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POR QUé TRIUNFAN LOS LíDERES

Caracol Radio

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Fragmento

Prólogo

Por José Manuel Restrepo Abondano

Rector de la Universidad del Rosario

En un debate acerca del futuro del periodismo, David Simon, creador del show de televisión “The Wire”, pero quien antes trabajó por años como periodista en The Baltimore Sun, expresó su preocupación acerca de la carencia de incentivos para los periodistas que se encargaban de las noticias políticas y de las “aburridas” noticias de los sistemas económicos y de los interminables debates parlamentarios. En buena medida, este declive se debía a la incesante presión de los medios por atraer público y por publicar noticias que agradaran a las masas. Noticias, por ende, más divertidas, a veces de farándula, a veces de deportes, pero ciertamente lejanas a los debates que se estaban llevando en el Capitolio. Su preocupación se basaba en que sin periodistas que indagaran acerca de estos debates, sobre los movimientos que hay tras ellos y los hechos que los circundan, una cierta forma de vigilancia y llamado a rendición de cuentas que presta el periodismo estaba destinada a desaparecer, y si desaparecía, las malas acciones, la corrupción, tendrían rienda suelta. “Los próximos diez o quince años serán una dulcería para la corrupción política; va a ser una era de oro para ser un político corrupto”, dijo Simon al terminar su intervención.

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Es verdad: un cierto mercado de consumo dicta en buena medida el contenido y la dedicación de ciertos medios informativos a las noticias. Muchos de nuestros noticieros dedican más de media hora a hablar de deportes, y apenas unos pocos minutos a las noticias internacionales. Pero, pese a ello, el vaticinio de Simon no se ha hecho aún realidad. Sigue habiendo una vigilancia atenta a la política y a los políticos, el periodismo sigue prestando ese invaluable servicio de vigilancia, haciendo la pregunta incómoda, sacando a la luz el hecho que otros han querido ocultar, exponiendo aquello que, de otro modo, estaba destinado a permanecer en las sombras.

Con lo que tal vez no contaba Simon era con la aparición de otra amenaza, muy diferente esta vez, pero tal vez igual o incluso más peligrosa que aquella de las tendencias del consumo. Me refiero a ese fenómeno que hemos llegado a conocer como la “posverdad” y, triste y más recientemente, como la era de los “hechos alternativos”.

Se ha hecho común, no demasiado común, pero sí peligrosamente común, es decir, común en aquellos lugares de poder —aquellos donde se puede hacer daño—, una cierta actitud de desdén a la verdad. Y para entender la gravedad de esta situación se requiere hacer un breve paréntesis para recordar un escrito que el gran filósofo Harry Frankfurt publicó en 1986 y que se titula “On Bullshit”, que, en una traducción inexacta pero decorosa, sería “Sobre la charlatanería”. Decorosa, por obvias razones, pero inexacta porque el término “Bullshit” tiene una fuerza peyorativa de la que tristemente “charlatanería” es apenas una copia desteñida. Frankfurt se propone estudiar el fenómeno del charlatán, del bullshitter, y, en buena medida, su deseo es diferenciarlo del mentiroso.

La diferencia fundamental que encuentra es que el mentiroso, pese a mentir, y pese a engañar, tiene un compromiso con la verdad. Literalmente, Frankfurt dice: “El mentiroso está inevitablemente conectado con los valores de verdad. Para poder inventar una mentira en absoluto, debe pensar que conoce la verdad” (p. 130). Hay, entonces, un cierto respeto a la verdad, así sea para desmentirla, para negarla, para ocultarla, pero se reconocen su existencia, su valor.

En cambio, el charlatán, el bullshitter, no tiene un compromiso tal. La verdad le es indiferente. Dice Frankfurt: “El charlatán no rechaza la autoridad de la verdad, como lo hace el mentiroso, sino que no le presta atención en absoluto. En virtud de esto, la charlatanería es un enemigo más peligroso para la verdad, de lo que lo son las mentiras” (p. 132).

