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Charla con el autor español Arturo Pérez-Reverte, excorresponsal de guerra, autor de 25 novelas.
En burdeles de Bangkok, lejos del olor a pólvora y el repiqueteo de las balas, hubo un tiempo en que el joven corresponsal de guerra le prestaba toda su atención a los colegas más veteranos, cuando esos tipos curtidos por la barbarie y el desarraigo narraban –entre copas y desahogos– sus historias de periodistas de trincheras. Pero a aquellos viejos reporteros de guerra, los años “los hacían envejecer muy mal”. 
Desorientados en tiempos de paz, sin la lucidez para interpretar el mundo en aguas serenas, se hundían en un vacío existencial. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) entendió rápido que no quería terminar como ellos. “El periodismo de guerra es bueno mientras uno sepa salirse a tiempo”.
 
'El reposo del guerrero', el libro que lo estrenó como novelista, sobrevino tras la guerra civil angoleña en los 80: “Una enfermedad tropical, de las muchas que he tenido”, confiesa, lo mantuvo meses en Madrid, lejos del ruedo. Para matar el tiempo, se impuso escribir una novela. Luego vendría 'El húsar' y 'El maestro de esgrima', una suerte de reescritura de las novelas de Dumas. Su cuarto libro recompensaría su inventiva. 'La tabla de Flandes' fue un éxito en toda Europa: se fraguaba el novelista.
El hoy autor de 25 novelas exhibe los modos de un dandi y conversa con paciencia de orfebre en un ámbito que desentona con sus recuerdos bélicos: mármoles, copas de cristal y una vista soberbia al río de la Plata, desde el décimo piso del Hotel Alvear de Buenos Aires.
 
Para saber quién es Pérez-Reverte y conocer sus vivencias de guerra, ¿hay que leer ‘El pintor de batallas’?  
Mi biografía está repartida en todas mis novelas. Les presto a mis personajes la mirada que mi vida y mis lecturas me han dejado. Pero 'El pintor de batallas' es una novela autobiográfica. Tiene un 5 por ciento de novelesco: todo lo que cuento, las circunstancias, y hasta la mirada del protagonista, son reales.
 
¿Por qué nunca volvió a abordar ese tipo de registro?
No fue una novela feliz, pero era lo que necesitaba escribir. Durante un año y medio ajusté cuentas con mis recuerdos. Un ejercicio de reflexión personal. Todo ese álbum de fotos oscuras en 21 años de guerra pesaba demasiado y pensé que escribiendo sobre eso ordenaría la memoria. Fue algo duro y profundo, pero esa gimnasia cumplió su cometido. Cerré una puerta. No hubo ni habrá otro libro igual. Ahora escribo para pasarlo bien. Soy un escritor feliz.
 
Esa novela contiene una de las escenas sexuales más magistrales de la literatura contemporánea ¿Es un desafío abordar ese terreno?
No, cada novela tiene su exigencia. En 'Hombres buenos' el almirante lee literatura erótica y hay mucha delicadeza. En 'Falcó', el sexo es más brutal. En 'El pintor', esa escena en Venecia es intensa, porque su historia de amor lo es. Intento que lo erótico esté en sintonía con el contexto general del libro.
 
¿Umberto Eco lo marcó como novelista?
No, pero fue clave por otras razones. Él entendía a la literatura como yo. Cuando empecé a escribir se hacían novelas aburridas; la trama no importaba, pero sí el estilo. En la Argentina hay mucho de eso, escritores que no tienen nada que decir. Una literatura onanista, vaciada de ideas, que se mira al espejo. Estaba escribiendo 'La tabla de Flandes' y al leer 'El nombre de la rosa' tuve la certeza de que no estaba solo ni equivocado. 
 
¿Cuál es el momento de mayor inseguridad al escribir?
Cuando voy por la mitad de la novela. Te pongo un ejemplo del mar: trazas un rumbo y de golpe todo se va al carajo: no te funciona la electrónica, solo tienes la carta náutica y el compás. Calculas el rumbo, pero llevas navegando un día y ya no sabes si vas bien o vas mal, pero ruegas haber hecho bien los cálculos. Pasa igual en la novela: en la mitad dejo de verla desde afuera y pierdo la conciencia de la calidad de mi trabajo. ‘Espero haber hecho bien los cálculos –me digo–, porque ya no puedo ver si voy bien o mal y tengo que seguir’. Es un momento de incertidumbre que, como todo, se sobrelleva con cojones.
 
