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LAS GUERRILLAS EN COLOMBIA

Darío Villamizar

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Fragmento

ACRÓNIMOS Y ABREVIATURAS

AD M-19

Alianza Democrática Movimiento 19 de Abril

ADO

Autodefensa Obrera

ANAPO

Alianza Nacional Popular

ANUC

Asociación Nacional de Usuarios Campesinos

AUC

Autodefensas Unidas de Colombia

AVC

Alfaro Vive ¡Carajo! (Ecuador)

BA

Batallón América

Recibe antes que nadie historias como ésta

BGS

Bloque Guerrillero del Sur

CGSB

Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar

CIA

Central Intelligence Agency (Agencia Central de Inteligencia)

CICR

Comité Internacional de la Cruz Roja

CNG

Coordinadora Nacional Guerrillera

COCE

Comando Central del ELN

CRIC

Consejo Regional Indígena del Cauca

CRS

Corriente de Renovación Socialista

CSTC

Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia

CTC

Confederación de Trabajadores de Colombia

CUT

Central Unitaria de Trabajadores

DAS

Departamento Administrativo de Seguridad

DEA

Droug Enforcement Agency (Agencia Antidrogas de los Estados Unidos)

DIA

Defense Intelligence Agency (Agencia de Inteligencia de Defensa)

DIH

Derecho Internacional Humanitario

DNL

Dirección Nacional Liberal

DU-PLA

Destacamento Urbano Pedro León Arboleda

ERC

Ejército Revolucionario de Colombia

ERG

Ejército Revolucionario Guevarista

ERP

Ejército Revolucionario del Pueblo

ELN

Ejército de Liberación Nacional

EMC

Estado Mayor Central (de las FARC-EP)

EPL

Ejército Popular de Liberación

EZLN

Ejército Zapatista de Liberación Nacional (México)

FAL-FUL

Fuerzas Armadas de Liberación – Frente Unido de Liberación

FARC-EP

Fuerzas Armadas Revolucionaria de Colombia – Ejército del Pueblo

FF. AA.

Fuerzas Armadas

FF. MM.

Fuerzas Militares

FFG

Frente Francisco Garnica

FMI

Fondo Monetario Internacional

FMLN

Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (El Salvador)

FRF

Frente Ricardo Franco

FSLN

Frente Sandinista de Liberación Nacional (Nicaragua)

FU

Frente Unido

FUP

Frente Unido del Pueblo

FUN

Federación Universitaria Nacional

FUAR

Frente Unido de Acción Revolucionaria

IC

Internacional Comunista

IS

Internacional Socialista

JEGA

Movimiento Jorge Eliécer Gaitán por la Dignidad de Colombia

JMRL

Juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal

JUCO

Juventudes Comunistas

M-19

Movimiento 19 de Abril

MAQL

Movimiento Armado Quintín Lame

MB

Movimiento Bolivariano

MJBC

Movimiento Jaime Bateman Cayón

MIR

Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Chile)

MIR-COAR

Movimiento Independiente Revolucionario – Comandos Armados

MIR-PL

Movimiento de Integración Revolucionaria – Patria Libre

MLN-T

Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros

MOEC 7 de Enero

Movimiento Obrero Estudiantil Campesino 7 de Enero

MOIR

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario

MRL

Movimiento Revolucionario Liberal

MRTA

Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (Perú)

MP

Milicias Populares

M-26-7

Movimiento 26 de Julio (Cuba)

NSA

The National Security Archive (Archivo Nacional de Seguridad, organización privada, sin ánimo de lucro)

NSA

National Security Agency (Agencia Nacional de Seguridad),

OEA

Organización de los Estados Americanos

ONU

Organización de las Naciones Unidas

OPM

Organización Político-Militar

PCC

Partido Comunista de Colombia (Cambio de nombre en 1979 por Partido Comunista Colombiano)

PCCC

o PC3 Partido Comunista Clandestino de Colombia

PCC (M-L)

Partido Comunista de Colombia (Marxista-Leninista)

PNR

Plan Nacional de Rehabilitación

PSR

Partido Socialista Revolucionario

PST

Partido Socialista de los Trabajadores

PRT

Partido Revolucionario de los Trabajadores

TMLM

Tendencia Marxista Leninista Maoísta

UC-ELN

Unión Camilista – Ejército de Liberación Nacional

UJCC

Unión de Juventudes Comunistas de Colombia

UP

Unión Patriótica

UTC

Unión de Trabajadores de Colombia

URNG

Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (Guatemala)

USAID

United States Agency for International Development (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional)

PRÓLOGO

En la Cuba de hoy veneran oficialmente al revolucionario Ernesto Che Guevara como el “Guerrillero Heroico”, y los jóvenes estudiantes cubanos prometen “ser como el Che” en su juramento diario. El Che murió hace cincuenta años luchando en Bolivia por un ideal revolucionario que había concebido como “el escalafón más alto de la especie humana”. ¡Cuán romántica suena esa frase hoy, tan venida de otros tiempos! Pero no fue hace tanto que miles y miles de jóvenes, dispuestos a luchar y a morir por sus nociones de un mundo mejor, tomaron en serio declaraciones así.

En la actualidad, sin embargo, más allá de Cuba y Colombia, el término “guerrilla” prácticamente ha dejado de existir. En un mundo en el que la mayoría de los que luchan por el poder a través de las armas pertenecen a sectas islamistas hiperviolentas, como el Estado Islámico, Al Qaeda o sus allegados, el término idóneo para ellos es extremista o, al menos, terrorista, porque su método de lucha preferido es el terror. Los tiempos son otros.

Hace muchos años, un insurgente de ultraderecha me explicó por qué su organización acostumbraba a usar el terror como rutina: “Hay dos formas de pelear la guerra: a las buenas y a las malas. Las dos funcionan”. Él y sus camaradas pelearon “a las malas” porque es más brutal, más eficaz: la gente puede o no seguirte si luchas “por las buenas” —intentando convencerlos de qué tan justos son tus ideales—, pero su obediencia está asegurada si la alternativa es la muerte. Esa misma lógica se ha extendido tristemente por el mundo hasta convertirse en la norma actual.

No es que las guerrillas de América Latina y el Caribe de la época del Che nunca usaran la violencia extrema o incluso el terror, pero no era la norma. Hay una gran diferencia entre emboscar un camión que transporta soldados y darles muerte —por más penoso que sea—, que hacer explotar un coche bomba en un lugar público con el fin de matar indiscriminadamente a muchos civiles inocentes. El mismo Che aborrecía el uso del terror, y esa actitud se convirtió en un patrón de comportamiento de la mayoría. En ese sentido, los guerrilleros que surgieron en América Latina en los años de auge, en la década de los sesenta, eran casi unos “Robin Hood” comparados con los insurgentes contemporáneos.

De todos aquellos solo quedan las FARC-EP y el ELN en Colombia. Los demás, los Montoneros, los Tupamaros, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, los Sandinistas, la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas, el Ejército Guerrillero de los Pobres, los Zapatistas, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria —y tantos más que conmovieron la historia desde Chile hasta México—, o se han extinguido, o se han convertido en partidos políticos. Algunos incluso han ganado el poder político en sus respectivos países al disputar espacios ya no por las armas, sino por el voto. Dilma Rousseff, Daniel Ortega y José Mujica, así como Salvador Sánchez Cerén, el actual presidente de El Salvador, fueron guerrilleros en su momento.

Puede que estos personajes no sean santo de devoción de todos, pero nadie niega su relevancia histórica y tampoco, en alguna medida, su representatividad política en sus países. En Colombia, los exguerrilleros del M-19 Antonio Navarro Wolff y Gustavo Petro son políticos tan activos como visibles, y dentro de poco tiempo, sin duda, habrá exguerrilleros de las FARC-EP buscando ser políticos electos también, dado que fue una de las precondiciones para su desmovilización dentro del acuerdo de paz que firmaron sus líderes con el Gobierno, en 2016. En unos años, quizás, habrá un alcalde “Pastor Alape” (José Lisandro Lazcarro), un congresista “Carlos Antonio Lozada” (Julián Gallo Cubillos) o un senador “Timoleón Jiménez” (Rodrigo Londoño).

El autor de este libro, Darío Villamizar, también fue guerrillero en su juventud. Desde entonces ha pasado su vida dedicado a escribir sobre la historia del conflicto colombiano; ha trabajado activamente en múltiples gestiones de paz y reconciliación. Es un gran cronista e historiador. Su gran biografía del líder del M-19, Jaime Bateman, es de referencia consagrada y obligatoria en Colombia. ¿Quién mejor para escribir la gran crónica de la historia de las guerrillas colombianas?

En su proemio, se pregunta si el momento actual no es el fin del ciclo guerrillero que empezó en Colombia hace casi siete décadas; lo hace sin tener la respuesta aún, pero se nota su optimismo al respecto. De hecho, la premisa del libro como tal está basada en esa esperanza. Dice tener como intención plasmar la historia de la guerrilla en Colombia desde sus orígenes hasta la actualidad; nos cuenta que hubo no menos de treinta agrupaciones insurgentes en ese periodo. En el libro de 832 valiosas páginas, donde se incluyen documentos fundacionales y otros como declaraciones, acuerdos y comunicaciones de la guerrilla, Villamizar nos narra el origen, la formación y la historia de cada uno de estos grupos a través del tiempo. Este es un esfuerzo verdaderamente enciclopédico y de gran rigor histórico; es el resultado de una investigación impresionante que incluyó entrevistas del autor con exguerrilleros, el estudio de archivos de prensa y de otros archivos en varios países, incluido Estados Unidos, donde logró el acceso a documentos desclasificados del Departamento de Estado, de la CIA, la DIA y otras agencias del Gobierno. Aquí está todo: el asesinato de Gaitán, La Violencia, Marquetalia, el Partido Comunista y el papel de la Revolución Cubana; el cura Camilo Torres; Marulanda y la creación de las FARC; el ELN; el M-19; los paramilitares y el narcotráfico; Gabriel García Márquez y Jaime Bateman; los esfuerzos de unidad guerrillera y sus fraccionamientos; las atrocidades, las masacres y los asesinatos nefastos y célebres; los secuestros; las intentonas de diálogo y de paz, tanto las frustradas como las exitosas; el Caguán; el Plan Colombia; Uribe y la política de Seguridad Democrática; el advenimiento de Santos, su acercamiento a las FARC-EP y su abrazo con Timochenko.

En su conclusión, Darío Villamizar mantiene un tono de cauteloso optimismo hacia el futuro al citar un comunicado conjunto de 2016 firmado por los jefes guerrilleros Timochenko y Gabino, en el que ambos afirmaron sus anhelos de paz. No tengo duda de que se expresa con profunda sinceridad. Hace casi veinte años, cuando Gabo aún vivía y yo conocí a Villamizar, estaba tan deseoso de la paz en Colombia como lo está hoy. En ese momento, los paracos estaban en pleno auge, cometían sus atrocidades por doquier y contaban con la complicidad del Ejército, la anuencia del Gobierno, y la vista gorda de muchos colombianos. Las FARC-EP campeaban a sus anchas en muchos territorios del país; era la época de las pescas milagrosas, y también de nefastos ajusticiamientos. No era un cuadro para nada esperanzador, y, un día, Darío Villamizar me manifestó que esperaba que Gabo interviniera con sus dotes de escritor venerado por todos, en aras de la paz: “En este momento necesitamos a alguien con gran autoridad moral y espiritual. Gabo es la única persona que podría interponerse entre ambos bandos y decir: ‘No más’. Todo el mundo lo escucharía. Si pudiera desempeñar ese papel, sería una cosa tremenda para Colombia”.

Pero no se pudo lograr en ese momento. Colombia siguió viviendo su tenebrosa realidad, cumplió con creces el triste pronóstico de Alfonso Cano, quien, al comienzo de un diálogo en 1991, dijo que si no lograban la paz entonces, él y sus contrapartes oficiales estarían condenados a volver a sentarse “dentro de diez mil muertos más”.

