Loading...

UN REINO DE OLIVOS Y CENIZA

Varios Autores

0


Fragmento

PRÓLOGO

Ayelet Waldman y Michael Chabon

No queríamos editar este libro. No queríamos escribir, ni siquiera pensar, de manera continuada sobre Israel y Palestina, sobre la naturaleza y el significado de la ocupación, sobre las intifadas y los asentamientos, sobre quiénes tenían unos derechos más válidos, sobre quiénes tenían unos sufrimientos más amargos, sobre quién había cometido unos crímenes más atroces, sobre qué indignación estaba más justificada. Nuestra renuencia a abordar la cuestión era tan intensa que durante casi un cuarto de siglo ni siquiera visitamos el lugar en el que Ayelet había nacido.

Habíamos ido a Israel en 1992, pocos meses después de conocernos. Aunque se había criado fundamentalmente en Estados Unidos y en Canadá, Ayelet había nacido en Jerusalén, hija de emigrantes provenientes de Montreal, y había vivido y estudiado en Israel a intervalos a lo largo de los años; para Michael era la primera vez. Yitzhak Rabin acababa de ser elegido; era una época de optimismo, de nuevas iniciativas, de tranquilidad relativa. Visitamos a familiares y amigos, hicimos las peregrinaciones turísticas de rigor al Yad Vashem, al Muro de las Lamentaciones, a Masada, al mar Muerto. Pasamos también algún tiempo en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja de Jerusalén y visitamos las mezquitas más célebres, tanto allí como en Acre, incluida la de Al-Aqsa. Algunas cosas de las que vio por entonces Michael se colaron, tras sufrir un cambio radical, en las páginas de su novela El sindicato de policía yiddish. Fue una visita memorable; la primera, nos figurábamos, de las muchas que íbamos a hacer juntos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Tardamos veinte años en volver.

A lo largo de ese período, las tímidas esperanzas que siguieron a los Acuerdos de Oslo se esfumaron. Yitzhak Rabin fue asesinado. Se desencadenó una segunda intifada, larga y sangrienta, que fue sofocada con suma violencia. El ritmo y la extensión de la construcción de asentamientos en los territorios ocupados se incrementaron, y la ocupación militar se afianzó más y más, se hizo más brutal, más inmisericorde. Horrorizados y desconcertados por la nube de violencia y destrucción, de represalias y contra-represalias y contra-contra-represalias, asqueados de la deshumanizadora retórica que prevalecía en ambos bandos, hicimos lo que hicieron tantas otras personas que se encontraron en una posición ambivalente intermedia: miramos para otro lado. Optamos por no participar en el debate y permanecimos lejos del país.

Pero en 2014, por invitación del Festival Internacional de Escritores de Jerusalén, Ayelet volvió a Israel. Durante su estancia allí, se encontró con algunos de los valerosos miembros de Schovrim Schtika [«Breaking the Silence»], una organización sin ánimo de lucro compuesta por antiguos soldados israelíes a quienes el servicio militar obligatorio en los territorios ocupados llevó de manera inexorable a trabajar con enorme vigor y valentía para oponerse a la ocupación e intentar ponerle fin. Breaking the Silence llevó de excursión a Ayelet a la ciudad de Hebrón y sus colinas. Le presentaron a Issa Amro, el fundador de un movimiento de base llamado Jóvenes contra los Asentamientos, cuyas actividades y campañas no violentas destacan entre las más importantes y creativas de Cisjordania. Por primera vez Ayelet tuvo un conocimiento claro y visceral de lo que significaba la ocupación, de cómo funcionaba, y de las décadas de planificación estratégica por parte de los israelíes que acabaron por crear la gigantesca burocracia militar, a menudo brutal y siempre deshumanizadora, que la supervisa y la controla.

Luego Ayelet fue a Tel Aviv y pasó algún tiempo en compañía de escritores, cineastas, artistas e intelectuales que viven en esa ciudad cosmopolita, en la que las parejas gais caminan por la calle cogidas de la mano, en la que los restaurantes elegantes ponen su propio sello creativo a la cocina tradicional de Oriente Medio, y donde el ritmo y el tenor de vida de la población es sababa (término coloquial israelí, de origen árabe, cuyo significado sería similar al del americano chill o el español «guay»). La ciudad echa chispas; bulle. Y mira para otro lado. Paseando por las calles de Tel Aviv uno nunca podría imaginar que a una hora de coche millones de personas viven y mueren bajo un régimen militar opresivo.

Ayelet se lo pasó estupendamente en Tel Aviv y ahí está el problema. Se encontró muy a gusto en su país natal, lo que se dice como en casa. Pero si se sentía de esa manera —con la sensación de que de algún modo pertenecía a ese país, por su nacimiento, por su temperamento y por su educación, por ser judía— entonces también tenía cierto grado de responsabilidad en los crímenes y las injusticias perpetradas en nombre de ese hogar y de su «seguridad».

Sin embargo, una vez que hubo llegado a esa conclusión, Ayelet se enfrentó de inmediato a otro problema: se sintió impotente. ¿Cómo podía hacer algo que supusiera un cambio significativo, por pequeño que fuera, en ese laberinto inabordable que se había revelado superior a los mejores y los peores esfuerzos de decenas de presidentes y primeros ministros, de secretarios de Estado, de ganadores del Premio Nobel, de ONG, de estadistas y diplomáticos y activistas en pro de la paz, por no hablar de generaciones de extremistas violentos de toda índole, que habían intentado dar cada uno su propia solución a estos problemas?

Cuando Ayelet volvió de su viaje contó a Michael lo que había visto en Hebrón. Describió los barrotes de acero que habían sido colocados en las puertas de las casas, encerrando a la gente en sus propios hogares. Relató el escalofriante momento en el que un par de muchachos palestinos se habían atrevido a poner los pies en la calle principal de su ciudad, una calle por la que los palestinos tenían prohibido pasear, arriesgándose y poniéndose a merced de los soldados fuertemente armados de las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzáhal, por su acrónimo en hebreo), en un gesto que respondía a una mezcla de aburrimiento, bravuconería y desesperación. Contó lo asqueada que se había sentido al ver las pintadas escritas —en hebreo— en las paredes de la Hebrón palestina pidiendo la muerte de los árabes. Le contó el relato de las cosas que había visto y oído, y cuando Michael lo escuchó, su renuencia, fruto de décadas de desencanto y de desconexión, empezó a debilitarse.

