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NO ES AMOR, ES SOLO PARíS

Patricia Engel

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Fragmento

1

El primero que la llamó «la Casa de las Estrellas» fue Théophile, el marido de Séraphine, un borracho que solía caerse redondo en el patio de entrada sin llegar a alcanzar la puerta principal. Decía que desde esa perspectiva, con la mejilla pegada a los adoquines, en las ventanas de las habitaciones solo se veían luces tenues, como estrellas, y en nuestro tramo de la rue du Bac siempre había estrellas a todas horas, razón por la cual la casa de Séraphine se hizo famosa entre las demás, era un lugar donde nunca se dormía.

Nada más conocerla me contó que, durante todo el tiempo que estuvieron casados, Théo había tenido una aventura con su hermana, Charlotte, pero había decidido seguir unido a Séraphine por ser heredera de la fortuna de la familia De la Roque. Todos sabían de las relaciones entre Théo y Charlotte, pero en aquella época, en asuntos matrimoniales, la gente era más estratégica.

«Era la moda», dijo Séraphine, y no te puedes ni imaginar la de cosas que entonces eran la moda. Poco después de mi llegada, pregunté qué le pasaba a Théophile, porque aún no me lo habían presentado aunque siempre veía su sombrero encima del arcón en el vestíbulo de entrada, como si el hombre se hubiese perdido en algún recoveco de la casa. Séraphine se acomodó entre las almohadas de la cama y encendió un cigarrillo antes de suspirar:

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Mi Théo se suicidó hace diecisiete años. El escritor que vivía enfrente había hecho lo mismo el mes antes. Era la moda.

Séraphine era condesa. En la casa, e incluso en París, todos seguían teniendo en cuenta ese tipo de detalles aunque los títulos hubiesen desaparecido con la Revolución. El hombre que me recomendó como inquilina me comentó que, al dirigirme a ella, debía llamarla «Madame la Comtesse» o simplemente «Condesa», pero me costaba utilizar esas fórmulas sin tener la sensación de estar haciendo teatro. De modo que a las pocas horas de mi llegada le pregunté si podía dirigirme a ella por su nombre de pila. Abrió tanto los ojos delineados con kohl que se le vio la membrana rosada y tardó un rato en contestarme. Pensé que quizá tomarme esas confianzas podía considerarse un grave error y me preguntaba cómo remediarlo cuando Séraphine carraspeó y esbozó una sonrisa que, a juzgar por las arrugas del entrecejo, era la primera en años.

—Está bien, Leticia. Si tanto te empeñas, llámame Séraphine.

Las demás chicas no tardaron en llamarla así, Séraphine, incluso aquellas que llevaban años como huéspedes y siempre se habían dirigido a ella con más formalidad. Su nieto Loic intentó rectificar mi desaguisado, aduciendo que era una grosería que nos tomáramos esas libertades y que al menos debíamos llamarla «Madame», puesto que todas éramos invitadas en casa de Séraphine. Cosa que no era del todo cierta, dado que pagábamos una buena cantidad por vivir allí, en dólares nada menos, y el año completo por adelantado y en efectivo. Pero era demasiado tarde; el orden de la casa había quedado alterado.

La princesa Diana había muerto mientras yo iba en el vuelo nocturno de Newark a París. El taxista me lanzó al regazo Le Figaro con el titular y la foto del accidente en el túnel y me llevó de Charles de Gaulle al Distrito VII. Me acordé de que, de niña, mi madre y yo habíamos visto su boda por televisión, y se me antojó que no hacía tanto tiempo de aquello; ahora se trataba de una historia más que la gente contaría, aunque en lugar de concluir con un vivieron felices y comieron perdices, acabaría con «Y la princesa y su amante murieron juntos en París. Fin». La noticia de su muerte hizo que me sintiera vieja y echara mucho de menos a mi madre, que en el aeropuerto me había dado la espalda para que no viera sus lágrimas. El taxista dejó que me quedara con el periódico. Había comprado varios ejemplares, dijo, con vistas a que en un futuro valieran algo, puesto que no todos los días muere una princesa. Me lo metí en la parte trasera de los tejanos y arrastré mis dos maletas por la acera, crucé el patio hasta la casa de la condesa y entré en el vestíbulo. Toqué el timbre, nadie salió a atenderme.

