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PREGUNTAS FRECUENTES ACERCA DE LA PELIGROSA CAZA DE VAMPIROS

Rubén Orozco

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Fragmento

¿En realidad existen los vampiros?

He tenido que cambiar tantas veces a lo largo de los años que en la línea imaginaria que llamamos tiempo pareciera que no fui uno, sino muchos hombres. Cuando miro hacia atrás veo que en mi vida revolotean los lugares: las costumbres: las apariencias: los muchachos: las creencias: las incertidumbres: los nombres: las maneras de comprender el mundo —rápida, efímeramente, como polillas alrededor del fuego…

Pero ¿quién que haya vivido no ha también cambiado, respetado señor? Ay, piadoso lector, comprensiva lectora: por injusticias de la vida nunca he sido muy respetado que digamos, y por razones que saltarán a la vista jamás me he sentido a gusto con el apelativo de señor. Mi nombre es Facundo Sanguinetti. ¡Hola! ¡Ay, bienvenidos! No me molestan las preguntas intempestivas, pero por favor llámenme con mi nombre de pila, si les place, o con mi apellido, si prefieren mantener la distancia (y me imagino que algunos de ustedes querrán mantenerla). Además, cuando hablo de mis cambios en el tiempo no me refiero (o no sólo me refiero) a las crueles transformaciones del cuerpo (los pezones en su carrera vertical hacia la meta del ombligo, el miembro reseco, el pueril olvido de los viejos), ni a las variaciones en las idiosincrasias a las que uno acude de vez en cuando por predilección o por necesidad (en mi pubertad solía vestirme con las sutiles prendas de mi madre muerta hasta que mi padre se dio cuenta y procedió sin ninguna sutileza a “quitarme la maricada” —sin éxito, claro; hubo un tiempo en el que prefería acostarme temprano para aprovechar el silencio impersonal de la madrugada y, sin embargo, ahora no soy capaz de abandonar mis hábitos noctámbulos; hasta los cincuenta y pico de años oriné de pie, pero con la uretritis de la vejez la orina dejó de llegar como un arroyo contenido y comenzó a manifestarse a la manera del agua en los aspersores de los parques, y por higiene básica me acostumbré a miccionar sentado, a la manera de las señoritas…). —¿De qué habla usted entonces, Facundo? De mi profesión, señorita, querido joven; hablo de mi trabajo, de mi bello y tormentoso compromiso: la caza de vampiros es el oficio más personal del mundo y es por eso que empiezo hablando de mí mismo. O es lo que intento, en todo caso. ¿En qué punto reside mi imagen verdadera? El lenguaje es un espejo imperfecto: uno trata de describir su rostro desnudo y se tiene que conformar con la frágil máscara que permite la gramática.

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Oiga, Sanguinetti: ¿tiene usted la mala costumbre de andarse por las ramas? Despreocúpese, caballero; no se inquiete, damisela: mis respuestas irán siempre al grano, y si alguna vez parezco desviarme es porque la respuesta exige atravesar tramos inexplorados o porque el desvío mismo es la respuesta. En el verano de 1999, después de una nueva derrota y luego de convertirme al ateísmo, andaba en Nueva York tras la pista de un nuevo vampiro: una nueva presa. Allá, una noche calurosa, alguien a quien conocí bajo el nombre de Tymoteo Reasons me entregó esta perla de la sabiduría oriental:

“Hay cuatro maneras de responder a las preguntas”, me dijo Tym. “Hay preguntas que deben ser respondidas de manera categórica —un simple sí, no, eso, aquello. Hay preguntas que deben ser respondidas analíticamente, definiendo o redefiniendo los conceptos. Hay preguntas que deben ser respondidas con una contrapregunta. Y hay preguntas que simplemente deben ser dejadas a un lado. Estas son las cuatro maneras de responder a las preguntas…”. Siempre me ha parecido lindísimo eso, sobre todo lo de las preguntas que deben ser dejadas a un lado. A veces el silencio es la respuesta más elocuente, la solución más directa del enigma.

Pero no aquí: no en este caso. Me parece que la pregunta que nos atañe es del segundo tipo y por eso es que comienzo hablando de mí mismo y de mis cambios en el tiempo: los distintos hombres que he sido, los diversos disfraces que me he puesto y que por hábito o gusto se han convertido en mi propia piel. Conócete a ti mismo, como dicen. ¿Quién dijo eso? Señora: pues los griegos, aunque yo se lo repito. Vuelvo al espejo roto del lenguaje y en el embrollo fragmentario de las palabras trato de encontrar el reflejo que me explique.

