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¡OH, CAPITáN! ¡MI CAPITáN!

Walt Whitman

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Fragmento

CUANDO MEDITABA EN SILENCIO

Cuando meditaba en silencio,

repasando mis poemas, considerándolos, deteniéndome

en ellos,

un Fantasma surgió ante mí con desconfiado rostro,

terrible en belleza, edad y poderío,

el genio de los poetas del Antiguo Mundo,

que, mirándome con sus ojos como llamas,

señalando con su índice innumerables cantos

inmortales,

me dijo con voz amenazante: «¿Qué cantas tú?

¿No sabes que no existe más que un solo tema para los

bardos inmortales?

¿Y que ese es el tema de la Guerra, la fortuna de las

batallas,

la creación de soldados perfectos?».

«Así sea —le respondí entonces—,

yo también, altiva sombra, canto la guerra, una guerra

más larga y grande que cualquier otra,

sostenida en mi libro con varia fortuna, con ímpetu, con

avances y retiradas, con victorias diferidas e inciertas

Recibe antes que nadie historias como ésta

(sin embargo, la victoria me parece segura, o casi segura,

al fin), con el mundo por campo de batalla.

Para la vida y la muerte, para el Cuerpo y para el Alma

eterna,

oíd, yo también he venido a cantar el canto de las batallas,

yo también, por encima de todo, aliento a bravos

soldados.

EN EL MAR, SOBRE LAS NAVES

En el mar, sobre las naves alveoladas de camarotes,

donde el azul sin límites se extiende hacia todos lados,

con silbantes vientos y la música de las olas, las grandes

e imperiosas olas;

o en alguna barca solitaria, impulsada sobre el denso mar,

que jubilosa, y llena de fe, desplegando sus velas,

hiende el aire entre la resplandeciente espuma del día,

o de noche bajo las innumerables estrellas,

tal vez seré leído por marineros jóvenes y viejos, como

un recuerdo de tierra,

en plena concordancia al fin.

«He aquí nuestros pensamientos, los pensamientos de los

que navegan;

no solo la tierra, la tierra firme aparece en este libro

—podrán decir entonces—,

también se extiende y se comba la cúpula del cielo; bajo

nuestros pies sentimos el ondulante puente,

sentimos la larga pulsación, el movimiento eterno del

flujo y del reflujo;

los misteriosos acentos invisibles, las vagas y vastas

sugerencias del mundo oceánico, las líquidas sílabas que

se derraman;

el olor, el ligero crujido del cordaje, el ritmo melancólico,

la ilimitada perspectiva, el hosco y lejano horizonte

yacen aquí,

en este poema del Océano.»

No dudes, pues, ¡oh libro! ¡Cumple tu destino!

Tú no eres solo un recuerdo de tierra;

tú, que también eres como una barca solitaria, hendiendo

el espacio, hacia un fin que ignoro, y no obstante llena

de fe.

Acompaña a cada navío que navega, ¡navega tú!;