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EL INVIERNO DEL MUNDO (THE CENTURY 2)

Ken Follett

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Fragmento

Personajes

Estadounidenses

Familia Dewar

Senador Gus Dewar

Rosa Dewar, su esposa

Woody Dewar, su hijo mayor

Chuck Dewar, su hijo menor

Ursula Dewar, madre de Gus

Familia Peshkov

Lev Peshkov

Olga Peshkov, su esposa

Daisy Peshkov, su hija

Marga, amante de Lev

Greg Peshkov, hijo de Lev y Marga

Gladys Angelus, estrella de cine, también amante de Lev

Familia Rouzrokh

Dave Rouzrokh

Joanne Rouzrokh, su hija

Alta sociedad de Buffalo

Dot Renshaw

Charlie Farquharson

Otros

Joe Brekhunov, un matón

Brian Hall, jefe sindical

Jacky Jakes, aspirante a actriz

Eddie Parry, marinero, amigo de Chuck

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capitán Vandermeier, superior de Chuck

Margaret Cowdry, guapa heredera

Personajes históricos reales

Franklin Delano Roosevelt, 32.º presidente de Estados Unidos

Marguerite «Missy» LeHand, su ayudante

Harry Truman, vicepresidente y 33.º presidente de Estados Unidos

Cordell Hull, secretario de Estado

Summer Welles, subsecretario de Estado

Coronel Leslie Groves, Cuerpo de Ingenieros del Ejército

Ingleses

Familia Fitzherbert

Conde Fitzherbert, llamado Fitz

Princesa Bea, su esposa

«Boy» Fitzherbert, vizconde de Aberowen, su hijo mayor

Andy, su hijo menor

Familia Leckwith-Williams

Eth Leckwith (de soltera Williams), parlamentaria de la circunscripción de Aldgate

Bernie Leckwith, marido de Ethel

Lloyd Williams, hijo de Ethel, hijastro de Bernie

Millie Leckwith, hija de Ethel y Bernie

Otros

Ruby Carter, amigo de Lloyd

Bing Westhampton, amigo de Fitz

Lindy y Lizzie Westhampton, hijas gemelas de Bing

Jimmy Murray, hijo del general Murray

May Murray, su hermana

Marqués de Lowther, llamado Lowthie

Naomi Avery, mejor amiga de Millie

Abe Avery, hermano de Naomi

Personajes históricos reales

Ernest Bevin, parlamentario, secretario del Foreign Office

Alemanes y austríacos

Familia Von Ulrich

Walter von Ulrich

Maud, su esposa (de soltera lady Maud Fitzherbert)

Erik, su hijo

Carla, su hija

Ada Hempel, su criada

Kurt, hijo ilegítimo de Ada

Robert von Ulrich, primo segundo de Walter

Jörg Schleicher, socio de Robert

Rebecca Rosen, huérfana

Familia Franck

Ludwig Franck

Monika, su esposa (de soltera Monika von der Helbard)

Werner, su hijo mayor

Frieda, su hija

Axel, su hijo menor

Ritter, chófer

Conde Konrad von der Helbard, padre de Monika

Familia Rothmann

Doctor Isaac Rothmann

Hannelore Rothmann, su esposa

Eva, su hija

Rudi, su hijo

Familia Von Kessel

Gottfried von Kessel

Heinrich von Kessel, su hijo

Gestapo

Comisario Thomas Macke

Inspector Kringelein, jefe de Macke

Reinhold Wagner

Klaus Richter

Günther Schneider

Otros

Hermann Braun, el mejor amigo de Erik Sargento Schwab, jardinero

Wilhelm Frunze, científico

Rusos

Familia Peshkov

Grigori Peshkov

Katerina, su esposa

Vladímir, siempre llamado Volodia; su hijo

Ania, su hija

Otros

Zoya Vorotsintsev, física

Ilia Dvorkin, agente de la policía secreta

Coronel Lemítov, jefe de Volodia

Coronel Bobrov, agente del Ejército Rojo en España

Personajes históricos reales

Lavrenti Beria, jefe de la policía secreta

Viacheslav Mólotov, ministro de Asuntos Exteriores

Españoles

Teresa, maestra de alfabetización

Galeses

Familia Williams

Dai Williams, «Abuelo»

Cara Williams, «Abuela»

Billy Williams, miembro del Parlamento de Aberowen

Dave, hijo mayor de Billy

Keir, hijo menor de Billy

Familia Griffiths

Tommy Griffiths, agente político de Billy Williams

Lenny Griffiths, hijo de Tommy

PRIMERA PARTE

La otra mejilla

1

1933

I

Carla sabía que sus padres estaban a punto de enfrascarse en una discusión. En cuanto entró en la cocina percibió la hostilidad, como el viento gélido que barría las calles de Berlín en febrero antes de una ventisca. Estuvo a punto de darse la vuelta y salir de la cocina.

No era habitual en ellos que discutieran. Por lo general eran muy afectuosos, incluso demasiado. Carla sentía vergüenza ajena cuando se besaban delante de otra gente. Sus amigas creían que era algo raro ya que sus padres no demostraban ese cariño en público. En una ocasión se lo había comentado a su madre, que reaccionó soltando una risa de satisfacción y le dijo:

—El día después de nuestra boda, a tu padre y a mí nos separó la Gran Guerra. —Su madre era inglesa de nacimiento, aunque apenas se le notaba el acento—. Yo me quedé en Londres mientras él regresaba a Alemania y se incorporaba al ejército. —Carla había oído esa historia un sinfín de veces, pero su madre nunca se cansaba de contársela—. Creíamos que la guerra duraría tres meses, pero no volví a verlo hasta al cabo de cinco años. Durante todo ese tiempo eché mucho de menos poder acariciarlo, así que ahora no me canso de hacerlo.

Su padre era igual.

—Tu madre es la mujer más inteligente que he conocido jamás —le había dicho ahí mismo, en la cocina, unos días antes—. Por eso me casé con ella. No tuvo nada que ver con… —Dejó la frase inacabada y ambos se rieron de forma cómplice, como si Carla no supiera nada de sexo a la edad de once años. Le resultaba todo muy violento.

Sin embargo, de vez en cuando se peleaban. Carla conocía las señales y sabía que estaba a punto de estallar una nueva discusión.

Cada uno estaba sentado a un extremo de la mesa. Su padre vestía un traje gris oscuro de estilo muy sombrío, una camisa blanca almidonada y una corbata negra de raso. Era un hombre pulcro, a pesar de las entradas y de la ligera barriga que asomaba bajo el chaleco y la cadena del reloj de oro. Tenía el rostro congelado en una expresión de falsa calma. Carla conocía esa mirada, era la que dirigía a algún miembro de la familia cuando había hecho algo que lo enfurecía.

Sostenía en la mano un ejemplar del semanario para el que trabajaba su madre, Der Demokrat, en el que escribía una columna de rumores políticos y diplomáticos con el nombre de Lady Maud. Su padre empezó a leer en voz alta:

—«Nuestro nuevo canciller, herr Adolf Hitler, hizo su debut en la sociedad diplomática en la recepción del presidente Hindenburg.»

Carla sabía que el presidente era el jefe de Estado. Había sido elegido, pero estaba por encima de las cuitas del día a día político y ejercía principalmente de árbitro. El canciller era el primer ministro. Aunque habían nombrado canciller a Hitler, su Partido Nazi no disponía de una mayoría absoluta en el Reichstag, el Parlamento alemán, de modo que, por el momento, los demás partidos podían poner coto a los excesos nazis.

Su padre habló con desagrado, como si lo hubieran obligado a mencionar algo repulsivo, como aguas residuales.

—«Parecía sentirse incómodo vestido con un frac.»

La madre de Carla tomó un sorbo de su café y miró hacia la calle a través de la ventana, fingiendo interés por la gente que se apresuraba para llegar al trabajo, protegiéndose del frío con bufanda y guantes. Ella también fingía calma, pero Carla sabía que solo estaba esperando su momento.

Ada, la criada, estaba de pie, vestida con un delantal, cortando queso. Dejó un plato delante de su padre, que no le hizo el más mínimo caso.

—«No es ningún secreto que herr Hitler quedó cautivado por Elisabeth Cerruti, la culta mujer del embajador italiano, que lucía un vestido rosa adornado con pieles de marta.»

Su madre siempre describía cómo vestía la gente. Decía que así ayudaba a los lectores a imaginárselos. Ella también tenía ropa elegante, pero corrían tiempos difíciles y hacía varios años que no se había comprado ningún vestido nuevo. Esa mañana tenía un aspecto esbelto y elegante con un vestido de cachemira azul marino que debía de tener tantos años como Carla.

—«La signora Cerruti, que es judía, es una fascista acérrima, y hablaron durante varios minutos. ¿Le pidió a Hitler que dejara de avivar el odio hacia los judíos?» —El padre dejó la revista en la mesa con un fuerte golpe.

«Ahora empieza», pensó Carla.

—Imagino que te habrás dado cuenta de que esto enfurecerá a los nazis —dijo su padre.

—Eso espero —replicó su madre con frialdad—. El día que estén contentos con lo que escribo, dejaré de hacerlo.

—Son peligrosos cuando están enfurecidos.

Los ojos de su madre refulgieron de ira.

—Ni se te ocurra tratarme con condescendencia, Walter. Ya sé que son peligrosos, por eso me opongo a ellos.

—Es que no entiendo de qué sirve enfurecerlos.

—Tú los atacas en el Reichstag. —Walter era un representante parlamentario del Partido Socialdemócrata elegido en las urnas.

—Yo tomo parte de un debate razonado.

La situación era la habitual, pensó Carla. Su padre era un hombre lógico, precavido y respetuoso con la ley. Su madre tenía estilo y sentido del humor. Él se salía con la suya gracias a su perseverancia serena; ella con su encanto y su descaro. Nunca se pondrían de acuerdo.

—Yo no vuelvo a los alemanes locos de ira —añadió su padre.

—Quizá eso es porque tus palabras no les causan ningún daño.

El ingenio de Maud sacó de quicio a Walter, que alzó la voz.

—¿Y crees que les haces daño con tus pullas?

—Me burlo de ellos.

—En lugar de aportar argumentos.

—Creo que se necesitan ambas cosas.

Walter se enfureció aún más.

—Pero, Maud, ¿no ves que te pones en peligro a ti misma y a toda la familia?

—Al contrario. El verdadero peligro sería no burlarse de los nazis. ¿Cómo será la vida para nuestros hijos si Alemania se convierte en un estado fascista?

Ese tipo de discusiones incomodaban a Carla. No soportaba oír que la familia estaba en peligro. La vida debía proseguir tal y como había hecho hasta entonces. Lo único que deseaba era poder sentarse en la cocina todas las mañanas, con sus padres situados en los extremos de la mesa de pino, Ada junto a la encimera, y su hermano, Erik, correteando arriba porque llegaba tarde de nuevo. ¿Por qué tenían que cambiar las cosas?

Durante toda su vida había escuchado conversaciones políticas a la hora del desayuno y creía que entendía lo que hacían sus padres, que tenían la aspiración de convertir Alemania en un lugar mejor para todo el mundo. Sin embargo, en los últimos tiempos habían empezado a hablar de un modo distinto. Era como si creyeran que se avecinaba un gran peligro, pero Carla aún era incapaz de imaginarse de qué se trataba.

—Bien sabe Dios que estoy haciendo todo lo que puedo para contener a Hitler y a sus acólitos —dijo Walter.

—Y yo también. Pero cuando tú lo haces, crees que estás tomando el camino sensato. —A Maud se le crispó el rostro de resentimiento—. Y cuando lo hago yo, me acusas de poner en peligro a la familia.

—Y con razón —replicó Walter.

La discusión no había hecho más que empezar, pero en ese momento Erik bajó los escalones de forma estruendosa, como un caballo, y apareció en la cocina con la cartera de la escuela colgada de un hombro. Tenía trece años, dos más que Carla, y un fino vello negro empezaba a asomar en su labio superior. Cuando eran pequeños, Carla y Erik siempre habían jugado juntos, pero aquellos días habían quedado relegados al pasado, y como él era tan alto le gustaba creer que su hermana era tonta e infantil. En realidad, era más inteligente que él, y sabía muchas cosas que él no entendía, como los ciclos mensuales de la mujer.

—¿Qué era esa melodía que estabas tocando? —le preguntó a su madre.

El piano los despertaba a menudo por la mañana. Era un piano de cola Steinway, heredado, al igual que la casa, de los abuelos paternos. Su madre tocaba por las mañanas porque, según decía, el resto del día estaba demasiado ocupada y por la noche le podía el cansancio. Aquella mañana había interpretado una sonata de Mozart y a continuación una melodía de jazz.

—Se llama Tiger Rag —le dijo a Erik—. ¿Quieres un poco de queso?

—El jazz es decadente —replicó su hijo.

—No digas tonterías.

Ada le dio a Erik un plato con queso y salchicha en rodajas, y este lo devoró con avidez. Carla pensó que su hermano tenía unos modales espantosos.

Walter mantenía un semblante adusto.

—¿Quién te ha inculcado todas esas estupideces?

—Hermann Braun dice que el jazz no es música, que tan solo es un puñado de negros haciendo ruido. —Hermann era el mejor amigo de Erik y su padre era miembro del Partido Nazi.

—Pues Hermann debería intentar tocar algo de jazz. —Walter miró a Maud y se le relajó el rostro. Su mujer le sonrió y él prosiguió—: Hace muchos años tu madre intentó enseñarme a tocar ragtime, pero fui incapaz de dominar el ritmo.

Su madre se rió.

—Fue como enseñarle a una jirafa a ir en patines.

Carla comprobó con gran alivio que la pelea había acabado. Empezó a sentirse mejor. Cogió un pedazo de pan negro y lo mojó en la leche.

Sin embargo, ahora era Erik quien tenía ganas de discutir.

—Los negros son una raza inferior —dijo en tono desafiante.

—Lo dudo —repuso Walter, sin perder la paciencia—. Si un niño negro fuera criado en una buena casa llena de libros y pinturas, y si lo enviaran a una escuela cara con buenos maestros, tal vez llegaría a ser más inteligente que tú.

—¡Eso es una estupidez! —protestó Erik.

—Serás engreído… Que no te oiga decir nunca más que tu padre dice estupideces —lo reprendió su madre, que había rebajado un poco el tono ya que había gastado toda su ira en Walter. Ahora solo parecía cansada y decepcionada—. No sabes de qué hablas, y Hermann Braun tampoco.

—¡Pero la raza aria tiene que ser superior, somos los que gobernamos el mundo! —exclamó el muchacho.

—Tus amigos nazis no saben nada de historia —dijo Walter—. Los antiguos egipcios construyeron las pirámides cuando los alemanes aún vivían en cuevas. Los árabes dominaban el mundo en la Edad Media y los musulmanes eran grandes expertos en álgebra cuando los príncipes alemanes no sabían ni escribir su nombre. Como ves, la raza no importa.

