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LA INFIDELIDAD DEL ESPíRITU

Jaime Jaramillo

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Fragmento

Capítulo I
El Cabalgante de la Noche y su enseñanza

De nada sirve ser luz si no iluminas el camino de los demás.

Aún recuerdo una noche lluviosa y fría en Bogotá, cuando me encontraba realizando mis patrullas de rescate habituales para ayudar a los niños que viven en las calles y alcantarillas, y entré a una pequeña tienda para comprar pan y gaseosa para repartirles. De repente, irrumpió ante mí un mendigo de unos 60 años. Tenía la tez tostada por el sol, el pelo estaba tan sucio que le colgaban trenzas de mugre, y se sentía un olor penetrante que emanaba de su cuerpo.

Se quedó mirándome, y me dijo: “Cucho, me podría regalar un yogur”. Cuando lo miré sentí compasión y le dije: “En lugar de un yogur, toma dos. Se quedó mirándome y me dijo: “Si no es mucha molestia, podría cambiar un yogur por una torta de chocolate, que es más económica para usted?”. Al escucharlo contestar eso, me quedé pensando y le dije: “Mejor toma dos yogures y dos tortas de chocolate”. El mendigo con una gran sonrisa en sus labios y unos ojos llenos de felicidad me dijo: “Gracias, Dios se lo ha de pagar”. Me dio un abrazo y salió feliz.

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Unos segundos más tarde entraron corriendo rápidamente y con voz agitada dos niños de la calle diciéndome: “Papá Jaime, nosotros también queremos cuatro yogures y cuatro tortas de chocolate”. Yo les pregunté que por qué cuatro, si ellos eran solamente dos. Y ellos me dijeron que era para sus compañeros que estaban en la alcantarilla. Yo les dije que les daba sólo uno por persona. Al decirles esto, ellos se enojaron mucho y comenzaron a maldecir al pobre anciano. Como estaban tan bravos, entonces les dije que sólo había pan y Coca-Cola, que era lo que había comprado para llevarles. Recibieron bastante disgustados el pan y la gaseosa, recriminándome que por qué al mendigo sí le había dado dos yogures y dos tortas, y a ellos no.

Salí, y seguí montando en mi camioneta el resto de bolsas llenas de pan, para poder iniciar mi recorrido nocturno por las calles. Cuando arranqué y miré a la calle, vi lo que nunca antes en todos mis recorridos había visto.

Tenía en frente de mis ojos el cuadro más impactante que jamás me hubiese imaginado. Estaban los dos niños de la calle, felices sentados cada uno con una torta de chocolate y un yogur en las manos, y el mendigo, con una sonrisa de oreja a oreja y un corazón rebosante de alegría y de gozo, estaba feliz, contemplando cómo ellos devoraban aquella torta, como si fuese el más exquisito manjar.

Inmediatamente me bajé, me acerqué al mendigo y le pregunté: “¿Tú quién eres? ¿Acaso eres familiar de ellos o los conoces?”. El mendigo me respondió: “No, a ellos no los conozco y yo soy el Cabalgante de la Noche, cabalgo con las estrellas y estoy siempre dando amor, sin esperar recibir nada a cambio. Duermo todas las noches en la montaña de Monserrate y me baño en la cascada del chorro de Padilla”. Le dije: “Me acabas de dar la lección más grande que me ha dado la vida”. “¿Y cuál es esa lección que te di?”, me preguntó. Yo le contesté: “Yo, que lo tenía todo, no di más y tú, que no tenías nada, lo diste todo”.

Totalmente asombrado ante lo que estaba viendo, se despertó en mi corazón la inquietud de entender dónde estaba esa maravillosa fuerza que le daba el lujo, a este personaje intrigante y desconcertante, de rechazar lo que él tanto necesitaba y entregarlo alegre y amorosamente a unos niños, que, además de haberlo juzgado y difamado, eran altaneros e ingratos.

