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FRENTE A LA ESTRELLA POLAR. COLOMBIA Y ESTADOS UNIDOS DESDE 1974

Stephen Randall

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Fragmento

PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS

Este estudio de las relaciones entre Colombia y Estados Unidos estuvo en gestación durante mucho tiempo. Desde la publicación, en 1992, de Aliados y distantes (publicado en inglés como Colombia and the United States: Hegemony and Interdependence), he querido cubrir con más rigor ese período que empieza a partir de mediados de la década de 1970. Pero otros proyectos se interpusieron en mi camino: cuatro ediciones sobre Canadá y Estados Unidos, con John Thompson; una historia internacional de la cuenca del Caribe (The Caribbean Basin; An International History), con Graeme Mount; una edición considerablemente ampliada de United States Foreign Oil Policy Since World War I: For Profits and Security, y una biografía del difunto presidente colombiano, Alfonso López Michelsen. Con todo, varios años de trabajo en la biografía de López Michelsen me posibilitaron volver sobre mi antiguo empeño, así como la redacción de un capítulo sobre la política exterior colombiana tras la Guerra Fría que Gian Luca Gardini y Peter Lambert amablemente me pidieron escribiera para su volumen sobre políticas exteriores latinoamericanas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Imposible hacer justicia a tanta gente que a lo largo de los años ha contribuido a mi trabajo sobre Colombia, y no solo para este volumen. Muchos me concedieron amables entrevistas particulares, de las que dejo registro en la bibliografía de este libro, así como otros cuanto amigos que, a lo largo de conversaciones y a través los años, enriquecieron con sus conocimientos, ideas e informes mi comprensión de un país que estimo profundamente, país donde he trabajado y en ocasiones vivido en lo que ya casi cumple medio siglo. Con todo, cuanto más aprendo, mejor entiendo también que yo ni nadie puede tener todas las respuestas respecto a la compleja sociedad colombiana ni siquiera respecto a la política exterior colombiana en las relaciones con Estados Unidos. En fin, so riesgo de olvidar a alguien, igual quiero dejar constancia de mi aprecio por el trabajo de muchos académicos, trabajo sin el cual hubiera sido imposible escribir este libro. Son ellos: Bruce Bagley, Charles Bergquist, Gonzalo Sánchez, Mauricio Romero, Arlene Tickner, Juan Tokatlián, Martha Ardila, Juan Camilo González, Russell Crandall, Marco Palacios, el fallecido David Bushnell, Malcolm Deas y Gustavo Duncan.

De carácter más personal, creo que nunca podré agradecer lo suficiente a mi buen amigo Alfonso López Caballero, quien ha compartido conmigo sus puntos de vista, su conocimiento y sus contactos durante años, y a Milena Gómez Kopp (ex vicedecana de la Facultad de Relaciones Exteriores en la Universidad Externado y hoy editora de la revista Oasis), por las mismas razones. A los esfuerzos del economista Mauricio Pérez Salazar por ayudarme a superar mi frecuente defectuosa comprensión de la economía colombiana. En lo que atañe a la dimensión paramilitar que trato en este trabajo, Bernardo Pérez Salazar trabajó muy cerca de mí y no sé cómo agradecerle su esfuerzo, tanto, que bien hubiera podido convertirse en otro proyecto si solo nos hubiera sido posible. A Lizeth Quiroga, mi responsable y creativa asistente en Bogotá. Por último, quiero agradecer a mi amigo y colega de hace tiempo, David Bercuson, Director del Centre for Military and Strategic Studies en la Universidad de Calgary, por haberme facilitado un espacio de trabajo tranquilo y amable durante mis años como profesor emérito. No sobra decir que ninguna de las personas aquí mencionadas es responsable en modo alguno por cualquier interpretación, equívoco, omisión u otros pecados de los que los lectores de este libro puedan percatarse. Por ellos soy yo el único responsable.