—Entonces, ¿qué es lo que importa? —preguntó Carla, con la frente arrugada.

Su padre la miró con ternura.

—Es una buena pregunta y demuestras una gran inteligencia al plantearla. —Carla estaba radiante de felicidad por el elogio de su padre—. Las civilizaciones, los chinos, los aztecas, los romanos, nacen y caen pero nadie sabe por qué.

—Venga, acabad el desayuno y poneos los abrigos —dijo Maud—, que ya vamos tarde.

Walter sacó el reloj del bolsillo del chaleco, lo miró y enarcó las cejas.

—No es tarde.

—Tengo que llevar a Carla a casa de los Franck —explicó Maud—. La escuela de chicas estará cerrada hoy porque están reparando la caldera, de modo que Carla va a pasar el día con Frieda.

Frieda Franck era la mejor amiga de Carla. Sus madres también eran muy buenas amigas. De hecho, cuando eran jóvenes, Monika, la madre de Frieda, había estado enamorada de Walter; un hecho muy gracioso que la abuela de Frieda había revelado un día después de beber algunas copas de champán de más.

—¿Por qué no puede encargarse Ada de Carla? —preguntó Walter.

—Ada tiene que ir al médico.

—Ah.

Carla esperaba que su padre preguntara qué le sucedía a Ada, pero se limitó a asentir como si ya lo supiera, y se guardó el reloj. Carla quería saber qué sucedía, pero algo le decía que no debía hablar de ello y tomó nota mental para preguntarle a su madre más tarde. Pero se olvidó de todo de inmediato.

Walter fue el primero en marcharse, vestido con su largo abrigo negro. Luego Erik se puso su gorra —echándosela hacia atrás todo lo que pudo sin que llegara a caer, tal y como estaba de moda entre sus amigos— y salió a la calle con su padre.

Carla y su madre ayudaron a Ada a recoger la mesa. Carla quería casi tanto a Ada como a su madre. Cuando era pequeña, Ada había cuidado de ella hasta que fue lo bastante mayor para ir a la escuela, ya que su madre siempre había trabajado. Ada aún no se había casado. Tenía veintinueve años y no era muy agraciada, aunque tenía una sonrisa bonita y agradable. El verano anterior había tenido un romance con un policía, Paul Huber, pero no duró demasiado.

Carla y su madre se quedaron de pie frente al espejo del recibidor y se pusieron los sombreros. Maud se tomó su tiempo. Eligió un modelo de fieltro azul, con corona redonda y de ala estrecha, del estilo que llevaban todas las mujeres; pero su madre lo inclinaba en un ángulo distinto, lo que le confería un aspecto chic. Mientras Carla se ponía su gorro de lana, se preguntaba si alguna vez tendría tanto estilo como su madre. Maud parecía una diosa de la guerra, con su cuello largo y su mentón y pómulos tallados en mármol blanco; era bella, sin duda, aunque no preciosa. Carla tenía el mismo pelo oscuro y los ojos verdes, pero parecía más una muñeca rechoncha que una estatua. En una ocasión había oído por casualidad que su abuela le decía a su madre:

—Tu patito feo se convertirá en un cisne, ya lo verás. —Carla aún estaba esperando a que eso sucediera.

Cuando Maud acabó de acicalarse, salieron. Su hogar se encontraba en una hilera de casas altas y elegantes del barrio de Mitte, en el centro de la ciudad, construidas para ministros y oficiales del ejército de alto rango como el abuelo de Carla, que había trabajado en los edificios gubernamentales que había no muy lejos de allí.

Carla y su madre tomaron un tranvía que recorrió Unter den Linden, luego cambiaron al tren interurbano para ir desde la Friedrichstrasse hasta el parque zoológico. Los Franck vivían en un barrio residencial de Schöneberg, situado en la zona sudoeste de la ciudad.

Carla tenía ganas de ver a Werner, el hermano de Frieda, que tenía catorce años. Le gustaba mucho. En ocasiones Carla y su amiga fantaseaban con que se casaban la una con el hermano de la otra y que eran vecinas, y que sus hijos se convertían en buenos amigos. Para Frieda no era más que un juego, pero Carla deseaba en secreto que todo aquello se hiciera realidad. Werner era un chico guapo y maduro, en absoluto tonto como Erik. En la casa de muñecas que Carla tenía en su habitación, el padre y la madre que dormían juntos en la cama de matrimonio de miniatura se llamaban Carla y Werner, algo que nadie sabía, ni tan siquiera su mejor amiga.

Frieda tenía otro hermano, Axel, de siete años, que había nacido con espina bífida y requería de una atención médica constante. El niño vivía en un hospital especial situado a las afueras de Berlín.

Su madre se mostró preocupada durante el trayecto.

—Espero que todo vaya bien —murmuró para sí, al bajar del tren.

—Claro que sí —dijo Carla—. Me lo pasaré en grande con Frieda.

—No me refería a eso. Hablo del párrafo que escribí sobre Hitler.

—¿Corremos peligro? ¿Tenía razón papá?

—Tu padre suele tener razón.

—¿Qué nos sucederá si hemos molestado a los nazis?

Su madre la miró de un modo extraño durante un buen rato.

—Dios mío, ¿a qué mundo te he traído? —se preguntó Maud, y a continuación enmudeció.

Tras un paseo de diez minutos llegaron a una espléndida casa con un gran jardín. Los Franck eran ricos: el padre de Frieda, Ludwig, era el dueño de una fábrica de aparatos de radio. Había dos coches en el camino de entrada. El más grande y brillante era el de herr Franck. El motor rugió y el tubo de escape expulsó una vaharada de vapor azul. El chófer, Ritter, que llevaba los pantalones del uniforme metidos por dentro de las botas de caña alta, aguardaba con la gorra en la mano, listo para abrir la puerta.

—Buenos días, frau Von Ulrich —la saludó el hombre tras hacer una reverencia.

El segundo coche era algo más pequeño, de color verde, y solo tenía dos plazas. Un hombre bajito con una barba cana salió de la casa con un maletín de piel y se tocó el sombrero para saludar a Maud mientras entraba en el pequeño vehículo.

—Me pregunto qué hace aquí el doctor Rothmann tan temprano —dijo Maud, con inquietud.

No tardaron en averiguarlo. Monika, la madre de Frieda, salió a la puerta. Era una mujer alta y pelirroja. Su rostro pálido reflejaba su nerviosismo. En lugar de darles la bienvenida, se situó frente a la puerta, como si pretendiera impedirles el paso.

—¡Frieda tiene el sarampión! —exclamó.

—¡Lo siento mucho! —repuso Maud—. ¿Cómo se encuentra?

—Muy mal. Tiene fiebre y tos, pero el doctor Rothmann dice que se curará. Sin embargo, está en cuarentena.

—Claro. ¿Tú lo has pasado?

—Sí, cuando era una niña.

—Y Werner también, recuerdo la erupción que le salió por todo el cuerpo. Pero ¿y tu marido?

—Ludi la tuvo de niño.

Ambas mujeres miraron a Carla, que no había pasado el sarampión. La chica se dio cuenta de inmediato de que ello implicaba que no podría pasar el día con Frieda.

Carla se llevó una desilusión, pero su madre parecía aún más afectada.

—Esta semana la revista va a publicar el número especial dedicado a las elecciones, no puedo quedarme en casa. —Parecía consternada. Todos los adultos estaban preocupados por las elecciones generales que iban a celebrarse el domingo siguiente. Sus padres temían que los nazis obtuvieran los votos necesarios para hacerse con el control absoluto del gobierno—. Además, voy a recibir la visita de una vieja amiga de Londres. Me pregunto si podría convencer a Walter de que se tomara el día libre para cuidar de Carla.

—¿Por qué no lo llamas por teléfono?

Pocas personas tenían teléfono en casa, pero los Franck estaban entre los afortunados, y Carla y su madre entraron en el recibidor. El aparato se encontraba sobre una mesa de patas largas y altas, cerca de la puerta. Su madre lo descolgó y dio el número de la oficina de Walter en el Reichstag, el edificio del Parlamento. Cuando la pusieron en contacto con él, le explicó la situación. Escuchó durante un minuto y luego puso cara de enfado.

—Mi revista hará que cien mil lectores voten al Partido Socialdemócrata —dijo—. ¿De verdad tienes que hacer algo más importante?

Carla adivinó cómo iba a acabar la discusión. Sabía que su padre la quería con locura, pero también sabía que su padre nunca se había ocupado de ella ni un solo día en los once años que habían pasado desde su nacimiento. Los padres de todas sus amigas eran iguales. Los hombres no hacían ese tipo de cosas; sin embargo, en ocasiones su madre fingía que desconocía las reglas por las que se regían las vidas de las mujeres.

—Pues tendré que llevármela a la redacción conmigo —dijo Maud—. No quiero ni pensar lo que dirá Jochmann. —Herr Jochmann era su jefe—. No es que sea precisamente un feminista declarado. —Y colgó sin despedirse.

Carla no soportaba que discutieran, y ya era la segunda vez ese día. Sus riñas hacían que el mundo pareciera un lugar inestable. Le daban más miedo esas peleas que los propios nazis.

—Pues vamos —le dijo su madre, que echó a andar en dirección a la puerta.

«Ni tan siquiera veré a Werner», se lamentó Carla.

Justo en ese instante apareció el padre de Frieda en el recibidor: era un hombre de rostro sonrosado, con un pequeño bigote negro, lleno de energía y alegre. Saludó a Maud con simpatía, y ella se detuvo para devolverle la cortesía mientras Monika lo ayudaba a ponerse un abrigo negro con el cuello de piel.

El hombre se dirigió hasta el pie de las escaleras.

—¡Werner! —gritó—. ¡Me voy sin ti! —Se puso un sombrero de fieltro gris y salió.

—¡Ya estoy! ¡Ya estoy!

Werner bajó las escaleras con la agilidad de un bailarín. Era tan alto como su padre y más guapo, con el pelo de un rubio rojizo, un poco largo. Bajo el brazo llevaba una cartera de cuero que parecía llena de libros; en la otra mano sujetaba un par de patines de hielo y un palo de hockey.

—Buenos días, frau Von Ulrich —dijo de forma educada. Y a continuación, en un tono más informal—: Hola, Carla. Mi hermana tiene el sarampión.

Carla sintió que se ruborizaba sin un motivo aparente.

—Lo sé —contestó ella. Intentó pensar en algo divertido y agradable que decir, pero no se le ocurrió nada—. No lo he pasado, así que no puedo verla.

—Yo lo pasé de niño —dijo Werner, como si aquello hubiera sucedido mucho tiempo atrás—. Tengo que irme, lo siento —añadió a modo de disculpa.

Carla no quería que el encuentro fuera tan fugaz y lo siguió hasta fuera. Ritter sujetaba la puerta abierta.

—¿Qué coche es? —preguntó Carla. Los chicos siempre sabían las marcas y los modelos de los coches.

—Un Mercedes-Benz W10 limousine.

—Parece muy cómodo. —Vio que su madre la miraba de reojo, medio sorprendida y medio divertida.

—¿Quieres que os llevemos? —preguntó Werner.

—Ya lo creo.

—Se lo preguntaré a mi padre. —Werner metió la cabeza en el coche y dijo algo.

—¡De acuerdo, pero daos prisa! —oyó Carla que respondía herr Franck y se volvió hacia su madre.

—¡Podemos ir en coche!

Maud solo dudó un instante. No le gustaban las ideas políticas de herr Franck, que financiaba a los nazis, pero no iba a rechazar que las llevara en su coche caliente en un día frío como aquel.

—Es muy amable de tu parte, Ludwig —dijo Maud.

Entraron en el vehículo. Había espacio para los cuatro detrás. Ritter puso el coche en marcha de forma muy suave.

—Supongo que vais a Kochstrasse —dijo herr Franck. Muchos periódicos y editoriales tenían sus oficinas en la misma calle del barrio de Kreuzberg.

—No hace falta que te desvíes de la ruta habitual. Leipziger Strasse nos va bien.

—No me importaría dejaros en la puerta de la revista, pero imagino que no quieres que tus colegas izquierdistas os vean salir del coche de un plutócrata fatuo como yo —dijo con un tono a medio camino entre cómico y hostil.

Su madre le dedicó una sonrisa encantadora.

—No eres un tipo fatuo, Ludi… Solo un poco engreído. —Y le dio una palmada en la solapa del abrigo.

Ludwig se rió.

—Me lo he buscado. —La tensión se alivió. Herr Franck cogió el tubo para darle las instrucciones a Ritter.

Carla estaba muy emocionada por compartir coche con Werner, y quería aprovechar el trayecto al máximo hablando con él, pero al principio no se le ocurrió qué decir. Lo que en realidad quería preguntarle era: «Cuando seas mayor, ¿crees que te casarán con una chica con el pelo oscuro y los ojos verdes, unos tres años más joven que tú e inteligente?». Sin embargo, al final señaló los patines y dijo:

—¿Tienes partido hoy?

—No, solo entrenamiento después de clase.

—¿De qué juegas? —No sabía nada de hockey, pero en los deportes de equipo siempre había distintas posiciones.

—De extremo derecho.

—¿No es un deporte bastante peligroso?

—No si eres rápido.

—Debes de ser un buen patinador.

—Bueno, me defiendo —dijo con modestia.

Carla reparó de nuevo en su madre, que la observaba con una sonrisita enigmática. ¿Había descubierto cuáles eran sus sentimientos hacia Werner? Sintió que iba a sonrojarse de nuevo.

Entonces el coche se detuvo frente al edificio de una escuela y Werner salió.

—¡Adiós a todos! —dijo y echó a correr en dirección a la puerta de entrada al patio.

Ritter retomó la marcha, siguiendo la orilla sur del Landwehrkanal. Carla miró las barcazas y el carbón que transportaban cubierto de nieve, como montañas. Se apoderó de ella una sensación de decepción. Había logrado pasar más rato con Werner dejando entrever que necesitaban que las acompañaran en coche, pero luego había echado a perder la ocasión hablando de hockey sobre hielo.

¿De qué le habría gustado hablar con él? No lo sabía.

—Leí tu columna en Der Demokrat.

—Espero que te gustara.

—No me hizo mucha ilusión leer tus comentarios irrespetuosos sobre nuestro canciller.

—¿Crees que los periodistas deberían escribir con respeto sobre los políticos? —replicó Maud con alegría—. Eso es radical. ¡La prensa nazi también debería ser más educada con mi marido! Y eso no les gustaría.

—No me refería a todos los políticos, claro —dijo Franck, de malos modos.

Atravesaron el cruce de Potsdamer Platz, atestado de gente. Los coches y los tranvías pugnaban con los carros tirados por caballos y los peatones en un enjambre caótico.