Es verdad que no todo ha cambiado: en el transcurso de mi vida se han mantenido constantes mi predilección por los efebos, una sed oscura y la melancolía que me recorre el cuerpo con su frío flujo permanente. Ay, y el inmortal amor por un hombre de ensueño que me dejó demasiado pronto, cuya imagen aún idolatro y a quien voy a adorar hasta el punto final del universo… Por gajes de mi oficio todo lo demás ha sido episódico: a mediados de los ochenta, antes de enfrentarme a mi primer vampiro, era un muchacho aventurero pero cobarde; en 1989, mientras aprendía las rutinas de Metteoro Onasys, adopté complejos gustos de sibarita; durante casi toda la vida fui un vegetariano intachable, hasta que en Buenos Aires devoré el lomo casi crudo de una res sacrificada con la esperanza de que el sabor de la sangre fresca me entregara una mejor comprensión de mi enemigo; a finales del siglo XX, para acercarme más a los vampiros, me alejé de la fe de mis ancestros, y en los primeros años de la década de 2000, antes de mi encuentro con Semyon Trooesta (alias el Ruso), me obsesioné con recuperar la juventud en mi organismo decrépito. Ay, otras cosas, más esenciales, también han cambiado: apenas ayer creía que la felicidad era un derecho que la vida se había obstinado en negarme y hoy tengo la sospecha de que la dicha es una de las historias que nos contamos; en la pubertad me ilusioné con la idea de ganarme la vida componiendo versos acerca de amores no correspondidos, pero en la adolescencia llegué a dudar de mi talento para las letras y luego de soportar tantas injurias y soledades abandoné mi lugar en el mundo y me fui al seminario para hacerme sacerdote: hoy, después de tantos ires y venires, sé que mi destino de cazador no difiere mucho del de poeta.

En fin, simpática lectora, agraciado lector: casi todo en mi vida ha sido una reconvención. Igual me pasó con los vampiros. ¿En realidad existen? Hasta los treinta y tres años pensé que aquellas bestias nocturnas eran viejas supercherías espoleadas por la ignorancia, mitos nacidos del temor y la nostalgia, bellos personajes concebidos por el genio del Romanticismo y explotados en la modernidad por artistas de pacotilla. A mi yo de entonces jamás se le habría ocurrido que su destino sería el estudio de la upirología y una persecución que no se acaba nunca; jamás se me habría ocurrido que pasaría el resto de la vida tras las huellas de los monstruos, impulsado por una implacable sed de venganza. Pero una infame noche de octubre de 1982 una sombra asesinó al amor de mi vida y a mí no me quedó otra opción que creer en lo increíble. Encadenado por la angustia y la desesperación, sentí que el mundo cambiaba súbitamente de signo: extraviado en los pasadizos interminables del luto fui embargado por la certidumbre de la existencia de aquellos solapados habitantes de la noche: los chupasangres: los malditos vrykolakas. Al otro día, a pesar mío, ya era un hombre distinto. Sin que pudiera hacer nada al respecto, la tristeza infinita me convirtió en cazador de vampiros.

¿Qué aptitudes debe tener un cazador de vampiros?

Me remonto en la imaginaria línea del tiempo a la noche del sábado 30 de abril de 1949: día de mi nacimiento. Dicen que mi madre cargaba en su vientre a dos fetos idénticos y que sólo uno salió vivo. Dicen que a pesar de la tragedia mi padre saltó de la emoción cuando constató que le había salido varoncito, el pobre. Dicen que abrí los ojos poco después de nacer y que no lloré, sino que después de una breve inspección de la sala de partos y una sonrisa desdentada destinada a mi madre dirigí la mirada a una ventana y quedé embelesado con la curvatura de la luna creciente contra el manto negro de la noche.

Que haya llegado al mundo bajo el signo zodiacal de Tauro me parece apenas una justicia poética: me pasé la vida entera dando vueltas y vueltas en un laberinto. Muchísimo tiempo después, en una visita al planetario de Budapest al que ingresé cuando perseguía a Metteoro Onasys, el vampiro cartógrafo, aprendí que en la hora exacta de mi nacimiento, en el cielo que cobijaba mi lugar en el mundo y justo al lado de la luna que me había hipnotizado, el cazador Orión levantaba en ataque su brazo derecho mientras mostraba en su axila el brillo anaranjado de Betelgeuse. Recuerdo que me pareció hermosa esa casualidad que vinculaba mi vocación con las estrellas. ¿Cree en la astrología, Facundo? Ay, no sé, señora, pero al igual que a usted me gusta leer los horóscopos en las revistas y no puedo evitar emocionarme un poco si me auguran un ápice de buena suerte. En lo que sí creo es en el triste poder de los sabatarios. ¿De los qué, Sanguinetti? Los sabatarios, es decir, aquellos nacidos el día sábado. El reverendo Montague Summers, eminente vampirólogo, dice que nosotros los sabatarios tenemos el don de la segunda vista, que podemos atisbar fantasmas y apariciones, y que tenemos influjo sobre los vampiros. Yo nunca llegué a tener tal influjo (más bien al contrario), pero sí llegué a ver varias veces la figura ectoplásmica y amada de un mismo fantasma querido…

Pero vayamos en orden. Se me ocurre que sólo los inconformes, sólo aquellos con una herida persistente en el espíritu y una sitis immodica por la belleza y por encontrarle sentido a la existencia tienen la madera para llegar a ser cazadores de vampiros. ¿No le parece un poco pretencioso utilizar latinajos, Sanguinetti? Un poco, sí, pero qué lindos se ven y qué autoridad indiscutible tienen las cursivas en un texto. En todo caso, sitis immodica significa sed insaciable, para que me entiendan —y a mí me interesa que me entiendan… Lector, lectora: si no puedo ganarme su simpatía, al menos otórguenme unas horas de su tiempo y el intento de comprenderme… Sólo los hombres y mujeres solitarios, sólo los seres con el corazón rebosante de tristezas deciden abandonar un día su lugar en el mundo y emprender la búsqueda de monstruos y alimañas. La melancolía es el puerto de donde zarpan los perseguidores y los artistas.

