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Convertirnos en quienes realmente somos

Publicada el 28/09/2017

 
 

Pablo Simonetti, que sorprendió el panorama literario de su país con libros como Vidas vulnerables (1999) o Madre que estás en los cielos (2004), regresa a Bogotá para presentar Desastres naturales (2017), un obra que explora el concepto de las masculinidades a través de un personaje que intenta recordar su vida tras la muerte de su padre.

 

La literatura chilena ha sido, casi desde siempre, una de las más significativas para los autores colombianos, sirviéndoles de influencia o de inspiración para llevar a cabo sus trabajos literarios. Las relaciones entre ambos países han permitido que la cultura se nutra en distintos sentidos. Me llegan a la memoria las anécdotas que, en más de una ocasión, ha contado Álvaro Castillo Granada acerca de Pablo Neruda y su cercanía al país cafetero, además de su amistad con Gabriel García Márquez; los pasajes que narra Roberto Bolaño en La literatura nazi en América (1996) acerca de los escritores, ficticios está claro, Ignacio Zubieta y Jesús Fernández-Gómez, nacidos en Bogotá y Cartagena de Indias, respectivamente; la extensa amistad entre Álvaro Mutis y Jorge Edwards, que supera las barreras de la vida y la muerte; el bien conocido interés y fascinación de Alberto Fuguet hacia la obra de Andrés Caicedo;  o incluso, la cercanía que ahora se da entre poetas y narradoras chilenas con editoriales y revistas culturales colombianas, como es el caso de Alejandra Costamagna con Laguna Libros, o Isabel Guerrero y Nina Avellaneda con la Revista Canéfora. Se me escapan muchos nombres, sí, pero la memoria no me da para tanto y recordarlo todo sería naufragar en parrafadas de palabras que van más allá del interés de este texto: el libro más reciente de Pablo Simonetti.

El autor chileno que sorprendió el panorama literario de su país con libros como Vidas vulnerables (1999) o Madre que estás en los cielos (2004), regresa a Bogotá para presentar Desastres naturales (2017), un libro que explora el concepto de las masculinidades a través de un personaje que intenta recordar su vida tras la muerte de su padre y, a partir de ello, la narración avanza como al interior de un vórtice, esperando la erupción de un amenazante volcán. Simonetti, quien participara de la más reciente versión de la Fiesta del Libro y la Cultura, en Medellín, converso con algunos medios acerca de su vida y obra. Esta entrevista que le hice hace unos días, me permitió entender que no importa cuán diversos seamos, es eso, precisamente, lo que nos hace humanos.

La ingeniería como profesión y la literatura como pasión. ¿De qué manera surge el interés por hacerse escritor y cómo es la relación con la Ingeniería?

Tengo una lectura a posteriori de lo que pasó, sólo me la puedo hacer con el paso de los años. Vengo de una familia inmigrante italiana, la primera familia de industriales en Chile, íbamos a ser la primera generación de profesionales que iba a trabajar en la industria de nuestros ancestros, y para eso lo obvio era estudiar Ingeniería. No te voy a negar que yo tenía facilidad para las matemáticas, entonces, eso se daba por descontado... Estudié Ingeniería y luego hice un par de masters, uno en Estados Unidos, ahí empecé a decir: “Quiero escribir, quiero escribir”, pero no sabía de dónde venía. Volví a Chile, trabajé unos años y seguía con la cosa de que quería escribir. Todos me decían: “Pero, ¿por qué quieres escribir? Nunca lo has hecho”. Un día, esta necesidad se hizo imperiosa y bueno, decidí darle una oportunidad; renuncié a mi trabajo y empecé a escribir. Pronto comencé a ganar premios y después ya publiqué mi primer libro de cuentos. El día que publiqué ese libro, que lo presentaron (Roberto) Bolaño y Gonzalo Contreras, mi madre me escribió una carta reconociendo que yo había hecho bien en seguir mi intuición; después, me regaló todo lo que había juntado de mí, eso se lo regalan normalmente a las nueras, pero como soy gay, no se lo regaló a mi marido sino que me lo regaló a mí. Volví a la casa, después de la emoción y lo que significó eso, y empecé a buscar. Había una cantidad de anécdotas mías, de niño, mucha información impresionante y me encontré con los cuentos que había escrito entre los 8 y los 12 años. Eran unos cuentos mal escritos, con faltas de ortografía, repeticiones, pero los miré y me pasó una cosa rara, pensé: “Este es el mismo Pablo que escribió Vidas vulnerables. Sentí que se trataba del mismo autor, a pesar de los 25 años de diferencia entre ambos. Entonces, ya enfrentado al dilema de la adolescencia, cuando ya surgieron mis primeras experiencias homosexuales, surgió la idea de “¿Qué vas a hacer con tu vida? ¿Cuál va a ser el camino que vas a seguir?”. Bueno, lo que hice fue sumergir al Pablo verdadero y puse a flote a un Pablo que iba a ser el buen alumno que respondía a lo que sus padres esperaban de él. Eso duró unos 10 años. Me costó llegar a ser quien soy, me tomó 35 años, por eso siempre asumo tanto la posición de decirles a los jóvenes que traten de luchar por encontrar su lugar en el mundo, lo que es una fuente de tranquilidad incomparable.