A medida que iba debilitándose, los dos empezamos a darnos cuenta de que la propia narración —el testimonio, en un lenguaje vivo y claro, de las cosas vistas personalmente y de los incidentes que presenciamos— tiene la facultad de atraer la atención de mucha gente que, como nosotros, ha dejado hace mucho tiempo de prestar atención o que simplemente se ha dado por vencida.

La narración: ese era un territorio, libre y sin restricciones, que conocíamos. Y lo que es más importante, conocíamos a un montón de narradores: escritores y novelistas creativos cuyo trabajo consiste simplemente, según decía Henry James, en ser personas «en las que nada se pierde». Obligados por su profesión a prestar atención, tenían la habilidad y el talento, si éramos capaces de animarlas, de animar a otros, gracias a su dominio del lenguaje y a su vista para contar el detalle, para que a su vez animaran a la gente a dejar de mirar para otro lado, a adoptar una mirada distinta, y tal vez a ver algo que cincuenta años de noticias, de libros blancos y de propaganda habían pasado por alto.

De ese modo, conscientes de la inminencia del mes de junio de 2017, quincuagésimo aniversario de la ocupación, fuimos corriendo la voz, contactando con escritores de todos los continentes, salvo la Antártida, de todas las edades y de ocho lenguas distintas. Escritores identificados como cristianos, musulmanes, judíos e hindúes, y también escritores sin ninguna filiación religiosa. Algunos ya habían hecho públicas claramente sus opiniones políticas sobre el asunto Palestina-Israel, pero la mayoría no lo había hecho, y muchos reconocieron desde el primer momento que en realidad no habían prestado atención al tema más que de refilón. Para muchos era la primera visita que hacían a la zona; otros volvían a un lugar que conocían bien. Los escritores palestinos e israelíes escribían sobre su propio país. Todos se marcharon, como casi no nos habíamos atrevido a esperar, llenos a rebosar de la viveza de lo que habían visto y de la necesidad de expresarla con palabras, de compartir el relato.

A lo largo del año 2016 los autores de los ensayos del presente volumen, en pequeños grupos que fueron desde una hasta siete personas, viajaron a Palestina-Israel, en delegaciones organizadas por Breaking the Silence. Una vez allí, pasaron la mayor parte del tiempo en los territorios ocupados, en barrios de Jerusalén Este como Silwan, Sheikh Jarrah o el campo de refugiados de Shuafat; en ciudades de Cisjordania como Hebrón. Ramallah, Nablus, Jericó y Belén; en aldeas cisjordanas como Nabi Saleh, Susiya, Bili’in, Umm al-Khair, Jinba, Al-Wallajeh, Kufr Qaddum; y en la Franja de Gaza. En todos estos lugares los escritores se reunieron con los organizadores de la comunidad palestina y con líderes de los movimientos de protesta no violenta, entre ellos Issa Amro, así como con propietarios de tiendas, artistas, intelectuales y trabajadores, defensores de los derechos de la mujer y periodistas, hombres de negocios y labradores, abuelos, padres e hijos. Se reunieron también con colonos israelíes y con activistas contrarios a la ocupación, juristas comprometidos con la defensa de los derechos humanos, académicos y escritores, tanto israelíes como palestinos. En todos los casos la inclinación y el interés concreto de los distintos escritores siguieron su propio rumbo: unos se quedaron a dormir en las casas de la gente, en campos de refugiados, en aldeas y ciudades de Palestina, mientras que otros fueron a explorar fábricas de jabón y yacimientos arqueológicos. Algunos visitaron el tribunal militar, otros pasaron algún tiempo con las familias desconsoladas de víctimas palestinas e israelíes. Los temas escogidos por los autores fueron muy distintos y variados; la amplitud de la experiencia, de la perspectiva y de la narración queda reflejada en las páginas de este libro.

Queremos ser muy claros. No tenemos ninguna de las expectativas políticas de estos escritores. Los invitamos a participar en este proyecto basándonos en su excelencia literaria y en su influencia sobre un público lector amplio y entregado, cada uno en su propio país y en muchos casos en todo el mundo. No los censuramos ni intentamos limitar sus palabras de ninguna manera. Lo que vieron es lo que escribieron y lo que ustedes leerán. Un equipo de escrupulosos correctores ha trabajado durante meses para confirmar la veracidad y las bases fácticas de cada uno de estos ensayos.

Por último, como todos los escritores implicados en este proyecto, ninguno de nosotros ha cobrado ni recibirá pago alguno de ningún tipo por nuestro trabajo. Todos los derechos de autor devengados por la venta de Un Reino de olivos y ceniza, una vez deducidos los gastos, serán repartidos entre Breaking the Silence y Jóvenes contra los Asentamientos, cuyo arduo y oscuro trabajo no remunerado continuará durante mucho, mucho tiempo después de que el lector haya vuelto la última página del libro.

EL CUIDADOR DE PALOMAS

Geraldine Brooks

Sus planes eran muy concretos: no atacarían a las mujeres, ni a los viejos, ni a los niños como ellos. Su objetivo, según quedaron, serían hombres próximos a la veintena o de veintitantos años, o sea jóvenes en edad militar. Todo esto lo acordaron antes de salir de la casa.

Hassan Manasra, de quince años, cogió un cuchillo de trinchar de la cocina de su madre, pero su primo Ahmed, de trece, no lograba encontrar el cuchillo largo, semejante a un puñal, que tenía intención de utilizar como arma. Tardó un rato, pero por fin lo localizó, oculto en un aparador, donde su padre lo había escondido para su salvaguardia.

Los Manasra vivían en un bloque de casas multifamiliares que ocupaba casi una manzana entera del barrio de Beit Hanina, al pie de la colina de Jerusalén. En el patio compartido, media docena de bicicletas de diversos tamaños están apoyadas en un árbol o yacen en el suelo junto a la elevada puerta de entrada. Diez hermanos y sus familias comparten el recinto, y los niños se mueven con gran flexibilidad por los pisos de unos y otros. Tío o padre, hermano o primo: no hay mucha diferencia. Aunque las escaleras tienen el aspecto provisional, como si todavía estuvieran en construcción, de las viviendas en constante estado de ampliación, dentro las habitaciones están amuebladas de manera bastante formal: estampas de paisajes alpinos, sofás forrados de terciopelo, manteles de encaje. En la alcoba de Ahmed, las sábanas tienen un estampado de astronautas de tebeo. Es el domicilio de un clan modestamente próspero cuyos cabezas de familia regentan una tienda de comestibles de propiedad familiar, ejercen distintos oficios o se dedican al transporte.

