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MEDIO SOL AMARILLO

Chimamanda Ngozi Adichie

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Fragmento

1

El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.

–Pero es buena persona –añadió–. Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.

Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.

Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad. Llevaban un rato caminando después de haberse bajado del camión en el parque móvil y el sol de la tarde le quemaba la nuca; pero no le importaba. Estaba dispuesto a caminar durante horas bajo un sol aún más abrasador. Nunca hasta entonces había visto algo parecido a las calles que se abrieron ante ellos una vez que hubieron cruzado la puerta del recinto de la universidad, unas calles cuyo pavimento liso y alquitranado lo incitaba a posar sobre él la mejilla. No sería capaz de describirle a su hermana Anulika las casas de una planta que allí estaban pintadas del color del cielo y se alineaban una junto a otra como hombres educados y bien vestidos, ni los setos que las delimitaban, podados tan rectos que parecían mesas tapizadas de hojas.

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Su tía apresuró el paso; el ruido de sus zapatillas resonaba en glés no muy larga. Notó un olor dulce, embriagador, al entrar en un recinto; estaba seguro de que procedía de las flores blancas que sobresalían agrupadas por encima de los arbustos de la entrada. Estos habían sido podados en forma de esbeltas colinas. El césped resplandecía y las mariposas revoloteaban por encima de él.

–Le dije al señor que lo aprenderías todo muy deprisa, osiso –lo alabó su tía.

Ugwu asintió con consideración aunque ya le había contado aquello muchas veces, tantas como la historia acerca de la ocasión que había hecho cambiar su suerte: la semana anterior se encontraba barriendo el pasillo del departamento de matemáticas cuando oyó al señor comentar que le hacía falta un criado que se encargara de la limpieza de su casa; y ella se apresuró a hacerle saber que podía ayudarle, antes de que el mecanógrafo o el mensajero de la oficina se ofrecieran a mandarle a otra persona.

–Aprenderé pronto, tía –la tranquilizó Ugwu.

Se quedó mirando el coche del garaje; una tira metálica adornaba la carrocería azul como un collar.

–Recuerda que lo que tienes que contestar siempre que te llame es «¡Sí, sah!».

–¡Sí, sah! –repitió Ugwu.

Se encontraban de pie frente a la puerta acristalada.

Ugwu contuvo las ganas de extender el brazo para alcanzar la pared de cemento y notar la diferencia de tacto con respecto a las paredes de barro de la choza de su madre en las que aún se percibían las leves huellas de los dedos que las habían modelado. Por un instante, le habría gustado encontrarse allí, en la choza de su madre, bajo el oscuro frescor del techo de paja, o en la de su tía, la única de todo el pueblo con cubierta de chapa ondulada.

Su tía dio unos golpecitos en el cristal. Ugwu entrevió las cortinas blancas al otro lado de la puerta. Una voz dijo en inglés:

–¿Sí? Adelante.

Ugwu y su tía se descalzaron antes de entrar. El chico no haparecía muy espaciosa. El señor se encontraba sentado en un sillón, en camiseta de tirantes y pantalones cortos. No mantenía la espalda erguida sino que estaba recostado y un libro le cubría el rostro; parecía ajeno por completo al hecho de que acabara de conceder permiso a alguien para entrar.

–Buenas tardes, sah. Este es el chico –lo presentó la tía.

El señor alzó la vista. Tenía la tez hosca, del color de la corteza de un árbol viejo, y el vello que le cubría el pecho y las piernas era abundante y de un tono más oscuro. Se quitó las gafas.

–¿El chico?
–El criado, sah.
–Ah, claro, me ha traído al criado. I kpotago ya.

Las palabras en igbo del señor fluían livianas a oídos de Ugwu. La entonación quedaba suavizada por la influencia del efecto ligado de la lengua inglesa, el acento en igbo de alguien que hablaba inglés a menudo.

–Trabajará mucho –le aseguró la tía–. Es muy buen chico. Solo tiene que decirle lo que quiere que haga. ¡Gracias, sah!

El señor emitió un gruñido por respuesta mientras observaba a Ugwu y a su tía con expresión algo aturdida, como si su presencia le dificultara el recordar algo importante. La tía le dio a Ugwu unas palmadas en el hombro mientras musitaba que se portara bien, y a continuación se volvió hacia la puerta. En cuanto se hubo marchado, el señor se colocó de nuevo las gafas, dirigió la mirada hacia el libro y se reclinó para adoptar una postura aún más cómoda, con las piernas estiradas. Incluso al volver las páginas mantenía la mirada fija en el libro.