Un libro de cuentos y seis novelas se encuentran entre tus publicaciones. La identidad parecer ser la premisa escogida para escribir. ¿Qué quiere decirle Pablo Simonetti a sus lectores?

Dado lo que he vivido, es hablar de las fronteras conflictivas que siempre han existido entre identidad y pertenencia; también, de lo injusto que es ver a las personas sacrificar su identidad con el solo afán de pertenecer. He querido hablar de estos personajes porque creo que tienen un punto dramático muy valioso, y de esa manera pueden hacerse inolvidables, porque están luchando por eso, no lo hacen por nada externo, sino para poder llegar a ser quienes son, o para no dejar de ser. Valoro mucho esa integridad que se teje entre quien tú eres y el lugar que ocupas en el mundo. Me parece que es algo a lo que nadie debe renunciar.

La figura de la madre es, evidentemente, de suma importancia para tu vida y obra. Si tuvieras que describirla a ella, a tu madre, en una sola palabra, ¿cuál sería?

 Jardín.

¿Qué flores te permiten evocar su recuerdo?

Las camelias, las azaleas y los rododendros. Son todas flores acidófilas, y en Santiago (de Chile) los suelos son calcáreos, entonces hay que hacerle una enmienda a la tierra para que ellas puedan vivir en buen término.

¿Cuál es tu lectura del Chile de hoy?

Es una pregunta difícil. Hay un dilema sobre cómo ver a Chile de ahora en adelante, como un país donde se siga sosteniendo el consumo como una forma de libertad. Tú consumes lo que quieres y, en ese sentido, eres libre. O como un país con formas más comunitarias de convivencia… Hasta ahora teníamos una concertación que reunía estas dos situaciones como bajo una idea orgánica, y esa idea se perdió. Entonces, ahora están los unos que dicen: “No. Plena libertad económica”, y los otros que dicen: “No necesitamos más políticas socialistas”. Yo creo que todavía hay una conversación un poco juvenil, en ese sentido, muy en blanco y negro, porque falta un centro moderno que se haga cargo de una idea que pueda componer mejor estas dos vertientes de pensamiento. Hay un centro que es añejo ya, que es demócrata-cristiano y tiene mucho “deber ser” metido en el medio, muchas preconcepciones sobre cómo tiene que ser la vida pública. Necesitamos uno que sea, quizá, más pragmático y que incorpore las ideas del liberalismo económico y también del liberalismo social, pero con una fuerte apuesta de trabajo del estado para asegurar los bienes sociales comunes de nuestro pueblo: el medio ambiente, la salud… Yo creo que cuando se cree ese centro va a permitir generar una conversación menos polarizada. Estamos a puertas de las elecciones de presidente y las posibilidades de que salga (Sebastián) Piñera son enormes. Entonces, es querer negar ese mundo de consumo y de la sensación de autonomía que le produce a los seres humanos la posibilidad misma de consumo y de la seguridad de los sistemas de salud modernos, que creen que el sistema capitalista les da certeza y tranquilidad. Hay que ver cómo a ese capitalismo se le puede agregar una dimensión social que sea realmente robusta y así, no dejar abandonadas a las partes más desfavorecidas.

