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INFORTUNIOS DEL MONO INFINITO

Rubén Orozco

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Fragmento

Cuando comprendí que me había hecho viejo comencé a encontrar en la visión de los recién nacidos una fuente de sosiego. Sus arrugados rostros fruncidos en el berrinche del hambre, el terciopelo lustroso de sus encías desdentadas, su desproporcionada cabeza alopécica, su incapacidad para el discurso coherente y sus genitales minúsculos e involuntarios me hacían pensar que, aunque mi cuerpo había comenzado a manifestar los achaques de la edad, yo estaba situado en una evidente posición de ventaja… Cierto: también mi cabeza era un terreno baldío, también mis gestos eran caricaturizados por la carnosidad acumulada en mis orejas y en mis fosas nasales, y mi dentadura perfecta ya no participaba de la condición ósea sino que había sido manufacturada a la medida de mi boca luego de que mi dentista hubiera tomado una placa de la caverna saboteada. Pero a diferencia de los infantes, me decía para tranquilizarme, yo tenía limpio el raciocinio; a pesar de ser viejo, el tiempo no me había arrebatado el don de la palabra; ay, aunque mi cuerpo estuviera desvencijado por los años, al menos yo sí controlaba mis esfínteres.

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Todo eso habría de cambiar a comienzos de 2009. Poco antes de que celebrara mi octogésimo primer aniversario me diagnosticaron cáncer de próstata. Recibí la noticia sin mucha consternación. Mi espíritu jamás sufrió los embates de la carcinofobia. Sin reproches a la fortuna me sometí a lo que sugería la medicina moderna: una extracción radical del órgano glandular con el propósito de prevenir la metástasis y prolongar mis años productivos. La plomería nunca ha pertenecido a mi interés científico. En el quirófano, antes del procedimiento y sólo para saciar una escasa curiosidad médica, interrogué al joven cirujano que me habían asignado acerca de los efectos secundarios de la prostatectomía. El muchacho, un pobre mentecato con dudosa o nula experiencia, trató de disimular sus propios nervios con una broma fácil:

“Lo único, Dr. Spiegel, de lo que tendrá que prescindir durante un tiempo son las aventuras amorosas”.

No me hizo ninguna gracia. ¿Cuánto tiempo era “un tiempo”? Semanas, meses, años: dependía de la fisionomía y de la edad del paciente. ¿Cuáles eran las verídicas y diplomadas calificaciones y credenciales de aquel crío? El imberbe cirujano hizo un breve listado de universidades de prestigio, prácticas hospitalarias bajo la supervisión de insignes tutores, y luego intentó tranquilizarme haciendo una descripción somera de lo que él consideraba “un procedimiento sencillísimo”. ¿Había, por casualidad, algún otro cirujano de turno? No lo había. Sopesé durante algunos instantes la cancelación a última hora de mi cirugía. Antes de que pudiera decir cualquier cosa, sin embargo, una bella enfermera con ojos verdes y pupilas dilatadas como jugosas aceitunas sin hueso se materializó detrás de mí y me levantó la bata. No sentí ni un ápice de vergüenza. Con ternura profiláctica, la muchacha acarició mi hombría utilizando un algodón yodado y frío. Le dirigí una mirada llena de emoción y de agradecimiento. Alguien, entretanto, había inyectado la primera dosis de anestesia.

*

La cirugía transcurrió sin inconvenientes y el cirujano confiaba en haber extirpado la enfermedad. Al despertar, constaté que el dolor de la incisión en mi perineo era insignificante o en todo caso menos apremiante que el horror de sentir el catéter de Foley que habían insertado en mi uretra y que, en un artilugio de tuberías, desocupaba los contenidos de mi vejiga y los transportaba hacia una bolsita transparente que yo contemplaba estupefacto. Los médicos me habían advertido que el tono sangriento del líquido recolectado era consecuencia normal del procedimiento y que no debía ser causa de preocupaciones, pero reto a cualquier mortal a que no sienta al menos un escalofrío de terror al constatar la innatural mezcla propia de la sangre y de la orina.

No me sentía mal, no obstante; podía caminar sin dificultades, y estar de pie era en definitiva más cómodo que estar sentado, pues entonces debía tener siempre un cojín afelpado bajo el escroto y focalizar todo mi peso en uno de mis glúteos, posición tan incómoda como ridícula. Pedí ser dado de alta en el acto con tal de no pasar una sola noche en el hospital, pero mi solicitud fue negada con deferencia y temores de una futura demanda por mala praxis.