Este libro gira de manera muy particular en torno a la política exterior y las relaciones diplomáticas que la primera implica, pero bien podría justificarse otro trabajo equivalente dedicado a las relaciones sociales y culturales que a lo largo de los años se han establecido entre colombianos y estadounidenses, entre ellas, por ejemplo, las de las enormes comunidades colombianas que hoy por hoy viven en Estados Unidos. De hecho, examino aquí muchos menos asuntos sociales y culturales de los que me hubiera gustado tratar de haber contado con más espacio para hacerlo. Espero que alguien asuma ese empeño.

STEPHEN J. RANDALL FRSC

Calgary, Canadá, 2015

INTRODUCCIÓN

Este volumen retoma la historia de las relaciones Colombia-Estados Unidos en una importante coyuntura, tanto para la historia particular de cada uno de los países, como para la relación bilateral entre los dos. En Colombia, el experimento del Frente Nacional en lo que esencialmente podría llamarse una democracia controlada, llegaba a su fin con la elección en 1974 del liberal izquierdista Alfonso López Michelsen, antiguo líder del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL). En Estados Unidos, el gobierno de Richard Nixon, que había alcanzado un acuerdo de paz con Hanoi el año anterior, intentaba sacar al país de los cenagales de la destructiva guerra de Vietnam, promoviendo la distensión con la Unión Soviética e intentando acomodarse de alguna manera con la República Popular China. Cualquier observador imparcial coincidiría en que, en 1974, si bien Colombia tenía alguna importancia, no era precisamente una prioridad para Estados Unidos, excepto quizá por su relevancia en asuntos que concernían al Canal de Panamá. Las operaciones de contrainsurgencia de finales de la década de 1950 y comienzos de la de 1960 habían logrado contener en muy buena medida a los grupos disidentes, remanentes de la guerra civil de los años cincuenta, y ninguna de las tres guerrillas, a saber, FARC, ELN y EPL, tenía particular fuerza al comenzar la década de 1970.1 Colombia estaba firmemente afincada en el campo Occidental en lo que a la Guerra Fría concierne, como no fuera por diferencias respecto al lugar que debía ocupar la Cuba de Fidel Castro en el concierto de la relaciones hemisféricas aunque, dicho esto, cabe señalar que incluso las relaciones del país con Cuba no eran siempre fluidas debido a los vínculos de la isla con los insurgentes colombianos. Colombia además coqueteaba, y en ocasiones participó de manera activa, con el movimiento de países no alineados durante la Guerra Fría. Respecto a las relaciones con la República Popular China, se puede decir que la posición colombiana era más bien vacilante. En noviembre de 1974, unos pocos meses después de haber terminado su gobierno, el expresidente Misael Pastrana Borrero y su esposa hicieron una visita oficial a la República Popular, pero los dos países no establecieron relaciones formales sino hasta 1980, asunto que, dicho sea de paso, lo convirtió en el último país latinoamericano en hacerlo.2 Los problemas con estupefacientes eran por entonces aún marginales, en principio, algunas exportaciones clandestinas de marihuana desde la costa del Caribe. Pero esto último pronto cambiaría.

En lo que va de 1974 a los albores del siglo XXI, las relaciones entre Estados Unidos y Colombia se intensificaron, principal pero no exclusivamente, debido al papel que jugaría Colombia en el tráfico internacional de estupefacientes. Con todo, el grueso de la relación bilateral se caracterizó más por su continuidad que por cualquier abrupto cambio de rumbo hasta, quizás, la presidencia de Álvaro Uribe. Los dirigentes de los dos países compartían valores que se reflejaban en sus respectivas políticas exteriores, aunque había, claro, diferencias. La politóloga Arlene Tickner se ha preguntado si el papel que Colombia ha desempeñado frente a Estados Unidos ha sido el de un actor sumiso, autónomo o algo en un punto intermedio.3 La primera alternativa pareciera demasiado extrema, excepto quizá por la precaria presidencia de Ernesto Samper. La segunda, sugiere un grado de independencia en el diseño de políticas a seguir que sería ingenuo atribuir incluso a una potencia de orden medio, cosa que Colombia no era, pero subrayemos que lo anterior no significa que el país no haya podido establecer y seguir sus propias estrategias en política exterior ponderando muy bien las consecuencias e implicaciones de sus relaciones con otros países. De manera que la tercera alternativa parece ser la única realista. A mi modo de ver, sigo considerando que la noción de “aliados y distantes”, una mezcla de hegemonía e interdependencia con la que alguna vez califiqué las relaciones entre los dos países en uno de mis anteriores libros, aún conserva su validez.

