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LAS BRUMAS DEL MIEDO

Rafael Ábalos

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Fragmento

2

«Una visión insólita que debes comprobar y fotografiar tú mismo desde el aire, antes de que examines los detalles de la escena del crimen. No quiero que tengas una idea preconcebida de lo que vas a encontrar allí. Nadie, salvo el tipo que ha dado el aviso al 112, sabe aún de qué se trata exactamente», le había dicho el comisario Clemens Eisembag sin darle más detalles del caso, cuando a las seis de la madrugada lo despertó de un sueño tan profundo y vacío como la nada.

Con la cabeza agachada y una cámara digital en la mano, Klaus Bauman cruzó corriendo el remolino de viento artificial y subió a la cabina acristalada del helicóptero. Miró al piloto y le hizo una señal de saludo con la mano. Luego, dejó la cámara junto a sus pies, ajustó el cinturón de seguridad, sacó su móvil y los auriculares de un bolsillo de la cazadora, los conectó, se los colocó en los oídos y, sobre ellos, se puso el casco.

Mientras la frágil libélula mecánica se elevaba sobre la ciudad aún dormida de Leipzig, Klaus Bauman activó Spotify y subió el volumen del móvil hasta su límite acústico. Cuando se desplazaba en helicóptero siempre elegía la misma canción del grupo Coldplay. Viva la vida. Esas tres palabras no sólo eran el título de una composición musical: Klaus Bauman las repetía mentalmente como un mantra cada vez que iniciaba la investigación de un nuevo crimen. Una paradójica rareza en un policía de homicidios: celebrar la vida, antes de adentrarse en los confusos escenarios de la muerte.

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La apacible armonía de la música transformó en sus oídos el estrépito de las hélices, convirtiéndolo en una vibración inaudible. Miró hacia el lado de la puerta transparente, contempló los abismos iluminados de la ciudad, y pensó en la breve información que le había transmitido el comisario.

Aún no hacía un año desde que Klaus Bauman había regresado a Leipzig, como jefe de la unidad de homicidios de la Landespolizei. Fue la culminación del reconocimiento oficial del estado sajón a los méritos de su trabajo como inspector en Dresde. Tenía treinta y nueve años, poseía un coeficiente intelectual que superaba la brillantez sin excesos de vanidad o arrogancia, era astuto, dentro de los límites de la prudencia más desafiante, y se había casado muy joven con una compañera de la academia llamada Ingrid, de la que se había enamorado el día en que se conocieron en la Escuela de Policía de Sajonia.

Sin saber por qué, Klaus Bauman miró hacia el cielo negro de la noche y pensó en su familia: imaginó a Carla, su hija adolescente, metida en la cama con su madre, como hacía siempre desde el nacimiento de la pequeña Bertha cuando él se levantaba muy temprano, regresaba demasiado tarde o pasaba noches enteras fuera de su casa.

Estaba amaneciendo. Tenues manchas de luz naranja comenzaban a extenderse en el horizonte de las llanuras del este, entre filamentos de nubes alargadas y grises.

El helicóptero empezó a sobrevolar las afueras de la ciudad, cerca de Wilhelm-Külz-Park. En pocos minutos, inició el descenso para aproximarse al monumento a la Batalla de las Naciones. Abajo, en la avenida Richard-Lehmann, varios coches de la policía ya habían cortado los accesos a la torre. Otros esperaban delante del estanque, con las silenciosas sirenas lanzando luminarias al aire. El comisario había dado órdenes estrictas a todas las unidades de que nadie, «ni siquiera los de la científica», se acercaran al lugar de los hechos hasta que el inspector jefe Klaus Bauman lo autorizara.

La música vibraba en los auriculares con un ritmo creciente, aumentando las sensaciones de vértigo y náuseas que le provocaban los giros en bucle del helicóptero sobre la cúpula acampanada de la torre. Una cúpula protegida circularmente por doce colosos y barbudos caballeros medievales de piedra, que Klaus Bauman casi podía tocar con sus manos... o vomitar sobre ellos.

Bajo la torre se extendían una plaza diáfana y un estanque rectangular de aguas verdosas. A pesar de su inmensidad, Klaus Bauman los veía empequeñecidos desde la turbulenta ingravidez del helicóptero. Preparó la cámara de fotos con el teleobjetivo y miró al copiloto. El intenso foco de luz blanca que lanzaba la libélula mecánica iluminó un círculo amplio de la plaza del monumento.

—¡Mantén esta posición! —gritó.