—¿No es mejor que la prensa pueda criticar a todo el mundo por igual? —preguntó Maud.

—Es una idea maravillosa —concedió Ludwig—. Pero los socialistas vivís en un mundo de ensueño. Sin embargo, nosotros los hombres prácticos sabemos que Alemania no puede vivir solo de ideas. La gente debe tener pan, zapatos y carbón.

—Estoy de acuerdo —dijo Maud—. A mí no me vendría mal un poco más de carbón, pero quiero que Carla y Erik crezcan como ciudadanos de un país libre.

—Sobrevaloras la libertad, que no hace más feliz a la gente. Prefieren liderazgo. Quiero que Werner y Frieda y el pobre Axel crezcan en un país orgulloso y disciplinado, y unido.

—¿Y para ser un país unido necesitamos que unos matones vestidos con camisas pardas se dediquen a dar palizas a tenderos judíos ancianos?

—La política es dura. No podemos hacer nada al respecto.

—Al contrario. Tú y yo somos líderes, Ludwig, cada uno a nuestro modo. Nuestra responsabilidad es que la política sea menos dura, más honesta, más racional, menos violenta. Si no lo hacemos, fracasaremos en nuestro deber patriótico.

Herr Franck se enfureció.

Carla no sabía mucho de hombres, pero se había dado cuenta de que no les gustaba que las mujeres fueran dándoles lecciones acerca de sus deberes. Aquella mañana su madre debía de haberse olvidado de activar el interruptor de su encanto. Pero todo el mundo estaba tenso. Las cercanas elecciones los habían sumido a todos en un estado de gran crispación.

El coche llegó a Leipziger Platz.

—¿Dónde quieres que os deje? —preguntó herr Franck con frialdad.

—Aquí ya nos va bien —respondió Maud.

Franck golpeó el cristal que los separaba del chófer. Ritter detuvo el coche y se apresuró a bajar para abrir la puerta.

—Espero que Frieda mejore pronto —dijo Maud.

—Gracias.

Madre e hija bajaron del coche y Ritter cerró la puerta.

Aún quedaba un buen trecho para llegar a la redacción de la revista, pero era evidente que Maud no había querido permanecer más tiempo del estrictamente necesario en el coche. Carla esperaba que su madre no fuera a estar siempre enfadada con herr Franck ya que aquello pondría trabas a su relación con Frieda y Werner, algo que no soportaría.

Echaron a andar con paso rápido.

—Intenta no causar molestias cuando lleguemos a la redacción —le pidió su madre. El deje de súplica de su voz conmovió a Carla, e hizo que se avergonzara de ser la causante de esa preocupación, de modo que tomó la decisión de comportarse perfectamente.

Su madre saludó a varias personas durante el camino: llevaba escribiendo su columna desde que Carla tenía uso de razón, y era bien conocida entre los periodistas. Todos la llamaban «lady Maud», en inglés.

Cerca del edificio donde se encontraban las oficinas de Der Demokrat, vieron a alguien a quien conocían: el sargento Schwab. Había luchado con su padre en la Gran Guerra, y aún llevaba el pelo rapado, al estilo militar. Después de la guerra había trabajado como jardinero, primero para el abuelo de Carla y luego para su padre; pero había robado dinero del monedero de su madre, y su padre lo había despedido. Ahora lucía el feo uniforme militar de las tropas de asalto, los camisas pardas, que no eran soldados, sino nazis a los que habían concedido la autoridad de policía auxiliar.

—¡Buenos días, frau Von Ulrich! —dijo Schwab en voz alta, como si no se avergonzara lo más mínimo de ser un ladrón. Ni tan siquiera se tocó la gorra.

Maud asintió fríamente y pasó de largo.

—Me pregunto qué hará aquí —murmuró con inquietud mientras entraban en el edificio.

La revista ocupaba la primera planta de un moderno edificio de oficinas. Carla sabía que una niña no sería bien recibida, y confiaba en poder llegar al despacho de su madre sin que la vieran. Pero se cruzaron con herr Jochmann en las escaleras. Era un hombre robusto que llevaba unas gafas gruesas.

—¿Qué es esto? —preguntó con brusquedad sin quitarse el cigarrillo de la boca—. ¿Es que ahora tenemos una guardería?

Maud no reaccionó ante las groseras palabras de su jefe.

—Estaba pensando en el comentario que hizo el otro día —dijo Maud—. Sobre el hecho de que la gente joven se imagina el periodismo como una profesión llena de glamour y que no entiende que requiere de un gran esfuerzo y dedicación.

El hombre arrugó la frente.

—¿Dije yo eso? Bueno, es cierto, sin duda.

—He decidido traer a mi hija para que vea la realidad. Creo que será muy positivo para su educación, sobre todo si decide convertirse en escritora. Redactará un pequeño informe de la visita para la escuela. Estaba convencida de que usted daría su aprobación.

Maud se inventó la historia de forma improvisada, pero, en opinión de Carla, sonó convincente. Hasta ella misma estuvo a punto de creérsela. Por fin había activado el interruptor de su encanto.

—¿No tienes hoy una visita importante de Londres? —preguntó Jochmann.

—Sí, Ethel Leckwith, pero es una vieja amiga. Conoció a Carla cuando era un bebé.

Jochmann se calmó un poco.

—Hum. Bueno, tenemos una reunión de redacción dentro de cinco minutos, en cuanto haya comprado los cigarrillos.

—Carla se encargará de ello. —Su madre se volvió hacia ella—. Hay un estanco tres puertas más allá. A herr Jochmann le gustan los cigarrillos Roth-Händle.

—Ah, así me ahorro el viaje. —Jochmann le dio una moneda de un marco a Carla.

—Cuando vuelvas me encontrarás al final de las escaleras, junto a la alarma antiincendios —le dijo Maud, que se dio la vuelta y cogió a herr Jochmann del brazo en un gesto de confianza—. Creo que el número de la semana pasada fue el mejor que hemos publicado jamás —dijo mientras subían.

Carla salió corriendo a la calle. Su madre se había salido con la suya, echando mano de esa mezcla tan típica de ella de audacia y coqueteo. En ocasiones decía: «Las mujeres tenemos que aprovechar todas las armas a nuestro alcance». Al pensar en ello, Carla se dio cuenta de que había utilizado la táctica de su madre para lograr que herr Franck las llevara en coche. Quizá al final sí que era como su madre y tal vez por eso le había lanzado esa extraña sonrisilla: se veía a sí misma treinta años antes.

Había cola en el estanco. Parecía que la mitad de los periodistas de Berlín estaban comprando sus provisiones de tabaco para el día. Al final Carla consiguió el paquete de Roth-Händle y regresó al edificio de Der Demokrat. Encontró la alarma antiincendios fácilmente, era una gran palanca que sobresalía de la pared, pero su madre no estaba en su despacho. Se había ido a la reunión de redacción.

Carla recorrió el pasillo. Todas las puertas estaban abiertas, y la mayoría de las salas permanecían vacías salvo por unas cuantas mujeres que debían de ser mecanógrafas y secretarias. Al fondo del piso, al otro lado de una esquina, había una puerta cerrada con un rótulo que decía SALA DE REUNIONES. Carla oía voces masculinas discutiendo. Llamó a la puerta pero no hubo respuesta. Dudó un instante, pero giró el pomo y entró.

La sala estaba inundada de humo de tabaco. Había unas ocho o diez personas sentadas en torno a una larga mesa. Su madre era la única mujer. Todos se quedaron en silencio, al parecer sorprendidos, cuando Carla se acercó a la cabecera de la mesa y le dio a Jochmann el tabaco y el cambio. Aquel silencio le hizo pensar que había hecho mal al entrar en la sala.

—Gracias —le dijo Jochmann sin embargo.

—De nada —dijo ella, y por algún motivo hizo una pequeña reverencia.

Los hombres se rieron.

—¿Es tu nueva ayudante, Jochmann? —preguntó uno de los hombres. Entonces Carla se dio cuenta de que había tomado la decisión acertada.

Salió de inmediato de la sala y regresó al despacho de su madre. No se quitó el abrigo ya que hacía frío. Miró alrededor. En el escritorio había un teléfono, una máquina de escribir y pilas de papel y papel carbón.

Junto al teléfono había una fotografía enmarcada de Carla y Erik con su padre. La habían tomado un par de años antes, un día soleado en la playa, junto al lago Wannsee, a veinticinco kilómetros del centro de Berlín. Walter llevaba pantalones cortos. Todos reían. Fue antes de que Erik empezara a dárselas de hombre serio y duro.

En la otra fotografía que había, colgada de la pared, aparecía Maud con Friedrich Ebert, héroe de los socialdemócratas, que había sido el primer presidente de Alemania tras la guerra. La foto se había tomado unos diez años atrás. Carla sonrió al fijarse en el vestido holgado y de cintura baja y el corte de pelo masculino de su madre: ambos debían de estar de moda por entonces.

En la estantería había diversos listines telefónicos, diccionarios en distintos idiomas y atlas, pero nada que leer. En el escritorio había lápices, varios pares de guantes de etiqueta aún envueltos en papel de seda, un paquete de compresas, y una libreta con nombres y números de teléfono.

Carla cambió la fecha del calendario y lo puso al día, lunes 27 de febrero de 1933. Luego colocó una hoja de papel en la máquina de escribir. Tecleó su nombre completo, Heike Carla von Ulrich. Cuando tenía cinco años anunció a todo el mundo que no le gustaba el nombre de Heike y que quería que todos utilizaran su segundo nombre, y para su gran sorpresa, la familia le hizo caso.

Cada tecla de la máquina de escribir hacía que una barra metálica se alzara, golpeara una cinta entintada e imprimiera una letra. Cuando apretó dos teclas sin querer, estas se quedaron atascadas. Intentó separarlas, pero no pudo. Apretó otra tecla pero no sirvió de nada: ahora ya se le habían atascado tres. Lanzó un gruñido: se había metido en un problema.

Un ruido de la calle la distrajo. Se acercó a la ventana. Una docena de camisas pardas marchaban por el centro de la calle, gritando consignas: «¡Muerte a los judíos! ¡Judíos, al infierno!». Carla no entendía por qué odiaban de aquel modo a los judíos, que parecían personas iguales a los demás, salvo por su religión. Se sobresaltó al ver al sargento Schwab al frente de los camisas pardas. Sintió pena por el hombre cuando lo despidieron porque sabía que le costaría encontrar trabajo. En Alemania había millones de hombres sin empleo: su padre decía que era una Depresión. Pero su madre replicó: «¿Cómo podemos tener a un hombre que roba en nuestra casa?».

Los camisas pardas se pusieron a cantar otra consigna. «¡Destrozad los periódicos judíos!», dijeron al unísono. Uno de ellos lanzó algo, una verdura podrida contra la puerta de un periódico nacional. Entonces, se volvieron hacia el edificio donde se encontraba Carla, que se horrorizó.

La muchacha se apartó un poco y asomó la cabeza por el borde del marco de la ventana, con la esperanza de que no la vieran. Se detuvieron fuera, sin dejar de entonar cánticos. Uno de ellos tiró una piedra. Impactó en la ventana de Carla y, aunque no la rompió, la chica lanzó un grito de miedo. Al cabo de un instante entró una de las mecanógrafas, una mujer joven que llevaba puesta una boina roja.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó, y luego miró por la ventana—. Oh, demonios.

Los camisas pardas entraron en el edificio y Carla oyó pisadas de botas en las escaleras. Estaba asustada, ¿qué iban a hacer?

El sargento Schwab entró en el despacho de su madre. El hombre vaciló al verlas, pero enseguida se armó de valor. Cogió la máquina de escribir y la tiró por la ventana, atravesando el cristal, que quedó hecho añicos. Carla y la mecanógrafa gritaron.

Varios camisas pardas más pasaron frente a la puerta, gritando consignas.

Schwab agarró a la mecanógrafa del brazo.

—Ahora, cariño, dinos dónde está la caja fuerte de la redacción —le ordenó.

—¡En el archivo! —dijo la chica, aterrorizada.

—Enséñamela.

—¡Sí, lo que diga!

Schwab la sacó del despacho de Maud.

Carla se puso a llorar, pero enseguida paró.

Por un instante se le pasó por la cabeza la idea de esconderse bajo el escritorio, pero no le convenció. No quería que vieran lo asustada que estaba. Había algo en su interior que la impulsaba a desafiar a aquellos hombres.

Pero ¿qué podía hacer? Decidió avisar a su madre.

Salió al pasillo y miró a un lado y a otro. Los camisas pardas entraban y salían de los diversos despachos, pero aún no habían llegado al final. Carla no sabía si la gente que se encontraba en la sala de reuniones podía oír el alboroto. Recorrió el pasillo tan rápido como pudo, pero un grito la hizo detenerse. Miró en el interior de una sala y vio que Schwab zarandeaba a la mecanógrafa de la boina roja.

—¿Dónde está la llave? —le preguntaba.

—¡No lo sé, le juro que le estoy diciendo la verdad! —gritó la mecanógrafa.

Carla estaba indignada. Schwab no tenía ningún derecho a tratar a la mujer de aquel modo.

—¡Déjala en paz, Schwab! ¡No eres más que un ladrón! —le gritó Carla.

Schwab le lanzó una mirada de odio, y de pronto el temor de la pequeña se multiplicó por diez. Entonces el hombre miró a alguien que apareció detrás de ella.

—Saca a la maldita cría de aquí —le dijo Schwab.

Alguien agarró a Carla por detrás.

—¿Eres una pequeña judía? —preguntó una voz masculina—. Tienes toda la pinta, con ese pelo negro.

Aquel comentario la aterró.

—¡No soy judía! —gritó.

El camisa parda la arrastró por el pasillo y la metió en el despacho de su madre. Carla cayó al suelo.

—Quédate aquí —le ordenó el hombre, y se fue.

Carla se puso en pie. No estaba herida. El pasillo estaba abarrotado de camisas pardas, y ya no podía llegar hasta su madre. Pero tenía que pedir ayuda.

Miró a través de la ventana. En la calle empezaba a congregarse una pequeña multitud. Había dos policías entre la gente, charlando.

—¡Socorro! ¡Socorro, policía! —les gritó Carla.

Los hombres la vieron y se rieron.

Aquello la enfureció y la ira le hizo perder el miedo. Miró de nuevo fuera de la oficina y reparó en la alarma antiincendios que había en la pared. Se acercó y agarró la palanca.

Vaciló un instante. En teoría no podía activar la alarma si no había un incendio, y un cartel que había en la pared advertía de las graves consecuencias si no se hacía caso de la norma.

A pesar de todo, tiró de la palanca.

Durante unos instantes no sucedió nada. Quizá el mecanismo no funcionaba.

Entonces se oyó el sonido fuerte y estridente de una sirena, que subía y bajaba, que inundó el edificio.