Ahora que sí se ha logrado firmar un acuerdo —después de 53 años de lucha armada— las FARC-EP han entrado en la fase final de desarme y desmovilización. Los líderes guerrilleros dicen que no hay vuelta atrás para ellos; es la esperanza de todos de que lo acordado se cumpla por parte del Gobierno y de que se logre también una salida definitiva para el grueso de los combatientes. De los treinta grupos guerrilleros que surgieron en Colombia durante el último medio siglo, solo queda ahora el ELN, y también está dialogando. Hay otros grupos armados, pero no son guerrilleros como tales, sino bandas de narcoparamilitares. No son una broma. Hay miles de hombres armados en estos grupos violentos que todavía andan matando con impunidad y creando zonas inseguras en Colombia. No tienen ideología más allá de la lógica de cualquier banda criminal que busca sobrevivir y perpetuarse en un territorio escogido para seguir lucrando del negocio de turno, ya sea el tráfico de cocaína o de marihuana, la minería ilegal, la extorsión o el tráfico de inmigrantes de paso hacia el norte.

El gran reto es del Estado colombiano. Por primera vez en su historia tiene que extenderse y establecer el Estado de Derecho a nivel nacional. Cuando exista un Estado que represente a todos los colombianos, ya no habrá más guerrilleros en el país.

Pero también hay otros retos, más discretos y a nivel individual, y tienen que ver con la forma en que los ciudadanos colombianos se conciben a sí mismos; cómo se juzgan los unos a los otros, y cuán tolerantes pueden ser frente a las diferentes visiones filosóficas y sociales.

¿Qué harán, por ejemplo, con Ileana? Ella es una joven guerrillera con quien me encontré en el Yarí el año pasado. Me contó que se había incorporado a la guerrilla a los quince años. Cuando la conocí, tenía veintiséis. Había pasado once años en la guerrilla, y se veía, naturalmente, como guerrillera y estaba orgullosa de sí misma. Le pregunté por qué había ingresado a la guerrilla y me relató, con la lógica sencilla de una chica campesina: “Éramos ocho en la casa, nuestro padre se había marchado. Un día pasó la guerrilla por mi pueblo y les dije que quería incorporarme. El jefe decía que era muy joven, pero insistí. Era la mejor decisión de mi vida”. Ileana se sentía orgullosa, explicaba, porque creía que ella y sus camaradas habían logrado algo en la lucha armada: el reconocimiento del Estado, y la paz. Ahora quería ir al colegio y estudiar Historia. Quería también volver a ver a sus familiares y ayudarles porque eran pobres. Agregó que deseaba ayudar también a “todos los colombianos”.

Esto lo dijo Ileana con una inocente convicción que chocaba con mi percepción de la realidad pragmática que existe en los pueblos y ciudades más allá del territorio guerrillero, y me preguntaba, en ese momento, si habrá espacio para Ileana y su idealismo en la Colombia actual. Ojalá. De alguna manera, el futuro del país depende de que sí.

La situación actual de Colombia me recuerda un encuentro que tuve hace años en El Salvador hacia el final de su guerra civil. Allí pasé un tiempo en las montañas con guerrilleros de las Fuerzas Populares de Liberación; entre ellos llegué a conocer a Haroldo. Era treintañero y había estado diez años en la lucha armada. Era poeta. Me decía que, a pesar de su compromiso con la revolución, se sentía profundamente triste por el mundo más allá de la montaña. Hablaba de la montaña no solamente como un fenómeno geográfico, sino espiritual. Por supuesto, era el lugar donde estaban los guerrilleros, donde la revolución abrigaba su fuerza; era la “otra realidad” del país. Pero Haroldo lamentaba la división entre su hogar rural clandestino y la ciudad en la que creció, que seguía bajo el mando del Gobierno. Eran dos mundos, en sus palabras, “tan distintos como el agua y el aire”: “Tienen viscosidades diferentes. La vida comunal que llevamos aquí está más de acuerdo con la manera en que nos gustaría ver el mundo, pero no es mejor en todos los aspectos. Necesitamos otra, por eso es que queremos construir una sociedad nueva, y esa nueva sociedad tendrá mucho de esta vida, y también mucho de esa otra. Estamos tratando de abrir caminos entre ambos mundos, no de crear un reino bucólico y separado. Queremos sacar al país entero de su miseria, para que no haya fronteras en él”.

JON LEE ANDERSON

Junio de 2017.

PROEMIO
¿EL FIN DEL CICLO GUERRILLERO?

Los ciclos en la historia no tienen un día de inicio ni otro al final, no registran una temporalidad definida. Generalmente están relacionados con algún acontecimiento trascendente, y así se recuerdan a través de los tiempos y a lo largo de generaciones. El comienzo del ciclo guerrillero contemporáneo en América Latina y el Caribe está estrechamente ligado al triunfo revolucionario en Cuba al amanecer de 1959, aunque sus antecedentes inmediatos se remontan al 26 de julio de 1953, cuando los mismos rebeldes asaltaron los cuarteles del Moncada y Céspedes en Santiago y Bayamo, respectivamente. Este primer paradigma inspiró a jóvenes de todo el continente, que de inmediato iniciaron los preparativos para lanzarse a la lucha armada. No había nada que esperar.

En Colombia, bajo la modalidad de la autodefensa campesina por la tierra y por la vida, de resistencia a la dictadura y al excluyente Frente Nacional, se desarrollaba desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en abril de 1948, un movimiento armado, primero liberal y luego comunista: “Cuando triunfa la Revolución Cubana, nosotros teníamos diez años de ser guerrilleros en Colombia”, señaló Jaime Guaracas, uno de los últimos marquetalianos1 vivos. Tal como ocurrió en el resto del continente, los albores del triunfo guerrillero en Cuba trajeron consigo las primeras tentativas insurreccionalistas, encabezadas por el MOEC-7 de Enero, el FUAR y las FAL-FUL y otros intentos menores.

A la par, se fortalecía el grupo de inspiración comunista que desde 1966 se conoció como FARC, y lanzaban sus manifiestos fundacionales el ELN y el EPL, organizaciones de inspiración guevarista y maoísta, respectivamente. Las agrupaciones de entonces, incipientes en armamento y escasas de combatientes, no siempre reconociendo su inferioridad militar, aplicaban las tácticas de la guerra de guerrillas y utilizaban el secreto, el factor sorpresa, intentaban preservar sus fuerzas y desgastar a su “enemigo”, y daban los primeros pasos desde la defensiva para pasar a acciones más ofensivas, lo que les causó serios reveses militares.

El escenario cambió parcialmente a comienzos de los años setenta, y las ciudades registraron con fuerza el accionar de expresiones de guerrilla urbana como el M-19, sumado a pequeños grupos más radicales y efímeros, del corte de ADO y el PLA. Algo parecido había ocurrido años atrás en Brasil, Uruguay y Argentina, donde guerrillas como la Alianza Libertadora Nacional, los Tupamaros, el ERP y los Montoneros habían cumplido su ciclo histórico y las dictaduras se afianzaban sobre miles de torturados, desaparecidos y asesinados. Eran los años oscuros de la doctrina de seguridad nacional y de los planes coordinados por la CIA y otras agencias de la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, con operaciones como Cóndor y Phoénix. Ese formato dictatorial y de golpe de Estado no fue necesario en nuestro país, donde la élite tradicional era una sola e incluía por igual a políticos, militares y sectores económicos; el aparato estatal, consolidado igualmente sobre miles de torturados, desaparecidos y asesinados, contaba con los instrumentos que se requerían para acentuar la exclusión y combatir a los que consideraba “el enemigo interno”; fue así como la norma de excepción del estado de sitio, contemplada en el Artículo 121 de la Constitución de entonces, se convirtió en cuasi permanente para afianzar la represión; basta un ejemplo: de los 192 meses que duró el Frente Nacional, 126 se vivieron bajo el estado de sitio.

El segundo paradigma se registró a mediados de 1979, con la victoria de la Revolución Sandinista y los avances de las organizaciones guerrilleras en El Salvador y Guatemala. En Colombia las guerrillas rurales habían remontado ya sus crisis de nacimiento y el M-19 daba un salto estratégico formando igualmente frentes armados en regiones selváticas del sur del país. En los años ochenta surgirían nuevas expresiones como el MAQL, PRT y FRF, con desarrollos desiguales, distintas demandas y posiciones político-militares diferenciadas; es aquí donde empiezan a aflorar las particularidades de la lucha armada en nuestro país, con respecto a otros de América Latina. Desde entonces, dos elementos se instalaron con fuerza en el ideario de las filas insurgentes: la negociación como una salida al conflicto político armado y la búsqueda de la unidad guerrillera. Asistimos de esa manera a procesos de diálogo y acuerdos que sucedieron en los gobiernos de Betancur y Barco, y al nacimiento de espacios unitarios como la CNG y posteriormente la CGSB, que buscaba, no siempre con éxito, superar la tradicional tendencia a la fragmentación.

Entre 1990 y 1994 se materializaron las primeras paces y desmovilizaciones guerrilleras, acompañadas, una vez más, de incumplimientos o cumplimientos tardíos y parciales por parte del Estado, que aspira entonces y ahora a acuerdos de bajo costo. A la par, los grupos más antiguos, ELN y FARC-EP, registraron importantes desarrollos que les permitieron ampliar su base social y territorial y mantenerse en pie, pese a los golpes recibidos en la arremetida estatal y narcoparamilitar que se desató bajo el ala de la seguridad democrática y sus planes Colombia y Patriota2. Para entonces, ya las FARC-EP habían sobrepasado los diálogos en El Caguán, donde lograron materializar nuevas estructuras políticas y militares y dar un salto cualitativo hacia escenarios internacionales. Lo que vino a continuación fue un nuevo espacio de negociaciones que se llevó a cabo en los dos mandatos del presidente Santos.

Presenciamos hoy lo que sería el final del ciclo guerrillero en América Latina y el Caribe. Conocer y entender ese pasado tan reciente, nos ayuda a explicarnos el presente. Para la historia de las guerrillas en Colombia y en el continente, la fecha del 23 de junio de 2016 quedará como el día en que el grupo más sólido y antiguo pactó con el Gobierno el cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y la dejación de sus armas, e inició el proceso de reincorporación a la vida civil y la transformación en un partido o movimiento político. No hubo otra guerrillera que tuviera tal duración en el tiempo, ni que alcanzara un crecimiento sostenido y una cifra tan alta de combatientes; tampoco una organización que lograra la operatividad rural y urbana de las FARC-EP, con acciones complejas como la toma de Mitú o el ataque en Cali a la Asamblea Departamental y el secuestro de los doce diputados, para citar solo dos ejemplos en la larga cadena de su accionar.

De esa guerra y esa conflictividad venimos los colombianos, pero ¿hacia cuál paz vamos? En primer lugar, el Estado —ese Estado invisible para muchos— no llegó monolítico a este momento de implementación de los acuerdos alcanzados entre el Gobierno y FARC-EP; hay en su interior posiciones encontradas. Por primera vez en muchas décadas existe una oposición virulenta de extrema derecha al gobernante, en este caso el presidente Santos; se trata de una oposición bastante distinta a la que en contra del Estado adelantaron durante años las diferentes insurgencias. Este “fraccionamiento” contribuye a que existan varias visiones sobre la paz: para el Gobierno Nacional es la oportunidad de adelantar reformas que exigen los tiempos modernos y fortalecer la imagen del Presidente; la paz que vislumbran las FARC-EP y otros sectores progresistas es una apuesta a la democracia, la participación y las conquistas sociales, partiendo de lo más próximo a sus intereses políticos como son los territorios de su influencia; por otra parte, la paz desde sectores de la extrema derecha se concibe como excluyente, autoritaria y recortada, sin cambios a la vista, y mucho menos los que tengan que ver con el agro, como es el propósito del primer tema de los acuerdos de La Habana. En esa disputa por la paz, el Estado tiene hoy una oportunidad si cumple con lo pactado, en particular si brinda la debida seguridad a los excombatientes y las regiones, si lleva a cabo las reformas necesarias para alcanzar transformaciones sociales y logra un replanteamiento a fondo de la política colombiana que permita aflorar nuevos liderazgos nacionales y facilite el derecho a la participación de nuevos actores.