En otros tiempos, la Casa de las Estrellas debió de ser muy hermosa, como Séraphine. Se apreciaban el encanto y la majestuosidad bajo la capa de alfombras persas, los suelos de mármol, los techos artesonados, las inmensas arañas los espejos dorados. Tras una mirada más atenta, en las alfombras se notaban la negra pátina del tiempo, las quemaduras de cigarrillos y los agujeros perforados por el roce de los tacones afilados. En el suelo de mármol se advertían las melladuras y las décadas sin el menor pulido. En el artesonado, las grietas, los querubines sin alas y sin cabeza; en los espejos, la falta de azogue, y en sus marcos, la falta de brillo; en las arañas, la pérdida de cristales y de bombillas. Venían luego los detalles decorativos: muebles de madera con taraceas de nácar y de esmalte estilo Luis no sé cuántos, arcones y mesitas con estatuillas y cajas de plata en miniatura —el tipo de cosas que en mi país se verían en una venta de objetos usados—. Y se percibía el aroma a tabaco, persistente a pesar de la abundancia de pequeños recipientes rebosantes de popurrí de lavanda.

Se oyó una voz que llamaba y la seguí por el breve pasillo que partía del vestíbulo.

Entonces la vi: Séraphine, sostenida por un montículo de cojines blancos en una amplia cama imperio de caoba que flotaba en medio de la alcoba sobre un suelo cubierto de alfombras. Las cortinas de encaje envolvían las puertas de cristal que daban al jardín trasero. Vestía una mañanita blanca, tenía las piernas cubiertas con un edredón vaporoso, era como de porcelana, llevaba lo que le quedaba de la larga cabellera incolora recogido en un moño apretado. Lucía largos pendientes de perlas, los labios finos cubiertos de un pigmento rojo y húmedo, los ojos claros delineados con un pringue oscuro, su sello personal, y probablemente la causa de sus cataratas. Aunque estuviera en cama, gorda como un panda, era una especie de dama elegante, como la Séraphine más joven que la miraba desde los retratos enmarcados que colgaban de las paredes amarillentas, y a menudo me preguntaba qué no había visto en ella su marido.

A esas alturas Séraphine tenía casi noventa años y llevaba tres sin salir de su alcoba, vestigio que venía con la casa. Las criadas la llamaban maharaní porque médicos, amigos y los restos del mundo que Séraphine consideraba importantes acudían a ella cuando los convocaba. Comentaban que tendrían que sacarla de allí por la fuerza si alguno de sus descendientes quería salirse con la suya y vender la casa, algo que su propia hija esperaba hacer según me enteré después.

Cuando le pregunté a Séraphine por qué había decidido alquilar habitaciones en su casa, me contó que antes de que fuera la Casa de las Estrellas había sido la Casa de los Felinos. Théo, que era un obsesivo, había conseguido coleccionar unos cincuenta especímenes de una extraña variedad de siameses, y cada habitación, ocupada ahora por una chica, en otros tiempos había albergado cinco o seis gatos, más unos cuantos favoritos que campaban a sus anchas por toda la finca. Théo trataba a los gatos como rarezas y se pasaba los días visitándolos uno por uno, los cepillaba, les cortaba las uñas, les susurraba en ruso, porque en su vida anterior Théo había sido ruso, se rumoreaba que judío, aunque nadie mencionaba nunca ese detalle, porque la familia De la Roque quería que la gente pensara que eran franceses y católicos de pura cepa, por eso no dejaba de citar el refrán «Más vale el buen nombre que las muchas riquezas». Las criadas decían que por ese motivo Séraphine nunca había aceptado llevar el apellido delator de Théo, y era por eso que él estaba tan entusiasmado con el escritor de enfrente, que también era ruso y judío en cierto modo.

