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UN ROBINSON CERCANO

Pablo Montoya

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Fragmento

1

Henri Michaux se embarca, en Ámsterdam, rumbo al Ecuador en diciembre de 1927. El poeta tiene veintiocho años y su salud es precaria. El corazón no le funciona bien y se siente cansado del mundo parisino. El objetivo de este viaje es conocer los Andes, el Amazonas y escribir un diario. Michaux lo publica con el título de Ecuador en 1929. Al leerlo, el lector supone que la idea del poeta francés era “ver” (“conocer” es un verbo asaz pretencioso) esas dos realidades un poco míticas, un poco maravillosas, un poco desmesuradas. Notas rápidas, frescas, cargadas de humor, conforman este libro representativo de una vertiente nómada muy característica de la literatura francesa de comienzos del siglo XX.

Ecuador refleja algo de la sensibilidad y el estilo que años más tarde mostrará Michaux en Un bárbaro en Asia. Pero el primero, en cierta medida, es un libro desafortunado. Si se compara con el segundo, elogiado y traducido por Borges, Ecuador es una suerte de preámbulo. Cumple el necesario papel de libro peldaño. Michaux parece que hubiera necesitado, como preparación, un año de vida entre la selva y las montañas suramericanas para penetrar, con su prosa poética (o al decir de Juan José Arreola, uno de sus mejores discípulos latinoamericanos, “poesía prosaica”), los antiguos mundos de Asia. Ahora bien, ¿por qué Michaux no logra la plena observación en Ecuador? ¿Se trata de la incapacidad o la insensibilidad de un joven escritor francés ante el Nuevo Mundo? ¿O se debe, más bien, a un juego engañoso producido por una poética basada en el sarcasmo? Los reproches que acarrea la lectura de Ecuador, la visión de turista padecida por su autor hacia una parte del universo americano, que se aumenta al pensar en la afortunada proximidad del viajero en Un bárbaro en Asia, podrían resumirse en varios argumentos. Uno de ellos, y este acaso sea el más convincente, es: Asia es misteriosa y anciana; América del Sur, farragosa y adolescente. Otro, más simple pero no menos plausible, tratándose de seres humanos que aman la trashumancia, es que a Michaux le impactó más el Asia que América, y en cuestión de gustos es mejor no entrometerse.

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Ecuador forma parte de una tendencia literaria cultivada en Francia desde los tiempos en que el monje franciscano Guillaume de Roubrouck, emisario de Luis IX, viajó a las enigmáticas tierras del Asia. Tendencia que en el siglo XIX, cuando Francia se convierte en el gran imperio en el que colonización y cultura intentan abrazarse, es decir, en el que saqueo y expoliación se revisten de exquisiteces artísticas y exotismos varios, tiene uno de sus momentos culminantes con los viajes que Gérard de Nerval, Gustave Flaubert y René de Chateaubriand harán al lejano y cercano Oriente. Hay en Ecuador una cronología de eventos “novedosos” (en principio lo son para el autor, deben serlo de algún modo para el lector) que se puede rastrear con cierta facilidad porque está registrada por medio de fechas. Un bárbaro en Asia, en cambio, es una de esas obras inclasificables. Allí el asombro del viajero se disemina en cada párrafo llevando a reconocer, más que a descubrir, el palpitar de civilizaciones remotas. Acaso la ausencia de fechas en Un bárbaro en Asia, y la escasez de lo anecdótico, hacen de sus páginas un inolvidable itinerario poético. Michaux pasa primero por la India, luego va al Ceilán, se dirige a la China y al Japón, para terminar en Malasia. De entrada, el narrador, y por consiguiente el lector, es atrapado por una realidad que, aunque no descodifica por completo la observación occidental, estremece con fuerza su modo de entender el mundo. Basta con leer su primer epígrafe, “En la India nada para ver, todo para interpretar”, para tener una idea de lo que Michaux se propone. En Ecuador, al contrario, el choque de la realidad es débil. La travesía resulta empapada de trivialidad. No hay penetración al mundo andino ni al selvático. Si en Un bárbaro en Asia el lector reconoce una realidad, en Ecuador la desconoce.