Hasta el 12 de octubre de 2015, Hassan y Ahmed seguían el mismo horario que todos los primos en edad escolar de la familia: ir a clase, volver a casa, comer, cambiarse de ropa y luego bajar a jugar a la zona que sus tíos habían despejado para ellos en el terreno sin uso al pie de la autopista que separa Beit Hanina del barrio contiguo de Pisgat Ze’ev. A veces los primos jugaban al fútbol, pero a Hassan y Ahmed en particular les gustaba practicar parkour, la disciplina gimnástica consistente en correr utilizando los espacios urbanos como si fueran los obstáculos de una carrera. Las torres de la luz de cemento y los taludes herbosos situados al pie de la carretera eran ideales para practicar saltos y volteretas.

La autopista separa dos barrios de Jerusalén Este —la Casa de Hanina y el Pico de Ze’ev— situados uno enfrente de otro, a cada lado de un valle poco profundo. Los dos son centros habitados desde hace mucho tiempo. Beit Hanina era el hogar de unas cuantas familias de agricultores ya en época cananea; en Pisgat Ze’ev las excavaciones han sacado a la luz baños rituales del período del Segundo Templo. Los dos barrios han experimentado un crecimiento explosivo de la población desde 1967, cuando Israel arrebató este territorio a Jordania durante la guerra de los Seis Días. Durante los años siguientes, las zonas urbanizadas se han ido extendiéndose de un barrio a otro a través de un terreno que en otro tiempo ocupaban solo olivares y viñedos. Ahora, la concurrida carretera es lo único que marca la división entre el barrio palestino y el judío. Pisgat Ze’ev es la última parada del tranvía de Jerusalén, y Benit Hanina la antepenúltima. Los residentes de los dos barrios viven codo con codo, pero habitan dos mundos totalmente distintos.

Pisgat Ze’ev, así llamado en memoria del sionista revisionista Ze’ev Jabotinsky, fue uno de los asentamientos construidos a toda prisa en el territorio anexionado por Israel después de la guerra, con la intención de conectar y engrosar las zonas judías de Jerusalén Este. Aunque esa anexión sigue siendo ilegal según el derecho internacional (por lo pronto, Estados Unidos no la ha reconocido), Pisgat Ze’ev es ahora uno de los barrios más grandes de Jerusalén, con unos cuarenta y dos mil residentes, unos quinientos de ellos palestinos. Han crecido en él árboles de sombra que suavizan las líneas de sus bloques de pisos de mediana altura, revestidos de piedra, y las bulliciosas zonas comerciales. Beit Hanina ha crecido orgánicamente con el tiempo a partir de sus orígenes como pequeña aldea, y contiene una gran variedad de casas nuevas y viejas. Viven allí unos treinta y cinco mil palestinos, dentro del territorio anexionado por Israel. Otras mil personas han sido desligadas de sus vecinos mediante la construcción de la barrera de separación levantada hace una década a raíz de la oleada de atentados perpetrados por terroristas suicidas que caracterizó la sublevación conocida como la segunda intifada. El amenazante muro de hormigón, que separa la mayor parte del territorio anexionado y reclamado por Israel de los terrenos ocupados que administra el ejército israelí, tiene unas implicaciones enormes. Los que viven en el lado palestino no pueden cruzar a la parte anexionada de Jerusalén Este —para ir al trabajo o a la escuela, para visitar a la familia o para hacer la compra— si no disponen de un pase temporal emitido con carácter discrecional por las autoridades israelíes.

Al otro lado de la barrera, los palestinos gozan de libertad de movimientos, pero a menudo tienen que enfrentarse a la hostilidad de los radicales judíos, cuyo número ha aumentado con el giro a la derecha experimentado por los israelíes en los últimos años. Cuando se levantan por la mañana, los residentes de Beit Hanina se encuentran a veces con mensajes pintados con espray en las paredes de sus casas que rezan ¡MUERTE A LOS ÁRABES! o ¡JERUSALÉN PARA LOS JUDÍOS! Los coches han sido destrozados y quemados, y los neumáticos rajados. Los palestinos echan la culpa de todo ello a los fanáticos de Pisgat Ze’ev. Y los habitantes de Pisgat Ze’ev no dudan en culpar inmediatamente a los palestinos de los delitos cometidos en su barrio.

No hace muchos días, una mujer judía increpó a los chicos de la familia Manasra cuando estaban practicando parkour debajo de la autopista. Los acusaba de haberle robado los guantes a su hijo. El tío de los muchachos, llamado también Ahmed, que estaba en casa en ese momento, acudió al ver la escena. «Cuando llegué allí, los chicos parecían conejos asustados, rodeados de colonos y de policías», dice. Debido a la ola de vandalismo, sus hermanos y él habían instalado una cámara de seguridad en el exterior del bloque. Propuso que la policía repasara la grabación y comprobara si los chicos habían dejado la zona para ir a robar al barrio israelí. La película demostró que habían estado jugando inocentemente debajo del puente en el momento del supuesto robo. La policía, dijo, aceptó la prueba, pero la mujer siguió acusando y mortificando a los chicos. Ahmed Manasra ha estado pensando en este incidente y preguntándose si el temor que generó hubiera podido ser una especie de punto de inflexión para sus sobrinos. «Nuestros niños no tienen una infancia normal —dice—. Desde el minuto mismo en que abren los ojos se despiertan a una realidad de controles, soldados y colonos que insultan a sus madres. Ven las noticias de Gaza, a niños como ellos bombardeados y sin hogar. Oyen que un chico de su edad ha sido quemado vivo por los israelíes. Están tristes y asustados. No es un ambiente sano.» Aun así, dice, no puede hacerse a la idea de que sus sobrinos fueran capaces de hacer lo que hicieron una tarde normal y corriente de 2015.

Era lunes, y Hassan llegó a casa como de costumbre después de asistir a sus clases de décimo curso en la Escuela Ibn Khaldoun, donde destacaba en sus estudios y era conocido por su buena conducta. Ahmed, que siempre tuvo que esforzarse desde el punto de vista académico y era considerado más bien infantil para su edad, regresó de la cercana Escuela Primaria Nueva Generación. Hassan dijo a su madre que iba a salir a comprar un videojuego para su PlayStation. Le preguntó qué estaba haciendo de cena. Tenía hambre, le dijo, y no estaría fuera mucho rato. Eran más o menos las tres de la tarde.