¿Nunca se hunde?
Es estresante, pero a mí no me hunde nada. Si no lo hizo la guerra… Me hundirán los años, pero no la vida.
 
¿Volvería a elegir esa vida?
Sin duda. La guerra es una forja estupenda para quien sobrevive a ella. Le debo todo. Sin eso, no sería escritor ni sería nada. Te inyecta realidad en dosis muy intensas. De lo peor y lo mejor.
 
¿Y no le dejó traumas?
No visibles, al menos. Soy un tipo estable, duermo bien. Y cuando los recuerdos se hacen demasiado presentes, cojo un libro o voy a navegar, y todo vuelve a su sitio.
 
¿La imaginación no basta para escribir? ¿Hay que vivir primero?
Siempre elegiría la experiencia. Escribir es secundario. Muchos están muertos sin saber que lo están.
 
¿La de los Balcanes fue su guerra más atroz?
En todas vi lo peor. En El Salvador vi cadáveres de niños atados con alambre y quemados con cigarrillos. En el Líbano vi matar prisioneros. Pero los Balcanes fueron muy duros: tres años de continua barbarie.
 
¿Ha usado armas?
Solo una vez. En el 77, en Eritrea. Fue una derrota devastadora. Las fuerzas etíopes atacaron, hubo una matanza y había que huir hacia la frontera con Sudán. ‘Toma un arma y búscate la vida’, me dijeron. Logré cruzar. No recuerdo si llegué a tirar. Como iba armado, los sudaneses me confundieron con un mercenario y me encarcelaron. Además, tenía disentería. Podría haber muerto. Si hay que ir al infierno, ya sé cómo es.
 
En sus novelas asoma cierta mirada indulgente hacia aquel que comete atrocidades…
No es eso. He visto a gente infame hacer cosas maravillosas y a amigos hacer canalladas. En Eritrea me asignaron un soldado, Boldai, que me cuidaba cuando enfermé. Boldai se exponía a fuego enemigo para traerme agua. Cuando la ciudad cayó, lo vi matar prisioneros y violar mujeres. Supe cómo ellas gritan cuando las violan. Y el tipo que lo hacía era mi amigo.
 
¿Cuál fue su reacción?
Imagínate una ciudad ardiendo, llena de muertos, donde se remataba a los heridos y yo diciéndole a Boldai: ‘Oye, no, eso está muy mal’… Al final, todo el mundo –desde aquel que va borracho y atropella a un niño, al que mata para robarse un reloj– encontrará un pretexto para alivianar esas cargas en la conciencia.
 
¿Cuáles son las suyas?
Más que cosas malas en mi vida como reportero fueron las cosas que podría haber hecho y no hice. Son imágenes que me revisitan y que, como todos, también necesito justificar: tenía que transmitir, no era mi guerra, me hubieran matado… Pero los gritos siguen aquí (se toca la cabeza): los de las chicas violadas en Eritrea, los del niño herido que me miraba en Chipre con su oso de peluche; los del chico en Paso de Las Yeguas (Nicaragua) que me pedía ayuda cuando diez tíos de Somoza se lo llevaban...
 
Un concepto muy revertiano: el hombre como ángel y bestia…
Nadie es ciento por ciento hijo de puta. Hasta el más miserable es capaz de un acto de grandeza, lo cual no lo excusa de ser un hijo de puta. En el año 78 viajé a una base argentina en la Antártida y ahí conocí a varios oficiales jóvenes y encantadores de la marina. Tipos elegantes, brillantes, divertidos y nos hicimos muy amigos. Algunos fueron mis contactos durante la guerra de Malvinas. Años después, abro el periódico y reconozco sus fotos. El titular decía: ‘Detuvieron a los represores de la Esma’ (uno de los mayores centros de tortura de la dictadura argentina). Eran Ricardo Cavallo, a quien conocía como Marcelo, y otros. Esto demuestra que no siempre identificas el mal cuando lo tienes cerca. Y eso que soy experto en detectar hijos de puta. A estos ni los olí.
 
