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THE BEATLES

Manolo Bellón

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Fragmento

Conversación en la catedral de Liverpool.
Hablando de The Beatles

Por Eduardo Arias, periodista independiente

Desde hace muchos años he estado muy interesado en conocer la historia de la música. Y el día cero de ese interés fue el 28 de febrero de 1973, cuando Manolo Bellon, quien trabajaba en la emisora Radio 15, realizó un especial de tres programas sobre los Beatles, del cual habla en una de las páginas de este libro.

Lo anterior da a entender que yo conocí a los Beatles de manera tardía. Así es. Me crié en una especie de hogar Amish sin radio ni televisión ni aspiradora y una lavadora inservible que hizo bulto como cuarenta años. De milagro había una nevera y una brilladora que vivía dañada. Ah, y un tocadiscos. Y muchos discos. Pero todos de música clásica.

Yo sabía de la existencia de los Beatles porque mis compañeros del colegio hablaban de ellos. Pero solo en 1971, cuando mi abuelo me regaló un radio Sanyo de pilas, descubrí la música popular y, en mi búsqueda de emisoras para oír algo que no tuviera nada que ver con música clásica, me encontré con Radio 15, donde conocí la voz de Manolo Bellon.

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Digo que aquel especial de los Beatles fue mi día cero porque allí descubrí que los músicos no solo se dedican a tocar y grabar canciones o sinfonías. Detrás de los instrumentos había seres humanos con una historia. Fue tal el entusiasmo que despertó en mí la serie de programas que a partir de ese momento comencé a interesarme en el origen de los grupos. Quiénes los integraban. Cómo se catalogaban los estilos que interpretaban. Y qué mejor manera de hacerlo que con los Beatles, cuya historia es desde muchos puntos de vista apasionante.

Nunca sobra recordar que en 1973 era muy complicado conseguir información sobre rock en Colombia. No había Google ni YouTube ni redes sociales ni nada de eso. No circulaban revistas musicales, en los diarios poco o nada se informaba, así que la principal fuente de información eran los disc jockeys de las emisoras. Como Manolo Bellon.

Un año más tarde, cuando yo estaba en quinto grado de bachillerato, Juan Quintero, un compañero del colegio, me prestó los famosos álbumes rojo y azul de los Beatles, una compilación aquí reseñada, y entré en mi fase de Beatlemanía.

Aunque los Beatles dejaron de ser mi grupo favorito y me decanté por los Rolling Stones, luego el rock progresivo, más adelante el punk y el new wave, y así… a medida que profundizaba en mis conocimientos comencé a darme cuenta de que la importancia de los Beatles no radicaba únicamente en que fueran famosos y provocaran tanta histeria entre las adolescentes. Ellos abrieron muchas puertas para que el rock dejara de ser un asunto de solo guitarras, bajo y batería. También fueron determinantes gracias a su relación con George Martin, su productor, y el estudio de grabación, que transformaron en un instrumento musical más. Pero también en la manera como transformaron de manera determinante la industria discográfica. Ellos cambiaron para siempre la música rock, hasta el punto de que yo considero I Want to Hold Your Hand, el tema que desató la Beatlemanía en Estados Unidos a comienzos de 1964, como la más trascendental de la historia del pop, así la canción en sí no me mate mucho que digamos.

Si alguien me pide escoger entre los Beatles y los Rolling Stones, yo contesto: “Me gustan más los Rolling Stones, pero me interesan mucho más los Beatles”. Por muchas razones. Para comenzar, su música, Aún hoy me cuesta mucho trabajo aceptar que “las escobas que cantan” Till There Was You y Do You Want To Know a Secret sean los mismos intérpretes de Tomorrow Never Knows, Blue Jay Way y Helter Skelter. Me atraen las personalidades tan variadas y a la vez tan complementarias de sus cuatro integrantes, admirables muchas veces, detestables otras tantas. Su carisma. La historia misma del grupo, con sus ires y venires, sus crisis y cambios de personalidad. La infinidad de mitos, leyendas y verdades a medias que se han tejido acerca de ellos. Hasta los cambios en su aspecto físico. Entre una fotografía de Mick Jagger en 1965 y otra de 2007 no hay mayores diferencias más allá los signos evidentes de la vejez, representados en las arrugas. En cambio, me cuesta mucho trabajo pensar que el John Lennon y el George Harrison de las sesiones fotográficas de 1965 en las que posan en un estudio con unos paraguas de colores son las mismas personas que caminan por un paso de cebra en la portada del álbum Abbey Road.

De la historia apasionante de los Beatles, de la que tanto y de tantas maneras se ha escrito y hablado, trata esta obra. Un libro que, para comenzar, hace falta en Colombia, ya que la excelente biografía ¡Gritad! (Shout!), de Phillip Norman, hace siglos salió de circulación en nuestras librerías. En estas páginas se cumple a cabalidad aquel dicho que dice “el que sabe repasa y el que no sabe aprende”. Aunque estoy seguro de que aun los más expertos y conocedores encontrarán detalles que no conocían, o les dirán que algún hecho que daban por cierto no es más que una leyenda urbana.

Manolo Bellon, hombre de radio al fin y al cabo, logra darle a su muy fluida y precisa pluma el tono de una conversación entre amigos. Sin necesidad de teorizar ni de hacer alarde de su erudición ni sabiduría.

Tampoco le tiembla la mano para escribir de manera coloquial cuando lo considera pertinente y mete la cucharada en primera persona para evocar cómo vivió él y cómo se vivió en Colombia algún momento determinante de la historia de los Beatles, así como sucesos dolorosos. El asesinato de John Lennon, para no ir más lejos.

Manolo Bellon es un montón de conocimiento que comparte con sus oyentes como si conversara alrededor de una taza de café.

Hay momentos en la historia del grupo (en particular en 1964 y 1965) en que el vértigo es amo y señor de la vida de los Beatles. Interminables giras, listados de éxitos a lo largo y ancho del planeta, reacciones de la prensa, películas, shows de televisión, aparición de álbumes británicos y norteamericanos con nombres, portadas y contenidos diferentes... todo eso enmarcado en los gritos y chillidos de adolescentes histéricas. No es tarea fácil describir y escribir acerca de semejante demencia. En el texto la maraña de datos y cifras fluyen de manera digerible y queda más que claro por qué los Beatles decidieron cambiar de forma tan abrupta la orientación de su música y sus vidas a partir de 1966, y por qué comenzó a primar en ellos cada vez más el interés personal por encima del colectivo.

Otro logro de este trabajo es que, aunque la historia de la banda con John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr como integrantes va de 1962 a 1970, en estas páginas se le presta mucha atención a los años anteriores a la aparición del disco sencillo Love Me Do y los posteriores a la disolución del grupo, en la que los cuatro ex Beatles tuvieron que labrarse un camino con el fardo de su grandioso pasado. Un camino que en varias ocasiones fue empinado, angosto y muy culebrero para los cuatro.

Los últimos capítulos del libro lo componen una discografía comentada con mucho detalle, que les permite a los lectores adentrarse en el contenido de cada uno de los álbumes oficiales del grupo. Los que publicaron cuando eran una banda activa y los que han aparecido después: compilaciones, discos con material inédito, presentaciones en la radio y en concierto, reediciones remasterizadas, en fin… y eso que Manolo Bellon decidió no meterse con los centenares de discos piratas que se han editado.

En 1988 tuve la oportunidad de conocer personalmente a Manolo Bellon en las instalaciones del desaparecido diario La Prensa. Cuando me lo presentó Fernando Garavito, mi editor, lo primero que le dije a Manolo fue lo determinante que había sido para mí su especial sobre los Beatles. Dos o tres días después él regresó al periódico y me trajo de regalo el libreto del programa. Semejante gesto de generosidad me conmovió y desde entonces conocí el lado humano de aquella voz que por la radio había sido tan determinante cuando descubrí el rock. Un personaje descomplicado, divertido, amable, que jamás hace alarde de lo que sabe, con un gran sentido del humor y, lo más importante: hincha de Santa Fe.

