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HISTORIA CONCISA DE COLOMBIA

German Mejía / Michael La Rosa

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Fragmento

Prefacio

Mi relación con Colombia, al igual que la de los autores de este libro, es tanto personal como profesional. Empezó hacia la segunda mitad de la década del sesenta, durante mi infancia, con visitas a Medellín, la ciudad de mi madre. Comparada con sitios como Buenos Aires, Río de Janeiro, La Habana, Ciudad de México, o incluso con la capital de Colombia, Medellín era en esa época una ciudad latinoamericana más bien oscura. Pocos habían oído hablar de ella aquí en los Estados Unidos. Aunque ya vibraba con la energía del desarrollo moderno, aún conservaba esa aura apaciguada de pueblo, muy diferente de la metrópolis actual, apurada y sofisticada, con su elegante tren ligero y sus altos edificios que colman las colinas del valle de Aburrá. Era una ciudad de barrios, religiosa y familiar, un sitio en que todos parecían conocerse y donde los visitantes, incluidos los infrecuentes extranjeros, recibían un lugar de honor e invitaciones a estadías más extensas (pues sus prontas despedidas ofendían a sus cálidos anfitriones). Los niños eran el centro de atención, y los menores, y más caprichosos, siempre consentidos en exceso. Mis hermanas y yo, las tres “gringas”, siempre fuimos recibidas con amabilidad por los parientes exóticos, y nuestro torpe español fue cortésmente tolerado. Fue a través de esta familia que conocí Colombia y a esa gente cariñosa, recursiva y segura de sí misma, provista de un especial encanto. La vida se tomaba en serio pero había que disfrutarla, vivirla con entusiasmo. Me volví su admiradora. Sin duda, los autores Michael LaRosa y Germán Mejía lo encontrarían del todo razonable.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Lo anterior me lleva al tema de este prólogo. LaRosa y Mejía han hecho algo muy útil: ofrecerle al interesado un estudio completo, actualizado, bien investigado y de lectura fluida sobre Colombia, un país que, a pesar de su tamaño, su riqueza y su importancia geopolítica, sigue siendo uno de los países menos conocidos y peor comprendidos de América Latina. Aunque ambos autores son historiadores profesionales, su libro no es un trabajo académico tradicional. Es abiertamente “presentista”, como a veces dicen los historiadores con cierto desdén. Sus doce capítulos apuntan menos a diseccionar los misterios del pasado, ejercicio favorito de los académicos, que a explicar, del modo más conciso posible, cómo Colombia se convirtió en lo que es ahora. En pocas palabras, muestran el surgimiento de este país como una nación moderna, viable y a todas luces exitosa.

Tal afirmación sorprenderá a algunos lectores. Desde los años ochenta, los observadores más conocedores han retratado a Colombia como un caso fallido o, por lo menos, como una gran decepción: un país desgarrado por una violencia sociopolítica crónica con raíces, entre otras cosas, en heredados odios partidistas, profundas desigualdades sociales, un Estado débil y corrupto, y no menos importante, la influencia de una enorme e insidiosa industria de la droga. El crudo recuento de dicha violencia y de sus diversas manifestaciones –desde los estudios detallados sobre el conflicto partidista y el despliegue nacional de agresiones de mediados del siglo XX conocido como La Violencia, hasta los reportes contemporáneos sobre la cultura de los sicarios– ha dominado los escritos sobre el país tanto aquí como en el exterior. Igual tendencia marcan los consabidos lúgubres retratos de Colombia en los medios de comunicación. Así mismo, sumándose a una prensa adicta al reporte de muertes y desastres, la serie televisiva de los años ochenta Miami Vice, junto con la serie “Narcos”, de Netflix, de los años 2015-16, han asegurado que, al menos en los Estados Unidos, la imagen del país se mantenga siempre unida a las drogas y a la violencia.

LaRosa y Mejía no niegan lo que hay de verdadero en esta imagen. Ellos reconocen plenamente la dura realidad que ha sido documentada por académicos e investigadores dentro y fuera del país. Sin embargo, formulan una pregunta poco común entre los estudiosos de Colombia: ¿cuáles son los factores que han permitido que Colombia, como nación, perdure y, a pesar de sus problemas endémicos, prospere? En lugar de investigar un presunto estado de enfermedad o disfunción, los autores indagan sobre los fundamentos de un relativo bienestar: ¿qué es lo que funciona y lo que ha funcionado en este agitado país de cerca de 45 millones de habitantes? Su libro, por lo tanto, destaca los aspectos de la historia y la cultura colombianas que claramente han contribuido a la unidad nacional, así como a una paz y prosperidad persistentes.

El cuarto capítulo del libro, por ejemplo, explica el modo en que instituciones como la Iglesia católica, el Ejército, y un arraigado y policlasista sistema político bipartidista (junto a factores como el idioma español y un sistema de educación pública que enseñaba a todos los colombianos la misma historia y geografía), han establecido fundamentos para la unidad al construir vínculos entre colombianos de razas, clases y regiones diferentes. Su breve síntesis del rol del sistema bipartidista, en particular, refleja las recientes revisiones de los historiadores colombianos sobre la experiencia del país durante el siglo XIX. La profusión de guerras civiles sangrientas, la muerte y la destrucción no fueron los únicos (o los más importantes) resultados del surgimiento de los partidos Liberal y Conservador. También tuvo lugar un creciente sentido de pertenencia de los individuos dentro de la nación colombiana. Y tal sentido de pertenencia o identidad se dio a través de la afiliación con uno u otro partido. Al exigir la lealtad de personas dispersas en un vasto territorio y, con cada elección, movilizarlos en función de una gran causa, una idea o un principio moral, los partidos conectaron comunidades aisladas, elevando a los colombianos por encima de los limitados horizontes de lo local y lo familiar. La afiliación a un partido también le ofreció a la gente un cierto grado de protección de sus enemigos y de acceso a servicios del Estado como vías, colegios y justicia, y a trabajos, becas y carreras profesionales. Ello contribuyó a construir la nacionalidad, no importa lo bifurcada que esta fuera.