A diferencia de la política exterior estadounidense, el enfoque de la política exterior colombiana rara vez lo ha determinado una línea ideológica dura. Sería imposible imaginar la política exterior colombiana formulada en términos como “la doctrina del destino manifiesto”, “extender los espacios de libertad”, “hacer del mundo un lugar seguro para la democracia” o “promover cambios en regímenes foráneos”. La política exterior colombiana ha sido más bien caracterizada por un decidido apoyo del multilateralismo, del respeto por las instituciones internacionales y por el derecho internacional y, de manera muy particular, el respeto por el principio de no intervención, en ocasiones defendido con mucho más vehemencia que la que ha caracterizado a la política exterior estadounidense. En este sentido, la orientación de la política exterior colombiana se parece más a la que ha caracterizado a la mayoría de las potencias medianas y emergentes, naciones que pueden desempeñar un modesto papel regional aunque carezcan del músculo para proyectar su poder en un contexto global más amplio. En lo que concierne a finales del siglo XX y comienzos del XXI, solo Brasil, entre los países latinoamericanos, ha pretendido asumir este último papel, aunque Venezuela bajo Hugo Chávez intentó hacer algo a este tenor con su revolución bolivariana. Ahora bien, esta orientación moderada, práctica, intermedia por la que Colombia optó durante la Guerra Fría ha sido coherente con la política exterior que el país ha venido asumiendo desde la década de 1910 y comienzos de la siguiente, cuando los dirigentes colombianos adoptaron un enfoque pragmático en las relaciones con Estados Unidos. Desde una perspectiva colombiana, Estados Unidos era simple y llanamente una realidad que no tenían más remedio que aceptar; era la potencia económica y militar del hemisferio. Así las cosas, Estados Unidos era su principal socio comercial, el origen de la mayoría de sus importaciones y el principal mercado para sus productos. Mantener relaciones positivas con el país del norte era, en pocas palabras, cuestión de puro sentido común, como alegaban los dirigentes colombianos, resultado de lo cual “hacerlo bien”, “acertar” con Estados Unidos, tenía que convertirse en un factor clave de la política exterior colombiana. Por supuesto que surgirían divergencias en ocasiones, por ejemplo respecto a las políticas de extracción de recursos naturales o a la mejor manera de encontrar una solución a los conflictos en América Central de la década de 1980, pero igual tales desavenencias podían subsumirse bajo un rubro de colaboración más amplio.