Así que la invitación que me hace Manolo Bellon para escribir estas líneas completa un largo recorrido que empezó a trazarse en mi vida con sus tres programas en aquel ya muy lejano 1973 y que adquirió un nuevo impulso en 1988 cuando recibí de sus manos el libreto de ese programa. Una oportunidad única que me da para agradecerle públicamente lo importante que ha sido para mí haberlo topado en las ondas hertzianas y, mucho después, en la vida misma.

Prólogo

Seamos claros: toda biografía, ejercicio documental y de la memoria, es una interpretación de la historia que pasa por el filtro de los intereses y conocimientos específicos de quien escribe. Por eso, el autor destaca determinados hechos, minimiza otros e ignora otros. Todo depende del enfoque que se le quiera dar. Pero en todo caso es siempre un relato incompleto, cuyo mayor riesgo es que contenga inexactitudes, mitos que se toman por verdades y eventualmente errores. Así de simple. Por lo general estos son involuntarios y fruto de la consulta de muchas fuentes que a veces se contradicen. Más cuando hoy en día se cae en la peligrosa tendencia a simplemente consultar con el popular Dr. Google, y dar por cierto cualquier cosa que se encuentre en la red.

Justamente por esto, aunque se hayan escrito y publicado múltiples versiones de una misma historia, siempre se encontrarán en ellas relatos diferentes, enfoques diferentes. Esto ocurre especialmente cuando se trata de la vida de los artistas, ya que en el mundo del espectáculo existen fábulas, mitos, chismes y cuentos que son utilizados por ellos mismos y por los empresarios para crear una imagen. Hay otra, y tal vez peor, en la que se aprovechan de las bondades de la red mundial para difundir especies falsas, sin soporte alguno, que la gente cree como verdades de a puño, por el solo hecho de estar a un click de distancia.

Para mencionar solo un par de ejemplos: Tina Turner, la abuela del rock, como se le conoce cariñosamente, nació en 1936, 1938 o 1939, fechas que varían según el momento de publicación y el autor de la biografía que se consulte. Por su parte, Sonny Boy Williamson II, uno de los monstruos del blues estadounidense, afirmó descaradamente en más de una ocasión que a lo largo de su vida había inventado diversas historias sobre su niñez y su juventud. Todo para lograr un efecto en las personas a quienes relataba una u otra versión.

Por supuesto, en el caso de The Beatles se trata de acontecimientos más recientes. La mayor parte de su historia cubre menos de sesenta años y los hechos de su vida han sido documentados profusamente por los medios masivos de comunicación de todo el mundo. La vez la historia de un artista mejor documentada de todos los tiempos.

La música no es una ciencia exacta, como lo son la matemática o la física, sino una expresión del espíritu humano que toca a cada persona de manera diferente: su apreciación es totalmente subjetiva. Los juicios y conclusiones de una investigación acerca de esta son, por lo tanto, apreciaciones personales que no necesariamente comparte cada uno de los lectores o estudiosos.

En caso de existir diferencias de opinión frente a lo expresado en esta biografía, dejemos que, como decía un anónimo autor, se las lleve una brisa amorosa que todo lo puede olvidar. Pero aceptemos como premisa básica la genialidad de estos músicos británicos, los acordes de obras magistrales desde Love Me Do hasta Let it Be, la magia de las canciones de John, Paul, George y Ringo, los recuerdos y las historias que han enriquecido la existencia de quienes vivimos la época de su revolución musical y de esa legión de incontables jóvenes de las nuevas generaciones que han descubierto aquello que para nosotros, los más viejos, siempre ha sido una verdad irrefutable: The Beatles son eternos.

En pocas palabras, esta historia no será absoluta ni completa y contendrá narraciones de hechos que tal vez no encajen con las creencias populares o con lo que ha sido escrito por otros biógrafos. Pero sí está apoyada en una investigación y revisión exhaustiva de documentos impresos y digitales, videos, entrevistas y numerosas fuentes informales que escapan a mi memoria, pero que han sido consultadas a lo largo de tantos años de interés personal por el tema. Son datos e información que vengo recogiendo en mi memoria o en físico desde la aparición del fenómeno Beatle hace cincuenta años. Sin embargo, espero que las imprecisiones y los errores sean mínimos y por tanto, tolerados y comprendidos. Dicho de otra manera, que no me caigan como el proverbial bulto de papas.

Introducción

La historia del fenómeno musical más importante del siglo XX ha sido para mí una pasión desbordante desde la primera vez que escuché una canción de este grupo tan groseramente llamado Las escobas que cantan (o como dirían en inglés The Singing Mops, Moptops o The Mopheads), nombre que muestra con claridad lo que ocurre cuando los adultos se involucran en campos que no les corresponden. Estos jóvenes músicos realmente andaban bajo el nombre que afortunadamente es el que conocemos, The Beatles. Ellos marcaron la segunda mitad del siglo pasado y el comienzo del nuevo milenio como ningún otro artista. Se convirtieron en hitos, lograron hazañas históricas, pusieron marcas, impulsaron cambios sociales, afectaron la economía mundial e hicieron que millones de personas vieran el mundo de manera diferente. Estos cuatro jóvenes de Liverpool fueron tan transcendentales para Latinoamérica como para Europa, América del Norte, Japón o cualquier otro país del mundo.

Mi historia personal con The Beatles comienza en 1964 –tal vez en abril–, cuando el viejo Volkswagen blanco de mi mamá, conducido por Claudio, mi hermano mayor, avanzaba por las calles de Bogotá con tres fornidos voluntarios del Cuerpo de Paz apretujados en la banca trasera. Yo, al control del radio de tubos del carro, sintonicé Radio 15, la única emisora del momento dirigida al público juvenil. Iba en el asiento del copiloto, y por tanto tenía el derecho a escoger la emisora.

Inesperadamente, del pequeño parlante emergieron los acordes celestiales de dos guitarras, un bajo y una fuerte batería, sobre los cuales se escuchaban las bien acopladas y afinadas voces británicas que cantaban I Want Hold Your Hand. Sin esperar un segundo y a pesar del reducido espacio de la parte trasera del escarabajo, los tres estadounidenses empezaron a moverse y a cantar a todo pulmón la canción interpretada por los jóvenes de Liverpool. Seguramente el pequeño vehículo se movía de un lado a otro de la vía, balanceándose al ritmo de los movimientos y voces de los tres colosales ocupantes del asiento trasero.

Al igual que ellos, yo, fiel seguidor de la emisora, oía esa música del grupo que estaba conquistando el mundo con su sonido fuerte y revolucionario, aquel que inundaba el pequeño Volkswagen: eran The Beatles. Mi hermano, que en paz descanse, cantó con ellos a todo pulmón, sabiendo que en la fiesta a la que asistirían en la noche bailarían y cantarían esa y muchas otras canciones del grupo más importante del momento. Yo era un prematuro adolescente y solo podía soñar con ir a fiestas y bailar la música de los mayores; sin embargo, uní tímidamente mi voz a las del grupo. Pero dentro de mí estallaba, pues la letra de la canción hablaba a mi corazón adolescente. Yo entendía lo que decían: “Y cuando te toco, me siento feliz. Es un sentimiento que mi amor no puede ocultar. Sí, tienes algo, creo que comprenderás, cuando digo algo, quiero tomar tu mano”. Yo sabía qué era eso. Lo mejor de todo era que no lo decían con piano y violines. No. Eso era lo que me transformó, ¡lo interpretaban con duras guitarra eléctricas y voces que levantaban techos! Eso yo lo comprendí.

Aun a esa edad, yo ya conocía la música revolucionaria de Elvis Presley, Bill Haley y Buddy Holly, así como Paul Anka y Connie Francis, el Dúo Dinámico, César Costa, los Teen Tops, y tantos otros que sonaban en aquella emisora en la que unos pocos años más tarde iniciaría mi carrera como disc jockey.

