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POR UNA ROSA

Laura Gallego / Benito Taibo / Javier Ruescas

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Fragmento

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El visitante llegó al castillo al ponerse el sol y se detuvo ante la cancela, una alta verja de hierro labrado y oxidado por el paso del tiempo. Contempló el edificio con curiosidad; no era tan antiguo como le había parecido en un principio, pero estaba muy descuidado, como si todos sus habitantes lo hubiesen abandonado a su suerte años atrás.

Y, no obstante, los lugareños aseguraban que algo terrible moraba en aquel castillo, algo que bramaba y aullaba por las noches y se infiltraba en sus peores pesadillas. Algo a lo que nadie había sabido ponerle nombre.

El visitante suspiró para sus adentros. Bien, en caso de que los rumores fueran ciertos, a ese algo no parecía molestarle en absoluto la herrumbre de la cancela ni las malas hierbas del jardín. «Nunca confíes en individuos que no conservan su madriguera arreglada», se dijo a sí mismo mientras alzaba el grueso candado con despreocupación. «Es probable que mantengan su alma en un estado similar.» La cerradura se abrió con un chasquido y la cadena que aseguraba la verja cayó al suelo sin más, como los despojos de la muda de una serpiente.

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El intruso se deslizó en el interior del recinto sin mayor ceremonia, pero se tomó la molestia de volver a cerrar la puerta tras él. Al hacerlo, fue consciente de pronto de que, una vez más, la cola de zorro que brotaba de la base de su espalda traicionaba su disfraz humano. Suspiró de nuevo mientras la hacía desaparecer. Por norma general no veía inconvenientes en exhibir su verdadera naturaleza, pero para llevar a cabo aquella investigación en concreto necesitaba algo más de discreción. No obstante, sus precauciones no le valdrían para nada si el habitante del castillo era la clase de criatura que sospechaba.

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«Pero no lo parece», pensó mientras se deslizaba a través de una maleza feroz y desenfrenada. Se detuvo ante una de las estatuas que salpicaban lo que tiempo atrás pudo haber sido un jardín elegante y bien cuidado. La escultura representaba a una doncella de gesto desconcertado, como si hubiese sido sorprendida por algo desagradable e inesperado en mitad de un plácido paseo. Diez pasos más allá se alzaba una segunda estatua, la de un joven que parecía correr hacia ella muy alarmado. El zorro frunció el ceño y examinó el siguiente grupo escultórico: tres criadas que se abrazaban desconsoladas, como si alguna horrible desgracia se hubiese abatido sobre ellas. Sus lágrimas de piedra y el inquietante realismo de sus expresiones de angustia despejaron cualquier duda que pudiese albergar sobre el dudoso gusto del escultor. Obviamente, aquello no eran estatuas, sino personas hechizadas.

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El visitante pasó una mano ante el rostro perplejo de un jardinero que aún conservaba entre las manos los restos pétreos de las malas hierbas que acababa de arrancar al ser alcanzado por aquella extraña maldición. No se produjo el menor cambio.

El zorro entornó los ojos. No contaba con poder deshacer el hechizo sin más, puesto que parecía claro que se trataba de una magia muy poderosa. Pero sí esperaba percibir al menos algún tipo de resistencia. No obstante, su propio poder ni siquiera había llegado a arañar la superficie de aquel intrincado conjuro. ¿Cómo era posible?

Mientras se deslizaba como una sombra por la escalinata de piedra que conducía a la puerta principal, su mente trabajaba a toda velocidad, analizando todas las posibilidades.

Habría apostado que se trataba de magia Ancestral, una particularmente antigua y eficaz. Por lo general, los Ancestrales que más problemas causaban solían ser los Lobos. Pero tenía que reconocer que toda aquella escenificación no era propia de esas criaturas. Los Lobos devoraban a la gente, no la convertían en piedra. Y preferían los bosques profundos a los castillos abandonados.

En esta ocasión, el visitante no tuvo necesidad de emplear su magia para abrir la puerta, puesto que esta no estaba cerrada con llave. Tal vez al habitante del castillo no le inquietaba la posibilidad de recibir visitas. O quizá pensara que nadie osaría penetrar en su morada.

Era obvio que no había contado con la incorregible curiosidad de los zorros.

«Puede que se trate de un Oso», se dijo, examinando con curiosidad las marcas de zarpas de las paredes. Quizá había preferido hibernar en un castillo, en lugar de hacerlo en una cueva.

En aquel momento, un pavoroso bramido sacudió los cimientos del edificio. Sonaba sin lugar a dudas como una amenaza, pero el zorro no se amilanó. No se le había escapado que en aquel grito se ocultaba también un lamento desesperado.