Pero ¿cómo se llega a la melancolía? Estoy seguro de que hay múltiples senderos que llevan a ella, pero me temo que todos comienzan con una niñez inicialmente feliz. Cuando a uno le arrebatan la plenitud le entregan (¿compensación o castigo?) un reloj que empieza a correr y la incapacidad del olvido. En mis años de estudios teológicos, durante las soporíficas clases a cargo de Cornelius von Vespertilio, llegué a imaginarme que el Paraíso de Adán y Eva no era otra cosa que la jovialidad sin fronteras de la niñez, y que la expulsión era un símbolo que significaba el cambio de edad, la adquisición de otro tipo de ego y de consciencia. El pecado era crecer: el castigo era entrar en el tiempo. A lo mejor existan excepciones, pero para mí ha sido axiomático pensar que si he sido un hombre apesadumbrado es porque fui un niño dichoso, y cuando veo a un adulto que siempre anda contento y satisfecho siento lástima ajena por una infancia que me imagino repleta de desdichas o por la escasa inteligencia del cretino que no puede ver el deplorable estado del mundo o la aceleración constante con la que se aproxima hacia la muerte.

Yo fui un niño feliz —ay—: yo fui un adulto atribulado y melancólico. Mi madre era una joven pintora de talento y mi padre un exitoso y pragmático magnate. Los dos me amaban a su manera. Vivíamos en una extensa casona que mi bisabuelo paterno había hecho traer hasta mi lugar en el mundo, ladrillo por ladrillo, nostalgia por nostalgia, desde su natal P… La casa, desalojada por mis ancestros luego de un ataque brutal de tuberculosis que se llevó a mis abuelos y a cinco tías solteras, era una construcción imponente de tres pisos en cuyas paredes crecía la hiedra y cuyos numerosos recovecos internos la convertían en un martirio para el personal a cargo de la limpieza, pero en un lugar idóneo para el juego del escondite. Había al menos quince habitaciones grandes, sin contar el taller de pintura de mi madre y el despacho de mi padre. Había un comedor en el que cabían veinticuatro comensales. Había una cocina monumental con todos los adminículos que después sólo he visto en hoteles y restaurantes de lujo y en donde habitaba el sempiterno olor de los ajos fritos y la albahaca machacada. Había una cava de vinos subterránea en la que siempre hacía frío y en la que botellas importadas de Francia y Chile lograban sin esfuerzo el imposible sueño humano de hacerse mejores y más valiosas con el tiempo. Había un salón con una mesa de billar que mi padre preciaba y que por eso mismo jamás utilizaba, un juego de dardos con saetas magnéticas y sin filo, una mesilla forrada de terciopelo violeta para las partidas de naipes y un hermoso tablero de ajedrez con los ejércitos siempre dispuestos cuyas piezas, me di cuenta más adelante, estaban hechas con la madera del espino, material predilecto en la fabricación de estacas. Ah, y había una biblioteca de techos altos de los que se descolgaban lámparas de araña que con sus patas de luz iluminaban las estanterías repletas, un enorme globo terráqueo en el que yo ejecutaba travesías imaginarias mientras recortaba distancias a la velocidad estrambótica de mi dedo índice, un antiguo busto en bronce del tatarabuelo Sanguinetti, un viejo reloj de péndulo y un diván turco en el que mi madre se recostaba mientras me leía en voz alta las historias de Poe y de Stevenson, dos de mis autores favoritos.

En los pasillos de la casa flotaba siempre el aroma benéfico del adobe húmedo mezclado con el perfume de las rosas que el viejo Soyères sembraba en los jardines, y los espacios eran tan grandes que el eco lo perseguía a uno por todas partes. Sé, porque él mismo me lo contó, que la idea original de mi padre había sido colmar la casona con su progenie, pero después de mi nacimiento a mi madre le detectaron varios quistes en los ovarios, esféricos y apretados como racimos de uvas envenenadas, y después de su extracción ya no pudo quedar más encinta. A mi padre no lo consternó demasiado (al principio) no poder seguir ensanchando la familia: conmigo había conseguido un heredero que cuando llegara el momento se hiciera cargo del negocio familiar y perpetuara el apellido, y, lo más importante, mi madre había quedado a salvo después de la cirugía. Mi padre la veneraba, no sólo por su belleza taciturna ni por sus costumbres de buena esposa, sino porque con su espíritu de artista y sus hábitos de cariño le entregaba un complemento de humanidad que la vida dedicada a los negocios no le permitía. ¿Cuál era el negocio de la familia, Facundo? Mi tatarabuelo había comenzado con una pequeña tienda destinada a la venta de vendas y gasas que se usufructuó de distintas escaramuzas locales y algunas guerras internacionales y que fue creciendo de Sanguinetti en Sanguinetti hasta convertirse en un vasto y reputado emporio dedicado a la fabricación de curitas, apósitos, hisopos de algodón, pañuelos desechables, compresas, pañales para todas las edades, toallas higiénicas y tampones. Con seguridad no las señoritas, pero las señoras que lleven a cuestas suficientes primaveras a lo mejor recuerden uno de nuestros jingles más memorables:

Visita la farmacia

cuando te toque la luna.