En segundo lugar, confluyen voluntades que no fueron convocadas a participar en las negociaciones e implementación de los procesos de paz anteriores; me refiero en particular al papel activo de altos mandos de la fuerza pública que desde el comienzo de la mesa rompieron el escepticismo histórico hacia la paz, para ser hoy sus actores y constructores, lo que no ocurrió con muchos que se encuentran en uso de buen retiro, señalados recientemente por el exembajador de Estados Unidos en Colombia Myles Frechette de estar presionando al presidente Santos. En esa línea, al igual que ocurrió con las paces firmadas en los años noventa, la voluntad de la dirigencia de las FARC-EP y de sus combatientes es cierta, pese a las dificultades que tiene hasta ahora la implementación de lo acordado. Una materia pendiente es el rol que las comunidades deben tener en el proceso; la pérdida del SÍ en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, gracias entre otros factores a campañas con mentiras que permitieron la manipulación de la información pública, condujo a movilizaciones coyunturales de diversos sectores sociales que pedían a gritos que no se detuviera lo avanzado hasta ese momento; logrado lo anterior, se hace necesario meterle pueblo a la paz, como dijera Jaime Bateman.

Así las cosas, tercer aspecto, la presencia durante la negociación con las FARC-EP, y ahora con el ELN, de países garantes y acompañantes, así como las tareas que tiene la Misión Especial de la ONU y el amplio apoyo de la comunidad internacional —que no existió o fue muy tímido en los acuerdos de los años noventa—, se constituyen en soportes indispensables para sacar adelante los propósitos de una paz estable y duradera. Hoy, el compromiso de la comunidad internacional incorpora también un componente práctico que tiene que ver con soluciones que permitan el flujo de los negocios y la necesaria preservación del medioambiente, afectado igualmente por la confrontación; al respecto, la salida de las tropas de las FARC-EP de regiones donde tenían presencia histórica ha significado la expansión de la minería ilegal y de monocultivos de uso ilícito y la destrucción de grandes extensiones de bosques.

Las últimas páginas de estas historias aún no se han escrito. Tengo la certeza de que, de las cenizas de muchas de las organizaciones de que trata este texto, de sus derrotas, triunfos y errores, surgieron experiencias muy valiosas, y hombres y mujeres que, desde la participación democrática y espacios políticos, sociales y económicos, están por la construcción de un mundo mejor. Sean estas líneas la ocasión para reiterar la necesidad que tenemos como sociedad de alcanzar altas dosis de reconciliación, tolerancia, confianza, aceptación, comprensión y apoyo mutuo. Verdad, justicia, reparación y suficientes medidas de no repetición son las antesalas necesarias para alcanzar un horizonte de respeto en la diversidad, convivencia y posibilidades ciertas de construcción de una paz estable, duradera y sustentable.

Este libro hace parte de la memoria histórica de las guerrillas en Colombia que se encuentra dispersa en varios cientos de textos, testimonios, narraciones, informes, biografías, documentos fílmicos y fotográficos, que cuentan y analizan los casi setenta años de este conflicto político armado contemporáneo, aún en proceso de resolución. Hay además otras que no se han escrito o poco se cuentan, historias de dolor que se guardan en los recuerdos y en los corazones de muchas mujeres y muchos hombres, que de alguna manera se acercaron o se vieron involucrados en la confrontación. Otra parte de esas historias permanece oculta, enterrada en archivos oficiales o privados, legales o clandestinos, contrariando uno de los propósitos centrales en los procesos de transición al cierre de conflictos políticos armados o finales de períodos dictatoriales, que es dejar las cosas claras para así cumplir con el deber y el derecho a la verdad. De allí la importancia de que desde el Estado, y desde los grupos guerrilleros que se encuentran en procesos de negociaciones y paz, se adelante la desclasificación, apertura, y se facilite el acceso a documentos que consideran secretos. Así, el camino hacia la verdad va a ser más fácil.

Desde una perspectiva integral, y en una secuencia cronológica, este trabajo analiza el surgimiento, desarrollo y proceso final de las organizaciones guerrilleras en Colombia entre 1950 y hoy, período en el que se registra la existencia de más de treinta grupos diferentes entre sí en cuanto a lineamientos y objetivos políticos e ideológicos, composición social, número de combatientes, presencia territorial, nexos con movimientos sociales, dimensiones y tiempo de persistencia en el accionar político-militar. Esta narración no pretende mitificar o condenar la actuación de las distintas guerrillas, pero sí que se aprecien sus contrastes e interrelaciones y sus particulares formas de ver la realidad política y el desarrollo de nuestra sociedad, como parte de la “cultura política”, que incluye sus normas, valores y antivalores, percepciones y costumbres.

Las fuentes principales para este libro fueron los documentos propios de las distintas agrupaciones guerrilleras, testimonios de los protagonistas, documentales, análisis y textos publicados a lo largo de los años, e informaciones de medios de comunicación. He recurrido a una fuente primaria poco estudiada, como son los documentos desclasificados referidos a Colombia, producidos por distintas agencias de la llamada Comunidad de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA, DIA, NSA, Departamentos de Estado y de Justicia, entre otras), que explican por sí solos varios hitos y comportamientos imperiales en estas historias; estos y muchos otros documentos me los facilitó The National Security Archive, una organización de investigación sin ánimo de lucro basada en la Universidad George Washington, en Estados Unidos.

Para mayor comprensión del lector, he organizado los contenidos de este libro en nueve capítulos, un colofón y un anexo de documentos fundacionales de las organizaciones más relevantes de estas historias; al final se encuentra un diagrama genealógico que explica el origen de cada una de ellas, sus fraccionamientos, alianzas y nuevos agrupamientos, todo esto enmarcado en una línea de tiempo. El capítulo inicial aborda el contexto internacional y el rol que le correspondió a Colombia durante la Guerra Fría, sumado a los avatares en el campo comunista internacional, las expresiones nacionalistas y revolucionarias en países como Bolivia, Guatemala y Argentina, y el significado e incidencia del triunfo revolucionario en Cuba. El capítulo dos ahonda en el contexto nacional de la primera mitad del siglo XX, desde la Guerra de los Mil Días y los primeros asomos del comunismo en nuestro país, hasta el asesinato de Gaitán y las posteriores expresiones armadas de liberales y comunistas durante la década de los años cincuenta. El capítulo tres contempla los intentos iniciales de guerrillas revolucionarias surgidas al calor del triunfo cubano, como antecedentes inmediatos de las organizaciones que se van a formar a mediados de los años sesenta, tema de que trata el capítulo cuatro. Los capítulos siguientes —cinco y seis— son prolijos en el surgimiento de nuevas guerrillas, en particular las que optaron por las ciudades como el escenario principal de su accionar y la organización del MAQL, única guerrilla que respondió a mandatos de la comunidad, en este caso de los indígenas del Cauca; el período coincide con las primeras expresiones de búsqueda de una solución política a la confrontación, tanto desde sectores de la insurgencia como desde el Gobierno. La unidad guerrillera, sus aciertos y dificultades, se estudian en el capítulo siete; en los capítulos finales, ocho y nueve, se presta especial atención a los procesos de paz de los años noventa, en particular al proceso iniciado con las FARC-EP en La Habana y a las actuales negociaciones con el ELN.

El autor, mayo de 2017.

I
UN MUNDO CAMBIANTE

LA GUERRA FRÍA Y SUS SECUELAS EN COLOMBIA 3

Pese a los grandes intereses económicos de Alemania en nuestro país4, y a las evidentes simpatías de sectores conservadores hacia el Eje fascista Roma-Tokio-Berlín, Colombia hizo parte de los gobiernos americanos que durante la Segunda Guerra Mundial se alinearon junto a Estados Unidos y potencias aliadas ante la expansión nazi. El 8 de diciembre de 1941, a raíz del bombardeo japonés a la base de Pearl Harbor, el gobierno de turno decidió la ruptura de relaciones con los países del Eje e inició una férrea vigilancia contra ciudadanos alemanes y japoneses; sus bienes fueron congelados, se organizaron campos de concentración, los colegios a los que asistían sus hijos fueron clausurados y se descubrieron supuestos golpes de Estado, redes de espionaje y múltiples conspiraciones. Tras el hundimiento de la goleta Ruby y ataques anteriores por parte de submarinos alemanes, Colombia le declaró la guerra a Alemania el 26 de noviembre de 1943. Hasta entonces, el papel de nuestro país no pasaba de patrullar el Caribe en tareas de protección del Canal de Panamá, amenazado por decenas de barcos de guerra. Para ese momento se habían fortalecido los vínculos militares y económicos con Estados Unidos a través de acuerdos que permitieron mejorar la capacidad de las Fuerzas Militares colombianas.

Cuando apenas transcurría el año inicial del fin de la Segunda Guerra Mundial, se asomaron las primeras tensiones ideológicas, políticas, militares y económicas entre Estados Unidos y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), antiguos socios en la Gran Alianza en la lucha contra el Eje liderado por la Alemania nazi de Hitler. En medio de mutuas amenazas y acciones abiertas o embozadas, transcurrieron las relaciones entre las dos superpotencias durante los siguientes 45 años, hasta 1991, cuando se produjo la caída o disolución del Imperio soviético. Para Eric Hobsbawm, estos 45 años no fueron un período de la historia universal homogéneo y único. La rivalidad e incompatibilidad entre Estados Unidos y la URSS incluyó a los países bajo sus respectivas órbitas y tuvo como escenario al planeta entero, y más allá, si consideramos la carrera espacial como parte de este conflicto latente y con enfrentamientos inminentes. Mediante el Acta de Seguridad Nacional de 1947, Estados Unidos se dotó de normas e instituciones para el espionaje y la intervención a nivel mundial, tales como el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), en busca del papel hegemónico al cual se creía predestinado.

Durante el transcurso de esos 45 años fueron muchos los momentos, las circunstancias y los puntos de la geografía global en los que, a través de revoluciones frustradas o triunfantes, golpes palaciegos, revueltas étnicas, sociales o religiosas, guerras de liberación nacional o dictaduras de derecha o de izquierda, las potencias estuvieron a punto de chocar, y producirse así una conflagración entre Este y Oeste mediada por el poderío nuclear y los afanes expansionistas de ambos bandos. En ningún momento las superpotencias descuidaron sus aspiraciones por alcanzar la hegemonía nuclear al incrementar sus arsenales, desarrollar nuevas armas de destrucción masiva, realizar pruebas atómicas con bombas de alta capacidad y colocar al planeta al borde de una nueva confrontación militar de gran escala. Una guerra sin combates reales, pero sí con la voluntad de los contrincantes de ir a combatir. Nunca se les presentó esa oportunidad, salvo una breve escaramuza en el marco de la Guerra de Corea, cuando pilotos de los dos bandos cruzaron sus metrallas en la que sería la primera y única ocasión de pasar a los hechos, en medio de permanentes incitaciones a terceros.

Tanto Colombia como el resto de naciones de América Latina y el Caribe se ubicaron —o fuimos ubicados— en el grupo de países bajo la égida de Estados Unido, su retaguardia o “patio trasero”. No teníamos otro papel. Sobre nosotros ya recaía la Doctrina Monroe de 1823 —“América para los americanos”—, que rechazaba el colonialismo europeo y su intervención en asuntos internos de los países americanos, pero dejaba abiertas las puertas al expansionismo de Estados Unidos. Era el “destino manifiesto”, según el cual el control del mundo por parte de Estados Unidos se hacía en cumplimiento de la voluntad divina. Con los acuerdos tras el fin de la guerra5, estaba claro que seguíamos siendo parte de su área de influencia. Definitivamente, de esa no nos salvábamos.