Ugwu se quedó esperando junto a la puerta. Los rayos de sol penetraban por la ventana y, de vez en cuando, una ligera brisa levantaba las cortinas. La sala permanecía en completo silencio a excepción del crujido del papel al volver las páginas. Ugwu se quedó así unos instantes y a continuación se fue acercando a la estantería, cada vez un poco más, como si quisiera esconderse detrás. Luego, al cabo de un rato, se dejó caer al suelo, con su bolescrutó lo que le rodeaba para convencerse de que todo aquello era real, de que él iba a sentarse en aquellos sofás, pulir el pavimento liso y resbaladizo, lavar las cortinas vaporosas.

–Kedu afa gi? ¿Cómo te llamas? –le preguntó el señor sobresaltándolo.

Ugwu se puso en pie.
–¿Cómo te llamas? –volvió a preguntarle el señor, y se incorporó en el asiento.

Ocupaba todo el sillón, el pelo hirsuto formaba un halo por encima de su cabeza, y tenía los brazos musculosos y las espaldas anchas; Ugwu se había imaginado a alguien más mayor, más frágil, y de prontó sintió miedo de no satisfacer a aquel señor de aspecto tan vital y juvenil que no parecía necesitar nada de nadie.

–Ugwu, sah.
–Ugwu. Y vienes de Obukpa, ¿verdad?
–De Opi, sah.
–Podrías tener cualquier edad entre los doce y los treinta años. –El señor aguzó la vista–. Es probable que tengas trece. –Dijo la cifra en inglés: «thirteen».

–Sí, sah.

El señor volvió a su lectura. Ugwu permaneció inmóvil. Después de pasar deprisa unas cuantas hojas, levantó la vista de nuevo.

–Ngwa, ve a la cocina. Encontrarás algo de comer en la nevera.

–Sí, sah.

Ugwu entró en la cocina con cautela, poniendo despacio un pie delante del otro. Cuando vio aquello de color blanco, casi tan alto como él, dedujo que se trataba de la nevera. Su tía le había hablado de ello. Una especie de fresquera donde no se estropeaba la comida, según le había explicado. Ugwu lo abr
dio un grito ahogado al notar la ráfaga de aire frío en el rostro. Naranjas, pan, cerveza, refrescos: muchas cosas empaquetadas y el pollo y se chupó el dedo antes de arrancar el muslo restante y comérselo hasta que solo le quedaron en la mano trocitos de hueso chupados. A continuación partió un poco de pan, una porción que le habría entusiasmado compartir con sus hermanos si algún pariente de visita se la hubiera ofrecido como obsequio. Comió deprisa, sin dar tiempo a que el señor pudiera aparecer y haber cambiado de opinión. Ya había terminado y se encontraba de pie junto al fregadero, tratando de recordar lo que su tía le había explicado acerca de abrirlo para que el agua brotara a chorro como de una fuente, cuando entró. Se había puesto una camisa estampada y unos pantalones. Los dedos de sus pies, que asomaban por las zapatillas de piel, tenían un aspecto femenino, tal vez por lo impolutos; saltaba a la vista que siempre llevaba –¿Qué ocurre? –le preguntó.
–Sah? –Ugwu señaló el fregadero.

El señor se acercó y giró la palomilla metálica del grifo. –Será mejor que eches un vistazo a la casa y dejes tu bolsa en la primera habitación que encontrarás yendo por el pasillo. Voy a dar un paseo para despejar la cabeza, i nugo?

–Sí, sah.

Lo observó mientras salía por la puerta de atrás. No era alto pero tenía el andar brioso, enérgico, y se parecía a Ezeagu, el hombre que ostentaba el título de mejor luchador en el pueblo de Ugwu.

Ugwu cerró el grifo, y volvió a abrirlo y a cerrarlo. Y de nuevo lo abrió y lo cerró; una y otra vez, hasta que la maravilla del agua corriente y la agradable sensación de tener el estómago lleno de pollo y pan hicieron que se echara a reír. Atravesó la sala y salió al pasillo. Había libros apilados en las estanterías y en las mesas de los tres dormitorios, y también encima del lavabo y de los armarios del cuarto de baño; en el estudio las pilas de libros llegaban hasta el techo, y en la despensa viejas publicaciones se acumulaban junto a cajas de Coca-Cola y envases de car

Métodos no paramétricos, Un estudio africano, La gran cadena de los seres vivos, El impacto normando en Inglaterra. Fue de habitación en habitacion de puntillas porque creía tener los pies sucios, y a medida que avanzaba se sentía cada vez más decidido a complacer al señor, a alojarse en aquella casa en la que se comía carne y el suelo estaba fresco. Examinó el retrete; justo cuando pasaba la mano por la tapa de plástico negro, oyó la voz del señor.