A lo largo de su libro, LaRosa y Mejía identifican otras fuerzas constructivas o factores que con el tiempo han contribuido a la formación de una Colombia moderna, viable y cada vez más incluyente. Uno de esos factores es una larga tradición de cooperación bipartidista o de convivencia, que históricamente ha ayudado a refrenar los excesos de la pugna entre partidos y, en el siglo XX, a limitar el daño causado por conflictos como La Violencia. Una importante versión contemporánea de esta tradición ocurrió en 1991, cuando colombianos de varios partidos, grupos y facciones se reunieron para escribir una nueva Constitución, que daría voz a sectores previamente marginados y, por primera vez, reconocería los derechos socioculturales de minorías étnicas históricamente perseguidas, en particular las poblaciones indígenas y afrocolombianas.

Otro factor ha sido el constante desarrollo de modernos sistemas de transporte y de comunicación masiva, que le han permitido a Colombia trascender los límites del tiempo y del espacio y, sobre todo, superar la formidable barrera que es la cordillera de los Andes. El resultado ha sido, como se detalla en el capítulo 7, un genuino “espacio común” colombiano que es a la vez físico, virtual y espiritual. En ningún otro sitio esto es tan latente como en Bogotá. Como la periodista June Erlick afirma en sus memorias de 2005, la reciente transformación física de Bogotá, su red de parques y bibliotecas, junto al sistema de transporte Transmilenio, no solo le confirió a la ciudad brío y optimismo, sino que dio paso a un nuevo espíritu cívico, una nueva voluntad de vivir en comunidad. Todo esto a pesar de la presión ejercida por la llegada de refugiados o desplazados producto de al menos una década de violencia rural.

Los lectores que estén menos interesados en los detalles de la evolución política, económica e institucional de Colombia disfrutarán en el capítulo 8 los logros literarios y artísticos del país, estos últimos apoyados en el legado de los antepasados indígenas (sobre todo muiscas). El capítulo revela que, aunque el país tiene escritores y artistas de nombre internacional, como el ganador del Premio Nobel, Gabriel García Márquez, y el distinguido pintor y escultor Fernando Botero, también goza de talentos menos conocidos. Otras formas de creatividad cotidiana se exploran en el recuento del capítulo 9 sobre la vida diaria en Colombia y la cultura popular, incluidos desfiles de belleza, telenovelas, festivales culinarios y demás. El capítulo incluye un relato breve y fascinante sobre la forma en que, en la década de los noventa, líderes y urbanistas en Medellín y Bogotá empezaron a “retomarse” sus ciudades. Uno de los alcaldes de Bogotá en la época fue Antanas Mockus, importante figura de esta historia, emblemático de la imaginación y del coraje de los colombianos. Son estas cualidades las que, combinadas con férrea voluntad, les han ayudado a los colombianos a soportar y, finalmente, a triunfar sobre las fuerzas oscuras que han sitiado a su país recientemente. Su ejemplo es envidiable. A Colombia, yo diría, le está yendo bien.

Pamela S Murray

University of Alabama, Birmingham

Prólogo a la primera edición en español

La excepción es el premio del poeta y el castigo del científico. Entre ambos, el historiador. Su reino, como el del poeta, es el de los casos particulares y los hechos irrepetibles; al mismo tiempo, como el científico con los fenómenos naturales, el historiador opera con series de acontecimientos que intenta reducir, ya que no a especies y familias, a tendencias y corrientes.

Octavio Paz,
Prefacio a Quetzalcóatl y Guadalupe

Durante el 2013, una nueva negociación con las FARC ha sido recibida por algunos con un tímido optimismo, y por otros, con franco escepticismo. Esto probablemente se deba a un sentimiento de impotencia, resultado de múltiples procesos fallidos que van desde el que se llevó a cabo en La Uribe (Meta) en la década de 1980, y luego en Tlaxcala (México) en los años noventa, hasta el que tuvo como escenario al Caguán (Caquetá), 1999-2002, en donde el país vio con frustración cómo el propósito de la paz se diluyó en mesas de negociación sin fin y en actos de violencia.

Con cada nuevo fracaso, la idea de una violencia intrínseca y connatural al país es más fuerte, casi como si formara parte del paisaje nacional. Con ello, la búsqueda de soluciones, que parecen ser siempre elusivas, es cada vez más difícil y menos clara. La idea de un Estado fracasado, un país dividido a sangre y fuego, parece obedecer a una suerte de determinismo histórico que en su forma más simple nos condena a repetir una y otra vez los mismos errores del pasado, y en sus formas más complejas ofrece las herramientas para perpetuar las inequidades de una sociedad desigual.

La historiografía sobre Colombia no ha escapado a esta tendencia. Desde la década de 1960 es habitual ver en textos académicos un sombrío análisis del país en el cual la violencia, la falta de identidad y las limitaciones económicas son factores comunes para explicar un aparente fracaso como sociedad y como nación.

Este libro de Germán Mejía y Michael J. LaRosa es, por lo dicho atrás, un refrescante cambio historiográfico, fruto del trabajo juicioso de dos historiadores capaces de romper este molde y de presentar un texto descaradamente moderno. Inicialmente publicado para el público estadounidense, con el propósito de presentar una historia contemporánea de Colombia que permitiera dar una base comprensiva de los procesos que han llevado al país a ser lo que es hoy, el texto sobrepasa esta intención inicial, de por sí inédita en este mercado.

Sin olvidar o subestimar el papel que la violencia crónica ha tenido en el país, Mejía y LaRosa lanzan una pregunta novedosa: ¿cuáles son los factores que le han permitido a Colombia ser una nación cohesionada, moderna y próspera a pesar de las enormes dificultades que enfrenta? Hacerlo representa, sin duda, un quiebre historiográfico de fondo, que invita y reta a pensar el país más allá de las claves acostumbradas. No se recurre en el libro, por ejemplo, a la división tradicional de los periodos históricos para explicar a partir de momentos políticos la historia del país. Al no hacerlo, consigue que la división de capítulos no sea la de costumbre –la ruptura con el periodo colonial, las reformas de medio siglo, la Regeneración, las repúblicas conservadoras y liberales, la dictadura, el Frente Nacional, hasta hoy–. En contraste, cada uno de los capítulos de este libro plantea un interrogante que, en su desarrollo, permite resolver las cuestiones sobre los factores que definen los elementos de cohesión nacional en Colombia.

Así, el primer capítulo es la pregunta por los orígenes –no los coloniales, que no se discuten en el texto– sino los del Estado nación. Se trata entonces de sus inicios como un Estado liberal en su concepción, pero que tarda más de cien años en hacerse realidad, debido a los cambios que tienen lugar en el mundo Atlántico a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX y que conducen, con diferentes velocidades y tiempos, a revertir la soberanía de la monarquía al “pueblo”. Este tránsito, ligado a las guerras napoleónicas, es mostrado a través del camino que se recorre entre la primera república (1811-1816) y los sombríos años finales de Bolívar, la creación de la “Gran Colombia” y su disolución, y el nacimiento de la República de la Nueva Granada, en 1832.

