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TIEMPO MUERTO

Margarita García Robayo

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Fragmento

1

Lucía y los niños están echados en la arena.

Tomás encajado a un costado de su cuerpo, y Rosa en el otro. Como dos órganos blandos de fácil remoción.

Huelen a sal y a mazorca asada.

Tomás se queja del libro que Lucía le compró: «Benjamín sale a pasear en su nave y se queda sin combustible. Improvisa un aterrizaje de emergencia en un asteroide y se sienta a esperar…».

No le gusta nada, dice.

—¿Pero por qué? —le pregunta Lucía.

Él se encoge de hombros y frunce el entrecejo. Es un tic, lo repite muchas veces a lo largo del día. Un movimiento mínimo pero vital, como el de plegar y soltar el diafragma en cada respiración.

Ya se terminaron los fuegos artificiales. Sólo quedan los rusos, sus voces ríspidas perdiéndose en el aire, intentando rescatar unos cohetes que se elevan poco más de un metro y que, en vez de explotar, sueltan una humareda negra y espesa. Hace un rato los niños empezaron a toser y Lucía tuvo que moverse a la playa de al lado, donde encontraron una pequeña colina de arena que debía haberse formado tras el paso insistente de una cuatrimoto. En ese mojón, Lucía apoyó su espalda.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Ahora está a punto de dormirse.

Los últimos cohetes caen en la arena con un sonido melancólico, rotos y sin gracia.

Tomás dice que él puede contar una historia mejor que la del libro. Lo abre y hace como que lee:

—Benjamín salta al vacío. Se hunde en un hueco negro de agua helada y se queda tieso y entumecido.

—¿Quién te enseñó la palabra entumecido? —le pregunta Lucía.

¿Y Tomás qué hace? Se encoge de hombros.

Rosa está dormida. Antes de dormirse le preguntó por Pablo. «Se quedó trabajando», le contestó ella. Y Rosa la miró fijo, como buscando en su cara alguna otra respuesta. Después abrió la boca en un bostezo enorme, en el que cabía un puño cerrado.

Es 4 de julio. Los fuegos artificiales empezaron a eso de las ocho, cuando todavía era de día. «No se ve nada», se quejó Tomás, mirando el cielo mientras se hacía sombra con las manos. Poco después, toda la costa de Miami Beach se llenó de luces que explotaron en más luces. Había personas sentadas en la arena empuñando botellas de cerveza y comiendo cosas que venían en latas. Lucía había llevado jugos para los niños y una champaña para ella. Y unas uvas orgánicas de las que Rosa se antojó en el supermercado y después no quiso. Habían costado casi lo mismo que la champaña. A eso de las ocho y media, Rosa se antojó de unas mazorcas que asaban en el bar de la piscina y fue hasta allá, pidió tres y dijo que se las cargaran a la habitación. Se manejaba perfectamente bien en los hoteles. Tenía dificultades con las tablas de multiplicar —eso decía una tal miss Fox en el último informe de la escuela—, pero se sabía de memoria los dieciséis dígitos de la tarjeta de crédito de su mamá.

—Benjamín dura congelado doce siglos, hasta que un meteorito cae en el hueco de agua helada y estalla adentro. Y revive, pero desintegrado.

—Tomi —dice Lucía—, vamos a dormir. Mañana sigues.

Tomás cierra el libro y se pone de pie. Lucía alza a Rosa y camina de vuelta a la playa del hotel. Los rusos están sentados en círculo, toman algo en unos vasos desechables y cantan canciones rusas. Son estridentes. Se visten con ropa cara pero fea. Los más jóvenes, hombres y mujeres, son escandalosamente bellos. Los más viejos están fofos y gastados. Esa perspectiva le da cierto alivio.

—No me gustan esas personas —dice Tomás.

—Se llaman rusos.

Para entrar al hotel hay que atravesar un camino de piedras hasta dar con unos escalones que conducen a la piscina.

—No me gustan los rusos —insiste Tomás, ya en el ascensor.

Lucía quiere estirar su mano para alisarle el pliegue entre las cejas, pero necesita ambos brazos para sostener el peso de Rosa.

—A mí tampoco —contesta.