–¿Dónde estás, amigo mío? –Dijo «amigo mío» en inglés. Ugwu se dirigió a la sala a toda prisa.
–¡Sí, sah!
–Recuérdame tu nombre.
–Ugwu, sah.
–Claro, Ugwu. Fíjate en esto, nee anya. ¿Sabes qué es?

El señor apuntó con el dedo y Ugwu se quedó mirando la caja metálica llena de botones de aspecto peligroso.

–No, sah –respondió.
–Es una radiogramola. Es nueva y funciona muy bien. No tiene nada que ver con esos gramófonos viejos a los que hay que dar vueltas y más vueltas. Debes tener mucho cuidado con el aparato; mucho. No puede caerle agua.

–Sí, sah.
–Me voy a jugar al tenis y luego me quedaré un rato en el centro de profesores. –El señor cogió algunos libros de la mesa–. Puede que vuelva tarde, así que instálate y descansa.

–Sí, sah.

Después de observar cómo el señor salía en coche del recinto, Ugwu se acercó hasta la radiogramola y examinó el aparato con cautela, sin tocarlo. Luego, dio vueltas por la casa, de aquí para allá, palpó los libros, las cortinas, los muebles y la vajilla. Cuando oscureció, encendió la luz y se quedó maravillado ante el resplandor que desprendía la bombilla colgada del techo, y que no proyectaba sombras alargadas en la pared como las lámparas de aceite de palma de su casa. A aquellas horas su madre debía de estar preparando la cena, machacando akpu con la mano ciéndose burlas y persiguiéndose entre ellos bajo el árbol del pan. Tal vez Anulika los estuviera vigilando. Ahora era la mayor de todos los hijos que vivían con la familia y, por tanto, mientras se sentaban juntos a comer alrededor del fuego, tendría que encargarse de poner fin a las disputas de los más pequeños por los tropezones de pescado seco de la sopa. Esperaría a que se terminaran el akpu y luego repartiría el pescado de tal manera que a cada niño le tocara un trozo, y se guardaría para ella el más grande, como él había hecho siempre.

Ugwu abrió el frigorífico y comió un poco más de pan y de pollo. Se embutió la comida en la boca mientras el corazón le latía como si hubiera estado corriendo; luego arrancó unos cuantos trozos más de la pechuga y las alas. Se metió la comida en los bolsillos de los pantalones cortos y se dirigió al dormitorio. Pensaba guardarla hasta que su tía fuera a verlo y pedirle que se la diera a Anulika. Tal vez pudiera llevarle también un poco a Nnesinachi; así acabaría fijándose en él. No tenía muy claro cuál era el parentesco que los unía; lo único que sabía era que pertenecían a la misma umunna y, por tanto, no podrían casarse nunca. Aun así, habría agradecido que su madre no se refiriera a la chica como su hermana y dejara de decirle cosas como: «Por favor, llévale este aceite de palma a mama Nnesinachi, y si no está, dáselo a tu hermana».

Nnesinachi siempre le hablaba en un tono distraído, sin fijar la mirada en él, como si su presencia no la afectara en lo más mínimo. A veces lo llamaba Chiejina, que era el nombre de un primo al cual no se parecía en nada, y cuando Ugwu le hacía ver que no se trataba de él, la chica se disculpaba diciéndole: «Perdóname, Ugwu, hermano mío», en un tono formal y distante que daba a entender que no tenía ganas de alargar la conversación. En cambio a él le gustaba que lo mandaran con recados a su casa. Siempre representaban una oportunidad de encontrarla agachada, bien avivando el fuego, bien cortando hojas de ugu para el caldo que hacía su madre, o sentada al aire libre vigilande que Anulika dejara de tener el pecho tan plano –de hecho, se preguntaba por qué a su hermana tardaban tanto en crecerle los senos, puesto que tenía aproximadamente la misma edad que Nnesinachi–, para así poder palpárselos. Claro que Anulika le apartaría la mano de golpe, eso si no le propinaba además una bofetada, pero él lo haría muy deprisa, le daría un apretoncito y echaría a correr, y por lo menos se formaría una idea de qué podía esperar cuando por fin tocara los senos de Nnesinachi.