Las toallas Sanguinetti

absorben como ninguna…

¿Nunca le interesó proseguir con el negocio, Sanguinetti? Jamás. No sólo por mi falta de interés hacia los asuntos comerciales y logísticos, sino porque desde pequeño y hasta los cuarenta y cinco años sufrí de un intenso temor a la sangre: la más superficial cortadura de papel era para mí una desproporcionada hecatombe, y la sola mención de la palabra “hemorragia” provocaba en mí las más agresivas náuseas y lipotimias. Además, el negocio Sanguinetti era tan grande y poderoso que se movía ya como por inercia… Y qué, ¿hay que ser rico para dedicarse a la caza de esas bestias? No, señor, pero no sobra decir que el dinero ayuda a disponer del tiempo de ocio que se necesita para esbozar los planes que requieren las búsquedas nocturnas y las batallas interminables en la sombra. No es imposible, pero sí es difícil no ser únicamente cazador de vampiros.

Disculpe, Facundo: ¿Es este libro un manual sobre la caza de vampiros o una autobiografía? Impaciente jovencito, permítame que le responda con una pregunta: ¿Por qué no puede ser las dos cosas? Mi vida y mi profesión están tan entrelazadas que no sé hacer la distinción entre el arte venatorio y las vicisitudes de mi paso por el mundo. Aunque encontré mi vocación de cazador a los treinta y tres años, en retrospectiva me parece que toda mi juventud fue un camino preparatorio, que todo fue una causa remota. ¿Cuántas veces, en medio de una persecución sanguinolenta, no acudí a las tácticas y las estrategias con las que mi padre trató de mejorar mi nivel ajedrecístico con la esperanza de inmovilizar a uno de mis vampiros en un pincho absoluto? ¿Cuántas veces me sorprendió el hecho de que alguna decisión mía, que yo pensaba haber basado en mis estudios de los grandes upirólogos para aproximarme a los temibles vrykolakas, había obedecido en realidad al mismo instinto artístico con el que mi madre pintaba los retratos góticos de familiares remotos y fallecidos o a la temeridad con la que solía atacar los apacibles rincones campestres de mi lugar en el mundo?

Ay, con cuánta nostalgia recuerdo los días que pasé junto a mi madre en su taller de pintura. Los vahos perfumados de la trementina de Venecia y los óleos alemanes hacían que el ambiente fuera tan denso que uno tenía la impresión de estar caminando bajo el agua. De un gramófono viejo nacían roncas melodías románticas de Liszt o Chopin. Mi madre me sentaba en el suelo y luego desperdigaba hojas vírgenes y carboncillos para que me distrajera mientras ella trabajaba. Yo la veía andar lentamente, recogerse el pelo en un moño que sostenía con un palillo chino, ponerse su overol manchado de anteriores batallas, preparar los colores, verificar el corte al rape de sus pinceles. Después se paraba frente al caballete y esgrimía sus herramientas de artista como si desde el lienzo incompleto la observara una amenaza cuyo poder radicaba en ser invisible y que ella iba debilitando poco a poco, trazo a trazo, hasta que de la amenaza terrible sólo quedaba un inocuo y atribulado rostro en escorzo, un inofensivo cielo de estío sobre una cadena montañosa, el diminuto reflejo de una ventana sobre la pecosa piel de un maracuyá en una naturaleza muerta… Creo no equivocarme al decir que fue en el momento de su fallecimiento temprano (a causa de una apendicitis mal diagnosticada que devino en fatal peritonitis, octubre de 1960) cuando dejé de ser niño y el destino me puso en las manos esa angustia de lo que se acaba y esa obsesión por la permanencia que desde entonces comenzó a latirme dentro del pecho como el tictac de un reloj omnipresente.

El cambio no fue sólo mío. La muerte de mi madre también transformó a mi padre, quien perdió de un día para otro la habilidad metódica para los negocios y la paciencia hacia su único vástago, y quien hasta el último día de su vida vería transitar por los pasillos de la gran casona Sanguinetti la fantasmagórica imagen por siempre joven de mi madre. Recuerdo con resquemor que en la adolescencia y de adulto joven llegué a pensar que a mi padre lo había enloquecido el luto y la tristeza, que el dolor le había desbarajustado el seso. Cuando lo sorprendía mirando hacia algún lugar de la casa con los ojos encharcados o sosteniendo una amorosa conversación con el vacío, me llenaba de una rabia inútil contra su cordura extraviada y me daba pánico pensar que tal vez su locura fuera una condición hereditaria y sólo fuera cuestión de tiempo antes de que yo también comenzara a ser engañado por los espejismos de la demencia. Años después, cuando fui yo quien comenzó a ver en todas partes la figura de mi amor escamoteado y descubrí que no era una ilusión de la nostalgia, sino un fantasma verdadero, me remití a un calendario perpetuo que me facilitó un bibliotecario en El Cairo y comprobé, con un sentido irreparable de culpa, que mi padre jamás había sufrido los embates de la locura. ¿Y entonces qué, Sanguinetti? Doctor: también mi pobre viejo había cargado sobre los hombros el lastimero don espectral de los sabatarios.

