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EL UMBRAL DE LA ETERNIDAD

Ken Follett

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Fragmento

Personajes

Estadounidenses

Familia Dewar

Cameron Dewar

Ursula «Beep» Dewar, su hermana

Woody Dewar, su padre

Bella Dewar, su madre

Familia Peshkov-Jakes

George Jakes

Jacky Jakes, su madre

Greg Peshkov, su padre

Lev Peshkov, su abuelo

Marga, su abuela

Familia Marquand

Verena Marquand

Percy Marquand, su padre

Babe Lee, su madre

CIA

Florence Geary

Tony Savino

Tim Tedder, agente medio retirado

Keith Dorset

Otros

Maria Summers

Joseph Hugo, del FBI

Larry Mawhinney, del Pentágono

Nelly Fordham, antigua prometida de Greg Peshkov

Dennis Wilson, asistente de Bobby Kennedy

Skip Dickerson, asistente de Lyndon Johnson

Leopold «Lee» Montgomery, periodista

Herb Gould, redactor jefe del programa televisivo This Day

Recibe antes que nadie historias como ésta

Suzy Cannon, periodista del corazón

Frank Lindeman, dueño de cadena de televisión

Personajes históricos reales

John F. Kennedy, 35.º presidente de Estados Unidos

Jackie, su esposa

Bobby Kennedy, su hermano

Dave Powers, secretario personal del presidente Kennedy

Pierre Salinger, jefe de prensa del presidente Kennedy

Martin Luther King, Jr., presidente de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur

Lyndon B. Johnson, 36.º presidente de Estados Unidos

Richard Nixon, 37.º presidente de Estados Unidos

Jimmy Carter, 39.º presidente de Estados Unidos

Ronald Reagan, 40.º presidente de Estados Unidos

George H. W. Bush, 41.º presidente de Estados Unidos

J. Edgar Hoover, director del FBI

 

 

Ingleses

 

Familia Leckwith-Williams

Dave Williams

Evie Williams, su hermana

Daisy Williams, su madre

Lloyd Williams, parlamentario, su padre

Eth Leckwith, abuela de Dave

Familia Murray

Jasper Murray

Anna Murray, su hermana

Eva Murray, su madre

Músicos de los Guardsmen y Plum Nellie

Lenny, primo de Dave Williams

Lew, batería

Buzz, bajo

Geoffrey, guitarra solista

Otros

Conde Fitzherbert (llamado Fitz)

Sam Cakebread, amigo de Jasper Murray

Byron Chesterfield (verdadero nombre, Brian Chesnowitz), agente musical

Hank Remington (verdadero nombre, Harry Riley), estrella del pop

Eric Chapman, ejecutivo de compañía discográfica

 

 

Alemanes

 

Familia Franck

Rebecca Hoffmann

Carla Franck, madre adoptiva de Rebecca

Werner Franck, padre adoptivo de Rebecca

Walli Franck, hijo de Carla

Lili Franck, hija de Werner y Carla

Maud von Ulrich (de soltera, lady Maud Fitzherbert), madre de Carla

Hans Hoffmann, marido de Rebecca

Otros

Bernd Held, maestro

Karolin Koontz, cantante de folk

Odo Vossler, pastor protestante

Personajes históricos reales

Walter Ulbricht, secretario general del Partido Socialista Unificado de Alemania (comunista)

Erich Honecker, sucesor de Ulbricht

Egon Krenz, sucesor de Honecker

 

 

Polacos

 

Stanisław «Staz» Pawlak, oficial del ejército

Lidka, novia de Cam Dewar

Danuta Górski, activista del sindicato Solidaridad

Personajes históricos reales

Anna Walentynowicz, conductora de grúa

Lech Wałesa, presidente del sindicato Solidaridad

General Jaruzelski, primer ministro

 

 

Rusos

 

Familia Dvorkin-Peshkov

Tania Dvórkina, periodista

Dimka Dvorkin, asistente del Kremlin, hermano mellizo de Tania

Nina, novia de Dimka

Ania Dvórkina, su madre

Grigori Peshkov, su abuelo

Katerina Peshkova, su abuela

Vladímir (siempre llamado Volodia), su tío

Zoya, esposa de Volodia

Otros

Daniíl Antónov, director de noticias de TASS

Piotr Opotkin, redactor jefe de noticias

Vasili Yénkov, disidente

Natalia Smótrova, funcionaria del Ministerio de Exteriores

Nik Smótrov, marido de Natalia

Yevgueni Filípov, ayudante del ministro de Defensa Rodión Malinovski y de su sucesor Andréi Grechko