Cada vez más intrigado, el visitante avanzó escaleras arriba, en dirección a la fuente del aullido. En el piso superior descubrió con cierta sorpresa que, si bien el resto del castillo mostraba una desoladora pátina de suciedad y abandono, en aquella parte parecía que alguien se había tomado la molestia de limpiar un poco, o al menos de intentarlo.

Al asomar la cabeza al interior de lo que parecía el dormitorio principal, sintió de pronto una presencia tras él. Se tensó, listo para saltar a un lado y evitar un posible zarpazo, pero lo único que hizo la criatura fue vociferar a su espalda:

—¡¿Quién eres tú, humano, y por qué has entrado en mi casa sin mi permiso?!

El zorro se volvió.

—¿Humano, has dicho? —repitió, ligeramente ofendido.

La criatura dio un paso atrás y lo miró con sorpresa.

El visitante lo estudió a su vez, en un intento de catalogarlo.

Era un ser alto, fornido y notablemente peludo, pero no se trataba de un oso. Tenía hocico, y un par de orejas redondas en lo alto de la cabeza, sí, pero también dos cuernos retorcidos y unos gruesos colmillos que recordaban a los de un jabalí. Las cejas, enormemente pobladas, protegían sin embargo unos ojos castaños que lo recorrían con una mirada humana.

—Oh, ya entiendo —murmuró el zorro, un tanto decepcionado—. Resulta que no eres exactamente lo que pensaba que eras.

El monstruo parpadeó, confuso.

—¿Cómo dices? —farfulló.

Probablemente estaba tan acostumbrado a que la gente saliera huyendo ante su presencia que la actitud del intruso lo había dejado sin saber cómo reaccionar.

El zorro se irguió y le tendió la mano con naturalidad.

—Encantado de saludarte —le dijo—. Me llamo Ren, y tú debes de ser la criatura a la que llaman la Bestia.

El monstruo contempló la mano del visitante sin saber qué hacer con ella. Finalmente, y tras un largo titubeo, alzó una zarpa y la estrechó con cautela, como si temiera romperla.

—La Bestia… —murmuró—. Sí, en efecto, es así como me llaman.

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Tenía una voz profunda, gutural, y pronunciaba las palabras de forma curiosa, como si tuviese la boca llena de guijarros. Probablemente se debía a los colmillos.

—Ah, estupendo —siguió parloteando Ren, más animado—, porque he venido hasta aquí precisamente con la intención de hablar contigo.

—¿Conmigo?

—Sí, eso he dicho. No serás duro de oído, por un casual…

—¿Duro de…? No, no. —La Bestia inspiró hondo y reorganizó sus ideas, tratando de reconducir la conversación—. Lo que ocurre es que hace ya bastante tiempo que no viene nadie a visitarme.

Ren asintió, comprensivo.

—Es natural. Es lo que suele suceder cuando uno se comporta de forma grosera con los invitados —opinó—. Gruñidos, bramidos, colmillos…, esas cosas.

—¿Cómo? ¿Insinúas que yo…?

—Por no hablar del castillo. —Ren se estremeció visiblemente—. Todo humedad, polvo y telarañas. Y ese jardín devorado por los matojos y las malas hierbas. —Chasqueó la lengua con disgusto—. Es una imagen muy lamentable para alguien de tu posición.

Una vez superado el desconcierto inicial, la Bestia comenzaba a sentirse molesta ante el descaro de su interlocutor.

—Entiendo —replicó con irritación—. De modo que piensas que, si la gente evita el castillo, es por culpa de las malas hierbas.

—Y de las telarañas y de tus horribles modales —le recordó el zorro—. Pero sí, habría que hacer algo con esos matojos de la entrada. Algunos son urticantes, ¿lo sabías? Te sugiero que los sustituyas por algo más colorido y elegante. Rosales, tal vez. Quedan muy bien en cualquier tipo de jardín.

La Bestia resoplaba por lo bajo, tratando de contener su ira.

—No tengo tiempo para dedicarme a la jardinería —escupió entre dientes.

—Oh, al contrario, yo diría que tienes todo el tiempo del mundo. Pero comprendo que mantener este castillo tú solo debe de parecerte una tarea ingente. Sí, sin duda necesitas ayuda. —Movió la cabeza, pensativo—. Es lo que pasa cuando alguien con intenciones aviesas y más poder mágico del que merece transforma a todos tus sirvientes en estatuas de piedra.

La Bestia iba a replicar, airada, pero se detuvo ante las últimas palabras del intruso y lo contempló con mayor atención. A simple vista, no parecía otra cosa que un joven pelirrojo con la lengua demasiado larga y un sentido del peligro inexistente.

Pero, claro…, a simple vista, el dueño del castillo tampoco parecía otra cosa que una horrible bestia.

—¿Quién eres tú? —preguntó por segunda vez.