Pasé los siguientes tres días en una innecesaria observación médica. Para paliar el tedio y el horror (no recibí visitas, pues había decidido sobrellevar mis circunstancias en un mutismo estoico), invertí el tiempo de la espera en hacer el bosquejo mental de mi autobiografía, que si llego a terminar un día se publicará con el título de Las historias que nos contamos… De pie ante la ventana abierta de mi habitación, durante el día, o cuando en las noches el sueño me evadía quizá por buscarlo con demasiadas ansias, di forma cronológica a la estructura de mis memorias: mi niñez en Viena antes de la guerra, el exterminio de mis padres, mi fugaz adolescencia, mi escape de Auschwitz, mi temprano interés por la psicología (mis hallazgos en el tratamiento de diversas fobias, mi poética de la memoria, mi valioso aporte a la comprensión del trastorno de identidad disociativo), el derrotero de mis viajes, la concepción y escritura de mis libros. A veces, para que mi sangre circulara de una manera más dinámica, salía a dar una vuelta por los pasillos, llevando siempre conmigo mi bastón de ébano, en una mano, y en la otra, la bolsita transparente que se hinchaba gota a gota con mis excrecencias cruentas y que medía, clepsidra aciaga, mi convalecencia posquirúrgica.

*

Fue durante el arduo insomnio de mi segunda y última noche en el hospital cuando la sensación de encierro, el sudor en las sábanas y los estragos mentales que había dejado en mí una conversación con el cirujano esa misma tarde hicieron que me levantara de la cama para visitar, con la esperanza de hallar un estado de calma, el ala de maternidad.

A la salida de mi habitación, una enfermera severa y cancerbera con los brazos en jarras quiso detenerme. ¿Por qué no estaba descansando? ¿Adónde iba? En una escala de uno a diez, ¿cuál era el grado exacto de mi dolor? Como única respuesta a las preguntas de la enfermera configuré una sonrisa amplia que me ganara su simpatía. El automático mohín de asco en los labios de la mujer me hizo recordar que había olvidado ponerme la dentadura espuria: sobre la mesita junto a la camilla de mi habitación, mis dientes, que no son en realidad mis dientes, sumergidos en un vaso de agua boricada, ejecutaban una mueca de escarnio. Está claro que la visión triste de mi rostro fue la causa de que la enfermera relajara sus ademanes y me abriera el paso: la gran mayoría de las personas, de manera inconsciente o no, padece de una gerontofobia o aversión a los ancianos que se disimula bajo las diversas formas del respeto y cuya cura más eficaz es, en casi todos los casos, llegar por cuenta propia a la vejez…

Proseguí en un rengueo decrépito hacia el área de maternidad. La sala de exhibición neonatal estaba casi a oscuras para facilitar el sueño de los infantes, pero la luz neón del pasillo rebotaba sobre las paredes y me permitía la visión sutil de los pequeños acostados en su cuna. Allí, organizados en hileras como coches nuevos en un concesionario, y separados por el vidrio templado que se emplaza para resguardarlos contra infecciones y excesos afectivos, casi todos los nenes lograban sin esfuerzo el descanso que a mí tanto me costaba.

Uno de ellos, sin embargo, despierto y curioso, me observaba con los típicos ojos estultos de los recién nacidos; sobre él o ella (difícil hacer distinciones de género si el espécimen está empañalado y pertenece a una población cuyos rasgos distintivos y generalizados son la cabeza pelada, las manitos rechonchas y el inconfundible aroma del meconio) dirigí mi atención y, como si se tratara de un espejo, volví a realizar la comparación a la que comencé a acudir cuando me hice viejo y cada vez que me encontraba en presencia de algún infante… Él y yo tenemos la cabeza lisa y calva como un codo, me dije; tanto él como yo somos incapaces (sin ayuda) de emprender la masticación de alimentos sólidos, y nos satisface el sabor afrutado de las compotas o la leche tibia; ni él ni yo podemos recortar el espacio con la seguridad firme del bípedo implume; él y (en menor grado) yo somos víctimas de las siestas involuntarias; él y (sobre todo) yo soñamos con un amplio busto materno… Pero ¿no estaba yo situado en una evidente situación de ventaja? A diferencia del neonato, yo tenía el don del pensamiento lógico y el milagro casi alquímico de las palabras; al menos yo sí podía controlar mis esfínteres… ¿O acaso esto último había dejado de ser cierto?

