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HISTORIA (PRIVADA) DE LA VIOLENCIA

Otty Patiño

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Fragmento

PRÓLOGO

¿Ha cambiado la historia de Colombia? Es la pregunta que surge al terminar la lectura de este libro de Otty Patiño. La primera sensación que deja esta es la de nombres que se repiten una y otra vez en los espacios del poder en nuestro país. Hoy encontramos —en la prensa, en los ministerios, en la Presidencia— los mismos apellidos que se mencionan en la historia que transcurre en estas páginas, e incluso la historia previa a la que ellas consignan: López, Santos, Lozano, Ospina, Gómez, Lleras, una y otra vez, como un cuento sin fin… Viejos apellidos, viejas violencias.

Tratar hoy con los hijos, con los nietos, todos en el poder, de quienes estaban también en el poder en las fechas que cubre este libro —los tiempos de la Revolución en marcha, de Gaitán, de la violencia, de la dictadura y del Frente Nacional— no deja de ser una experiencia surrealista. Quizás así vivían los europeos de la vieja Edad Media: el vasallaje, los súbditos vueltos peones, el señor vuelto patrón… Ese mundo no cambia pero sí envejece, decae, no genera sino que se degenera y se corrompe como los cadáveres…

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La historia se repite en los apellidos que, sin ser aristocráticos y sin poseer los títulos divinos que legitimaban los linajes feudales europeos, funcionan igual; nos indican que no hemos vivido una democracia, que la palabra “oligarquía” agitada por Gaitán y silenciada en los discursos políticamente correctos de hoy tiene un significado profundo: el gobierno de una minoría para sí misma que, además —a diferencia de lo que pensaba Aristóteles—, hereda el poder; una minoría cuyos miembros se casan entre ellos, se mezclan en la dirección de la política y del Estado, se reconocen como club, en ocasiones son enemigos y en otras amigos, sin importar cuántos muertos cobró su enemistad, cuántas guerras convocaron, cuántos jóvenes humildes quedaron tendidos en el camino. Se trata de un juego de familias y apellidos, de un juego de linajes… un juego de tronos nada parecido a la democracia.

Esta oligarquía, que no se define necesariamente por ser rica, aunque al final se haya enriquecido con el Estado, y que tampoco se define por la ideología —en el relato que aquí se presenta seremos testigos de liberales que apoyan el fascismo, como Lozano y López de Mesa, de fascistas que se desdicen, y de cardenales que apoyan el integrismo y luego lo traicionan—, no tiene un proyecto de nación ni de mundo diferente del de permanecer en el poder y lograr que sus hijos lo hereden. Es un grupo pequeño de personas que se hizo al poder y que no lo suelta.

El segundo sabor o sinsabor que nos deja este libro es el de la incapacidad: la incapacidad de dirigir una sociedad, transformarla, ponerla en los tiempos contemporáneos; de construir una nación como esa de la que hablaba Rousseau, vinculada por el pacto de la convivencia pacífica.

Es extraña la paradoja que presentan estas páginas: mientras que el mundo se liberaba del fascismo y de los nazis, con inmenso sacrificio de vidas, heroísmo, resistencia, mientras que se construían democracias, se buscaba la libertad y se esbozaba la emancipación en el mundo, mientras que en Estados Unidos se hablaba del “nuevo trato” y en Europa resurgían —de las cenizas de la guerra— sociedades poderosas en el saber, la producción, la tecnología y la democracia, en Colombia nos devolvíamos —tras camándulas y oratorias, bajo los designios del odio proclamado desde la radio y el púlpito— a lo que Europa había derrotado: el pensar que las razas existen y que unas son superiores, la decisión de eliminar al diferente, la condena a muerte de centenares de miles de personas. Nuestros padres y abuelos bebían en aquel entonces, ideológicamente, del fascismo, y las masas aplaudían los designios de la muerte.

Incluso en tiempos de Gaitán aumentaba el electorado conservador y se destruía, por miedo a la Revolución en Marcha, el proyecto modernizador de Colombia. El Partido Conservador leía cada vez menos el Jesús del Nuevo Testamento y cada vez más los escritos y discursos de Franco y Mussolini. En 1949, apenas tres años después de los procesos del tribunal de Núremberg, donde se juzgó a los criminales nazis, caíamos en la dictadura y el genocidio se expandía por nuestra tierra.

