremo donde reposaba una pila de long plays, cuando escuchó la voz de Alirio: Aquí se acabó hasta la música, nos vamos, Raquel…

*

Los tres hombres permanecían en silencio. Aunque la mesa, el trago y los cigarros los mantenían unidos, cada uno de ellos andaba lejos, recorría trillos que furtivos se abrían con los pensamientos.

Arturo penetraba en remotas aldeas, veía de nuevo a sus mujeres, recordaba escenas en las que la bizarría y la ternura hacían la faena, y las desnudaba en las cocinas, a orillas de los ríos, bajo la penumbra de los cafetales, en los oscuros cuartos de las herramientas, en las caballerizas donde el olor a bestia y monte se reúnen. Mujeres solteras y de otros asaltadas por su leyenda y por el miedo.

Las escenas eran interrumpidas por Matilde, que se le metía en los recuerdos de las intrusas y tomaba posesión de sus pertenencias: un hombre desamparado, afligido por sus andanzas, sus deudas de sangre, solo, sosteniéndose en el mundo con su bravura. La maestra de escuela lo sosegaba, lo regresaba a la obediencia, le daba un lugar de niño en el aula, le permitía el juego como a un alumno, lo hacía libre como a un hijo, mientras gozaba al hombre descubierto en su empuje, de manos rústicas sacudiéndole el cuerpo, encendiendo la leña, arrancándole el vestido, rompiéndole los calzones sobre los pupitres, mordiendo sus pechos como ternero y ella convertida en vaca agradecida, mugiendo de placer, bramando en la colina.

Alirio entró a la casa en medio de la neblina, refundido en su ruana esquivaba el rifle que se alargaba hasta su rodilla y olfateaba con el tubo la construcción de piedra del piso. ¡Buenas, buenas!, gritó. No hubo respuesta. Se quitó el sombrero, sus dedos sintieron la humedad, el frío del páramo en el fieltro, alisó su cabellera como si presintiera una cita o entrara al templo, eso le enseñaron de niño. Sus ojos sombríos escudriñaban los rincones, iba despacio por el corredor, bajo el alero, medía los pasos entre las paredes de bahareque y la endeble barandilla de listones, empujaba suave las puertas, rastreaba discreto las umbrosas habitaciones.

No había nadie, miró a la distancia, sus ojos abarcaron la planicie, pastaban apacibles los animales y no había alma de gente. Continuó el recorrido, ahora con más cautela. No sea que tenga que lamentar la sorpresa, pensaba. Sólo el silencio le hacía volver la vista, pues la batiente de una ventana alteraba la pesquisa o el movimiento de las puertas producía un susurro de bicho que era mejor atender.

Así le dio la vuelta a la casa, de pronto escuchó una voz de mujer que cantaba y un golpe de agua sobre agua, la canción suspendida, la voz entrecortada, otra vez el agua sobre el agua, la mujer con su canto y el sonido del agua. No podía olvidarlo, estaba embelesado. Junto al lavadero, una piedra de estregar aprisionada en troncos de yarumo, una caneca grande recibiendo el agua desde la mana por un canal de latas de guadua, se bañaba la Dioselina, andaría por los veinte, calculó. Sus nalgas blancas, redondas, apretadas, sostenidas como bombones sobre las piernas, destilaban dulce, frío y pálpito. Su cabello dorado, largo, se descolgaba en su espalda como una chorrera donde se desliza el día con su breve candela.

Allí se habría quedado para siempre, quieto y alelado como dicen que se ponen los santos, pero el hambre le acosó el estómago y más abajo esgrimió el arma, la que se prepara sola cuando hombre y mujer se hacen la seña. Sin ruido se quitó la ruana, recostó en el pilar el inútil chopo, el sombrero tapó la boquilla del rifle, aflojó el cinturón, sigiloso descargó en el suelo el revólver y la correa de la munición y avanzó hacia la muchacha.

Con la voz más dulce que pudo inventar, sacó sonidos a su flauta de millo, repitió el saludo: Buenas. Buenas, dijo ella sin moverse. ¿Está sola?, preguntó. Con usted, respondió enfática y se dio vuelta. Sus ojos se clavaron en los ojos de Alirio, lo escrutaron, lo conocieron rápido, le descubrieron el miedo. La neblina lamía con su lengua de perros alados el cuerpo de la muchacha, se metía en sus recodos, le hablaba muy adentro, le agitaba las llamas y el que temblaba era Alirio.