Claro que apenas vagamente sabía que aquellos muchachos eran de Liverpool, que el mayor tendría la edad de mi hermano y que sus peinados eran la moda que todos querían imitar. De alguna manera intuía que The Beatles eran diferentes a otros grupos o solistas de la época y que su música tocaba fibras muy profundas de mi sensibilidad, pues era música para adolescentes, para mi generación: era mi música… y lo sigue siendo cincuenta y tantos años después. Nada mal para cuatro muchachos comunes y corrientes, de familias comunes y corrientes, provenientes de una ciudad común y corriente, que a pesar de todo no eran comunes y corrientes.

Bienvenidos a recorrer esta historia, la historia de cuatro vidas. Bueno, de alguna manera, la vida de todos nosotros.

I
Ringo Starr

El baterista de The Beatles, Richard Starkey, vino al mundo poco después de la medianoche del 7 de julio de 1940. Es el mayor, por tres meses, del grupo. Nació en el número 9 de Madryn Street, en el norteño puerto de Liverpool, en Inglaterra. El pequeño Ritchie, como les decían a todos los Richard de la familia, ni siquiera había abierto los ojos cuando ya sonaban las sirenas que indicaban el comienzo de los bombardeos de la Luftwaffe alemana. Ringo es hijo de Richard Starkey, un panadero nacido en 1913, hijo a su vez de John George Starkey. Por alguna razón, el certificado de nacimiento de Richard indica que su padre se llama John Parkin Starkey. Para complicar más el tema, cuando el panadero se casa con Elsie Greaves en 1936, el nombre de su padre queda registrado como John Alfred Parkin Starkey. Investigando un poco descubrió que el apellido que usaba, Parkin, no era el correcto y regresó al original Starkey, que fue el que le dio a su hijo en 1940.

9 de julio, 1940. Hitler ordena a su gobierno concentrar sus esfuerzos en rearmar la fuerza aérea (Luftwaffe) y la armada alemanas para enfrentar la guerra. Los bombardeos sobre tierras inglesas se recrudecen como consecuencia de esta decisión.

La vida de la familia Starkey no fue nada fácil. Vivían cerca de los muelles, en Dingle, un barrio obrero de Liverpool. La casa constaba de las habitaciones, sala, comedor, cocina –lo esencial– y una terraza. Pese a que debieron pasar muchas necesidades, el empleo del padre por lo menos les permitía tener acceso a alimentos suficientes para la esposa y el hijo, e incluso conseguir bienes que en aquellos tiempos de guerra eran considerados de lujo, tales como el azúcar. Tristemente, cuando Ritchie tenía apenas tres años de edad, su padre abandonó a la familia, por lo que se vieron obligados a mudarse a una casa aún más humilde. Elsie –así se llamaba la mamá– debió desempeñar oficios de todo tipo para poder sostener a su hijo: atendió en un bar, fue dependienta de una tienda de alimentos y lavó pisos. Ese fue su hogar hasta que partió para hacer parte del grupo musical que causaba furor en el puerto: The Beatles. Esa nueva vida, compartida solo con su madre, llevó al pequeño a pasar largas horas con sus abuelos paternos, quienes fueron los responsables de la mayor parte de su crianza y su cambio de apellido.

Posteriormente, el niño comenzó sus estudios en la escuela de St. Silas Infant School, lo que llamamos un jardín infantil. No fue feliz y le tomó poco cariño al estudio, debido quizás al hecho de que sufrió varias enfermedades, las cuales lo mantuvieron con frecuencia fuera de las aulas y atrasado con respecto a sus compañeros. Cuando el pequeño no sobrepasaba los seis años de edad sufrió una apendicitis, que derivó en peritonitis. Fue llevado de urgencia al hospital infantil de Myrtle Street, donde se le sometió a dos operaciones, tras las cuales se debatió entre la vida y la muerte por varias semanas. Los médicos pronosticaron que el niño no podría sobrevivir. Es que diez semanas en coma no podían ser un buen presagio, pero milagrosamente se recuperó. Pasados seis meses de convalecencia, sufrió un accidente al caerse de la cama. Fueron seis meses más de hospitalización, para la inmensa angustia de Elsie.

Durante este periodo en el hospital, su padre reapareció brevemente; fue la primera de las escasas tres veces que lo volvería a ver. Faltaban unos cuantos días para el cumpleaños de Ritchie cuando el señor Parkin se presentó en el hospital y tomó atenta nota de los deseos del pequeño enfermo. Sin embargo, desapareció nuevamente y los regalos prometidos nunca llegaron. Finalizado ese largo año de hospitalización, Ritchie permaneció en casa, pero atrasado en su educación académica, y al volver al colegio era el niño más grande de su salón, aunque físicamente era pequeño y débil. Fue objeto de burlas por parte de sus compañeros debido a que después de un año de ausencia tuvo serios problemas de aprendizaje. Aprendió a leer a los nueve años, gracias al interés de Marie MacGuire, la bondadosa hija de una vecina que se empeñó en educarlo, pero realmente la escuela no era de su interés. Años después, Marie afirmó que los problemas de Ringo no se debían a falta de capacidad, puesto que era un niño atento, curioso e inteligente, sino a que prefería estar en la calle vagabundeando en lugar de asistir a clase. Su formación académica fue, en definitiva, muy escasa; soñaba con ser marino mercante para viajar por todo el mundo y comprar ropa, telas, porcelanas, discos y demás artículos exóticos que, imaginaba, se vendían en las tiendas de otros puertos.

A los once años, Ritchie ingresó a la secundaria en la Dingle Vale Secondary Modern School. Para ese entonces ya había llegado a la vida de la familia quien sería su padrastro, Harry Graves, pintor y decorador que trabajaba en la base militar estadounidense cercana a Liverpool. Era él quien traía discos a la casa con frecuencia. Las big bands norteamericanas de Count Basie, los hermanos Dorsey y Glenn Miller, además del jazz, con vocalistas como Sarah Vaughan, se convirtieron en la primera influencia musical del joven. Harry y Ritchie se hicieron muy amigos e incluso iban al cine juntos un par de veces por semana. Aun así, con cierto temor Elsie le pidió su opinión sobre un posible matrimonio con Graves. El niño la abrazó y le dijo que debía hacerlo para no convertirse en una vieja solterona. Harry Graves y Elsie Gleave Starkey se casaron el 17 de abril de 1953.

Unos meses más tarde, con apenas trece años de edad, la segunda gran enfermedad atacó a Ritchie. El niño contrajo una gripa que le produjo pleuresía, que le afectó los pulmones, la cual se complicó. De nuevo fue internado en el hospital de Myrtle Street y luego lo llevaron al Hospital Infantil Haswell, donde permaneció dos largos años. Pese a su enfermedad y a sus dificultades, era un muchacho alegre y sin complejos por su situación. Su compañero durante la prolongada convalecencia fue su padrastro, quien incluso lo inscribió en el club de fanáticos del tradicional equipo de fútbol Arsenal. Eso solo tenía un problema: no sabía que el muchachito era fanático del West Ham United. Realmente a Ritchie no le importaba, pues lo importante era que Harry le llevaba música, cómics y juegos; se portó con él como un verdadero padre. Años después, Ringo dijo que gracias a la bondad de Harry aprendió lo que eran la ternura y la amabilidad.

Durante esos dos tediosos años en el hospital, el pequeño Starkey descubrió una nueva pasión: los instrumentos de percusión. Hizo parte de una banda formada por una profesora que se esforzaba en enseñar música a los convalecientes. Había triángulos, panderetas y tambores, además de banjos, mandolinas, guitarras y armónicas. Ritchie solo demostró interés por los instrumentos de percusión. Llegó hasta el punto de que, cuando no podía tocarlos, aporreaba los muebles de la sala, las camas, las paredes y las ventanas con cualquier cosa que pudiera utilizar como baquetas… para desesperación del personal médico y tal vez, como nos gustaría pensar a sus fanáticos, para alegría de sus compañeros de infortunio.