De forma casi inmediata, las personas que se encontraban en la sala de reuniones salieron en tromba al pasillo. Jochmann fue el primero.

—¿Qué demonios está sucediendo? —preguntó, hecho una furia, dando voces para que lo oyeran por encima del estruendo de la alarma.

—Esta revista despreciable, judía y comunista ha insultado a nuestro líder, y vamos a cerrarla —dijo uno de los camisas pardas.

—¡Salgan de mi redacción!

El camisa parda no le hizo caso y entró en una sala. Al cabo de un instante se oyó un grito de mujer y un estruendo, como si alguien hubiera volcado un escritorio.

Jochmann se volvió hacia uno de sus trabajadores.

—¡Schneider, llama a la policía de inmediato!

Carla sabía que no iba a servir de nada. La policía ya estaba ahí, y se había quedado de brazos cruzados.

Su madre se abrió paso entre el gentío y recorrió el pasillo.

—¿Estás bien? —le preguntó y la abrazó con fuerza.

Carla no quería que la consolaran como si fuera una niña. Apartó a su madre.

—Estoy bien —le dijo.

Su madre miró alrededor.

—¡Mi máquina de escribir!

—La han tirado por la ventana. —Se dio cuenta de que ya no se iba a meter en ningún problema por haber atascado las teclas.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Maud. Cogió la foto del escritorio, agarró a Carla de la mano y salieron precipitadamente del despacho.

Nadie intentó detenerlas mientras bajaban por las escaleras. Delante de ellas había un hombre joven y fornido que podía ser un periodista; tenía agarrado a un camisa parda de la cabeza y lo estaba sacando a rastras del edificio. Carla y su madre los siguieron hasta la calle. Otro camisa parda iba tras ellas.

El periodista se acercó a los policías sin soltar al camisa parda.

—Detengan a este hombre —dijo—. Lo he encontrado robando en la redacción. Encontrarán un frasco de café en uno de sus bolsillos.

—Suéltelo, por favor —dijo el mayor de los dos policías.

El periodista obedeció a regañadientes.

El segundo camisa parda se situó junto a su compañero.

—¿Cómo se llama, señor? —le preguntó el policía al periodista.

—Soy Rudolf Schmidt, corresponsal parlamentario de Der Demokrat.

—Rudolf Schmidt, queda detenido acusado de agresión a las fuerzas del orden.

—No diga estupideces. ¡He pillado a este hombre robando!

El policía le hizo un gesto con la cabeza a los camisas pardas.

—Llevadlo a la comisaría.

Agarraron a Schmidt de los brazos. Parecía que iba a oponer resistencia, pero cambió de opinión.

—¡Todos los detalles de este incidente aparecerán en el siguiente número de Der Demokrat! —dijo.

—No habrá ningún número más —replicó el policía—. Lleváoslo.

Llegó un camión de bomberos del que bajaron seis hombres. El jefe de estos se dirigió a los policías de forma brusca.

—Tenemos que desalojar el edificio —anunció.

—Regresa al parque de bomberos, no hay ningún incendio —dijo el policía mayor—. Solo son las tropas de asalto, que están cerrando una revista comunista.

—Eso no me incumbe —replicó el bombero—. La alarma ha sonado y nuestra principal obligación es desalojar a todo el mundo, a los soldados y a los demás. Lo haremos sin su ayuda. —Y se dirigió al interior del edificio, acompañado por sus hombres.

—¡Oh, no! —le oyó Carla decir a su madre.

La chica se volvió y vio que Maud estaba mirando su máquina de escribir, que estaba en el suelo, donde había caído. La cubierta metálica se había desprendido y había dejado al descubierto el mecanismo de teclas y palancas. El teclado estaba deformado, un extremo del carro se había soltado y el timbre que sonaba al llegar al final de la línea yacía tristemente en el suelo. La máquina de escribir no era un objeto valioso, pero parecía que su madre estaba a punto de romper a llorar.

Los camisas pardas y los trabajadores de la revista salieron del edificio, acompañados por los bomberos. El sargento Schwab oponía resistencia.

—¡No hay ningún incendio! —gritó. Pero los bomberos lo empujaron para que avanzara.

Jochmann también salió y se acercó hasta ellas.

—No han tenido mucho tiempo para causar daños, los bomberos se lo han impedido. ¡Sea quien sea la persona que ha activado la alarma, nos ha hecho un gran favor! —les dijo.

A Carla le había preocupado que la riñeran por hacer sonar la alarma, pero ahora se daba cuenta de que había hecho lo adecuado.

Cogió a su madre de la mano, que pareció sobresaltarse un instante. Se secó las lágrimas de los ojos con la manga, un gesto poco habitual en ella que demostraba lo alterada que estaba: si lo hubiera hecho Carla, le habrían dicho que utilizara el pañuelo.

—¿Qué hacemos ahora? —Su madre nunca decía eso, siempre sabía qué hacer.

Carla se fijó en dos personas que había cerca de ellas. Las miró. Una era una mujer de la misma edad que su madre, muy guapa, con cierto aire de autoridad. La conocía, pero no sabía de qué. A su lado había un hombre lo bastante joven para ser su hijo. Era un chico delgado y no muy alto, pero parecía una estrella de cine. Tenía un rostro atractivo que habría resultado irresistible de no ser por la nariz chata y deforme. Ambos parecían horrorizados, y el chico estaba pálido de ira.

La mujer habló primero y lo hizo en inglés.

—Hola, Maud —dijo, y la voz le resultó vagamente familiar a Carla—. ¿No me reconoces? —prosiguió—. Soy Eth Leckwith, y este es Lloyd.

II

Lloyd Williams encontró un club de boxeo en Berlín donde podía entrenar durante una hora por unos cuantos peniques. El local se hallaba en un barrio de clase obrera llamado Wedding, al norte del centro de la ciudad. Se ejercitó con las mazas indias y el balón medicinal, saltó a la comba, practicó con el saco de arena y luego se puso el casco e hizo cinco asaltos en el ring. El entrenador del club le encontró un sparring, un alemán de su misma edad y peso (Lloyd era un peso welter). El chico alemán tenía un directo muy rápido que aparecía de la nada y golpeó a Lloyd en varias ocasiones, hasta que Lloyd conectó un gancho de izquierdas y lo envió a la lona.

Lloyd se había criado en un barrio pobre del East End londinense. Cuando tenía doce años se había convertido en la víctima de los matones de la escuela.

—Lo mismo me sucedió a mí —le dijo su padrastro, Bernie Leckwith—. Como eres el más listo de la escuela, te ha cogido manía el shlammer de la clase. —Su padre era judío y su abuela solo hablaba yídish. Bernie había llevado a Lloyd al club de boxeo de Aldgate. Ethel se había opuesto, pero Bernie decidió no tener en cuenta su opinión, algo que no sucedía a menudo.

Lloyd había aprendido a moverse con rapidez y a golpear con fuerza, por lo que el matón dejó de intimidarlo. Sin embargo, él acabó con la nariz rota que le confería un aspecto más tosco. Y descubrió que tenía un talento. Poseía unos reflejos muy rápidos y una vena combativa, y había ganado varios premios en el ring. Su entrenador se llevó una decepción cuando le dijo que quería irse a estudiar a Cambridge en lugar de seguir la carrera de púgil profesional.

Se dio una ducha, se puso el traje, fue a un bar de obreros, pidió una cerveza de barril, y se sentó para escribirle a su hermanastra Millie y contarle el incidente con los camisas pardas. Millie estaba celosa de él por el viaje que estaba haciendo con su madre, y Lloyd le había prometido que le enviaría boletines informativos con frecuencia.

Aún estaba impresionado por el altercado de la mañana. Para él, la política formaba parte de su vida cotidiana: su madre había sido miembro del Parlamento, su padre era concejal en Londres y él era el presidente de la Liga Laborista Juvenil de Londres. Sin embargo, hasta entonces todo se había sometido a debate y votación. Nunca había visto una oficina asaltada por matones uniformados mientras la policía observaba lo que sucedía con los brazos cruzados. Aquello era política a puño desnudo, lo que le sorprendió.

«¿Podría llegar a suceder esto en Londres, Millie?», escribió. Su primer instinto le hizo pensar que no era así, pero Hitler tenía admiradores entre los industriales y los magnates de la prensa británicos. Tan solo unos meses antes el miembro del Parlamento sir Oswald Mosley había creado la Unión Británica de Fascistas. Al igual que los nazis, les gustaba pavonearse en público con uniformes de estilo militar. ¿Qué podía ser lo siguiente?

Acabó la carta, la dobló y a continuación tomó el tren para regresar al centro de la ciudad. Su madre y él habían quedado con Walter y Maud von Ulrich para cenar. Lloyd había oído hablar de Maud durante toda su vida. Su madre y ella formaban una pareja de amigas algo inverosímil: durante sus primeros años de vida laboral Ethel había trabajado como criada en una casa magnífica que era propiedad de la familia de Maud. Más tarde, ambas se habían convertido en sufragistas y habían hecho campaña juntas para lograr el derecho a voto de las mujeres. Durante la guerra habían escrito en un periódico feminista, The Soldier’s Wife. Luego discutieron por cuestiones de estrategia política y se distanciaron.

Lloyd recordaba a la perfección el viaje de la familia Von Ulrich a Londres en 1925. Por entonces él tenía diez años, lo bastante mayor para sentir vergüenza por no hablar alemán mientras que Erik y Carla, de cinco y tres años, eran bilingües. Fue entonces cuando Ethel y Maud resolvieron sus diferencias.

Llegó al restaurante Bistro Robert. El interior estaba decorado al estilo art déco con sillas y mesas implacablemente rectangulares, pies de lámpara de hierro muy elaborados con pantallas de cristal de colores; pero le gustaban las servilletas blancas y almidonadas que estaban firmes junto a los platos.

Los otros tres comensales ya habían llegado. Mientras se acercaba a la mesa se dio cuenta de que las mujeres estaban deslumbrantes: ambas iban bien vestidas, eran elegantes y mostraban una gran seguridad y desenvoltura. Recibían las miradas de admiración de los demás clientes. Se preguntó hasta qué punto era influencia de su amiga aristócrata el buen gusto del que hacía gala para la moda su madre.

Cuando hubieron pedido, Ethel les contó los motivos del viaje.

—Perdí mi escaño en 1931 —dijo—. Espero recuperarlo en las próximas elecciones, pero mientras tanto tengo que ganarme la vida. Por suerte, Maud, me enseñaste a ser periodista.

—No te enseñé demasiado —repuso Maud—. Poseías un talento natural.

—Estoy escribiendo una serie de artículos sobre los nazis para News Chronicle y he firmado un contrato para escribir un libro para un editor llamado Victor Gollancz. Decidí traer a Lloyd como intérprete ya que está estudiando francés y alemán.

Lloyd se fijó en su sonrisa orgullosa y sintió que no la merecía.

—Aún no ha puesto muy a prueba mis dotes de traductor —dijo el chico—. De momento hemos tratado con gente como vosotros, que habla un inglés perfecto.

Lloyd había pedido ternera empanada, un plato que nunca había visto en Inglaterra. Lo encontró delicioso.

—¿No deberías estar en la escuela? —le preguntó Walter mientras comían.

—Mi madre creyó que aprendería más alemán así, y mis profesores se mostraron de acuerdo.

—¿Por qué no vienes a trabajar conmigo en el Reichstag unos días? Me temo que tendría que ser sin sueldo, pero pasarías todo el día hablando alemán.

Lloyd estaba entusiasmado.

—Me encantaría. ¡Es una oportunidad maravillosa!

—Siempre que Ethel pueda prescindir de ti, claro —añadió Walter.

Su madre sonrió.

—¿Crees que podrías prestármelo de vez en cuando, cuando lo necesite de verdad?

—Por supuesto.

Ethel estiró el brazo por encima de la mesa y le tocó la mano a Walter. Fue un gesto íntimo, y Lloyd se dio cuenta de que el vínculo que unía a los tres era muy estrecho.

—Eres muy amable, Walter —dijo Ethel.

—En absoluto. Soy yo quien se beneficiará de contar con un ayudante joven y brillante que entiende la política.

—Creo que soy yo la que no entiende la política —dijo Ethel—. ¿Qué demonios está sucediendo aquí en Alemania?

—A mediados de la década de los veinte estábamos más o menos bien —comenzó a explicar Maud—. Teníamos un gobierno democrático y la economía crecía. Sin embargo, todo se fue al traste con el crash de Wall Street de 1929. Y ahora estamos sumidos en una gran depresión. —La voz se le quebró por una emoción que rayaba en el dolor—. Por cada oferta de trabajo se forman colas de hasta cien hombres. Los miro a la cara y veo la desesperación reflejada en su rostro. No saben cómo van a alimentar a sus hijos. Luego los nazis les ofrecen un poco de esperanza y entonces se preguntan a sí mismos: «¿Qué puedo perder?».

Walter parecía opinar que estaba exagerando la situación.

—Las buenas noticias —añadió con un tono más alegre— son que Hitler ha fracasado en su intento por convencer a la mayoría de los alemanes. En las últimas elecciones los nazis solo obtuvieron un tercio de los votos. Sin embargo, fueron el partido más votado, pero Hitler se ha visto obligado a formar un gobierno en minoría.

—Por eso ha exigido que se convoquen otras elecciones —terció Maud—. Necesita una mayoría absoluta para convertir Alemania en la brutal dictadura que quiere.

—¿Y lo logrará? —preguntó Ethel.

—No —dijo Walter.

—Sí —dijo Maud.

—No creo que el pueblo alemán vote jamás a favor de una dictadura —añadió Walter.

—¡Pero no serán unas elecciones justas! —exclamó Maud, enfadada—. Mira lo que le ha pasado hoy a mi revista. Todo aquel que critique a los nazis corre peligro. Mientras tanto, su propaganda lo inunda todo.

—¡Da la sensación de que nadie planta cara! —intervino Lloyd. Se arrepentía de no haber llegado unos minutos antes a las oficinas de Der Demokrat aquella mañana para repartir unos cuantos puñetazos más entre los camisas pardas. Se dio cuenta de que había cerrado el puño con fuerza y se obligó a abrir la mano, a pesar de lo cual la indignación no se desvaneció—. ¿Por qué la gente de izquierdas no asalta las revistas nazis? ¡Hay que pagarles con la misma moneda!

—¡No debemos combatir la violencia con más violencia! —exclamó Maud—. Hitler está buscando una excusa para tomar medidas más drásticas y declarar el estado de excepción, eliminar los derechos civiles y meter a los opositores en la cárcel. —Su voz adquirió un deje de súplica—. Por muy difícil que resulte, no podemos darle ningún pretexto.

Acabaron la comida y el restaurante empezó a vaciarse. Mientras les servían el café, se sentó con ellos el dueño del café, un primo lejano de Walter, Robert von Ulrich, y el chef, Jörg. Robert había sido diplomático en la embajada austríaca en Londres antes de la Gran Guerra, mientras que Walter había hecho lo propio en la embajada alemana, y se había enamorado de Maud.