La incapacidad de la llamada “clase dirigente” por modernizar a Colombia y construir una nación democrática nos condenó a la violencia: una violencia que imperó durante 68 años, hasta hoy… La vieja violencia de Colombia.

Entre esa “clase dirigente” ha pululado la traición: Santos traicionó a López Pumarejo; López Pumarejo se traicionó a sí mismo; Lleras a Gaitán; Ospina Pérez a Laureano Gómez; Laureano a Ospina; Pabón Núñez a Laureano; Rojas Pinilla a Ospina; Ospina a Rojas; Rojas a los campesinos guerrilleros liberales; Laureano Gómez a Gilberto Álzate Avendaño; Gilberto Álzate a Laureano Gómez… Es la traición generalizada en un mundo de egos y aspiraciones malsanas, pero también allí surgieron alientos de inteligencia.

Laureano Gómez permitió un golpe de Estado en su contra porque se opuso a que se torturara en el Batallón Guardia Presidencial a un ciudadano liberal y no aprobó el robo del recurso público; López Pumarejo, quizás el más claro de todos, sabía cómo llevar a Colombia a la modernidad, reconocía los principales problemas e inició las reformas, pero temió continuarlas. Gaitán —brillante él— fue capaz de ganar el liderazgo y visibilizar al protagonista verdadero de la historia: el pueblo.

“Abajo”, entre el pueblo, aparece el que resiste, se arma, se defiende; el que no se deja confundir por el alcohol ni la camándula. “Arriba”, dirigentes que abandonan las reformas por miedo o mueren por ellas. “Abajo”, dirigentes que se dejan corromper, se lanzan a la masacre del hermano; dirigentes populares —como Guadalupe— que se dejan matar por emborracharse, que se suicidan —como Aljure— o que se mantienen por años luchando y soñando democracias.

Una historia que se repite.

Me sorprendieron varios temas del libro que no había comprendido suficientemente, más allá del asesinato de Gaitán y sus consecuencias, de lo cual se ha escrito bastante.

La conducta de la Dirección Liberal, de Lleras, de Echandía, quienes ante el asesinato de Gaitán no aciertan a dirigir su sociedad ni su partido, y terminan en una negociación espuria de puestos de gabinete en el gobierno de Ospina Pérez; de esa dirigencia liberal que perdió el camino de las reformas, que perdió la voluntad de ser poder y que inició el camino de la política pequeña.

Pareciera que la lucha política en la Colombia de esos años hubiera sido por puestos, la consagración de la política mendicante y pequeña. La dirigencia liberal luchó por ser de extremo centro, para no pasar por comunistas o gaitanistas, para no oler a chusma y poder tomar whisky con Mariano en Palacio. Ese centro político se muestra diferente en las fotos pero su actitud, es la vacilación permanente, y su disposición, la de rendirse si la invitan al ministerio o a ser ministro. El centro es esa manera muy colombiana de no tomar posición, de no arriesgarse, pero, eso sí, beneficiarse cuando sea posible. Los dirigentes liberales marcan un camino político, el del “ni fu ni fa”, “ni chicha ni limoná”, el de ser cómplices pasivos de la incapacidad de hacer las reformas fundamentales para construir la democracia. El centro se cambia por un ministerio. Gaitán solo sirve para adornar los billetes.

Otro tema que me sorprendió es la traición de Mariano Ospina contra los dirigentes liberales, en 1949, que lleva al liberalismo a la masacre. Y allí aparece un hecho dantesco, aleccionador: el plan premeditado por la bancada conservadora de asesinar a la bancada liberal, mayoritaria, en el Congreso de la República: el exterminio de un partido, pensado y planificado por la dirigencia conservadora en el poder… hecho al que responde el Partido Liberal con un intento fallido de insurrección y un golpe de Estado organizado por Plinio Mendoza, el padre de Plinio Apuleyo. ¿Acaso esa historia no se repitió después con la Unión Patriótica? ¿Acaso no hace falta una reflexión autocrítica sobre esta conducta recurrente, un pedir perdón a la sociedad, por parte de los descendientes de conservadores y liberales, para que la historia no se repita?