El segundo capítulo fija el tono del resto del libro. En vez de continuar con el relato cronológico, se pregunta, atípicamente, por las “naciones” que se constituyen en este territorio. Colombia es de manera mayoritaria un país mestizo, pero existen en él pueblos indígenas, afroamericanos y gitanos que lo hacen diverso en términos de sus tradiciones, sus creencias, su organización social, su uso del lenguaje, etcétera. Mejía y LaRosa logran mostrar cómo esta diversidad se despliega a lo largo de un proceso de ampliación agresiva de la frontera agraria andina durante el siglo XIX y comienzos del XX que, paradójicamente, no condujo a una dispersión de la población en el ámbito rural, sino a una profunda concentración urbana que para el 2005 concentró el 74% de la población. Aunque la Constitución Política de 1991 reconoce por primera vez la diversidad étnica, la realidad social y económica aún está lejana de este ideal.

El tercer capítulo se pregunta por las dinámicas de una comunidad política, y pasa por las dificultades de definir qué es un ciudadano; el sistema de pesos y contrapesos, los derechos y deberes ciudadanos, el modelo democrático y el ejercicio de la política. Normalmente se encuentra en la bibliografía tradicional una crítica al modelo político colombiano y, en particular, al bipartidismo. Sin embargo, los autores muestran cómo este es, precisamente, uno de los elementos que brinda una explicación a la cohesión de Colombia como nación. Si bien está claro que no se trata de un sistema ideal, y que ha pasado por momentos difíciles, sí es evidente que este modelo político y democrático ha sido la constante en más de doscientos años de historia, y que solo en una ocasión cedió su sitio a un régimen dictatorial. Esto sin menospreciar los defectos evidentes y el costo social y en vidas humanas que ha acompañado el desempeño político y la consolidación de una comunidad política marcada por el convivialismo entre los partidos tradicionales.

El cuarto capítulo es tal vez la piedra angular del texto. En él se demuestra cómo la arquitectura social colombiana es una amalgama de la Iglesia católica, el Ejército, el bipartidismo multiclasista, el sistema público de educación y el uso del idioma español. En este sentido, se deja ver de qué manera un sistema de creencias común y una filiación política han servido como elementos articuladores de comunidades diversas y distantes y han marcado un ritmo, una cadencia, en la construcción de la unidad nacional. Así, los autores ilustran la forma en que el sistema de educación pública ha provisto los medios para la construcción de una memoria común, para crear un sentido de identidad nacional. Lo más interesante de este capítulo probablemente sea el carácter retador de estas ideas respecto a la visión tradicional sobre los marcos institucionales, y que, sin caer nunca en una suerte de leyenda rosa, logran identificar los elementos claves que permitieron darle una unidad a lo diverso que es Colombia.

El quinto capítulo está dedicado a un tema ineludible: la violencia crónica en el país. Se muestra con claridad el ritmo permanente, casi paisajístico, del conflicto en Colombia e identifica su origen en las severas inequidades sociales, políticas y económicas, así como en factores geográficos que han ocasionado el aislamiento de vastas zonas del país en diversos momentos de la historia. No obstante, los autores son claros al mostrar que el conflicto no define ni a la nación colombiana ni a sus gentes.

Los capítulos 6 y 7 coinciden con la propuesta del capítulo 4, pero hacen énfasis en las preguntas sobre la construcción de un sistema económico y de un espacio nacional. En el primero de ellos se hace un balance del desarrollo y de la construcción de un modelo económico que, si bien muestra resultados positivos en términos de crecimiento económico, aún evidencia desigualdades en la distribución del ingreso y en las oportunidades, lo cual constituye un reto de la mayor importancia para la dirigencia del país. En el segundo se muestra el esfuerzo constante para la creación de una infraestructura de transporte y de comunicaciones que permita la comunicación entre las regiones colombianas y, en esencia, la creación de un espacio común que se despliega tanto en el espacio físico como en el cultural y en el espiritual.

El capítulo 8 es un respiro en los temas económicos y políticos. Ofrece un complejo panorama de las artes en Colombia, que no solo recurre a los artistas de mayor renombre, sino a talentos menos famosos pero de gran relevancia cultural. Este capítulo se enlaza con el siguiente, en el que se muestran la cultura popular y la cotidianidad en la gastronomía, la radio, la televisión, e incluso en la compleja y dinámica vida universitaria.

Finalmente, el texto realiza una proyección de Colombia en el contexto regional y mundial a través de algunos momentos que ejemplifican la política exterior colombiana, más allá de los argumentos reduccionistas y homogeneizadores de la droga o de la violencia. Muestra un país complejo, con retos mayores a la hora de definir su lugar en el contexto internacional, con oportunidades de cooperación y proyección más allá del manido debate acerca de la viabilidad del país como Estado y como nación.

El libro de Mejía y LaRosa logra proponer, con claridad y mesurado equilibrio, nuevas interpretaciones a la historia colombiana. En particular, lo consigue con una estructura y un estilo que superan los atavismos de la historiografía tradicional, para plantear preguntas novedosas y reinterpretaciones provocadoras en un texto que se despliega con éxito entre el rigor científico y la narración amena y precisa. El lector encontrará sorpresas agradables.

Juan Santiago Correa R.

Introducción

Estamos agradecidos de tener la oportunidad de publicar esta segunda edición de Historia concisa de Colombia cinco años después de la primera edición en inglés y cuatro años de la primera edición en español. Durante estos años han ocurrido cambios significativos en el país. El más evidente se relaciona con el proceso de paz, que estaba todavía en sus etapas iniciales cuando este libro se publicó, en 2012. Luego de cuatro arduos años de negociación, finalmente se firmó el acuerdo en el teatro Colón de Bogotá, el 24 de noviembre de 2016. De esta manera, aunque el conflicto con las FARC está definitivamente terminado luego de medio siglo de enfrentamientos, el posacuerdo será igualmente difícil y un verdadero desafío para la siguiente generación de colombianos.