Como parte de los acuerdos alcanzados en la Conferencia de Yalta se concretó la idea de crear un organismo internacional que reemplazara a la ya caduca e ineficiente Sociedad de las Naciones. Una instancia supranacional que, en efecto, se encargara de velar por el mantenimiento de la paz y la seguridad en todo el mundo. En la conferencia realizada en San Francisco (Estados Unidos), a la que asistieron cincuenta naciones, entre ellas Colombia, representada por el liberal Alberto Lleras Camargo, se elaboró la Carta de las Naciones Unidas, firmada el 26 de junio de 1945. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) inició sus tareas el 24 de octubre del mismo año, y se dotó de un Consejo de Seguridad de diez miembros elegidos —no permanentes— y cinco permanentes, “los cinco grandes”, las potencias ganadoras de la Segunda Guerra Mundial (China, Estados Unidos, Francia, URSS y el Reino Unido), con poder de veto sobre decisiones clave dentro del organismo como las amenazas contra la paz provenientes de conflictos armados internos, entre Estados, subregionales o regionales, entre otras. La ONU llegó para quedarse y se convirtió desde entonces en una ficha importante de la geopolítica.

El mundo se debatía entre capitalismo y comunismo como sistemas contrapuestos, antagónicos e irreconciliables. Cada uno de ellos en disposición de alcanzar la supremacía política, militar y económica. En Washington y Londres ya se preveía la caída de “un pesado telón de acero”6 que aislaría a Oriente de Occidente, hecho que ocurrió, de manera figurada, a partir del Golpe de Praga, en febrero de 1948, con el apoyo de los soviéticos, y llevó al Partido Comunista de Checoslovaquia al poder.

Para entonces hacía carrera la Doctrina Truman, presentada por el presidente de Estados Unidos7 ante el Senado de su país en marzo de 1947, a raíz de la insurrección comunista de los partisanos del ELAS —Ejército Nacional de Liberación Popular en Grecia—, primer conflicto bélico posterior a la Segunda Guerra Mundial, en el cual Gran Bretaña y Estados Unidos podrían perder un aliado importante en el Mediterráneo. En su solicitud de poderes especiales para proteger al “mundo libre”, Truman pidió autorización para brindar ayuda económica y asistencia civil y militar a los gobiernos griego y turco: “Si vacilamos en nuestra misión de conducción podemos hacer peligrar la paz del mundo y, sin lugar a dudas, arriesgaremos el bienestar de nuestra propia nación”8.

La consolidación del dominio de Estados Unidos sobre nuestra región vendría de la mano de nuevos acuerdos multilaterales como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en Río de Janeiro en 1947; en el Artículo 3°, numeral 1, señalaba como principio rector la defensa conjunta de los países signatarios frente a una agresión externa: “Las Altas Partes Contratantes convienen en que un ataque armado por parte de cualquier Estado contra un Estado americano será considerado como un ataque contra todos los Estados americanos y, en consecuencia, cada una de dichas Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva que reconoce el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas”9. En la redacción de los contenidos del TIAR intervino directamente el expresidente colombiano Alberto Lleras Camargo, quien gobernó en un primer período entre 1945 y 1946, en reemplazo del liberal Alfonso López Pumarejo; posteriormente fue presidente de la República entre 1958 y 1962, en el gobierno inicial del Frente Nacional, acuerdo bipartidista entre liberales y conservadores.

La misma formación de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en el marco de la IX Conferencia Internacional Americana (Panamericana), inaugurada en Bogotá el 30 de marzo de 1948, fue “[…] el más importante acontecimiento de la historia de las relaciones de los Estados del hemisferio occidental”, según el informe que presentó en Washington ante el Consejo del organismo su secretario general, Alberto Lleras Camargo.

La IX Conferencia creó la Junta Interamericana de Defensa como comité consultivo para la colaboración militar entre las naciones del hemisferio; las sesiones duraron 34 días y fueron presididas por el ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, el jefe conservador Laureano Gómez. Apenas transcurridos los diez primeros días de deliberaciones, fue asesinado el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán; el comunismo internacional fue culpado de inmediato del crimen. Esa tesis, levantada desde el Alto Gobierno y apoyada por el general Marshall, como jefe de la delegación de Estados Unidos, se mantuvo durante muchos años: la revuelta popular del 9 de Abril fue atribuida a una conspiración del comunismo criollo e internacional, y produjo la casi inmediata ruptura de relaciones diplomáticas con la URSS, situación que se mantuvo hasta 196810. Algunos medios de prensa escrita se encargaron, durante años, de mantener y dar rienda suelta a la tesis de un “complot comunista”; sus titulares de primera página así lo expresaban constantemente. Mientras tanto, la OEA, ese “ministerio de colonias yanquis”, como la denominó Fidel Castro11, emitía su versión de los hechos: “Nunca como entonces se pudo ver que los pueblos del hemisferio americano, agrupados en la organización que recibió su bautismo en Bogotá, son, en la realidad, una sola y gran familia, cuyos sentimientos fraternales se hicieron presentes a una república hermana en desgracia con la más noble discreción y firmeza”12. Así actuaría la OEA a futuro, como “una sola y gran familia”.

Las mayores preocupaciones de los gobiernos de hemisferio se centraban en concertar acciones contra las “agresiones expansionistas del comunismo internacional”. Entre el 26 de marzo y el 7 de abril de 1951 se celebró en Washington D.C. la Cuarta Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de los países miembros de la Organización de los Estados Americanos (OEA). El Acta Final contiene las conclusiones aprobadas; la Resolución III sobre Cooperación Militar Interamericana recomienda “a las repúblicas Americanas […] cooperar entre sí, en materia militar, para desarrollar la potencia colectiva del Continente necesaria para combatir la agresión contra cualquiera de ellas”.

Con base en esa determinación se estableció en 1952 el “Plan de los gobiernos de Colombia y los Estados Unidos de América para su defensa común”:

1. Situación general:

Fuerzas enemigas

La seguridad de Colombia y de los Estados Unidos, junto con la de los otros países del hemisferio occidental, es amenazada por los designios imperialistas de la URSS. En este momento la amenaza puede tomar forma de actividades subversivas y de sabotaje diseñadas para debilitar los dos países. La URSS tiene la capacidad de iniciar una guerra sin previo aviso. Dado el caso, la forma de actuar del enemigo más probable sería a través de ataques aéreos contra instalaciones vitales, de ataques submarinos contra conexiones marítimas, de redadas y del aumento de la subversión y el sabotaje.

Fuerzas amigas

La mayor parte de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos puede estar comprometida en operaciones fuera del hemisferio occidental de tipo defensivo para prevenir ataques directos en el hemisferio; y en otras de tipo ofensivo para llevar la guerra a la fuente del poder del enemigo. Esta estrategia está en consonancia con la doctrina de defensa aprobada en el ‘Esquema de Defensa Común para el Continente Americano’, que llama a tomar acciones ofensivas con el fin de derrotar cualquier agresión. La misma doctrina enuncia el principio según el cual cada Estado americano debería contribuir a la defensa colectiva del hemisferio. A causa de los requerimientos por fuera del hemisferio, Estados Unidos debe reducir sus fuerzas dentro del hemisferio al mínimo. Por lo tanto, el esfuerzo colectivo de todos los países del hemisferio occidental es necesario para proveer su adecuada defensa.

2. Misión:

Defender el hemisferio occidental de cualquier forma de agresión al coordinar los esfuerzos de defensa de Colombia y de los Estados Unidos de América.

Fuente: Secret, Security Information. Plan of the governments of Colombia and the United Stated of America for their common defense, 1952. The National Security Archive (NSA), Colombia and the United States: Political Violence, Narcotics and Human Rights, 1948-2010. Documentos desclasificados de diferentes agencias de seguridad del Gobierno de Estados Unidos.

El primer escenario militar de la Guerra Fría fue la confrontación que se adelantó en Corea a partir del 25 de junio de 1950, cuando tropas del norte comunista atravesaron el Paralelo 38, por donde había sido dividida la Península tras la Segunda Guerra Mundial. La Guerra de Corea contó con el apoyo directo de Estados Unidos y sus aliados a la República de Corea, en el sur; y de los soviéticos y la China de Mao a la República Democrática de Corea, en el norte comunista. Colombia, pese a la conflictiva situación interna, fue uno de los dieciséis países que hicieron parte de la fuerza multilateral que conformó las Naciones Unidas por decisión de su Consejo de Seguridad, y el único país de América Latina que envió tropas de combate agrupadas en el Batallón de Infantería N° 1 Colombia, al mando del entonces teniente coronel Jaime Polanía Puyo, y con un Estado Mayor en el que participaban el teniente general Alberto Ruiz Novoa y el capitán Álvaro Valencia Tovar, posteriormente oficiales destacados en la lucha contraguerrillera y ministros de Guerra en gobiernos siguientes; los militares se asomaban como una rama del poder público, con participación ya no solo en política interna sino en política internacional. El conservador Laureano Gómez Castro era el presidente de Colombia, gran aliado de la política anticomunista de Estados Unidos; como cuota inicial de nuestra palabra empeñada, envió a Corea del Sur la fragata de guerra Almirante Padilla… la única que poseía la armada colombiana.

Era la oportunidad de fortalecer unas Fuerzas Armadas que no estaban a la altura de los retos que se asomaban en un horizonte de violencia interna; tan solo al ganar el favor de Estados Unidos frente a un conflicto bipartidista, como el que se vivía en los campos colombianos, podría lograrse la pacificación, pensaban el saliente presidente, Mariano Ospina, y el entrante, Laureano Gómez. Los pactos y acuerdos binacionales de la época así lo demuestran.

La participación de tropas colombianas en Corea fue desestimada en un principio, por tratarse de un ejército sin experiencia en ese tipo de guerra; al final se aceptó para mostrar la fuerza y coherencia de la coalición en la lucha contra el comunismo, y también el compromiso latinoamericano en estos propósitos. Estados Unidos asumió el liderazgo político y militar desde el inicio de la confrontación; de hecho, aportó el 80% de los casi 350.000 efectivos que hacían parte de la fuerza multinacional. Al frente de todos ellos estaba el veterano general Douglas MacArthur, comandante de las fuerzas aliadas de ocupación en Japón después de la rendición. Antes de partir, el contingente colombiano fue reentrenado, rearmado y organizado por oficiales norteamericanos en el Cantón Norte de Bogotá. El grupo inicial fue de 1.060 hombres, pero en total sumarían 4.314 soldados y 786 marinos, que combatieron en Corea durante los tres años de guerra: “de ellos 163 murieron, 2 desaparecieron y 28 fueron hechos prisioneros”13. Otras cifras señalan que los heridos fueron 439; los desaparecidos, 69, y que 28 soldados fueron canjeados14.

Con más de 3 millones de muertos y heridos, la Guerra en Corea llegó a su fin el 27 de julio de 1953, con la firma del armisticio de Panmunjom, que aún mantiene separadas a las dos Coreas. El Batallón Colombia regresó al país en octubre del mismo año con experiencia en la lucha contraguerrillera, inteligencia y guerra psicológica, y manejo de sistemas de comunicación y transporte.

El 8 y 9 junio de 1954 participó en la represión a las manifestaciones estudiantiles que, año tras año, desfilaban por las calles de Bogotá en conmemoración del Día del Estudiante. Las fotografías de los sucesos, desplegadas en primeras planas por los diarios capitalinos, muestran a efectivos del Batallón Colombia disparando sus armas sobre la multitud; el resultado fue de 9 estudiantes muertos, 23 heridos y más de 200 detenidos. Para funcionarios del gobierno del general Rojas Pinilla se trató de una conjura Laureano-comunista; los medios de comunicación registraron la información de la misma manera, adjetivizando. La actividad de Colombia en Corea determinó nuevas estrategias, como la formación de la Escuela de Lanceros con unidades entrenadas en guerra irregular. Apenas transcurría el primer año de la dictadura militar del teniente general Gustavo Rojas Pinilla.