El año clave es 1949 más que 1948. Mariano Ospina propinó un autogolpe de Estado, declaró el estado de sitio, suspendió el Congreso, censuró la prensa. Sin decirlo, se declaró la dictadura. La reacción ya no provino de la confusa Dirección Liberal que abandonó el país, sino del pueblo campesino liberal, que se armó sin mayor conducción. 1949 es el año de inicio de verdad de la violencia, la vieja violencia colombiana que aún continúa.

El tercer tema sorprendente es el segundo golpe de Estado contra el primero. Del primer golpe se beneficiaron Mariano Ospina y Laureano Gómez, en 1949. Gracias a este primer golpe Laureano Gómez pudo suceder en la Presidencia a Mariano Ospina y convocar la Constituyente que buscaba el Estado confesional, católico y corporativista, después de la represión total al liberalismo. El segundo golpe lo dio Mariano Ospina Pérez —en realidad Bertha Hernández de Ospina Pérez— contra Laureano Gómez; es el que convierte a Rojas Pinilla en dictador. Y he aquí otra paradoja de la historia: la Asamblea Constituyente de Laureano, presidida por Mariano Ospina, se volvió la entidad legitimadora del golpe militar de Rojas contra Laureano, al declarar a Rojas Pinilla como presidente de Colombia. Así se suceden los golpes de Estado entre y contra los “godos” mismos.

Mariano Ospina dio dos golpes de Estado, y el segundo no solo sacó a Laureano del poder, sino que lo sacó a él mismo, de manera definitiva, porque Rojas Pinilla acabó traicionando a Mariano.

Luego vino el Frente Nacional y su estado de sitio permanente, el robo de las elecciones a Rojas Pinilla propiciado por Lleras, aliado con los descendientes de Ospina, y los hijos y los nietos de estos protagonistas siguen gobernándonos. Hoy, después de 68 años, la violencia sigue. La enorme incapacidad de construirnos como nación continúa su curso.

Los chulavitas ahora se llaman paramilitares, pero su concepción de las cosas no solo se mantiene en esos hombres armados que masacran, queman caseríos y descuartizan, sino que se extiende como la concepción de la seguridad “democrática” de una “sociedad de control” no democrática, como dice Michel Foucault. Los guerrilleros de antaño son los abuelos de los de ahora. El método de gobierno y de elección continúa siendo el mismo: la alianza del clubman cachaco, vestido con paños ingleses, con el bajo mundo que encuentra en bares, cantinas y cárceles, para servirse del asesinato y del terror.

El método continúa siendo el mismo: el uso del miedo al comunismo, hoy llamado “castrochavismo”, dado que la Unión Soviética dejó de existir, para legitimar el genocidio, lograr el aplauso popular desatado por pastores de la Iglesia y ganar elecciones gracias a mayorías populares dormidas, anestesiadas por la violencia y la orgía de sangre. Mientras tanto, se detienen las reformas democráticas y se aplazan indefinidamente para continuar en el marasmo de la premodernidad y de un feudalismo mal definido y anacrónico.

De esta historia queda el Gaitán asesinado, el que pudo ser y no fue. Su apellido no se hereda en la política. Los propios dirigentes liberales decidieron que solo podrían enterrarlo en su casa, y convertirla en mausoleo, por miedo a la manifestación multitudinaria que acompañaba su sepelio, por miedo a que la insurrección tumbase al gobierno de Ospina y sus puestos recién logrados. Gaitán parte a otra historia, la que queda en la memoria popular, en el recuerdo y en la rabia contenida; queda a la espera, en puntos suspensivos.

De esta historia también queda un López Pumarejo lúcido, quizás el más inteligente, pero miedoso, pausado, más enamorado de su esposa que de sus ideas, lo cual no es un desacierto sino otra forma de vivir; un López Pumarejo que concibió el programa de las reformas, que sabía a ciencia cierta de la necesidad de reformar el uso de la tierra, permitir la democracia, construir la educación pública laica, la universidad pública; pero ese programa se quedó olvidado en el camino que después recorrió la sangre.

