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Luego de trabajar por años en la crianza de caballos de paso fino, el antioqueño Eduardo Peláez Vallejo decidió hace un tiempo dedicarse en cuerpo y alma a las faenas de la escritura. Frutos de esa decisión son sus libros “Retratos”, “Desarraigo”, “Este caballero a caballo” y “Aves de paso”, el más reciente.

 

 

Háblenos de su relación con Manuel Mejía Vallejo y de cómo este vínculo lo ayudó a ser escritor.

Conocí a Manuel Mejía Vallejo a principios de los años ochenta, cuando él iba por sus 60 y yo recorría los 30. La primera vez que hablamos directamente entre nosotros, con la presencia de todo su grupo de amigos, fue el 23 de abril de 1983, en su cumpleaños 60. Y la conversación fue una discusión-pelea verbal que duró toda la noche y hasta las ocho de la mañana siguiente, cuando la borrachera y la fatiga de la argumentación y la repetición nos derribaron en las respectivas camas, ya convertidos en amigos.

A partir de ese día nos comprendimos, nos quisimos y nos respetamos, y la relación nos reunía dos veces cada semana, los martes (yo lo visitaba como a las 2 de la tarde, hasta cualquier hora de la noche) y los sábados, porque vivíamos ambos en fincas en El Retiro, a 25 kilómetros de Medellín y muy cercanas entre sí; y los sábados eran las parrandas de los amigos en su finca (Ziruma), y tomábamos trago, cantaba su mujer (Dora Luz) y hablábamos y reíamos, especialmente empujados por los monólogos interminables y resplandecientes de Manuel.

Con él se hablaba siempre de literatura, porque la literatura era su vida. No he conocido a nadie con una vocación literaria tan absorbente y disfrutada. De manera que las conversaciones de los martes entre los dos eran en realidad mis clases privadas de lectura y escritura, en poesía, cuento y novela, porque se sabía de memoria muchísimos poemas y tenía en la lengua cuentos y novelas de escritores de múltiples épocas y países.

Y cuando supo que yo escribía, porque le mostré el retrato que escribí del dibujante Óscar Jaramillo, nuestro amigo de vida y parranda, se entusiasmó con mi prosa y me empujó cariñosamente para que escribiera. Pero yo sólo le di gusto después de su muerte, en 1998. A partir de ella, por algún mecanismo del espíritu que no logro descifrar, se liberó mi prosa y me dediqué a la escritura.

 

 

Sus tres novelas han sido memorias. ¿Cómo mezcla la ficción con la realidad? ¿Qué le interesa de ambos registros?

No sé qué haré ahora, después de la publicación de Aves de paso, pero hasta el momento he escrito lo que se puede llamar memorias, porque tengo la tara de que prefiero hablar de lo que sé que de lo que tal vez podría imaginar. La memoria es otro nombre del corazón. Y me gusta esta frase de Mauricio Wiesenthal, un maravilloso escritor catalán: “Después de muchos años de ejercer el oficio de escritor, he llegado a la conclusión de que un libro no tiene interés si no lleva dentro una buena parte del corazón de su autor”.

 

 

¿Cómo dialoga su obra con la tradición literaria antioqueña? ¿Qué autores y obras de ésta rescata y valora?

Todos los escritores estamos en la fila de alguna tradición, o de algunas tradiciones. Seguramente pertenezco a alguna o algunas, y sin duda soy antioqueño y me gusta serlo. Pero no pertenezco al estereotipo de la antioqueñidad que han inventado en otras regiones del país para ridiculizar a los paisas, cuyo rasgo primordial es la vulgaridad.

De los escritores antioqueños admiro y disfruto a más de uno, pero voy a mencionar a Gregorio Gutiérrez González, Epifanio Mejía, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff (tan importante como Gabriel García Márquez), Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo y José Manuel Arango. Todos ellos murieron y andan por ahí en mi prosa. Y no voy a mencionar a los vivos, para evitar muertes por emociones positivas o negativas, como felicidad o envidia, pero admiro y respeto a varios hombres y mujeres, y su escritura anda también por ahí en mi prosa.

 

 

Su primer libro en realidad se titula “Retratos” y es una serie de retratos de amigos. ¿Cree que su obra se basa en eso: en retratar personajes, como lo hace ahora con Ricardo y Marta Luz?

Muchas obras de la gran literatura son retratos. Con mencionar a Balzac, Flaubert, Proust, Isaac Bashevis Singer, García Márquez en Cien años de soledad, Giuseppe Tomasi de Lampedusa, es suficiente para decir que los retratos están conectados a la literatura íntimamente y que algunas novelas importantes reposan en retratos de personajes que viven en ellas, tomados de su realidad real o imaginaria. Mi escritura tiene muchos retratos, y cuando en una historia aparece un personaje me gusta hacer al menos su boceto, para saber yo mismo de quién estoy hablando y para que el lector conozca el contenido de un nombre.

Sus libros evidencian un trabajo muy paciente con el lenguaje. ¿Cuáles son sus rutinas de escritura? ¿Cómo encuentra las que en su opinión son las palabras justas?

Mi trabajo con el lenguaje es, más que paciente, íntimo e intenso. Busco las palabras en todos los rincones de mi acervo lingüístico, tratando de que los sonidos y los significados se ensamblen a mi gusto en las frases. Eso es lo que denomino “escribir yo”. No sé a qué llaman escribir ellos, los otros escritores.

Y no tengo rutina de escritura. Escribo cuando me llega la prosa, a cualquier hora de cualquier día o noche. Es algo parecido a eso que algunos han llamado la musa, que otros dicen que es una pose o una mentira. Para mí no es nada diferente a un milagro que me ilumina. Por ejemplo, el 28 de octubre de 2009, a las 3 de la mañana (se cumplían 71 años del matrimonio de mis padres y 18 de la muerte de mi mamá), me despertó, como lo habría hecho un empujón, esta frase, que sentí que me decía mamá: “Antes de cruzar el río San Jorge en la canoa de madera de un solo remo, mi padre escribió su última carta”. Inmediatamente me levanté porque supe que esa era la primera frase de Desarraigo, y la escribí y quedé atado a la escritura hasta el punto final de ese libro, que se publicó en 2011.

 

Noticia publicada en EL ESPECTADOR:  http://www.elespectador.com/noticias/cultura/eduardo-pelaez-vallejo-la-memoria-es-otro-nombre-del-corazon-articulo-698382

 

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