Esa mañana llegaron de New Haven a instalarse por dos semanas en un apartamento que tienen los papás de Lucía en Sunny Isles. Queda en un hotel moderno, pero discreto, y está equipado con todo lo que una familia latinoamericana más o menos acomodada precisa en sus vacaciones —incluido el servicio diario de limpieza y la facilidad de alquilarse una mucama del staff para que les haga algunos extras: cocinar, lavar, planchar, hacer compras, cuidar a los niños—. Algunas familias llevan a su niñera. Los papás de Lucía tienen a Cindy, que vino adosada al apartamento y propone una situación menos tercermundista que la de viajar con la sirvienta —o al menos eso se dicen ellos—. Cindy nació en Estados Unidos, pero tiene padres cubanos. No usa uniforme. Tiene bucles castaños, auto propio, caderas anchas y redondas. Y un marido celoso, según contó alguna vez sin que nadie le preguntara. Cindy es una de esas chicas que se acerca mucho a las personas para hablarles, como si todo se tratara de un secreto. Y le gusta tocar: «¿Quieres que te haga un masaje en los pies, Lucy?», te cae de la nada, y antes de que puedas contestarle ya te ha sacado los zapatos y tiene los pulgares hundidos en las plantas de tus pies, generándote una mezcla de placer y repugnancia. Lucía no le da espacio para que se acerque, y aun así no consigue controlarla demasiado. Cindy la odia. O eso piensa ella, aunque su mamá le dice que está equivocada: «No le has dado la oportunidad de conocerte». Y Lucía: «Claro que no». Cindy usa a los niños para comunicarle su resentimiento; casi todas las quejas que deja entrever, mientras revuelve huevos, sirve el café o se mira las cutículas, tienen que ver con el carácter de Lucía: «¿Qué desayunó su mami, ácido muriático?». Los niños la miran embobados. «¿Vinagre con limón?». Los niños la abrazan y la besan.

La primera vez que visitaron el apartamento fueron todos: Pablo, Lucía, Tomás y Rosa, que entonces eran bebés. Días después, se sumaron los abuelos. Cindy estaba excitadísima. Su sentido de la proxemia era el de un perro faldero, se paseaba por rincones escasos como si se hubiese tragado un tornado. Un día golpeó a Pablo con las nalgas. En la cara, lo golpeó. Se había inclinado a buscar un juguete de Tomás debajo de un sillón, y Pablo, que intentaba leer un libro en el asiento de enfrente, sintió un golpe ciego en el tabique. Las lágrimas le nublaron la vista. «Fue como besar una bola de demolición», le diría aquella noche a Lucía, y se reirían como borrachos. Porque estarían borrachos. Todavía no habían tenido la conversación sobre el alcohol y los hijos. O el alcohol como sustituto del sexo. O el alcohol y ese aliento podrido que manejaban últimamente.

Esta noche Lucía duerme en su cama con los niños.

En realidad, los niños duermen y ella se desvela mirando el noticiero. Anuncian días soleados y eso debe producirle algún tipo de satisfacción, pero lo cierto es que ella habría preferido que se desatara una tormenta esa misma noche. Algo amenazante, pero no trágico. Que no sacudiera muchos techos, pero que los obligara a ellos a permanecer en el hotel buena parte de las vacaciones. Los niños jugando con sus iPads o al parqués con Cindy (lo mejor de Cindy era que conseguía sentarlos a jugar juegos en los que no mediaba una pantalla), y ella leyendo la basura que había en la biblioteca de su mamá. Esa basura que obraba en su cabeza de un modo más eficiente que el alprazolam.

Se levanta de la cama y va hasta la cocina por leche.

Se sirve en una taza y la mete al microondas. Cuando está tibia le agrega un chorro de coñac. Su papá lo usa para dormir.

Cindy les dejó frutas, pan y huevos para el desayuno. Adentro de la nevera todo luce brilloso y saludable, como de utilería. También dejó flores en el baño y una nota en el marco del espejo pegada con un imán de la Puerta de Brandemburgo tamaño miniatura. «¡Bienvenidos!», dice la nota. Lucía la despega y la tira a la basura.

* * * *

El pasillo terminaba en un vidrio fijo que llegaba hasta el piso y dejaba ver el paisaje de afuera: un bosque de árboles y un lago con patos. Recortando la vista había una chica de espaldas, con una camiseta suelta y una faldita escocesa que desentonaría con cualquier cosa que se la combinara. Se llamaba Kelly, y era quien había llamado la ambulancia y acompañado a Pablo al hospital. Cuando llegó, Lucía todavía no sabía esto.