Robert se parecía a Walter, pero vestía con ropa más recargada, con un alfiler de oro en la corbata, sellos en la cadena del reloj, y el pelo muy engominado. Jörg era más joven, un hombre rubio de rasgos delicados y una sonrisa alegre. Los dos habían sido prisioneros de guerra en Rusia. Ahora vivían en un apartamento sobre el restaurante.

Recordaron la boda de Walter y Maud, que se celebró en secreto en vísperas de la guerra. No hubo invitados, pero Robert y Ethel ejercieron de padrinos.

—Bebimos champán en el hotel —dijo Ethel—, y luego anuncié con mucho tacto que Robert y yo nos íbamos, y Walter… —Reprimió un ataque de risa—. Walter dijo: «¡Oh, creía que íbamos a cenar juntos!».

Maud se rió.

—¡No te imaginas lo que me alegré al oír eso!

Lloyd miró su taza de café, avergonzado. Tenía dieciocho años y era virgen, por lo que las bromas sobre la luna de miel lo incomodaban.

—¿Has tenido noticias de Fitz últimamente? —le preguntó Ethel a Maud con más seriedad.

Lloyd sabía que la boda secreta había provocado un enorme distanciamiento entre Maud y su hermano, el conde Fitzherbert. Fitz la había repudiado porque no había acudido a él, como cabeza de familia que era, para pedirle permiso para casarse.

Maud negó con la cabeza en un gesto triste.

—Le escribí esa vez que fui a Londres, pero ni tan siquiera quiso verme. Lo herí en su orgullo al casarme con Walter sin decírselo. Me temo que mi hermano es un hombre de los que no perdonan.

Ethel pagó la cuenta. En Alemania todo resultaba muy barato si uno tenía moneda extranjera. Estaban a punto de levantarse y marcharse cuando un desconocido se acercó a la mesa y, sin que nadie lo invitara, tomó asiento. Era un hombre fornido con un bigotito en el centro de su rostro ovalado.

Llevaba un uniforme de los camisas pardas.

—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó Robert fríamente.

—Soy el comisario criminal Thomas Macke. —Agarró del brazo a un camarero que pasaba a su lado y le dijo—: Tráeme un café.

El camarero lanzó una mirada inquisitiva a Robert, que asintió.

—Trabajo en el departamento político de la policía prusiana —prosiguió Macke—. Estoy a cargo de la sección de inteligencia de Berlín.

Lloyd fue traduciendo las palabras de Macke a su madre en voz baja.

—Sin embargo —dijo Macke—, quiero hablar con el propietario del restaurante sobre un asunto personal.

—¿Dónde trabajaba hace un mes? —preguntó Robert.

Aquella pregunta inesperada sorprendió a Macke, que contestó de inmediato.

—En la comisaría de policía de Kreuzberg.

—¿Y en qué consistía su trabajo?

—Estaba a cargo del archivo. ¿Por qué lo pregunta?

Robert asintió como si hubiera esperado esa respuesta precisamente.

—De modo que ha pasado de archivista a jefe de la sección de inteligencia de Berlín. Lo felicito por su rápido ascenso. —Se volvió hacia Ethel—. Cuando Hitler se convirtió en canciller a finales de enero, su secuaz, Hermann Göring, fue nombrado ministro del Interior de Prusia, al mando de la fuerza policial más grande del mundo. Desde entonces, Göring se ha dedicado a despedir a policías a espuertas y a sustituirlos por nazis. —Se volvió hacia Macke y le dijo en tono sarcástico—: No obstante, en el caso de nuestro invitado sorpresa, estoy convencido de que el ascenso se debió únicamente a sus méritos.

Macke se puso rojo, pero logró mantener la calma.

—Tal y como le he dicho, me gustaría hablar con el propietario sobre un asunto personal.

—Le rogaría que viniera a verme por la mañana. ¿Le parece bien a las diez?

Macke no hizo caso de la sugerencia.

—Mi hermano también está en el negocio de los restaurantes —prosiguió.

—¡Ah! Quizá lo conozca. ¿Se apellida Macke? ¿Qué tipo de establecimiento tiene?

—Un pequeño local para obreros en Friedrichshain.

—Ah, entonces es poco probable que lo haya conocido.

Lloyd no creía que a Robert le conviniera mostrarse tan sarcástico. Macke era un maleducado y no era digno de ninguna consideración por su parte, pero si quería podía causarle muchos problemas.

—A mi hermano le gustaría comprar su restaurante —dijo Macke.

—Su hermano quiere ascender, como ha hecho usted.

—Estamos dispuestos a ofrecerle veinte mil marcos, pagaderos en dos años.

Jörg estalló en carcajadas.

—Permítame que le explique una cosa —dijo Robert—. Soy un conde austríaco. Hace veinte años era el propietario de un castillo y una gran finca en Hungría, donde vivían mi madre y mi hermana. Durante la guerra perdí a mi familia, el castillo, las tierras e incluso mi país, que quedó… miniaturizado. —Su tono sarcástico había desaparecido y ahora hablaba con una voz áspera, preñada de emoción—. Cuando llegué a Berlín lo único que tenía era la dirección de Walter von Ulrich, mi primo lejano. Sin embargo, logré abrir este restaurante. —Tragó saliva—. Es lo único que tengo. —Hizo una pausa y bebió café. Los demás permanecieron en silencio. Robert recuperó la compostura y el tono de voz autoritario—. Aunque me ofreciera una cifra generosa, algo que no ha hecho, la rechazaría porque estaría vendiendo toda mi vida. No deseo ser grosero con usted, a pesar de que se ha comportado de un modo desagradable, pero mi restaurante no está en venta a ningún precio. —Se puso en pie y le tendió la mano para estrechársela—. Buenas noches, comisario.

Macke le estrechó la mano de forma automática, pero pareció que se arrepentía de inmediato. Se levantó, claramente enfadado. Su rostro ovalado se tiñó de un tono púrpura.

—Ya hablaremos más adelante —dijo, y se marchó.

—Menudo zoquete —espetó Jörg.

—¿Ves lo que tenemos que aguantar? —le preguntó Walter a Ethel—. ¡Solo por el hecho de que lleva ese uniforme, puede hacer lo que le venga en gana!

Lo que preocupaba a Lloyd era la confianza que había demostrado Macke en sí mismo. Parecía seguro de poder comprar el restaurante al precio que había dicho y ante la negativa de Robert había reaccionado como si solo fuera un contratiempo pasajero. ¿Tan poderosos eran ya los nazis?

Aquello era el tipo de cosas que Oswald Mosley y sus Fascistas Británicos querían, un país en el que el imperio de la ley fuera sustituido por los matones y las palizas. ¿Cómo podía ser tan estúpida la gente?

Se pusieron los abrigos y los sombreros y se despidieron de Robert y Jörg. En cuanto salieron a la calle, Lloyd olió el humo, pero no de tabaco, sino de otra cosa. Los cuatro subieron al coche de Walter, un BMW Dixi 3/15, que Lloyd sabía que era un Austin Seven de fabricación alemana.

Mientras atravesaban el parque Tiergarten, los adelantaron dos camiones de bomberos, con las campanas repicando.

—Me pregunto dónde será el incendio —dijo Walter.

Al cabo de un instante vieron el resplandor de las llamas a través de los árboles.

—Parece que es cerca del Reichstag —apuntó Maud.

A Walter le cambió el tono de voz.

—Es mejor que echemos un vistazo —dijo con preocupación, y giró el coche de forma brusca.

El olor del humo era cada vez más fuerte. Por encima de las copas de los árboles Lloyd veía las llamas que se alzaban hacia el cielo.

—Es un gran incendio —dijo.

Salieron del parque por la Königsplatz, la amplia plaza que había entre el edificio del Reichstag y de la Ópera Kroll, situado enfrente. El Reichstag estaba en llamas. Unas luces rojas y amarillas bailaban detrás de las clásicas hileras de ventanas. Las llamas y el humo salían por la cúpula central.

—¡Oh, no! —exclamó Walter. A Lloyd le pareció un lamento cargado de pena—. Oh, por el amor de Dios, no.

Detuvo el coche y salieron todos.

—Esto es una catástrofe —añadió Walter.

—Un edificio tan antiguo y bonito —dijo Ethel.

—No me importa el edificio —replicó Walter, que sorprendió a todo el mundo—. Lo que está ardiendo es nuestra democracia.

Un grupo de gente observaba desde unos cincuenta metros. Frente al edificio había varios camiones de bomberos intentando sofocar el incendio con las mangueras, que arrojaban los chorros de agua a través de las ventanas rotas. Había un puñado de policías que no hacían nada. Walter se dirigió a uno de ellos.

—Soy un diputado del Reichstag. ¿Cuándo ha empezado el incendio?

—Hace una hora —dijo el policía—. Hemos atrapado a uno de los culpables, ¡un hombre que solo llevaba pantalones! Ha utilizado su propia ropa para provocar el incendio.

—Deberían poner un cordón policial —dijo Walter con autoridad— y mantener a la gente a una distancia segura.

—Sí, señor —dijo el policía, y se fue.

Lloyd se alejó de los otros y se acercó al edificio. Los bomberos estaban controlando el incendio: había menos llamas y más humo. Pasó junto a los camiones y se aproximó a una ventana. La situación no parecía muy peligrosa y, de todos modos, su curiosidad se impuso a su sentido de la autoprotección, como le sucedía habitualmente.

Cuando miró a través de la ventana vio que el incendio había causado daños importantes: varias paredes y techos se habían derrumbado y convertido en escombros. Además de bomberos vio a civiles vestidos con abrigos, probablemente funcionarios del Reichstag, que se abrían paso entre los restos para evaluar los daños. Lloyd se dirigió a la entrada y subió los escalones.

Oyó el rugido de dos Mercedes negros, que llegaron en el momento en que la policía estaba montando el cordón policial. Lloyd lo observó todo con interés. Del segundo coche bajó un hombre con una gabardina clara y un sombrero de fieltro negro. Tenía un bigote estrecho bajo la nariz. Lloyd se dio cuenta de que tenía delante al nuevo canciller, Adolf Hitler.

Detrás de Hitler había un hombre más alto vestido con el uniforme negro de las Schutzstaffel, las SS, su guardaespaldas personal. Joseph Goebbels, el jefe de Propaganda que no disimulaba su odio hacia los judíos, intentaba seguirlos a pesar de su cojera. Lloyd los reconoció por las fotografías de los periódicos. Era tal la fascinación que sintió al verlos de cerca, que se olvidó de horrorizarse.

Hitler subió los escalones de dos en dos, avanzando directamente hacia Lloyd, que, de forma impulsiva, le abrió la gran puerta al canciller. Hitler lo saludó con un gesto de la cabeza y pasó seguido de su séquito.

Lloyd los acompañó. Nadie le dirigió la palabra. Al parecer, los acompañantes de Hitler dieron por sentado que era un funcionario del Reichstag.

Un olor insoportable de cenizas mojadas lo impregnaba todo. Hitler y su séquito pisaron vigas quemadas, mangueras y charcos enfangados. En el vestíbulo se encontraba Hermann Göring, que llevaba un abrigo de pelo de camello que cubría su enorme barriga, y la parte delantera del sombrero doblada hacia arriba, al estilo Potsdam. Aquel era el hombre que estaba llenando el cuerpo de policía de nazis, pensó Lloyd, que recordó la conversación del restaurante.

—¡Esto es el inicio del alzamiento comunista! —gritó Göring en cuanto vio a Hitler—. ¡Ahora empezarán los ataques! ¡No podemos perder ni un minuto más!

Lloyd tuvo una extraña sensación, como si formara parte del público de una representación teatral, y esos hombres poderosos fueran interpretados por actores.

Hitler fue incluso más histriónico que Göring.

—¡A partir de ahora no tendremos piedad! —gritó. Parecía que se dirigía a una multitud congregada en un estadio—. Todo aquel que se interponga en nuestro camino hallará la muerte. —Empezó a temblar mientras su ira iba en aumento—. Todo aquel comunista que encontremos será fusilado. Y los diputados comunistas del Reichstag serán ahorcados esta misma noche. —Parecía que estaba a punto de estallar.

Sin embargo, todo aquello tenía un aire artificial. El odio de Hitler parecía real, pero el arrebato de ira era como una especie de actuación llevada a cabo para beneficio de los que estaban a su alrededor, su propia gente y los demás. Era un actor embargado por una emoción verdadera, pero que la exageraba para su público. Y Lloyd pudo comprobar que surtía efecto: todo el mundo observaba a Hitler con fascinación.

—Mi Führer, este es mi jefe de la policía política, Rudolf Diels —señaló a un hombre delgado y con el pelo oscuro que estaba a su lado—. Ya ha detenido a uno de los responsables.

Diels no se había dejado contagiar por la histeria.

—Marinus van der Lubbe, un obrero de la construcción holandés —dijo con gran aplomo.

—¡Y comunista! —añadió Göring con tono triunfal.

—Expulsado del Partido Comunista Holandés por pirómano —dijo Diels.

—¡Lo sabía! —exclamó Hitler.

Lloyd entendió que el Führer estaba predispuesto a culpar a los comunistas sin importarle los hechos.

—Debo decir —prosiguió Diels de forma respetuosa— que, desde el primer interrogatorio, ha quedado claro que se trata de un lunático que trabaja solo.

—¡Tonterías! —gritó Hitler—. Esto se había planeado desde hace mucho tiempo. ¡Pero han cometido un error! No han entendido que contamos con el apoyo de la gente.

Göring se volvió hacia Diels.

—A partir de este momento la policía se encuentra en una situación de emergencia —dijo—. Tenemos varias listas de comunistas: diputados del Reichstag, representantes del gobierno local y organizadores y activistas del Partido Comunista. ¡Que los detengan a todos esta misma noche! Tienen permiso para utilizar las armas de fuego sin restricciones e interrogarlos sin piedad.

—Sí, ministro —dijo Diels.

Lloyd se dio cuenta de que Walter se había preocupado con razón. Aquel era el pretexto que habían estado esperando los nazis. No iban a escuchar a nadie que dijera que el incendio había sido obra de un trastornado que trabajaba solo. Necesitaban la existencia de una trama comunista para poder anunciar medidas severas.

Göring miró con asco el barro de sus zapatos.

—Mi residencia oficial está a solo un minuto de aquí, pero por suerte no se ha visto afectada por el incendio, mi Führer —dijo—. Tal vez sería un buen lugar para proseguir con el debate y tomar las decisiones correspondientes.

—Sí, tenemos mucho de que hablar.

Lloyd sujetó la puerta y salieron todos. Mientras se alejaban, cruzó el cordón policial y se reunió con su madre y los Von Ulrich.