Vera Pletner, secretaria de Dimka

Valentín, amigo de Dimka

Mariscal Mijaíl Pushnói

Personajes históricos reales

Nikita Serguéyevich Jrushchov, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética

Andréi Gromiko, ministro de Exteriores durante el mandato de Jrushchov

Rodión Malinovski, ministro de Defensa durante el mandato de Jrushchov

Alekséi Kosiguin, presidente del Consejo de Ministros

Leonid Brézhnev, sucesor de Jrushchov

Yuri Andrópov, sucesor de Brézhnev

Konstantín Chernenko, sucesor de Andrópov

Mijaíl Gorbachov, sucesor de Chernenko

Otras nacionalidades

 

Paz Oliva, general cubano

Frederik Bíró, político húngaro

Enok Andersen, contable danés

1

La policía secreta convocó a Rebecca Hoffmann un lunes lluvioso de 1961.

La mañana había empezado como otra cualquiera. Su marido la acompañó al trabajo en su Trabant 500 color canela. Las antaño elegantes calles del centro de Berlín aún conservaban solares arrasados por los bombardeos de la guerra, salvo allí donde se habían construido nuevos edificios de hormigón que se alzaban erguidos como dientes falsos y mal emparejados. Hans iba pensando en su trabajo mientras conducía.

—Los tribunales están al servicio de los jueces, de los abogados, de la policía, del gobierno… de todo el mundo menos de las víctimas de la delincuencia —comentó—. Algo así es de esperar en los países capitalistas occidentales, pero bajo el comunismo los tribunales deberían estar claramente al servicio del pueblo. Mis colegas no parecen darse cuenta de ello. —Hans trabajaba en el Ministerio de Justicia.

—Llevamos casi un año casados y te conozco desde hace dos, pero nunca me has presentado a ninguno de tus colegas —repuso Rebecca.

—Te aburrirían —adujo él de inmediato—. Son todos abogados.

—¿Hay alguna mujer entre ellos?

—No. En mi sección, por lo menos, no.

Hans ocupaba un puesto administrativo: designaba jueces, programaba juicios, gestionaba los tribunales.

—De todas formas me gustaría conocerlos.

Su marido era un hombre fuerte que había aprendido a controlarse. Mientras lo miraba y ante su insistencia, Rebecca percibió en sus ojos un conocido destello de rabia, y vio que la reprimía echando mano de su fuerza de voluntad.

—Ya quedaré con ellos —dijo Hans—. Quizá podríamos ir todos a un bar alguna tarde.

De los hombres que había conocido Rebecca, Hans era el primero que estaba a la altura de su padre. Era seguro y autoritario, pero siempre la escuchaba. Tenía un buen trabajo; no mucha gente disponía de coche propio en la Alemania Oriental. Los hombres que trabajaban para el gobierno solían ser comunistas de la línea dura, pero Hans, por sorprendente que fuera, compartía el escepticismo político de Rebecca. Igual que su padre, era alto, apuesto y vestía bien. Era el hombre al que había estado esperando.

Durante su noviazgo solo dudó de él en una ocasión, y de forma muy breve. Habían sufrido un accidente de tráfico sin importancia. La culpa fue del otro conductor, que había salido de una calle lateral sin detenerse. Cosas como esa sucedían todos los días, pero Hans se puso hecho una furia. Aunque el daño sufrido por ambos coches era mínimo, llamó a la policía, les enseñó su carnet del Ministerio de Justicia y consiguió que detuvieran al otro hombre por conducción temeraria y lo llevaran a la cárcel.

Después se disculpó con Rebecca por haber perdido los estribos. Ella, asustada ante su afán de venganza, había estado a punto de poner fin a la relación, pero Hans le explicó que ese día no era dueño de sí mismo por culpa de las presiones del trabajo, y ella decidió creerlo. Su fe se había visto justificada: Hans nunca volvió a hacer nada semejante.

Cuando llevaban un año saliendo, y seis meses durmiendo juntos casi todos los fines de semana, Rebecca se preguntó por qué no le proponía matrimonio. Ya no eran unos niños: ella tenía entonces veintiocho años y él treinta y tres, así que fue ella quien se lo pidió. A Hans le sorprendió la proposición, pero aceptó.

En ese momento detuvo el coche frente a la escuela donde trabajaba Rebecca. Era un edificio moderno y bien equipado: los comunistas se tomaban muy en serio la educación. Frente a las puertas de la verja, cinco o seis chicos mayores esperaban fumando cigarrillos junto a un árbol. Rebecca no hizo caso de sus miradas insistentes y besó a Hans en los labios. Después bajó del coche.

Los chicos la saludaron con educación, pero ella sintió la avidez con que esos ojos adolescentes devoraban su figura mientras cruzaba el patio de la escuela sin esquivar los charcos.