Aquella tarde, tras preguntarle cuánto tiempo había de permanecer conectado al catéter y a la maldita bolsita transparente, el cirujano me había dicho que debía soportar el cuerpo extraño de la sonda al menos otras tres semanas y que, después de su extracción, no debía sorprenderme si durante algún tiempo sufría un cierto grado de incontinencia. Dos preguntas me asediaron en ese instante: ¿se trataba de una incontinencia en verdad pasajera? Y casi tan importante: ¿era “algún tiempo” la única unidad cronométrica empleada por aquel mequetrefe? Con un movimiento de cansancio cerré los ojos y pegué la frente al vidrio mientras rememoraba las palabras impersonales del cirujano. Una brisa polar se inmiscuyó entre mi bata de paciente entreabierta en la retaguardia y me heló la espina dorsal. Si yo dejaba de controlar el paso de mi orina o de mis heces, reflexioné, entonces habría algo menos separándome de esas criaturas indefensas, y cuando el tiempo al fin me arrebatara la capacidad de raciocinio, cuando la vejez me escamoteara la consciencia, no habría ya ninguna diferencia sustancial que me alejara de ese ser humano todavía incompleto que me miraba sin propósito.

Quise, pero no pude encontrar en aquella bolita de carne la sensación de sosiego que hasta entonces los bebés me proveían. Abrí los ojos: fue entonces cuando vi por primera vez a M. W.

*

Deseo explicaros la razón por la cual doy inicio al recuento del inusitado caso de M. W., el hombre obsesionado con la originalidad, con estas divagaciones harto personales. Es simple: no recuerdo bien nuestro primer encuentro, y en mi experiencia una de las maneras más eficientes de recuperar los detalles ignorados de las cosas es enfocarse en las circunstancias que las preceden o las rodean.

Esa falta de detalles en mi memoria también tiene sus motivos, y no son ellos la senilidad o la escasa conectividad de mis sinopsis, quizá más ágiles ahora que nunca. Son tres: 1) el primer encuentro que sostuvimos M. W. y yo fue del todo casual (nuestra relación médico-paciente comenzaría tres semanas más tarde y se agudizaría luego del primer año de tratamiento); 2) yo estaba sumido en una depresión geriátrica considerable (pero ya nunca más volveré a sentir lástima por mi cuerpo gastado), y, finalmente, 3) la primera impresión que tuve del hombre fue tan ordinaria que no llegué a prestarle mucha atención, y a la mañana siguiente mi mente ya la había delegado a aquellas cosas que no importa olvidar.

Es difícil, por ello, hacer entrega de una primera imagen completa de M. W. sin acudir a mi circunstancia de esos días y sin que me sobrecoja la idea de que mi memoria abusa de mi imaginación al completar los detalles perdidos por su ineficacia. Aun en el primer año de nuestro trabajo juntos (con la excepción de los primeros meses) no le asigné a M. W. la importancia que yo les daba a otros pacientes, y fue sólo después de los primeros tres años de terapia cuando logré atisbar su condición única y pensé en la posibilidad de documentar este libro. Quizá sea esta demora de mi parte la que dificultó el diagnóstico oportuno de M. W. e hizo imposible su recuperación.

*

Abrí, pues, los ojos y vi por primera vez a M. W. En aquel entonces era un hombre de un poco más de treinta años y su complexión delgada, casi famélica, contrasta en mi recuerdo con la enorme bola de sebo en la que se convertiría algunos años más tarde. Tenía el pelo del color del cobre y unos ojos grises y hieráticos que sólo en excepcionales ocasiones cobraron durante nuestra terapia una expresión intensa. Sus orejas deformes, su nariz chata y sus labios gruesos otorgaban a su rostro el cariz brusco pero no amenazante de los niños en los instantes previos a una pataleta. Sus brazos, cubiertos por un vello profuso, germinaban en las enormes manos que apoyaba sobre el vidrio que nos separaba de los neonatos. A pesar de todos los cambios físicos que habría de sufrir M. W. a lo largo de sus últimos años, sus manos fueron el rasgo más constante de su corporeidad, una verdadera metáfora de su ser, y aquí mi memoria no tiene que hacer ningún esfuerzo para evocarlas: el dorso peludo, las palmas suaves y bruñidas por el sedentarismo, los nudillos protuberantes, las falanges más largas que yo haya visto en un ser humano (excepto por los pulgares, pequeños y atrofiados) y unas uñas que, mordisqueadas con esmero, habían optado por incrustarse aún más en la piel como un mecanismo de defensa.