Al mentiroso se lo puede enfrentar con la verdad, pues tiene un compromiso con ella. Ha de reconocerla, y mostrar las evidencias en su cara han de llevarlo a reconocer su mentira. Pero, ¿qué hacer con el charlatán? He ahí el problema. A quien la verdad no le importa, mal puede enfrentársele con la verdad.

No han sido pocos los ejemplos que hemos presenciado recientemente, aquí, y en otros países, de la ardua labor que ha tenido que enfrentar el periodismo al intentar encarar a políticos con los hechos, solo para encontrarse con una indiferencia a la verdad, a su valor y a su autoridad. Se trata de un diálogo con alguien que no juega con las mismas reglas, que no acepta los mismos estándares. Es jugar ajedrez con quien juega damas chinas.

Regresemos entonces al periodista David Simon. Tal vez la crisis más grave no estuvo donde él pensó que iba a estar. Pero, tal como la charlatanería es una amenaza más grande para la verdad que la mentira, ¿no es acaso el desinterés por la verdad una amenaza mayor para esa labor de vigilancia y rendición de cuentas que cumple el periodismo, que las tendencias de mercado que lo llevan a hablar más de moda, farándula y deportes?

Enfrentamos períodos de incertidumbre, y tal vez no hay nadie en la línea de batalla, más cerca de la metralla, que el periodismo. El periodismo ha gozado siempre de una fuerza abrumadora. Carl Bernstein y Bob Woodward lograron que el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, renunciara a su cargo al exponer el escándalo de Watergate. Los periodistas del Boston Globe, Bradlee, Rezendes, Pfeiffer y Robinson, lograron desenmascarar los casos de pederastia de la Iglesia católica en Boston. Pero esa fuerza siempre estuvo ligada, respaldada, por la autoridad y el peso de la verdad.

Es admirable entonces cómo en tiempos como estos hay periodistas, y cadenas que los apoyan, que se niegan a desfallecer en el intento de cumplir con esta valiosa función de vigilancia y exigencia de rendición de cuentas que cumple el periodismo. Se trata de gente convencida de que la integridad y el respeto por la verdad han de mantenerse a toda costa, en vez de caer en la tentación fácil de jugar al juego del otro, de desmentir sus mentiras con otras mentiras, más grandilocuentes y populares, que llamen más audiencia y produzcan enormes olas en el mar de las redes sociales. Un ejemplo nuevo de esta persistencia es el que podemos presenciar cada día, cuando al encender la radio sintonizamos Caracol Radio y somos testigos de esa difícil pero muy necesaria labor de enfrentarse al interlocutor armado únicamente con los hechos, para clarificarlos, para hacerlos visibles, para sacarlos a la luz. A veces el enfrentamiento no pasa de ser justamente eso, un frente a frente, un cara a cara (en la medida en que la radio permite hablar metafóricamente de algo así), en el que el diálogo se rige por las mismas normas y de parte y parte se hace venia a la verdad. Pero en otros podemos sentir la tensión de ese enfrentamiento con el charlatán, con el bullshitter, y logramos sentir el afán de una verdad que quiere ser oída pero es ignorada. El periodista, incólume, sabe que no puede hacer más que su labor, persistir, seguir haciendo la pregunta incómoda y seguir ofreciendo la evidencia disponible.

Ya que se me ha dado la honrosa oportunidad de escribir el prólogo para este libro, no puedo hacer menos que tomarme parte de mis palabras para alabar esta admirable actitud y agradecer esta labor de vigilancia, de información y de terco, pero encomiable, compromiso con la búsqueda y defensa de la verdad, que Caracol Radio nos muestra día a día, mañana a mañana.

Hay, sin embargo, una segunda labor que también deseo destacar. El periodismo es increíblemente versátil, y la vigilancia de la que he hablado es solo una de sus múltiples facetas, de sus múltiples caras, de sus muy variados colores. Así como el periodismo puede ser inspirador mediante esta actitud de perseverancia y resiliencia, puede inspirar también de otras maneras. Puede recordarnos lo más humano y lo más noble de nuestros congéneres. Puede inspirarnos mediante los relat ...