El pequeño Starkey terminó la primera etapa de su formación escolar a los quince años, edad a la cual los jóvenes ingleses deben elegir si van a estudiar una carrera técnica o profesional, o si van a comenzar a trabajar. Ritchie, debido a sus dos largos periodos de convalecencia, debía volver a la escuela a fin de obtener las calificaciones necesarias para una referencia laboral. Su madre sabía muy bien que físicamente el muchacho era débil y que debido a su falta de conocimientos formales le sería difícil conseguir un trabajo digno.

A pesar de estas limitaciones, logró emplearse como mensajero en los ferrocarriles británicos. “Me metí porque me gustaba el uniforme, pero todo lo que me dieron fue una gorra”, recordó Ringo años después. El trabajo solo duró seis meses, no por la falta de un uniforme completo, sino porque el débil y enfermizo joven Starkey no pasó el examen médico.

Su siguiente trabajo fue como cantinero en un barco que recorría el trayecto entre el país de Gales, al occidente de Inglaterra, y Liverpool, pero este tampoco duró mucho. Cuentan que fue despedido por llegar a trabajar ebrio.

Luego, gracias a la ayuda de amigos de su padrastro, empezó a trabajar en el negocio de la construcción. Aunque debía ser aprendiz, todo lo que hacía era recibir y repartir pedidos; mejor dicho, otro trabajo de mensajero. Ritchie pidió que le permitieran comenzar su aprendizaje, pero en la firma le respondieron que no había cupo para aprendices. “Uno tenía que aprender algún oficio si quería surgir en la vida, pero nadie me daba la oportunidad”, recordó Ringo años después.

El futuro de quien sería el percusionista de The Beatles no era nada halagador en este momento. El cuadro no es prometedor: era un muchacho bajo de estatura, físicamente débil, enfermizo y sin estudios formales. Su familia, sus vecinos y amigos pensaban que sería suficiente si lograba desempeñar con éxito algún oficio sencillo. Nada más. No daba para más. No es difícil imaginar que el joven Starkey fuera desdichado en estos años. Había pasado su infancia y su adolescencia en escuelas donde no encajaba, internado en hospitales como encarcelado, encerrado en su casa durante las convalecencias y también lo que vivió en las calles de Liverpool. Esta etapa de su vida fue oscura y triste. Lo bueno es que su memoria dice todo lo contrario. Recuerda haber sido feliz, con una madre como Elsie, que era generosa dentro de sus posibilidades, de risa abierta y franca, extrovertida, una mujer maravillosa con quien pasó muy buenos momentos y a quien nunca le reprochó las largas jornadas de trabajo que la mantenían alejada de su familia. Recuerda también un padrastro, Harry, amable, gentil, cariñoso y preocupado por su bienestar. A pesar de lo que podría pensarse, se vislumbra que, en efecto, la vida de Ringo había sido feliz hasta entonces.

Pero necesitaba aprender algún oficio y su trabajo en construcción no se lo permitía, así que decidió asistir a una escuela vocacional un día a la semana y trabajar los otros. A finales de los años cincuenta, cuando estaba en la escuela vocacional, llegó la fiebre del skiffle a Inglaterra. Se trata de una forma de jazz en la cual se remplazaba los instrumentos convencionales con tablas de lavar, bateas invertidas con palos de escoba y cuerdas, banjo, guitarra y kazoo. Esta música se inspira en el jazz y el folk de Estados Unidos, pero es completamente diferente de lo que se escuchaba al otro lado del Atlántico, era una experiencia de música pop ciento por ciento británica. El sonido totalmente acústico que caracteriza al skiffle es económico y popular, pues no se requieren grandes equipos ni inversiones de dinero para conseguirlos. Los adolescentes del Reino Unido descubrieron el skiffle y la fiebre por el género se impuso. Se formaron multitud de bandas, algunas de notable éxito, pero la mayoría desaparecieron como fósforos que se apagan rápidamente después del estallido inicial, en un ambiente musical que se rendía impotente ante el avasallador ataque del rock and roll que atravesaba el Atlántico. Uno de los tantos era un grupo de su ciudad natal que por supuesto no conocía, The Quarrymen, formado por un muchacho de su misma edad, John Lennon.

A Inglaterra llegaban Bill Haley, Elvis Presley, Buddy Holly y otros exponentes de aquello que el maestro del chelo, Pablo Casals, llamó “veneno musicalizado”, Frank Sinatra describió como “la tonta moda esa que habrá pasado en seis meses” y Bill Rose definió como “¡basura, en muchos casos… basura obscena, más o menos al mismo nivel de esas revistas sucias!”.

El skiffle fue el primer gran experimento musical de Ringo, aunque no era su género favorito. La música americana, como el country and western, y artistas como Hank Williams, Hank Show y The Four Aces, eran sus preferidos. Sin embargo, en 1957 ayudó a formar una banda llamada Eddie Clayton Skiffle en la empresa donde trabajaba. Harry, su amigo y padrastro, le regaló su primera batería en esta época: un juego de tambores de segunda que le costó diez libras y que llevó desde Londres hasta Liverpool.

Aunque tocaba skiffle con la banda y su música favorita era el country and western, el rock and roll fue un descubrimiento que opacó todos los demás estilos musicales en el corazón del muchacho. La música de Bill Haley y sus Cometas, con el inolvidable éxito Rock Around the Clock, lo enamoró inmediata y perdidamente. El rock and roll llegó a su vida como una enfermedad más grave que la peritonitis y la pleuresía, pues de esas dos se había curado, pero de aquella nunca lo haría.

De esta época de despertar, Ringo recuerda haber asistido a la película que lleva el nombre del movimiento musical y haber disfrutado viendo a los demás muchachos destruir el teatro, mientras él, enclenque y demasiado débil para participar, simplemente observaba. No pasó mucho tiempo para que entregara esa primitiva batería para conseguir una más profesional, lo que lo obligó a comprometer más de la mitad de su sueldo para pagarla. Tocó con varios grupos del puerto, aun cuando era oficialmente baterista del grupo Downtown Skiffle Band. Era la banda de Eddie Clayton, nombre artístico de Eddie Miles, compañero de aprendizaje en la empresa de ingeniería Henry Hunt & Son. Sin embargo, no tenían muchas presentaciones y algunas veces ni siquiera les pagaban. Pese a todo, el padrastro de Ritchie lo seguía estimulando, pues pensaba que esa distracción era buena y sana para el muchacho. Esta perseverancia dio sus frutos cuyo valor no se puede despreciar: participaron en competencias, hicieron pequeñas presentaciones en salones de baile igualmente pequeños y, de vez en cuando, hasta ganaron algún dinero. Pero, sobre todo, adquirieron experiencia. Ritchie ya era considerado semiprofesional.

Pese a tocar skiffle, su gusto por el rock and roll seguía vivo y lo compartía con su amigo del trabajo, Roy Trafford. Los dos se reunían regularmente a escuchar Radio Luxemburgo, emisora del continente europeo, con una pésima recepción pero una excelente programación, mucho mejor que la controlada, poco innovativa y francamente aburridora programación de la BBC. Los muchachos compartían también el gusto por la vida nocturna y las rondas por los pubs, que solían terminar en borrachera.

Con el dinero que ganaba como aprendiz y en sus ocasionales toques, Ritchie, entonces, pudo comprarse esa batería de mejor calidad que el primitivo equipo que le había regalado Harry. En 1958 le pidió un préstamo de cincuenta libras esterlinas a su abuelo –quien se lo concedió a regañadientes- con el que se compró esa batería que le costó cien. Gracias a la práctica y a su nuevo juego de tambores, Ritchie tocaba cada vez mejor por lo que fue llamado por otros grupos. En ese mismo año se separó de Eddie Clayton para tocar con The Darktown Skiffle Band, pero el rock and roll seguía en su mente; así llegó a tocar ocasionalmente con Al Caldwell’s Texans en marzo de 1959, y en noviembre se integró oficialmente al grupo. Ritche recuerda esa audición como algo muy sencillo, ya que todas las bandas de rock and roll del momento tocaban las mismas canciones, que él conocía y dominaba sin problema. Lo aceptaron de inmediato.