Kelly era, también, una de las que había firmado esa carta que recibió Pablo el semestre pasado poco antes de Navidad, y que le enviaban de la secundaria en la que trabajaba. Ahora recordaba su nombre, al que seguía una J y un punto —lo que le pareció demasiado informal para el carácter de la carta—, y que encabezaba la lista de alumnos, escrito con tinta morada y letra minúscula.

Pablo, según le dijo la tarde de la carta —a modo de excusa, pensó entonces, o a modo de efecto distractor, pensaba ahora—, estaba atravesando una crisis: quería dejar las clases y dedicarse a escribir. A Lucía le habría gustado que su crisis planteara: 1) mayor originalidad, y 2) alguna estrategia pragmática que hiciera de su aspiración más un proyecto y menos una fantasía con grandes —enormes— posibilidades de frustrarse. Para el día de la carta, Pablo ya llevaba cerca de un año escribiendo una novela sobre una isla colombiana donde había vivido parte de su infancia, y se la había pasado juntando bibliografía sobre un canal de agua artificial que atravesaba el lugar y cuya construcción había hecho que la fauna de esa isla se extinguiera. No se entendía cómo resultaba de ese asunto una novela. «¿Y la trama?», le había preguntado Lucía alguna vez, y él pareció tomarlo como una ironía que prefirió no contestar.

La carta llegó un viernes, los niños estaban en un campamento y ellos estaban por sentarse a cenar. Pablo la leyó en la mesa. «¿Te echaron?», le preguntó Lucía, y sintió un montoncito de chucrut atorado en la garganta. Pablo no contestó. Dijo, como si viniera a cuento de algo, que en esa isla de la que estaba escribiendo había una ciénaga donde crecían unos bichos extrañísimos que, en su opinión, eran la alegoría perfecta para explicar buena parte de la historia social y política de su país. En realidad dijo nuestro país, pero Lucía se hizo la sorda para no entrar en la discusión de siempre. Después siguió describiendo a esas criaturas, atribuyéndoles fisionomías disparatadas, como protuberancias en la cabeza, aguijones venenosos y unas trompas amorfas que mantenían por fuera del agua para chupar oxígeno. «¿Y qué tiene que ver eso con la carta?», dijo ella, interrumpiendo lo que había pasado a ser un monólogo al borde del llanto, con frases cada vez más incomprensibles. Estaba en crisis, era cierto, pero —pensó Lucía y se llenó de furia—: ¿quién no estaba en crisis? Le sirvió un vaso de agua y se lo acercó. Al recibirlo Pablo le lanzó una mirada suplicante y también inaccesible. Una mirada de la que Lucía se distrajo pronto al descubrir las várices en sus córneas. Grietas rojas sobre el blanco amarillento.

Él se levantó de la mesa y subió al cuarto. La carta quedó ahí, junto a la pata de cerdo y el repollo morado y las papas bañadas en crema y perejil. ¿Había que comer así? Ella misma había preparado la cena, pero la imagen de ese plato servido, tan pesado y medieval, la sacudió de un modo orgánico y violento. Apartó el plato y tomó la carta, se sentó y la leyó. Era un descargo bastante serio del director de la secundaria, que terminaba con la advertencia de que debía cambiar de actitud o irse. En la mitad de la carta había un extracto del informe de los alumnos, en el que se quejaban de los métodos de enseñanza de Pablo —«violentos y ofensivos»—, de su sistema de calificaciones —«injusto e infundado»—, de sus ausencias reiteradas —«se pasa el día en las barras de cerveza del vecindario»— y de su aspecto físico —«el profesor viene con la misma ropa todos los días y huele a orines». Después seguía el listado de nombres que debían sumar unos treinta, todos escritos en lapicero negro, salvo el de Kelly J.

—Al no haber una patología cardíaca previa, ni nada en su corazón que nos haga diagnosticar alguna anomalía, debo pensar que se trata de este síndrome…

Apenas entró al hospital —antes de ver a Pablo siquiera— Lucía fue al consultorio de Ignacio, su médico clínico desde que había llegado a New Haven. Ignacio era chileno, pero vivía ahí desde hacía décadas, y podía decirse que en todo ese tiempo habían entablado una de esas amistades que servían para saltarse instancias burocráticas. Así que apenas recibió la llamada del hospital, Lucía se comunicó con Ignacio y le pidió averiguar todo; estaba demasiado nerviosa como para lidiar con una cara desconocida que, seguramente, iba a subestimar su necesidad de saber hasta el último detalle de lo que fuera que tuviera Pablo y del eventual procedimiento.