Pero Klaus Bauman ni siquiera escuchó su propia voz, apagada por la fuerza ensordecedora de la música que se repetía una y otra vez en sus oídos, mientras contemplaba con incredulidad las cinco tumbas abiertas en la superficie de la plaza, como si fueran restos arqueológicos de un viejo cementerio recién excavado. Las cinco sepulturas estaban situadas perpendicularmente a la fachada central del monumento, unas junto a otras, y apenas separadas por un metro de distancia. Tenían forma de sarcófagos hexagonales, y en su interior eran nítidamente visibles los cuerpos sin vida de cinco chicas, componiendo una enigmática escenografía lúgubre cuyo verdadero significado Klaus Bauman fue incapaz de comprender desde la altura del helicóptero.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó en voz alta, a la vez que hacía fotos en ráfaga con el enfoque automático del teleobjetivo, y le indicaba al piloto que descendiera lentamente para tomar instantáneas de la escena desde distintas perspectivas y distancias.

Después de una rápida secuencia de piruetas aéreas, el helicóptero aterrizó junto al estanque, provocando una tempestuosa agitación en el agua. Klaus Bauman se bajó de un salto sin quitarse los auriculares de los oídos y se dirigió hacia el hombre que le esperaba junto al pórtico de la entrada al monumento. El desconocido estaba embutido en un largo gabán negro con las solapas levantadas, apoyado en uno de los muros laterales, y con las manos metidas en los bolsillos en una actitud insensible o indiferente.

—Supongo que es usted quien ha llamado al 112 —dijo Klaus Bauman.

El hombre se limitó a asentir con un leve balanceo de su cabeza, cubierta por un gorro negro de lana. Era un tipo alto y grueso, con marcadas ojeras, una gran barba de color anaranjado, bigote espeso con anchas puntas curvadas, y la cara demasiado recta y pecosa para parecer peligroso, a pesar de su tétrico aspecto.

Klaus Bauman le hizo una indicación con la mano para que no se moviera de donde estaba. Se acercó al lugar del crimen, y entonces cayó en la cuenta de que las tumbas de piedra, en cuyo interior parecían estar depositados los cuerpos sin vida que había visto desde el helicóptero, sólo eran magistrales pinturas en tres dimensiones, realizadas en cinco lienzos colocados bajo las chicas muertas, a modo de esteras que se mimetizaban con el monumento de la plaza.

Los cuerpos de las chicas eran tan bellos y la expresión de sus caras tan relajada y dulce, que Klaus Bauman no podía creer que realmente estuvieran muertas.

Cada una tenía los cabellos distintos, cortados y peinados con looks sugerentes. Los ojos cerrados, los párpados maquillados y oscuros, con largas pestañas. Los labios, levemente morados y carnosos, poseían una sensualidad de inocencia pecaminosa. Todas vestían con diferentes conjuntos de lencería negra con transparencias: guantes largos, ligueros, medias, sujetadores y braguitas, que dejaban entrever los pechos, los pezones y el perfilado vello del pubis. En los pies llevaban elegantes zapatos negros con altos tacones de aguja.

Klaus Bauman pensó que había una gran carga de erotismo perverso en aquella misteriosa escenografía, que le atraía y le repugnaba a la vez. Jamás había experimentado una sensación parecida, a pesar de haber visto tantos rostros distintos de la muerte como las mentes de todos los psicópatas del mundo han podido imaginar.

«La belleza del horror», se dijo a sí mismo mientras hacía nuevas fotos de las chicas, envueltas por el aire húmedo del amanecer.

Se agachó para observarlas detenidamente. Ninguna llevaba pendientes, pírsines, tatuajes, anillos o pulseras. Tampoco había señales visibles de violencia en sus cuerpos: ninguna herida, ningún golpe, ninguna marca. Sin embargo, al tocar una de las prendas de lencería que vestían las chicas, Klaus Bauman comprobó que también habían sido pintadas sobre la piel.

3

Todas guardamos un mismo secreto, pero está prohibido hablar de él. Al menos, hasta que tomemos las decisiones oportunas. Lo demás podremos discutirlo en su momento. Yo ideé la web para este chat cuando nos conocimos virtualmente en internet, e impuse las normas de partida como condición para participar en mi proyecto, sin tener la certeza de quiénes éramos realmente.

Esto no es Google, ni Facebook, ni Twitter, ni WhatsApp... Es otra cosa, mucho más trascendente y profunda, mucho más real, más sincera, a pesar de nuestro anonimato. Somos seis chicas de veinte a treinta años, con nuestras rarezas, caprichos y algunos problemas. Nunca habrá otras en la sala del chat que no seamos nosotras. Nadie más conoce las rutas ni las claves de acceso. Aquí estaremos protegidas de todos y de todo. Lo tuve muy claro cuando decidí crear mi página en la Deep Web, y el nombre del chat: «Las damas de la Luna Negra».

Mi nick también es Luna negra. Las otras serán mis damas y decidirán el suyo. Cada una tiene sus motivos para llamarse aquí como prefiera, pero aún no hemos hablado de los significados. Hoy es nuestro primer encuentro, fuera de otros chats en internet. Será emocionante..., espero. No habrá cumplidos ni protocolos. Supongo que ellas, igual que yo, están esperando a que sea la hora exacta de conexión: las doce en punto de la noche.