Las mujeres le temían, y ésta lo desafiaba, lo interrogaba desde el silencio, se le metía en el pecho sin tocar la puerta, sus labios se mordían, reventaban frutas dulces y ácidas y toda la cara celebraba un extraño gozo. No quería mirarla. Para vencer a las fieras hay que quitarse sus ojos de encima, pensó. La tomó del cabello y mordió suave su oreja, la muchacha se estremeció, hizo lo mismo en su boca y lo recibió generosa, como quien ofrece agua de la vertiente.

Quería vencerla, doblegarle esa calentura rara que se le salía por los ojos, la cogió de los muslos y la sentó sobre la piedra. Sus pechos erguidos se aplastaron en su torso, la muchacha le abrió la camisa con violencia reventando botones y ojales y empezó a chuparlo frenética, sus manos escarbaban en la pretina, hurgaban en los broches de la bragueta y Alirio temió concluir antes de tiempo, entonces la retiró con vigor, le abrió las piernas y se aventó a su gruta en busca de hospicio. Una toronja abierta picoteada por pájaros lo esperaba acezante, su pulpa hervía, un pequeño volcán estallaba, se contraía, abría cauces, inventaba riachuelos de lava y de miel.

Dioselina gritaba: ¡Devórame, por algo te dicen el Buitre! Los gritos se convenían con la soledad y parecían colgarse como nuevos frutos en los árboles caseros. Alirio quería verle la cara, bebérsele el veneno que brotaba de su boca. Se irguió y le mordió los labios ahogándole las últimas sílabas, descendió por su cuello y le besó los pezones. Gustó un líquido azucarado y espeso, la muchacha le ofrecía leche como a una oveja descarriada.

Alirio se detuvo. ¿Tienes hijo? Ahorita duerme, lo tengo en el corral, contestó Dioselina alcanzando una toalla raída que colgaba de un alambre, sabía que el hombre no podía con esa noticia y se cubrió. Alirio le puso sosiego a la sorpresa, de lo más profundo sacó pesar y bondad, le extendió la mano, la condujo a la casa, ella le mostró el retoño, el niño dormía en un moisés.

¿Y su padre?, interrogó. Lo mataron, vinieron los chulos, primero fue mi papá y luego él, dizque porque colaboraban con el Gavilán. ¿Y era cierto? No, por aquí pasan los ejércitos y una qué hace, hay que saludarlos y darles su aguapanela, así se vive, concluyó. ¿Conoces al Gavilán? Nadie lo conoce, replicó la muchacha, la gente habla de él pero no lo distinguen, dicen que es un cualquiera, usted mismo podría serlo, nadie puede decir yo lo vi, creo que ese misterio lo tiene vivo.

Recordaba esas palabras como si se las dijeran ahora al oído, esa mujer tenía don, supo apaciguarlo, hacer de su pecho un aljibe de agua benigna. Alirio acostumbraba llegarle de día o de noche y la Dioselina estaba allí, paciente en la espera. Le cogí cariño al pelao, se dijo, si hasta lo quise como a un hijo.

Domingo era muy joven como para correr por esos penosos atajos de la memoria. Sus caminos eran cortos aún. Eso hacía que diera vueltas en círculo como un potro ensayando su mejor paso en la pesebrera, bravío todavía, halado por la cuerda de su madre que le daba valor, que lo animaba a seguir con sus estudios, a crecer como hombre.

Aunque nunca le dijo quién era su taita, cuando lo refería hablaba de él del mismo modo que hablan Alirio y Arturo, sin ponerle cara. Su papá es sin ojos, tiene mucha palabra y no tiene voz, permanece vivo en lo que se mienta pero sin facha. La cara es una tarjeta de identidad. El rencor, el cariño, el miedo o el temor, siempre es una cara que se notifica para que el cristiano que hace méritos frente a ella la palabree y sepa a qué atenerse. Cómo me hubiera gustado tenerlo de frente, pensaba Domingo, y saberlo de verdad, mirarlo y escarbarle por dentro y que me diga con la voz suya si yo existo para él.

Cada vez que pienso en papá veo a Alirio, si hablan de lo que él dijo, escucho a Alirio, si cuentan que se salió con la suya en una encerrona, es Alirio quien me habla y me hace sentir el peligro por el que pasó. No sé en qué pensaba cuando lo encaré y le puse el cuchillo en el pecho… Arturo revienta la burbuja, detiene el viaje, los trae de nuevo a la mesa. ¿Qué tal si llevamos al muchacho a Las Sirenas?, preguntó. En eso pensaba, contestó Alirio, y dirigiéndose al muchacho le arrojó la obligante Hay una regla que debes saber, lo que se dice y se hace donde Raquel, muere donde Raquel, lo que se dice y se hace en Las Sirenas, muere en Las Sirenas, cada cosa en su lugar, como dicen. Domingo asintió.