En ese primer encuentro no reparé demasiado en el conjunto de sus características, pero en mi cuaderno terapéutico tengo esta importante nota fechada el lunes 16 de febrero de 2009, día que además marca el inicio de nuestro trabajo juntos: “Al ver a M. W. uno tiene la impresión de haber viajado en el tiempo y estar observando a un ser atávico; sus rasgos comparten a un mismo tiempo la tosquedad con la que se representa al Australopithecus en las enciclopedias y la ternura del chimpancé. (…) Podría entonces pensarse que un simio al que le fuera otorgado el don de la consciencia humana y fuera colocado en nuestro mundo moderno, exhibiría en sus rasgos vacíos el mismo extravío, la misma perplejidad”.

Sea como fuere, durante nuestro primer encuentro M. W. fue para mí apenas un hombre cualquiera, una presencia que interrumpía mis elucubraciones sobre los agravios del tiempo y la vejez. Con sus gigantescas manos apoyadas sobre el vidrio, mi futuro paciente observaba a los críos con la boca abierta y los ojos húmedos. Pensé al principio que se trataba de un padre recién inaugurado, perdido en el asombro de ver a su criatura, pero luego caí en la cuenta de que llevaba puestas la bata de paciente, las pantuflas blancas con el emblema del hospital y una venda envuelta alrededor de la frente. No queda el registro verbatim de nuestra primera conversación, pero como ya lo he dicho fue intrascendente, o en todo caso se me antojó intrascendente en aquel momento.

Recuerdo, sí, que fue él quien comenzó a hablar. Sin dirigirme la mirada, como si hablara sólo para sí, señaló a los nenes en las cunas y masculló (en un español con acentos latinoamericanos) una monumental perogrullada:

“Tienen todo el tiempo a favor suyo”.

Sólo para alejarme de los pensamientos depresivos (y para desempolvar un poco el idioma que había dejado de practicar hacía más de diez años) entré en la conversación. Formulé una pregunta que redacté primero en la pizarra de mi mente y que luego taché con una tiza imaginaria. El conocimiento de las conjugaciones respetuosas me evadió sin remedio. Tutearlo me resultaba más fácil. Le hablé como si fuera mi amigo o mi pariente sólo por la insuficiencia de mi sintaxis:

“¿Tienes hijos?”.

“No lo sé. Creo que no”.

No me consternó la imprecisión de sus palabras. Asigné su ambigüedad a la honestidad del mujeriego que no descarta haber impregnado a alguna de sus amantes. También esa, si me lo preguntaran, habría sido mi respuesta.

Intercambiamos algunas frases trilladas sobre los infantes y el comienzo de la vida. Después le hablé de mi reciente cirugía y le mostré la bolsita con mi orina túrbida; a M. W. pareció no perturbarlo la imagen.

“¿Y tú? ¿Qué tienes?”, pregunté. “¿Por qué estás aquí?”.

“No lo sé”, dijo.

Tampoco reparé en esta respuesta. Asigné su ambigüedad a un leve retraso mental de mi interlocutor o a la incompetencia médica a la hora de hallar un diagnóstico fiable.

Hablamos o hablé entonces acerca del ambiente hostil de los hospitales: del zumbido de las luces de neón, del ubicuo aroma a cloro (tan similar al del semen) y de la alta probabilidad que tienen los visitantes sanos de pillar en los hospitales una gripe, en el mejor de los casos, o el estafilococo, en el peor de ellos. Con una especie de alegría fraterna constaté que a él también le repelían las miasmas sanitarias de la clínica. En algún momento sentí que hablar en español era un esfuerzo para el que yo no tenía energías suficientes. ¿Hablaba por casualidad inglés? Sí, dijo M. W., sí hablaba. ¿Le molestaba si proseguíamos en inglés nuestra charla? No, not at all, dijo con inflexiones británicas. Con la agilidad que me permite el inglés le conté entonces la historia del comienzo y la (casi absoluta) curación de mi nosocomefobia, término especializado con el que la psicología designa el temor o la aversión a los hospitales.