Apenas faltan unos minutos, estoy sentada en mi cama, con la espalda apoyada en un almohadón y el portátil sobre una mesita de Ikea que compré para poder escribir hasta el amanecer, abrigada por mi confortable edredón de plumas. Es verano, pero desde hace algunos meses, mi sangre está helada.

 

Las doce en punto. Entro en el chat un poco nerviosa, sólo yo puedo iniciar la sesión, activando la web con mi contraseña.

 

Luna negra: Hola a todas.

 

Escribo en inglés. Es el idioma que las seis hablábamos entre nosotras y compartíamos en los chats anteriores con otra gente desconocida, de la que deseábamos huir.

 

Enseguida comienzan las entradas del chat.

 

Cabeza de bruja: Saludos humeantes.

Mantis: Me alegra llegar a casa.

Nebulosa: La verdad es que hace un momento estaba hecha un lío. No sabía si entrar en el chat o salir corriendo... Al final, he decidido abrir esta misteriosa puerta.

Luna negra: Mejor así, Nebulosa, bienvenida a nuestro espacio virtual de intimidad plena.

Nebulosa: Gracias, eres muy amable.

Bailarina: Yo me siento feliz, como en un estreno de danza clásica.

 

Segundos de silencio.

 

Luna negra: ¿Sólo somos cinco?

Manzana P: Lo siento, lo siento, me he retrasado unos segundos.

Luna negra: Tranquila, no tenemos prisa. Nuestra hora de conexión diaria acaba de comenzar.

Bailarina: Ahora estamos las seis.

Nebulosa: Realmente parecemos unas damas de época.

Mantis: ¿Lo dices en serio?

Cabeza de bruja: Claro que lo dice en serio. Nebulosa parece muy solemne y culta.

Nebulosa: Sí, lo soy, ¿algún problema?

Cabeza de bruja: Ninguno, pero no comparto tu seriedad. Para mí, estar aquí es una liberación. Siempre diré lo que me venga en gana, te guste o no.

Manzana P: Alguien prometió que esto sería distinto a otros chats. No veo la diferencia. Estamos diciendo las mismas idioteces.

Luna negra: Bueno, ha sido una situación imprevista.

Bailarina: Y ahora, ¿qué?

Cabeza de bruja: Yo también me siento feliz de que todas volvamos a encontrarnos aquí. Pero podríamos hablar de algo simpático, o sonreír un poco, jejeje. Nadie dijo que estuviera prohibido el humor, sólo el secreto.

Manzana P: Para no hablar del secreto no eran necesarias tantas precauciones tecnológicas. Bastaba con tener la boca cerrada, y punto.

Mantis: Las precauciones son necesarias para nuestra propia seguridad.

Luna negra: Confieso que me siento un poco desconcertada. De todos los posibles comienzos que había imaginado, ninguno era parecido a éste.

Cabeza de bruja: Tampoco se trataba de llorar juntas, me parece a mí.

Luna negra: Tienes razón.

Bailarina: ¿Entonces?

Luna negra: Comencemos desde el principio.

Nebulosa: Yo estoy triste.

Cabeza de bruja: Oh, perdóname, no pensaba que...

Manzana P: De eso se trataba, ¿no? De hablar sobre lo que no hemos contado a nadie.

 

Se produce un mutismo prolongado. Tengo la impresión de que ninguna se atreve a empezar, tampoco yo, que soy la creadora de la web. Pero al fin aparecen nuevas palabras en la pantalla de mi portátil.

 

Bailarina: Antes de continuar me gustaría que aclaráramos algo.

Luna negra: Tú dirás.

Percibo la curiosidad silenciosa que Bailarina ha despertado en el chat.

 

Bailarina: Si tú eres la administradora de la web y tu nick es Luna negra, debemos suponer que nosotras sólo somos tus damas: Las damas de la Luna Negra. ¿Me equivoco?

Luna negra: No, no te equivocas, es exactamente como lo has dicho. Pensaba que había quedado claro desde que os hablé en privado de mi idea, en el chat anterior. Pero preferiría que ese asunto lo tratáramos un poco más adelante, cuando hablemos de los significados de nuestros nicks.

Bailarina: Si no recuerdo mal, cuando nos dijiste que tenías en proyecto esta web yo entendí que todas seríamos damas, y que la Luna Negra sólo sería un nombre que nos uniría a todas, sin que ninguna pudiera usarlo como nick personal.

 

Sabía que tarde o temprano alguien plantearía la cuestión de mi dominio sobre el chat, o mi posición de superioridad sobre las demás. Bailarina no parece muy dispuesta a aceptarlo. Sin embargo, las otras salen pronto en mi ayuda.

 

Manzana P: Si estás celosa, Bailarina, podrías haber creado tu propia web de ballet clásico...

Bailarina: ¡Vete a la mierda!

Cabeza de bruja: Yo estoy de acuerdo con Manzana P, si empezamos con suspicacias no llegaremos muy lejos.