Precisamente, durante su gobierno de facto fue proscrito el Partido Comunista y “prohibida la actividad política del comunismo internacional”15. La decisión la tomó la Asamblea Nacional Constituyente, instalada el 27 de julio de 1954 por Rojas Pinilla. Dos semanas antes, el Senado de Estados Unidos había aprobado una medida similar, conocida como la Ley de Control del Comunismo. Las huellas del macartismo como política inquisitorial —impulsada por el senador republicano Joseph McCarthy—, con denuncias, señalamientos, persecuciones y acusaciones infundadas, también llegaban a Colombia acompañadas de sospechas de conjuras filocomunistas dirigidas desde Moscú.

El nuevo presidente de Estados Unidos, el curtido general Dwight David Eisenhower (1953-1961), llegó con su propia “doctrina” en contra del comunismo internacional. No se andaba con rodeos y puso a su secretario de Estado, John Foster Dulles, otro veterano de la Guerra Fría, a liderar la Doctrina de las Represalias Masivas, conocida también como la Doctrina Dulles o Doctrina Eisenhower. Todo dependía de cómo nos comportáramos en la lucha anticomunista: la ayuda económica, la inversión directa y la asistencia militar. Este John Foster tenía un hermano menor, llamado Allen, hombre clave de la inteligencia estadounidense, el primer civil en dirigir la CIA. Juntos participaron en la planeación de las operaciones secretas para derrocar al presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz, en 1954; también estuvieron en el montaje y preparación de la fracasada Brigada 2506, que, con cerca de 1.500 invasores anticastristas y con el apoyo de bombarderos provenientes de Estados Unidos, desembarcaron y fueron derrotados en la Playa Girón de la bahía de Cochinos, 150 kilómetros al sur de La Habana, el 17 de abril de 1961. En Estados Unidos ya gobernaba el demócrata John F. Kennedy. El miércoles anterior, 12 de abril, el mayor de la Fuerza Aérea soviética, Yuri Alekseyevich Gagarin, fue puesto en órbita durante una hora y 48 minutos, a bordo de la nave cósmica Vostok, convirtiéndose en el primer ser humano en el espacio. Con la hazaña de su cosmonauta, la URSS se colocó a la cabeza de la carrera espacial. En Estados Unidos hubo sorpresa y estupor, ya que se trató de un nuevo golpe político y tecnológico en la larga lucha por la conquista del espacio.

Estudiosos de los temas relacionados con la Guerra Fría consideran que el conflicto entre las superpotencias se materializó en América Latina y el Caribe a través de la Doctrina de Seguridad Nacional, como un concepto militar del Estado, que definía la forma como debería funcionar la sociedad y precisaba la noción de la guerra contra el “enemigo interno”, en particular izquierdistas o sospechosos de serlo, sindicalistas, dirigentes agrarios, guerrilleros o supuestos aliados de ellos.

La Doctrina de Seguridad Nacional consideraba igualmente al enemigo externo, el comunismo internacional, representado mundialmente por la URRS y China y los países bajo su respectiva órbita; y en la zona, por la Cuba socialista y otros regímenes revolucionarios, progresistas y democráticos. “El desarrollo de la Doctrina de Seguridad Nacional fue funcional a la política norteamericana hacia América Latina, ya que su planteamiento esquemático concordaba con el simplismo con el que Estados Unidos abordaba los problemas sociales de la región. Desde los años cincuenta, las políticas norteamericanas hacia América Latina estuvieron determinadas por una concepción mecánica de ‘inestabilidad’ regional. El comunismo era percibido como la causa principal de la inestabilidad política y esta, a su vez, era considerada como la principal amenaza para la seguridad del hemisferio”16.

La Doctrina de Seguridad Nacional se cristalizó en casi todos los países de América Latina y el Caribe durante las décadas de los años setenta y ochenta con dictaduras militares de corte derechista. En el caso de Colombia, no se necesitó recurrir a la medida extrema de un golpe de Estado por la obsecuencia de los gobernantes de turno, el rol de las Fuerzas Militares frente a los gobiernos centrales y medidas excepcionales que contemplaba la Constitución de 1886 (vigente hasta 1991) como el estado de sitio (Artículo 121), que se convirtió en una forma política y armada permanente de represión y dominación y en el mecanismo preferido desde el Alto Gobierno para controlar el orden público17 y para militarizar la vida civil, con funestas consecuencias en el desarrollo de la democracia, sin olvidar gabelas como el tiempo doble de servicio para los miembros de la fuerza pública en los ciclos de estado de sitio. La Doctrina se cristalizó en nuestro país con el Decreto 3398 de 1965, convertido luego en la Ley 48 de 1968, que permitió a la fuerza pública organizar la “defensa nacional” y la “defensa civil”, léase civiles preparados para la lucha contrainsurgente.

Los períodos con estado de sitio en los gobiernos del Frente Nacional (cuatro de cuatro años cada uno, en total dieciséis años) fueron mayores que sin su aplicación: de los 192 meses de gobiernos “frentenacionalistas” se vivieron 126 bajo estado de sitio. Durante el gobierno de Misael Pastrana Borrero (conservador, 1970-1974), la medida duró entre el 26 de febrero de 1971 y el 29 de diciembre de 1973, en total 34 meses y 3 días, un poco menos de las tres cuartas partes de su mandato18. Era el modelo de “democracias restringidas y tuteladas” que también tuvieron cabida en el continente. Gobiernos posteriores, como el del presidente liberal Julio César Turbay (1978-1982), se dotaron de instrumentos represivos, en su caso, el Estatuto de Seguridad, que aumentó las penas para los delitos políticos, creó nuevas figuras delictivas y otorgó mayores atribuciones y autonomía a autoridades policiales, civiles y militares en el manejo del orden público y la administración de justicia, a través de consejos verbales de guerra.

Principales pilares de la Doctrina de Seguridad Nacional, en su fase de declive, fueron el Documento Santa Fe I, informe presentado en mayo de 1980 al Consejo de Seguridad Interamericana, con recomendaciones para el gobierno republicano de Ronald Reagan, y el Documento Santa Fe II, elaborado en 1988 para otro mandatario republicano: el archiconservador George Bush. Los documentos redactados por el Comité de Santa Fe19 y la Heritage Foundation, cercanos a la CIA, trazaron estrategias respecto a los conflictos de baja intensidad y coincidieron en la necesidad de procesos de redemocratización, luego de las oscuras dictaduras de años pasados.

Los burotecnócratas del Comité de Santa Fe ya contemplaban mantener las formas democráticas en Estados contrainsurgentes, legitimados mediante elecciones, con pleno funcionamiento de las instituciones, en particular aquellas de carácter permanente como el aparato judicial y las Fuerzas Armadas. Se proponía de nuevo la agresión a Cuba, se avizoraba la invasión a Granada, se sugería combatir por igual al gobierno sandinista de Nicaragua, a la Teología de la Liberación, a la llamada Doctrina Roldós —del presidente ecuatoriano Jaime Roldós, muerto en un extraño accidente de aviación el 24 de mayo de 1981— y a “la dictadura de extrema izquierda y brutalmente agresiva” del general Omar Torrijos Herrera, líder nacionalista panameño muerto también en otro sospechoso accidente, cuando su avión se precipitó a tierra el 31 de julio de 198120.

En el ámbito de la Guerra Fría, y aun en la llamada Posguerra Fría21, las relaciones entre Colombia y Estados Unidos se han regido por acuerdos, convenios y tratados en los que se apela a la necesidad de contrarrestar las amenazas persistentes a la paz, la libertad, la democracia y la estabilidad, al problema mundial de las drogas, al fortalecimiento de la cooperación y la asistencia técnica en defensa y seguridad, a la lucha contra el terrorismo y la delincuencia organizada transnacional y la proliferación de armas pequeñas y ligeras. Se impuso así un sistema de alianzas políticas que persisten y responden a un contexto de confrontación entre las grandes potencias por el control del mundo y a una etapa de nuestra historia de exclusiones, terror e ilegalidad desde el poder.

De esa manera, alcanzamos un corpus de tratados, convenios y declaraciones que delinearon la política contrainsurgente de Estados Unidos en Colombia, además de distintas convenciones sobre la lucha contra las actividades terroristas, suscritas en el marco de la ONU y de la OEA, de las cuales ambos países son signatarios. He aquí los títulos y temáticas de algunos de esos pactos y acuerdos que afianzaron la condición de Estados Unidos como partícipe directo en el conflicto interno, y que mayores efectos tuvieron en su momento y posteriormente sobre la política nacional:

Principales Pactos y Acuerdos Colombia-Estados Unidos

Fecha

Documento

Gobierno

Observaciones

22 de febrero de 1949

Pacto de Asistencia y Asesoría Militar

Mariano Ospina Pérez (Conservador)

Estados Unidos se compromete a suministrar misiones para el Ejército y la Fuerza Aérea durante cuatro años 22 .

17 de abril de 1952

Pacto de Asistencia Militar (PAM)

Laureano Gómez Castro (Conservador)

Parte de los programas de ayuda militar bilaterales; “A partir de ese ‘pacto’ las Fuerzas Militares recibieron, entre 1961 y 1967, un subsidio de 60 millones de dólares que las convirtieron en el tercer receptor de este tipo de ayuda, después de Brasil y Chile”23 .

Octubre de 1959

Reporte del Survey Team24 (Informe en mayo de 1960)

Alberto Lleras Camargo (Liberal)

Recomendaciones sobre la formación de una fuerza móvil de combate contrainsurgente, de un servicio de inteligencia (DAS) bajo el modelo del FBI, adelantar acciones cívico-militares hacia la población y reorganizar las fuerzas de seguridad para mejorar la imagen pública 25 .

23 de julio de 1962

Convenio general para ayuda económica, técnica y afín

Alberto Lleras Camargo (Liberal)

Marco de la cooperación precedido por la Misión del general William Yarborough, director de investigación de la Escuela de Guerra Especial del Ejército de EE. UU.; recomienda “la formación de una estructura civil y militar […] que presione las reformas que se sabe se necesitan, que realice funciones de contraagente y de contrapropaganda y que, según se precise, ejecute actividades paramilitares, de sabotaje y/o de terrorismo contra proponentes comunistas conocidos. Tales acciones deben contar con el respaldo de Estados Unidos” 26 . Otras recomendaciones se aplicaron durante la Operación Soberanía o Plan Laso (Latin American Security Operation) de 1964 contra los campesinos comunistas del sur del Tolima 27 .

7 de octubre de 1974

Acuerdo relativo a una Misión del Ejército, una Misión Naval y una Misión Aérea

Alfonso López Michelsen (Liberal)

Misión de las Fuerzas Militares de los Estados Unidos de América en la República de Colombia.

22 de octubre de 1998

Plan Colombia: Plan para la paz, la prosperidad y el fortalecimiento del Estado

Andrés Pastrana Arango (Conservador)

El eje central parecía ser la lucha contra el narcotráfico, pero la frontera entre la guerra contra las drogas y la guerra contrainsurgente siempre fue muy difusa, lo que facilitó la intervención con asesores militares y policiales, contratistas, armamentos y no pocas acciones encubiertas28 . Derivados del Plan Colombia: Plan Patriota de 2004 y la Política Nacional de Consolidación y Reconstrucción Territorial de 2009, en el marco de la política de Seguridad Democrática del presidente Álvaro Uribe; Operación Espada de Honor, ya en el gobierno de Juan Manuel Santos.

30 de agosto de 2004

Anexo al Convenio General para Ayuda Económica, Técnica y Afín

Álvaro Uribe Vélez (hoy Centro Democrático)

Estableció un programa bilateral de control de narcóticos, las actividades terroristas y otras amenazas contra la seguridad nacional de Colombia.