No falta, por supuesto, el barniz de antiamericanismo por parte de la sociedad colombiana, aunque tal sentimiento por lo general se vuelca contra los símbolos del poder militar y económico de Estados Unidos antes que contra el pueblo estadounidense. Basta observar las manifestaciones estudiantiles en los campus universitarios durante épocas de tensión bilateral o la visita de algún funcionario americano poco querido. A pesar de ser canadiense, recuerdo bien un día en la década de 1960 cuando mis estudiantes en la Universidad Nacional me cubrieron con una lona en la parte trasera de un jeep para que pudiera salir de los predios durante una demostración en contra de una visita de Nelson Rockefeller. Sin embargo, entre la élite que establece la política exterior colombiana, el antiamericanismo no ha llegado nunca a convertirse en doctrina cuasioficial, como sí ocurrió por ejemplo en la Cuba de Castro y la Venezuela de Hugo Chávez.4 Además, buena parte de la susodicha élite colombiana se ha educado, por lo menos en parte, en Estados Unidos, algunos incluso han nacido allí, otros, se han casado con ciudadanos estadounidenses y otros pocos más han llegado hasta buscar refugio allí en tiempos difíciles, de manera que sorprendería mucho que no hubiera cierto grado de afinidad. Este tipo de relaciones interpersonales fueron creciendo a lo largo del siglo XX a medida que más y más colombianos salían a estudiar en el extranjero. A finales del siglo XIX y comienzos del XX los colombianos estuvieron mucho más apartados de los Estados Unidos y quizá más seducidos por las culturas y corrientes intelectuales europeas. Con todo, la nueva atracción polar ejercida por Estados Unidos sobre la política exterior colombiana a comienzos del siglo XX fue un trago amargo para muchos colombianos tras la secesión de Panamá, en 1903, ya que en el país se consideró que el incidente había sido orquestado por Estados Unidos y que la provincia de Panamá era sin duda no solo rica sino estratégicamente hablando la más importante del país. El hecho es que, para cuando las dos naciones firman el tratado Thomson-Urrutia, la disputa queda superada por lo menos en términos diplomáticos y jurídicos ya que, psicológicamente, las heridas tardaron mucho más tiempo en cicatrizar. Y el país entró entonces en un período de frágil, pero hasta entonces inédito, crecimiento económico, en buena medida estimulado por la compensación económica acordada por la disputa de Panamá. De 1920 en adelante, se puede decir sin ambages que la relación bilateral entre los dos países sería cercana, pequeñas fricciones aparte. Los gobiernos colombianos fueron firmes defensores de la Liga de Naciones y, a diferencia de otros países latinoamericanos, no dieron muestras de simpatía por fascistas y nazis en la década de 1930, como no fuera por algunos notorios colombianos miembros del Partido Conservador como Laureano Gómez, quien confirma la excepción a la regla, y así el país, durante el gobierno de Eduardo Santos, apoyó de manera decidida el lado de los Aliados. Los dos países han compartido un compromiso para con las instituciones políticas democráticas y las libertades civiles básicas. Hubo, sin embargo, variaciones en la cultura política de los dos países. A pesar de que los gobiernos colombianos apoyaron la libre empresa, igual que la mayoría de los otros países latinoamericanos, también consideraron que el Estado debía jugar un papel importante en el desarrollo social y económico. Colombia además ha sido un país católico, apostólico y romano y la Iglesia ha jugado un papel fundamental en la educación pública y la vida cotidiana de los colombianos, a diferencia de la suspicacia histórica que Estados Unidos ha mostrado siempre por el Vaticano. Ahora, tal catolicismo por lo general ha reforzado el anticomunismo colombiano, que casi puede compararse con el anticomunismo protestante en Estados Unidos durante la Guerra Fría. Así las cosas, nunca cupo una seria duda respecto al lado que el colombiano promedio respaldó en la dinámica Este-Oeste.