Mantis: Yo también voto a favor de Luna negra, ella puso las primeras reglas y nosotras las aceptamos. Además, Luna negra es la administradora del chat, lo sabíamos todas muy bien. Por ella estamos aquí. Ella debe dirigir el grupo.

Bailarina: De acuerdo, acepto mi condición de dama de nuestra Luna Negra... Al menos, por ahora.

Nebulosa: A mí no me importa ser una dama de la Luna Negra, siempre he necesitado seguir los pasos de alguien, buscar la estela de algún astro perdido en el firmamento o algo así. Ahora sabéis por qué escogí mi nick.

Luna negra: Muy apropiado, desde luego. ¿Alguien más se anima?

Bailarina: Os advierto que el nombre del chat no me gusta nada. El ocultismo es demasiado absurdo para mí.

 

Los temores de Bailarina me hacen sonreír, pero las demás no saben por qué.

 

Luna negra: Este chat no tiene nada que ver con el ocultismo. La Luna Negra sólo es la fase más oscura de la Luna, cuando no es visible desde ningún lugar de la Tierra, ni en los días más luminosos ni en las noches más despejadas de nubes o nieblas. Y yo soy como esa Luna, y creo que todas vosotras también. Aquí nadie puede vernos, somos invisibles. Pero, sobre todo, tenemos oscuridades que sólo nosotras podemos compartir. Nadie más las entendería.

Cabeza de bruja: Yo soy gótica. He elegido mi nick por la historia que mi abuelo me contaba de una vieja bruja a la que quemaron en la hoguera de una aldea medieval, le cortaron la cabeza y la enterraron separada del cuerpo. La cabeza de la bruja se aparecía ante las niñas malvadas sólo una vez al año, en las noches de Samhain, y se burlaba de ellas sacándoles la lengua quemada.

Bailarina: ¿Estás de coña?

Cabeza de bruja: Hablo en serio.

Mantis: No me jodas!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Bailarina: Muy graciosa, Cabeza de bruja. Y de paso, tú te burlas de nosotras.

Cabeza de bruja: Eres muy maliciosa, Bailarina.

Bailarina: ¡No me califiques! ¡Tú no me conoces, no tienes ni idea de cómo soy!

Cabeza de bruja: Sólo estaba bromeando.

Manzana P: Nos hemos vuelto a desviar del asunto.

Nebulosa: Y la P de tu nick ¿qué significa?

Manzana P: Podrida, y esta noche no voy a dar más explicaciones.

Mantis: Haz lo que te dé la gana... Yo prefiero devorar a que me devoren. Eso significa mi nick.

Luna negra: Sólo quedas tú, Bailarina.

Bailarina: ¿Yo, qué?

Luna negra: La razón de tu nick.

 

La respuesta se hace esperar.

 

Bailarina: Siempre me ha gustado danzar con la vida y la muerte.

Mantis: Confieso que esperaba que dijeras algo más cursi..., no sé, como que escogiste tu nick porque aún conservas el tutú y las zapatillas de ballet del colegio. Te felicito, me ha sorprendido tu respuesta.

Bailarina: Yo no bromeo.

Manzana P: Danzar con la vida y la muerte, me gusta, me gusta tu nick, Bailarina.

Bailarina: Ponte un beso en los labios.

Nebulosa: Eso es una obscenidad.

Cabeza de bruja: Me aburre vuestra palabrería.

Bailarina: Si quieres divertirte, fúmate un porro.

Cabeza de bruja: Eso deberías decírselo a Manzana P.

Manzana P: Yo prefiero algo más alquímico.

Mantis: ¿Y Luna negra? Está muy callada.

Luna negra: Estoy muy atenta a lo que dicen mis damas. No es simple palabrería lo que se ha escrito aquí.

Manzana P: ¿Y eso qué significa?

Luna negra: Creo que empezamos a conocernos un poco mejor. Yo he nombrado nuestra invisibilidad y nuestras oscuridades; Nebulosa no ha disimulado su falta de confianza en sí misma y su tristeza; a Cabeza de bruja le divierte su gótico sentido del humor; Mantis posee la discreción acechante de los insectos predadores; Manzana P se ha reservado las explicaciones de su propia podredumbre porque son suyas, y de momento no le apetece compartirlas con nadie; y Bailarina nos ha confesado que practica una danza que es mucho más peligrosa de lo que imaginábamos. No está mal, para ser nuestro primer encuentro en el chat.

Bailarina: ¿Eres psicoanalista, Luna negra?

Luna negra: No, sólo interpretaba lo que hemos expresado hasta ahora sobre el carácter de cada una de nosotras.

Nebulosa: Yo odio a los psicólogos y a los psiquiatras.

Cabeza de bruja: ¿Te has psicoanalizado?

Nebulosa: Muchas veces, y nunca me han ayudado a saber quién soy realmente.

Manzana P: La mejor manera de ser tú misma es no hacerle caso a la persona que crees que eres.