No obstante, le preocupaba que esa oportunidad no llegara nunca, ahora que el tío de la chica le había pedido que se fuera con él a Kano para aprender un oficio. Partiría hacia el norte al final del año, cuando el más pequeño de sus hermanos, de quien su madre estaba encinta, empezara a andar. A Ugwu le habría gustado sentirse tan contento y agradecido como el resto de la familia. A fin de cuentas, en el norte se podía hacer fortuna; tenía conocidos que se habían marchado allí a comerciar y al volver habían derribado sus antiguas cabañas y habían construido casas cubiertas con chapa ondulada. Pero él temía que alguno de aquellos negociantes barrigudos del norte le echara el ojo a la chica y lo siguiente que supiera de ella fuera que alguien le había ofrecido vino de palma a su padre y que nunca llegaría a tocarle los pechos. Era la imagen de aquellos pechos la que reservaba para el final de cada una de las frecuentes noches de tocamientos, suaves al principio y luego más enérgicos, hasta que acababa emitiendo un gemido quedo. Siempre empezaba f rándose el rostro de la chica, las mejillas plenas y los dientes de color marfil; luego se imaginaba que ella lo rodeaba con sus brazos, que pegaba el cuerpo al de él. Finalmente, sus pechos cobraban forma; a veces su tacto era prieto y lo incitaban a mordisquearlos; otras, resultaban tan suaves que temía que su roce imaginario les causara dolor.

Se planteó durante unos momentos pensar en ella aquella noche, pero al final decidió no hacerlo. Era la primera que paencima o si retirar la ropa y deshacer la cama antes de acostarse. inal, se subió y se acostó sobre las mantas con el cuerpo hecho un ovillo.

Soñó que el señor lo llamaba: «¡Ugwu, amigo mío!», y cuando se despertó el hombre lo contemplaba desde la puerta. Tal vez no hubiera sido un sueño. Se levantó apresuradamente y se quedó mirando las ventanas con las cortinas recogidas, confuso. ¿Era tarde? ¿Se habría quedado dormido por culpa de la cama mullida? Solía despertarse con los primeros cantos del gallo.

–¡Buenos días, sah!
–Aquí huele mucho a pollo asado.
–Lo siento, sah.
–¿Dónde está el pollo?

Ugwu hurgó en los bolsillos de sus pantalones cortos y sacó los trozos de pollo.

–¿En tu familia coméis mientras dormís? –le preguntó el

La prenda que llevaba puesta parecía un abrigo de mujer, y con gesto distraído retorcía la cuerda atada a modo de cinturón.

–¿Cómo, sah?
–¿Pensabas comerte el pollo en la cama?
–No, sah.
–Solo se come en el comedor o en la cocina.
–Sí, sah.
–Hoy te toca limpiar la cocina y el baño.
–Sí, sah.

El señor dio media vuelta y se marchó. Ugwu se quedó temblando en la habitación, sosteniendo aún en su mano extendida los trozos de pollo. Al final, volvió a guardárselos en los bolsillos, respiró hondo y salió del dormitorio. El señor estaba sentado a la mesa, con una taza de té frente a él sobre una pila de libros.

–¿Sabes quiénes mataron realmente a Lumumba? –dijo el señor, alzando la mirada de una revista–. Los americanos y los belgas. Katanga no tuvo nada que ver.

–Eres mi criado –dijo el señor–. Si te ordeno que salgas y golpees con un palo a una mujer que pasa por la calle y tú le pegas y le haces sangre en la pierna, ¿quién es el responsable de esa herida, tú o yo?

Ugwu se quedó mirando al señor mientras negaba con la cabeza. Se preguntaba si se trataría de algún rodeo para referirse a los trozos de pollo.

–Lumumba era el primer ministro del Congo. ¿Sabes dónde está el Congo? –le preguntó.

–No, sah.

El señor se levantó deprisa y entró en el estudio. El miedo debido al desconcierto hizo que a Ugwu le empezaran a temblar los párpados. ¿Lo enviaría el señor de vuelta a casa por no hablar bien inglés, por haberse guardado trozos de pollo en los bolsillos durante la noche o por no conocer los sitios raros a los que se refería? El señor volvió con una gran hoja de papel que desdobló y extendió sobre la mesa del comedor tras apartar los libros y las revistas. Luego señaló con el bolígrafo.