—¡Lloyd! ¿Dónde estabas? ¡Me tenías preocupadísima! —dijo Ethel nada más verlo.

—He entrado en el Reichstag.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Nadie me lo ha impedido. Todo es caos y confusión.

Ethel levantó las manos en un gesto de desesperación.

—No tiene sentido del peligro —dijo ella.

—He conocido a Adolf Hitler.

—¿Ha dicho algo? —preguntó Walter.

—Culpa a los comunistas del incendio. Va a haber una purga.

—Que Dios nos asista —dijo Walter.

III

A Thomas Macke aún le dolían las palabras sarcásticas de Robert von Ulrich. «Su hermano quiere ascender, como ha hecho usted», había dicho Von Ulrich.

Macke se arrepintió de que no se le hubiera ocurrido una respuesta como «¿Y por qué no? Somos tan buenos como tú, presumido». Ahora ansiaba venganza. Sin embargo, durante unos días iba a estar demasiado ocupado para llevarla a cabo.

El cuartel general de la policía secreta prusiana se encontraba en un edificio grande y elegante, un ejemplo de arquitectura clásica, en el número 8 de Prinz-Albrecht-Strasse, en el barrio gubernamental. Macke se henchía de orgullo cada vez que atravesaba la puerta.

Eran unos días de gran agitación. Tan solo veinticuatro horas después del incendio del Reichstag habían detenido a cuatro mil comunistas, y la cifra aumentaba a cada hora que pasaba. Estaban erradicando una plaga que asolaba a Alemania, y a Macke le parecía que el aire de Berlín era más puro.

Sin embargo, los archivos policiales no estaban actualizados. La gente se había trasladado de casa, se habían perdido y ganado elecciones, los ancianos habían muerto y los jóvenes habían ocupado su lugar. Macke estaba al mando de un grupo encargado de actualizar el archivo, de encontrar nuevos nombres y direcciones.

Era una tarea que se le daba bien. Le gustaban los registros, los directorios, los callejeros, los recortes de prensa, cualquier tipo de lista. No habían sabido apreciar su talento en la comisaría de Kreuzberg, donde la principal estrategia de los agentes consistía en dar una paliza a los sospechosos hasta que revelaban algún nombre. Esperaba que en su nuevo destino supieran apreciarlo mejor.

Sin embargo, tampoco tenía reparos en pegar a los sospechosos. En su despacho situado al fondo del edificio podía oír los gritos de los hombres y mujeres que eran torturados en el sótano, pero no le molestaba. Eran traidores, elementos subversivos y revolucionarios. Habían arruinado a Alemania con sus huelgas, e irían a más si se lo permitían. No sentía ningún tipo de compasión por ellos. Tan solo deseaba que Robert von Ulrich fuera uno de ellos y que acabara gimiendo de dolor y suplicando clemencia.

Hasta las ocho de la noche del jueves 2 de marzo no tuvo la oportunidad de investigar a Robert.

Envió a su equipo a casa, y llevó un fajo de listas actualizadas a su jefe, el inspector criminal Kringelein. Luego regresó al archivo.

No tenía prisa por irse a casa. Vivía solo. Su esposa, una mujer indisciplinada, había huido con un camarero del restaurante de su hermano. Cuando se fue solo le dijo que quería ser libre. No habían tenido hijos.

Empezó a repasar los archivos.

Ya había averiguado que Robert von Ulrich se había afiliado al Partido Nazi en 1923 y que lo había dejado al cabo de dos años, lo cual no significaba demasiado en sí. Macke necesitaba algo más.

El sistema de archivo no era tan lógico como le habría gustado. En general, estaba decepcionado con la policía prusiana. Corría el rumor de que Göring tampoco estaba muy impresionado con su labor, y que planeaba separar los departamentos de inteligencia y políticos de los demás y formar con ellos una policía secreta nueva y más eficiente. Macke creía que era una buena idea.

Mientras tanto, no logró encontrar a Robert von Ulrich en ninguno de los archivos habituales. Quizá aquello no era tan solo un signo de incompetencia. Cabía la posibilidad de que fuera un hombre sin tacha. Puesto que era un conde austríaco, las probabilidades de que fuera comunista o judío eran bajas. Al parecer, lo peor que se podía decir de él era que su primo segundo Walter era un socialdemócrata. Y aquello no era un delito… Al menos aún.

Macke se dio cuenta entonces de que debería haber investigado a Robert antes de abordarlo. Pero al final había seguido adelante sin poseer toda la información necesaria. Debería haber sabido que era un error. Como consecuencia de ello había sido objeto de un trato condescendiente y sarcástico. Se había sentido humillado. Pero ya le llegaría el momento de desquitarse.

Empezó a revisar una serie de documentos variados guardados en un armario cubierto de polvo, situado al fondo de la sala.

El apellido Von Ulrich no aparecía por ningún lado, pero faltaba un documento.

Según la lista que había clavada en la parte interior de la puerta, tendría que haber un expediente de 117 páginas con el título «Locales de vicio». Parecía un estudio de los clubes nocturnos de Berlín. Macke supuso por qué no se encontraba en su sitio. Debían de haberlo utilizado en fechas recientes: todos los locales nocturnos más decadentes se habían cerrado cuando Hitler se convirtió en canciller.

Macke no vaciló en interrumpir a su jefe. Kringelein no era un nazi y, por lo tanto, no se atrevería a reprender a un miembro de las tropas de asalto.

—Estoy buscando el expediente de los «Locales de vicio» —dijo Macke.

Kringelein pareció enfadarse, pero no se quejó.

—En la mesa auxiliar —dijo—. Sírvase usted mismo.

Macke cogió el expediente y regresó a su sala.

El estudio se había realizado cinco años antes. Detallaba los clubes que existían entonces y exponía qué tipo de actividades se llevaban a cabo en ellos: juego y apuestas, actos indecentes, prostitución, venta de drogas, homosexualidad y otras depravaciones. El expediente mencionaba el nombre de los propietarios e inversores, socios del club y empleados. Macke leyó con paciencia todas las entradas: tal vez Robert von Ulrich era drogadicto o cliente de prostitutas.

Berlín era una ciudad famosa por sus clubes homosexuales. Macke leyó la pesada entrada de El Zapato Rosa, donde los hombres bailaban con los hombres y actuaban cantantes travestidos. En ocasiones, pensó, su trabajo era repugnante.

Repasó con el dedo la lista de socios y encontró a Robert von Ulrich.

Lanzó un suspiro de satisfacción.

Siguió leyendo la lista y vio el nombre de Jörg Schleicher.

—Bueno, bueno —dijo—. A ver si eres tan sarcástico ahora.

IV

Cuando Lloyd volvió a coincidir con Walter y Maud, los encontró más enfadados y más asustados.

Fue el sábado siguiente, el 4 de marzo, el día antes de las elecciones. Lloyd y Ethel tenían pensado asistir al mitin del Partido Socialdemócrata organizado por Walter, y acudieron a casa de los Von Ulrich, que se encontraba en el barrio de Mitte, para almorzar antes del mitin.

Era una casa del siglo XIX con estancias espaciosas y grandes ventanales, aunque una buena parte del mobiliario estaba desgastado. El almuerzo fue sencillo: chuletas de cerdo con patatas y repollo, pero acompañado con un buen vino. Walter y Maud hablaban como si fueran pobres, y no cabía duda de que llevaban una vida más modesta que sus padres, pero aun así no pasaban hambre.

Sin embargo, estaban asustados.

Hitler había convencido al envejecido presidente de Alemania, Paul von Hindenburg, para que aprobara el Decreto de Incendios del Reichstag, que concedía autoridad a los nazis para hacer lo que ya hacían, dar palizas y torturar a sus adversarios políticos.

—¡Han detenido a más de veinte mil personas desde el lunes por la noche! —dijo Walter, con voz temblorosa—. No solo comunistas, sino también gente que los nazis definen como «simpatizantes comunistas».

—Lo que incluye a todo aquel que les desagrade —añadió Maud.

—¿Cómo se van a celebrar elecciones democráticas ahora?

—Tenemos que esforzarnos al máximo —dijo Walter—. Si no hacemos campaña a favor de ellas, los únicos que se beneficiarán serán los nazis.

—¿Cuándo dejaréis de aceptar esto y empezaréis a plantar cara? —preguntó Lloyd con impaciencia—. ¿Aún creéis que sería erróneo emplear la violencia para acabar con la violencia?

—Por supuesto —respondió Maud—. La resistencia pacífica es nuestra única esperanza.

—El Partido Socialdemócrata tiene un ala paramilitar, el Reichsbanner, pero es débil. Un pequeño grupo de socialdemócratas propuso dar una respuesta violenta a los nazis, pero perdieron la votación.

—Recuerda, Lloyd —dijo Maud—, que los nazis tienen a la policía y al ejército de su parte.

Walter miró su reloj de bolsillo.

—Debemos ponernos en marcha.

—Walter, ¿por qué no cancelas el mitin? —preguntó Maud de repente.

Él la miró sorprendido.

—Hemos vendido setecientas entradas.

—Oh, al diablo con las entradas —dijo Maud—. Eres tú quien me preocupa.

—Tranquila. Los asientos se han asignado con cuidado, por lo que no debería haber alborotadores en la sala.

Lloyd no creía que Walter estuviera tan seguro como pretendía.

—Además —prosiguió Walter—, no puedo defraudar a la gente que aún está dispuesta a asistir a un mitin político y democrático. Son la única esperanza que nos queda.

—Tienes razón —dijo Maud, que miró a Ethel—. Tal vez Lloyd y tú deberíais quedaros en casa. Por mucho que diga Walter, es un acto peligroso, y, a fin de cuentas, este no es vuestro país.

—El socialismo es internacional —replicó Ethel de forma categórica—. Al igual que tu marido, agradezco que te preocupes por mí, pero he venido para ser testigo directo de la política alemana, y no pienso perderme el mitin.

—Bueno, pues los niños no pueden ir —dijo Maud.

—Yo ni tan siquiera quiero ir —añadió Erik.

Carla parecía decepcionada, pero no dijo nada.

Walter, Maud, Ethel y Lloyd subieron al pequeño coche de Walter. Lloyd estaba nervioso, pero también emocionado. Estaba obteniendo una visión de la política alemana mucho más completa que cualquiera de sus amigos ingleses. Y si iba a haber pelea, no tenía miedo.

Se dirigieron hacia el este, cruzaron Alexanderplatz, y se adentraron en un barrio de casas pobres y tiendas pequeñas, algunas de las cuales tenían letreros escritos en hebreo. El Partido Socialdemócrata era de clase obrera, pero al igual que el Partido Laborista británico, contaba con unos cuantos partidarios acaudalados. Walter von Ulrich pertenecía a esa pequeña minoría de clase alta.

El coche se detuvo frente a una marquesina que rezaba: TEATRO POPULAR. En el exterior ya se había formado una cola. Walter se dirigió hacia la puerta, saludando a la gente que esperaba fuera, que lo vitorearon.

Walter le estrechó la mano con solemnidad a un chico de unos dieciocho años.

—Es Wilhelm Frunze, secretario de la sección local de nuestro partido. —Frunze era uno de esos chicos que parecían haber nacido con aspecto de hombres de mediana edad. Llevaba un blazer con los bolsillos abotonados que había estado de moda diez años antes.

Frunze le mostró a Walter cómo se podían atrancar las puertas desde dentro.

—Cuando los asistentes se hayan sentado, cerraremos las puertas para que no puedan entrar alborotadores —dijo.

—Muy bien —convino Walter—. Buena idea.

Frunze los acompañó al auditorio. Walter subió al escenario y saludó a otros candidatos que ya estaban allí. El público empezó a entrar y a tomar asiento. Frunze les enseñó a Maud, Ethel y Lloyd las sillas que les había reservado en primera fila.

Se les acercaron dos chicos. El más joven, que debía de tener catorce años pero era más alto que Lloyd, saludó a Maud con buenos modales y realizó una pequeña reverencia. Maud se volvió hacia Ethel.

—Este es Werner Franck, el hijo de mi amiga Monika. —A continuación le preguntó a Werner—: ¿Sabe tu padre que estás aquí?

—Sí, me ha dicho que debía averiguar en qué consistía la socialdemocracia por mí mismo.

—Es un hombre con amplitud de miras para ser nazi.

A Lloyd le pareció que Maud adoptaba una actitud bastante dura con un chico de catorce años, pero Werner demostró estar a su altura.

—En realidad mi padre no cree en el nazismo, pero opina que Hitler es una buena opción para la economía alemana.

—¿Cómo puede ser una buena opción para la economía meter a miles de personas en la cárcel? Aparte de una injusticia, ¡no pueden trabajar! —exclamó Wilhelm Frunze, indignado.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo Werner—. Y, sin embargo, las medidas de Hitler cuentan con el apoyo de la gente.

—La gente cree que la está salvando de una revolución bolchevique —dijo Frunze—. La prensa nazi los ha convencido de que los comunistas estaban a punto de lanzar una campaña de asesinatos, incendios y envenenamientos en todos los pueblos y ciudades.

—Sin embargo son los camisas pardas, y no los comunistas, los que arrastran a la gente a los sótanos y les rompen los huesos con sus porras —dijo el chico que acompañaba a Werner, que era más bajo pero mayor. Hablaba un alemán fluido con un leve acento que Lloyd no podía ubicar.

—Disculpadme, me he olvidado de presentaros a Vladímir Peshkov. Asiste a la Academia Juvenil Masculina de Berlín, mi escuela, y todos lo llamamos Volodia.

Lloyd se levantó para estrecharle la mano. Volodia debía de tener la misma edad que Lloyd, era un joven atractivo con unos ojos azules de mirada sincera.

—Conozco a Volodia Peshkov. Yo también estudio en la Academia Juvenil Masculina de Berlín —dijo Frunze.

—Wilhelm Frunze es el genio de la escuela, el que obtiene las notas más altas en física, química y matemáticas —dijo Volodia.

—Es cierto —admitió Werner.

Maud miró fijamente a Volodia.

—¿Peshkov? ¿Tu padre se llama Grigori? —le preguntó.

—Sí, frau Von Ulrich. Es agregado militar en la embajada soviética.

De modo que Volodia era ruso. Hablaba alemán con gran fluidez, pensó Lloyd con cierta envidia. Gracias, sin duda, al hecho de vivir en Berlín.

—Conozco muy bien a tus padres —le dijo Maud a Volodia. Conocía a los diplomáticos de Berlín, había deducido Lloyd. Formaba parte de su trabajo.

Frunze miró su reloj.

—Ha llegado la hora de empezar —dijo. Subió al escenario y pidió orden.

El teatro quedó en silencio.

Frunze anunció que los candidatos pronunciarían discursos y luego aceptarían preguntas de los asistentes. Solo se habían vendido entradas a afiliados del Partido Socialdemócrata, añadió, y habían cerrado las puertas, de modo que todo el mundo podía hablar con libertad, sabiendo que estaban entre amigos.