Lo demás es traición, incapacidad, odio. Es el sinsentido de una sociedad que se resiste al cambio, que no mira al mundo, que prefiere el feudalismo, la vida de privilegios, el puesto público por encima de la idea, el odio para ver morir al vecino, a quien avanza y da un paso adelante, a quien piensa distinto, a quien grita “despierten”, a la mujer que progresa, estudia y trabaja, al niño que reclama sus derechos, a la naturaleza que alista pausadamente su venganza ante la depredación. Esta es una sociedad que prefiere la lambonería al ser por sí mismo, que prefiere el ataque al proceso de reformas que la beneficiarían y su destrucción, sin darse cuenta de que se destruye a sí misma. Es una sociedad suicida que elige a sus verdugos. Es la sociedad de ratones, la Mouseland del canadiense Thomas C. Douglas que elije durante un siglo a gatos de diferentes colores para gobernar.

A la espera quedan, pues, Gaitán, López Pumarejo, la confianza, la paz y la democracia. Están en puntos suspensivos hasta cuando la historia no se repita.

GUSTAVO PETRO URREGO

Bogotá, julio de 2017

INTRODUCCIÓN

Entre 1945 y 1953 colapsaron tres importantes proyectos nacionales que generaron pasiones políticas entre los colombianos, a la vez que justificaron la violencia que todavía padecemos.

La renuncia de Alfonso López Pumarejo a su cargo de presidente de la República, en julio de 1945, significó el agotamiento del proyecto del reformismo social del liberalismo, impulsado desde una élite modernizante, apoyada por los comunistas.

Con el asesinato de Gaitán, el 9 de abril de 1948, murió el proyecto de un liberalismo popular que buscaba encarnarse en un socialismo criollo, alejado del modelo soviético del socialismo de Estado.

Con el golpe militar que derrocó a Laureano Gómez, el 13 de junio de 1953, se le dio sepultura a la instauración de un régimen corporativista conservador, emparentado con las corrientes fascistas que lideraron Adolf Hitler en Alemania, Benito Mussolini en Italia y Francisco Franco en España, además de Oliveira Salazar en Portugal.

El ascenso de Laureano Gómez a la Presidencia de la República estuvo precedido de una serie de acontecimientos que acentuaron la confrontación entre liberales y conservadores. El principal de ellos, la víspera de las elecciones presidenciales, el 25 de noviembre de 1949, fue el frustrado levantamiento cívico-militar contra la dictadura presidida por Mariano Ospina Pérez.

Sobre estos cuatro hitos y sobre su época existe una rica bibliografía producida por investigadores e historiadores nacionales y extranjeros, lo que permitió al autor de este libro hilar de manera coherente y rigurosa las historias que aquí se relatan. No fue fácil, porque dichos autores tienen versiones e interpretaciones contradictorias sobre los mismos acontecimientos.

Si bien este libro está basado en hechos históricos, no pretende ser el clásico libro de historia. El mayor esfuerzo investigativo estuvo centrado en la parte subjetiva, en la huella que dejaron los acontecimientos mencionados en el intelecto y en el corazón de quienes, por razones de parentesco, recibieron más de cerca la herencia de las ideas, de los sueños, de las frustraciones, de los amores y de los odios de los principales protagonistas de estas historias. Esa huella, esa herencia, trascendió también a muchos colombianos que recibimos querencias y malquerencias, frustraciones, prejuicios y temores que están en la base de nuestra formación política.

Estimo que este no es un clásico libro de historia porque les di gran importancia a las anécdotas que ilustran el espíritu de la época y a personajes que han sido ignorados o tenidos como secundarios en los libros serios de historia, como sucede con el general Amadeo Rodríguez, el arzobispo González Arbeláez o el conspirador liberal Plinio Mendoza Neira, entre otros.

Todos los entrevistados fueron muy amables y abiertos conmigo. Su actitud me da una luz de esperanza de que estas personas quieran deponer las broncas y frustraciones heredadas para alcanzar la serenidad que necesita Colombia en la construcción de una paz estable y duradera.