–Este es nuestro mundo, aunque las personas que trazaron el mapa decidieran situar su tierra por encima de la nuestra. Ya ves que aquí no hay parte superior ni inferior. –El señor cogió la hoja y la dobló de manera que los cantos se tocaran y el centro quedara hueco–. El mundo es redondo, no tiene final. anya, todo esto es agua, los mares y los océanos, aquí está Europa y este es nuestro continente, África, y el Congo está en el centro. Más arriba se encuentra Nigeria y aquí, Nsukka, en el sudeste. Aquí es donde estamos nosotros. –Tamborileó sobre ese punto con el bolígrafo.

–Sí, sah.
–¿Has ido a la escuela?
–Hasta el segundo curso, sah. Pero aprendo deprisa. –¿Hasta segundo? ¿Cuánto tiempo hace que no vas a clase? –Muchos años, sah. Pero aprendo muy deprisa.
–¿Por qué dejaste los estudios?

–¿Qué, sah?
–¡Tu padre debería haber pedido ayuda! –El señor dio un chasquido y luego exclamó en inglés–: ¡La educación es prioritaria! ¿Cómo podemos enfrentarnos a la explotación si no contamos con medios para comprenderla?

–¡Sí, sah! –asintió Ugwu con energía.

Estaba decidido a prestar tanta atención como le fuera posible, y reaccionó a la intensidad del brillo que observó en los ojos del señor.

–Te matricularé en la escuela primaria para los hijos del personal docente –resolvió el hombre mientras seguía repiqueteando sobre la hoja con el bolígrafo.

La tía de Ugwu le había dicho que si hacía bien su trabajo durante unos años el señor lo enviaría a la escuela mercantil, donde aprendería mecanografía y taquigrafía. Había mencionado la escuela primaria de la universidad pero solo para explicarle que estaba reservada para los hijos de los profesores, que llevaban uniforme azul y unos calcetines blancos tan adornados de puntillas que uno llegaba a preguntarse por qué alguien había malgastado tanto tiempo para hacer unos simples calcetines.

–Sí, sah –dijo–. Gracias, sah.
–Supongo que serás el mayor de la clase, al empezar tercero a tu edad –le dijo–. Y solo conseguirás ganarte el respeto de los demás si eres el mejor. ¿Lo entiendes?

–Sí, sah.
–Siéntate, amigo mío.

Ugwu escogió la silla más alejada del señor, tomando asiento torpemente con los pies muy juntos. Prefería permanecer –Hay dos respuestas posibles a las cosas que te enseñarán sobre nuestro país: la verdadera y la que tienes que saber para aprobar. Debes leer y aprender ambas. Yo te proporcionaré libros, unos libros excelentes. –El señor se detuvo para dar un sorbo de té–. Te enseñarán que un hombre blanco llamado Mungo Park desno hubiera ofendido tanto al señor.

–¿Es lo único que sabes decir?
–¿Sah?
–Cántame una canción.
–¿Qué, sah?
–Que me cantes una canción. ¿Cuáles te sabes? ¡Canta! –El señor se quitó las gafas. Fruncía el entrecejo con semblante serio.

Ugwu entonó una vieja canción que había aprendido en la granja de su padre. El corazón le palpitaba con fuerza en el pecho.

–Nzogbo nzogbu enyimba, enyi…

Empezó en voz baja, pero el señor golpeteó en la mesa con el bolígrafo y exclamó:

–¡Más alto!

Así que alzó el volumen, y el señor repitió:
–¡Más alto!

Hasta que acabó a grito pelado. Cuando hubo repetido la tonada unas cuantas veces, el señor le pidió que parara.

–Bien, bien –dijo–. ¿Sabes hacer té?
–No, sah. Pero aprendo rápido –insistió Ugwu.

Al cantar había eliminado la tensión; ahora respiraba con facilidad y el corazón le latía con menos fuerza. Y estaba convencido de que al señor le faltaba algún tornillo.

–Casi siempre como en el centro de profesores. Ahora que tú estás en casa, supongo que tendré que comprar más comida.

–Sah, yo sé cocinar.
–¿Sabes cocinar?

Ugwu asintió. Había pasado muchas noches observando a su madre mientras cocinaba. Él encendía el fuego o atizaba las ascuas cuando empezaban a apagarse. Pelaba y machacaba los ñames y las mandiocas, ablentaba el arroz, separaba los gorgojos de las judías, pelaba las cebollas y molía la pimienta. Con frecuencia se descubría deseando cocinar en lugar de Anulika cuando su madre enfermaba de toses. Nunca se lo había confesado a nadie,

Haz una lista de todo lo que necesitas.