Rebecca pertenecía a una familia con inclinaciones políticas. Su abuelo había sido socialdemócrata y miembro del Reichstag, el Parlamento alemán, hasta que Hitler llegó al poder. Su madre, concejala del ayuntamiento durante el breve período de democracia que vivió el Berlín oriental tras la guerra, también por el Partido Socialdemócrata. Sin embargo, la Alemania Oriental se había convertido en una tiranía y Rebecca no le veía ninguna utilidad a meterse en política, por lo que había canalizado su idealismo hacia la educación con la esperanza de que la siguiente generación fuese menos dogmática, más compasiva, más lista.

Al llegar a la sala de profesores consultó el horario de sustituciones en el tablón de anuncios. Le habían doblado la mayoría de las clases, así que tendría a dos grupos de alumnos apretujados en una sola aula casi todo el día. Ella impartía la asignatura de ruso, pero también le habían adjudicado una sustitución de inglés. Rebecca no lo hablaba, aunque sí tenía algunas nociones gracias a su abuela inglesa, Maud, que a sus setenta años seguía siendo una mujer batalladora.

Era la segunda vez que le pedían a Rebecca que diera una clase de inglés, y empezó a pensar en algún texto. En la ocasión anterior había utilizado uno de esos panfletos que repartían entre los soldados estadounidenses para explicarles cómo tratar con los alemanes: a los alumnos les había parecido divertidísimo, y también habían aprendido mucho. Ese día quizá escribiría en la pizarra la letra de una canción que todos conocieran, como el Twist, que constantemente sonaba por la radio del ejército de Estados Unidos, la American Forces Network, y les pediría que la tradujeran al alemán. No sería una clase convencional, pero sí lo mejor que podía improvisar.

La escuela adolecía de una grave escasez de profesores porque la mitad del personal había emigrado a la Alemania Occidental, donde los salarios eran de trescientos marcos más al mes y la gente era libre. Lo mismo sucedía en casi todas las escuelas de la Alemania Oriental. Y no se trataba solo de los profesores. Los médicos podían duplicar sus ingresos emigrando a Occidente. La madre de Rebecca, Carla, era jefa de enfermeras en un gran hospital del Berlín oriental y se subía por las paredes a causa de la falta tanto de enfermeras como de médicos. Lo mismo sucedía en la industria, e incluso en las fuerzas armadas. Era una crisis nacional.

Mientras Rebecca apuntaba a toda prisa la letra del Twist en un cuaderno e intentaba recordar aquel verso que hablaba de una hermana pequeña, algo así como «my little sis», el subdirector entró en la sala de profesores. Bernd Held era seguramente el mejor amigo que tenía Rebecca fuera de la familia. Contaba cuarenta años y era un hombre delgado y de cabello oscuro, y tenía una cicatriz lívida que le cruzaba la frente porque lo había alcanzado un fragmento de metralla mientras defendía las colinas de Seelow durante los últimos días de la guerra. Era profesor de física, pero compartía el interés de Rebecca por la literatura rusa, y un par de veces a la semana comían juntos el bocadillo a mediodía.

—Escuchad todos —dijo Bernd—, me temo que traigo malas noticias. Anselm nos ha dejado.

Se produjo un murmullo de sorpresa. Anselm Weber, el director del colegio, era un comunista leal: todos los directores tenían que serlo. Sin embargo, al parecer sus principios se habían visto superados por el atractivo de la prosperidad y la libertad de la Alemania Occidental.

—Yo ocuparé su lugar hasta que se designe un nuevo director —siguió informando Bernd.

Rebecca y los demás maestros de la escuela sabían que, si era cuestión de capacidades, el propio Bernd debía ser elegido para el cargo. Pero Bernd quedaba descartado porque no quería afiliarse al Partido Socialista Unificado, el SED, comunista en todo salvo en el nombre.

Por ese mismo motivo Rebecca jamás llegaría a directora de escuela. Anselm le había suplicado que se uniera al partido, pero eso era imposible. Para ella habría sido como ingresar en un manicomio y fingir que todos los demás internos estaban cuerdos.

Mientras Bernd detallaba las medidas temporales que se tomarían para solventar la emergencia, Rebecca se preguntó cuánto tardaría la escuela en recibir al nuevo director. ¿Un año? ¿Durante cuánto tiempo se prolongaría aquella crisis? Nadie lo sabía.

Antes de la primera clase abrió su casillero, pero estaba vacío. El correo no había llegado aún. Quizá también el cartero se había marchado a la Alemania Occidental.

La carta que pondría su vida patas arriba todavía estaba por llegar.