Cambiaron el nombre por el más in de Rory Storm and The Hurricanes. Su líder era el carismático Alan Caldwell, que tocaba la revolucionaria música norteamericana, se vestía como rocanrolero y tenía un buen sonido. Les gustaba porque se veía agresivo, usaba chaqueta negra y el pelo engominado echado hacia atrás. Su apariencia “peligrosa” podía encantar a los jóvenes y generar rechazo en los adultos: una combinación perfecta para el percusionista de la banda. Para mediados de 1960 eran, de lejos, el mejor grupo de Liverpool, según todas las opiniones.

Sus primeras presentaciones fueron en un club de Liverpool llamado The Cavern. El establecimiento era el escenario más importante de la vida nocturna de la ciudad en esa época. Storm y su grupo tocaron, pero era el momento del skiffle y los asistentes al lugar de moda no querían oír a estos muchachos, con una guitarra conectada a un radio que funcionaba como amplificador, tocando nada menos que rock and roll. Sin embargo, había otros clubes nocturnos donde podían tocar. Tuvieron cierto éxito, e incluso alguna vez llegaron hasta Londres. Era como tocar el cielo.

Con un trabajo estable y sus presentaciones con The Hurricanes, Ritchie ganaba suficiente dinero para darse ciertos lujos: recién cumplidos los dieciocho años, se compró un carro. Era un lujo necesario, pues movilizarse en bus y en tren para las presentaciones, cargando su batería a cuestas, tenía inmensas complicaciones. El Vanguard Standard que compró no se encontraba en muy buen estado, pero era mucho mejor que viajar en bus.

Al final, llega lo que sueña todo músico. A mediados de 1960, el grupo recibió una oferta para tocar en un sitio llamado Butlins, en la población de Pwllhelli (Gales) para una residencia de 13 semanas. Esto, unido a su éxito como músico con Storm and The Hurricanes, decidió al joven aprendiz de ingeniero a convertirse en músico profesional; no obstante, debía consultar esta determinación con su familia, ya que aún no había cumplido veintiún años, es decir, no había alcanzado la mayoría de edad.

Ellos se resistieron inicialmente a esta idea, pues era la primera vez que un Starkey –familia de obreros y soldados– tenía la posibilidad de obtener un título que lo acreditara como ingeniero. Hasta su prometida, la simpática Geraldine, se opuso. Finalmente, cedieron a regañadientes ante los deseos de Ritchie, quien entonces renunció a su trabajo diurno y se unió en forma definitiva al grupo. Su compromiso con la adorable chica terminó ahí. Y cuando comunicó la decisión en la empresa, una de sus tías, así como su jefe, le dijo algo así como “Vaya, descargue esa energía… y lo espero dentro de tres meses”. Famosas últimas palabras.

En el grupo le pagaban veinte libras a la semana a cada uno, lo cual, comparado con las seis libras que recibía en la fábrica apenas unas semanas atrás, era una fortuna. Durante ese lluvioso verano en el sur de Inglaterra, Storm le sugirió a Ritchie que seleccionara un nombre más acorde con la imagen rebelde de la banda. Primero optó por Rings Starkey, debido a la gran cantidad de anillos que usaba, regalados por sus fanáticas que lo pedían en matrimonio. Luego lo cambió por Ringo, pero Ringo Starkey le sonaba mal, por lo que decidió partir su apellido y agregar una segunda r. Así nació Ringo Starr.

De regreso a Liverpool, en el otoño, Rory Storm and The Hurricanes tocaron en el Rock and Calypso Ballroom por dieciséis libras a la semana, cifra nada despreciable para la época. El grupo ya comenzaba a adquirir cierta fama, en parte tal vez porque sus integrantes se uniformaban para tocar: zapatos blancos y negros, vestido rojo con corbata roja y camisa blanca; debían de sentirse muy profesionales. Las cosas iban tan bien, que Ringo vendió su desvencijado vehículo y compró un Zephyr Zodiac, más moderno y en mejor estado.

En alguna oportunidad visitaron el Jacaranda, otro club nocturno, donde tres muchachos estaban ensayando con guitarras. Según Ringo, fue la primera vez que vio a John Lennon. Paul McCartney intentaba enseñarle a Stuart “Stu” Sutcliffe a tocar el bajo. Ringo ha sostenido que no tenía recuerdos de más encuentros con John, Paul y Stu, con excepción del de aquel día en el sótano del club.

Cuando el flamante baterista cumplió veintiún años le organizaron una gran fiesta, a la que asistieron Cilla Black (su apellido real es White), una amiga de Elsie, estilista y aspirante a cantante; The Big Three y Gerry and The Pacemakers. La celebración de la mayoría de edad del muchacho fue todo un acontecimiento.

Gracias a su éxito y popularidad fueron contratados para recorrer las bases militares de Estados Unidos en Francia; recibieron también una oferta para tocar en Hamburgo, pero sus carreras iban tan bien y estaban tan ocupados que la rechazaron. Pese a esto, Ringo reconoció más tarde que muchas veces el público que iba a verlos se había conformado con escuchar a cualquier banda. Esta situación fue conveniente al principio, pero luego se volvió peligrosa y difícil de manejar, pues generaba altos niveles de competencia entre los grupos juveniles del momento. Es más, Ringo pensaba que el grupo se había estancado, que se había conformado con lo alcanzado hasta el momento.

Hicieron una segunda residencia de verano en Butlins, pero Ringo estaba desilusionado con la forma en que avanzaban –o mejor, no avanzaban– las cosas, y decidió buscar otros horizontes. En el otoño de 1961 intentó conseguir trabajo en una fábrica de Houston (Texas), Estados Unidos. Desistió de la idea de emigrar ante los complicados trámites que debía cumplir para obtener la visa de trabajo.

Así las cosas, aceptó una oferta de la naciente estrella Tony Sheridan para viajar a Hamburgo y hacer una serie de presentaciones en el popular Top Ten Club. El dinero era bueno, tenían apartamento y hasta carro. Esas ofertas para grupos de Liverpool tenían cierto sentido: ambos eran puertos marítimos de gran actividad, ubicados al norte de sus países, con importantes poblaciones flotantes y gran presencia de marineros de las dos naciones. A los alemanes les resultaba conveniente contratar artistas ingleses baratos, que podían interesar a sus paisanos navegantes. Sin embargo, con frecuencia las condiciones de trabajo y de vida eran muy difíciles. Los empresarios aprovechaban el hambre de tocar de estos grupos para ofrecerlos a sus pares continentales. El público estaba compuesto en su mayoría por marineros que tomaban incalculables cantidades de cerveza, pedían canciones y se peleaban entre sí. También había mujeres fáciles y, en general, todos los elementos del bajo mundo porteño, lleno de sexo, drogas, tabaco y alcohol. Sus jornadas de trabajo eran extenuantes, a tal punto que a veces permanecían hasta doce horas en el escenario; no obstante, en medio de todo, la paga no era despreciable: recibían veinte libras, más alimentación y un lugar para dormir.

Ringo no se sentía satisfecho, no había realmente química entre los artistas, por lo que decidió regresar. No alcanzó a cumplir el contrato cuando regresa a Liverpool para volver a ser parte del grupo de Rory Storm. Llegó justo a tiempo para una tercera temporada en Butlins.

