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LA PERRA

Pilar Quintana

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Fragmento

Cuando la marea estaba baja, la playa se volvía inmensa, un descampado de arena negra que más parecía barro. Cuando estaba alta, el agua la tapaba toda y las olas traían palos, ramas, semillas y hojas muertas de la selva y los revolvían con la basura de la gente. Damaris venía de visitar a su tía en el otro pueblo, que quedaba arriba, en tierra firme, pasando el aeropuerto militar, y era más moderno, con hoteles y restaurantes de concreto. Había parado en la casa de doña Elodia por curiosidad, al verla con los perritos, y ahora iba para su casa en la punta opuesta de la playa. Como no tenía dónde meter a la perra, se la puso contra el pecho. Le cabía en las manos, olía a leche y le hacía sentir unas ganas muy grandes de abrazarla fuerte y llorar.

El pueblo de Damaris era una calle larga de arena apretada con casas a lado y lado. Todas las casas estaban destartaladas y se elevaban del suelo sobre estacas de madera, con paredes de tabla y techos negros de moho. Damaris tenía un poco de temor de la reacción de Rogelio cuando viera a la perra. A él no le gustaban los perros, y si los criaba era solamente para que ladraran y cuidaran la propiedad. Ahora tenía tres: Danger, Mosco y Olivo.

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Danger, el mayor, era parecido a los labradores que usaban los militares para olfatear las lanchas y los equipajes de los turistas, pero tenía la cabeza grande y cuadrada como las de los pitbulls que había en el Hotel Pacífico Real del otro pueblo. Era hijo de una perra del finado Josué, a quien sí le habían gustado los perros. Él los tenía para que ladraran, pero también les daba cariño y los entrenaba para que lo acompañaran a cazar.

Rogelio contaba que un día que estaba visitando al finado Josué, un cachorro que todavía no cumplía dos meses se alejó de la camada para ladrarle. Él pensó que ese era el perro que necesitaba. El finado Josué se lo regaló y Rogelio lo llamó Danger, que significa peligro. Danger creció para convertirse en lo que prometía, un perro celoso y bravo. Cuando hablaba de él, Rogelio parecía sentir respeto y admiración, pero en el trato no hacía más que espantarlo, gritarle “¡Fuchi!” y levantarle la mano para que recordara todas las veces que le había pegado.

Se notaba que Mosco había tenido mala vida de cachorro. Era pequeño, flaco y tembloroso. Un día apareció en la propiedad y, como Danger lo aceptó, se quedó a vivir. Venía con una herida en la cola, que a los pocos días se le infectó. Para cuando Damaris y Rogelio se dieron cuenta, la herida se le había llenado de gusanos y a Damaris le pareció ver que de ella salía volando una mosca ya completamente formada.

—¡¿Viste?! —dijo.

Rogelio no había visto nada, y cuando Damaris se lo explicó se rio a carcajadas y dijo que por fin le habían encontrado el nombre a ese animal.

—Ahora quedate quieto, Mosco hijueputa —ordenó.

Lo agarró por la punta de la cola, alzó su machete y, antes de que Damaris pudiera entender lo que haría, se la cortó de tajo. Aullando, Mosco salió a correr y Damaris miró a Rogelio horrorizada. Él, con la cola plagada de gusanos todavía en la mano, alzó los hombros y dijo que solo lo había hecho para detener la infección, pero ella siempre creyó que lo había disfrutado.

El más joven, Olivo, era hijo de Danger y la perra de las vecinas, una labradora chocolate que ellas decían que era pura. Se parecía a su papá, aunque tenía el pelo más largo y rucio. Olivo era el más arisco de los tres. Ninguno se acercaba a Rogelio y todos desconfiaban de la gente, pero Olivo no se acercaba a nadie y desconfiaba tanto que no comía si había personas a la vista. Damaris sabía que era porque Rogelio aprovechaba cuando estaban comiendo para llegar hasta ellos sin que se dieran cuenta y agarrarlos a latigazos con una guadua delgada que tenía solo para eso. Lo hacía cuando habían hecho algún daño o porque sí, por el placer que le daba pegarles. Además Olivo era traicionero: mordía sin ladrar y por detrás.

Damaris se dijo que con la perra todo sería diferente. Era suya y ella no permitiría que Rogelio le hiciera ninguna de esas cosas, no dejaría ni que la mirara mal. Había llegado a la tienda de don Jaime y se la mostró.

—Qué cosita tan pequeña —dijo él.

La tienda de don Jaime solo tenía un mostrador y una pared, pero estaba tan bien surtida que en ella se conseguían desde alimentos hasta clavos y tornillos. Don Jaime era del interior del país, había llegado sin nada en los tiempos en que estaban construyendo la base naval y se juntó con una negra del pueblo más pobre que él. Alguna gente decía que había progresado gracias a que hacía brujería, pero Damaris pensaba que era por ser un hombre bueno y trabajador.

Ese día él le fio las verduras de la semana, un pan para el desayuno del día siguiente, una bolsa de leche en polvo y una jeringa para alimentar a la perra. Además, le regaló una caja de cartón.

Rogelio era un negro grande y musculoso, con cara de estar enojado todo el tiempo. Cuando Damaris llegó con la perra, él estaba afuera limpiando el motor de la guadañadora. Ni siquiera la saludó.

—¿Otro perro? —dijo—. Ni creás que me voy a encargar de él.

—Acaso quién te está pidiendo algo —respondió ella y siguió derecho hacia la cabaña.

La jeringa no funcionó. Damaris tenía un brazo poderoso pero torpe y los dedos tan gordos como el resto de su persona. Cada vez que empujaba, el émbolo se le iba hasta el fondo y el chorro de leche salía disparado del hocico de la perra y se derramaba por todas partes. Como la perra no sabí ...