Y ahora Ignacio le explicaba con sus modos elegantes, con su voz pausada y su mirada empática, para qué servían las arterias. En su escritorio había un pequeño corazón de plástico rebanado por la mitad, al que él apuntaba con un láser. Después de la lección vino el diagnóstico: su marido era un fiestero de puta madre. Ignacio le hablaba de una patología que afectaba el funcionamiento del sistema cardiovascular y se producía por el consumo excesivo de alcohol, carnes rojas, sal, grasa saturada y algunas drogas. Era una patología adquirida, no congénita, y se solía dar, sobre todo, en temporada de vacaciones, cuando la gente se distiende y se descuida.

—De ahí el nombre —Ignacio se aclaró la garganta.

—¿Qué?

Holiday heart, se llamaba el síndrome.

Una canción melódica, pensó Lucía.

Un motel de paso con luces de neón.

—En el caso de Pablo todo esto parece venir acompañado por una conducta sexual que presumo riesgosa y excesiva —volvió a aclararse la garganta y Lucía, perpleja como estaba, todavía tuvo el impulso de buscarle un Halls en su cartera—. Lo siento —dijo Ignacio. Y después hizo silencio.

El silencio servía para construir humillación.

Las paredes color durazno del consultorio, los cuadritos que las poblaban: fotos de orugas y mariposas que Lucía no decidía si le parecían cursis o pornográficas, tenían más dignidad que ella en ese momento. ¿Por qué lo sentía? ¿Era tan evidente que la conducta sexual riesgosa y excesiva no la tenía con ella? Y, ahí, tras el delay de ignorancia que sólo podía justificar su narcisismo, Ignacio le contó que Pablo había ingresado al hospital inconsciente y acompañado por una menor.

El silencio podía crecer en segundos, como una plaga, y construir tótems de humillación.

Por suerte, Pablo estaba bien, seguía Ignacio. 

¿Por suerte para quién?

Y que había sido un susto, una pequeña obstrucción en una arteria que se había solucionado fácilmente con un stent. Para su edad, quizá era un poco prematuro tener un stent, pero hoy día —«Hoy día», dijo, y ella se colgó en esa expresión ordinaria, como un escupitajo que salía de una boca fina— muchos hombres tenían uno o varios.

—Ah, ¿sí?

Que sí, insistió Ignacio. No era nada del otro mundo. Con ciertos cuidados, Pablo podría retomar su vida en cuanto quisiera.

Cuando salió del consultorio, tampoco fue a ver a Pablo. Recorrió los pasillos del hospital paseando sin prisa, como si estuviera en un museo. Se cruzó con estudiantes de Medicina, todos con sus uniformes verde manzana todavía sin gastar. Ahí mismo, pero en otra ala, habían nacido Tomás y Rosa. Fue un parto durísimo: la médica encajó sus manos aceitadas en el cuello del útero y le hizo una especie de masaje con presión hacia los costados para ayudar a la dilatación, para allanarle el camino a las criaturas. Era un método doloroso, pero efectivo en el ochenta por ciento de los casos. Lucía no resistió. Pidió que la rajaran. Ya había padecido suficiente el embarazo. Albergar a dos criaturas en un solo cuerpo, pensaba entonces, era exactamente eso: algo forzado y antinatural. Abría los ojos en la noche, sentía la turgencia en su barriga, el movimiento interno, y pensaba: mi cuerpo es una casa invadida por aliens.

Después, una vez estuvieron afuera, cambió completamente de parecer. «Casi ningún mamífero pare de a un hijo por vez», empezó a repetir esa frase por ahí. Con el paso de los años se convenció de la sabiduría de su cuerpo; a sus cuarenta y pico ya no habría sido capaz de afrontar un segundo embarazo, pero por suerte no le hizo falta para comprobar que dos hijos constituían la medida perfecta de la maternidad. Más era presuntuoso. Menos era mezquino. Incluso en la estadística estaba bien posicionada: apenas un par de puntos por encima de la mujer americana, que tenía un promedio de uno punto ocho hijos, y un par de puntos por debajo de la latina, que tenía dos punto dos.