Pese a todo, ese último viaje a Hamburgo dejó algo muy positivo. En los bajos fondos del puerto alemán también tocaba un grupo de muchachos que se hacían llamar The Beatles. En la batería estaba sentado Pete Best, hijo de Mona, la dueña de The Casbah, donde tocaban al mediodía cuando estaban en Liverpool gracias a su relación con la propietaria. El bajo lo tocaba el joven, Stu Sutcliffe, que siempre estaba de espaldas, pues le daba pena dejar ver que no dominaba el instrumento, entre otras cosas, porque su pasión no era la música sino la pintura. Al lado, tocando la guitarra y cantando, estaba la cara bonita de Paul McCartney, un joven de personalidad fuerte, encantadora y, hasta se podría decir, peligrosa. El cuarto miembro era un tal John Lennon, una personalidad recia, agresiva, de mucho talento, que en el escenario aparecía como líder del grupo. Los recordaba de ese día en el Jacaranda de Liverpool.

Cuando Rory Storm y su grupo no estaban en el escenario, Ringo se quedaba a ver tocar a los tales Beatles y hasta les pedía canciones. Le gustaba lo que hacían.

Estuvo a punto de quedarse en Hamburgo, donde su forma de tocar, sus pantalones entubados, sus botas puntiagudas, su delgada barba y su cabello engominado eran muy apreciados por la juventud. Su éxito era tal que grupos como King Size Taylor and The Dominos le hicieron ofertas para que fuera su baterista, y lo consideró seriamente. Starr era un músico sólido, confiable, de esos que marcan el ritmo e inspiran confianza en los demás integrantes del grupo. Además, reitero, le encantaba a las chicas. En una oportunidad hasta tocó con John Lennon, Paul McCartney y George Harrison, así como con miembros de The Hurricanes, para respaldar al cantante Lou Walter, que interpretaba el clásico Summertime.

Pero no fue la única vez. Su talento le brindó la oportunidad de tocar de vez en cuando con The Beatles cuando Pete Best no estaba. Así nació un fuerte lazo de amistad que trascendía lo estrictamente musical. No es de extrañar, por lo tanto, que cuando éstos decidieron despedir a Best, después de ensayar con músicos como Tommy Moore, finalmente acordaron buscar a Ringo. La llamada la hizo John. El 14 de agosto de 1962, el baterista aceptó con entusiasmo la oferta, pero con la condición de que pudiera conservar la barba, aunque le tocara engominarse y aplanarse el desordenado cabello. Existan toda suerte de historias románticas y mitos alrededor de esta invitación, pero la cruda verdad es que Ringo aceptó porque le ofrecían cinco libras más que King Size Taylor and The Dominos. Cualquier otro cuento acerca de la razón por la cual el baterista se unió al grupo no es más que eso: un cuento. El 18 de agosto tocó por primera vez con The Beatles como su baterista oficial. Luego de dos horas de ensayo, The Beatles –en adelante John, Paul, George y Ringo– tocaron en el Salón Hulme de Birkenhead, un pueblo del Merseyside, a partir de las diez de la noche. Era la edición número diecisiete de la fiesta anual de la sociedad local de horticultura.

17 de agosto, 1962. El joven Peter Fechter muere a causa de los disparos hechos por la guardia de Alemania Oriental, cuando trataba de huir a occidente cruzando el muro de Berlín. Fue una de las primeras víctimas mortales de este muro.

Pese a todo, los primeros tiempos fueron difíciles. Ringo era el extraño, el que no era parte de la confraternidad. Por ejemplo, el 23 de agosto cuando se casó John con su embarazada novia Cynthia Powell, Ringo no fue invitado. Algo de eso fue parte de toda la historia de The Beatles: Ringo, el relegado.

Aun así, se convirtió en el último miembro oficial en llegar a The Beatles, grupo que, sin saberlo, estaba a las puertas de hacer realidad el sueño de lograr un éxito, así fuera modesto al que aspira toda agrupación principiante: el sueño de tener un disco en listas.

II
John Lennon

Jack Lennon era un irlandés de Dublín (Escocia) que había pasado buena parte de su vida en Estados Unidos cantando con un grupo llamado The Kentucky Minstrels. Cuando se retiró de la banda regresó a las islas británicas, se radicó en Liverpool, se casó y tuvo un hijo al que llamó Alfred.

Cuando Jack falleció en 1921, ante las dificultades de sostener a la familia, enviaron al pequeño Alf a un orfanato durante seis años. Allí, en el Blue Coat Institute, recibió una educación que él mismo consideró buena.

Al finalizar sus estudios, el joven Alfred Lennon comenzó su tránsito por la vida laboral como mensajero. Más tarde aseguró que su laboriosidad hizo que la empresa contratara a otros huérfanos para trabajar allí. A pesar de los grandes logros que afirmaba haber alcanzado, el muchacho renunció al cabo de un año para hacerse a la mar. A los dieciséis años fue contratado como botones de un barco y pronto lo ascendieron a mesero. Se jactaba de que era el mejor mesero de Liverpool y que algunos barcos no zarpaban si él no estaba a bordo. Charlatán, sin ambición, con más labia que empuje, estaba convencido de que llegaría lejos en su carrera como marino.

Poco después de salir del orfanato, Alf –como le decía todo el mundo–, de quince años, trabó amistad con Julia Stanley, una atractiva pelirroja de apenas catorce años, a quien había conocido en un parque mientras paseaba con sus amigos en plan de conquistador. Julia, hija de una familia de buena posición social venida a menos, empezó a salir con el simpático joven cuando estaba en tierra pese a la oposición de la familia, que no lo consideraba digno de la chica. Alf contaba, sin embargo, que la madre de Julia se desvivía por él. La talentosa joven tocaba el banjo y el piano, que había aprendido al lado de su abuelo William Stanley. A veces hacía música con su enamorado. Él estaba convencido de que sería la gran atracción de los más importantes escenarios del mundo, pero este sueño no era más que otro producto de su desbordado ego.

Contra todo pronóstico, el noviazgo de Alf y Julia sobrevivió sus largas temporadas en el mar. Después de más de diez años de salir con Julia, Alf recibió una gran sorpresa a la que no pudo reaccionar más que con grandes risotadas: delante de su familia, ella le dijo que debían casarse. A los Stanley, entre los que estaban las cuatro hermanas de la prometida, Mimi, Betty, Anne y Harriet, no les pareció nada graciosa la idea.

La familia Stanley, de valores conservadores, veía en el joven un vividor, poco responsable, que había conquistado a Julia con su labia y que nada podría aportar a la atractiva joven que, según ellos, podría escoger entre lo más granado de Liverpool a un esposo que estuviera a su altura. Sin embargo, no fue la única de la familia que pese a lo tradicional tomara caminos no aceptables. Cada una de las hermanas tuvo su salida, que atentaba contra esos valores.

Mimi –la mayor, cuyo nombre real era Mary– no tuvo una buena relación con su padre. Ella afirmó que no se casaría. Escándalo. Finalmente a los 33 años se casó con un hombre diez años mayor que ella. Escándalo. La segunda hija, Mater, conocida como Betty, se casó con un marinero retirado, de un nivel social inferior. Anne –Nanny–, rechazada inexplicablemente por su padre y que sufría de asma, trabajó, pese a su condición de salud, en el sector público donde conoció a su futuro esposo. Julia, la cuarta hija, la favorita del padre, era rebelde, bonita, extrovertida y con una contagiosa personalidad, era la alegría del hogar. Y finalmente estaba la menor, Harriet, a la que llamaban Harrie. Produjo otro escándalo en la familia cuando se casó con un estudiante de ingeniería de padre egipcio y madre turca. Para colmo, se fue a vivir a El Cairo, en Egipto.

Alf y Julia se casaron el 3 de diciembre de 1938 en la Oficina de Registro de Mount Pleasant, pese a la oposición de la familia Stanley. No asistió ninguno de los familiares de los novios, y una vez concluida la ceremonia, los recién casados fueron a ver una película y luego cada uno regresó a su propia casa. Al día siguiente, Alf se embarcó en un viaje de tres meses por las Antillas.