¿A qué primeras dificultades deberá enfrentarse un novel cazador de vampiros?

Desde los once a los trece años fui un muchachito retraído y voluntarioso. Me sentía incompleto sin tener idea de qué era lo que me hacía falta y, como a todos los niños que crecen en un hogar sobreprotector, me daba pavor el mundo. Después de clases hacía mis deberes, tomaba una merienda liviana y luego pasaba las horas leyendo en la gran biblioteca, lúgubre tras la muerte de mi madre, no con el prurito de instruirme sino con las ganas de vivir, aunque fuera vicariamente, las experiencias que les ocurrían a los otros en los libros.

¿No tenía amiguitos, Facundo? Sí, señora, pero no eran los muchachitos con nombres pedestres y vidas comunes que veía todos los días en la escuela: mis amigos tenían nombres grandes o apelativos maravillosos y sus vidas eran aventuras inmortales: Odiseo desciende al inframundo para ver si los muertos le entregan una pista que lo acerque a su destino, Phileas Fogg le da la vuelta al mundo y regresa a tiempo para ganar su apuesta, el ingenuo marinero Edmond Dantès escapa del castillo de If convertido en el sagaz conde de Montecristo, El Caballero de la Triste Figura se lanza en combate contra El Caballero de los Espejos y El Caballero de la Blanca Luna que, ¡ay!, son una y la misma persona…

Pero aunque me mantenía ocupado y tenía una imaginación privilegiada, no estaba contento. En las noches me encerraba temprano para que mi padre no me viera llorar (“Carajo, Facundo, ya estás muy grandecito”) y pensaba que yo era el único responsable de ese abandono, que esa melancolía que me carcomía el tuétano de los huesos era de alguna extraña manera culpa mía. A veces pensaba en mi gemelo muerto y me imaginaba una vida junto a él, o que el que moría era yo y no él, y que era él quien soñaba nostálgico conmigo. Cuando en la escuela nos prepararon para la primera comunión y llegó el momento de mi confesión, acerqué mi boca al oído del curioso sacerdote y, con el sincero deseo de absolución, le susurré lo único de lo que en verdad me avergonzaba: “Es que estoy muy solo”.

Todavía no sabía qué era el apetito sexual ni había descubierto mi atracción por los muchachos: mis amodorradas hormonas esperaban un pretexto para despertar con hambre y furia. Yo asistía a un colegio de jesuitas sólo para muchachos y mi posición de alumno ejemplar y aventajado, al igual que la protección que me prodigaban mis maestros por ser un niño rico y medio huérfano, me relegaban a un aislamiento del que yo no hacía ningún intento por salir: por miedo, es cierto, pero también por desinterés.

Todo eso habría de cambiar cuando empecé quinto de primaria. A comienzos del año académico ingresó a la escuela un precioso niño que derribó la monótona amargura de entonces y que desde el primer instante comenzó a calentarme la sangre. Era pelirrojo y se llamaba Jerri Loop. El artista que llevo en la memoria me lo pinta con el pelo ondulado y despelucado como llamas al viento, la nariz respingada y fina, una boquita en donde florecía a menudo la mueca de la altanería y unos ojos profundos que por alguna razón de su fisionomía tenían que parpadear todo el tiempo, como si nunca pudiera terminar de creer la realidad de lo que tenía en frente. Pertenecía a una familia itinerante: su madre era una famosa mezzosoprano y su padre era un banquero prófugo de la justicia. Para mí, sin ninguna educación previa en los ámbitos del erotismo y acostumbrado a las prácticas de un hogar heterosexual, la llegada de Jerri a mi lugar en el mundo fue tan desconcertante como tuvo que haber sido la aparición inesperada de un cometa en el cielo indescifrable del primer cavernícola. ¿Por qué me cautivaba el brillo intermitente de su mirada? ¿Por qué me temblaban las rodillas cuando escuchaba su nombre? ¿Cuál era la explicación de esa ferviente inflamación en mi entrepierna cuando en las noches evocaba su imagen? ¿Cuál era el terrible designio de los dioses? Espoleado por la curiosidad dejé a un lado mis miedos y me acerqué a esa nueva presencia. Congeniamos rápidamente, pues Jerri también exhibía el aura de los solitarios, y aunque era un estudiante flojo (por la falta de disciplina que le había inculcado el constante cambio de escuelas) era un niño inteligentísimo, educado por los viajes y con la experiencia de la vida que yo no tenía. En cuestión de días nos hicimos amigos, y cuando lo invitaba a casa para que hiciéramos juntos los deberes o leyéramos alguna de mis historias favoritas o jugáramos al ajedrez o al escondite, yo me decía que la felicidad tenía que ser estar siempre al lado de ese muchacho de facciones tiernas y risita pegajosa.