La Guerra Fría era todavía una realidad muy álgida en 1974 y, a pesar de que los líderes políticos colombianos quizás adoptaron posiciones menos rígidas en medio del enfrentamiento Este-Oeste, Cuba inclusive, en términos generales Colombia, a partir de 1940 en adelante, asumió con firmeza la defensa del lado occidental del conflicto. Fue el único país latinoamericano que envió tropas a la Guerra de Corea. A finales de la década de 1950, varios líderes colombianos se unieron a otras naciones latinoamericanas para presionar a Estados Unidos en busca de respaldo para un mayor desarrollo económico en la región, buscaban algo similar al plan Marshall que tanto había contribuido a la reconstrucción de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Durante los gobiernos de John F. Kennedy y comienzos del de Lyndon Johnson, Colombia fue modelo ejemplar en la Alianza para el Progreso. Adoptó posiciones pro occidentales en asuntos claves de la Guerra Fría, jugó un papel importante en la fundación y establecimiento de la Organización de Estados Americanos y, grosso modo, con muy pocas excepciones, casi siempre respaldó las opciones que Estados Unidos en las Naciones Unidas. A partir de finales de la década de 1960, Colombia se mostró decidida y consistentemente más pro Palestina que Estados Unidos y compartió la noción de que Israel estaba ocupando un territorio que legítimamente pertenecía a los palestinos. En 1989 condenó la intervención estadounidense en Panamá para tumbar a Manuel Noriega y en 1986, durante el gobierno de Virgilio Barco, el embajador colombiano en las Naciones Unidas, Enrique Peñalosa, condenó a los Estados Unidos por el bombardeo a Libia, un gesto que fastidió no poco a los funcionarios estadounidenses. En 1990 condenó la invasión iraquí de Kuwait. Fueron muchos los líderes colombianos que nunca se sintieron cómodos con el esfuerzo estadounidense por condenar al ostracismo al gobierno de Fidel Castro, incluso tras el paso de Castro al lado de los soviéticos y a pesar de que Colombia se convirtió en uno de los blancos de la exportación de la revolución cubana, donde Cuba apoyó al ELN y las FARC. Sea lo que fuere, el hecho es que Colombia sí rompió relaciones con Cuba en 1961 y apoyó la moción promovida por Estados Unidos de expulsar a Cuba de la OEA. El hecho de que las actuales negociaciones de paz con las FARC, impulsadas por el gobierno de Juan Manuel Santos, se estén realizando en Cuba es un indicio de hasta dónde, y con cuánta frecuencia, la Cuba de Castro ha mediado entre las fuerzas insurgentes y las autoridades colombianas. En breve, por lo menos hasta llegada la presidencia de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010), la política exterior colombiana nunca fue una de apoyo incondicional a la política exterior estadounidense. Ahora, durante el gobierno de Uribe, cualquier reserva que se hubiera tenido respecto a las políticas globales de Estados Unidos, sí se hizo a un lado ya que dicho gobierno apoyó tanto la intervención de Bush en Iraq, como la guerra contra los talibanes en Afganistán y fue un enfático defensor de la posición estadounidense ante Corea del Norte.

Esta reflexión sobre las relaciones entre Colombia y Estados Unidos se inicia a treinta años bien corridos del inicio de la Guerra Fría y se extiende hasta un poco más de dos décadas después de la caída del Muro de Berlín. Hasta cierto punto, se puede decir que asuntos relativos a la Guerra Fría marcaron la relación bilateral entre los dos países, pero solo lo hicieron en la misma medida en que la llegada de dineros provenientes del narcotráfico infundió nueva vida a los movimientos guerrilleros en las décadas de 1970 y 1980. A lo largo de esos años Colombia ha sido el escenario para la actividad de guerrillas insurgentes más importante en América Latina, siendo los tres más grandes las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército Popular), el ELN (Ejército de Liberación Nacional) y el EPL (Ejército Popular de Liberación). Las FARC se establecieron en tanto organización marxista-leninista con vocación agraria y antiimperialista. El ELN se fundó sobre una combinación de ideología marxista y teología de la liberación. Por último, la más pequeña de la guerrillas de lejos, el EPL, fue una ramificación disidente del Partido Comunista Colombiano y, por lo menos en sus comienzos, proclive al maoísmo. A comienzos de la década de 1970 los tres grupos eran relativamente pequeños y una incómoda molestia antes que una verdadera amenaza a la integridad nacional. Ahora, cabe señalar que, de 1980 en adelante, al lado de crecientes organizaciones paramilitares, los grupos guerrilleros fueron capaces de hacer estragos en amplias zonas rurales que a su vez provocaron unas de las poblaciones de desplazados forzosos más grandes del mundo. Las FARC prescindieron de un ala política hasta que, en la década de 1980, se funda la UP, Partido Unión Patriótica, cuyos miembros y candidatos se convirtieron en blanco mortal de cientos de ataques por parte de sus opositores de derecha.