En la grabación de las cámaras de circuito cerrado hecha poco después, se ve a Hassan y Ahmed paseando juntos camino del distrito comercial de Pisgat Ze’ev, un paseo bastante tranquilo desde su casa una vez cruzada la ajetreada carretera. Parecen relajados y no llaman la atención en absoluto: dos chavales que han salido a dar una vuelta después de clase. Siguen caminando hasta quedar fuera del ángulo de visión de la cámara. Entonces, de repente, la grabación muestra una imagen muy distinta. Un joven, vestido con la camisa blanca y los pantalones negros propios de los ortodoxos, pasa corriendo por delante de la cámara, mirando desesperadamente hacia atrás, mientras los dos chicos, ahora con sus largos cuchillos desenvainados, lo persiguen. Aunque Hassan ya ha herido en la parte superior del cuerpo al joven, Yosef Ben Shalom, de veintiún años, este ha logrado escapar de ellos a la carrera. En ese momento los chicos se dieron la vuelta y salieron corriendo hacia las tiendas de la calle Sisha Asar. Unos minutos más tarde, a unas pocas manzanas de la vivienda que ocupa en un último piso, Ruti ben Ezra oyó tres detonaciones rápidas. Es una mujer fuerte, de cabello negro azabache y ojos de color azul cobalto, que llegó a Israel procedente de Argentina cuando tenía ocho años. Diez años después, prestó servicio militar en Gaza durante la primera intifada, de modo que no le cupo duda de que lo que había oído eran disparos. Bajó a la carrera a ver lo que había pasado, calculando mentalmente al mismo tiempo dónde podrían estar sus cinco hijos. Dos estaban todavía en la escuela, otros dos habían ido a jugar al fútbol, y otro, Ofek, acababa de salir para ir a visitar a su abuela. Fue Ofek el que llegó a la carrera al bloque, gritando:

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Orlev, Na’or!… ¡Terroristas!

—¡Sube inmediatamente! ¡Cierra la puerta! —le dijo Ruti, y salió corriendo a la calle en dirección a la zona comercial.

Orlev, aterrorizado, llegó corriendo a su lado. Su madre lo agarró de la mano mientras él la arrastraba hacia la tienda de chucherías donde su hermano mayor, Na’or, de trece años, yacía sobre la acera. Ruti se arrojó al suelo junto a su hijo y lo llamó, suplicándole que abriera los ojos. Al cabo de unos momentos, el personal de la ambulancia estaba a su lado y le gritaba que se quitara de en medio.

—No —respondió ella—. ¡Soy su madre!

—¿Quiere usted que lo salvemos? ¡Entonces quítese de en medio!

La mujer se levantó mientras los paramédicos hacían su trabajo junto a su hijo inconsciente. Pulso: débil. Presión arterial: muy baja. Lo que era evidente para los paramédicos era que Na’or había sido acuchillado tres veces, por la espalda a la altura del hombro. Pero la cantidad de sangre que había en la acera no explicaba el desplome en picado de sus constantes vitales. Lo que no era evidente: la más mortal de las heridas le había perforado la yugular. Internamente, de manera invisible, estaba desangrándose. Unas pocas manzanas más allá, Hassan Manasra ya estaba muerto, de un tiro a quemarropa disparado por un agente de la policía cuando, armado con su cuchillo, se lanzaba a la carrera contra los agentes. Un poco más adelante, en medio de los raíles del tranvía, su primo Ahmed yacía en el lugar en el que un coche lo había atropellado. El impacto lo había lanzado por los aires, y había caído con las piernas dobladas cada una en un sentido distinto, en una postura grotesca y antinatural, como un muñequito articulado de plástico abandonado de cualquier manera por un niño poco cuidadoso. La sangre formaba un charco alrededor de su cráneo, fracturado por el golpe de la porra que blandía un tendero que había salido en su persecución.

A pesar de la herida de la cabeza, no había perdido el conocimiento. El vídeo de un teléfono móvil mostraba su rostro, contraído por el dolor, mientras la muchedumbre se agolpaba a su alrededor. Se oyó una voz gritar:

—¡Muere, hijo de puta!

Al cabo de unas horas la grabación del móvil se había hecho viral y Ahmed Manasra se había convertido en una mancha de Rorschach; una pantalla sobre la que cada lado del conflicto podía proyectar su propio relato.

El líder palestino Mahmoud Abbas fue el primero en utilizar al muchacho, afirmando erróneamente en una alocución televisada que los israelíes lo habían ejecutado de manera sumaria. En respuesta, el primer ministro israelí, Bibi Netanyahu, hizo pública una grabación de Ahmed en el Centro Médico Hadassah con la cabeza vendada, mientras le daban de comer una papilla. Los palestinos puntualizaron enseguida que no habían sido los israelíes los que le habían ofrecido aquella ayuda, sino el abogado palestino del muchacho, que se dio cuenta de que la comida estaba sin tocar y comprendió que Ahmed no podía comerla porque tenía la mano esposada a los barrotes de la cama. En el vídeo, se ve a Ahmed levantando la mano libre, quizá con intención de ahuyentar al fotógrafo. Un comentarista israelí describió el gesto como «un saludo del ISIS». Mientras tanto, Médicos por los Derechos Humanos hizo público un comunicado lamentando la difusión de la grabación y calificándola de revelación ilegal de la identidad de un menor y de violación de la privacidad de un paciente completamente contrario a la ética.

Pero en este caso explosivo, la privacidad no parece que la respetara ninguno de los bandos. Pocas semanas después, la televisión palestina mostró un extenso vídeo del interrogatorio de Ahmed. Todavía no está claro quién lo filtró. Ahmed estaba sentado con el cuerpo encogido y apoyado en un rincón de una mesa, en lo que parecía una comisaría israelí, rodeado de tres agentes de paisano. El principal interrogador, un hombre fornido con las gafas de sol levantadas a la altura de una kipá de punto, intentaba extraerle una confesión de dos cargos de intento de asesinato. Al principio, cuando el interrogador se pone a gritar en árabe y a agitar la mano señalando con el dedo a Ahmed, el muchacho se lleva repetidamente las manos a la cabeza herida y se da golpes en ella.