«No puedes tener opiniones tan tajantes sobre todas las cosas», le dijo por esos días una vieja colega, en una reunión de viejos colegas. Carla, se llamaba. Trabajaba en la Universidad de Texas y su carrera, vista en perspectiva, era la de un gato salvaje trepando rascacielos. «¿Por qué no puedo?», le dijo Lucía. Los demás las miraban en silencio, gordos de morbo. Y Carla: «Porque pareces una de esas mujeres para quienes la maternidad es el polo principal, hipertrófico, de la vida femenina». Lucía la miró esperando un desarrollo mayor, pero Carla sólo agregó: «Queda feo». Y Lucía: «De todas formas no era una opinión, sino una síntesis ajustada de mí misma». «De todas formas», dijo Carla, «¿cómo se pueden tener uno coma ocho hijos?».

Los demás rieron con sus dientes empastados de queso crema con salmón, tapenade de aceituna y paté. Lenguas mórbidas. Ojos tóxicos.

En la cafetería del hospital compró una Coca-Cola light. En la caja había una colección de libros infantiles en español y eligió uno para Tomás. Le gustaba comprarles libros en español para que afianzaran el idioma. A Rosa no le gustaba leer, prefería los deportes. Y la comida —era una niña de siete años con el apetito de un muchacho de dieciséis.

Camino a la habitación de Pablo examinó el libro (un niño soñaba que viajaba en su nave espacial y se perdía en un cruce de galaxias) y sospechó que debía estar pensado para regalarlo a los chicos que estaban internados. Quiso devolverlo, pero ya había entrado al ascensor. Marcó el piso. Apenas se abrió la puerta descubrió a Kelly J. a contraluz, mirando por la ventana. Además de la falda escocesa llevaba unas botitas militares y unas medias largas escarchadas, todo comprado con monedas en alguna venta de garaje. Eran las ocho y cuarto de la mañana de un sábado inusualmente frío. El viento golpeaba fuerte en las ventanas, como el aullido de un rockero al tímpano.

Apenas entró al hospital —antes de ver a Pablo siquiera— Lucía fue al consultorio de Ignacio, su médico clínico desde que había llegado a New Haven. Ignacio era chileno, pero vivía ahí desde hacía décadas, y podía decirse que en todo ese tiempo habían entablado una de esas amistades que servían para saltarse instancias burocráticas. Así que apenas recibió la llamada del hospital, Lucía se comunicó con Ignacio y le pidió averiguar todo; estaba demasiado nerviosa como para lidiar con una cara desconocida que, seguramente, iba a subestimar su necesidad de saber hasta el último detalle de lo que fuera que tuviera Pablo y del eventual procedimiento.

Y ahora Ignacio le explicaba con sus modos elegantes, con su voz pausada y su mirada empática, para qué servían las arterias. En su escritorio había un pequeño corazón de plástico rebanado por la mitad, al que él apuntaba con un láser. Después de la lección vino el diagnóstico: su marido era un fiestero de puta madre. Ignacio le hablaba de una patología que afectaba el funcionamiento del sistema cardiovascular y se producía por el consumo excesivo de alcohol, carnes rojas, sal, grasa saturada y algunas drogas. Era una patología adquirida, no congénita, y se solía dar, sobre todo, en temporada de vacaciones, cuando la gente se distiende y se descuida.

—De ahí el nombre —Ignacio se aclaró la garganta.

—¿Qué?

Holiday heart, se llamaba el síndrome.

Una canción melódica, pensó Lucía.

Un motel de paso con luces de neón.

—En el caso de Pablo todo esto parece venir acompañado por una conducta sexual que presumo riesgosa y excesiva —volvió a aclararse la garganta y Lucía, perpleja como estaba, todavía tuvo el impulso de buscarle un Halls en su cartera—. Lo siento —dijo Ignacio. Y después hizo silencio.

El silencio servía para construir humillación.

Las paredes color durazno del consultorio, los cuadritos que las poblaban: fotos de orugas y mariposas que Lucía no decidía si le parecían cursis o pornográficas, tenían más dignidad que ella en ese momento. ¿Por qué lo sentía? ¿Era tan evidente que la conducta sexual riesgosa y excesiva no la tenía con ella? Y, ahí, tras el delay de ignorancia que sólo podía justificar su narcisismo, Ignacio le contó que Pablo había ingresado al hospital inconsciente y acompañado por una menor.