*

¡Aquí se acabó hasta la música, nos vamos!, gritó Alirio, nos llevamos a tu muchacho. ¡Me lo traés entero!, se oyó la voz de Raquel. Los tres rieron. Alirio dejó un pequeño ovillo de billetes arrugados sobre el mostrador. Cruzaron la puerta de salida, ésta no conducía a la calle, se estrellaba en diagonal con el zaguán.

Desde ahí se observaba el caserón, una profunda hilera de puertas y pequeñas ventanas, parecía terminar en un amplio solar que la noche dibujaba como un telón negro donde apenas se silueteaban extraños objetos y los ramales de un árbol mecido por la brisa.

Esperen aquí, dijo Alirio, voy por unas lucas, y se enfundó en la oscuridad, hasta que se oyó el crujir de una puerta, luego una tenue luz estucó las paredes. La casa relumbró como un viejo barco al pairo, a merced de la intemperie, muriéndose lento, como se mueren los gigantes que se baten con los mares y saben de vientos mansos y hostiles. Un barco de mercaderes y piratas, desalojado de la codicia de sus tripulantes ocultos en sus jergones y camarotes. Navegantes en la otra aventura, la del sueño. Murientes dejándose mordisquear las carnes por el tiempo, tal vez con la ilusión de abrir los ojos al nuevo día y ensayar el milagro de la resurrección, el retorno a los gajes del oficio, a las tretas de la lucha. Pobres mortales sin conmiseración en el salvamento de la vida, sin la capacidad de prever cuándo termina su agobiante maniobra.

La calle conservaba aún la fatiga del día. El granero de don Augusto situado en la esquina se improvisaba en la noche como tienda de licores. Allí estaban los asiduos de siempre: Leandro el zapatero, Arnoldo el laminador, Pedro el ebanista, Afición el electricista, Manolo el mecánico. En la mesa contigua, Susana la vendedora de chance y su marido, Juan el chatarrero.

El granero es como su escuela, el día que no asisten les ponen falta, comentó Arturo. Los tres saludaron desde lejos. ¡Ey, don Arturo, Alirio, Domingo!, escucharon. Era el negro Jesús, el sastre, que bebía con sus hijos en el local del frente. ¡Vengan, tómense uno para que aligeren la salida! Vamos, dijo Alirio, deben tener la orquesta en pleno rumbón. El viejo Jesús toca el contrabajo. Toca lo que quiera, dijo Arturo, la música se le sale por los ojos. Su hijo Rafael es un duro con la guitarra, agregó Domingo, Eutimio le pega al saxo y Alba canta, esa negra tiene sabor y una voz destilada del cielo. Ustedes son el rinconcito de Cuba que tenemos en el barrio, adelantó Alirio. No, del Misisipi, alegó Jesús, alcanzando la botella.

Los negros con las poltronas en la calle tenían una inmensa grabadora a todo volumen y como siempre ofrecían la fiesta a los vecinos. ¿Y por qué no tocaron hoy?, inquirió Arturo. Hombre, dijo Jesús sirviendo las copas, porque hoy es el día de Rolando, yo le tengo fe al negrito y le ofrezco el viernes. ¿De cuál Rolando habla, Jesús? Pues de Rolando Laserie, hoy es el día en que lo dejo desacomodar mis telas, enredar mis hilos, esconder mis agujas, agregó riendo.

Los tres brindaron por la ocurrencia. En la puerta contigua, al lado de la sastrería, colgaba un bombillo, bajo él ardían los carbones de un asador. ¿Y cómo le ha ido con esas arepas, doña Tránsito?, saludó Arturo. Muy bien, contestó ella. ¿Se va a soltar la moña, don Arturo?, preguntó. Un poquito no más, un poquito…

La grabadora reverberaba como los carbones de la parrilla y dejaba escapar la voz del negrito mimado por Jesús, que se arrojaba a la calle con su tumbao:

Dobló la esquina del barrio

curda ya de recuerdos…

De súbito apareció Alba, ocupó el vano de la puerta y tarareó la canción:

… como volcando un anhelo

esto se le oyó cantar 

vieja calle de mi barrio

donde he dado el primer paso…

Esa negra le hace honor a su nombre, murmuró Alirio, ilumina la calle. Usted siempre tan hablador, dijo Alba, dejando ver sus blancos dientes que mordían con algazara las palabras.