—¡Juro por Dios que no me acuerdo! —gime.

—¿Que lo juras por Dios? ¿Quién coño es ese Dios?

Inclinándose amenazadoramente sobre el muchacho, el interrogador exige saber por qué había ayudado a su primo.

—No sé —grita Ahmed, echándose de nuevo las manos a la cabeza—. ¡Llévenme al médico!

—¡Calla! —grita el interrogador—. ¡Siéntate derecho! ¡Baja las manos!

La grabación emitida había sido manipulada, de modo que es imposible saber cuánto tiempo dura aquello. Pero al final el muchacho solloza convulsamente.

—¡Todo lo que dicen ustedes es verdad! —dice entre gemidos—. ¡Paren de una vez!

Como los Manasra vivían en el lado israelí de la barrera de separación, Ahmed Manasra fue juzgado por un tribunal civil, y no según el sistema de justicia militar, en el que las condenas alcanzan un nivel del 99,74 por ciento. En los tribunales israelíes, ningún menor de catorce años en el momento de la condena puede ser encarcelado.

Pero desde el primer momento fue evidente que el caso de Ahmed pondría a prueba a la opinión pública debido a la aplicación de eximentes a su persona. Es obligatorio que durante el interrogatorio de un menor esté presente uno de sus progenitores o un abogado. Pero Ahmed no tuvo a nadie. De hecho, a sus padres les resultó incluso difícil encontrar un abogado cualificado y a la vez dispuesto a llevar su caso a juicio. Uno por fin accedió, pero al día siguiente llamó por teléfono para excusarse y decir que le habían avisado de que, si lo aceptaba, aquel caso supondría el final de su carrera. Finalmente la familia escogió a Leah Tsemel, una veterana de la defensa de los derechos humanos que llevaba cuarenta y cinco años ejerciendo en los tribunales civiles y militares de Israel.

Tsemel es una judía israelí de nacimiento cuyos padres emigraron a Israel provenientes de Rusia y Polonia en los años treinta. Criada en Haifa, prestó servicio militar y estaba estudiando en la universidad cuando estalló la guerra de los Seis Días, que amenazó la supervivencia de Israel. Durante los intensos combates desencadenados en Jerusalén Este, prestó voluntariamente servicio en el ejército, evacuando a la población civil judía de los barrios más amenazados. Cuando cesaron los combates, los soldados la llevaron al territorio recién ocupado de Cisjordania, la tierra bíblica de Judea y Samaria que habían tenido prohibido pisar los judíos durante los años de gobierno jordano. Se suponía que aquel viaje sería una recompensa, un placer para ella. Pero ver las columnas de refugiados palestinos caminando penosamente a un lado de la carretera la indignó, recordándole los relatos que le habían contado sus padres de las persecuciones en Europa y los ecos de los judíos errantes y sin techo. Por entonces era «ingenua y apolítica», dijo. «Pensé que aquella había sido una guerra por la paz, que habríamos utilizado la victoria para hacer la paz con nuestros vecinos.» En cambio no tardó en darse cuenta de que las escenas de las que había sido testigo eran el comienzo de la ocupación, y que ni siquiera los principales líderes del Partido Laborista tenían la menor intención de devolver aquellas tierras. Así que se adhirió a la extrema izquierda, y cuando se licenció en la facultad de derecho se puso a trabajar en defensa de los palestinos. «Lo que hago va en interés de Israel —afirma—, aunque los israelíes no se den cuenta.» La madre de Na’or, Ruti ben Ezra, es uno de esos israelíes. «Algunas personas harán lo que sea por dinero, incluso venderán su alma al diablo —afirma—. Espero que sus hijos resulten heridos o muertos a manos de algún terrorista.»

Aunque Na’or se ha recuperado físicamente, sus padres dicen que las cicatrices mentales no se han curado, ni mucho menos. «La calle es su peor enemigo», dice Shaí, su padre, un electricista de cuarenta y seis años. Asegura que Na’or no puede concentrarse en los estudios. Su carácter se ha vuelto explosivo. «Todo le molesta. Su hermano y él se pelean mucho más de lo que solían. Orlev se siente culpable por haber salido corriendo y no haber ayudado a su hermano.» Shaí ha tenido que dejar su empleo porque necesita estar con Na’or noche y día. Abre las manos en un gesto de desamparo. «Estamos hechos polvo», dice.

Ruti, auxiliar de guardería, también ha dejado de trabajar, temerosa de dejar a sus hijos solos. Dos días después del ataque sufrido por Na’or, su hijo pequeño, de solo siete años, se llevó un cuchillo a la escuela. «El maestro llamó para decírmelo —recuerda Ruti—. Yo no lo vi. No vi que lo había cogido. Un niño de siete años no debería estar tan asustado.» Y ella también vive con miedo. «Cada vez que oigo una sirena, pienso: “¿Dónde están los niños?”. Eso sí que lo consiguieron —afirma—. Quieren que tengamos miedo. Yo tengo miedo.»

Y eso, dijo Ahmed Manasra a su abogada, Leah Tsemel, cuando finalmente le permitieron verla, era lo que en realidad él había pretendido. «Su primo dijo: “Vamos a asustarlos como ellos nos asustan a nosotros”. Lo más que pretendían era causar alguna herida. Ese era el guión, según lo veían ellos.» Reconociendo tácitamente lo inverosímil que parecerá semejante versión, se encoge de hombros. «Son niños —dice—. Pero, aun siendo niños, sí que comprendían muy bien una cosa: levantando un cuchillo lo más probable es que los mataran.»

Ahmed dijo a Tsemel que Hassan había afirmado que estaba dispuesto a morir, a unirse a los llamados mártires cuyos retratos hechos jirones cuelgan de los muros de muchos edificios palestinos. Pero Ahmed dice que él no pensaba así ni mucho menos. No puede decir por qué siguió a su primo mayor, pero una vez que vio la sangre de la primera víctima, quedó aterrado. Cuando aquel hombre salió huyendo de ellos, vio a Hassan mirar a una mujer que iba con unos niños. Según dijo a la señora Tsemel, exclamó:

—¡No la mires!

Luego Hassan divisó a Na’or, que salía de la tienda de chucherías y se montaba en su bicicleta, y fue a por él. Ahmed dijo a Tsemel que gritó:

—Haram! [la palabra árabe que designa algo pecaminoso, prohibido]. Habíamos decidido que no lo haríamos.