Un buen día Séraphine se hartó de los gatos. Dijo que nada podía hacer si, por derecho divino, Théophile se acostaba con su hermana, pero que sí podía echar a los gatos porque aquella casa era suya, la había heredado de su padre, que se la había dejado por ser su primogénita. Le habría gustado reunirlos y enviarlos a vivir con las prostitutas y los vagabundos del bosque de Boulogne, pero aquellos animales valían un dineral, de modo que se buscó un comerciante de gatos y se los vendió por una cantidad global. Pasó una tarde a recogerlos en una furgoneta llena de jaulas; Théo estaba fuera bebiendo. Al día siguiente, cuando se le pasó la borrachera y vio que los gatos no estaban, a Théo le dio un ataque y Séraphine tuvo la certeza de que nunca llegaría a perdonarla. Fue idea de Théophile llenar con chicas las habitaciones, ahora que los gatos habían desaparecido. Empezaron con dos, luego con tres, y así, hasta llegar a ocho. Séraphine decía que para Théo hospedar a chicas era tan divertido como tener gatos. Las criadas murmuraban que, aunque tuviesen sangre azul y fueran dueños de esa finca, uno de los pocos palacetes que quedaban en la orilla izquierda, la familia De la Roque estaba arruinada. La condesa descubrió una forma sencilla de obtener ingresos hospedando a debutantes supuestamente bien educadas y que también había muchos padres dispuestos a pagar a una antigua noble para que vigilara a sus hijas en séjour.

Yo era la única chica nueva de la temporada. Había una larga lista de espera para vivir en la casa, y a una la tenían en cuenta únicamente si venía con la recomendación personal, como era mi caso, de un antiguo profesor de nouveau roman, lejanamente emparentado con Théophile. Cada muchacha ocupaba su habitación privada en el primer piso o en el segundo, Séraphine vivía en la planta baja. Sus nietos, Loic y Gaspard, hijos de Nicole, su única hija, disponían de un apartamento en el ala oeste de la casa, que era más pequeña y se accedía a ella por su propia entrada o a través de un pasadizo oculto debajo de las escaleras, vestigio de la guerra. Séraphine me asignó el dormitorio del primer piso, justo encima del suyo, en lo alto de la escalera; era una especie de túnel con unas puertas dobles que daban al pasillo y un par de paneles de cristal en la pared opuesta que daban a un balconcito sobre la terraza y el jardín trasero. En su interior había una cama de una plaza y un colchón mustio en un rincón, un pequeño escritorio, una silla plegable, un tocador lacado en negro al que le faltaban unos cuantos pomos de cristal, y un confidente de terciopelo rojo con asientos hundidos y patas de madera inclinadas.

A pesar de que contaban con tres criadas, Violeta, Flora y Mara, hermanas portuguesas, hijas de la portera que se dejaba ver muy pocas veces y que vivía en un pequeño apartamento situado en el patio de la entrada, y de que se suponía que Loic y Gaspard actuaban como encargados de la finca, yo había llegado justo cuando todos estaban almorzando. Nadie salió a ayudarme a subir las maletas ni a mostrarme dónde estaba todo, como la cocina o el teléfono compartido, solo para recibir llamadas, o a indicarme que el lavabo estaba en un extremo del pasillo mientras que el cuarto de baño azulejado con bañera sin cortinas, ducha teléfono y pila se encontraba en el extremo opuesto.

Tras abrir las puertas del balcón para ventilar y arrodillarme en el suelo de mi dormitorio para deshacer la maleta, vi aparecer en el umbral dos pares de sandalias idénticas, pertenecientes a dos chicas que me miraban desde arriba como si yo fuese un mapache hurgando en la basura. No tengo hermanas, solo dos hermanos —uno mayor y otro menor que yo—, en el colegio no había hecho muchas amigas y siempre tuve la sensación de que sabía moverme mejor entre libros que entre personas. Tenía veinte años, había terminado mis estudios, con notas sobresalientes, en una universidad prestigiosa, dos años antes de lo programado, pero en la vida social seguía siendo una novata. Y aquellas chicas, Tarentina y Giada, según ellas mismas se presentaron, tenían toda la pinta de formar una pareja temible, melenas enmarañadas de color rubio oscuro, sujetadores negros asomando por la parte de arriba de sus vestidos con estampados de flores, idénticos, largos hasta la rodilla, pechos similares, firmes y redondos; según supe más tarde por Loic, habían ido juntas a comprarse esos vestidos durante las vacaciones de Semana Santa del año anterior, en Río, ciudad natal de Tarentina; era la moda.