Era como ser un miembro de una sociedad secreta, pensó Lloyd. Aquello no era lo que él llamaba democracia.

Walter fue el primero en tomar la palabra. Lloyd enseguida se dio cuenta de que no era un demagogo. No se anduvo con florituras retóricas, pero halagó a su público diciéndoles que eran hombres y mujeres inteligentes y bien informados que entendían la complejidad de las cuestiones políticas.

Tan solo llevaba unos pocos minutos hablando cuando un camisa parda subió al escenario.

Lloyd lo maldijo. ¿Cómo había entrado? Provenía de entre los bastidores: alguien debía de haber abierto la entrada de los artistas.

Era una bestia enorme con el pelo rapado al estilo militar. Se dirigió a la parte delantera del escenario.

—Esto es una reunión sediciosa —dijo el hombre—. En la Alemania actual no queremos a comunistas ni elementos subversivos. La reunión ha finalizado.

La arrogancia y el engreimiento de aquel individuo indignaron a Lloyd, que en esos momentos deseó poder enfrentarse a ese zoquete en un ring de boxeo.

—¡Sal de aquí, matón! —gritó Wilhelm Frunze, que se había puesto en pie y se había situado frente al intruso.

El hombre le dio un fuerte empujón en el pecho.

Frunze se tambaleó y cayó hacia atrás.

La gente se puso en pie, algunos empezaron a gritar a modo de protesta y otros a chillar de miedo.

Aparecieron más camisas pardas por los bastidores.

Lloyd se dio cuenta con consternación de que aquellos cabrones lo habían planeado todo muy bien.

—¡Fuera! —gritó el hombre que había empujado a Frunze. Los otros camisas pardas entonaron el mismo grito.

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! —Ahora eran unos veinte, pero la cifra iba en aumento. Algunos llevaban porras de policía o bastones improvisados. Lloyd vio un palo de hockey, una almádena de madera e incluso la pata de una silla. Iban de un lado al otro del escenario, con una sonrisa diabólica en los labios y blandiendo las armas mientras vociferaban. A Lloyd no le cabía la menor duda de que se morían de ganas de emprenderla a golpes con la gente.

Estaba de pie. De forma no premeditada, Werner, Volodia y él habían formado un cordón de protección delante de Ethel y Maud.

La mitad de los asistentes al mitin intentaban salir del teatro, mientras que la otra mitad se dedicaba a gritar y agitar el puño a los intrusos. Los que querían huir empujaban a los demás y estallaron pequeñas refriegas. Muchas de las mujeres lloraban.

En el escenario, Walter se agarró al atril.

—¡Que todo el mundo mantenga la calma, por favor! —gritó—. ¡Este alboroto no nos va a beneficiar en nada! —La mitad de la gente no lo oía y la otra mitad no le hizo caso.

Los camisas pardas empezaron a bajar del escenario y a arremeter contra los asistentes. Lloyd agarró a su madre del brazo, y Werner hizo lo propio con Maud. Se dirigieron hacia la salida más próxima formando un grupo, pero todas las puertas estaban bloqueadas por grupos de gente en estado de pánico que intentaba salir. Los camisas pardas no se inmutaron por la situación y siguieron gritando a la gente que saliera.

Los agresores eran hombres fornidos, mientras que entre el público había mujeres y ancianos. Lloyd quería contraatacar, pero no era buena idea.

Un hombre que llevaba un casco de acero de la Gran Guerra embistió a Lloyd con el hombro, y este perdió el equilibrio y chocó con su madre. Resistió la tentación de volverse y encararse con el hombre. Su prioridad era proteger a su madre.

Un chico con el rostro cubierto de granos que llevaba una porra le puso una mano en la espalda a Werner y le dio un fuerte empujón.

—¡Apártate, apártate! —le gritó.

Werner se volvió rápidamente y dio un paso hacia él.

—No me toques, cerdo fascista —le dijo.

De pronto el camisa parda se detuvo y pareció asustarse, como si no hubiera previsto que alguien fuera a plantarle cara.

Werner se volvió de nuevo, concentrado, al igual que Lloyd, en garantizar la seguridad de ambas mujeres. Sin embargo, aquel hombre tan grande había oído la riña.

—¿A quién llamas cerdo? —gritó. Le dio un puñetazo a Werner que impactó en la nuca. No tenía muy buena puntería y fue un golpe oblicuo, pero aun así Werner soltó un grito y se tambaleó hacia delante.

Volodia se interpuso entre ambos y golpeó al hombre en la cara dos veces. Lloyd admiró el rápido uno-dos de Volodia, pero volvió a concentrarse en su misión. Al cabo de unos segundos, los cuatro alcanzaron la puerta. Lloyd y Werner lograron ayudar a las mujeres para que llegaran al vestíbulo, que estaba vacío y donde la situación era más tranquila ya que los camisas pardas no habían entrado hasta ahí.

Tras asegurarse de que las mujeres estaban a salvo, Lloyd y Werner miraron hacia el auditorio.

Volodia se enfrentaba al gigante con valentía, pero tenía problemas. No paraba de darle puñetazos en la cara y el cuerpo, pero sus golpes apenas surtían efecto y el hombre se limitaba a negar con la cabeza, como si lo estuviera incordiando un insecto. El camisa parda era torpe y lento, pero logró golpear a Volodia en el pecho y luego en la cabeza, y el joven se tambaleó. El gigante echó el puño hacia atrás para rematar a Volodia. Lloyd tenía miedo de que lo matara.

Entonces Walter dio un salto desde el escenario y cayó sobre la espalda del hombre. A Lloyd le dieron ganas de vitorearle. Ambos cayeron al suelo, enredados en una maraña de brazos y piernas, y Volodia se salvó, al menos de momento.

El joven con acné que había empujado a Werner se dedicaba ahora a hostigar a la gente que intentaba salir, golpeándola en la nuca y la cabeza con su porra.

—¡Cobarde asqueroso! —gritó Lloyd, que dio un paso al frente, pero Werner se le adelantó. Apartó a Lloyd de un empujón y agarró la porra para intentar quitársela al chico.

El hombre mayor del casco de acero se unió a la pelea y pegó a Werner con el mango de un pico. Lloyd se acercó a ellos y le lanzó un derechazo que impactó junto al ojo izquierdo de aquel.

Sin embargo, el hombre era un veterano de guerra y no iban a lograr disuadirlo tan fácilmente. Se volvió bruscamente e intentó golpear a Lloyd con su porra. Este lo esquivó con soltura y le golpeó dos veces más. Le alcanzó en la misma zona, junto a los ojos, y le abrió varias heridas. Sin embargo, el casco le protegía la cabeza y Lloyd no pudo recurrir al gancho de izquierda, su golpe predilecto para dejar a los adversarios fuera de combate. Esquivó de nuevo el mango del pico y le atizó en la cara al hombre, que retrocedió con el rostro ensangrentado por los cortes que tenía alrededor de los ojos.

Lloyd miró a su alrededor. Vio que los socialdemócratas habían empezado a contraatacar y sintió una punzada de inmenso placer. Gran parte de los asistentes al mitin habían logrado atravesar las puertas. En el auditorio quedaban principalmente hombres jóvenes, que avanzaban sin detenerse, saltando por encima de las butacas, para llegar hasta los camisas pardas; y había docenas de ellos.

Algo duro le había impactado en la parte posterior de la cabeza. El dolor era tan fuerte que lanzó un rugido. Se dio la vuelta y vio a un chico de su edad con un madero en las manos, alzándolo para golpearlo de nuevo. Lloyd se abalanzó sobre él y le golpeó dos veces en el estómago, primero con el puño izquierdo y luego con el derecho. El chico se quedó sin aire y dejó caer el madero. Lloyd le lanzó un gancho a la barbilla y el muchacho perdió el conocimiento.

Lloyd se frotó la parte posterior de la cabeza. Le dolía una barbaridad pero no le había hecho sangre.

Vio que tenía los nudillos en carne viva y que sangraban. Se agachó y cogió el madero que había tirado el chico.

Cuando miró de nuevo a su alrededor, se alegró al ver que algunos camisas pardas se retiraban, subían al escenario y desaparecían entre bastidores, a buen seguro con la intención de abandonar el teatro por la puerta por la que habían entrado.

El hombre gigante que lo había empezado todo estaba en el suelo, gruñendo y agarrándose la rodilla como si se hubiera dislocado algo. Wilhelm Frunze se encontraba de pie a su lado, golpeándolo con una pala de madera una y otra vez, repitiendo a gritos las palabras que había pronunciado el tipo para desatar el altercado:

—¡No! ¡Os! ¡Queremos! ¡En! ¡La! ¡Alemania! ¡Actual!

Indefenso, el hombre intentó sortear los golpes rodando sobre sí mismo, pero Frunze lo siguió, hasta que dos camisas pardas agarraron al tipo de los brazos y se lo llevaron a rastras.

Frunze los dejó ir.

«¿Los hemos vencido? —pensó Lloyd, cada vez más exultante—. ¡Tal vez sí!»

Varios de los chicos más jóvenes persiguieron a los camisas pardas hasta el escenario, pero se detuvieron ahí y se contentaron con insultarlos a gritos mientras desaparecían.

Lloyd miró a los demás. Volodia tenía la cara hinchada y un ojo cerrado. La americana de Werner lucía un desgarrón y un cuadrado de tela que colgaba. Walter estaba sentado en un asiento de la primera fila; tenía la respiración entrecortada y se frotaba un codo, pero sonreía. Frunze tiró la pala, que cayó entre los asientos vacíos de las últimas hileras.

Werner, que solo tenía catorce años, estaba rebosante de alegría.

—Les hemos dado una buena paliza, ¿verdad?

—Sí, sin duda —respondió Lloyd con una sonrisa.

Volodia le echó a Frunze el brazo sobre el hombro.

—No está mal para ser un puñado de colegiales, ¿eh?

—Pero nos han obligado a suspender el mitin —dijo Walter.

Los jóvenes le lanzaron una mirada de resentimiento por haberles aguado el triunfo.

Walter parecía enfadado.

—Sed realistas, chicos. Nuestro público ha huido aterrorizado. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que esas personas recuperen el valor necesario para acudir de nuevo a un mitin político? Los nazis se han salido con la suya. Resulta peligroso escuchar incluso a algún otro partido que no sea el suyo. El gran perdedor de hoy es Alemania.

—Odio a esos cabrones de los camisas pardas —le dijo Werner a Volodia—. Creo que me haré comunista, como vosotros.

Volodia lo miró fijamente con sus ojos azules y habló en voz baja.

—Si quieres luchar contra los nazis en serio, hay otra cosa más efectiva que quizá podrías hacer.

Lloyd se preguntó a qué se refería Volodia.

Entonces regresaron corriendo Maud y Ethel, ambas hablando a la vez, llorando y riendo de alivio; y Lloyd se olvidó de las palabras de Volodia y jamás volvió a pensar en ellas.

V

Al cabo de cuatro días, Erik von Ulrich llegó a casa vestido con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas.

Se sentía como un príncipe.

Llevaba una camisa parda como la de las tropas de asalto, con varias insignias y un brazalete con la esvástica. También lucía la corbata negra y los pantalones cortos negros reglamentarios. Era un soldado patriótico dedicado al servicio de su país. Por fin formaba parte del grupo.

Aquello era mejor incluso que ser aficionado del Hertha, el equipo de fútbol favorito de Berlín. Erik asistía de vez en cuando a los partidos, los sábados en que su padre no tenía que asistir a ningún mitin político. Aquello le proporcionaba la sensación de pertenecer a una gran masa de gente en la que todos sentían las mismas emociones.

Sin embargo, el Hertha perdía a veces y él regresaba a casa desconsolado.

Los nazis eran ganadores.

Le aterraba lo que iba a decirle su padre.

Él se enfurecía porque sus padres no le permitían marchar al paso de los demás. Todos los chicos se habían unido a las Juventudes Hitlerianas. Practicaban deporte y cantaban y corrían aventuras en los campos y bosques que había a las afueras de la ciudad. Estaban en buena forma y eran listos, fieles y eficientes.

A Erik le inquietaba el hecho de que algún día tuviera que luchar en alguna batalla, tal y como habían hecho su padre y su abuelo, y quería estar listo para el momento, entrenado y curtido, disciplinado y agresivo.

Los nazis odiaban a los comunistas, pero sus padres también. Entonces, ¿qué había de malo en que los nazis también odiaran a los judíos? Los Von Ulrich no eran judíos, ¿qué les importaba a ellos? Sin embargo, sus padres se habían negado con terquedad a afiliarse al Partido Nazi, por lo que Erik se había hartado de quedar excluido y había tomado la decisión de plantarles cara.

Estaba muy asustado.

Como era habitual, ni su madre ni su padre se encontraban en casa cuando Erik y Carla llegaron de la escuela. Ada frunció los labios en un gesto de desaprobación mientras les servía el té.

—Hoy tendréis que recoger vosotros la mesa —les dijo—. Me duele mucho la espalda y voy a acostarme un rato.

Carla puso cara de preocupación.

—¿Por eso fuiste a ver al médico?

Ada dudó antes de contestar.

—Sí, fue por eso.

Estaba claro que ocultaba algo. El mero hecho de pensar que Ada estuviera enferma, y que mintiera al respecto, inquietó a Erik. Jamás llegaría al extremo de imitar a su hermana y decir que quería a Ada, pero la mujer había sido una presencia cariñosa a lo largo de su vida, y sentía un afecto por ella más grande de lo que estaba dispuesto a admitir.

Carla estaba tan preocupada como él.

—Espero que te mejores.

En los últimos tiempos Carla había adoptado una actitud más adulta, lo que en cierto modo había sorprendido a Erik. Aunque era dos años mayor que ella, aún se sentía como un niño, pero ella se comportaba como un adulto la mitad del tiempo.

—Me encontraré mejor después de descansar —dijo Ada de modo tranquilizador.

Erik comió un pedazo de pan. Cuando Ada salió de la cocina, tragó el pan.

—Estoy en la sección juvenil, pero en cuanto cumpla los catorce me pasarán a la siguiente —dijo el chico.

—¡Papá se pondrá hecho una furia! —exclamó Carla—. ¿Es que te has vuelto loco?

—Herr Lippmann dice que papá se meterá en problemas si intenta obligarme a dejarlo.

—Ah, fantástico —dijo Carla. Había desarrollado un acerado gusto por el sarcasmo que en ocasiones mortificaba a Erik—. Así que quieres que papá se pelee con los nazis —espetó con desdén—. Una idea maravillosa. Es algo ideal para toda la familia.

Erik se quedó desconcertado. No lo había pensado de aquel modo.