Piñera está ganando porque se piensa que el gobierno de Bachelet dañó la confianza del mundo de los empresarios, del dinero. Yo estoy en desacuerdo, creo que ella ha hecho un buen gobierno, pero sí se pudo haber comunicado mejor y sí se podría haber conciliado mejor, de manera que, este otro mundo se siente tan amenazado y piensa que esta mujer está tirando el país por la borda. Hay gente que se ha violentado mucho porque, claro, ha habido una contracción económica que no ha sido tal, porque nosotros también provocamos la contracción de las materias primas, del cobre, principalmente, y eso afectó el crecimiento, pero también hubo un efecto en la inversión, a propósito que los inversionistas dijeron: “Bueno, realmente no sabemos qué grado de intervención va a tener este gobierno sobre la actividad privada”. Ahora, desde otro punto de vista, soy muy optimista con respecto a Chile. Mi país, por ejemplo, ha avanzado muy rápidamente en materias de inclusión. Ha sido rápido para nuestros estándares… Es un país que se ha abierto a la diversidad y a la igualdad de género, eso hasta hace muy poco estaba bloqueado por la Iglesia Católica, que ha perdido mucho poder desde que se destaparon los escándalos sexuales estos, lo cual ha ayudado mucho a que la gente diga: “Bueno, ¿dónde están más seguros nuestros hijos?” Así que, realmente, ¿los reconocemos como son o los vamos a seguir ocultando bajo la sotana?

¿Para qué están las etiquetas en la literatura?

Yo no diría que hay etiquetas en la literatura, sino definiciones. Yo soy un escritor chileno, soy un escritor gay, soy un escritor descendiente de italianos. Son cosas que me definen, no me etiquetan. Aquello es como que el otro te agarra y te hace la vida imposible. La etiqueta te la pone el que te quiere sacar del juego y dice: “Es que éste es escritor gay. No sirve”. Pero si yo digo que estoy orgulloso de ser como soy, es parte de mi definición. Eso me constituye como escritor y, por supuesto, el ser gay tiene una influencia enorme sobre lo que escribo y cómo veo la cultura a la que pertenezco, las cosas en las que me fijo, los personajes que desarrollo. Ahora, el punto es que la escritura gay tiene el mismo afán de universalidad que la escritura heterosexual, lo que pasa es que hay gente muy torpe que cree que lo heterosexual es lo universal. Esa es una torpeza gigantesca, porque han existido escritores gay durante toda la historia de la literatura. Truman Capote o Marcel Proust, eran gay de arriba abajo, y son igualmente universales, entonces es como que llega a tal grado la estupidez que hay quienes dicen: “Mira, yo no voy a leer a esta persona porque es gay”, o es, y si lo hiciera sería el más imbécil del mundo, como si yo dijera: “No voy a leer a Héctor Abad porque es heterosexual, o a Vargas Llosa”. Hay que ser realmente tonto para pensar así. Y claro, al ser heterosexual no cargo con prejuicios, pero si soy gay, ni hablar. Uno paga un precio cuando los otros te lo ponen como etiqueta para sacarte del juego, lo pagas, sí, pero no veo, de ninguna manera, que yo vaya a escribir como heterosexual para darle en el gusto a una persona que, sencillamente, tiene una mentalidad retrograda.

Tus personajes buscan un espacio propio, tanto en tus cuentos como en tus novelas es el individuo quien se enfrenta a la colectividad. ¿Para qué escribir sobre estos temas?

Uno no tiene un objeto moralizante ni didáctico cuando escribe; se trata, simplemente, de desentrañar ciertos espacios de la experiencia humana que son comunes a todos, con una inteligencia que no es la de la sociología, ni de la antropología, ni de las matemáticas, sino la que pertenece propiamente a la literatura: poder llegar por medio de las palabras a lugares que otras formas de conocimiento no alcanzan.

Somos todos, aunque lo neguemos, como pequeños erizos queriendo resguardarnos de todo. Se siente mucho esto en lo que escribes. ¿Es la literatura una forma para mostrarnos tal y como somos?

Es peligrosa esa pregunta. Hay muchos artificios en la literatura, es un arte, al fin y al cabo. La respuesta que, quizá, te acerca más a lo que nosotros hacemos es que mentimos para decir la verdad, en ese sentido, a lo mejor, nuestros personajes no terminen de ser todo lo verdaderos que son, pero la cosa es que, al final termina todo siendo verdadero.

¿Tres autores para leer antes de morir?