A él le dediqué mis primeros versos amorosos. Yo, que hasta entonces no había leído ningún libro de poemas, comencé un día a sangrar rimas y cadencias como si fuera el primer bruto enamorado a cargo de la invención de la poesía. Pero aunque me moría de las ganas no corrí a mostrarle mis creaciones: mi instinto me decía que había que andar a tientas en los terrenos caliginosos de las pasiones y que aunque mis escritos eran bellos e inocentes había algo peligroso en el hecho de que lo hubiera escogido a él como mi musa.

Pocos meses después de haber llegado, sin embargo, Jerri me anunció que se marchaba (su madre comenzaba una gira de gitana en una producción de Carmen y su padre tenía negocios pendientes en Liechtenstein), y el día antes de su partida decidí reunir el coraje para entregarle mis poemas. Recuerdo que estábamos a la salida de la escuela y el cielo eléctrico de mi lugar en el mundo retumbaba con presagios de lluvia. Los otros niños iban sobre el camino de cemento hacia las insípidas rutinas de sus casas; yo, en cambio, estaba parado sobre una nube. Jerri parpadeó en genuino descreimiento cuando le dije que le tenía un regalo de despedida. De mi cartera de colegial saqué media resma de hojas tamaño carta en las que había cantado su belleza de efebo y la felicidad de haberlo encontrado. Le entregué el paquete con la alegría de dar y sin esperar demasiado en retribución a mi ofrenda: un tenue beso en los labios, en el mejor de los casos; un abrazo fraterno, en el peor de ellos. Pero en lugar de esas sutiles recompensas de cariño lo único que recibí fue la primera de muchas decepciones con los hombres y mi primer escarnio público. Después de apenas ojear un par de páginas, Jerri me devolvió los papeles con un mohín de incomodidad y entre risas estridentes dijo, para que todos lo escucharan, que desde siempre había adivinado que yo era un grandísimo maricón. Acto seguido, ante la mirada indiferente de los otros, comenzó a molerme a patadas.

No sufrí demasiado con ese primer rechazo amatorio. En ese entonces mi corazón era un órgano flexible y sanaba con apenas un par de meses de lágrimas, inapetencia y abulia. Además, el dolor venía con sus propias compensaciones: no sólo había conocido una emoción que me devolvía a la vida, sino que por fin había comprendido el trágico cariz de mi apetito. Mi cuerpo, como una brújula que salía de una densa turbulencia electromagnética, había aprendido cuáles eran sus verdaderos puntos cardinales.

Fue una época de hallazgos determinantes. Poco después de que Jerri se marchara, cuando la evocación de su imagen dejó de lastimarme, descubrí las lúbricas gratificaciones del amor propio. Con aprensión, al comienzo, y después con una febril disciplina, llegué a dominar como un virtuoso el laborioso arte manual de pulirme la estaca… —Espere, Sanguinetti, deténgase un instante: ¿A qué demonios viene este pormenorizado recuento de sus maricadas? Insigne caballero, dos cosas: la primera es que si usted sufre de homofobia tiene el pleno derecho de deshacerse del libro que tiene en las manos: dónelo a una biblioteca local, véndalo por internet, regáleselo a algún jovencito curioso, elimínelo de su lector electrónico; o mejor, intente usted poner sus prejuicios y temores a un lado y empápese con una experiencia que no es la suya —no se preocupe: yo no muerdo. La segunda es que este “pormenorizado” recuento de mis “maricadas”, como usted lo llama, no es más que el atajo narrativo que utilizo para ilustrar, con episodios muy generalizados, que uno de los principales obstáculos a los que deberá enfrentarse el novel cazador de vampiros es el inevitable choque entre un estilo de vida alternativo y la aburrida normalidad con la que los otros parecen llevar la vida a cuestas, el soso statu quo mantenido por la imbecilidad y la intolerancia… ¿Deberé hablar de las incomprensiones que tuve que soportar al intentar explicarle a algún ciudadano lego las complejas características de mi profesión? En reuniones y eventos sociales es fácil presentarse y decir que uno es proctólogo, ingeniero de minas, psicólogo de mascotas, atleta competitivo, exterminador de roedores, etcétera, pero uno siempre termina siendo una burla inexorable si acepta dedicarse a la búsqueda y la persecución de vrykolakas. ¿Y qué decir de los numerosos problemas que he debido sortear al arribar a algún puerto o terminal aérea y tener que abrir, para estupefacción y alarma de inclementes oficiales de aduana, el maletín de médico en donde llevaba siembre mi kit de cazador? Damas y caballeros: en verdad hace mucho perdí la cuenta de cuántos cortaplumas, mazos y estacas me fueron confiscados a lo largo del tiempo, y desde hace algunos años para acá se me hizo imposible llevar en mi equipaje de mano (“por estrictas regulaciones de la Aeronáutica Civil, señor Sanguinetti”) las inofensivas botellitas de agua bendita que me gustaba tener siempre disponibles —como los preservativos—, por si acaso… Precioso joven, temeraria señorita: si ha de ser su destino el hermoso y difícil oficio de cazar vampiros, desde el comienzo tendrán que verse cara a cara con los más soeces rechazos, con las más atolondradas negativas, y mi consejo para aquellos que quieran lanzarse a esta vida peligrosa es que perseveren sin despilfarrar energías en el rencor hacia los otros y que aprendan a ver en las vitriólicas críticas o en las impúdicas mofas que les esperan no una deslegitimación de sus esfuerzos, sino los débiles ataques cargados de envidia y de temor que la mayoría promedio gusta de lanzar hacia la genialidad minoritaria.