Nebulosa: Es fácil decirlo cuando no te sientes deprimida.

Bailarina: Todas somos un poco psicóticas.

Mantis: Yo no, mis problemas son otros.

Cabeza de bruja: Propongo que cada una diga algo sobre sí misma y su edad. Así podremos imaginar un poco cómo somos.

Bailarina: ¿Quieres decir físicamente?

Cabeza de bruja: Sí, que cada una elija lo que más destaca en ella. Aún no nos hemos visto las caras. La mía es un poco redondeada, y tengo 21 años.

Luna negra: Yo tengo los ojos grises, y he cumplido los 28.

Nebulosa: Lo que más me gusta de mí es la piel, muy blanca, y lo que menos, mis años, ya tengo 30.

Manzana P: Mis medidas fueron un día perfectas, pero ahora no lo son, estoy bastante delgada, y me temo que seré la más joven del grupo: 19.

Luna negra: Aún eres una niña, Manzana P.

Manzana P: Eso deberías decírselo a mis demonios.

Luna negra: De nuestras miserias hablaremos más adelante, si os parece.

Mantis: Yo tengo el pelo muy claro, también el del pubis. Pronto tendré 23.

Cabeza de bruja: Me gusta que seas atrevida, Mantis.

Bailarina: Todo esto me parece un juego demasiado infantil, pero no quiero ser la rarita del grupo, sólo diré que estoy orgullosa de mi boca, pero me siento una anciana con 26 años.

 

Decido cambiar el hilo del chat haciendo una pregunta.

 

Luna negra: ¿Recordáis cómo nos conocimos virtualmente en internet?

Cabeza de bruja: Claro, no hace tanto tiempo.

Bailarina: Creo que todas buscábamos lo mismo.

Manzana P: Durante los dos últimos meses sólo he dicho sandeces, yendo de una web a otra como una sonámbula, hasta que apareció Luna negra en uno de los chats y me habló de su proyecto.

Mantis: Supongo que a todas nos pasó igual que a ti.

Luna negra: Eso nos unió.

Bailarina: Si soy sincera, tengo que deciros que lo primero que pensé cuando Luna negra contactó conmigo con un mensaje privado es que podía ser un psicópata con un falso perfil de mujer joven, que buscaba a sus víctimas en los chats de internet que todas frecuentábamos.

Manzana P: ¿Lo dices en serio?

Bailarina: La vida me ha enseñado a no confiar en nadie.

Mantis: ¿Y cuándo decidiste creer que Luna negra no mentía?

Bailarina: Después de que me hablara de nuestro secreto en un chat privado. Ningún psicópata podría imaginar un proyecto como el suyo.

Nebulosa: Pero era difícil ser sincera en aquellos chats.

Manzana P: Sí, había demasiada gente que parecía un robot, repitiendo las absurdas ideas de siempre.

Cabeza de bruja: Para mí fue una experiencia inútil y aburrida, espero que aquí todo sea distinto.

Luna negra: Tampoco te equivoques, Cabeza de bruja, nuestro secreto no es ningún juego divertido.

4

El nombre de Susana Olmos estaba escrito en el cartel que un hombre joven sostenía en alto, con los brazos levantados para que pudiera verse por encima de los pasajeros que se dirigían a la salida de la Estación Central de Leipzig. El tren rápido de las once y cuatro, procedente de Berlín, había llegado puntualmente.

Susana miraba deslumbrada a un lado y a otro de la magnífica galería comercial de la estación, confiada en que Lessi Milovac la estaría esperando. En el último email, había quedado con su mentora Erasmus bajo el reloj de la salida principal, pero cuando llegó al punto de encuentro no había nadie. La llamó al móvil: desconectado o fuera de cobertura.

Pasados diez minutos, Susana comenzó a impacientarse. Estaba cansada del viaje y deseaba llegar a la residencia universitaria, darse una ducha y deshacer el equipaje.

El hombre joven que se acercó a Susana llevaba en las manos un cartel con su nombre escrito de un modo improvisado.

—¿Eres Susana? —preguntó en alemán, extendiendo el folio y señalando con su dedo índice las letras trazadas con rotulador negro sobre el papel.

Susana no contestó, se sintió aturdida, inquieta por la inesperada pregunta de aquel hombre joven y desconocido, que parecía algunos años mayor que ella y que se mostraba enfadado por no haberla encontrado antes.

—Tú no eres Lessi Milovac... —dijo Susana al fin.

El hombre joven se apartó con las manos el pelo que le caía a ambos lados de la cara, en un gesto de impaciencia.

—No, claro que no. Llevo desde las once en punto en la salida de los andenes, exhibiendo este cartel...

Antes de que continuara, Susana lo interrumpió.

—Pero Lessi me dijo que me recogería aquí. ¿Dónde está ella? ¿Por qué no ha venido?

El hombre joven cerró los ojos, como si reflexionara, y abrió las manos a modo de disculpa.