A pesar del rigor investigativo y del entrelazamiento de los testimonios contradictorios de quienes tuvieron una información privilegiada sobre los relatos de poder que aquí presento, este no pretende ser un libro objetivo. Ningún libro de historia lo es. Yo milité en las filas de la revolución armada y, como tal, construí —con mis compañeros de lucha— una interpretación de la historia para fundamentar, justificar o explicar nuestro compromiso y nuestra rebeldía. Esa interpretación me sirvió para formular las hipótesis que ordenaron mi trabajo investigativo, pero durante la investigación y la redacción del libro surgieron revelaciones que me movieron el piso. Afloraron entonces mis prejuicios y, con ellos, las tentaciones de negar lo que me pudiese ubicar en el riesgoso mundo de la incertidumbre. Estaban en peligro mis verdades, mis miedos y mis broncas, acuñados durante tanto tiempo en que vi la vida, la historia y el país como un campo de batalla donde se trenzan a muerte los amigos y los enemigos, los malos y los buenos, las tesis y las antítesis.

Así, por ejemplo, se me estaba desvaneciendo un fuerte imaginario fundacional del M-19, según el cual la oligarquía en Colombia existe como un grupo cerrado de personas con un sórdido y permanente acuerdo entre sí, que les permite mantener y acrecentar su poder y su riqueza, combinando actitudes y discursos atrayentes con pactos subterráneos y crímenes.

Cuando hablé con los herederos de los personajes que manejaron la política colombiana durante la época de la que trata este libro, pude percibir las tremendas rencillas y desconfianzas entre Laureano Gómez y Mariano Ospina, entre López Pumarejo y Eduardo Santos, entre Carlos Lleras y Alberto Lleras, entre López Michelsen y Bertha Hernández. Definitivamente ellos no eran un grupo armónico capaz de realizar una confabulación secreta.

La acusación de Constanza Vieira contra la oligarquía asesina, culpable —para ella— del asesinato de Gaitán, se vuelve humo en los intentos de personificación de esa oligarquía. Su madre —nos contó Constanza— fue siempre muy amiga de Álvaro Gómez, y su padre, Gilberto Vieira, connotado líder comunista, de Gilberto Alzate Avendaño, hombre de la extrema derecha. El Partido Comunista apoyó a López Pumarejo y se distanció de Gaitán, el hombre que convirtió la palabra oligarquía en el eje de su discurso político. Entonces, ¿quiénes eran los oligarcas? ¿Los miembros de una siniestra secta oculta y poderosa?

Por su parte, los descendientes niegan el carácter oligárquico de sus progenitores. ¿Oligarca López Pumarejo? “¡No!”, dicen los historiadores de izquierda: “López fue el hombre que puso en jaque a los terratenientes con su reforma agraria y a los grandes empresarios con su apoyo a las organizaciones sindicales”. ¿Oligarca Eduardo Santos? “¡No!”, afirma su sobrino-nieto Enrique Santos Calderón: “si fueron los Santos, desde El Tiempo, quienes más criticaron a López Pumarejo por combinar política y negocios”. ¿Oligarca Laureano Gómez? “¡No!”, responde su hijo Enrique Gómez: “su escaso capital lo metió en el periódico El Siglo y, en el momento del golpe de 1953, estaba prácticamente quebrado, al contrario de los liberales que se enriquecieron a costa de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial”. ¿Oligarca Gilberto Alzate Avendaño? “¡No!”, revira Gilberto Alzate Ronga: “mi papá era hijo de un general de la provincia, gente de clase media como la mayoría de los líderes conservadores, al contrario de los liberales, que eran de la aristocracia capitalina”. ¿Oligarca Carlos Lleras Restrepo? “¡No!”, replica su hijo Carlos Lleras de la Fuente: “sus ingresos no le alcanzaban para sacar una cuenta bancaria, los ahorros los guardaba en una alcancía que abría cada seis meses para los gastos familiares más urgentes”. ¿Oligarca Mariano Ospina Pérez? “¡No!”, niega su hijo Mariano Ospina Hernández: “si uno de los debates más importantes que hizo mi papá cuando era el gerente de la Federación Nacional de Cafeteros fue para defender a los pequeños caficultores colombianos contra los grandes hacendados brasileros que pretendían imponer a Colombia un pacto ruinoso para nuestros campesinos. Ese debate se lo ganó al entonces presidente López Pumarejo”.

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