Pero Hassan apuñaló al muchacho. Los presentes y los tenderos salieron corriendo tras él y al cabo de un minuto o dos Hassan fue abatido a tiros y Ahmed sangraba sobre las vías del tranvía.

Antes de que Ahmed compareciera por primera vez ante el tribunal tuvo que hacer frente a una opción muy difícil. Como estaba por debajo de la edad de responsabilidad penal, si se hubiera declarado culpable de intento de asesinato en la vista preliminar, el caso habría sido cerrado y no habrían podido mandarlo a la cárcel. Pero de haber sido así, creía Tsemel, el clamor de la opinión pública israelí habría sido tal que se habría cambiado la ley. «Habrían encontrado la manera de detenerlo», asegura. La familia de Ahmed no habría tolerado una admisión de culpabilidad. El muchacho no había tocado a ninguna de las víctimas de los ataques. Los forenses confirmaron que su cuchillo no había sido utilizado, y él sostuvo que no había tenido nunca la intención de matar. Así que Tsemel llevó el caso a juicio, consciente de que el 20 de enero de 2016, el día en que Ahmed cumplía catorce años, su eximente de minoría de edad expiraría. Sería condenado como adulto y podría enfrentarse a una sentencia de veinte años de cárcel. Cuando Ahmed fue llevado al tribunal de justicia esposado para asistir al primer día de la audiencia, otros dos primos palestinos de catorce y doce años originario uno de Beit Hanina y otro del vecino campo de refugiados de Shuafat, apuñalaron e hirieron a un guardia de seguridad israelí. Los medios de comunicación empezaron a referirse a aquella oleada de violencia como «la intifada de los niños».

«Los niños lo hacen porque los mayores no lo hacen. Esa es la sensación que tienen —dice Tsemel—. Si los adultos actuaran, solo con que hubiera un movimiento político, no se sentirían así.»

Durante el juicio, Tsemel sostuvo que ningún niño judío en las mismas circunstancias sería acusado de intento de asesinato por atacar a unos árabes por motivos nacionalistas. «Siempre se enfrentarán a un cargo menor: homicidio, lesiones graves», dijo. Los colonos que hieren a palestinos a menudo son puestos en libertad tras el pago de una pequeña multa.

El 18 de abril de 2016, el día en que se esperaba que se leyera el veredicto de Ahmed, su familia se congregó llena de nerviosismo en el Tribunal Central de Jerusalén. Su madre, Maysoon, de treinta y dos años, estaba rígidamente sentada en un banco, meticulosamente vestida con un velo gris, una falda larga azul marino y una chaqueta azafranada. Mientras aguardaba que los guardias trajeran a su hijo, dijo que todavía no podía creer que Ahmed hubiera estado involucrado en los apuñalamientos. «No lo creí entonces y sigo sin creerlo ahora —dice meneando la cabeza—. No puedo. No puedo. El primer vídeo me sorprendió. Es un chaval pequeño, pequeño. Tímido. Siempre conmigo en la cocina, o jugando con sus palomas. —Esboza una leve sonrisa—. Siempre quería meterlas dentro, para que volaran por la casa. Yo me quejaba y le decía “¡Menudo follón organizan!”, pero él solo sonreía y respondía: “Mamá, ya sabes que siempre lo limpio todo”.» Reclinó la cabeza en un banco contiguo en el que los primos de Ahmed esperaban para cruzar unas pocas palabras con él cuando fuera hacia la sala de audiencias, pues no tenían permiso para ir a visitarlo en la cárcel. «Quieren decirle que se ocupan de sus palomas —dice la mujer—. Saben cuánto se preocupa por ellas.»

Ahmed, de constitución menuda y frágil, llegó flanqueado por dos funcionarios del tribunal de menores. Parecía abrumado y al borde de las lágrimas cuando vio a su familia. Cuando su madre lo abrazó, se dio nerviosamente unos cuantos tirones de la sudadera verde con capucha que llevaba puesta y esbozó una breve sonrisa en dirección a sus primos. Tsemel, con la toga negra de abogado caída de manera informal sobre uno de sus hombros, le pasó la mano por el pelo.

—¿Cómo estás, chaval? —le preguntó en árabe, antes de que los funcionarios se lo llevaran y lo metieran en la sala de audiencias.

En el interior de ella, los tres jueces que habían visto el caso confirmaron el aplazamiento del veredicto y ordenaron que Ahmed fuera devuelto al centro de detención de menores mientras ellos seguían deliberando. Tsemel salió de la vista a puerta cerrada con cierto grado de optimismo debido al aplazamiento de la sentencia. «Espero que haya discusiones. Espero que hayamos presentado un argumento lo suficientemente sólido como para hacerlos vacilar.» Por otro lado, dijo, la opinión pública israelí seguía mayoritariamente en contra de la más mínima muestra de indulgencia. Los artículos periodísticos se referían a Ahmed como «el terrorista» y «el autor de los apuñalamientos», aunque en ningún momento había utilizado su cuchillo. «Durante el juicio, el careo y la actitud de los testigos fueron muy hostiles.» La fiscalía había solicitado la pena máxima: veinte años de cárcel.

Pero la familia de Ahmed se sintió aliviada por el hecho de que continuara en el centro de detención de menores, donde podría asistir a clase y recibir visitas de sus padres con regularidad, al menos durante unas semanas más. Luego se despidieron todos de él en el vestíbulo del palacio de justicia, mientras los funcionarios se lo llevaban.

En el bloque de los Manasra, la familia sigue esforzándose por comprender cómo los dos primos pudieron radicalizarse tanto. Como ahora está estudiando derecho en la Universidad Al-Quds, el tío del muchacho, Ahmed, se ha convertido en el portavoz de la familia durante las actuaciones judiciales contra su sobrino. Pero, según reconoce, a menudo se queda sin palabras. «Hacían las cosas normales que hacen los chavales —dice—. Por supuesto, no sabemos lo que ven en el ordenador ni lo que leen en internet.»

Sus hermanos, dice, no están ni más ni menos radicalizados que la mayor parte de los palestinos de su generación: «En todas las familias hay un activista». De joven, él mismo participó en manifestaciones y estuvo en la cárcel siete años por arrojar un cóctel Molotov contra unos soldados. Otros dos de los catorce hermanos Manasra fueron encarcelados también por tirar piedras durante la primera intifada de 1987. «Pero ya éramos hombres cuando hicimos aquello —dice—. Es muy doloroso haber llegado a este punto. Que haya niños involucrados. No es un asunto de niños. Ningún padre palestino quiere nada de esto. Ni uno solo. La única gente que se beneficia de ello son los políticos codiciosos y corruptos que quieren seguir pegados a sus sillones. La tranquilidad no les conviene.»