Gabriel García Márquez murió en abril de 2014. Un segundo premio Nobel fue otorgado a un colombiano en octubre de 2016, Juan Manuel Santos, por sus aportes a la paz en el país. La primera santa colombiana, Laura Montoya (Madre Laura), fue canonizada en Roma en mayo de 2013. Estas noticias ciertamente fueron mejores que las que generaron las décadas anteriores, cuando casi todas estaban relacionadas con la guerra con las FARC y el ELN, los paramilitares y los traficantes de drogas, sin olvidar la inseguridad que abatió las ciudades y las zonas rurales del país. No estamos sugiriendo que mágicamente Colombia se convirtió en Suecia, pero ciertamente es palpable que, mientras revisamos el libro para esta nueva edición, el país cruzó un umbral en el que las viejas guerrillas ya no tienen existencia posible. Un buen indicador de este cambio es, por ejemplo, el turismo. En efecto, la actividad turística hacia Colombia ha crecido durante los últimos diez años: en 2010, un total de 1.404.641 extranjeros visitaron el país, mientras que en 2014 la cifra fue cercana a los dos millones de viajeros y, para fines del año siguiente, el aumento fue del diez por ciento.

A pesar de estos cambios, sin embargo, para los Estados Unidos, Colombia sigue siendo una especie de anacronismo y de enigma. El país permanece en una lista de advertencias del Departamento de Estado de Estados Unidos para viajeros, y sin embargo recibe más fondos militares y de defensa de esta nación que cualquier otro país latinoamericano.

Bajo el mando de Juan Manuel Santos, el Gobierno colombiano es decididamente pronorteamericano, y sin embargo al Congreso estadounidense le tomó cinco años aprobar un tratado de libre comercio (TLC) con Colombia. El TLC, firmado por el presidente Barack Obama en octubre de 2011, ha recibido fuertes críticas por parte de sindicatos y organizaciones de derechos humanos. Paralelo a esto, los medios globales han cambiado significativamente el modo como cubren las noticias de Colombia. Informes sobre turismo, restaurantes, estrellas del tenis colombiano y reseñas positivas de obras literarias y espectáculos musicales realizados por colombianos sugieren que la percepción de los medios estadounidenses se ha ido distanciando de la visión miope y unidimensional que solía caracterizar los reportes sobre el país. El terrorismo, el secuestro y la violencia han pasado a un segundo plano en los medios, mientras que otras facetas de la cultura y de la historia, tan ricas y complejas, emergen en la conciencia de los lectores de la prensa internacional.

Nuestro libro ofrece una interpretación diferente de la historia colombiana, basada en la multiplicidad de hechos, eventos históricos y circunstancias que confluyen para dar forma a esa historia. Nos enfocamos en el periodo moderno, es decir, desde 1800, aproximadamente, hasta el presente. Los colonialistas sin duda se lamentarán de nuestras preferencias, pero nuestro trabajo no prescinde por completo del significativo periodo de tres siglos de colonialismo español.

El historiador peruano Alberto Flores Galindo nos recuerda en Buscando un Inca, uno de sus libros más importantes, que “La historia debe servir para liberarnos del pasado y no para permanecer […] encerrados en esas cárceles de ‘larga duración’ que son las ideas”.1 Nuestra meta al escribir esta historia de Colombia sigue la lógica de Galindo, aplicada a la historia reciente de nuestro país. La excelente historiografía sobre Colombia escrita por académicos dentro y fuera del país ha sido un importante punto de referencia para nosotros. Sin embargo, con la revisión de textos recientes, hemos notado que aún son pocos los libros que brindan una interpretación concisa y contemporánea del pasado colombiano. La idea central de este proyecto es ofrecer una historia que, sin desconocer la investigación existente, se aparte de sus puntos de partida. Los nuevos trabajos de historia han de ser valientes, enérgicos e innovadores, conectados con el pasado, mas no atrapados en él. “Si las personas están controladas por fantasmas”, escribió Galindo, “es imposible enfrentar el futuro”.2 Confrontar el futuro parecería evocar los métodos de los astrólogos; sin embargo, los autores de este libro son historiadores profesionales que entienden cómo la lectura del pasado moldea su interpretación.

Una de las mayores contribuciones de nuestra historia de Colombia, que recoge 213 años (1800-2013), es que pone en primer plano los temas y no las cronologías. Los modelos coloniales, las instituciones, la economía, el gobierno y la cultura dan fundamento a nuestro texto, y por ello están siempre presentes, pero no necesariamente en el primer plano de nuestra presentación.

Este libro adelanta sobre el trabajo del difunto David Bushnell, quien en 1993 publicó su innovador The Making of Modern Colombia: A Nation in Spite of Itself.3 Su trabajo, el primer estudio completo de historia colombiana escrito en inglés por un historiador estadounidense, se considera el texto de referencia más autorizado para estudiantes, académicos y demás, tanto en Norteamérica como en Suramérica. El texto de Bushnell, escrito con claridad, hace énfasis en la política y la sociedad decimonónicas, “fundacionales”, por cuanto explican patrones de la Colombia del siglo XX. En 2001, Marco Palacios, historiador colombiano radicado en México, y el historiador estadounidense Frank Safford publicaron Colombia: país fragmentado, sociedad dividida. Su libro se enfoca en tendencias y desarrollos económicos y sociales, y de ese modo resulta un buen complemento al enfoque más político de Bushnell.

Recientemente, autores provenientes de disciplinas y contextos diversos han publicado libros en inglés sobre Colombia. Muchas de estas publicaciones tratan temas tomados de titulares de prensa de la época, cuyo enfoque eran los episodios más lúgubres de la historia colombiana. Aunque algunos de estos libros son trabajos serios y pensados, sus títulos en general sugieren las limitadas miradas de casi todo lo escrito, estudiado y publicado sobre Colombia en los últimos diez años. En 2003, por ejemplo, el activista de derechos humanos Robin Kirk publicó un libro llamado More Terrible Than Death: Violence, Drugs and America’s War in Colombia,4 el cual hacía un recuento de las recientes tragedias de derechos humanos en Colombia, señalando las drogas y la intervención militar estadounidense como las causas principales del caos actual. La periodista y escritora colombo-estadounidense Silvana Paternostro publicó My Colombian War, en 2007, y en 2009 Garry Leech publicó Beyond Bogotá: Diary of a Drug War Journalist in Colombia. La socióloga canadiense Jasmin Hristov es la autora de Blood and Capital: The Paramilitarization of Colombia (2009), un relato apasionado, pero excesivamente impresionista. En conjunto, estos trabajos dibujan un retrato desigual y sensacionalista de la historia de Colombia.