—Lo siento, creo que he sido un poco grosero contigo, tú no tienes la culpa de nada. Ha sido un malentendido —dijo.

—¿Un qué? —inquirió Susana sin comprender.

—Lessi tuvo que marcharse ayer a Serbia por un asunto familiar grave. Recordó que tú llegabas hoy y me pidió que viniera a recogerte y te llevara a la residencia. No me dijo que había quedado contigo aquí. Eso es todo... Ah, mi nombre es Bruno Weiss.

Se acercó a la maleta de Susana y la cogió.

—No traes demasiado equipaje —comentó.

—¡Un momento, no voy a ir contigo a ninguna parte!

—Entonces he perdido el tiempo al venir a buscarte. Ahí fuera tienes la parada de taxis y una larga fila de estudiantes Erasmus que esperan para coger uno —murmuró Bruno, soltando la maleta y volviendo a retirar el pelo de su cara.

Luego hizo un gesto de despedida con la mano y salió de la estación por la puerta que tenía al lado.

El cielo de Leipzig había adquirido el color plomizo de comienzos de otoño: una capa de nubes uniformes y grises extendida sobre toda la ciudad.

Susana Olmos salió de la estación con la esperanza de que Bruno Weiss no la hubiera abandonado a su suerte, a pesar del enfado con que se acababa de marchar. Si alguien tenía motivos para sentirse incómoda era ella, pensó, mientras arrastraba la maleta por la larga cola de la parada de taxis. Algunos estudiantes Erasmus hablaban entre ellos y se organizaban en grupos, según el volumen de sus equipajes y la dirección de la residencia universitaria en la que tenían reservada habitación para el curso académico.

Una chica morena con los ojos muy claros, que vestía una camiseta de la universidad, vaqueros ajustados y zapatillas de deporte de colores chillones, se acercó a Susana y le preguntó en inglés hacia dónde iba. Ella le dijo el nombre de su residencia y la dirección.

—Ven conmigo, hay otro chico que va hacia allí.

Susana la siguió, sorteando gente, maletas, bolsos y mochilas de todo tipo y tamaño.

Su compañero de viaje se llamaba Ilian Volky, era checo, de pelo rubio, mirada distraída y una sonrisa que se esforzaba por esconder su leve tartamudeo al hablar.

En el largo trayecto hasta la residencia, Susana no dejó de mirar las calles y las plazas por las que avanzaba el taxi con lentitud, deteniéndose en incontables semáforos. Se había sentado delante, junto al conductor, mientras que Ilian Volky ocupaba el asiento trasero del coche, aplastado por su propio equipaje. Era estudiante de ciencias exactas y, según le confesó a Susana, se había aprendido de memoria el nombre de todas las calles que el taxi debía recorrer desde la Estación Central hasta la residencia, estudiando la ruta más corta en las imágenes de satélite de Google Earth.

—Yo soy bastante despistada —murmuró Susana, sin saber qué otra cosa podía decir.

—Tengo una memoria fotográfica privilegiada. Ahora que te he visto, jamás me olvidaré de ti. Bueno, quiero..., quiero decir de tu belleza —añadió apurado.

Susana miró hacia atrás y le sonrió.

Un tranvía de color azul con anchas franjas amarillas cruzó por Arno-Nitzsche-Straße, en el momento en que el taxi se detuvo ante la residencia de estudiantes del mismo nombre. Era una avenida amplia, bordeada por matorrales y árboles. Una zona residencial y tranquila, situada al sur de Leipzig y a unos treinta minutos de la universidad en el transporte público.

Ilian y Susana pagaron a medias la tarifa al taxista, bajaron del coche y cogieron sus equipajes.

—¿Entramos? —preguntó Ilian.

Susana esbozó una mueca esquiva con sus labios.

—Ve tú delante, necesito estar sola unos minutos, antes de entrar.

—Como quieras —dijo Ilian, confundido.

A pesar de su negativa a acompañarlo, la intención de Susana no era mostrarse desagradable con Ilian, ni establecer desde el principio una distancia con él que pudiera considerarse insalvable, apenas unos minutos después de conocerlo. Le había parecido un buen chico, espontáneo, alegre, aunque un poco alocado, y, sobre todo, necesitado de encontrar a alguien que ya no fuera un extraño para él en la ciudad. Todo lo contrario a lo que Susana deseaba: dejar de ser ella y ser otra distinta.

Miró el edificio de cristal que sobresalía tras una pequeña arboleda, junto a la avenida, y sintió la soledad golpeándole en las sienes y en el corazón.

5

Escuchar música con los auriculares puestos mientras trabajaba era algo habitual en Klaus Bauman. Una conducta que otros inspectores con más antigüedad que él en la unidad de homicidios consideraban una excentricidad, una caprichosa rareza de policía engreído con la que hacer notar la trascendencia de sus razonamientos deductivos en la investigación de «crímenes extraños», que tanto le habían servido para alcanzar el codiciado puesto de inspector jefe. Quizá por ese motivo no tenía demasiados amigos entre sus compañeros de Leipzig.