Esperaba que el visitante le devolviera una réplica insolente: «Ya te he dicho que me llamo Ren; ¿de verdad no eres duro de oído?», pero lo que hizo, en cambio, fue dirigirle una larga sonrisa y responder:

—Ah. Parece que ya empezamos a entendernos.

—Entonces ¿vas a contestar a mi pregunta? ¿Quién eres tú exactamente, y para qué buscas a la Bestia que habita este castillo?

—Responderé a todas estas cuestiones, mi querido amigo, pero no aquí. Dime, ¿no habrá por casualidad en esta mansión algún lugar más cómodo donde podamos sentarnos a conversar? Espero que no te ofenda que te lo comente, pero también es de mala educación hacer esperar a los invitados de pie en el pasillo.

—Tienes una idea un tanto distorsionada de lo que son los malos modales —refunfuñó la Bestia—. Te recuerdo que no eres exactamente un invitado, puesto que has entrado aquí sin pedir permiso.

—Oh, ¿yo he hecho eso? Mis disculpas, pues. Es que no encontré ninguna campanilla para llamar.

La Bestia respondió con un gruñido, pero guio al zorro a través de los lóbregos pasillos hacia el corazón de la prisión en la que se había transformado su hogar.

—Esto es muy… original —comentó Ren un rato después, mientras contemplaba perplejo el cubo de hojalata en el que la Bestia le había servido el té.

Pero su anfitrión se encogió de hombros.

—Dejé de usar la vajilla de porcelana en cuanto me di cuenta de que rompía varias piezas cada vez que intentaba servir la mesa —le explicó, alzando sus enormes zarpas a modo de justificación.

—Ya veo. Sí, es ciertamente inoportuno que todo el personal del castillo se haya convertido en piedra en estas circunstancias.

La Bestia no respondió.

Se habían sentado en sendos sillones junto a una chimenea en la que ardía un fuego cálido y acogedor. La Bestia lo había invitado a cenar, pero Ren había declinado, y su anfitrión no había insistido. Sin embargo, ahora, ante aquel extraño servicio de té, el zorro no podía evitar sentir curiosidad acerca de la clase de cena que podría llegar a preparar aquella criatura. Tal vez le ofreciera sopa en el interior de un yelmo. O quizá…

El vozarrón de la Bestia interrumpió sus reflexiones:

—Y ahora, ¿me vas a explicar quién eres? O, mejor dicho…, ¿qué eres… en realidad?

Ren siguió la dirección de su mirada hasta su propia cola, que batía el suelo mansamente tras él. En algún momento se había relajado lo suficiente como para volver a mostrarla. Suspiró para sus adentros. En fin, ya no valía la pena tratar de ocultarla de nuevo. Depositó el balde de té sobre la mesita, juntó los dedos y observó a la Bestia con una larga sonrisa.

—Esa, estimado amigo, es una muy buena pregunta —señaló—, y la respuesta es simple: soy lo contrario de lo que eres tú.

La criatura frunció su poblado entrecejo.

—No estoy de humor para acertijos.

—Lo comprendo. Me explicaré: tú eres humano, aunque no lo parezcas. Yo, en cambio, parezco humano, pero no lo soy.

No había terminado de pronunciar estas palabras y ya se había transformado, sin ningún tipo de ruido ni de efecto espectacular. La Bestia dio un respingo y parpadeó con desconcierto al contemplar al zorro que se había arrellanado cómodamente en su sillón. Miró a su alrededor, en busca del joven llamado Ren, pero no lo encontró.

—No soy humano —repitió el animal—, pero tampoco soy un zorro cualquiera. —La Bestia volvió a mirarlo, asumiendo poco a poco que era él quien había hablado—. Sin duda habrás oído historias sobre nosotros, los Ancestrales. Es cierto que últimamente no nos prodigamos tanto como antaño; supongo que llevamos tantos milenios interfiriendo en los asuntos de los humanos que ya nos aburren un poco. Compréndelo: cuando eres casi inmortal, resulta cada vez más difícil encontrar cosas que te llamen la atención.

—Entiendo —respondió la Bestia lentamente, sin apartar la mirada de Ren—. Sí, conozco a los Ancestrales de los cuentos: animales que hablan y tienen poderes más allá de nuestra comprensión. Presupongo que entre esos poderes se encuentra el de transformaros en humanos…

—Presupones bien.

—De acuerdo, pues vuelve a hacerlo. Se me hace extraño tener que conversar con un zorro.

—Dijo el hombre-bestia —apuntó Ren, un tanto molesto, pero recuperó su forma humana, aunque en esta ocasión no prescindió de la cola de zorro.

Su anfitrión inspiró hondo, sorprendido, cuando Ren obró la metamorfosis.

—Parece muy sencillo —observó con cierta envidia.

—Para mí, lo es. Sin embargo, los Ancestrales preferimos mantenernos en nuestra forma original. Como anim ...