Giada, un poco más baja, se apoyó en el marco de la puerta, los labios en un perpetuo mohín, mientras su amiga me preguntaba quién era y de dónde venía, con un acento nasal casi británico que, según supe luego, era distintivo de las alumnas de internados suizos. Les dije que mi nombre era Leticia, pero que todos me llamaban Lita, y que era americana. Por las caras que pusieron me di cuenta de que no me creían.

—¿Y tus apellidos? —preguntó Tarentina.

—Del Cielo. Solo tengo uno.

Sonrió sin afecto alguno.

—Suena a nombre artístico. ¿Qué sangre llevas?

—¿Cómo que qué sangre llevo?

—Tu linaje —suspiró, ya aburrida de mí—. Tu país. Ya sabes, ¿de dónde vienes?

—De Colombia.

—India, supongo. —Se volvió hacia Giada y añadió—: Eso explica la cara de selva.

De hecho, llevo el nombre de una ciudad de la selva del Amazonas, en la frontera entre Colombia, Brasil y Perú. No salí de la selva, pero mi madre sí, la encontraron abandonada en un camino y la entregaron a las monjas, que se la llevaron a la capital. En aquella época, nadie quería adoptar a los recién nacidos indígenas, y en lugar de entregarla a un orfanato, las monjas criaron a mi madre en el convento. No tenía ganas de explicarles nada de eso, de modo que me limité a comentar:

—Supongo que sí.

—Verás, Loic me ha pedido que te dijera que enseguida viene. Suele ocuparse de recibir a las huéspedes. Ya seguiremos charlando cuando te hayas instalado.

Se marcharon con un «ciao, ciao», bajaron la escalera, el chancleteo de sus sandalias apenas disimuló sus risas leves hasta que salieron por la puerta principal. Me asaltó el miedo. Había abrigado la esperanza de vivir sola en París, leer los clasificados en un ejemplar de segunda mano de la revista FUSAC y marcar los estudios con alquileres asequibles, pero mi padre se empeñó en que solo me dejaría vivir en el extranjero si tenía compañía, un testigo respetable de mi existencia. La Casa de las Estrellas era el acuerdo al que habíamos llegado y del que ya empezaba a arrepentirme.

Poco después, Loic, desgarbado con su camisa de algodón a cuadros, sus pantalones planchados y la cara prematuramente arrugada, llamó a mi puerta y se presentó.

—Lamento no haber estado cuando has llegado. He tenido una emergencia. Quiero decir que la emergencia la ha tenido un amigo.

Me levanté y le estreché la mano huesuda.

—¿Has echado un vistazo a la casa?

—Sí. Es… bonita. He conocido a tu abuela y a algunas de las otras chicas. Giada y…

—Tarentina.

Me miró con fijeza, sus ojos eran de un color azul líquido.

—El primer día siempre es el más difícil.

Me esforcé por sonreír.

—Estoy un poco cansada. El viaje, el cambio de horario.

—¿Qué tal si sigues luego deshaciendo la maleta, así descansas y me acompañas a tomar el aire? —Me tendió la mano como si deseara convencerme de que me apartara del borde de una cornisa.

Para Loic la idea de tomar el aire era fumarse un cigarrillo. Nos sentamos en los escalones de la entrada, su rodilla huesuda rozó contra los tejanos que me había puesto el día antes en New Jersey mientras mi padre, al pie de la escalera, me gritaba que si no me daba prisa perdería el avión. Loic me ofreció un Lucky Strike de su paquete. Yo no era fumadora pero había fumado bastante con Ajax, mi mejor amigo de la infancia, que era un auténtico demonio, sobre todo cuando estaba dejando las drogas. Tal vez nunca habría venido a París de no haber sido por Ajax, que en realidad se llamaba Andrew Jackson, como el presidente. Los dos juntos casi llegamos a ser unos cerebritos, coincidimos en el exilio de las clases para «superdotados» y de los programas avanzados de los sábados que organizaban en la universidad local. Él estaba obsesionado con la idea de ser un triunfador desde que se había enterado de que su padre, al que creía muerto, era dentista y tenía otra familia en la otra punta de la ciudad, y que la madre de Ajax había sido su recepcionista. Íbamos a la misma escuela que sus hermanastros, y Ajax decidió destacar en los estudios para que en comparación con él parecieran unos perdedores.