14 de marzo de 2007

Memorando de Entendimiento para una Relación Estratégica de Seguridad

Álvaro Uribe Vélez (hoy Centro Democrático)

Promover la Cooperación entre el Gobierno de la República de Colombia y el Gobierno de los Estados Unidos de América.

30 de octubre de 2009

Acuerdo complementario para la Cooperación y Asistencia Técnica en Defensa y Seguridad entre los Gobiernos de la República de Colombia y de los Estados Unidos de América

Álvaro Uribe Vélez (hoy Centro Democrático). Ministro de Relaciones Exteriores, Jaime Bermúdez.

Acuerdo militar para la instalación de siete bases militares dentro de bases colombianas. En agosto de 2010, la Corte Constitucional lo declaró sin vigencia, por ser un tratado internacional, y, por lo tanto, debía aprobase en el Congreso de la República.

Elaboración del autor con fuentes citadas.

Podría pensarse que hechos como las ejecuciones extrajudiciales —eufemísticamente llamadas “falsos positivos”, aplicadas en el conflicto colombiano desde décadas atrás, propias de un Estado degradado, y que encuentran su sustento legal en la Directiva Ministerial Permanente N° 29/2005 del entonces ministro de Defensa, Camilo Ospina Bernal, que señala como asunto: “Política ministerial que desarrolla criterios para el pago de recompensas por la captura o abatimiento en combate de cabecillas de las organizaciones armadas al margen de la ley, material de guerra, intendencia o comunicaciones e información que sirva de fundamento para la continuación de labores de inteligencia y el posterior planeamiento de operaciones”— son secuelas de estos y muchos otros acuerdos, memorandos, planes y convenios. El documento en mención, calificado como secreto, deja claro que “El presupuesto asignado para el pago de recompensas establecidas en los numerales 3 y 4 de esta Directiva, provendrá del Ministerio de Defensa y estará financiado con recursos de la Nación y otros provenientes de cooperación económica nacional e internacional”29.

Capítulo aparte, pero no menos importante, ha sido la participación de militares y policías de países latinoamericanos en el Instituto de Cooperación para la Seguridad Hemisférica (WHINSEC, por su sigla en inglés), antes conocido como la Escuela de las Américas (SOA), fundada en 1946 por el Ejército de Estados Unidos en Panamá y que funcionó allí hasta el 21 de septiembre de 1984, cuando, a raíz de los tratados Torrijos-Carter, fue trasladada a Fort Benning, en el estado de Georgia. Este centro de formación policial y militar, con sus manuales de tortura desclasificados por el mismo Pentágono, tuvo entre sus alumnos más destacados a Vladimiro Montesinos, de Perú; a Hugo Banzer Suárez, de Bolivia; a Roberto d’Aubuisson, de El Salvador; a Leopoldo Galtieri,de Argentina; a Manuel Antonio Noriega, de Panamá; y a Manuel Contreras, de Chile, todos ellos tristemente célebres por su condición de dictadores o serviles de dictaduras militares represoras y violadoras de los derechos humanos. De acuerdo con la ONG School of Americas Watch (SOA Watch), con datos oficiales del WHINSEC, durante 2015 pasaron por allí 1.983 militares y/o policías; de ellos, 1.044 provenían de Colombia, más del 50%30; en total, se formaron o se deformaron allí más de 60.000 militares y policías de 23 países de América Latina.

CONTRADICCIONES Y RUPTURAS EN EL CAMPO COMUNISTA INTERNACIONAL

En el contexto de la Guerra Fría, el año de 1949 marcó profundas transformaciones en la geopolítica mundial. Entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 se había celebrado en la ciudad alemana de Potsdam una nueva conferencia entre los mandatarios de las tres naciones vencedoras en la Segunda Guerra Mundial: Truman, Churchill y Stalin. Ahí se decidió la partición de la Alemania derrotada: una región del oriente para los soviéticos, con la ciudad de Berlín enclavada en el centro; el noroccidente para los británicos; y el sur para los estadounidenses y franceses. En mayo de 1949, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña decidieron fusionar sus territorios, en lo que llamaron República Federal de Alemania (RFA o Alemania Occidental); a su vez, la Unión Soviética respondió conformando la República Democrática Alemana (RDA o Alemania Oriental). El Muro de Berlín, como el mayor símbolo del oprobio durante la bipolaridad mundial, vendría luego.

Las potencias occidentales habían parido meses antes un instrumento de cooperación militar: la Alianza Atlántica31, que un año más tarde, con el inicio de la Guerra de Corea, se dotó de una estructura militar, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (NATO, por su sigla en inglés). Para la URSS y los países bajo su órbita, la existencia de la OTAN y la inclusión en ella de la República Federal Alemana, en 1955, se constituyó en un peligro inminente que ponía en juego el débil equilibrio entre los bloques de Oriente y Occidente. Por eso optaron por su propia Alianza, el Pacto de Varsovia32, que bajo la hegemonía política y militar soviética comprometía a sus aliados en fórmulas de cooperación y asistencia. Paradójicamente, este instrumento de amistad y defensa mutua sirvió a la URSS para acallar la revolución popular en Hungría en 1956, para extinguir el Octubre Polaco del mismo año y para invadir a Checoslovaquia en 1968.

El complejo año de 1949 seguía su curso. El 29 de agosto, los soviéticos detonaron su primera bomba atómica, como demostración a Estados Unidos, y al mundo, de que el poderío nuclear sería compartido. En secreto, durante cuatro años, desde las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la URSS trabajaba en un proyecto ultrasecreto dirigido por el comisario de Asuntos Internos, el temible Lavrenti Beria, el hombre de la seguridad del Estado, uno de los incondicionales de Stalin.

Mientras tanto, en el Lejano Oriente, una revolución ya se asomaba. Al frente del Ejército Rojo (Ejército Popular de Liberación) y bajo la dirección el Partido Comunista Chino, Mao Tse Tung encabezaba la lucha de campesinos y obreros por la liberación nacional y social en contra de sus antiguos aliados en la guerra contra el invasor japonés: el Partido del Kuomintang del generalísimo Chiang Kai-shek, hombre fuerte del gobierno nacionalista que, tras la derrota comunista, se guareció en el territorio insular chino reclamándose como dirigente de la República de China, y siempre con el apoyo de Estados Unidos.

El triunfo de la Revolución el 1° de octubre dio paso a la República Popular China e inclinó temporalmente la frágil balanza de la bipolaridad mundial en favor del campo comunista internacional. Mao demostró la validez de las tesis y práctica de la guerra de guerrillas, que aplicó durante las distintas etapas de la guerra popular prolongada; la Gran Marcha, de más de 12.000 kilómetros y 370 días, iniciada en octubre de 1934, fue una proeza marcada por la conquista y pérdida de territorios, hasta obtener el poder y expulsar a los nacionalistas a la Isla de Formosa. El camarada Mao proclamó la nueva República y el nuevo Gobierno Central con el Programa Común, que “[…] ejercerá la dictadura democrática popular en todo el territorio chino, dirigirá al Ejército Popular de Liberación en la prosecución, hasta el fin, de la guerra revolucionaria para eliminar a las tropas remanentes del enemigo y liberar todo el territorio nacional, consumando así la gran obra de unificar a China […] Se unirá y aliará con todos los países, naciones y pueblos amantes de la paz y la libertad, en primer lugar con la Unión Soviética y las Nuevas Democracias, y luchará junto con ellos contra las intrigas de provocación bélica de los imperialistas”33.

Las tácticas y estrategias de Mao en la guerra de guerrillas fueron enseñanzas recurrentes para varias generaciones de guerrilleros en América Latina y en el mundo entero. Muchos de los teóricos y expertos de la lucha armada, entre ellos el Che Guevara, primero leyeron y asimilaron las enseñanzas de Mao y luego se fueron a las montañas a llevarlas a la práctica; sus múltiples escritos recogen tesis sencillas, por lo general extraídas de la cotidianidad de la lucha armada: “Cuando el enemigo avanza, nosotros retrocedemos; cuando el enemigo hace un alto y acampa, nosotros lo molestamos; cuando el enemigo trata de evitar una batalla, nosotros lo atacamos; cuando el enemigo se bate en retirada, nosotros lo perseguimos”34. Libros como los Seis escritos militares, Sobre la guerra prolongada, Servir al pueblo, Las citas de Mao, Sobre la nueva democracia, y muchos más, hicieron parte de las mochilas guerrilleras a lo largo y ancho del planeta y alimentaron teóricamente los dogmas y esquemas de la izquierda.

Aunque la República Popular China pasó a ser un cercano y natural aliado de la URSS y nuevo actor en la compleja geopolítica de la Guerra Fría, desde los albores de la Revolución buscaba su propio perfil en el contexto internacional, por fuera de las dos superpotencias. La relación entre soviéticos y chinos, cabezas visibles del Movimiento Comunista Internacional (MCI), estaba cruzada por sonrisas recíprocas y mutuos halagos; era un encuentro de conveniencias y no solo de identidades políticas e ideológicas. En la lucha contra el capitalismo era vital para la URSS contar con un nuevo aliado comunista, en este caso la nación más poblada del mundo; para China, devastada por la guerra y con evidentes atrasos en la agricultura y la industria, la alianza con los soviéticos le significaba asistencia técnica, ayuda económica y asesoría militar. China ponía la mano de obra, y la URSS, los recursos y los asesores, como sucedió en el transcurso de la Guerra de Corea, donde combatieron las tropas chinas y el armamento era soviético.

En la península de Indochina estaba próximo a estallar otro conflicto, herencia de la Segunda Guerra Mundial y nuevo escenario de la Guerra Fría: el Viet Minh35, dirigido por el legendario Ho Chi Minh, El Tío Ho, alcanzó la independencia de Vietnam el 2 de agosto de 1945 tras la rendición de Japón, que había recibido la Indochina francesa de la Alemania nazi. El inmediato regreso de los franceses a la Península generó una guerra de liberación nacional, la Guerra de Indochina en contra de Francia, una de las naciones colonialistas más poderosas del Bloque Occidental, apoyada por Gran Bretaña y posteriormente por Estados Unidos. China y la URSS respaldaron al Viet Minh con armamento liviano y pesado, con lo que alcanzó una fuerza de miles de milicianos, combatientes y tropas especializadas.

En 1954, el mítico general Vo Nguyen Giap dirigió durante más de dos meses la batalla decisiva de Dien Bien Phu, en vísperas de celebrarse, en Ginebra, la conferencia de paz que sirvió para acordar el fin de la guerra, que significó la independencia de los territorios de Laos y Camboya y la división de Vietnam, por el Paralelo 17, en un Norte comunista, presidido por Ho Chi Minh, y un Sur como baluarte contra el comunismo, alineado con Estados Unidos, con Ngo Dinh Diem como presidente. La guerra culminó, temporalmente, con 95.000 bajas francesas y 1.5 millones de vietnamitas muertos. La intervención abierta y a gran escala por parte de Estados Unidos llegaría pocos años más tarde. Como antesala se formó la Organización del Tratado del Sudeste Asiático (SEATO, por su sigla en inglés), para defenderse de chinos, coreanos y norvietnamitas comunistas que, de acuerdo con las apreciaciones de Dulles, el secretario de Estado de Estados Unidos, intentaban la expansión en toda la región.

La derrota de Francia en Vietnam fue el anticipo de muchas otras y la reafirmación de que la lucha anticolonial era irreversible: en Argelia, el Frente de Liberación Nacional realizaba campañas militares en contra de la administración francesa; para 1956, esta organización contaba con cerca de 20.000 combatientes. Fue en ese momento cuando Francia decidió el envío de medio millón de soldados; el FLN todavía tenía por delante una guerra que ganar; mientras tanto, en los “protectorados” franceses de Marruecos y Túnez se negociaban ya las respectivas autonomías e independencias, que estuvieron precedidas de expresiones armadas de sus pueblos36. De la mano creció el movimiento de países que proponían el no alineamiento; en la Conferencia de Bandung (Indonesia), en 1955, veintitrés naciones asiáticas y seis africanas propusieron mantenerse al margen de las superpotencias y su Guerra Fría, que amenazaba los frágiles procesos de descolonización en África y Asia. Los líderes de los No Alineados (NOAL) —el mariscal Josip Broz Tito, de la República Socialista Federativa de Yugoslavia; el primer ministro de la India, Jawaharlal Nehru, y el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser37— propugnaron ideas cardinales como la lucha contra el colonialismo en todas sus expresiones, el nacionalismo, el antiimperialismo, el rechazo a la política de bloques y la coexistencia pacífica.