El silencio podía crecer en segundos, como una plaga, y construir tótems de humillación.

Por suerte, Pablo estaba bien, seguía Ignacio. 

¿Por suerte para quién?

Y que había sido un susto, una pequeña obstrucción en una arteria que se había solucionado fácilmente con un stent. Para su edad, quizá era un poco prematuro tener un stent, pero hoy día —«Hoy día», dijo, y ella se colgó en esa expresión ordinaria, como un escupitajo que salía de una boca fina— muchos hombres tenían uno o varios.

—Ah, ¿sí?

Que sí, insistió Ignacio. No era nada del otro mundo. Con ciertos cuidados, Pablo podría retomar su vida en cuanto quisiera.

Cuando salió del consultorio, tampoco fue a ver a Pablo. Recorrió los pasillos del hospital paseando sin prisa, como si estuviera en un museo. Se cruzó con estudiantes de Medicina, todos con sus uniformes verde manzana todavía sin gastar. Ahí mismo, pero en otra ala, habían nacido Tomás y Rosa. Fue un parto durísimo: la médica encajó sus manos aceitadas en el cuello del útero y le hizo una especie de masaje con presión hacia los costados para ayudar a la dilatación, para allanarle el camino a las criaturas. Era un método doloroso, pero efectivo en el ochenta por ciento de los casos. Lucía no resistió. Pidió que la rajaran. Ya había padecido suficiente el embarazo. Albergar a dos criaturas en un solo cuerpo, pensaba entonces, era exactamente eso: algo forzado y antinatural. Abría los ojos en la noche, sentía la turgencia en su barriga, el movimiento interno, y pensaba: mi cuerpo es una casa invadida por aliens.

Después, una vez estuvieron afuera, cambió completamente de parecer. «Casi ningún mamífero pare de a un hijo por vez», empezó a repetir esa frase por ahí. Con el paso de los años se convenció de la sabiduría de su cuerpo; a sus cuarenta y pico ya no habría sido capaz de afrontar un segundo embarazo, pero por suerte no le hizo falta para comprobar que dos hijos constituían la medida perfecta de la maternidad. Más era presuntuoso. Menos era mezquino. Incluso en la estadística estaba bien posicionada: apenas un par de puntos por encima de la mujer americana, que tenía un promedio de uno punto ocho hijos, y un par de puntos por debajo de la latina, que tenía dos punto dos.

«No puedes tener opiniones tan tajantes sobre todas las cosas», le dijo por esos días una vieja colega, en una reunión de viejos colegas. Carla, se llamaba. Trabajaba en la Universidad de Texas y su carrera, vista en perspectiva, era la de un gato salvaje trepando rascacielos. «¿Por qué no puedo?», le dijo Lucía. Los demás las miraban en silencio, gordos de morbo. Y Carla: «Porque pareces una de esas mujeres para quienes la maternidad es el polo principal, hipertrófico, de la vida femenina». Lucía la miró esperando un desarrollo mayor, pero Carla sólo agregó: «Queda feo». Y Lucía: «De todas formas no era una opinión, sino una síntesis ajustada de mí misma». «De todas formas», dijo Carla, «¿cómo se pueden tener uno coma ocho hijos?».

Los demás rieron con sus dientes empastados de queso crema con salmón, tapenade de aceituna y paté. Lenguas mórbidas. Ojos tóxicos.

En la cafetería del hospital compró una Coca-Cola light. En la caja había una colección de libros infantiles en español y eligió uno para Tomás. Le gustaba comprarles libros en español para que afianzaran el idioma. A Rosa no le gustaba leer, prefería los deportes. Y la comida —era una niña de siete años con el apetito de un muchacho de dieciséis.

Camino a la habitación de Pablo examinó el libro (un niño soñaba que viajaba en su nave espacial y se perdía en un cruce de galaxias) y sospechó que debía estar pensado para regalarlo a los chicos que estaban internados. Quiso devolverlo, pero ya había entrado al ascensor. Marcó el piso. Apenas se abrió la puerta descubrió a Kelly J. a contraluz, mirando por la ventana. Además de la falda escocesa llevaba unas botitas militares y unas medias largas escarchadas, todo comprado con monedas en alguna venta de garaje. Eran las ocho y cuarto de la mañana de un sábado inusualmente frío. El viento golpeaba fuerte en las ventanas, como el aullido de un rockero al tímpano.