Yo, que me inicié en el arte cinegético sin estas recomendaciones, tuve al menos la oportunidad de una juventud llena de obstáculos para labrarme este callo en el espíritu que me ha permitido hacer caso omiso de tantas discriminaciones e injusticias. Mi lugar en el mundo, en la época en la que me tocó crecer, era un ambiente agreste hacia los hombres y mujeres con predilecciones como la mía. Todavía lo es, en menor grado, o de una manera más solapada, pero la verdad es que se respira un aire de cambio inminente y ahora que soy viejo siento una inefable mezcla de desazón y de alegría cuando veo a dos hombres andando orgullosos en la calle con las manos unidas o cuando en un supermercado soy testigo discreto de dos chicas que se besan en la sección de pescadería sin que levanten más miradas que las de las tilapias o las cabezas de róbalos que las observan desde sus estanterías heladas…

Ay, mi lugar en el mundo ha cambiado con el tiempo. En mis años colegiales, después de que se hizo pública mi naturaleza distinta, fui víctima del matoneo y la inquina y se me asignó una horrorosa condición de paria que cargué como un fardo hasta la ceremonia de graduación. En mi primera juventud jamás llegué a saborear las delicias de un amor compartido. Sabía que había otros estudiantes con la misma inclinación y traté de aproximarme a ellos, pero por cobardía me cerraban las puertas y los afectos, y para que no se evidenciara su propia homosexualidad me dirigían las ofensas más abyectas. Cuando descubrí que los mariquitas que se niegan a sí mismos son por regla los homófobos más crueles, dejé de buscar su compañía y volví a recluirme en los remansos plácidos de mi soledad. Mis lecturas privilegiadas en aquellos años ya no eran las aventuras de los héroes al aire libre, sino los escabrosos viajes internos que valerosos exploradores emprendían hacia la cueva oscura de su propia psique: las espirales místicas de Pascal, la temblorosa religión de Kierkegaard, los delicados espejos de Montaigne. Me pasaba las horas así, leyendo, escribiendo poemas lúgubres, resguardado casi todo el tiempo entre las paredes de la vieja casona Sanguinetti con la esperanza de huir de la violencia y los rechazos. Pero me equivocaba, pues en mi propia casa, en los rostros del personal de la limpieza y las señoras a cargo de la cocina, persistían las socarronas miradas y eran habituales las burlas sotto voce que ya había aprendido a identificar como las estúpidas reacciones que despertaba en los otros mi sed y mi personalidad inauditas.

El único que no me miraba de una manera incómoda y parecía comprenderme y aceptarme era Soyères, el jardinero, un viejo hemofílico del que guardo el más plácido de los recuerdos y quien, cuando yo me encontraba lejos del hogar, sufriría una de esas muertes poéticas que ocurren muy pocas veces en la realidad, muchísimas veces en la literatura, y que yo quisiera que marcara el punto final de mi paso por el mundo. ¿Cómo murió, Facundo? Ay, lectora, imagínese: falleció después de haber sido herido por las afiladas espinas de uno de los rosales que podaba… Pero ¿es acaso posible que un hemofílico fallezca desangrado por ese tipo de rasguños? No, lector, es improbable, si no imposible, pero la ambulancia que transportaba al viejo jardinero al centro hospitalario más cercano colisionó contra un coche fúnebre y el siniestro no dejó ningún sobreviviente… El pobre, el dulce Soyères. Alguna vez aproveché un momento de repentina intimidad y le pregunté por qué no le extrañaba mi manera de ser en el mundo, por qué me quería a pesar del odio contagioso de los otros. Estábamos en uno de los jardines que rodeaban la casona y en la mañana tranquila se escuchaba apenas el aleteo de las golondrinas y el rumor de la fuente en donde la estatua de un angelito panzón y contento se agarraba la pollita y orinaba parabólica y sempiternamente. El viejo Soyères escuchó mi pregunta, se amasó las manos desnudas para quitarse el exceso de tierra y luego me puso una de sus palmas resecas sobre la mejilla:

“Uno de mis nietos también nació así”, me dijo con su voz carrasposa y dulce: “Diferente”.

Ay, confieso que después de aquella conversación con el viejo Soyères comencé a odiar a mi padre, cuyo rechazo era para mí el más insoportable de todos. Él, quien desde el comienzo y durante mucho tiempo se negó a aceptar las evidencias de mis gustos dispares y mis particularidades superferolíticas, fue el más implacable de mis jueces:

“Dios hizo al hombre y a la mujer con un claro propósito”, solía decirme. “Los maricas no pueden procrearse”.