2

A excepción de algunas anotaciones pintorescas y poéticas —cómo evitarlas cuando se trata de Michaux y se visita un país suramericano (una serenata en Quito, el vértigo al subir los volcanes, los mosquitos, opiniones sobre el clima, descripciones del tamal y del poncho)—, Ecuador refleja la gran distancia que se abre entre el viajero y el asunto del viaje. Es decepcionante encontrar ciertas conclusiones sobre el mundo indígena y, más todavía, no ver reflexiones, una anotación lúcida (Michaux es insuperable en ese tipo de observaciones que fugazmente atrapan la esencia de lo visto) sobre las huellas del mundo colonial español, abundantes en un país como Ecuador. Tales observaciones, si las hay, son en todo caso de una misérable pobreza. Michaux, con respecto a los indígenas, sufre lo que muchos otros viajeros europeos han padecido, desde los morosos cronistas españoles del siglo XVI hasta los vertiginosos cronistas del neoliberalismo de hoy. Sufre el mal de la superficialidad, de la ignorancia, de la maltrecha conciencia del otro. Y la alteridad, cuando es tan opuesta a la cultura del viajero, es la mejor medida de su incultura.

En primer lugar, está la embriaguez de los indígenas. La que ha impresionado tanto a los abstemios cronistas de Indias aparece de nuevo en Michaux. Interesado más tarde por las sustancias alucinógenas, por las experiencias poéticas vinculadas al éter, al opio y a la mescalina, Michaux no pudo desprenderse de la usual interpretación de la borrachera andina. Los indígenas, desparramados en el suelo a causa de sus jumeras, con los brazos en cruz, llegan a un tal estado de enajenación en Ecuador, que lo que aman no es la ebriedad en sí misma, sino su secular condición de vencidos. Michaux parece desconocer que en la mayoría de las fiestas indígenas americanas, dedicadas a las bebidas, el licor es algo divino. No comprende que la intoxicación derrotista a los ojos de Occidente es protección contra los malos espíritus para los indígenas. Michaux, el futuro descubridor de los abismos de la conciencia alterada, no entiende que los indios, a pesar de sus “tomatas”, no son en el fondo de su ser histórico miserables vencidos. Lo que sí existe, en cambio, y Michaux lo ignora o se hace el que lo ignora, es la elaboración de una determinada “Historia” que establece tales conclusiones. En Ecuador no se comprende que hubo, hay y habrá, desde México hasta la Patagonia, sublevaciones, reuniones familiares, fiestas patronales en las que el espíritu de derrota es más bien un lugar común en el tejido de las interpretaciones colonialistas. No se entiende, igualmente, que las celebraciones de estas luchas se siguen haciendo con maratónicas fiestas donde el licor es ubicuo. En Ecuador Michaux es un bárbaro, un extraño con respecto al universo indígena. Y esa extrañeza es doble. Por un lado, Michaux es extranjero. Por el otro, ignora, acaso por negligencia y desinterés soberbio, el país visitado.

Pero tal vez resulte inapropiado pedirle al autor de Pluma, con respecto al nativo americano, análisis antropológicos o sociológicos. O interpretaciones amigas del “buen salvaje” de las que la literatura francesa ha sido tan buena exponente desde los Ensayos de Michel de Montaigne hasta los libros “americanos” de Le Clézio. De los escritores franceses que viajan entre 1920 y 1930 a regiones colonizadas del Asia, África o América, Michaux es tal vez el menos social y político de todos. Por tal razón, lo mejor es atender al sentido poético de su escritura y así mitigar el desengaño provocado por sus observaciones. Michaux ha hecho, sin embargo, un viaje al Ecuador. Ha realizado un desplazamiento geográfico cuya huella es su relación escrita. Y ha desconocido lo principal: el hombre, ese centro de toda experiencia viajera. Michaux no roza siquiera al hombre indígena. Es más, el contacto con él le disgusta. Confiesa que, ajeno al viajero inteligente y al neófito del exotismo, él logra detestarlo. “Un indígena, ¡un hombre y qué!”, escribe. “Un hombre como los otros”. Uno de esos hombres comunes y corrientes que no busca y que no le ayudan para nada a Michaux en su deseo de perfeccionamiento.

La anotación pretende ser irreverente. Termina, empero, siendo fanfarrona. Para un lector de Michaux con raíces en América, esas líneas provocan una incómoda sonrisa. Hay europeos cosmopolitas que han sabido, desde su propia observación, comprender mejor la presencia del indígena. Un buen ejemplo, entre los que hay desde que Cabeza de Vaca se extravió en dominios salvajes, hasta el clásico paradigma etnológico que representa Lévi-Strauss en Tristes trópicos, es un testimonio de León Felipe. En México, el poeta español recorre un mercado y lo atropella la revelación de que el indígena, sucedidas las guerras de conquista, los sometimientos de la colonia y el caos de las revoluciones independentistas y las guerras civiles republicanas, sigue siendo lo que es. Sigue siendo idéntico a sí mismo. Aquella criatura genuina a quienes los prepotentes del centro llaman no civilizada o civilizada con compasión eurocentrista. “Ahí está —escribe Felipe—; más que un hombre, es una decisión frente al mundo”.