*

En octubre de 1944, aprovechando el caos desatado por el Sonderkommando que logró aniquilar a varios oficiales de las SS en Auschwitz-Birkenau, escapé del campamento de exterminio y emprendí un trayecto hacia el sur que acometí sin muchos planes, obedeciendo apenas la aguja errante de la brújula del azar y asiendo las oportunidades de escondite y de transporte que se me presentaban. Mis únicas posesiones eran los trapos que llevaba puestos y unas relucientes botas del ejército alemán que había logrado escamotear. En las noches avanzaba con menos chances de ser descubierto y en los días encontraba algún arbusto tupido o un basurero lleno de escombros en donde lograba dormir algunas horas. Las pesadillas del hambre, tan recurrentes en aquellos años, se manifestaban siempre con la misma imagen: un corpulento oficial con el uniforme de las SS sostenía un enorme Liverwurst del que iba arrancando grandes pedazos que masticaba con la boca abierta. Sin ser visto, yo esperaba en el sueño a que el oficial satisficiera su apetito y abandonara un trozo de la descomunal salchicha, pero sin falta el hombre se la engullía toda; al final, hinchado por la gula, el oficial emitía un sonoro eructo que marcaba el final del sueño con sus ecos borborígmicos. No sé cómo hizo mi organismo para sobrevivir a tantas carencias y abusos. A falta de comida apelé a una dieta de los escasos bichos y alimañas que, para su desgracia, se cruzaban en mi camino.

Sentí algo como un simulacro de felicidad cuando abandoné Polonia, y pensé que mi cuerpo podría somatizar esa satisfacción y sacar de ella un poco de fuerzas, pero al llegar a un pueblo cercano a Žilina, Eslovaquia (en los albores de su liberación por parte de las fuerzas soviéticas y rumanas), me fui de bruces contra el suelo mientras hurgaba en los tachos de basura de una casa que creía abandonada. Tenía dieciséis años, pesaba apenas cuarenta kilos y estaba a punto de enterarme de que ya había perdido lo que más quería en este mundo… El Dr. Eugen Krásny, un médico perteneciente al movimiento antinazi, fue quien me encontró agonizante y transportó mi cuerpo al sótano de la clínica en donde trabajaba; a él debo, entre otras cosas, mi vida y el comienzo de mi nosocomefobia.

Desperté sobre un catre improvisado con periódicos que registraban en un revés cronológico el avance de la guerra, la mandíbula dolorida e inmóvil por unas vendas que pretendían corregir la fractura que resultó de mi caída. El médico se alegró al ver que recuperaba la consciencia. Me explicó que tendría que guardar reposo y que, ya que mi boca quedaba inutilizada por el procedimiento momificante al que había tenido que acudir, me hidrataría por medio de una vena periférica. También me informó, sin lástima, que había perdido mis primeros dientes (y no precisamente los de leche), a saber: dos incisivos superiores, tres incisivos inferiores y tres de los cuatro caninos. No fue mi desmayo, continuó el médico, o no fue sólo el impacto que recibí al desmayarme la causa de mi nueva y espeluznante mueca: la insuficiencia vitamínica había detonado en mi cuerpo los terribles efectos del escorbuto, enfermedad de piratas y polizones. De no haber sufrido el golpe, me aseguró, igual habría visto caer las pequeñas piezas dentales como los frutos podridos de un gran árbol macabro. Pero debía sentirme agradecido, se apresuró a añadir el Dr. Krásny, pues había sobrevivido a lo peor, y el tratamiento contra el escorbuto era la simple ingesta de vitamina C.

¿Cómo, si mi mandíbula estaba sellada, ocurriría dicha ingestión? El Dr. Krásny adivinó la pregunta en mis ojos y metió una mano en uno de sus bolsillos, de donde sacó una cápsula transparente y ámbar cuya forma, noté enseguida, no difería mucho de la de un proyectil. Ahora, si los teólogos tuvieran razón (pero no la tienen) y existiera una pena o una recompensa extraterrenales por los actos y pensamientos que configuran nuestra vida en el planeta, entonces una de mis conclusiones más contundentes sería que el castigo más cruel debería recaer sobre el canalla que se ideó el concepto de los supositorios. Cada tres horas el Dr. Krásny bajaba al sótano, en donde yo pasaba el tiempo sólo con el deseo de morirme, y lo veía frotarse las manos con un jabón que dejaba en sus dedos el olor artificial de las frambuesas antes de proceder con la inserción rectal del obús maligno. Yo no tenía fuerzas para rechazar el impúdico medicamento que, no obstante, extendió mi vida y me regaló largas décadas de fructíferas investigaciones psicológicas: mientras los aliados aplacaban a los nazis, mi debilidad me dejaba a la merced del médico y aquellas bombas anales, y las lágrimas que me corrían por las mejillas ardían tanto como la gran píldora que comenzaba a derretirse entre mi flora intestinal…

Fue durante mi estadía tétrica en Eslovaquia, no cabe la menor duda, cuando se desarrolló mi aversión por las clínicas y hospitales. Desde entonces bastaba que yo traspasara las puertas de un centro de salud para que sintiera una elevación irregular de mi ritmo cardiaco, la sudoración excesiva de mis axilas o mi ingle y (el más nefasto de los síntomas) un irrefrenable e impostergable deseo de evacuar mis intestinos. Tengo un conocimiento exhaustivo de los WC de todos los hospitales estadounidenses adonde tuve que acudir después de mi llegada a Norteamérica, y mis compañeros de universidad se mofaban de mi condición cuando, en medio de alguna práctica clínica, yo dejaba de prestar atención a los pacientes o a los profesores y corría con actitud olímpica hacia el podio victorioso del váter más cercano.