En el transcurso del siguiente año, Lennon se quedaba en la casa de los Stanley cuando estaba en tierra firme, ya que Julia seguía viviendo con sus padres, aunque ahora en el sector comercial de Penny Lane. En la primavera de 1940, con Liverpool bajo los bombardeos de la Fuerza Aérea nazi, que destruyeron los astilleros del puerto, la joven se enteró de que estaba embarazada. Por su parte, Alf, el vividor, buena vida, soñador, mentiroso y excelente vendedor de sí mismo, desapareció sin dejar razón. Sin saber de su esposo, Julia ingresó al Hospital de Maternidad de la calle Oxford, en Liverpool, y el 9 de octubre de 1940 a las 6:30 de la tarde dio a luz un niño. Se ha dicho que John nació en medio de un violento bombardeo de los alemanes, pero todo indica que no hubo un bombardeo esa tarde. Seguramente es parte de tantos mitos y leyendas que dan brillo a una biografía.

El caso es que una vez que el niño nació, su tía Mimi le dio el nombre de John, homenaje al abuelo, y Julia, en un arrebato patriótico, agregó el segundo nombre: Winston, en honor del primer ministro inglés Winston Churchill. La tía Mimi se encariñó con el pequeño desde el momento en que lo vio; lo consentía y lo cuidaba cuando su hermana Julia no podía, y luego se encargó de su crianza. De su mamá heredó el color rojizo-rubio del cabello, y de su papá la prominente nariz y los ojos entrecerrados. De ambos, el gusto por la música, aquello que unió a sus padres.

10 de diciembre, 1940. El canciller alemán Adolf Hitler firma la directiva “Atila” para invadir el sur de Francia y con esto garantizar la continuación de sus planes expansionistas.

Julia, ahora con su hijo, seguía viviendo en la casa de sus padres pese al obvio disgusto de su padre, pero no había alternativas en el momento. Con el paso del tiempo, el padre del pequeño John desaparecía por periodos más largos. Así fue como ella terminó embarazada por segunda vez, en esta ocasión luego de un encuentro casual con un marinero. Presionada por su familia que veía desprestigio en el hecho, obligó a Julia a entregar en adopción su recién nacida hija, a la que llamó Victoria Elizabeth. Adoptada por una familia formada por un noruego y su esposa de Liverpool, la llamaron Ingrid; muchos años más tarde, en la década de los ochenta, su hermanastra la contactó luego de meses de investigación y la reconocieron como medio hermana de John. Pese a esto, Ingrid no se interesó mucho por su familia biológica y prefirió mantenerse alejada de sus medio hermanos.

Cuando John contaba con apenas dieciocho meses, Julia – como solía hacerlo todos los meses– fue a la oficina de la naviera a buscar el dinero que Alf enviaba sin falta para el sostenimiento de su familia, pese a la difícil situación a causa de la guerra. No obstante, en esa oportunidad recibió una noticia devastadora: Lennon había abandonado el barco en el cual servía y desapareció, y no había dinero para su familia. Aunque Lennon volvió un año más tarde, Julia no quiso saber nada más de ese vividor que la había abandonado. Alf apareció otras varias veces, pero Julia cada vez lo alejaba más. Se había curado de esa enfermedad que se llamaba Alfred Lennon. Sin embargo, la separación solo tuvo lugar años más tarde, cuando el pequeño John tenía cuatro años de edad.

Esta es la historia que cuenta la familia Stanley, pues la versión de Alfred es diferente. Él aseguró que, estando en Nueva York, lo habían trasladado del barco de pasajeros donde trabajaba a otro que transportaba soldados, debido a las necesidades de la guerra, y que lo habían degradado de mesero jefe a camarero, afrenta que él no podía aceptar. Participar en la guerra no le asustaba, pero no podía aceptar un cargo de menor rango del que tenía. El capitán del barco en que trabajaba como jefe de meseros le propuso que se emborrachara la noche antes de zarpar y perdiera el embarque. Así lo hizo, y lo deportaron más adelante en un barco que transportaba soldados al norte de África. Después de tres meses logró escapar, pero no estaba en condiciones de mandar dinero a su familia. Más tarde aseguró que también había enviado algunas cartas a Julia en este periodo, pero aparentemente esto solo ocurrió en su imaginación, ya que ella sostuvo que esas cartas no existieron. Luego, cuando Julia empezó a salir con otro hombre, su entonces exesposo –quien dijo de sí mismo que era una persona comprensiva y moderna– la animó.

John decía tener vagos recuerdos de su padre en los años de su infancia, pero lo que sí recordaba con claridad es haber visto a sus padres riendo en esos tiempos, bailando y divirtiéndose. Las hermanas de Julia decían que Alf no tomaba la vida en serio, y que era un hombre muy alegre y entretenido, pero irresponsable. En definitiva, indigno de la supuestamente díscola hermana. En ese sentido, el padre y la madre de John eran muy parecidos.

Entonces Julia conoció a otro hombre, John Albert Dykins, camarero de un hotel, y se enamoraron. Dykins se mudó con Twitchy, así le decía a la encantadora mujer con quien no se podía casar por su vigente matrimonio con el padre de John, quien no aparecía para realizar los trámites de divorcio. Tuvieron dos hijas: Julia Baird (su apellido de casada), que años más tarde se convirtió en custodia de la imagen de su medio hermano, y Jackie, la menor.

Alf se echó a la mar y John se fue a vivir con su tía Mimi, la misma que le había puesto el nombre y que lo quería entrañablemente. Siempre quiso encargarse del niño, y no dudó un segundo en manipular las cosas para que se mudara con ella. Todo parece indicar que la estricta Mimi, no podía aceptar que ese niño viviera con su hermana, a la que definitivamente consideraba indigna de ser madre. Cómo son las cosas: ¡la tía amorosa pero estricta asumió el papel de madre, mientras que Julia parecía más bien la tía consentidora! Visitaba con frecuencia a su hijo –cuando Mimi lo permitía–, le llevaba regalos, lo sacaba a comer helados, bailaba en el parque con el pequeño John y le contaba historias, muchas historias.

Cuando John tenía unos cinco años, su padre reapareció en casa de su cuñada y le llenó al niño la cabeza de fantasías: la pasarían muy bien en Blackpool, donde ahora vivía, irían al parque de diversiones, jugarían en la playa y nadarían en el mar. John, encantado con las historias de un padre que poco había conocido, aceptó irse con él, y la tía Mimi, en un momento de sorpresiva debilidad, no pudo negarse.

Pero la verdad era otra, pues Alf planeaba llevarse al niño a Nueva Zelanda y desaparecer. Durante semanas no tuvieron ninguna noticia del pequeño ni de su padre. Julia, que no recibía de su hermana respuestas del paradero de su hijo, pues trataba de ocultar su desaparición, desesperada y asustada, se propuso buscarlo. Finalmente encontró la casa donde Fred se hospedaba, justo cuando se preparaban para partir hacia el sur. Se desató una fuerte discusión entre los padres del niño pues Alf no estaba dispuesto a entregarlo. En medio del agrio enfrentamiento, le propuso a su esposa una idea que Julia agotada por el enfrentamiento aceptó: proponer al niño que decidiera con quién quería quedarse. El pequeño John, en una edad en la que solo debía tener satisfechas sus necesidades y estar rodeado de amor, se vio obligado a escoger si se iba con su padre a conocer el mundo y divertirse como loco, o si se quedaba con su madre, a quien poco veía, en Liverpool.

El pequeño, claramente sin la edad ni la capacidad de discernir, de tomar una decisión pensada y racional, optó por estar con su padre y viajar a Nueva Zelanda, ignorando la seguridad y estabilidad que le podían ofrecer su madre y el hogar de tía Mimi. Julia salió llorando, triste y furiosa de la casa de Fred Lennon, pero para su sorpresa e incredulidad, John corrió tras ella, la abrazó y le dijo que no podía vivir sin ella. Su madre lo arropó en su amor y lágrimas, y le dijo que jamás lo abandonaría. Alf, típico, desapareció: solo volvieron a saber de él cuando The Beatles fueron famosos.