Al contrario de muchos de los trabajos mencionados, nosotros no hemos escrito nuestro libro desde la perspectiva de Colombia como un país al borde del fracaso. Del mismo modo, evitamos elaborar comparaciones explícitas con un modelo de desarrollo político y socioeconómico por completo distinto: el del Atlántico Norte. Bushnell, Palacios y Safford estudian Colombia comparándola con naciones de dicha región, y por ello “fragmentación” y “división” son conclusiones a las que llegan al dar razón de una situación de cambio casi perpetuo. En los capítulos siguientes, nos alejaremos de los confiables esquemas que han usado repetidamente los historiadores para escribir la historia de Colombia. En otras palabras, no recurriremos a las comparaciones típicas, ni tampoco haremos uso de esa división en siglos, un tanto artificial, de los periodos significativos de la historia colombiana.

Por lo general, muchos de los textos históricos escritos acerca de Colombia hacen énfasis en un conflictivo siglo XIX, debido a sus incontables guerras civiles, pugnas entre la Iglesia católica y el Estado, rivalidades regionales, y un periodo de disminución de las tensiones hacia finales de la década de 1880, con la nueva Constitución de 1886 (que duró 105 años) y la firma de un tratado con la Santa Sede: el Concordato de 1887. El desarrollo económico durante la década de 1880 se funda en la exportación del café, mientras que una gran guerra civil a fin de siglo perdura hasta comienzos del siglo XX: la famosa Guerra de los Mil Días. Los historiadores usan esta guerra y la subsiguiente separación de Panamá, orquestada con el apoyo decisivo de los Estados Unidos, para diferenciar el siglo XIX del siglo XX. Los grandes temas del siglo XX son el desarrollo político, el resurgimiento del poder liberal (después de 1930), el desarrollo económico, la urbanización y la modernización, y la destructiva violencia social y política que se mitiga durante un periodo de veinticinco años (desde aproximadamente 1903 hasta el final de los años veinte), pero que jamás amaina del todo.

Nuestro libro adopta una organización temática, en la cual hemos sido cuidadosos de no poner en primer término la violencia política y social, la crisis económica y la fragmentación. En lugar de este enfoque catastrófico de la historia de Colombia, basado en el concepto de subdesarrollo, o en definiciones de progreso y dependencia que provienen de sociedades del Atlántico Norte más modernas, ricas y progresivas, hemos escrito acerca de una Colombia que persiste. A lo largo del texto planteamos unas preguntas centrales, conectándolas con nuestra estructura temática: a pesar de todos los problemas conocidos, la mala gestión, el caos y las crisis, ¿por qué el país permanece unido? ¿Cuáles son los factores que han ayudado a unificar a Colombia a través de las décadas? ¿Cuáles son los programas culturales, económicos y sociales que han mantenido unida a Colombia como una entidad política y económica viable? ¿Qué es lo que ha sido construido en Colombia? ¿Qué ha perdurado? ¿Qué ha sido reconstruido, y cómo? Estas son preguntas importantes que han sido ampliamente omitidas por autores que defienden la idea de Colombia como un caótico fracaso. Aunque no tenemos intención alguna de blanquear la conflictiva historia contemporánea de Colombia, hacemos énfasis en esas instituciones perdurables, mecanismos culturales y patrones económicos que han sostenido la nación durante décadas. El lector identificará ciertas repeticiones intencionales en uno y otro capítulo, pues los sucesos más importantes de la historia de Colombia serán abordados desde diferentes perspectivas. Por ejemplo, la “toma de Panamá” en 1903, un suceso que marcó decididamente a la Colombia del siglo XX, será analizada en el capítulo 5, que trata sobre el conflicto, y nuevamente en el diez, que se centra en las relaciones internacionales de la Colombia contemporánea.

La historia de Colombia puede ser y será comparada con las historias de sus vecinos, y con los proyectos y prioridades de las más avanzadas naciones industriales del Atlántico Norte. Sin embargo, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1982, Gabriel García Márquez nos advirtió acerca de las comparaciones apuradas: “La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos solo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”.5 No podemos hacer que la historia de una nación sea menos solitaria, pero podemos tratar de presentarla desde una perspectiva distinta, confiriéndole así dinamismo a una narración histórica basada únicamente en suposiciones, patrones establecidos y tradiciones. El estudio de la historia es liberador, y las nuevas interpretaciones nos dan la oportunidad de reconsiderar nuestra lectura, nuestro entendimiento, nuestro sentido de la historia de una nación.

Mapa N° 1: Colombia en las Américas

Mapa N° 2: El relieve colombiano

Capítulo 1
ORÍGENES

La América Latina actual comenzó a tomar forma hace unos doscientos años. Los movimientos de independencia en la América española, desde 1810, abrieron el camino al nacimiento de las Repúblicas y, con ellas, a los Estados nacionales que conforman hoy a América Latina. Dicha transformación no ocurrió de la noche a la mañana; el proceso tomó casi un siglo en completarse. Sin embargo, los orígenes pueden rastrearse hasta 1808, año en que las tropas de Napoleón Bonaparte invadieron la península Ibérica (hoy España y Portugal) y apresaron al rey español en territorio francés. Este sorprendente acontecimiento trajo consigo un espinoso problema: ¿quién gobernaría las Provincias españolas?

Gracias a este evento de principios del siglo XIX es fácil identificar el inicio de lo que hoy es América Latina. Esto no quiere decir que nada haya cambiado en los doscientos años que han transcurrido desde entonces. Las zonas que consiguieron la independencia de la Corona española tuvieron que encontrar el tipo de gobierno más apto para satisfacer sus necesidades; y la gran mayoría de los Estados nacionales eligieron la República liberal. Colombia fue uno de ellos. El nacimiento del país, por lo tanto, puede ubicarse en esos años tempranos del siglo XIX, aunque tardó más de cien años en consolidarse como una República liberal.

Este capítulo expone lo sucedido de 1808 a 1830, época durante la cual ocurrieron varios acontecimientos por vez primera, se debatieron numerosos modelos e ideas acerca del futuro del Estado y la sociedad, al tiempo que se libraron numerosas guerras civiles. Fueron años en que el mundo cambió para millones de personas que habitaban la América española. En este capítulo se examinan dichas transformaciones ideológicas, políticas, económicas y territoriales para el caso de Colombia,6 las cuales estaban inextricablemente ligadas a los cambios que ocurrían simultáneamente en el contexto del mundo atlántico.