De mucho mayor impacto en el grueso del devenir de la vida política colombiana, surge el movimiento M-19 tras las impugnadas elecciones presidenciales de 1970. De carácter más urbano que rural, los miembros de este movimiento reivindicaban una suerte de socialismo populista revolucionario. Dicho grupo, el M-19, incidió de manera importante en la política colombiana al conformarse como partido político, Alianza Democrática M-19, tras desmovilizarse en la década de 1990. En la década de 1980, la guerrilla del M-19 era la segunda en número de militantes, solo detrás de las FARC. Ahora bien, para finales de la década de 1990, ya desmovilizados el M-19 y buena aparte del EPL, solo las FARC estaban en capacidad de amenazar seriamente la estabilidad política del país, pero solo podía hacerlo en tándem con la industria de estupefacientes que engordaba sus arcas.

Estados Unidos respaldó a Colombia con estrategias de contrainsurgencia desde finales de la década de 1950 y de allí en adelante. Sin embargo, para finales de la década de 1970, la preocupación de los Estados Unidos con el narcotráfico internacional, el papel cada vez más importante del país en lo que concernía a dicho tráfico y el impacto de los estupefacientes en la sociedad estadounidense misma adquirió mucho más relevancia que los grupos insurgentes, esto a pesar de las advertencias de un buen número de funcionarios de la Casa Blanca que, desde comienzos de la década de 1980, alegaban que era imposible discernir entre guerrilleros y narcotraficantes. Con todo, uno de los legados de la guerra de Vietnam fue que muchos líderes políticos estadounidenses quisieran evitar a toda costa meterse en otra guerra de contrainsurgencia, a pesar de que la actitud del gobierno de Reagan frente a los sandinistas a todas luces pareciera desmentir lo anterior. Tenemos entonces que, a partir de la década de 1980 y hasta fines de la de 1990, la contrainsurgencia pasó a ocupar la silla de atrás para atender y cubrir la lucha contra las drogas como prioridad estadounidense, si bien lo mismo no necesariamente ocurrió con la política colombiana. Fue solo tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 que los dos enfoques, a saber, lucha contra la insurgencia y lucha contra las drogas, se hicieron realmente indiscernibles el uno del otro. Con todo, a lo largo de estas décadas, los objetivos de las políticas estadounidenses respecto a Colombia permanecieron consistentes, aunque la importancia relativa de los distintos objetivos variara a lo largo del tiempo: neutralizar a los grupos insurgentes que pudieran amenazar la estabilidad política en Colombia y de paso desestabilizar a la región; promover el gobierno democrático y los derechos humanos; impulsar la libre empresa a través del libre comercio y políticas de inversión extranjera; buscar el apoyo de Colombia, en tanto una de las democracias más sólidas de Suramérica, de las posturas estadounidenses en las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y otras instituciones multilaterales, y, sobre todo, destruir el aporte colombiano al tráfico internacional de estupefacientes.

La preocupación oficial del gobierno de Estados Unidos con el tráfico internacional de estupefacientes y el papel que desempeñaba Colombia empieza a escala menor durante el gobierno republicano de Richard Nixon y poco a poco crece a partir de allí. Para fines de la década de 1970 y comienzos de la siguiente, los encargados de establecer las políticas a seguir al respecto se percataron del vínculo entre las guerrillas y los narcotraficantes, pero una de las secuelas del fin de la guerra de Vietnam fue una reticencia en Estados Unidos a involucrarse de nuevo en prolongadas operaciones de contrainsurgencia, a pesar de que, como ya se dijo, el gobierno de Reagan se alejó de esta tendencia en sus políticas frente a Nicaragua, El Salvador y Guatemala en la década de 1980.

