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TOLA Y MARUJA: SIN AGüEROS

Tola y Maruja

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Fragmento

Así fue que empezaron
Tola y Maruja

Cuando un humorista famoso está en una fiesta (no de trabajo), sus admiradores le piden que se tome selfies con ellos y además le ruegan que cuente un chiste o hable como el personaje que representa. Algunos comediantes complacen a sus hinchas con espontaneidad y sencillez, pero otros, como el suscrito, queremos huir. Y no por “sobrado” o malaclase sino por tímido. Como lo oyen: muchos hacemos reír por tímidos, por miedosos, por cobardes...Y por hacernos querer.

Cierta vez, en una excursión ecológica del colegio de mi hijo, a la que fuimos algunos padres, alguien me pidió que hablara como Tola, y a mí se me ocurrió una respuesta que me ha sido utilísima: Yo gratis soy muy tímido.

Pero el fan no se da por vencido y arremete: ¿Cómo empezaron Tola y Maruja? Aquí va la historia, para cuando me vuelvan a preguntar poder responder con la boca llena: Todo está en el libro, cómprelo.

Cuando la Universidad de Antioquia me entregó en 1985 mi flamante diploma de Comunicador Social-Periodista (así, con guion) fundé, con la ayuda de mi colega Gustavo Muñoz, la revista Frivolidad, precursora de las noticias falsas, y que en su primera portada traía este anuncio: “Gardel está vivo. Se refugia en una finca del oriente antioqueño. Tiene media cara desfigurada. Conserva su dentadura natural”. Noticia basada en un libro inventado y con fotografías fingidas, y tan convincente que hasta un periodista argentino me buscó para verificar.

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Como pasa con tantas publicaciones utópicas, Frivolidad se quebró varias veces. Un idealista peor que nosotros asumió la gerencia de pura queridura pero su familia le pidió abandonar el cargo cuando sacamos un número con esta noticia, falsa por supuesto: “Visitamos una escuela de sicarios. Tenemos el pénsum”, donde nos burlábamos de las declaraciones del general Maza Márquez sobre la existencia en nuestra querida Medellín de sitios para enseñar sicariaje.

La renuncia del gerente de la revista, en la que adujo amenazas de sicarios, nos puso muy nerviosos y al salir de la oficina todos los muchachos que pasaban nos parecían con caras de alumnos de dichas escuelas.

La oficina de Frivolidad merece unas palabras aparte porque en realidad no era nuestra sino de Esteban París, caricaturista más chalado que nosotros y que muy amablemente nos dio posada.

Sobra advertir que todos nos manteníamos sin cinco y que tocaba pedir prestado para pagar los servicios públicos de la oficina. Y ni hablar de la cuota de administración del edificio, que nunca se pagaba y que obligó al administrador a contratar el servicio de los Chepitos para cobrar la deuda añeja.

Los Chepitos, para quienes acaban de llegar, eran unos pobres más desempleados que nosotros y que en su desespero se metían a trabajar en unas agencias dedicadas a cobrar cartera con el simpático método de disfrazar a sus trabajadores de frac y sombrero de copa (todos de negro hasta los pies vestidos) y un maletín de ejecutivo que decía: “Deudor moroso”.

El sistema consistía en parar al Chepito en la puerta del moroso hasta que el infeliz no soportara la vergüenza del escarnio público y consiguiera la plata como fuera. Obviamente los Chepitos se arriesgaban a topar con deudores enfurecidos que los insultaban o los agredían.

En cambio los de Frivolidad no tuvimos sino cortesía con nuestro Chepito y le dábamos tinto, le prestábamos el baño, le sacamos butaco y le regalamos la revista para que se entretuviera. Al parecer el informe que dio en su trabajo desconsoló tanto al jefe que al otro día no vino nadie. Santo remedio.

Quebrada del todo la revista se nos quedó en el tintero el último número, una parodia de la revista Fortune, que anualmente sacaba la lista de los diez más ricos del mundo y que ese año incluyó a nuestros narcompatriotas Pablo Escobar y Rodríguez Gacha. Nosotros teníamos listo como tema central de ese número que no alcanzó a salir Los diez más pobres del mundo según la revista Infortune.

En diciembre de 1989 publiqué un librillo titulado: Mis mejores caricaturas, ¡cómo serán las peores! (ya era un caricaturista semi reputado en Medellín, donde me inicié en el inolvidable diario El Mundo firmando como Mico). Para lanzarlo me prestaron el auditorio de la Biblioteca Piloto, y como no tenía para copa de vino les propuse a mis amigos de Frivolidad (Sergio Valencia, Fernando Mora, Guillermo y Bernardo Cardona) que representáramos el texto de Los diez más pobres del mundo como en una velada de colegio, para, a falta de coctel, entretener a los asistentes.

Resulta y sucede que al momento de presentar la obra me llené de pánico escénico y me negué a salir, pero mis compañeros me reprocharon que los hubiera hecho ensayar en vano y me obligaron a cumplir. Para empeorar mi susto yo empezaba el show. Sudando frío y verde del culillo salté al vacío del ridículo, pero al ratico los asistentes comenzaron a reír y al final nos aplaudieron.