Mira a través de las cortinas agitadas levemente por el viento el panorama de su ciudad dividida y recuerda otros tiempos en los que los niños de Jerusalén no se veían unos a otros como asesinos. «Había un parque en Jerusalén Oeste, el Jardín de la Campana —dice—. Cuando yo tenía la edad de Ahmed, me pasaba allí todo el tiempo, jugando con mis amigos israelíes.»

Ahora eso es imposible. Incluso como adulto se siente inseguro en los barrios judíos. «Antes, si un extremista intentaba agredirte, otros israelíes se interponían y se lo impedían. Ahora, si pasa algo, un accidente de tráfico, cualquier cosa, es malinterpretado. Todo el mundo te ataca por ser árabe.» Dice que todos los niños de la familia están traumatizados. El hermano de Hassan, Ibrahim, de diecisiete años, recibió una paliza y fue detenido el día del apuñalamiento, cuando un grupo de policías fuertemente armados irrumpió en el bloque. Un agente afirmó que Ibrahim había intentado quitarle la pistola. Como la policía destrozó la cámara de seguridad que habría podido demostrar lo ocurrido, Ibrahim no tuvo manera de probar sus alegaciones de que no había hecho nada. Fue golpeado repetidas veces con la culata de un fusil y salió con varias costillas rotas y diversas contusiones faciales y por fin regresó a casa al cabo de casi cinco meses de prisión. Aunque ha reanudado las clases en la escuela técnica, no puede concentrarse en los estudios. Su hermana menor, que tiene diez años, fue testigo de la paliza y estuvo varias semanas sin hablar. Otro primo, de solo cinco años, estuvo sin salir de casa más de cuatro meses.

Hacía solo tres semanas, dijo Ahmed, que las autoridades israelíes habían accedido por fin a devolver el cadáver de Hassan a su familia. Tanto las costumbres judías como las musulmanas exigen la rápida inhumación de los difuntos, pero recientemente Israel ha tomado por costumbre retener los cadáveres de los palestinos muertos en ataques terroristas. Habían retenido cuatro meses el cadáver de Hassan antes de ofrecerse a devolverlo, pero poniendo unas condiciones muy rigurosas: entierro por la noche con la sola presencia de los tíos del difunto y del personal del cementerio; y previamente todo el mundo tendría que someterse a un estricto control de seguridad. Los familiares de Hassan aceptaron. Pero solicitaron que, como los musulmanes tienen por costumbre transportar el cuerpo del difunto de la casa a la sepultura envuelto en un sudario y a menudo con el rostro descubierto, no les devolvieran el cadáver congelado.

En la fecha acordada, las autoridades israelíes llegaron a la casa con el cadáver a media noche. «Cuando llegó, estaba tieso como esa mesa —cuenta su tío, dando con la mano un golpe sobre la superficie de caoba que tiene delante—. Tenía la cara morada. ¿Cómo se puede despedir uno de un cubo de hielo?» La familia se negó a aceptar a Hassan en esas condiciones. La policía volvió a llevarse el cadáver al congelador.

«El alma de Hassan descansa en paz y que Dios lo perdone —dice Ahmed—. Un cadáver no es más que un cadáver. Al final, lo que queda es el dolor de los que lo rodean.»

NOTA FINAL

El 17 de diciembre de 2015, en el Kotel de Jerusalén, Na’or Ben Ezra fue llamado a leer la Torá y considerado bar mitzvah.

El 10 de mayo de 2016 Ahmed Manasra fue hallado culpable de dos cargos de intento de asesinato. Fue condenado a doce años de cárcel.

El cadáver descongelado de Hassan Manasra finalmente fue devuelto a su familia para su sepultura siete meses después de su muerte.

MI PROPIA GENTE

Jacqueline Woodson

En Estados Unidos, los cuerpos de piel morena caían con tanta fuerza y tan deprisa que costaba trabajo mirar hacia otra parte. Rostros de hombres jóvenes de piel morena que saltan a las plataformas mediáticas, de hermosas mujeres de piel morena mandando selfies al universo mucho después de haber sido apartadas de él por aquellos que habían recibido una placa con el cometido de protegerlas, de chiquillos de piel morena que nos miran con cara inocente desde las fotos de las escuelas de enseñanza media. En medio del calor y la energía de todo esto, me subí a un avión. Con destino a Israel-Palestina.

Durante varias semanas antes de salir de viaje se me saltaron las lágrimas a menudo. Tenía miedo no solo por los horrores cotidianos que pasaban por la pantalla de mi ordenador, sino porque mi compañera, médica de profesión, había visitado Hebrón cuatro años antes y me había sentido aterrada ante la idea de que no volviera a nuestro lado, ante la idea no ya de quedarme sola con dos niños pequeños, sino de tener que vivir mi vida sin ella. Quedarme criando a un precioso niño de piel morena en un país que odia a sus niños de piel morena. A una niña de piel morena en un mundo que no la ve. Lloraba porque varios años después de que mi compañera hiciera el viaje, íbamos a viajar a Palestina juntas, nuestros hijos iban a estar en un campamento de verano en New Hampshire, a kilómetros de distancia de la familia, y, como luego llegaría a comprender, a un verdadero mundo de distancia de todo lo que pudieran incluso empezar a entender en aquel punto de sus vidas. Pues aunque advertimos a nuestro hijo de piel morena que tenga cuidado con su comportamiento cuando se dirija a los polis (mirada franca, manos bien visibles, no salir nunca corriendo), y a nuestra hija de piel morena que tenga cuidado cuando entre en una habitación con su cuerpo de piel morena (¡tápate, por favor!), ahora sé que hay madres en Hebrón que aguardan con impaciencia que sus hijos lleguen a casa. Estuve en Hebrón y vi cómo los soldados cerraban todos los puestos de control mientras dos niños pequeños que iban los dos en la misma bicicleta se quedaban fuera, llorando y gritando que sus madres no sabían dónde estaban. «¡Por favor, déjennos ir a casa!», decían una y otra vez, mientras sus palabras caían en el polvo. Yo estaba con un activista palestino llamado Issa Amro y con mi compañera, Juliet. Los soldados, también ellos unos simples jóvenes, con los fusiles cruzados delante del pecho, observaban la escena o apartaban la vista, sus jóvenes rostros absortos en la tarea que a lo largo de tres años de entrenamiento les habían enseñado a realizar. Los niños, agarrando en todo momento con fuerza su bicicleta, seguían suplicando. No pudimos hacer nada.