LA CRISIS DEL IMPERIO

Hace doscientos años, una verdadera oleada de profundas transformaciones sacudió al continente americano. El Imperio español se estremeció hasta sus raíces y, aunque no fue suficiente para causar su disolución, lo cierto es que no salió indemne de la crisis que sufrió por la ocupación napoleónica y la prisión de los monarcas en Francia. En todos los territorios españoles, la gente argumentó que la crisis daba lugar a que la soberanía revirtiera a manos del pueblo. Declaraban su derecho a escribir sus propias leyes y a elegir a sus propios líderes. La ocupación de la península Ibérica por parte de Napoleón, y su decisión de nombrar a su hermano José rey de todos los territorios españoles, fueron el catalizador del proceso a través del cual las Provincias españolas en América se convirtieron en Repúblicas democráticas. El ciclo de las revoluciones burguesas y las convulsiones que estremecieron al mundo atlántico desde mediados del siglo XVIII, incluidas la independencia de las colonias inglesas en Norteamérica, la Revolución francesa, la Revolución haitiana, y la guerra casi crónica entre el emergente Imperio inglés y el veterano Imperio español, influenciaron la dirección que la política habría de tomar tras el colapso de la monarquía española.

En 1808, por lo tanto, la crisis de la monarquía causó protestas en contra del “mal gobierno”. Los agraviados empezaron por reclamar autonomía, y al poco tiempo ya exigían independencia absoluta. La autoridad de la monarquía empezó a dividirse cuando el rey Carlos IV le entregó el gobierno de todo el Reino a Manuel Godoy, su ministro predilecto. Los excesos de Godoy desencadenaron una conspiración liderada por Fernando, hijo del rey, en contra tanto del rey como del ministro. En marzo de 1808, Carlos IV se vio obligado a abdicar en favor de su hijo, quien asumió el trono con el nombre de Fernando VII. Mientras tanto, las tropas francesas invadieron la península Ibérica con la evidente intención de tomar control de la Corona. Carlos y Fernando optaron por viajar a Bayona, en Francia, para saldar su disputa ante Napoleón, emperador de Francia. Al mismo tiempo, y en respuesta a la invasión francesa, los habitantes de Madrid se levantaron el 2 de mayo de 1808 contra el invasor, rebelión que recibió el apoyo de las provincias peninsulares y de los territorios españoles en América. De ese modo, los españoles y los criollos se mantuvieron fieles a Fernando VII, pero este se vio inhabilitado para gobernar por el arresto al que fue sometido por Napoleón. De manera que sobrevino una crisis de liderazgo. La respuesta fue inmediata: las provincias de la Península formaron juntas o cuerpos de gobierno que juraron lealtad a Fernando VII y, en su ausencia, tomaron control provisional del gobierno. Una de ellas, la Junta de Sevilla, se autoproclamó Junta Suprema y ordenó a todas las Provincias del Reino hacer juramento de lealtad a Fernando VII, para lo cual envió comisionados a todos los territorios. Al Virreinato de la Nueva Granada (hoy Ecuador, Colombia, Venezuela y Panamá) fue enviado Juan José Pando y Sanllorente. Se llevaron a cabo juramentos solemnes en las ciudades principales del Virreinato, y Santafé, la capital (hoy Bogotá), juró lealtad a Fernando VII el 11 de septiembre de 1808. Mientras tanto, los españoles vencieron a los franceses en la batalla de Bailén, lo que obligó a José Bonaparte, o José I, a huir de Madrid. Las Provincias peninsulares enviaron entonces representantes a Madrid con el fin de formar la Junta Central.

El 25 de septiembre de 1808, en Aranjuez (España) se estableció la Junta Suprema Central y Gobernativa del Reino. De este modo, el Gobierno volvió a estar centralizado y logró detener los movimientos autónomos que brotaban en las Provincias españolas. Pero los triunfos de los ejércitos españoles no duraron mucho tiempo, ya que los franceses lograron retomar Madrid y obligaron a la Junta Central a desplazarse a Sevilla. Desde allí, y en el transcurso del año siguiente, esta fue la Junta que gobernó a nombre de Fernando VII en todos los territorios que él consideraba su patrimonio personal.

La Junta Suprema Central consideraba un acto de traición cualquier intento de autonomía, tanto en la Península como en América. Los primeros hombres que conformaron la Junta fueron delegados de las Provincias peninsulares, pero esta rápidamente aceptó representantes provenientes de América. El 22 de enero de 1809 decretó que los territorios americanos de la monarquía no fuesen considerados colonias, sino partes integrales y esenciales del Reino, y que, por lo tanto, tenían derecho a enviar delegados elegidos por sus respectivas poblaciones. Por consiguiente, a cada uno de los cuatro virreinatos (Nueva España o México, Perú, el Nuevo Reino de Granada y Buenos Aires) y a cada una de las seis capitanías generales (Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile, Venezuela y Filipinas) les fue dada la oportunidad de elegir un representante, diez en total.

No deja de ser irónico que fue precisamente debido a este cálculo político que muchas de las poblaciones de América proclamaron primero la autonomía y después la independencia completa de España. ¿Por qué? Aunque el Decreto del 22 de enero de 1809 reconoció el derecho de todas las partes del Reino a estar representadas en la Junta Central, dejó claro que los territorios en América y Filipinas no gozarían de una representación justa y equitativa. Cada una de las dieciocho Provincias peninsulares, más pequeñas que los territorios de ultramar tanto en población como en extensión, estaba representada por dos delegados, treinta y seis en total. Los criollos americanos (descendientes de españoles nacidos en América) querían ser reconocidos como descendientes legítimos, con los mismos derechos que los españoles peninsulares. Sin embargo, la desigual representación que favorecía los intereses peninsulares en la Junta no dejó duda alguna: no había igualdad entre españoles y americanos.

A pesar de las protestas, la América española continuó un proceso electoral acorde con las instrucciones provenientes de la Junta Central Suprema. De acuerdo con estas, cada uno de los virreinatos y capitanías debía convocar elecciones en sus ciudades principales. El ganador de cada elección debía entonces competir en la selección que determinaría al representante del territorio correspondiente. En la Nueva Granada fue Antonio de Narváez y Latorre quien ganó las elecciones finales, el 16 de septiembre de 1809. Sin embargo, no alcanzó a viajar a España, pues cuando estaba listo para partir, la Junta Suprema Central se disolvió.