—Pero todos los chicos de mi clase pertenecen a las Juventudes Hitlerianas —dijo, indignado—. Excepto Fontaine el Gabacho y Rothmann el Judío.

Carla untó una rebanada de pan con paté de pescado.

—¿Por qué tienes que ser igual que los demás? —le preguntó—. La mayoría son estúpidos. Tú mismo me dijiste que Rudi Rothmann era el más listo de la clase.

—¡No quiero estar con el Gabacho y Rudi! —gritó Erik, que se sintió humillado cuando notó que las lágrimas empezaban a correrle por la cara—. ¿Por qué tengo que jugar con los chicos que no caen bien a nadie? —Aquello era lo que le había proporcionado el valor necesario para desafiar a su padre: ya no soportaba salir de la escuela con los judíos y los extranjeros mientras todos los chicos alemanes marchaban alrededor del patio, con sus uniformes.

Entonces oyeron un grito.

Erik miró a Carla.

—¿Qué ha sido eso?

Su hermana arrugó la frente.

—Creo que ha sido Ada.

A continuación oyeron un grito más claro.

—¡Socorro!

Erik se puso en pie pero Carla ya se le había adelantado. La siguió. La habitación de Ada se encontraba en el sótano. Bajaron corriendo las escaleras y entraron en el pequeño dormitorio.

Había una única cama junto a la pared. Ada estaba tumbada con el rostro crispado por el dolor. Tenía la falda empapada y había un charco en el suelo. Erik no podía creer lo que estaba viendo. ¿Se había meado encima? Aquello daba miedo. No había ningún adulto en la casa. No sabía qué hacer.

Carla también estaba asustada, Erik lo vio en su cara, pero no había caído presa del pánico.

—Ada, ¿qué te pasa? —preguntó la niña, con un extraño deje de tranquilidad.

—He roto aguas —dijo Ada.

Erik no entendía a qué se refería.

Carla tampoco.

—No te entiendo —dijo.

—Significa que va a nacer el bebé.

—¿Estás embarazada? —preguntó Carla, estupefacta.

—¡Pero si no estás casada! —exclamó Erik.

—Cierra el pico, Erik —le espetó Carla—. ¿Es que no entiendes nada?

Por supuesto que entendía que las mujeres podían tener hijos aunque no estuvieran casadas… ¡Pero no Ada!

—Por eso fuiste al médico la semana pasada —le dijo Carla a Ada, que asintió.

Erik aún intentaba hacerse a la idea.

—¿Crees que mamá y papá lo saben?

—Claro que sí. Lo que pasa es que no nos lo dijeron. Tráenos una toalla.

—¿De dónde?

—Del armario de la caldera que está en el rellano de arriba.

—¿Limpia?

—¡Claro que tiene que ser limpia!

Erik subió corriendo las escaleras, cogió una toalla pequeña blanca del armario y bajó corriendo de nuevo.

—No nos va a ser de gran ayuda —dijo Carla que, sin embargo, la cogió y le secó las piernas a Ada.

—El bebé no tardará en llegar, lo noto. Pero no sé qué hacer. —La mujer rompió a llorar.

Erik miró a Carla, que era quien estaba al mando de la situación ahora. Daba igual que él fuera el mayor: esperó a que su hermana le diera alguna orden. Ella mantenía la calma y había adoptado una actitud práctica, pero él sabía que también estaba aterrada y que su serenidad podía desmoronarse en cualquier momento.

Carla se volvió hacia Erik.

—Ve a buscar al doctor Rothmann —le ordenó—. Ya sabes dónde tiene la consulta.

Erik se sintió muy aliviado de que le encargara una tarea que podía cumplir sin ningún problema. Entonces pensó en un posible contratiempo.

—¿Y si ha salido?

—Pues le preguntas a frau Rothmann lo que debes hacer, ¡idiota! —le espetó Carla—. ¡Venga, vete!

Erik se alegró de poder salir de la habitación. Lo que estaba sucediendo ahí era algo misterioso y aterrador. Subió los escalones de tres en tres y salió disparado por la puerta principal. Correr era una de las cosas que se le daba bien.

La consulta del doctor estaba a menos de un kilómetro de su casa. Echó a correr a toda velocidad y no dejó de pensar en Ada en ningún momento. ¿Quién era el padre del bebé? Recordó que Ada había ido al cine con Paul Huber un par de veces el verano pasado. ¿Habían mantenido relaciones sexuales? ¡No había otra explicación! Erik y sus amigos hablaban mucho de sexo, pero en realidad no sabían nada sobre el tema. ¿Dónde lo habían hecho Ada y Paul? No podía ser en el cine, ¿verdad? ¿No había que tumbarse para hacerlo? Estaba desconcertado.

La consulta del doctor Rothmann se encontraba en una calle humilde. Le había oído decir a su madre que era un buen médico, pero visitaba a mucha gente de clase trabajadora que no podía pagar honorarios muy elevados. La casa del doctor tenía una sala de consulta y otra de espera en la planta baja, y la familia vivía arriba.

Frente a la casa había un Opel 4 verde, un automóvil bastante feo de dos plazas que había recibido el mote de «Rana de árbol».

La puerta delantera de la casa no estaba cerrada con llave. Erik entró, con la respiración entrecortada, y se dirigió hacia la sala de espera. Había un hombre mayor tosiendo en un rincón y una mujer joven con un bebé.

—¡Hola! —dijo Erik—. ¿Doctor Rothmann?

La mujer del doctor salió de la consulta. Hannelore Rothmann era una mujer alta y rubia, de facciones marcadas, y fulminó a Erik con la mirada.

—¿Cómo te atreves a venir a esta casa con ese uniforme? —le espetó.

Erik se quedó petrificado. Frau Rothmann no era judía, pero su esposo sí, algo que Erik, presa de la emoción, había olvidado.

—¡Nuestra criada va a tener un bebé! —le dijo.

—¿Y quieres que un médico judío te ayude?

Aquella réplica pilló completamente desprevenido a Erik. Nunca se le había pasado por la cabeza que los ataques de los nazis pudieran obligar a los judíos a plantarles cara. Pero, de repente, entendió que frau Rothmann tenía toda la razón. Los camisas pardas iban por la ciudad gritando «¡Muerte a los judíos!». ¿Por qué iba a ayudar un médico judío a ese tipo de gente?

Ahora no sabía qué hacer. Había otros doctores, claro, muchos, pero no sabía dónde tenían la consulta ni si le harían caso a un completo desconocido.

—Me ha enviado mi hermana —dijo con un hilo de voz.

—Carla tiene más sentido común que tú.

—Ada dice que ha roto aguas. —Erik no estaba muy seguro de qué significaba aquello, pero parecía algo importante.

Frau Rothmann entró de nuevo en la consulta con una mirada de asco.

El anciano del rincón se rió.

—¡Todos somos judíos hasta que necesitáis nuestra ayuda! —dijo—. Entonces decís: «Venga, por favor, doctor Rothmann» y «¿Qué consejo me da, abogado Koch?» y «Présteme cien marcos, herr Goldman» y… —En ese instante le dio otro ataque de tos.

Una chica de unos dieciséis años entró en la sala de espera. Erik creyó que debía de ser Eva, la hija de Rothmann. Hacía años que no la veía. Ahora tenía pecho, pero todavía era poco agraciada y regordeta.

—¿Te ha dado permiso tu padre para unirte a las Juventudes Hitlerianas? —le preguntó la chica.

—No lo sabe —respondió Erik.

—Oh, pues te has metido en un buen lío —dijo Eva.

Erik dirigió la mirada hacia la puerta de la consulta.

—¿Crees que tu padre me acompañará? Tu madre estaba muy enfadada conmigo.

—Claro que irá contigo. Si la gente está enferma, él la ayuda —dijo con desdén—. Él no antepone la raza ni la política. No somos nazis. —Y volvió a salir.

Erik estaba perplejo. En ningún momento se le había pasado por la cabeza que el uniforme fuera a causarle tantos problemas. En la escuela a todos les había parecido fantástico.

Al cabo de un instante apareció el doctor Rothmann. Se dirigió a los dos pacientes que había en la sala de espera.

—Volveré en cuanto pueda. Lo siento, pero el bebé no puede esperar. —Miró a Erik—. Vamos, jovencito, es mejor que vengas conmigo en el coche, a pesar de ese uniforme.

Erik lo siguió y se sentó en el asiento del acompañante. Le encantaban los coches y se moría de ganas de tener la edad necesaria para conducir; por lo general le gustaba montar en cualquier tipo de vehículo, ver los diales y analizar la técnica del conductor. Pero ahora se sentía como si llamara mucho la atención, sentado junto a un doctor judío con su camisa parda. ¿Y si lo veía herr Lippmann? El trayecto fue una verdadera tortura.

Por suerte fue breve, y al cabo de unos minutos habían llegado a la casa de la familia Von Ulrich.

—¿Cómo se llama la joven? —preguntó Rothmann.

—Ada Hempel.

—Ah, sí, vino a verme la semana pasada. Es un bebé prematuro. Vamos, llévame a su habitación.

Erik lo guió por la casa. Oyó el llanto de un bebé. ¡Ya había nacido! Bajó corriendo las escaleras del sótano, seguido del doctor.

Ada estaba tumbada boca arriba. La cama estaba empapada de sangre y algo más. Carla sostenía en brazos al diminuto bebé, que estaba cubierto de babas. Algo que parecía un hilo grueso colgaba del bebé, sobre la falda de Ada. Carla estaba aterrorizada y tenía los ojos desorbitados.

—¿Qué hago? —gritó.

—Estás haciendo lo correcto —la tranquilizó el doctor—. Aguanta al bebé un minuto más. —Se sentó junto a Ada. Le auscultó el corazón, le tomó el pulso y dijo—: ¿Cómo te encuentras?

—Cansadísima —respondió ella.

Rothmann asintió con la cabeza. Se puso en pie y miró al bebé que Carla sostenía en brazos.

—Es un niño —dijo.

Erik observó al doctor con una mezcla de fascinación y repugnancia mientras este abría su maletín, sacaba un trozo de hilo y ataba dos nudos en el cordón. Mientras lo hacía le hablaba en voz baja a Carla.

—¿Por qué lloras? Lo has hecho de fábula. Tú sola has ayudado a traer al mundo a un bebé. ¡No me has necesitado! Espero que seas médico de mayor.

Carla se calmó un poco.

—Fíjese en la cabeza —le dijo al doctor Rothmann, que tuvo que inclinarse hacia delante para oírla—. Creo que le pasa algo.

—Lo sé. —El doctor agarró un par de tijeras afiladas y cortó el cordón a la altura de ambos nudos. Luego cogió al bebé desnudo y lo sostuvo en alto para analizarlo. Erik no vio nada extraño, pero el niño estaba tan rojo, arrugado y cubierto de una sustancia viscosa que resultaba difícil afirmarlo con rotundidad—. Oh, Dios —dijo el doctor al cabo de un instante.

Al observarlo con mayor detenimiento, Erik vio que algo no iba bien. El bebé tenía la cara torcida. Un lado era normal, pero el otro parecía estar hundido, y también había algo extraño en el ojo.

Rothmann le devolvió el bebé a Carla.

Ada gruñó de nuevo y pareció que hacía un gran esfuerzo.

Cuando se relajó, Rothmann deslizó la mano por debajo de su falda y sacó algo que tenía un aspecto asqueroso y parecía un pedazo de carne.

—Tráeme un periódico, Erik —le ordenó.

—¿Cuál? —Sus padres compraban los principales periódicos a diario.

—Da igual, muchacho —dijo Rothmann—. No quiero leerlo.

Erik subió corriendo las escaleras y encontró un ejemplar del día anterior de Vossische Zeitung. Cuando regresó, el doctor envolvió aquella cosa que parecía carne con el periódico y lo dejó en el suelo.

—Es lo que llamamos la placenta —le explicó a Carla—. Es mejor quemarla.

Entonces se sentó en el borde de la cama.

—Ada, querida, debes ser valiente —dijo—. Tu bebé está vivo, pero puede que haya sufrido algún problema. Ahora lo lavaremos, lo envolveremos para que esté calentito y luego tendremos que llevarlo al hospital.

Ada parecía asustada.

—¿Qué sucede?

—No lo sé, pero tienen que echarle un vistazo.

—¿Le pasará algo?

—Los doctores del hospital harán todo lo que buenamente puedan. Lo demás está en manos de Dios.

Erik recordó que los judíos adoraban el mismo Dios que los cristianos. Era fácil olvidar algo así.

—¿Crees que podrías levantarte e ir al hospital conmigo, Ada? Tu bebé necesita que lo amamantes.

—Estoy cansadísima —dijo de nuevo.

—Entonces descansa un par de minutos, pero no mucho más porque alguien tiene que visitarlo. Carla te ayudará a vestirte. Os esperaré arriba. Tú, ven conmigo, pequeño nazi —le dijo a Erik con una ironía exenta de mala intención.

Erik se moría de la vergüenza. La paciencia del doctor Rothmann era incluso peor que el desprecio de frau Rothmann.

—¿Doctor? —dijo Ada cuando salían por la puerta.

—Sí.

—Se llamará Kurt.

—Una excelente elección —dijo el doctor Rothmann, que salió seguido de Erik.

VI

El primer día de Lloyd Williams como ayudante de Walter von Ulrich también fue el primer día del nuevo Parlamento.

Walter y Maud luchaban a brazo partido para salvar la frágil democracia de Alemania. Lloyd compartía su desesperación, en parte porque eran buenas personas a las que había tratado en varias ocasiones a lo largo de su vida, y en parte porque temía que Gran Bretaña pudiera acabar siguiendo a Alemania y tomara también la carretera que conducía al infierno.

Las elecciones no habían resuelto nada. Los nazis habían obtenido un 44 por ciento de los votos, lo cual suponía un aumento, pero aún estaban lejos del 51 por ciento que ansiaban.

Walter todavía albergaba esperanzas.

—Ni con la intimidación masiva que han cometido —dijo, mientras se dirigían al Parlamento en coche—, han logrado obtener los votos de la mayoría de los alemanes. —Le dio un puñetazo al volante—. A pesar de todo lo que dicen, no gozan de tanto apoyo. Y cuanto más permanezcan en el gobierno, más oportunidades tendrá la gente de conocer su verdadera maldad.

Lloyd no estaba tan convencido.

—Han cerrado periódicos de la oposición, han encarcelado a diputados del Reichstag, han corrompido la policía —dijo—. Y aun así, ¿el cuarenta y cuatro por ciento de los alemanes los vota? Este dato no resulta demasiado tranquilizador.

El edificio del Reichstag había sufrido graves desperfectos por culpa del incendio y había quedado inutilizable, por lo que el Parlamento se reunía en la Ópera Kroll, al otro lado de Königsplatz. Era un edificio muy grande con tres salas de conciertos y catorce auditorios más pequeños, además de restaurantes y bares.

Cuando llegaron, ...