Hasta entonces, las relaciones entre soviéticos y chinos fluían en medio de altibajos, gracias a las gestiones diplomáticas de unos y otros. Sin embargo, la luna de miel no sería de larga duración. El elemento central que resquebrajó las relaciones en el campo socialista y precipitó el cisma chino-soviético se presentó poco después de la muerte de José Stalin, ocurrida el 5 de marzo de 1953, cuando Nikita Jruschov, como sucesor de Stalin y nuevo secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), inició en la URSS el proceso de desestalinización lanzando duras críticas al “endiosamiento”, combatiendo el culto a la personalidad y denunciando las “purgas” contra acusados de “actividades antisoviéticas” durante el período del estalinismo.

En el XX Congreso del PCUS, en febrero de 1956, se ratificaron los postulados de la revolución democrático-burguesa y se reafirmaron los términos del “deshielo” y la coexistencia pacífica entre las dos superpotencias. Los chinos y sus aliados, por su parte, se apegaron a la figura de Stalin, reivindicándolo como la continuidad del marxismo-leninismo; para ellos, la política del “social-imperialismo soviético” no era más que la conciliación con el capitalismo y las burguesías de cada país para frenar la lucha de clases e impedir el desarrollo de las revoluciones llamando a la vía pacífica para acceder al poder y construir el socialismo. El XXI Congreso, convocado para la primavera de 1959, reafirmó y profundizó las tesis planteadas por la nueva dirigencia soviética.

En la Conferencia de los 81 partidos comunistas y obreros del mundo, celebrada en Moscú en noviembre de 1960, Jruschov expuso su estrategia, concebida como la síntesis entre la necesidad práctica de mantener la paz con Estados Unidos y la necesidad objetiva de impulsar los procesos tercermundistas de liberación nacional. El Partido Comunista Chino, el segundo más poderoso en el mundo, presentó la “Propuesta de Línea General para el Movimiento Comunista Internacional”, en la que caracterizaba la revolución socialista, los movimientos de liberación y su papel en el proceso revolucionario. De igual forma, los líderes del Partido del Trabajo de Albania (PTA), con Enver Hoxha como presidente de la República Popular de Albania, terciaron en favor de las posiciones chinas y criticaron duramente la posición “antimarxista” de los comunistas soviéticos: “La Declaración de Moscú de 1957, al igual que el proyecto de declaración que se nos ha presentado, constatan que el revisionismo constituye el principal peligro en el movimiento comunista y obrero internacional. En la Declaración de Moscú de 1957 se subraya con justa razón que la fuente interna del revisionismo es la existencia de la influencia burguesa, mientras que la capitulación ante la presión del imperialismo es su fuente externa”38.

Las contradicciones entre los comunistas chinos y soviéticos saltaron a la luz pública y llegaron a su más alto nivel en octubre de 1961, cuando el primer ministro chino, Chou En-lai, se retiró de las deliberaciones del XXII Congreso del PCUS, que se realizaba en Moscú. En esa ocasión, Jruschov enfiló sus baterías en contra del dirigente de Albania por su defensa del estalinismo y las críticas a la URSS. Tanto los chinos como las representaciones comunistas de Vietnam, India, Japón y Corea del Norte se colocaron a favor de las posiciones del PTA. Pronto se daría también la ruptura de los albaneses con los soviéticos. El cisma en el campo comunista internacional estaba consumado.

En el marco de este debate internacional, y de las rupturas en el campo socialista, surgieron dentro de los partidos comunistas “prosoviéticos” de casi todo el mundo tendencias maoístas o “prochinas”, autodenominadas M-L (Marxistas-Leninistas), que se convirtieron en organizaciones autónomas y opuestas a los tradicionales partidos alineados con la URSS, a quienes los maoístas tildaban de “contrarrevolucionarios” y “revisionistas” del legado de Marx, Engels, Lenin y Stalin. A su vez, estos criticaban las desviaciones “extremoizquierdistas”, “guerrilleristas”, “pequeñoburguesas” y “oportunistas”. Las organizaciones bajo influencia de los soviéticos o de los chinos se convirtieron en verdaderos campos de batalla, donde se disputaban las lealtades de la militancia; las discrepancias de orden político e ideológico se empezaron a resolver a las malas, con expulsiones y señalamientos mutuos; tampoco faltaron delaciones, amenazas y hasta agresiones físicas. Como veremos más adelante, los comunistas criollos no fueron la excepción: prosoviéticos y prochinos, además de otras corrientes nacionalistas, guevaristas, proalbaneses, trotskistas, y hasta “socialdemócratas”, se enfrentaron por definir el carácter de la revolución,la clase social o vanguardia —sujeto histórico— que debía dirigirla, la táctica y estrategia a seguir, los instrumentos y formas de lucha fundamentales, los aliados y su papel en la revolución; una izquierda “menor de edad”, sin capacidad de crear pensamiento propio.

NACIONALISMOS, REVOLUCIONES Y CONTRARREVOLUCIONES EN LOS AÑOS CINCUENTA

Bolivia, 1952. El 9 de abril de ese año estalló una revolución popular armada dirigida por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de Hernán Siles Suazo, que contaba con un programa antiimperialista y nacionalista respaldado ampliamente por obreros, campesinos y sectores radicalizados de la pequeña burguesía. Al frente de la insurrección estaban los mineros de Oruro, Cochabamba y Potosí, quienes, dinamita en mano, conformaron milicias populares y llevaron al Gobierno a Víctor Paz Estensoro, ganador absoluto de las elecciones del 6 de mayo de 1951; los dueños del poder, de la tierra y de las minas de estaño, mediante un golpe de Estado y la instauración de una Junta Militar, le habían impedido asumir la Presidencia. No se trató entonces de un movimiento espontáneo, ya que, desde el año anterior, el MNR preparaba sus Grupos de Honor como estructuras militares y políticas clandestinas para apoyar un levantamiento armado que permitiera llevar al Palacio Quemado al presidente electo39.

Las fuerzas insurrectas tenían el apoyo de la Policía, al mando del general nacionalista Antonio Seleme, cabeza visible del alzamiento, lo que permitió la victoria total en tan solo tres días. El nuevo gobierno fue apoyado discretamente por el Partido Comunista y los trotskistas del Partido Obrero Revolucionario (POR), que proponían construir un poder dual hacia la revolución socialista, sin entender las limitaciones del MNR y sus dirigentes, que ni eran comunistas ni pretendían un régimen con ese objetivo40. Una de las primeras medidas que tomó la nueva administración fue la fundación de la Central Obrera Boliviana (COB) como estructura gremial clasista que predicaba un sindicalismo revolucionario, ajeno a los partidos políticos, con predominio de los trabajadores de las minas dirigidos por Juan Lechín Oquendo. Los grandes logros de la Revolución se concentraron en reforma agraria, sufragio universal, nacionalización de las minas, educación para todos y tímidos cambios en las Fuerzas Armadas.

En 1964, luego de doce años ininterrumpidos de gobiernos de la Revolución Nacional dirigida por el MNR, el general de aviación René Barrientos Ortuño, protector de criminales de guerra nazis y vicepresidente de la República, con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos, dirigió un golpe de Estado en contra del mandatario Paz Estensoro. Uno más en la larga noche de las dictaduras en el continente. Desde la derechista Falange Socialista Boliviana hasta la izquierda aglutinada en la COB hubo coincidencias para el derrocamiento del presidente constitucional.

Dos años más tarde, en 1966, apareció por Bolivia la figura legendaria del comandante Ernesto Che Guevara encabezando de nuevo la lucha armada, a través del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Entre los críticos a rajatabla del Che, y teóricos y analistas de la guerra de guerrillas en América Latina y el Caribe, se ha afirmado que la epopeya del Che en Ñancahuazú y la continuidad en el Teoponte fue un despropósito y un sinsentido que no consultó el contexto político y de los movimientos sociales en la historia de Bolivia41. Nada más lejos de la realidad. Aun sin tener toda la información y los elementos para el análisis de lo acontecido durante los gobiernos del MNR, el Che conocía y confiaba en las experiencias recientes de las luchas de mineros y campesinos, y estaba en la instalación de la base guerrillera de retaguardia cuando sus movimientos fueron detectados de forma prematura42. Muchos otros factores jugaron en contra de la epopeya que el Che había iniciado hacía varios años, desde los días en la Sierra Maestra. Quizás antes.

Para Estados Unidos, la Guerra Fría le permitió diseñar una geopolítica de acuerdo con sus intereses y gobiernos afectos. La desestabilización se convertía en la tarea más importante en aquellas naciones donde se presumía que el comunismo ganaba terreno (ver cuadro p. 59).

Cuba, 1953. Si hay una fecha y un acontecimiento que marcan el inicio del actual ciclo de la guerra de guerrillas en América Latina y el Caribe es el 26 de julio de 1953, cuando el joven cubano Fidel Castro Ruz lanzó el asalto contra los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba —segunda guarnición militar en importancia—, y Carlos Manuel de Céspedes, en la ciudad de Bayamo, bastiones militares del régimen mafioso y dictatorial de Fulgencio Batista que, el 10 de marzo de 1952, derrocó a Carlos Prío Socarrás, presidente constitucional desde 1948.

Estrategia comunista y tácticas

La estrategia comunista está ampliamente definida por el programa del ‘frente de liberación nacional’. Todos los partidos comunistas de América Latina han adoptado este programa, que provee un estándar casi infinitamente flexible de operaciones. Esto permite alianzas con todos los grupos domésticos con la intención de seguir una política anti Estados Unidos o, de manera temporal, para que sirvan de portavoces de esta política. Por consiguiente, en el período de 1950 a 1952, cuando el antinacionalismo estadounidense se impuso en América Latina, los comunistas estuvieron dispuestos a apoyar a Perón en Argentina, a Ibáñez en Chile y al MNR boliviano. Sin embargo, desde antes y hasta ahora ciertos comunistas han sido tachados de fascistas. La prueba ha sido, simplemente, el grado de su disposición a cooperar con Estados Unidos.

La declaración comunista de objetivos y del ‘frente de liberación nacional’ incluye la extensión de la democracia y el mantenimiento del proceso constitucional, el desarrollo económico, la independencia de la economía nacional, la unidad y la libertad laborales, la reforma agraria y el bienestar para todos. Estos objetivos representan aspiraciones que se esperan con creces en América Latina y son los recursos de los líderes políticos que buscan el apoyo popular.

Con la destrucción del régimen de Árbenz, en Guatemala, dominado por el comunismo, los centros de la actividad comunista más importantes se encuentran ahora en Brasil y Chile. En estos países, la inestabilidad endémica social y política a lo largo de América Latina ha sido especialmente evidente en el ámbito de la libertad política. Ambos, Brasil y Chile, han sido señalados en el XX Congreso del Partido en Moscú como países en los que el ‘movimiento de liberación nacional’ está creciendo, y cuentan con casi dos tercios de los 250.000 miembros de los partidos comunistas de América Latina

Fuente: Department of State, Communism in Latin America, Secret Annex A (Prepared by the Office of Intelligencie Research, and attached for background information), April 18, 1956. The National Security Archive (NSA), Colombia and the United States: Political Violence, Narcotics and Human Rights, 1948-2010. Documentos desclasificados de diferentes agencias de seguridad del Gobierno de Estados Unidos.