Siempre me han gustado los libros con heroínas trágicas. Las mujeres con inteligencia, con voluntad, con determinación en la vida, siempre han sido de mi interés, y claro, en la historia de la literatura muchas mujeres tienen destinos trágicos como Anna Karenina (de Tolstói) o Isabel Archer, de Henry James. Siempre me ha interesado mucho la identidad femenina y la literatura en torno a la figura femenina, y no solamente escrita por hombres. Espero que esto vaya cambiando, pero es bien sabido que las mujeres tienen un campo interior más amplio y lleno de matices; los hombres, en cambio, siempre están asociados a funciones más bien pragmáticas. Esta es una discusión que ya he tenido con amigos míos, me regalaron una vez un libro de Javier Marías que se llama El hombre sentimental (1986), entonces, me miraron y me dijeron: “También hay hombres heterosexuales bastante sensibles”. Sin embargo, creo que las mujeres presentan un panorama literario, hablando de personajes, muy atractivo y rico en topografía emocional.

Me gustan mucho Edith Warton, Jane Austen, Tolstói, que sería un autor para leer antes de vivir. Dostoievski lo sería mejor para antes de morir. Te daré tres nombres de autores canónicos y tres de algunos que no lo son, pero que me han marcado notablemente: León Tolstói, Henry James y Marguerite Yourcenar. Y los no canónicos… Colm Tóibin, un escritor irlandés, Jhumpa Lahiri, y Kazuo Ishiguro.

¿Algún ritual para el momento de iniciar con la escritura de un nuevo libro?

Sí. Me voy a una casa en la playa, por tiempo largo. Empiezo a caminar mucho, para limpiar la cabeza. Los primeros días siempre tengo que ocuparme de algo en la casa, y poco a poco me voy conectando. En las noches leo y, me pongo a escribir. Me levanto en la mañana, tomo el desayuno, salgo a caminar, hago un poco de ejercicio, me ducho y me siento a escribir. Escribo de las 11 de la mañana a las 7 de la noche, después salgo a caminar de nuevo y ahí vuelvo, ceno temprano, y leo 4 horas antes de dormir. Eso me pasa solamente tres meses al año, el resto de mi vida es bastante atormentada, como la de todas las personas, debo preparar clase, doy talleres, participo en reuniones, soy parte de Iguales, y de un centro de estudios públicos en el tema de diversidad, entonces, tengo mucha vida que me obliga a estar en el mundo, y cuando escribo me voy desprendiendo de todo.

¿Cómo lee Pablo?                           

Leo, no lo que se asocia a lo que estoy escribiendo, sino algo que me permita sentirme bien, es más un momento de placer. No suelo rayar lo que leo o doblar las páginas, eso solamente lo hago cuando voy a hacer clase sobre un texto, lo apunto entero y claro, los tengo todos anotados. Pero cuando leo lo hago por puro placer, en una mezcla con emoción.

¿Cómo es la vida con José Pedro?

Es el mayor regalo que me han dado. A pesar de que tenemos edades tan distintas, él tiene 31 y yo 55, lo que podría significar una cantidad de desarreglos en la vida diaria, resulta que tenemos una concordancia en nuestros tiempos, en nuestros humores, en nuestra rutina. El hecho de que él pinte y yo escriba hace que, más o menos, tengamos el mismo tipo de vida. Nos apoyamos mucho y tenemos días muy plácidos, tranquilos. Yo creo que lo principal que nos une es que los dos sabemos qué queremos. Cuando empecé a salir con él, yo ya lo sabía y él también lo tenía claro. Otra variación muy buena de esta idea de encontrar tu lugar en el mundo, los dos lo encontramos y por eso es que logramos convivir tan bien.

¿Qué significan para ti los nombres de Gonzalo Contreras Fuentes y Carla Guelfenbein?

Gonzalo Contreras es mi maestro. Estuve tres años en el taller con él, aprendí muchísimas cosas. Fue un profesor riguroso y siempre me apoyó. Y Carla siempre ha sido mi compañera, estábamos juntos en el taller de Gonzalo, hemos sido compañeros desde entonces. Hay una confianza muy limpia entre nosotros.

Y de Alberto Fuguet, ¿qué opinión tienes?