De regreso en casa de tía Mimi, quien lo quería en verdad y nunca lo reprimió verbal ni físicamente, pues pensaba que debía dejar que la personalidad del niño floreciera y que los castigos eran muestra de debilidad, John se amoldó a la vida de familia. Siempre recordaría con inmensa gratitud el apoyo de su tía y del esposo de ella, George, quien lo consentía, le regalaba golosinas de su negocio de lácteos y lo llevaba al cine a escondidas. El único nubarrón en su vida era que su tía trataba de impedir que su madre lo viera, por considerar que Julia no era una madre digna.

Pero parece que la tía Mimi no era todo lo que aparentaba. Su matrimonio con George, según se ha afirmado, nunca se consumó, razón por la cual jamás tuvieron hijos. Y la conservadora mujer sostuvo un romance de largo tiempo con un inquilino muchos años menos que ella. Resulta irónico, por tanto, que ella llamara su propio hogar “la casa de la corrección”, mientras la residencia de la mamá de John, que vivía con un hombre al que amaba, era “la casa del pecado”.

Ahora, Mimi, la estricta y severa, le permitía a John ir a eventos especiales dos veces al año: el espectáculo navideño del Liverpool Empire y el Festival de Dibujos Animados de Walt Disney en el verano. También podía ir, cuando quisiera, a Strawberry Fields, un orfanato donde tocaba de vez en cuando la banda del Ejército de Salvación. Este era uno de sus eventos favoritos; cuentan que el niño saltaba de la emoción cuando escuchaba a la banda.

Mientras vivía con su tía, el pequeño ingresó a la escuela primaria de Dovesdale. Los resultados de sus evaluaciones indicaron que era muy inteligente y que podría lograr cualquier cosa que se propusiera con solo aplicarse. Al cabo de cinco meses, el precoz chico ya había aprendido a leer y a escribir, y no permitía que nadie lo llevara al colegio. Hizo parte del coro de la iglesia de St. Peter, en Woolton, y recibió la primera comunión y la confirmación por deseo propio. No obstante, sus inclinaciones religiosas duraron apenas hasta la adolescencia.

A la edad de siete años, el joven John comenzó a publicar una serie de cuentos, ilustraciones y recortes de actores y deportistas llamados Sports, Speed and Illustrated, editados e ilustrados por él mismo. La publicación aparecía cada semana y cerraba con la frase “Si le gustó esta, vuelva la próxima semana; habrá otra mejor”. A los catorce años comenzó a recibir una mesada con la intención de que aprendiera a manejar el dinero con responsabilidad. Si quería o necesitaba una suma adicional, debía ganarla cortando el césped en las casas vecinas o realizando algún otro trabajo. Se dice que era generoso, aunque generalmente no tenía dinero, y que buscaba cualquier medio para conseguirlo, todo menos trabajando.

Desde muy temprano, John mostró un enorme interés por los libros. Leía todo lo que pudiera conseguir. Aun cuando era bastante omnívoro y leía hasta los poemas de Edward Lear, sentía especial afecto por dos libros: Alicia en el país de las maravillas (le apasionaba el personaje de Guillermo) y El viento en los sauces, novela que le permitía soñar con ser líder. En efecto, cuando jugaba con sus amigos del vecindario o del colegio era, sin discusión, el jefe. Esta personalidad dominante que se vislumbraba en sus gustos literarios le traía muchos problemas en la escuela, pues sus ansias por demostrar que era el mejor generaban con frecuencia peleas con otros muchachos.

Sus dos mejores amigos, Peter Shotton e Ivan Vaughan, dijeron años más tarde que parecía que siempre estuviera peleando. A la tía Mimi estos dos muchachos le caían bien; pensaba que eran diferentes de los demás, que se les notaba la clase, la educación que solo se recibe en el seno de una buena familia. Con ellos, John era un jovencito travieso que robaba manzanas de los vecinos, montaba sin pagar en el tranvía hasta Penny Lane, el sector comercial de Liverpool, y cuando podía, les bajaba los interiores a las chicas en la calle. Aunque Mimi por alguna razón nunca lo supo, los padres de la mayoría de sus compañeros de colegio lo detestaban. John era un rebelde de buenos sentimientos, así los demás no lo entendieran de esa manera.

Pese a todo, su infancia fue en general bastante normal. Visitaba ocasionalmente a su madre y contaba con la atención de una tía muy cariñosa con quien vivía, y de otras dos mujeres, Anne Elizabeth y Harriet, hermanas de su madre, que hablaban permanentemente de lo maravilloso, luminoso y alegre que era John. Para ellas, su sobrino era un encanto. Físicamente se parecía tanto a Mimi, que la gente a veces los tomaba por madre e hijo, algo que para ella representaba un halago.

En 1952, John ingresó a la escuela secundaria de Quarry Bank, cerca de la casa de la tía Mimi, quien creía que así podría tener cierto control sobre él. Su mejor amigo, Shotton, ingresó a la misma escuela, mientras que el otro amigo, Vaughan, se matriculó en el Liverpool Institute. Los padres de este último creían que, lejos de la influencia de John y de Pete, el nivel académico de su hijo mejoraría. Sin embargo, en su tiempo libre seguía formando parte del círculo de amigos del futuro Beatle.

La vida en la secundaria Quarry Bank no era muy diferente a la de la escuela Dovesdale. John quería ser líder y para conseguirlo tuvo que pelear. Afirmó luego que sus riñas escolares no eran peleas de grandes heridas, sino contiendas con amenazas, insultos y uno que otro puñetazo. Insistió en que hubo mucha exageración y, de pronto, algo de sangre en la nariz, pero nada más. Debido a su personalidad, la situación pronto derivó en la lucha de Lennon y Shotton contra todo el colegio. No les iba bien en los estudios; eran –para decirlo suavemente– perezosos y traviesos. Pete se destacaba en matemáticas y John en arte. Juntos eran dinamita.

Con el correr del tiempo, las calificaciones de John se deterioraron, pero Mimi nunca se enteró. En estos años, George, el esposo de su tía, se hizo buen amigo del chico, quien disfrutaba de la compañía de este hombre amable y cariñoso. Se encargó de que la estricta tía no supiera demasiadas cosas del jovencito. Tristemente en junio de 1953, George sufrió un derrame cerebral y murió. Fue otro momento de gran dolor para Lennon, otra pérdida, ésta física, de una persona importante en su vida. Otro momento difícil como tantos que tendría que enfrentar a lo largo de su vida. Y aunque todos pensaron que iba a reaccionar de manera violenta, cuando le dijeron que su tío había muerto, al muchacho le dio un ataque incontrolable de risa.

13 de junio, 1953.El comandante en jefe de las Fuerzas Militares de Colombia, general Gustavo Rojas Pinilla, depone al presidente Laureano Gómez en un golpe de Estado incruento, con el apoyo de los partidos Liberal y Conservador. A este último pertenecía el derrocado presidente.

Tras esta tragedia, la presencia de Julia, quien había mantenido contacto intermitente con su hijo y su hermana a lo largo de los años, se hizo más fuerte. Siempre se sintió fascinada con el crecimiento de su hijo, y ahora comenzó a frecuentarlo con mayor regularidad, a regalarle cosas y a divertirse con él y sus amigos. También ella vivía en cercanías del colegio, de modo que Pete, Ivan y John iban hasta su casa después de clases y ella se portaba como una más del grupo. Cuentan que a veces, cuando caminaban por la calle, se ponía unas gafas sin lentes, detenía a los transeúntes para hablarles y de repente metía los dedos donde debían estar los lentes, para escándalo de las víctimas de la broma y regocijo de John y sus amigos, quienes se alejaban riendo a carcajadas con Julia.

Según recuerdan quienes lo rodeaban, John comenzó a interesarse por la música cerca del final de su ciclo en el colegio. Tomó una vieja armónica que el tío George le había regalado y se dedicó a aprender a tocarla. Una sola persona soportaba eso que John llamaba música: el conductor de un bus que los muchachos tomaban de vez e ...