Pero en Ecuador, opuesta a la lejanía de ese hombre que enfrenta un mundo, se da una curiosa proximidad con los animales. Hay un poema dedicado a un pájaro que muere. Otro está escrito a la memoria de un caballo. Y un tercero a un simio. Y están las necesarias alusiones al perro (que para entonces ya era el mejor amigo de la burguesía francesa). Esta comunicación con los animales suscita una reserva. Los pasajes en que Michaux parece sentir congoja son los correspondientes a la visión del pájaro muerto, del caballo y del mono, rasgo que lo enlaza claramente con la defensa de los animales enarbolada después por Brigitte Bardot y Marguerite Yourcenar. Esta especial fraternidad animal recuerda un poco, aunque es necesario guardar las distancias, al diario del Viaje al Congo de André Gide. Pero Gide es un escritor político. Su viaje al África negra, realizado entre 1925 y 1926, y estimulado por el solo placer de viajar, se convierte en el autor del célebre Diario en una toma de conciencia sobre los excesos cometidos por el sistema colonial francés. Lo que inicia como paseo por el río Congo, con persecución de mariposas, descripción de bellos amaneceres, atmósferas tibias, cielos puros y lecturas de El Misántropo de Molière y de la Posición actual de los problemas filosóficos de Cresson, se vuelve progresivamente denuncia e indignación. La diferencia entre ambos escritores es ostensible. Michaux no es un escritor político, es un poeta afecto a los bestiarios, o mejor, a las Historias naturales, como prefieren llamarlos algunos escritores franceses (y ahí están los textos de Ecuador y los otros que integran un excelente capítulo de Un bárbaro en Asia). Gide, al contrario, no deja de cazar mariposas y coleccionarlas, y tampoco se despoja de su conciencia colonialista (su visión de los negros es, en general, insoportablemente compasiva). Pero abre los ojos ante la explotación sufrida por los nativos. Es pintoresco, sin duda, toparse con algunos trotamundos franceses de la segunda década del siglo XX. Michaux yendo al Ecuador y diciendo, teniendo el arrojo de decir, Je m’en fou des indiens. Gide buscando mariposas y leyendo la “Oración fúnebre de María Teresa de Austria” mientras remonta el Congo, que es, quién lo creyera, el mismo río recorrido por Kurtz, el protagonista de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Y el más aventurero de todos ellos, André Malraux, el audaz, quien robaba estatuas sagradas del templo de Benteai, en la Indochina francesa, para luego contrabandearlas.

3

Lejos de la antropología, Michaux se aleja también de la geografía. La cordillera de los Andes es motivo de asombro. Normal, por otra parte, en un hombre acostumbrado a la monótona planicie parisina y a sus alrededores, sentir el fenómeno de la inmensidad montañosa. El poeta se conmueve de un modo singular. Lo que para un nativo es símbolo de matriz protectora, para el francés es desesperanza. La cordillera le parece una repetición aplastante. Enorme montón de tierra que va de norte a sur, a lo largo de medio continente. “Pero —se pregunta Michaux— ¿es todo lo que hay? Perfectamente, tierra, tierra, solo tierra”. El lector, no obstante, recibe la aclaración de que en esa monotonía productora de vértigo puede haber una virtud desconocida. Michaux reconoce que la repetición de una cosa equivale a cualquier variedad de cosas, y que, en fin, como un poco de agua repetida tiene la magia de construir el mar, tal consideración podría trasladarse a las montañas andinas. Es necesario ver y escuchar a la mayor parte de los viajeros franceses hablar, con la extraña emoción de los que rozan la realidad visitada, del soroche de los Andes, del guarapo y de la chicha, de la llama y la vicuña, de las pirañas y las piraguas y las malocas y, finalmente, de sus habitantes, para situarse mejor ante el frívolo relato de Michaux.

Ciertos críticos explican la ausencia del asombro en Michaux cuando recorre el Amazonas, con el argumento del “viaje interior”. Bajo esta fórmula justifican algunos de los rasgos del autor de En el país de la magia frente a la selva. Se diría, en el caso de Ecuador, que más bien es un “viaje sarcástico”. La ironía y el humor son dos características propias de la obra de Michaux. Y no es arriesgado plantear que es esta mezcla bien tratada la que le ha prodigado la admiración de muchos. Pero la fórmula de la ironía, a mi juicio, disuena con el Amazonas. Michaux ha recorrido el río durante cuarenta y cinco días, desde la confluencia del Napo hasta Para, en la desembocadura brasileña. Lo ha hecho primero en piragua y l ...