El proceso electoral, junto con el principio de representación que había generado, fueron sin duda dos innovaciones políticas de gran importancia para los días venideros. Igualmente importantes fueron las instrucciones que los cabildos o concejos municipales de la Nueva Granada les habían dado a los que habrían de representar sus intereses ante la Junta de Sevilla, pues los cabildos hicieron mucho más que lamentarse de la representación desigual de los americanos en la Junta o presentar las consabidas quejas sobre los abusos de los administradores reales. En cambio, formularon lúcidas ideas y verdaderos programas de gobierno. Narváez y Latorre recibió instrucciones de los cabildos de Santafé (que hoy conocemos con el nombre de Memorial de Agravios), Popayán, Socorro, Tunja y Loja, entre otros. También recibió un documento escrito por Ignacio de Herrera y Vergara, fechado el 1 de septiembre de 1809 en Santafé, y titulado Reflexiones que hace un americano imparcial al diputado de este Nuevo Reino de Granada para que les tenga presente en su delicada misión. En este documento, Herrera escribió: “Los pueblos son la fuente de la autoridad absoluta. Ellos se desprendieron de ella para ponerla en manos de un jefe que los hiciera felices. El Rey es el depositario de sus dominios”.7 Otro de los documentos para ser expuesto en España, escrito por el Cabildo del Socorro y fechado el 20 de octubre de 1809, pedía la “Supresión de las clases estériles, reducción de empleos reales improductivos, las tierras y el trabajo liberados de excesivos impuestos y regulaciones, y que la imposición de tributos, recaudación y distribución sigan las leyes de la justicia en que se apoya el pacto social”.8 También pedían que el delegado hiciera una petición por la abolición de la esclavitud y de los resguardos, tierras destinadas al uso exclusivo de los indios; propusieron la liberación de los mercados, reducciones en el número de días festivos y tarifas eclesiásticas, hacer mejoras en caminos y colegios, y simplificar los códigos civil y penal. En suma, lo que los cabildos proponían era un programa de gobierno.

Mientras tanto, en España, iniciando el año de 1810, la Junta Central Suprema colapsó y fue reemplazada por el Consejo de Regencia, que estaba conformado por cinco miembros. Este no cambió ninguna de las políticas que la Junta Central había desarrollado desde 1808 con respecto a las Provincias americanas, lo que provocó que muchos americanos no aceptaran su legitimidad para gobernar en nombre de Fernando VII. Tal malestar estaba además motivado por el miedo de que Napoleón estuviera a punto de conseguir una victoria definitiva en España y en Europa. Ante la posibilidad de perder del todo a su rey, las Américas entendieron que debían tomar decisiones rápidas y radicales con respecto a su futuro, y eso fue exactamente lo que hicieron.

1810: EL DESARROLLO DE LAS JUNTAS

Para la Nueva Granada, 1810 fue un año largo que, para nuestros propósitos, se extendió desde septiembre de 1809 hasta febrero de 1811. Estos dieciocho meses pueden dividirse en cuatro fases. La primera, desde septiembre de 1809 hasta mayo de 1810, consistió en rebeliones violentas, represión, y la necesidad de tomar decisiones urgentes. La segunda, de mayo de 1810 a julio del mismo año, implicó la organización de las primeras Juntas. La tercera, de julio a septiembre de 1810, vio el florecimiento de las Juntas, y, finalmente, en la cuarta, de agosto de 1810 a febrero de 1811, periodo en que las Juntas consolidaron sus nuevas administraciones, tomaron acción militar en contra de las Provincias y poblaciones disidentes e intentaron formar un gobierno para todas las Provincias que hacían parte de la antigua Audiencia de Santafé.

Durante la primera fase, que empezó en septiembre de 1809, los criollos de Santafé pensaron que debían considerar seriamente la oferta del Cabildo de Quito de unirse a su Junta autónoma, que había sido organizada un mes antes, el 10 de agosto. Como hemos explicado, los criollos de Quito y Santafé, como también los de otras partes de la América española, creían que la Junta Central Suprema y Gubernativa (en España) era ilegítima. Sin embargo, el virrey español en Bogotá, Antonio Amar y Borbón, decidió responder a la invitación bloqueando completamente la conformación de una junta en Santafé y reprimiendo con violencia todo intento de hacerlo. Para las autoridades españolas en América había una sola opción: permanecer leales a una sola junta, la Junta Central Suprema y Gubernativa. Los criollos, en cambio, veían otras posibilidades.

Estos criollos continuaron exigiendo que el virrey aceptara la formación de una junta gubernativa para la Audiencia de Santafé. Presionado, Amar y Borbón aceptó. Convocó a una reunión el 6 de septiembre de 1809 para discutir lo ocurrido en Quito el 10 de agosto de 1809, mientras se debatía la posibilidad de establecer una junta para sus propias Provincias en Santafé. La reunión no tuvo grandes resultados, pero unos días después, el 11 de septiembre, tuvo lugar una segunda, en la que escasamente se logró la conformación de dos partidos opuestos: los que estaban a favor de permanecer sujetos a la Junta Central Suprema y Gubernativa y los que apoyaban la idea de formar una junta aparte en Santafé. Con respecto a la rebelde Quito, el virrey decidió enviar a unos cuantos hombres, apoyados de fuerzas armadas, a “negociar” con la Junta.

El fracaso de tales reuniones y la decisión de someter a Quito por las armas condujeron a la segunda alternativa: la conspiración. Varios panfletos impresos que favorecían explícitamente la creación de la junta de Quito empezaron a circular. El 28 de septiembre de 1809 el virrey emitió un decreto según el cual el porte de documentos “sediciosos” era ilegal, y la pena sería dura e incluiría el encarcelamiento. El primero de varios complots para derrocar el poder español, hoy recordado como la Revolución del Cohete, tuvo lugar dos días después, pero falló: un mensaje anónimo le dio al virrey tiempo de anticiparse a la revuelta y encarcelar a los que consideraba culpables. En un complot subsiguiente, un grupo de residentes de Santafé planeó apoderarse del armamento de las tropas realistas que marchaban hacia Quito. El plan consistió en asaltar a los soldados, tomar las armas y enviarlas al Socorro, un pueblo cercano desde el cual se lanzaría la insurrección general. El plan falló debido a la mala planeación de sus líderes. Poco tiempo después, una rebelión estalló en el Casanare. El objetivo de dicha revuelta era tomarse el pueblo de Pore, lo que sucedió el 15 de febrero de 1810, pero los líderes fueron rápidamente capturados, juzgados, culpados de traición, colgados y decapitados, y sus cabezas enviadas a Santafé para exhibición pública. Las cabezas (literalmente) llegaron a la capital el 13 de mayo de 1810, pero no fueron exhibidas por miedo a las protestas de los habitantes de la ciudad.