–Sí, sah.
–No sabes por dónde se va al mercado, ¿verdad? Le pediré a Jomo que te enseñe el camino.

–¿Jomo, sah?
–Jomo se ocupa de cuidar la finca. Viene tres veces por semana. Es muy gracioso, alguna vez lo he sorprendido hablándoal crotón. –El señor hizo una pausa–. En fin, mañana tiene que

Más tarde, Ugwu escribió una lista de productos y se la entregó al señor. Este leyó con detenimiento durante unos instantes.

–¡Vaya mezcolanza! –exclamó en inglés–. Supongo que en la escuela te enseñarán a utilizar más vocales.

A Ugwu le disgustó la expresión divertida del señor. –Necesitamos madera, sah –añadió.
–¿Madera?
–Para sus libros, sah. Para poder ordenarlos.
–Ah, claro. Te refieres a los estantes. Supongo que encontraremos dónde colocar algunos más, tal vez en el pasillo. Se lo comentaré mañana a alguien del departamento de mantenimiento.

–Sí, sah.
–Odenigbo. Llámame Odenigbo.

Ugwu lo miró muy poco convencido.
–¿Sah?
–No me llamo sah. Llámame Odenigbo.
–Sí, sah.
–Siempre responderé al nombre de Odenigbo. Lo de «señor» es arbitrario. Mañana el señor podrías ser tú.

–Sí, sah… Odenigbo.

En realidad, Ugwu prefería sah por el vigor conciso que evocaba aquel término; así, cuando al cabo de unos días se presentaron dos personas del departamento de mantenimiento para montar estantes en el pasillo, Ugwu les dijo que tendrían que esperar al sah, que él no podía firmar aquel papel escrito a máseándole a él y a toda su prole un ataque de diarrea perpetuo. Más tarde, mientras ordenaba los libros del señor, se prometió a sí mismo casi en voz alta que algún día aprendería a f impresos.

Durante las semanas siguientes, tiempo que dedicó a examinar todos y cada uno de los rincones de la casa y durante el cual descubrió que en el anacardo había una colmena y que las mariposas acudían al jardín de la entrada cuando el sol más brillaba, procuró prestar atención a los hábitos y ritmos del señor. Todas las mañanas recogía el Daily Times y la revista Renaissance repartidor había dejado en la entrada y los colocaba doblados en la mesa junto con el té y el pan para el señor. Mientras este desayunaba Ugwu lavaba el Opel, y después de volver del trabajo, mientras se echaba la siesta, el chico le quitaba el polvo antes de que se marchara a las pistas de tenis. El chico se movía por la casa de manera silenciosa durante los días en que el señor se encerraba en el estudio durante horas, y cuando lo oía andar por el pasillo hablando en voz alta, se aseguraba de tener a punto el agua caliente para el té. Fregaba el suelo a diario, frotaba las persianas hasta que refulgían bajo el sol de la tarde, trataba con cuidado las pequeñas grietas de la bañera y sacaba lustre a las bandejas en las que servía nuez de cola a los amigos del señor. A diario recibía por lo menos a dos visitas en el salón, con la radiogramola reproduciendo una extraña música de flauta a un volumen lo bastante bajo como para que Ugwu alcanzara a oír las conversaciones, las risas y los brindis desde la cocina o desde el pasillo mientras planchaba la ropa del señor.

Quería hacer más cosas, deseaba darle buenos motivos al señor para que le permitiera quedarse con él, y por eso una mañana se dispuso a plancharle los calcetines. El canalé negro no se veía muy arrugado, pero Ugwu creyó que si lo alisaba aún tendría mejor aspecto. Sin embargo la suela caliente siseó y, al levantarla, la mitad de la prenda se había quedado pegada a ella. A Ugwu se le heló la sangre. El señor estaba sentado a la mesa, cajón a por otro par de calcetines, pero las piernas no le respondían. Permaneció allí plantado, con el calcetín chamuscado en la mano y la certeza de que el señor lo soprendería de aquella –Me has planchado los calcetines, ¿verdad? –le preguntó el señor–. Estúpido analfabeto. –Las palabras «estúpido analfabeto» brotaron con musicalidad.

–¡Lo siento, sah! ¡Lo siento, sah!
–Te tengo dicho que no me llames «señor». –Cogió una carpeta de la estantería–. Se me hace tarde.

–¿Sah? ¿Le traigo otro par? –preguntó Ugwu.