Ajax y su madre vivían en un apartamento diminuto encima de una tienda de bebidas alcohólicas, y mi familia vivía en una mansión decorada por profesionales, pero para él seguíamos siendo gentuza porque su madre lo había criado con el mito de que eran primos de los Kennedy que habían perdido el contacto con la familia. Su madre lo dejaba a menudo solo, y por las tardes, cuando se suponía que debíamos estar estudiando en la biblioteca, nos recluíamos en su habitación para ver vídeos de Bones Brigade, el equipo de skateboard, y para planificar nuestro destino de adultos supergeniales. Ninguno de los dos encajábamos en nuestra ciudad encalada de monogramas y clubes de campo privados, pero a mí me importaba poco, porque Ajax siempre decía que la comunidad no era otra cosa que la conformidad con una rosa en la oreja.

Ajax me metió en el mundo del skateboarding. Un día lo desafié a que hiciera una hand plant en nuestra piscina vacía, se fracturó la espalda y estuvo cuatro meses sin poder ir a clase. Cuando le quitaron los calmantes, Ajax, que ahora caminaba como un anciano, se hizo amigo de la pandilla de la tienda de bebidas alcohólicas, que se juntaba en la puerta de su casa, y así fue como se dio a la heroína. Ahora estaba en la cárcel por haber intentado matar a su madre. No fui nunca a visitarlo, pero le mandé una caja de libros que me había prestado a lo largo de los años. De todos modos, la mayoría los había robado de la biblioteca o de la librería del barrio. Eran libros interesantes. Libros sobre Europa y otros lugares, sobre personas con vidas plagadas de aventuras, el tipo de personas que los dos queríamos ser cuando termináramos el bachillerato. Según Ajax, entonces empezaríamos a vivir en serio. La caja de libros me vino devuelta y decidí llevársela a su apartamento con la esperanza de dejársela a su madre, pero se había mudado y cuando pregunté en la tienda de bebidas alcohólicas, nadie supo darme noticias.

Quizá fueran los dientes torcidos y amarillentos, las mejillas hundidas, los brazos flacos como patas de cigüeña o la forma en que Loic sostenía el cigarrillo entre el dedo anular y el corazón, pero mis recuerdos de Ajax tendieron al instante un puente de familiaridad entre nosotros. Quizá fueran sus ojos pálidos e incitantes. Quizá fuera simplemente que los solitarios se atraen.

Loic era de esos que recorrían la Avenue Foch con su Mini, recogía a una joven prostituta con el único fin de darle algo de dinero y ofrecerse a encontrarle un trabajo decente en algún sitio. Eso hacía, tal como lo cuento, una vez por semana, pero yo era la única que lo sabía, porque siempre he sido de esas personas a quien la gente confía sus secretos con facilidad. Lo cierto es que se me nota a la legua que soy callada y más tímida que un caracol, y prefiero reservarme la charla para la intimidad de mi fuero interno, y soy así de locuaz únicamente cuando trato de comprender lo que significan las cosas para mí.

Acepté el cigarrillo que me ofreció Loic aquella tarde con la idea de que era una buena manera de estrenar esa nueva vida. Loic no habló mucho, ni siquiera cuando me entró un ataque de tos después de dar la primera calada. Me miró por encima del hombro huesudo y, a través de la sonrisa envuelta en humo, como si adivinara mi fatiga y mis miedos, dijo:

—No te preocupes, Lita. Aquí vas a ser muy feliz. Te doy mi palabra.

Mi padre dice que no vas a ninguna parte sin dejar algo atrás. Aunque él lo dice con un refrán y suena mucho mejor, menos simple, aunque mi padre es un hombre simple. Ahora es un magnate pero hasta los di ...