Su oposición contra mi homosexualidad era menos moral que pragmática. Pero a mí no me interesaba lo práctico, sino lo bello. Cuando supo que aparte de los muchachos me interesaba la composición de poesías se frotó las sienes hasta que le saltaron las chispas de la furia:

“Jesús Santo”, se quejaba: “Además de marica me saliste bruto”.

Ay, en vano quiso corregirme o, como solía decir, “enderezarme”. ¿Cómo, Facundo? Primero apeló a alternativas racionales: por iniciativa suya acudieron a la casa psicólogos, terapeutas y otros charlatanes a quienes mi padre pagó una fortuna y que pronto tuvieron que marcharse con las manos vacías (pero llenos los bolsillos) al comprobar que no había ningún tutor capaz de rectificar el tronco bellamente enmarañado y torcido de mi espíritu. Cuando vio que el método racional no había servido de nada, acudió a una esperanza rabiosa en la disciplina marcial y en el trabajo: en un verano especialmente cálido me obligó a asistir a un campamento militar en el que adopté por un tiempo las salubres costumbres de la calistenia y en el que apenas al llegar, vi y (casi) conquisté a un musculoso soldadito con un salvaje perfil de emperador romano y con tetillas enormes y saladas como el salame. Cuando comprobó que ese derrotero era un circuito que se cerraba sobre sí mismo y que yo había llegado al mismo punto de partida, mi padre apeló al chantaje sentimental: una noche en la que cenábamos los dos solos comenzó a recriminarme mis gustos, procedió a llorar mientras conversaba con el fantasma de mi madre (a quien objetó el que siempre hubiera sido tan dócil y permisiva) y terminó diciendo que si no me enderezaba pronto lo iba a matar de un ataque al corazón. Al final, cuando se quedó sin más alternativas, amenazó con anular mi condición de heredero universal de la fortuna Sanguinetti si yo no cambiaba mis “preferencias de hembra” (sus indelebles palabras) y que si para el día de graduación en el colegio yo no había dado muestras de mejoría, me pondría “de patitas en la calle”. Para aquel entonces yo ya estaba harto de pelear y de explicarme. Algunos meses antes del final de clases un grupo de esejotas llegó al colegio para reclutar muchachos que engrosaran las filas del ejército de Jesucristo. Prometían un hogar alejado y la posibilidad de estudiar en cualquier parte.

No tuve que pensarlo demasiado. Aunque mi fe era precaria y no me hacía mucha gracia el inverosímil cuento de la castidad, la idea de hacerme sacerdote (en el ambiente cosmopolita de la Compañía) me parecía una manera cómoda de continuar con mi estilo de vida solitario, proseguir con mis lecturas y estar siempre rodeado de jóvenes efebos con el deseo insaciable de aprender.

¿Qué tipo de educación debe recibir un cazador de vampiros?

Mi formación como jesuita fue demorada, aunque fructífera, y trataré de despacharla aquí con la mayor brevedad posible, pues entiendo que si usted, lector, lectora, todavía me acompaña, no es por su interés en los lentos procesos de la vida apostólica, sino en las sinuosas persecuciones y las sorpresivas martingalas que configuran la rutina peligrosa de un cazador de vampiros.

Baste pues decir que en mis años de noviciado me alejé del mundo, interioricé los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola y me enamoré sin reciprocidad de varios hermanos, quienes, ejerciendo un cruel voto de silencio, jamás respondieron a mis elocuentes coqueterías. En la fértil época del juniorado logré que me enviaran a Londres, en donde me matriculé para estudiar la literatura del siglo XVIII y del Romanticismo y bajo cuyo clima inhóspito y siempre húmedo compuse extensas odas (admiradas por mis profesores por su “extático misticismo”) en las que no hablaba más que del amor doloroso e imposible de un hombre hacia otro hombre y en las que, tras el nombre de Jesús, escondía las identidades de los efebos que me inspiraban. Cuando pasé a la etapa del magisterio me procuré de una plaza como profesor de inglés y catequismo en uno de los colegios de la Compañía en una ciudad ardiente al norte del Perú —sólo para varoncitos, por supuesto. Luego, después de algunos años de enseñanza, volví a convertirme en alumno, primero en la etapa de estudios teológicos (que hice en Roma, en donde me recibí de sacerdote y en cuyos claustros me haría amigo de Cornelius von Vespertilio) y más tarde en la de estudios especializados (en París, en donde obtuve un título de maestría summa cum laude en literatura gótica, con una tesis a la vez controvertida y laureada sobre el erotismo homosexual como catalizador del horror en los escritos de Sheridan Le Fanu y Eric Stenbock); finalmente, cuando yo ya era un hombre hecho (pero no derecho) de casi treinta años, cursé el periodo de la tercera probación: cansado de buscar un amor humano que persistía en evadirme me resigné al fin a un ministerio de devoción y soledad, acepté los últimos votos (a los que renunciaría apenas un par de años después) y, sin sospecha ...