La negra era una luz, estaba allí con su afro a lo Angela Davis, un collar grueso de semillas y colmillos, blusa blanca de boleros moldeando los erguidos pechos, ajustada la cintura con una correa ancha de cuero y brillantes estoperoles, embutida en el pantalón rojo que se distraía en sus abultadas caderas, y se daba en el suelo con sus mangas en talego, los dedos de los pies amarrados con delgadas correas iban y venían arrastrados por el contoneo y la música. Alba, ¿vas de fiesta?, se atrevió Domingo. No, aquí solita con mi papá abriéndole un campito al bolero y la guaracha. Tomó la botella y sorbió un trago. Bebe la niña, repuso con burla Domingo. Los tres levantaron las manos despidiéndose y continuaron su ruta.

Enfrentaron la calle por la mitad de la calzada. En la acera sólo caminan los giles, comentó Arturo, aquí toca vigilar la sombra que pulsa de frente y cae de sorpresa. Los negocios recién cerrados, todavía con vestigios del trajín, abrían paso a otros de operación nocturna.

Fritangas, estanquillos, asaderos, bares o reducidas cantinas frecuentadas por fanáticos de un tipo de música. Las rancheras hacían gemir las trompetas contra las paredes, los tangos y milongas arrastraban sus carromatos y rezongos en la calle, los boleros se deslizaban furtivos por las ventanas, las puyas y los baladros delatores de un vallenato se ahogaban en el fuelle.

En este barullo aparecían los borrachos, que aventaban escupitajos en las puertas de los negocios, arrojaban colillas y cajetillas vacías. Recogedores de basura escarbando en los tarros, cucarachas y ratas escapando de la pesquisa. Prostitutas forcejeando con sus clientes en los umbrales de hediondos hoteluchos, piernas abiertas sobre gradas empinadas hacia el reino de los ángeles o hacia el reino de los demonios, vaya uno a saber hacia dónde se dirigen sus artes. Tenemos que atravesar El Mariscal, zona de cuidado, luego el barrio de Las Tipografías, comentó Alirio, después buscamos el puente del correo y nos metemos en el bombo de los distinguidos.

Las calles eran gargantas umbrosas donde los vehículos transitaban lentos para no darse con los sardineles o con los postes de alumbrado. Eran cauces secos de un agitado movimiento puesto en calma para estas horas de la noche. La policía aquí no vigila, dijo Domingo, la policía ataca, no es como en otros lugares: ¡Papeles, joven!, te dicen, muestre su cédula, con una decencia como de patrón de barbería. Aquí es: ¡Contra la pared, hijueputa! Te meten una pata en la entrepierna, le quitan el cerrojo al Galil, te hurgan con la mano en las verijas y si te encuentran un alfiler, a golpes te suben a la jaula. Eso es lo que me tiene mosca, rezongó Alirio, no he visto ni un tombo, ni siquiera en Las Perdices, la sancochería, que acabamos de pasar, allí hacen estación. Si nos caen, nos joden, porque yo vengo empalao. Arturo se llevó la mano a la cintura y palpó su herramienta.

El comentario de Domingo agregó un nuevo ingrediente en las arterias: la cautela. Los tres aguzaban la mirada para percibir con buena distancia cualquier movimiento, detectar a la tomba y poder escabullirse con rapidez, ocultarse en los salientes de las paredes de adobe o de bahareque, afinar el cuerpo en los dinteles o correr si no había otra alternativa.

No hablaban, se tragaban las calles con hambre de prófugos. Así atravesaron el mapa previsto. Merodeaban por los alrededores de la iglesia de Lourdes, todavía con el alboroto de motores y bocinas. Desde ahí divisaban el puente del Correo, colgado de la noche como una hamaca a la intemperie, balanceándose sobre un cañón de escombros, basuras y rastrojos donde aún se escurría el Río de las Pasiones, culebra agonizante, desesperada por la sed, conversando con los grillos su penoso trasiego. En estos tiempos de la canícula el río es sólo una añoranza, en los días de lluvia baladra como un poseso. Agitado por la cólera se le ve pasar cargado de animales, abatidas criaturas que luchan desesperadas en sus aguas. También arrastra sencillos enseres de los humildes habitantes que en cambuches pueblan sus riberas. Recoge cercas, techos, piedras, troncos y lodo, lo que inerme se encuentre invadiendo su cárcava o se halle sin prevención en sus orillas.