En lo que concierne a las postrimerías del gobierno de Nixon la política exterior con Colombia era un asunto menor, y esto fundamentalmente debido a la enorme presión que ejercía Panamá para lograr la devolución del Canal a las autoridades panameñas. En 1973, el gobierno de Nixon apenas si acababa de culminar un arreglo para el retiro de tropas de Vietnam, en lo que a todas luces había sido, hasta entonces, la más larga y amarga guerra en la que se hubiera involucrado el país. Durante la década anterior el país parecía haberse fracturado tras el colapso del consenso sobre un amplio espectro de asuntos relativos a la política interior y exterior. La guerra de Vietnam había divido el país. La discusión entre las distintas convicciones sobre lo que constituía el camino correcto a seguir, no solo respecto a Vietnam sino a la política exterior en general, se había caldeado. ¿Cuál era la mejor manera de poner en uso el enorme poder económico y militar de Estados Unidos? ¿Cuál era la mejor manera de aproximarse a las naciones en vías de desarrollo cuando la tendencia tradicional parecía haber sido la de apoyar, con frecuencia, los gobiernos menos democráticos siempre y cuando estos respaldaran las políticas que coincidieran con los propósitos estadounidenses de la Guerra Fría? En el ámbito doméstico, las relaciones interraciales, el derecho al sufragio, la abolición de la segregación, los movimientos contra la guerra y en favor de la mujer, todo pareció converger en los violentos enfrentamientos que se dieron en el seno de la convención nacional del Partido Demócrata celebrada en Chicago el verano de 1968.

Richard Nixon inicia su mandato, a comienzos del año 1969, montado sobre una ola de apoyo de las clases medias, su famosa mayoría silenciosa, conformada por individuos indignados con y asustados por los disturbios urbanos, por las asonadas incendiarias en los centros de las ciudades, los enfrentamientos entre manifestantes y la policía. Las consignas en pro de la ley y el orden y su compromiso público de terminar la guerra de Vietnam demostraron ser lo que la mayoría de votantes quería en 1968 y luego otra vez en 1972. Sin dejar de ser el acérrimo defensor de la Guerra Fría que había sido en las décadas de 1950 y 1960, Nixon, como presidente, prosiguió una política de distensión con la Unión Soviética que moderaba la actitud beligerante que había caracterizado las relaciones de los dos países en las dos décadas anteriores. Estados Unidos y la Unión Soviética se estaban también acercando a un acuerdo sobre armas estratégicas. Él y Henry Kissinger, este último primero como Asesor de Seguridad Nacional y luego como secretario de Estado, también habían logrado una importante apertura con China, jugando muy astutamente con la mutua paranoia manifiesta en las tensas relaciones chino-soviéticas. Nixon, de su parte, se vio obligado a renunciar por el escándalo de Watergate, el primer presidente en la historia de la República en hacerlo. Tras su renuncia, el vicepresidente Gerald Ford asumió brevemente el mando hasta que el Partido Republicano fue barrido en las elecciones de 1976 por un más bien desconocido gobernador de Georgia, James Earl Carter. Carter no solo representó una cara nueva y fresca en Washington, sino también una nueva visión. Prometió basar su política exterior en el respeto a los derechos humanos. Pero Carter se vio remecido por las fuerzas de la historia, fuerzas de cambios revolucionarios en el Medio Oriente y especialmente en América Latina que le impedirían llevar a cabo su visión original. En Colombia el gobierno Carter presionó asuntos relativos a estupefacientes, la corrupción de funcionarios oficiales colombianos y los derechos humanos pero, tras la intervención soviética en Afganistán, la revolución iraní y el derrocamiento de Anastasio Somoza por parte de los sandinistas en 1979, los asuntos colombianos pasaron cada vez más desapercibidos. ...