Para Fidel, miembro del Partido del Pueblo Cubano (Partido Ortodoxo), fundado en 1947 por Eduardo Chibás, esta no sería su primera experiencia revolucionaria; ya había pasado por dos: la primera, la expedición de Cayo Confites de 1947 contra el dictador Rafael Leonidas Trujillo de República Dominicana, intento de invasión que se preparó en Cuba y partiría en septiembre de ese año, pero que fue frustrado por presiones trujillistas ante Estados Unidos y amenazas al Gobierno cubano: “Lo que más aprendí de aquello de Cayo Confites es cómo no se debe organizar algo”43. Uno de los artífices de Cayo Confites fue el escritor dominicano y líder de la oposición Juan Bosch, quien en 1962 fue elegido presidente. Antes de un año fue depuesto por una Junta Militar, y dos años después, en 1965, otra revuelta militar buscó restablecerlo en el Gobierno, pero ya era tarde: Estados Unidos invadió República Dominicana ese año con 42.000 marines.

La otra experiencia, bastante documentada por cierto, la definió Fidel como “de gran magnitud política”44. Ocurrió pocos meses después, a la 1:05 de la tarde del 9 de abril de 1948, cuando en Bogotá asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán, con quien se había reunido dos días antes y tendría una nueva cita esa misma tarde. Fidel era un locuaz estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, de apenas veintidós años, y se encontraba en Bogotá promoviendo la organización de un Congreso Latinoamericano de Estudiantes. “Gaitán era una esperanza. Su muerte fue el detonante de una explosión. El levantamiento del pueblo, un pueblo que buscaba justicia, la multitud recogiendo armas, la desorganización, los policías que se suman, miles de muertos. También me enrolé, ocupé un fusil en una estación de Policía que se plegó ante una multitud que avanzaba sobre ella. Vi el espectáculo de una revolución popular totalmente espontánea”45.

Los preparativos para el asalto al Cuartel Moncada comenzaron el mismo día del inicio de la tiranía de Batista; fue un trabajo de filigrana dirigido por el mismo Fidel, que recorría la Isla de arriba a abajo y de oriente a occidente para reclutar a jóvenes martianos, pertenecientes a la Generación del Centenario del apóstol José Martí, decididamente antibatistianos, en especial miembros de las Juventudes del Partido Ortodoxo. Los entrenamientos fueron rigurosos, y extremos la compartimentación y el secreto de los planes. El día anterior al asalto al Moncada, los insurgentes se ubicaron a las afueras de Santiago, en una pequeña granja llamada Siboney; llegado el momento decisivo, participaron directamente 160 combatientes, 40 en Bayamo y 120 en Santiago, todos con distintos tipos de armamentos y uniformados como soldados y sargentos del ejército de Batista. Fidel se colocó al frente de 90 combatientes que entrarían a ocupar la comandancia y las barracas en el Cuartel Moncada, mientras que Abel Santamaría46, segundo al mando, avanzó por la parte trasera de la edificación. Antes de alcanzar el objetivo se rompió el factor sorpresa y se generalizó la balacera hasta que las fuerzas rebeldes, ante la superioridad del fuego enemigo, se replegaron.

El resultado del asalto al Cuartel Moncada fue desastroso: cinco muertos en los combates y 56 capturados y torturados, algunos asesinados; la situación para los asaltantes del Cuartel de Céspedes no fue nada distinta; tras un corto enfrentamiento, sufrieron diez bajas. Fidel decidió internarse en la cordillera de la Gran Piedra, junto con ocho de sus hombres, para continuar con su estrategia de guerra de guerrillas, pero fue capturado cinco días más tarde por una patrulla al mando del teniente Pedro Sarria, quien lo protegió. Esta primera batalla del futuro Movimiento 26 de Julio47 (M-26-7), concebida como una intrépida acción de guerrilla urbana, fue un fracaso militar y se convirtió en un baño de sangre y represión, pero significó el inicio de la lucha armada y de un proceso político contra el régimen de arbitrariedad y entrega de Fulgencio Batista.

El colofón de esta primera parte de la historia de los revolucionarios cubanos fue el juicio a que fueron sometidos, la defensa y alegato de Fidel, la condena a quince años de prisión en la isla de Pinos y la amnistía para los “moncadistas” dos años más tarde: “En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa. La historia me absolverá”48.

Guatemala, 1954. En las elecciones realizadas en marzo de 1951 triunfó Jacobo Árbenz Guzmán, joven capitán del Ejército que, tras jurar como segundo presidente elegido por voto popular, profundizó las reformas socioeconómicas que se adelantaba desde 1944, cuando el descontento social de obreros, campesinos y pobladores en armas derrotó a la dictadura del general Ponce y apoyó la formación de una junta cívico-militar de transición, denominada Junta Revolucionaria, integrada por Jorge Toriello49, abogado y hombre de negocios, y los oficiales demócratas Francisco Arana y Jacobo Árbenz. El triunvirato gobernó por cinco meses y convocó a una Asamblea Nacional Constituyente, que redactó y aprobó la nueva Constitución, realizó elecciones libres y entregó el Gobierno al nuevo mandatario, Juan José Arévalo.

En el período presidencial de Árbenz (1951-1954) se llevaron a cabo transformaciones institucionales que permitieron la reforma agraria (Decreto 900), que modificó el régimen de tenencia de la tierra y expropió más de 156.000 hectáreas ociosas de las 220.000 que poseía la United Fruit Company (UFCO), en la que los hermanos Dulles (Allen, director de la CIA, y John Foster, secretario de Estado) tenían grandes intereses como accionistas. Los contenidos antiimperialistas y democráticos del proceso político conducido por Árbenz, en alianza con integrantes del Partido Guatemalteco del Trabajo (Partido Comunista), produjeron una reacción virulenta en las más altas esferas del Gobierno de Estados Unidos y el inmediato apoyo de la CIA y del Departamento de Estado a la planeación de una incursión armada por parte del mercenario, anticomunista y ultraconservador coronel Carlos Castillo Armas, apoyado por otro anticomunista fervoroso: Anastasio Tacho Somoza García, dictador en Nicaragua, el mismo que en febrero de 1934 traicionó y ordenó la muerte de Augusto César Sandino, poco después de firmar un acuerdo de paz y de que el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional (EDSN), conducido por Sandino, el “general de hombres libres”, hubiera abandonado las armas… Una nueva traición en estas historias. En la gesta de Sandino participó como voluntario internacionalista un joven colombiano, llamado Alfonso Alexander Moncayo, a quien el general llamaba “mi mentor”, y sus camaradas le decían “el Capitán Colombia”. En los montes de las Segovias, donde se adelantó la lucha, el colombiano se encargó de adiestrarlo en las lides literarias, leyendo juntos poesía y practicando redacción de textos, “entre balazos y versos”, diría Sandino. Al marcharse, Alexander le regaló el Tratado de ortología y ortografía de la lengua castellana de José Manuel Marroquín50. Alexander no fue el único colombiano junto a Sandino: “Teniente Rubén Ardila Gómez. Se presentó en nombre de los estudiantes universitarios de Colombia. Perteneciente a una familia muy distinguida y rica de su país. Un muchacho muy brillante. Peleó bravamente en varios combates y estuvo en mi guardia personal por mucho tiempo”51.

El golpe de Estado contra Árbenz fue promovido por la CIA, que armó y entrenó a derechistas guatemaltecos exiliados en Honduras y Nicaragua; gobiernos como los de Trujillo, en República Dominicana, y Batista, en Cuba, apoyaban los siniestros planes. La operación fue identificada con el criptónimo PBSUCCESS52, y fue la primera operación secreta de la CIA en América Latina, directamente autorizada por el presidente Eisenhower en agosto de 1953, con un presupuesto de 2,7 millones de dólares para guerra psicológica y acciones políticas. En junio de 1954, Eisenhower dio la orden de iniciar la invasión, luego de que se descubriera un envío de armas procedentes de Checoslovaquia a bordo del buque sueco SS Alfhem, que atracó en Puerto Barrios; el propósito de ese embarque era fortalecer y armar las milicias populares de obreros y campesinos ante un eventual golpe derechista. Como tantas veces, la CIA estaba enterada de los movimientos de compra y traslado de las armas y presentó el hecho como una prueba más de la participación comunista en el gobierno de Árbenz.

A las 8 de la noche del viernes 18, Castillo Armas, al frente de su ejército expedicionario de cerca de 300 hombres, llamado eufemísticamente “Ejército de Liberación”, cruzó las fronteras desde Honduras y El Salvador. El 27 de junio, luego de días y noches de resistencia, combates y el bombardeo de aeronaves estadounidenses, Árbenz renunció, y el 3 de julio, el flamante coronel Castillo Armas entró a la capital de la mano de John Peurifoy, embajador de Estados Unidos. No hubo reacciones internacionales en contra, ni de la OEA, ni del Consejo de Seguridad de la ONU53, ni de las pocas democracias que aún subsistían en el continente. Unos meses antes, el tema había pasado por la reunión de la X Conferencia Interamericana de la OEA, en Caracas; Estados Unidos buscaba que por mayoría de dos tercios se aprobara una resolución que avalara la intervención armada en cualquier Estado miembro que cayera bajo el “dominio comunista” y se convirtiera en una amenaza regional. De los 20 votos emitidos, 17 fueron a favor, hubo dos abstenciones y 1 voto a favor de Guatemala, el de su propio representante.

En ese país se encontraba, desde finales de 1953, un joven argentino llamado Ernesto Guevara de la Serna, médico de profesión, aventurero y trotamundos por convicción, próximo a convertirse en revolucionario de tiempo completo. Entre los exiliados que por esos días pululaban por la capital guatemalteca revolucionada, conoció a la peruana Hilda Gadea, militante del APRA54 y colaboradora del gobierno de Árbenz, con quien se casó el 18 de agosto de 1955 en la ciudad de Tepotzotlán (México). También se encontró con unos cubanos antibatistianos sobrevivientes del asalto al Cuartel Moncada, entre ellos Alberto Ñico López, que sobresalía por su estatura y extrema delgadez; sus caminos se cruzaron, se hicieron amigos inseparables, y fue Ñico quien le puso como sobrenombre Che, por esa exclamación tan frecuente y típicamente argentina.

El 14 de junio, tres días antes del golpe contra Árbenz, cumplió veintiséis años, y la vida lo ponía en el sitio y hora precisos para su bautizo de fuego: “Los últimos acontecimientos pertenecen a la historia, cualidad que creo que por primera vez se da en mis notas. Hace días, aviones procedentes de Honduras cruzaron las fronteras con Guatemala y pasaron sobre la ciudad a plena luz del día ametrallando gente y objetivos militares. Yo me inscribí en las brigadas de sanidad para colaborar en la parte médica y en brigadas juveniles (de la Alianza Democrática Comunista) que patrullan las calles de noche”55.

Como era de esperarse, la dictadura generalizó la persecución contra funcionarios del anterior gobierno, reversó la reforma agraria y otras medidas populares e ilegalizó los partidos políticos y las organizaciones sindicales y campesinas. Todo vestigio de comunismo fue brutalmente reprimido, gracias a la “Ley penal preventiva contra el comunismo”, y la CIA se encargó de recoger y fabricar elementos que probaran que el de Árbenz fue un gobierno dirigido por la URSS (Operación PBHISTORY). Pasado el golpe, el Che se refugió en la Embajada argentina, en la ciudad de Guatemala, y allí permaneció durante un mes. Después consiguió una visa para ir a México, al encuentro con su destino.

El 23 de mayo de 1997, la CIA desclasificó cerca de 1.400 páginas de los archivos de entrenamiento de la operación PBSUCCESS, incluido un manual sobre asesinato, titulado A Study of Assassination56, en el que se explican y aconsejan paso a paso la planeación y las técnicas para cometer asesinatos políticos; ofrece descripciones detalladas de los procedimientos e instrumentos que se pueden usar: “Un martillo, hacha, llave inglesa, destornillador, atizador de fuego, cuchillo de coc ...