El aire cambió, ya no era una brisa encajonada en las estrechuras de esas calles amenazantes, transportando el olor a grasas y a fétidos residuos, era un viento renovado que estiraba sus invisibles manos y alcanzaba con alborozo lo mismo papeles que objetos abandonados, torcazas, transeúntes y árboles en el Paseo de los Patriotas. Bajo las estremecidas frondas de samanes y guayacanes, los enamorados se protegen de su fría requisa. Por los senderos de piedra los estudiantes regresan de sus clases nocturnas. Una multitud va y viene con afanes distintos, tal vez con el anhelo de recoger la cuerda de la jornada, llegar a casa con triviales noticias y la parva del día siguiente.

La gente todavía ocupada en buenos oficios y nosotros ocultando esta borrachera, para que los alindados ciudadanos no nos señalen, no pongan su dedo obediente en nuestra frente, como un letrero grande diciendo ¡Borrachos...! ¡Disimulen, amigos! ¡Derechos, carajo! ¡Avancen con el culo templado, como si se hubieran tragado un paraguas!

La perorata de Alirio los puso a reír. No dejaba de ser una vergüenza pasearse así, con los sentidos juntando lo injuntable, engargolando en el mismo giro lo distinto y lo semejante y las palabras igual que en la boca de Alirio, un despropósito de loco, pero con el tino para meter la almarada allí donde parece que durmiera lo sabido. El que pasa a tu lado te ve despilfarrado, mientras ellos van con sus ganas de hacer casa, de construir, en las pocas horas que quedan, el reposo, la familia, hacer que este cochino mundo funcione.

¡Vamos para la derrota, el más vivo al final la pierde! ¡El aire de la superficie es sólo para aguantar el resuello en el pantano!, gritó Alirio como si concluyera una larga meditación. Domingo le puso el brazo en el hombro mientras decía: Necesitás de otra bomba para que te bajés de la filosofía.

Aquí pululan los tiras, los huelo, hieden como carnadas de anzuelo, interrumpió Arturo, mientras dejaba caer el sombrero, pretexto para mirar atrás y detectar de quién eran los ojos que le golpeaban la espalda. En la baranda del puente un hombre arrojaba piedrillas al río, de reojo observaba a los ebrios que no disimulaban su feria ni su espina. Ese no es el problema, ese ya lo pasamos, el lío es el que sigue, comentó Alirio, nos mira sin precaución, casi nos exige que le clavemos la penetrante. ¿La qué?, interrumpió Domingo. Las vistas, hombre, que lo miremos sin titubeos.

Está sentado al lado del puesto de cigarrillos, el otro debe ser el tenedor del negocio. Con voz alta, Arturo se dirigió al del carro. ¡Usted nos salvó la noche, papá, deme tres cigarrillos Imperiales! A uno con veinte, contestó el otro. ¡Eh, pero le piensa ganar lo que a un paquete!, dijo jovial Arturo. Es el trasnocho, mijo, eso cuesta, respondió el vendedor. ¿Se fuma uno?, preguntó Arturo al de la banca, pues nos sobra uno, el muchacho no fuma. Gracias, señor, contestó el fulano, ya pensaba pedirle un toque a mi pana. Se acercó con una caja de fósforos, en agradecimiento ofreció el fuego. El viento apagó la cerilla, entonces el hombre rastrilló dos de modo simultáneo, las cubrió en el cuenco de sus manos y se hizo contra el viento. Vengan, les dijo, Alirio y Arturo se aproximaron. Esto lo aprendí en la milicia, los fósforos se tapan contra el viento, explicó. Los tres celebraron expulsando bocanadas de humo.

El del puente se acercaba. De las dos culebras era mejor esquivar la trasera, esa trae cizaña. Vámonos, apuró Alirio, mi hermana sale a esta hora del instituto. ¿Qué estudia ella?, preguntó el de la candela. Diseño de modas, dijo Alirio. Ah, debe ser una hembrota, volvió el fulano. Sí, pero de esa mazorca ni un grano, enfatizó Alirio con socarronería. Bueno, amigo, gracias por la brasa, intervino Arturo, y entregó el dinero.