Aquella noche, mi compañera y yo volvimos a nuestra habitación del hotel, encendimos el ordenador y corrimos como una exhalación a comprobar los mensajes procedentes del campamento de New Hampshire. Nuestros hijos estaban bien. Nuestros hijos eran felices. Pero nosotras éramos diferentes en aquellos momentos. Llevábamos dentro de nosotras a aquellos niños llorando.

Durante las semanas previas a la partida, nuestra familia se sentó a cenar cada noche, dentro de nuestra casa de piedra rojiza construida en 1878, alrededor de una mesa que hacía cuatro años que era nuestra, pasándonos unos platos que podríamos sustituir fácilmente por otros en Ikea si se desportillaban o se rompían. Nos movíamos fácilmente dentro de nuestra burbuja de confort, excepto yo con la cabeza a medio camino en un lugar tan extraño y tan aterrador como la ignorancia. Tan palpable como las noticias del periódico.

Lo que «sabía» yo sobre Israel-Palestina era que era un lugar peligroso, un lugar donde los autobuses llenos de gente explotaban en pleno día y había niños pequeños corriendo por las calles apuntando con armas semiautomáticas a transeúntes inocentes. El Israel-Palestina que yo creía conocer no era un lugar en el que hay mujeres judías encantadoras (mi compañera) que entran y salen ilesas de él. Yo conocía la Palestina-Israel de los artículos de los diarios y del periodismo televisivo. Esa Palestina-Israel era tan extraña para mí como Yemen, un lugar que está ahí, no sé dónde, lugares en los que gentes que no tienen ninguna relación conmigo se pelean unas con otras. Y se matan unas a otras. Personas que no eran cien por cien personas… ¿Cómo podían serlo? Estaban fuera de mi confortabilísima América. Fuera de todo lo que yo podía… o necesitaba imaginar. Las noticias de los telediarios acerca de la devastación de la ocupación caen en oídos acostumbrados más bien a las tragedias domésticas: la sombra de la brutalidad policial, mi propia gente muriendo. Si no podía cambiar eso, ¿qué podía cambiar yo? Una y otra vez las noticias acerca de judíos y palestinos muriendo llegaban hasta mí envueltas en una sombra turbia. Sin sangre. Sin huesos. No eran escolares que pedían una golosina más, no eran madres levantándose el pecho y poniéndolo a la altura de la boca de un recién nacido. No esa misma recién nacida levantando instintivamente la cabeza para alcanzarlo. No unos niños junto a un puesto de control, con las puertas cerradas, y unos soldados que se van. «¿Cuándo volverán a abrir?», pregunté a las personas que me acompañaban. «Puede que dentro de varias horas. Lo deciden los soldados.» No. Si no podía salvar a mi propia gente, ¿por qué empezar siquiera a imaginar esas sombras turbias como si fueran plenamente humanas?

Mi propia gente muriendo.

Lo que ahora sé es que ya no existe eso de «mi propia gente».

En Umm al-Khair, un poblado de beduinos al sur de las colinas de Hebrón, un artista llamado Eid Hthaleen nos sirvió té de salvia en unos vasos diminutos muy bonitos. Estábamos sentados sobre alfombras, debajo de un gran entoldado, y habíamos dejado los zapatos fuera. En las colinas, más allá de la tienda, podíamos ver cómo sus flacas ovejas se movían sobre la tierra. Podíamos ver las casas improvisadas, hechas de hojalata, plástico y lonas. Más allá, los montones de metal en los que se habían metido los soldados con órdenes de destruir esos hogares. Unos niños pequeños me miraban con los ojos abiertos como platos. Un hombre de piel oscura, casi sin dientes, fumaba sin parar, con las yemas de los dedos amarillentas. Durante un silencio, se volvió hacia mí y me preguntó a través del intérprete: «¿Qué pasa en vuestra América? ¿Por qué matan a todos los negros?».

No pude responder.

No sé. Luego, Eid nos llevó a su estudio, una casa diminuta, apoyada en una pequeña roca, de dos habitaciones. Nos enseñó los asombrosos camiones que había hecho: diminutas interpretaciones de los bulldozers y los vehículos de dieciocho ruedas que habían venido a destruir otros hogares antiguos, construidos con los materiales y los restos de metal que habían quedado de toda aquella destrucción. Esta casa, dijo, también estaba condenada a ser destruida. Todas las edificaciones estaban condenadas. No sabía dónde iría con su familia al salir de allí. No sabía dónde irían las otras familias. Llevaban viviendo en aquella tierra más de medio siglo. «Es la tierra —dijo Eid—. Seguirá aquí mucho después de que hayamos dejado de luchar por ella.»

Algunas mañanas, cuando me siento con valor, me pongo mi camiseta Black Is Beautiful (es una camiseta negra con letras blancas). La gente con la que me cruzo sonríe, o pone mala cara o parece sorprendida. Mi pro-negritud no es anti-blanca. Mi camiseta no es una peineta, un gesto obsceno con el dedo corazón levantado —¿cómo decir esto?—, sino más bien la expresión de mi fe en que el amor por uno mismo puede existir sin exterminar a los demás. ¿Por qué me pongo la camiseta solo cuando me siento lo bastante fuerte?

En Israel-Palestina conocí a activistas israelíes y palestinos que trabajaban denodadamente para crear una nación más segura, más libre, más justa. Tomo un autobús hacia el puesto de control de Qalandiya y observo a los palestinos pasando lentamente por él camino del trabajo. El control es una estructura bastante alta de alambre de púas, barras de hierro y detectores de metal. Hay que mostrar el carnet de identidad y a veces, por razones que nadie puede explicar, no dejan pasar a la gente, haciéndole perder días, en ocasiones semanas de trabajo. Una israelí bajita de pelo blanco, Hanna Barag, llega a primera hora de la mañana, para dar testimonio, para luchar por los derechos de los palestinos, para ayudar a la gente a pasar los días, a vivir sus vidas, a dar de comer a sus familias. La observo, veo la esperanza en sus actos, veo la esperanza en ...