En vano acudí a la hipnosis y al psicoanálisis, y de poco sirvieron las medicinas antiperistálticas que yo consumía como golosinas antes de visitar cualquier clínica. Fue sólo en el verano de 1954, después de que me hube recibido de psicólogo y cuando me interesé brevemente por el trabajo de Ivan Pavlov (el ruso que hacía salivar a los canes) y su estudio de los reflejos condicionados, que pude disminuir los efectos de mi fobia. La lógica me pareció sólida: si en mi mente los hospitales estaban conectados a experiencias desagradables, yo debía reemplazar la conexión con algo que me proveyera placer. Mi temor o aversión a los hospitales cedió un poco cuando, justo después de cada visita médica, comencé a recompensarme yendo a algún puesto de comida callejera para, ante la visión atónita de otros clientes y peatones, devorar con fruición una gruesa salchicha alemana. En una interpretación tan elemental como falsa, la solución gastronómica con la que ataqué mi nosocomefobia causó gracia e interés en el círculo freudiano de mis colegas…

*

M. W. prestó atención a mi relato con la boca entreabierta y sin interrumpirme: hasta el último de sus días tuvo el infravalorado don de la escucha. Creo que no hablamos de nada más. El sueño, hasta entonces esquivo, comenzaba a cubrir mi visión con su velo pesado. Me despedí del hombre con un apretón de manos y le dije mi nombre; M. W. me agarró con su gran mano simiesca pero no me dijo el suyo. Fue así como concluyó nuestro primer encuentro.

Fui dado de alta y pasé las siguientes tres semanas inmerso en el proceso reminiscente de la redacción de mis memorias y, por recomendación médica, en la constante ingesta de bebidas diuréticas que limpiaran mis conductos lastimados. Para agilizar mi recuperación y para que mis pacientes no me vieran en el estado de debilidad en el que me encontraba (el terapeuta debe ser siempre símbolo de estabilidad y fortaleza), cancelé todas mis citas. También rechacé varias invitaciones a conferencias y simposios: la convalecencia era el pretexto idóneo para evadir los inútiles encuentros profesionales a los que nunca he sido aficionado, pues desde que tengo memoria he detestado a un mismo tiempo los choques de egos y las multitudes. El dolor de la cirugía había sido reemplazado por una comezón innoble que el roce de mis uñas sólo exacerbaba, y el líquido recolectado en la bolsita transparente había cambiado gradualmente de tono, del carmesí de mi sangre al amarillo tenue de la sidra de manzana.

El mismo día en que debía ir a que el cirujano removiera el catéter de mi uretra recibí una curiosa llamada telefónica: M. W. había encontrado el número de mi consulta en internet, dijo, y se presentó, no con su nombre, sino con la evocación de nuestro primer encuentro. ¿Lo recordaba? Apenas. ¿Podía programar una cita? El Dr. P. G. Spiegel no está recibiendo pacientes en el momento. M. W. fue más que insistente. Era importante, dijo; era, por decirlo de alguna manera, de vida o muerte. ¿Se trataba de un hombre desequilibrado con tendencias autoaniquiladoras? Hasta entonces me ufanaba del hecho afortunado de que en mi historial terapéutico ninguno de mis pacientes hubiera optado por el suicidio. Accedí a recibirlo.