Pero el señor ya se había puesto los zapatos sin calcetines y salía a toda prisa. Ugwu lo oyó cerrar de golpe la puerta del coche y alejarse. Notaba una opresión en el pecho; no se explicaba por qué se le había ocurrido planchar los calcetines, por qué no se había limitado a poner a punto el traje de safari. Todo era por culpa de los malos espíritus, estaba clarísimo. Ellos lo habían impulsado a hacerlo. Al fin y al cabo, merodeaban por todas partes, siempre al acecho. Siempre que tenía fiebre alta, o aquella vez que se cayó de un árbol, su madre le frotaba el cuerpo con okwusin dejar de murmurar: «Tenemos que derrotarlos, no van a

Salió al jardín delantero y cruzó la hilera de piedras que bordeaban el pulcro césped. Los malos espíritus no podrían con él. No pensaba permitirles que se salieran con la suya. En medio del prado destacaba un pequeño claro, como una isla en medio de un mar verde, y en él se erguía una delgada palmera. Ugwu no había visto nunca ninguna tan baja, ninguna cuyas hojas se abrieran formando una copa tan perfecta. No parecía lo bastante fuerte para llegar a dar frutos, se diría que no servía para nada, como la mayoría de las plantas que crecían allí. Cogió una piedra y la lanzó lejos. Cuánto espacio desaprovechado. En su aldea la gente cultivaba la menor porción de terreno delante de su casa y plantaba verduras y hierbas aromáticas. Su abuela no tenía neasí que, según le confesó a Ugwu, cada vez que quería pedirle algo a su marido preparaba gachas de ñame condimentadas con especias y arigbe. Aquello siempre le había dado resultado. Tal vez también funcionara con el señor.

Ugwu buscó arigbe por los alrededores. Miró entre las f rosadas y al pie del anacardo de cuya rama colgaba la esponjosa colmena; también buscó junto al limonero con su tronco cubierto de pequeñas hormigas negras que desfilaban arriba y abajo, y debajo de las papayas cuyos frutos maduros habían sido agujereados por el picoteo de los pájaros. Pero la tierra estaba limpia, no había hierbas silvestres. Jomo se encargaba de desherbar a conciencia y con esmero; no permitía que creciera nada que no debiera crecer allí.

La primera vez que se vieron, Ugwu saludó a Jomo y este asintió con la cabeza y continuó con su trabajo sin pronunciar palabra. Era un hombre bajito de complexión recia y piel apergaminada. A Ugwu le pareció que el agua le hacía más falta a él que a las plantas que regaba con su cubo metálico. Por fin, Jomo alzó la mirada hacia Ugwu.

–Afa m bu Jomo –dijo, como si Ugwu no conociera su nombre–. Algunos me llaman Keniata, por el prohombre de Kenia. Soy cazador.

Ugwu no sabía qué contestar porque Jomo lo estaba mirando directamente a los ojos, como si esperara oír algo importante que el chico hubiera hecho.

–¿Qué tipo de animales cazas? –preguntó Ugwu.

En el rostro de Jomo se dibujó una sonrisa radiante, como si aquella fuera exactamente la pregunta que esperaba. Ugwu se sentó en la escalera que conducía al patio trasero y se dispuso a escuchar. Ya desde el primer día no se tragó ninguna de sus historias, lo de que se había enfrentado desarmado a un leopardo y que había matado a dos babuinos de un solo tiro; aun así, las escuchaba con gusto, y por eso decidió reservarse la tarea de lavar las prendas del señor para aquellos días en los que Jomo acutenemos buena carne», y a continuación se acercaba hasta la bolsa de piel de cabra atada al portaequipajes de su bicicleta y hurgaba en busca del tirachinas. Una vez derribó a una paloma del anacardo lanzándole una piedra pequeña, luego la envolvió con unas hojas y la metió en la bolsa.

–No te acerques a esa bolsa si no estoy yo por aquí –le advirtió a Ugwu–. Podrías encontrarte una cabeza humana.

Ugwu se echó a reír, pero no se lo tomó del todo a broma. Le habría gustado que aquel día Jomo hubiera ido a trabajar. Era la persona ideal para hacerle preguntas sobre el arigbe; de hecho, para pedirle consejo sobre la mejor manera de aplacar al señor.