Mapa N° 3: Provincias en 1810

Debido al fracaso de las conspiraciones, algunos americanos de la Nueva Granada optaron por una tercera opción: conformar, ellos solos, sus propias juntas gubernativas. Esto inauguró la segunda fase de ese largo año de 1810: el primer conjunto de Juntas gubernativas autónomas, la primera de ellas organizada en la ciudad de Cartagena, el 22 de mayo. Después de esta cobraron forma la de Cali, el 3 de julio; la de Pamplona, al día siguiente, y la del Socorro, el 11 de julio. El rechazo del virrey a dar su aprobación a una junta en la capital se mantuvo contra toda lógica, pero, contrario a lo que pensaba, la suerte ya estaba echada: el 20 de julio se organizó en Santafé la que se proclamó provisionalmente como Junta Suprema del Reino. Los meses de mayo a julio de 1810 marcaron, entonces, el punto de inflexión, el umbral, hacia el cual había conducido la agitada situación de los dos años anteriores.

El viernes 20 de julio, día de mercado en Santafé, un altercado en la plaza, planeado por un grupo de criollos en contra de un español, desató una revuelta general.

Don Josef (González) Llorente, español, y amigo de los ministros opresores de nuestra libertad, soltó una expresión poco decorosa a los americanos. Esta noticia se difundió con rapidez, y exaltó los ánimos ya dispuestos a la venganza. Grupos de criollos paseaban alrededor de la tienda de Llorente con enojo pintado en sus semblantes. A este tiempo pasó un americano que ignoraba lo sucedido, hizo una cortesía de urbanidad a este español. En el momento fue reprehendido por Don Francisco Morales, y saltó la chispa que formó el incendio y nuestra libertad. Todos se agolpan a la tienda de Llorente: los gritos atraen más gentes, y en un momento se vio un pueblo numeroso reunido e indignado contra este español y contra sus amigos.9

A partir de ese momento, los sucesos se salieron de las manos. A González Llorente lo metieron a la cárcel debido al descontento del pueblo. Esa tarde llegaron tres comisiones a la casa del virrey exigiéndole que convocara un Cabildo abierto. El virrey se rehusó a reunirse con las dos primeras comisiones, pero acordó con la tercera que podría convocarse un Cabildo extraordinario. Sin embargo, muchos criollos decidieron llenar la plaza de gente y excitarla con discursos incendiarios y reclamos. Debido a tales demostraciones, al atardecer ya el Cabildo había dejado de ser extraordinario y se había convertido en un Cabildo abierto. Entonces se hizo evidente, y el virrey lo sabía, que el Ejército no atacaría a los manifestantes. El plan había funcionado: la Junta estaba conformada. Al amanecer del 21 de julio de 1810 se firmó un documento al que los colombianos se refieren como su Acta de Independencia. Lo escribió José Acevedo y Gómez, y en él se aclaran los objetivos y directrices de la junta recién consolidada:

[Que] se deposite en toda la Junta el Gobierno Supremo de este Reino interinamente, mientras la misma Junta forma la Constitución que afiance la felicidad pública, contando con las nobles Provincias, a las que en el instante se les pedirán sus Diputados, firmando este Cuerpo el reglamento para las elecciones en dichas Provincias, y tanto este como la Constitución de Gobierno deberán formarse sobre las bases de libertad e independencia respectiva de ellas, ligadas únicamente por un sistema federativo, cuya representación deberá residir en esta capital, para que vele por la seguridad de la Nueva Granada, que protesta no abdicar los derechos imprescindibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don Fernando VII, siempre que venga a reinar entre nosotros, quedando por ahora sujeto este nuevo Gobierno a la Superior Junta de Regencia, ínterin exista en la Península, y sobre la Constitución que le dé el pueblo, y en los términos dichos.10

Del acta queda claro que la “autonomía” se estableció formalmente el 21 de julio de 1810. Tal autonomía se basaba en el derecho de la gente de gobernarse a sí misma por medio de una Constitución, de reunirse bajo un sistema federal y de establecer que el rey seguiría siendo el rey, siempre y cuando viniera a la Nueva Granada y siguiera las normas de la Constitución. Se había alcanzado un punto de quiebre, y la separación tanto de España como de la monarquía absoluta había sido establecida.

El 21 de julio y los días siguientes fueron días de mucha agitación. El grupo más radical de santafereños, conocidos como los “chisperos”, se encargó de dificultarle a la Junta Suprema de Santafé la moderación de sus decisiones iniciales. A consecuencia de ello, el 26 de julio, la Junta finalmente declaró que no reconocía al Consejo Supremo de Regencia, marcando un momento decisivo: ninguna corporación o individuo ubicado o proveniente de la Península tendría autoridad alguna sobre estas tierras, a excepción de Fernando VII. Además, la Junta de Santafé, que había declarado que Fernando tendría que vivir en Santafé, estableció que el rey no tenía derecho a delegar la autoridad que el pueblo le había conferido a ninguna persona o institución. El día siguiente, 27 de julio, la Junta se dividió en secciones para manejar con más eficacia las decisiones cotidianas de gobierno, tal como se había planeado unos días antes. Las secciones incluían: Negocios Eclesiásticos; Gracia, Justicia y Gobierno; Guerra; Hacienda; Policía; y Comercio. El 29 de julio, la Junta envió a todas las Provincias de la Nueva Granada una invitación a elegir representantes al Congreso General del Reino, que habría de reunirse en diciembre de 1810. El 13 de agosto, bajo presión de los radicales, el exvirrey Amar y Borbón fue encarcelado, y el 15 de agosto fue enviado en secreto a Cartagena. Al día siguiente, la Junta silenció a los radicales chisperos encarcelando a sus líderes.

Los efectos de la decisión de la Junta de Santafé de organizarse y rechazar el reconocimiento de toda autoridad proveniente del Consejo de Regencia se hicieron sentir muy pronto en toda la jurisd ...