Una hora más tarde, el portero automático anunciaba la visita de M. W. Volví a reparar, esta vez con una sorpresa inquisitiva, en la inexpresividad de su mirada y en sus largas falanges de antropoide. Fuimos a mi despacho y lo guie hacia la poltrona de cuero terracota en donde otras personalidades atribuladas habían dejado la huella indeleble y colectiva de su trasero. Tomó asiento con aprensión, cruzó las piernas y me agradeció una vez más que yo hubiera accedido a su visita. ¿Le apetecería una taza de té? Si no es una molestia, Dr. Spiegel. No, no era ninguna molestia: antes de que llegara había puesto la marmita al fuego y era cuestión de minutos antes de que… Un silbido agudo de buque en miniatura anunció desde la cocina el esperado hervor del agua. Le dije a M. W. que se sintiera como en casa y que en breve podría hablarme de su caso. Cuando regresé con las dos tazas humeantes lo encontré de pie frente al espejo de cuerpo entero que adornaba una de las paredes y que yo había colocado con el doble propósito de ampliar el exiguo espacio de mi oficina y de mantener a raya mi viejo temor a los espejos. M. W. se contemplaba como si no estuviera acostumbrado al cotidiano fenómeno del propio reflejo, como si fuera el aborigen de una tribu recién descubierta que se maravilla al ver su imagen en la armadura pulida del conquistador. Tomamos asiento. M. W. bebió un poco de té y luego trató sin éxito de disimular su disgusto. Esperé, como es usual en el procedimiento terapéutico, a que fuera él quien comenzara la conversación, pero después de un cuarto de hora de silencio incómodo decidí tomar las riendas del asunto.

“¿Por qué has decidido consultarme?”.

M. W. se llevó las manos a las sienes y las frotó, no en una expresión de angustia sino de incógnita, como si su cráneo fuera una lámpara mágica y él esperara la aparición oportuna de un genio que lo sacara del aprieto. Me habló entonces de su inusual caso de amnesia.

*

Abro un breve paréntesis para legos con vistas a erradicar de entrada algunos malentendidos sobre la etiología y el desarrollo de la pérdida de la memoria.

La amnesia obedece en la gran mayoría de los casos a lesiones en el cerebro, sobre todo en el hipocampo, la amígdala, el diencéfalo y los lóbulos frontales, que dificultan o imposibilitan la recolección y la formación de recuerdos.

Hay, en términos muy generales, dos tipos de amnesia. El primero se denomina amnesia retrógrada y se caracteriza por la incapacidad del paciente de evocar recuerdos previos al evento que causó el daño cerebral, en cuyo caso el olvido comienza por obnubilar los recuerdos más próximos al momento del incidente (ley de Ribot). El segundo tipo de amnesia se denomina amnesia anterógrada y se caracteriza por la incapacidad del paciente de formar nuevos recuerdos. Quizá el caso más célebre de esta clase de amnesia sea el de Henry Gustave Molaison (conocido hasta poco después de su muerte sólo por las iniciales de su nombre), quien, después de una lobotomía realizada para combatir sus ataques epilépticos, viviría en un mismo minuto sin profundidades que se extendió durante más de cinco décadas. Escanografías, tomografías y resonancias magnéticas funcionales ayudan por lo general a evidenciar el problema orgánico y sugieren el tratamiento más idóneo. Por norma, los pacientes salen de sus episodios amnésicos sin ayuda externa.

Ahora bien, los dos tipos de amnesia no son excluyentes; todo lo contrario: es habitual que acontezcan de manera simultánea. Las personas que olvidan su pasado pierden la capacidad de aprender o hacer planes, y por ello están condenadas a tener dificultades no insignificantes en su vida profesional y afectiva. Quiero hacer énfasis en el hecho de que las causas de la amnesia son casi siempre orgánicas, y son extraños los casos documentados de pacientes que hayan perdido la memoria sin que antes les hubiera acontecido un accidente automovilístico, un desliz sobre las baldosas traicioneras de una ducha o alguna enfermedad que haya comprometido la salud del cerebro, ya sea en forma de tumor o de trombo.

A propósito de las manifestaciones de la amnesia, en especial de la amnesia retrógrada, podríamos señalar tres clases de memoria: 1) la memoria episódica (aquella que contiene nuestras experiencias personales: el recuerdo de cuando aprendisteis a montar en bicicleta, la imagen de vuestra madre ante el tocador, el hermoso fantasma táctil de nuestro primer beso con lengua, el importantísimo recuerdo de lo que hemos desayunado esta mañana, la aniquiladora estela de tu aroma), 2) la memoria semántica (la que recopila la información general y enciclopédica del mundo: el 6 de agosto de 1945 germina un venenoso hongo sobre Hiroshima; el 31 de octubre de 1795 nace mi poeta favorito; el Che Guevara es un esténcil de un hombre con barba utilizado para estimular la venta de franelas), y 3) la memoria procedimental (gracias a la cual recordamos sin esfuerzo cómo pasar de la primera a la segunda velocidad en un coche de cambios, la posición de las manos que adopta un fumador cuando hay viento y quiere encender un cigarrillo o la ubicación de las teclas que pulso sin la necesidad de detenerme para constatar que aquí, sobre el número nueve de mi teclado, se demarca el cierre de un paréntesis).