Salió del recinto y buscó entre las plantas que bordeaban la carretera hasta que descubrió las hojas rizadas junto a la raíz de un pino sibilante. Nunca había notado nada parecido al intenso aroma del arigbe en los insípidos guisos preparados que el señor compraba en el centro de profesores. Ugwu pensaba cocinar un buen estofado con aquella hierba aromática y ofrecérselo al señor acompañado de un poco de arroz, y después le pediría excusas. «Por favor, no me mande a casa, sah. Trabajaré más horas para compensarle por haber quemado el calcetín. Ganaré dinero y le compraré otro.» No sabía muy bien cómo iba a arreglárselas para ahorrar suficiente dinero, pero se lo diría de todas maneras.

Si el arigbe ablandaba el corazón del señor, tal vez pudiera plantar un poco junto con otras hierbas aromáticas en el patio trasero. Le propondría ocuparse él mismo de cuidarlas hasta que empezara la escuela, pues la directora había dicho que no podía incorporarse a mitad de curso. Aunque tal vez albergara demasiadas esperanzas. ¿De qué iba a servirle un jardín de hierbas aromáticas si el señor lo echaba, si no lo perdonaba por haberle quemado el calcetín? Entró deprisa en la cocina, colocó el sobre la encimera y midió unas raciones de arroz.

Unas horas más tarde, sintió cómo se le encogía el estómago cuando oyó el coche del señor: el crujido de la grava y el ruido nidad de servirle la comida? ¿Cómo iba a explicárselo a su familia?

–Buenas tardes, sah… ¡Odenigbo! –lo saludó aun antes de que entrara en la cocina.

–Sí, sí –le respondió el señor.

Con una mano sostenía unos cuantos libros contra el pecho y en la otra llevaba la cartera. Ugwu acudió enseguida a ayudarle con los libros.

–Sah, ¿le apetece comer? –le preguntó en inglés.
–¿Comer qué?

Ugwu sintió que las contracciones del estómago se agudizaban. Al inclinarse para dejar los libros en la mesa, temió que se le escapara algo por culpa de la tensión.

–Estofado, sah.
–¿Estofado?
–Sí, sah. Muy bueno.
–Entonces lo probaré.
–¡Sí, sah!
–¡Llámame Odenigbo! –le espetó el señor antes de ir a darse su baño de la tarde.

Tras servirle la comida, Ugwu se quedó en la puerta de la cocina contemplando cómo el hombre se llevaba a la boca la primera cucharada de estofado con arroz, y luego la segunda. Al momento exclamó:

–Excelente, amigo mío.

Ugwu asomó la cabeza por la puerta.
–¿Sah? Puedo plantar estas hierbas en un pequeño huerto. Para preparar más platos como este.

–¿Un huerto? –El señor se detuvo para tomar un sorbo de agua y volvió la página de la revista–. No, no, no. La parte de fuera es cosa de Jomo, y la de dentro es responsabilidad tuya. El trabajo tiene que estar bien repartido, amigo mío. Si nos hacen falta hierbas aromáticas, le pediremos a Jomo que las plante.

A Ugwu le encantó el sonido de las palabras en inglés: «El

No podía dejar su cuidado en manos de Jomo, así que él mismo se ocuparía cuando el señor saliera de casa. De esa forma, siempre dispondría de arigbe, la hierba del perdón. No se apercibió hasta bastante más tarde de que el señor debía de haber olvidado la cuestión del calcetín quemado mucho antes de volver

Ugwu empezó a darse cuenta de más cosas. Él no era un criado cualquiera; el chico que servía en casa del doctor Okeke, el vecino de al lado, no tenía cama ni habitación propia sino que dormía en el suelo de la cocina. El que estaba empleado en la casa del final de la calle, con quien Ugwu iba al mercado, no decidía lo que iba a cocinar, se lo ordenaban. Y ninguno de ellos tenía la suerte de contar con un señor o una señora que les prestara libros y les dijera: «Este es excelente; excelente de

Ugwu no entendía la mayor parte de las frases de los libros, ingía que los leía. Tampoco llegaba a comprender del todo las conversaciones que el señor mantenía con sus amigos, pero aun así las escuchaba y aprendía que el mundo tenía que mostrar un mayor compromiso en relación con la población negra asesinada en Sharpeville, que el avión espía que había sido derribado en Rusia estaba al servicio de la derecha estadounidense, que De Gaulle estaba actuando de forma muy desafortunada en Argelia, que las Naciones Unidas no conseguirían expulsar a Tshombe de Katanga. De vez en cuando, el señor se ponía en pie y alzaba el vaso y la voz:

–¡Por el valiente americano ...