Pero además de esta inquietud, también surgieron en mí una serie de preguntas que pisoteaban, cuestionaban y ridiculizaban mis creencias y las de nuestra sociedad. Preguntas tales como las siguientes: ¿Cómo un personaje sucio y de aspecto misterioso, extraño y sospechoso como este, a quien muchas personas al verlo inmediatamente rechazarían y juzgarían de manera implacable, podía ser tan diáfano y tener un corazón tan puro? ¿Por qué este personaje tenía unos ojos tan alegres, un corazón rebosante de alegría y una sonrisa que, a pesar de tener pocos dientes, irradiaba dicha, gozo y apreciación por la vida, a pesar de no tener familia, ni absolutamente ninguna riqueza material, ni nada con qué cubrir sus necesidades más básicas? ¿Cómo era posible que alguien que no tenía ningún tipo de educación y reflejara tanta ignorancia me estuviera enseñando lo que no pude aprender en ninguna de las universidades de Europa, Estados Unidos y Colombia, donde había estudiado mi carrera profesional y realizado mi doctorado y especialización? ¿Cómo este personaje podía traspasar los límites de lo imposible, y hacerlo posible, de una forma tan natural? ¿De dónde sacaba el Cabalgante esa simpatía, bondad y solidaridad que lo hacía un ser tan inspirador?

Todo esto que sucedió aquella noche me removió mi espíritu y mis creencias, e hizo que me devolviera en el tiempo y analizara cómo había sido mi manera de dar a los demás, ya que desde muy niño, también de una forma espontánea y natural, había realizado actos de amor y servicio a muchas personas, pero sentía que de alguna manera había una diferencia entre ese personaje y yo. Por un lado, en la mayoría de los casos, yo estaba dando de lo que tenía, me sobraba o no me hacía falta, mas no de lo que necesitaba y era imprescindible y vital para mí, y por otro lado me hizo reflexionar a profundidad si yo estaba inconscientemente esperando recibir alguna aprobación, reconocimiento o agradecimiento de las personas a las que había ayudado o servido.

En aquella época, siendo yo aún un joven lleno de expectativas y ganas de aprender de la vida, este hecho me abrió las puertas a una nueva dimensión maravillosa y encantadora, que aunque desde muy pequeño la había saboreado y disfrutado, aún no la había experimentado y saboreado en su máxima expresión. Para mí aquel instante cambió como por arte de magia la forma de mirar las cosas. Y el dar a los demás, que para mí había sido un acto natural, se convirtió en un maravilloso arte, que ha llenado mi vida de paz, amor, alegría y felicidad, y me llevó a entender y procesar que la única forma de ser fiel a mi espíritu y de hacerlo crecer y evolucionar era a través de la acción pura del dar sin esperar nada a cambio. Aquella noche descubrí mi verdadera vocación, que hizo que mi alma se enfocara en desarrollar una maestría del corazón, que es lo que le da plenitud y alegría a mi vida.

Este acontecimiento me impulsó a explorar ávidamente en dónde se encontraba la raíz escondida, que movía al cabalgante de la noche a dar de esa manera tan genuina, pura y noble, para poderla aprender para mí y, al mismo tiempo, poderla transmitir a todas aquellas personas que querían ayudar a los demás, y que por el trabajo que yo venía desarrollando me estaban buscado, para que fuera su guía en este hermoso camino del servicio. Algunas de estas personas me habían buscado ya que les había surgido la inquietud de querer ayudar a los demás, pero por miedo, prevención, desconfianza, incomodidad y muchas razones más no sabían cómo hacerlo; otros lo hicieron, ya que al haber ayudado a los demás se habían sentido frustrados, desilusionados y desmotivados de seguirlo haciendo y no entendían la razón; y algunos otros que, aunque nunca habían dado nada a nadie, después de ver la labor que estábamos haciendo en la Fundación con los niños de la calle y alcantarillas, despertaban por primera vez ante la inquietud de ayudar a otros y no sabían cómo hacerlo.

Comencé entonces un camino de búsqueda para lograr indagar a profundidad, en lo que para mí en ese momento era un gran secreto que solo poseían algunos seres humanos privilegiados, sin tener la certeza aún de si este don tan precioso, atractivo y misterioso se podía aprender y compartir. Yo sabía que grandes maestros desde siglos atrás habían hablado de él, y a través del ejemplo y de su ...