La ayudante del comisario, una agente de cuarenta años llamada Frieda, un poco anticuada en su peinado, impecablemente uniformada y con modales amables, le dijo que pasara a la sala contigua al despacho y esperara allí.

—Está hablando con Berlín. Ya sabes... —añadió.

—Sí, puedo imaginarlo.

—El problema es qué decir en un caso como éste.

Klaus Bauman se detuvo ante la mesa de la agente.

—Los titulares ya los pondrán los periodistas, yo me limitaría a comunicarles que han aparecido cinco chicas muertas en extrañas circunstancias ante el monumento a la Batalla de las Naciones; que estamos identificándolas, y que lo demás es información reservada hasta que dispongamos de datos más concretos que nos permitan anunciar algún avance en la investigación que ya hemos iniciado. Un comunicado breve, escueto y claro, sin el menor detalle. Es fundamental que no trascienda ningún dato de la escena del crimen. Ni uno solo, nada de publicidad gratuita: eso es lo que espera quien quiera que esté detrás de esas muertes.

—Convéncelo tú... Desde el Ministerio Federal le están presionando para que no oculte información a la prensa.

Klaus Bauman se tocó la barba y miró a la agente.

—Las intrigas oficiales son de tu competencia, no de la mía —replicó, guiñándole un ojo.

Abrió la puerta de la sala de reuniones y volvió a cerrarla después de entrar. Dejó su portátil sobre la mesa, sacó el móvil con los auriculares de su cazadora y pulsó sobre Spotify. Se acercó al gran ventanal de madera blanca y miró los jardines del parque situado junto al edificio. Ante sus ojos no había árboles, ni flores, sólo los dulces rostros de cinco chicas muertas a las que imaginó vivas, flotando en el limbo sin forma ni materia de su mente. Su misión era conocer las historias personales de cada una de ellas, recomponerlas paso a paso en el espacio y el tiempo, visualizar hasta la saciedad sus cuerpos, vestirlas con sus ropas cotidianas, hacerlas moverse con naturalidad en sus casas, caminar junto a ellas por las calles, escucharlas hablar con su familia y sus amigos, incluso entrar en sus pensamientos más íntimos, en sus miedos, en sus últimas miradas antes de que cerraran los ojos para siempre. Tenía que crear una hipótesis verosímil de lo sucedido a partir de lo que había visto en la escena del crimen: el monumento a la Batalla de las Naciones, los sarcófagos y la lencería erótica pintados en tres dimensiones, dejando que se repitiera en sus oídos, una y mil veces, la misma melodía.

Se abrió la puerta de la sala, pero Klaus Bauman sólo oyó el portazo que la cerró de nuevo. Se giró y vio la cara de pómulos marcados, barbilla pronunciada y ceño arrugado del comisario Clemens Eisembag.

Klaus Bauman se quitó los auriculares sin inmutarse.

—¿Cuándo vas a dejar de colgarte esos pendientes electrónicos de las orejas? Me pones nervioso cuando te veo —le espetó el comisario antes de sentarse a la mesa de reuniones, frente al gran ventanal de madera blanca, con arco de media punta.

—Me ayuda a pensar, ya lo sabes.

—¿Y esa música celestial te ha inspirado alguna teoría interesante sobre el caso? —preguntó el comisario, pasando una mano por el pelo blanquecino de su cabeza como si quisiera comprobar que tenía el corte exacto para un policía respetable.

—No creo que se trate de chicas asesinadas por un psicópata fetichista, que además es aficionado a la pintura urbana y corporal en tres dimensiones. Un hombre solo no podría haber creado una escena del crimen como la del monumento... —dijo, acercándose a la mesa.

—No me hables como si yo fuera un idiota —lo interrumpió el comisario—. Tus conclusiones son demasiado obvias. No te mandé en helicóptero hasta allí para que vieras lo que cualquier policía vería, incluso con los ojos cerrados.

Klaus Bauman se sentó junto a su jefe, levantó la tapa del ordenador y lo encendió. Después, dijo:

—¿Sabes? La vista desde el aire de los gigantescos Guardianes de la Muerte es sorprendente..., majestuosa, diría yo. Cuando era niño me daba miedo mirarlos desde abajo; me sentía demasiado insignificante ante ellos. La primera vez que entré en el monumento y vi a los colosos de piedra de la cripta circular, pensé que iban a ponerse en movimiento. Me aterró la idea de que pudieran atraparme y me devoraran —explicó Klaus Bauman mientras iniciaba Windows.

—¿Y qué sensación has tenido esta madrugada?

—He sentido el mismo miedo al ver a esas chicas sobre los sarcófagos pintados, delante de la torre. No había sangre ni señales de violencia, pero era como si la sombra de la muerte estuviera realmente allí, a mi alrededor, riéndose a carcajadas de mí... o de ellas. Aunque te confieso que, a la vez, me he sentido atraído por la insólita belleza de la escena del crimen y de esas chicas muertas.