¿La pillaste, Domingo? La desconfianza se vence con confianza, se adoba en la familiaridad, como dicen los yerbateros: lo semejante cura lo semejante. Hay que aprender a bajar la temperatura, matar la víbora en pleno movimiento, comentó Arturo, como quien termina una lección. Domingo la asimiló, estos hombres eran maestros del amaño. Miró atrás. Los dos tiras compartían la pava. Quedaron sanos, pensó. La zona es vigilada, a ese lado, en la izquierda, queda la alcaldía, Arturo señaló el edificio que se observaba al fondo, en medio de la penumbra. Emboladores, loteros, vendedores de papas fritas, mercaderes de frutas, barrenderos, magos, culebreros, mimos y saltimbanquis colaboran, son informantes. El que no se preste de sapo lo sacan del parque, argumentó Alirio.

Llegaron a la avenida. En la acera contraria ordenadas filas de gente esperaban los buses que se aproximaban al andén en cumplimiento de los anuncios: Blanco y Negro ruta 1, Blanco y Verde, Verde San Basilio ruta 1 y ruta 2, Gris Meridiano, Azul Celeste y el Aguamarina de la Isla. Por el lado de la iglesia de Lourdes transitaban el Papagayo, el Verde Los Cedros, el Bermejo de Las Piedras, el Amarillo Estadio, Rojo del Río. Buses que no se sabe de dónde vienen ni para dónde van, pero hablan de su pintura, exhiben su latonería con orgullo y sólo de vez en cuando anuncian un lugar de paso que no es meta ni es partida. Esta es la única ciudad donde la gente es guiada por colores, se jactó Domingo dándose aires de recorrido. Y no se pierden, agregó Arturo entre risas.

Se descolgaron por la avenida de los cafetines. Andenes anchos, casas diseñadas como palacetes europeos, iluminados balcones, terrazas atestadas de mesas, tertuliaderos de abogados, jubilados, ejecutivos, funcionarios, maestros, artistas. Restaurantes anunciando comidas mediterráneas, árabes, japonesas, chinas, un campito para la nuestra, la criolla, carromatos de arepas, hamburguesas, perros calientes. A su lado, las fuentes de soda, el escándalo de las discotecas, los duelos de la música en plena calle, parejas entrecruzando piernas, metidas en el baile.

Esta es la vida nocturna de la ciudad, comentó Alirio, la de nosotros es puro arrabal. En medio de esta nueva barahúnda se veían los iluminados avisos de las boutiques, tiendas de bisuterías, almacenes elegantes para la gente que por aquí se pasea, pensó Domingo, mirándose con disimulo su jean, los tenis, la camiseta sin marca. A uno se le ve de dónde viene, se dijo, con el traje le adivinan la calaña.

Se notó bien para la ocasión pero distinto a la gente, le faltaba soltura, menos agitación, traía una alerta pegada en su cuerpo, un dengue de barrio que lo ponía al descubierto. En su cuadra se movía como avispa, pero aquí ese vuelo estaba de sobra, lo delataba. Observó a Alirio y a Arturo. Les descubrió una nueva contorsión, un meneo distinto, una pausa inesperada. Se pavoneaban con la cara en alto, la cumbamba levantada, el pecho al desnudo como caballos de feria, se diría que eran de aquí, propietarios pasando revista a sus locales. Domingo los seguía curioso, hasta dónde serán capaces de llegar estos payasos, se preguntaba. Saludaban a los extraños con gestos familiares. Les sonreían a las muchachas con una prudencia que les ignoraba. Si se les ocurriera ir a misa, de seguro se tragarían todas las hostias. Estos cándidos dominaban el peligro, amaestraban la larva que parasita en lo desconocido.

Oye, Alirio, ¿dónde es el instituto de tu hermana?, preguntó Domingo con mofa. En la esquina, ¿no la ves? Una mulata apretada en una diminuta falda ostentaba unas piernas monumentales. ¿Y ese no es el Ganzúa?, preguntó Arturo. El mismo, corroboró Alirio. Identificaron al hombre que estaba con la negra. Es una chucha, dijo Domingo, don Augusto el del granero le pegó tres planazos, lo pilló agachado detrás del mostrador abriendo la caja. Desde entonces no lo volvimos a ver. Ahora trabaja con las hembritas en la calle, ellas consiguen clientes y le pagan. Es un chulo, comentó Alirio. Ese man juega fútbol conmigo, dijo Domingo, es un centro delantero natural, sin entreno, sólo con el embale que le dan el valor y el goce de la recocha. Con bola en movimiento no lo para nadie, pero con bola quieta no se quiebra ni un poste. Sopla mucho, lo tiene fregado el vicio.

El Ganzúa hi ...