¿Por qué dejó El bar de Lola, su espacio los domingos en Twitter?
Porque me cansé de que un simple tuiteo se convirtiera en titular de prensa todos los lunes. Era ridículo que una cosa dicha en tono relajado se tradujera luego en ‘Pérez-Reverte insultó a una feminista’. Mis lectores saben quién soy. Era fatigoso tener que explicar cosas obvias. Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca, y pocos jerarquizan. Dan igual valor a una feminista de barricada que a un premio Nobel.
 
¿Sirve de algo hacerse de enemigos?
Es inevitable, porque la vida significa tomar opciones. El enemigo es útil y es como el mar, que es muy hijo de puta. El saber que está ahí, esperando a que cometas un error para acabar contigo, te da, como decía Conrad, una saludable incertidumbre. Cuando navego solo, pongo el piloto automático y un despertador cada 15 minutos. Duermo en cubierta, atento a los mercantes. El saber que estoy en peligro, me mantiene vivo. La vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más, a recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta.
 
¿No es eso extenuante?
El mundo se divide entre sacerdotes y guerreros: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí me gusta pelear.
 
¿La alta cultura volverá a ser para una élite?
Creo que habrá una cultura popular de masas, más mediocre, diluida, pasteurizada, y otra de élite, de consumo personal, fragmentada en individuos. Una suerte de gueto de culto individual como en plan monacal: el individuo con su biblioteca, su música y sus consumos personales. La cultura tal y como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral e intelectual, está condenada a muerte. Creo que trasmutará en una especie de híbrido, donde se mezclarán Borges con las telenovelas mexicanas; la Mona Lisa y la Venecia de turistas. Será una cultura sin jerarquización, donde para la gente tendrá igual importancia una selfi en la torre Eiffel que asistir a un concierto en la Ópera de Viena. La paradoja es que la cultura ha accedido a lugares impensados, pero ha debido devaluarse para tornarse accesible, con lo cual lo positivo de la cultura se pierde.
 
Como España, Argentina tiene un pasado traumático no resuelto. ¿Se puede aspirar a una historia más neutral para las próximas generaciones?
Eso se logra con cultura y entendiendo que todos tienen muertos en el armario. No hay que negarle al malo que hable. Si Hitler diera hoy una conferencia, habría que ir. Pero hoy se confunde diálogo con apostolado, sin tener en cuenta que todo sirve para comprender. En Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara acompañarlo. Me contó por qué mataba y cómo elegía a sus víctimas. Si hubiera dicho ‘a este no lo saco en el telediario’, habría renunciado a ese conocimiento. Nunca vas a convencer a un hijo de puta de que no lo sea, pero puedes entender por qué lo es.
 
Eso no es muy políticamente correcto…
Me da igual. Lo difícil es complejo y la gente que no acepta las ambigüedades es porque no es culta. He escuchado a asesinos, torturadores, criminales, y eso me ha enriquecido. Pero para eso hay que estar educado. Porque si te acercas sin nada, te arrastra. Hay que ser alumnos continuos de la vida.
 
Una guerra que no sintió para nada ajena
“Cubrí la Guerra de las Malvinas desde Buenos Aires y mi experiencia no fue halagadora. Vi chicos desorientados en una guerra imposible de ganar. Trasmitía para el diario ‘Pueblo’ desde un Entel de la calle Florida y días antes del fin de la guerra venía por la calle y oí que en los bares todos gritaban ‘goooool’. Y pensé: ‘Mientras los chicos están muriendo, estos celebran un gol’. 
Ese día comprendí que Argentina iba a perder y que merecía perder. Siempre he procurado no tomar partido en las guerras, pero en este caso, sin querer, lo tomé. Esos pilotos llamados Sánchez, Pérez, de bigotes, peinados para atrás, que iban con esos cojones contra la flota inglesa, eran italianos, españoles, eran mis primos, mis hermanos. No podía evitar una proximidad psicológica con ellos. Un día llamé exultante al diario: ‘Le hemos dado al Invencible’, dije. ‘Le habrán dado, querrás decir’, me corrigió mi editor. Era mi guerra también, algo rarísimo, al margen de que los ingleses me caen bastante mal”.
Publicado en El Tiempo:  http://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/entrevista-con-arturo-perez-reverte-corresponsal-de-guerra-espanol-111922
 

           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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