—La torre de la Batalla de las Naciones es un monumento a la muerte, lo sabes tan bien como yo.

—Sí, hay demasiadas leyendas sobre esos misteriosos gigantes, y los cien mil soldados que murieron en ese lugar hace dos siglos. Todo el mundo en Leipzig las conoce.

—Lo que no sé aún es adónde quieres llegar —comentó Clemens Eisembag.

Klaus Bauman no había olvidado la breve historia del monumento, pero tampoco le había preocupado nunca ignorar los detalles artísticos y arquitectónicos que aparecían en las guías turísticas. Apenas había ido por allí en algunas ocasiones durante su infancia, o cuando unos amigos, a los que Ingrid y él habían conocido en la escuela de policía, visitaron la ciudad. Para él sólo era una inmensa construcción de granito gris que se elevaba 91 metros sobre los bosques del sur de Leipzig, muy cerca del cementerio de Südfriedhof, para conmemorar el triunfo de una confederación de naciones europeas sobre el ejército de Napoleón en el año 1813. Ni siquiera había asistido a alguno de los actos del doscientos aniversario de la construcción de la torre, celebrado durante el año 2013.

Lo que sí recordaba era que la gran plaza de la torre había sido elegida por Hitler para pronunciar sus arengas nazis cuando visitaba Sajonia, antes de la Segunda Guerra Mundial; o que los últimos soldados alemanes de las SS se habían refugiado en la cripta, huyendo del ejército estadounidense que liberó la ciudad.

Y mientras pensaba en esto, Klaus Bauman buscó en los archivos de su portátil una de las fotografías que había hecho desde el helicóptero. La amplió en la pantalla y dijo:

—Mira bien estas imágenes, Clemens. Las cinco chicas y los sarcófagos pintados forman parte del monumento, es como si hubieran estado esculpidas en piedra ahí mismo, delante de la fachada, y esta madrugada hubieran adquirido su aspecto humano de un modo inexplicable. Sin embargo, lo más lógico es pensar que los cuerpos de las chicas fueron depositados a los pies del monumento por un motivo muy especial que aún no consigo entender. Tal vez una ofrenda, un sacrificio pagano o algo parecido.

—¿Un ritual esotérico? No..., no me vengas con esos demonios, es demasiado ingenuo —masculló el comisario—. Estoy seguro de que sólo es un montaje teatral para crear una impresión falsa. Desorientación, confusión, no hay otra causa que explique esa escena del crimen. Déjate de historias fantásticas y busca lo contrario de lo que parece. Tráfico de chicas, sexo, pornografía, prostitución... Ésas son las únicas razones ocultas de un crimen como éste.

Klaus Bauman sonrió con levedad. Su relación con el comisario, además de subordinada profesionalmente, tenía unas sólidas conexiones afectivas, casi familiares, por la amistad que había unido a su padre y a Clemens Eisembag durante su juventud, y en los años previos a la reunificación de las dos Alemanias. Erich Bauman había nacido en Leipzig y Clemens Eisembag, en Görlitz. Incluso tendrían la misma edad, sesenta y dos años, de no ser porque Erich Bauman había muerto en la cárcel de Turingia, después de ser condenado a cadena perpetua por alta traición al régimen comunista de Alemania del Este. Ambos eran entonces agentes de la Stasi, pero realmente trabajaban como espías infiltrados del gobierno de Alemania Federal. Tras la caída del Muro de Berlín, a Erich Bauman le impusieron una condecoración a título póstumo, y Clemens Eisembag fue incorporado a la Policía de Seguridad de Munich, hasta su traslado a Leipzig como comisario.

—Hay algo más —aclaró Klaus Bauman, con una voz cargada de solemnidad—. Estoy convencido de que las tres dimensiones de las pinturas de las tumbas y de las prendas de lencería de las chicas muertas son también las tres dimensiones en las que debemos centrar nuestras primeras investigaciones: arte, erotismo y muerte ritual.

—Quizá tengas razón. No lo había pensado de ese modo —aceptó el comisario.

—Ya he puesto a mi unidad a trabajar en esas tres dimensiones: Mirtha Hogg dirigirá la búsqueda de pintores urbanos que puedan decirnos algo sobre los sarcófagos y la lencería de las chicas; Karl Lein se ocupará, con los agentes que elija, de indagar entre jóvenes scort, prostitutas y narcotraficantes...

—¿Estáis examinando las cámaras de seguridad? —quiso saber el comisario, antes de que Klaus prosiguiera.

—No hay cámaras de seguridad exterior en el monumento, nadie tiene interés en vigilar una inmensa torre de piedra.

—¿Y dentro?

—Las cámaras de videovigilancia interior sólo tienen una función persuasiva. Son tan antiguas que no funcionan, y no se han sustituido por falta de presupu ...