Salimos de esta, dijimos los actores bisoños, seguros de que era debut y despedida. Pero el destino es malicioso y nos mandó a Osvaldo Gómez, gerente de una pequeña cooperativa, que se nos arrimó y preguntó por cuánto le hacíamos eso mismo en la despedida de año de sus empleados.

—¿En serio? —preguntamos incrédulos.

—Les doy cincuenta mil pesos y refrigerio —repuso el enviado de los dioses.

Con cachacos prestados (queríamos salir elegantes, como nuestros ídolos Les Luthiers) hicimos la función en la cooperativa con un éxito inexplicable. De ahí salimos a celebrar en la casa de Pereque (Sergio), el único casado del grupo, y en un brindis les anuncié: Yo no sé ustedes, pero yo me voy a dedicar a payasiar... Hago reír y me pagan: ¡la maravilla!

Y como para triunfar en la vida artística hay que tener dos talentos indisolubles: el del arte en sí y el arte de lagartear, me fui a la Gobernación de Antioquia y vendí una función para el 9 de febrero de 1990, Día del Periodista. Pero como nuestro show era de una hora y queríamos que durara un poco más, resolvimos meter de relleno al inicio de la función a un par de viejitas que chismosearan mientras esperan el bus. Ya Sergio y yo, en la cafetería Tronquitos del Alma Mater, habíamos tasado un tinto de greca toda la tarde hablando como dos mamás y haciendo reír a los presentes.

Como en la presentación estábamos de cachaco y había que disfrazarse rápido les pusimos pañoletas, carteras y un paraguas. Las llamamos Tola, por Anatolia, una amiga de mi mamá en Yolombó, con quien mi vieja sostenía largas y entretenidas conversaciones que yo de niño no me perdía, y Maruja, por ser el hipocorístico de María, un nombre muy común en Antioquia. Tiempo después supimos que en España una maruja es un ama de casa sin nada que hacer: una chismosa.

En esa primera salida ante un público de periodistas Tola y Maruja se robaron el show... Y hasta el sol de hoy.

Robinson Devia

En toda campaña presidencial colombiana aparecen candidatos sin posibilidades de ganar pero que le dan color a la contienda, como pasó en una en que compitió un oftalmólogo y Tola y Maruja dijeron que era para conseguir el apoyo de los miopes. En la de 2010 participó Robinson Devia, del Movimiento La Voz de la Conciencia, y en protesta porque los noticieros le paraban pocas bolas —por no decir que lo “ninguneaban”—, hizo una huelga de hambre y se encadenó a la estatua del Libertador en la Plaza de Bolívar de Bogotá.

Tola y Maruja, que no se pierden movida de catre, fueron a visitarlo a la plaza para solidarizarse... Bueno, casi se solidarizan.

***

Tola: Caminá pues querida, charlemos con Robinson Debía.

Maruja: Devia, Tola, es Devia.

Tola: Debía... debía recapacitar y dejar de dar lora. Oiga mijo, ¿usté por qué se encadenó?

Robinson: Porque la humanidad entera entre cadenas gime, dice el himno nacional. Vemos que el ciudadano normal no tiene oportunidad de expresarse.

Tola: ¿Y por qué su movimiento se llama La Voz de la Conciencia?

Robinson: Es lo que tú tienes en tu corazón para saber qué es lo bueno y qué es lo malo en la vida.

Maruja: Después de cuatro días en güelga de hambre, ¿no le remuerde la conciencia sino el estógamo?

Robinson: Es una representación simbólica del hambre que pasan muchos colombianos en una huelga silenciosa que nadie escucha.

Tola: Se nota que usté puede aguantar la güelga mucho rato porque se ve muy acuerpao. ¿Cuánto pesa?

Robinson: Cuando empecé la huelga 94 kilos, ahora no sé.

Maruja: ¿Por qué en vez de patria usté dice “matria” colombiana?

Robinson: Le rendimos tributo a la mujer, ustedes nacieron de una mujer, ustedes representan a dos mujeres. ¿Quién pone los muertos? La mujer. ¿Quién pone el marido para la guerra? La mujer. ¿A quién le toca sacar a los hijos adelante? Son el 52 por ciento de la población y no las tienen en cuenta en las decisiones.

Tola: O sea que usté a los apátridas les dice amátridas.

Maruja: ¿Y usté cree que con esta güelga de hambre va a lograr el apoyo de los que hacen dieta?

Tola: Ve Robinson, nosotras nos vinimos en ayunas quizque pa apoyarte, pero tenemos una gurbia, un filo, perdoná que comamos delante de vos. ¿Te choca?

Robinson: No se preocupen, también he tenido tentaciones de los otros partidos políticos.

(Ellas sacan dos yogures de la chuspa y Tola destapa uno y se lame la tapita saboreándose. Y sacan unos pastelotes de pollo en forma de triángulo que a ellas misma las sorprenden.)

Tola: Ay, qué cosa tan grande... Está al pelo pa recostarse a ver televisión.

(Tola pregunta atarugada de pastel, casi sin poder modular.)

Tola: Ve Robinson, hummmm, ¿qué te gustaría comer cuando terminés esta güelga?

Robinson: Un ajiaco santafereño. Señoras, cuento con ustedes, yo sé que ustedes tienen conciencia.

Tola: Poquita pero tenemos.< ...