En general, es esta última clase de memoria (la encargada de recopilar el recuerdo procedimental) la más inmune a los efectos de la amnesia: los pacientes que no recuerdan haber resbalado a causa de un zapato defectuoso pueden, sin ningún inconveniente, atarse los cordones. Son las primeras dos clases, la episódica y la semántica, las que sufren. Un paciente puede olvidar días, semanas o incluso años de sus experiencias personales, o tal vez no sepa decir con certeza la razón por la cual es inadecuado y obsceno el pequeño bigotito cuadrado que ha dejado crecer en su labio superior. Por lo general, como ya os lo he dicho, estas lagunas son llenadas por sí mismas, y en el común de los casos el olvido no es capaz de devorar toda una vida, de anular (como las olas anulan las huellas en la costa) una personalidad entera. Sólo en excepcionales ocasiones (cuyo número aumenta de manera proporcional a la imbecilidad de los libretistas de guiones hollywoodenses, o que puede ser en cambio fruto de la gloriosa decisión creativa de algún novelista) el paciente puede olvidar la totalidad de su información autobiográfica, es decir, no puede recordar quién es.

Este era el caso de M. W.

*

El recuento hecho por M. W. fue fragmentario y breve. Había sido ingresado al hospital luego de que un grupo de jóvenes neonazis lo agrediera, a plena luz del día, en una parada de autobuses. El ataque, perpetrado por un skinhead corpulento y sus adláteres enclenques (tres chicas recubiertas de cuero sintético y con la cabeza rasurada alentaban al matón), era lo último que recordaba. Todo lo demás, dijo M. W., se había hundido en las arenas falsas de su memoria: no podía recordar cuál era su profesión ni su lugar de origen ni a quién podía contactarse en caso de emergencia. No recordaba ni su nombre.

Ya en observación médica, los doctores cerraron sus heridas y comenzaron a realizar los estudios pertinentes. Un agudo golpe en el sincipucio, ejecutado con sevicia por el enorme truhan, alertó al equipo de neurología, que sospechó que una lesión cerebral era la causa de la amnesia. Las imágenes computarizadas de su cerebro, sin embargo, no evidenciaron ninguna irregularidad.

Me sorprendió la ecuanimidad o la paz con la que M. W. hacía su relato. Su única incomodidad parecía ser su posición en la poltrona: cada cierto tiempo se ponía de pie, metía la mano en sus pantalones para acomodarse los genitales y volvía a tomar asiento con la misma aprensión de la primera vez. Mientras hablaba, constaté la particularidad de su estado: aunque su memoria episódica, según él, había sido erradicada del todo, su memoria semántica permanecía al parecer intacta: se comunicaba con holgura tanto en inglés como en español, sabía en qué año estábamos y, al ver un periódico abierto sobre mi escritorio, habló con una especie de preocupación solidaria sobre la crisis económica. Digo que su memoria enciclopédica parecía intacta, pues aquí la evaluación está destinada a la inexactitud sin un conocimiento pleno de las circunstancias y la educación del paciente: para olvidar alguna cosa es un requisito haberla conocido. Así, cuando le señalé la litografía de Hieronymus Bosch que tenía colgada en una de mis paredes (La nave de los locos), M. W. no supo a quién atribuirle su autoría, pero el error podía ser común no sólo en un amnésico, sino en cualquier hombre o mujer promedio con módico o nulo interés por el arte. La pérdida de la memoria y la ignorancia son, en este caso, equiparables.

Su memoria procedimental tampoco había menguado: cuando le entregué la taza de té no tuvo obstáculos en la elemental dinámica de tomar la tirilla de la bolsa para elevarla y sumergirla en el agua caliente, ni se le dificultó el acto de llevarse la taza a la boca para ejecutar un sibilante sorbido; si al final no había bebido la infusión, me confesó con un ápice de vergüenza, fue porque enseguida se dio cuenta de que el sabor amargo del té le displacía.

Desconcertados ante los enigmáticos resultados de los exámenes, los médicos mantuvieron a M. W. en observación durante un par de días, y al darle de alta le comunicaron que con la misma arbitrariedad con la que había perdido sus recuerdos estos retornarían en cuestión de días. Habían pasado ya tres semanas, sin embargo, y todavía M. W. no era capaz de hacer el esbozo de su identidad. A la salida del hospital, una enfermera se le había acercado para entregarle su ropa y lo ...