Alberto Fuguet es un personaje muy extraño en mi vida. Cuando yo empecé a escribir, él era como el joven revelación que todo el mundo alababa, había publicado Mala onda (1991) y había vendido como 40.000 ejemplares. Me acuerdo que un día llegué a la editorial y él estaba ahí. Yo lo miré con admiración y le dije: “Hola, Alberto”. Me estiró la mano y me dijo: “Hola, Alberto Fuguet”. Y yo como que me asusté, qué le pasa, y de ahí en adelante no tuvimos ningún tipo de relación hasta que publicó su novela No ficción (2015) y bueno, en una entrevista de tres páginas dijo que era gay, cosa que yo no sabía, es decir, me habían llegado los cuentos, pero no le conocía nada serio. Hay una expresión que dice: “Uno sabe que hay un hombre gay, si le conoce varón”. Pero yo no le conocía varón a Fuguet. Leí su novela y sentí que él había dejado un lastre atrás. Ahora, nos hemos acercado y hemos hablado mucho de literatura. Él ha valorado mi novela (Desastres naturales) en un texto muy bonito que se llama Masculinidades, en la revista “Qué pasa”. A mí me gustó esa novela suya Sudor (2016) y la forma en que se da la representación sexual y peluda de Santiago (de Chile). Y ya no hay esa frontera que yo no sabía cuál era, y seguramente él sí, porque yo era todo lo opuesto a él, en el sentido de que yo he sido un gay abierto desde el principio y él tenía esa parte no revelada. Ahora, si uno lo lee hacia atrás, se da cuenta de que es un escritor que siempre estuvo narrando sobre las relaciones entre hombres. En eso somos diferentes, a él le gusta explorar en las relaciones entre hombres, y creo que por eso le gustó Desastres naturales, porque es eso; en cambio, yo sí he tenido muchas novelas con un punto de vista más femenino.

Eres chileno, pero también latinoamericano. ¿Qué autores admiras?

Me interesa mucho Guillermo Martínez, de Argentina, sobre todo por el estilo; me gusta Alonso Cueto, de Perú, creo que tenemos en común a Henry James entre nuestras lecturas, también me gusta mucho Santiago Roncagliolo. De Colombia, bueno, me gusta mucho lo que hacen Héctor Abad, Jorge Franco, Evelio Rosero, Alonso Sánchez Baute…

Dos años después de la publicación de Jardín llega Desastres naturales. ¿Cómo se retrata la figura masculina en este libro? ¿Qué le depara el destino a Marco?

Para mí fue un desafío, porque me interesaba mostrar muchas formas de masculinidad, por eso le dediqué tanto tiempo a la descripción de los personajes. Hay muchas maneras distintas de ser hombre. Lo otro, que creo que está ahí, es la mirada masculina de Marco, una mirada dispuesta desde la otredad, pero por eso no es menos masculino. Él tiene un momento de mucha cercanía con su padre, cuando es niño, antes de que explote su sexualidad, de la misma forma en que lo hace el Volcán Villarrica. Poco a poco se va distanciando de él a medida que va teniendo un camino de aprendizaje, respecto de su sexualidad, entonces, la novela es un continuo camino de aprendizaje de quién es él y también, un reconocimiento de todas las dificultades que le van a significar consolidar esa identidad en el mundo en que vive.

De los años 70 a los 80, pasando por los 90, regresando y adelantándote en el tiempo, la historia inicia en el 2015 y es allí donde termina, va avanzando como entre un vórtice. ¿Qué pueden esperar los lectores de este libro en el que el deseo y el anhelo por recordar parecen más fuertes que las tempestades de la vida al interior de una gota de sangre?

Qué buena pregunta. Creo que no hay deseo más fuerte que llegar a ser quien uno sabe que es. Sencillamente, no creo que nada se le pueda oponer, y si algo se le opone, y uno deja que lo doblegue, terminará por quebrar la dignidad. Bienvenido el anhelo y el deseo de convertirnos en nosotros mismos.

Pablo, ¿qué harás cuando llegue la vejez? ¿Las flores y los libros seguirán presentes?

Ya llegó. Espero poder seguir caminando por mi jardín, leyendo y escribiendo. El otro día le escuché algo a César Aira, le preguntaban qué se necesita para escribir una novela y él respondía: “Juventud”. Una juventud ya madura que sabe cómo la vida cierra sus ciclos, esa energía, esas ganas, ese anhelo, ese deseo de escribir. Y yo decía: “Bueno, entonces, ¿qué va a hacer el resto de su vida? Si ya, supuestamente, ha escrito lo mejor”. Y en lo que dijo estoy de acuerdo: “Me dispongo a disfrutar, muy dulcemente, de mi decadencia”.

 

Noticia publicado en El Espectador:  https://www.elespectador.com/noticias/cultura/convertirnos-en-quienes-realmente-somos-articulo-715256

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