Impartió su primera clase, en la que comentó el poema ruso El jinete de bronce ante un nutrido grupo de alumnos de diecisiete y dieciocho años. Era una lección que había dado todos los años desde que empezó a trabajar de maestra. Como siempre, guiaba a los chicos hacia el análisis soviético ortodoxo y explicaba que Pushkin resolvía el conflicto entre el interés personal y el deber público en favor de este último.

A la hora de comer Rebecca llevó su bocadillo al despacho del director y se sentó al enorme escritorio, delante de Bernd. Contempló la estantería de baratos bustos de cerámica: Marx, Lenin y el dirigente comunista de la Alemania del Este, Walter Ulbricht. Bernd siguió su mirada y sonrió.

—Anselm ha sido astuto —dijo—. Se ha pasado años fingiendo ser un verdadero creyente y de pronto… ¡Bum! Se va.

—¿No te tienta la idea de marcharte? —preguntó Rebecca—. Estás divorciado, no tienes hijos… Nada te ata.

Él miró a un lado y a otro, como si creyera que alguien podía estar escuchando, después se encogió de hombros.

—Lo he pensado… ¿Quién no? —contestó—. ¿Y tú? Tu padre trabaja en Berlín Oeste, ¿verdad?

—Sí. Tiene una fábrica de televisores, pero mi madre está decidida a quedarse en el Este. Cree que debemos solucionar nuestros problemas, no huir siempre de ellos.

—La conozco. Es una fiera.

—Dice la verdad. Además, la casa donde vivimos pertenece a su familia desde hace generaciones.

—¿Y qué piensa tu marido?

—Vive entregado al trabajo.

—O sea que no tengo que preocuparme por perderte. Bien.

—Bernd… —empezó a decir Rebecca, pero luego vaciló.

—Escúpelo.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?

—Desde luego.

—Dejaste a tu esposa porque te engañaba con otro, ¿verdad?

Bernd se puso tenso, pero contestó.

—Así es.

—¿Cómo lo descubriste?

Él se estremeció, como si de repente hubiera sentido una punzada de dolor.

—¿Te molesta que te lo pregunte? —dijo Rebecca con inquietud—. ¿Es demasiado personal?

—A ti no me importa contártelo —repuso él—. Se lo planteé abiertamente y ella lo admitió.

—Pero ¿qué fue lo que hizo que sospecharas?

—Un montón de pequeñas cosas…

Rebecca lo interrumpió.

—Suena el teléfono, descuelgas y te encuentras con varios segundos de silencio, después la persona del otro lado de la línea cuelga.

Bernd asintió.

—Tu pareja rompe una nota en trozos muy pequeños y los tira por el retrete —siguió explicando Rebecca—. El fin de semana lo convocan a una reunión imprevista. Por las noches pasa horas escribiendo cosas que no quiere enseñarte.

—Ay, vaya —dijo Bernd con tristeza—. Estás hablando de Hans.

—Tiene una amante, ¿verdad? —Dejó su bocadillo en la mesa; había perdido el apetito—. Dime sinceramente lo que piensas.

—Lo siento mucho.

Bernd la había besado una vez cuatro meses atrás, el último día del primer trimestre. Se estaban despidiendo y se habían deseado una feliz Navidad, y entonces él la asió del brazo con suavidad, inclinó la cabeza y le dio un beso en los labios. Rebecca le pidió que no volviera a hacerlo nunca, y le dijo que le gustaría seguir teniéndolo como amigo; al regresar a la escuela en enero, ambos actuaron como si nada de aquello hubiese sucedido. Unas semanas después, Bernd le dijo incluso que tenía una cita con una viuda de la misma edad que él.

Rebecca no quería transmitirle falsas esperanzas, pero él era la única persona con quien podía hablar además de su propia familia, y a ellos no quería preocuparlos. Todavía no.

—Estaba tan segura de que Hans me quería… —dijo, y se le arrasaron los ojos en lágrimas—. Yo lo quiero.

—Tal vez sí te quiere. Hay hombres incapaces de resistir la tentación.

Rebecca no sabía si Hans se sentía satisfecho con su vida sexual. Nunca había protestado, pero solo hacían el amor una vez a la semana más o menos, lo cual ella creía que era poco para estar recién casados.

—Lo único que deseo es tener mi propia familia. Una igual que la de mi madre, donde todos se sientan queridos, apoyados y protegidos —confesó—. Pensaba que con Hans podría tener eso.

—Quizá todavía puedas —repuso Bernd—. Una aventura no tiene por qué ser el final de un matrimonio.

—¿En el primer año?

—No es bueno, lo admito.

—¿Qué voy a hacer?

—Deberías preguntárselo. Puede que lo reconozca o puede que lo niegue, pero así sabrá que te has dado cuenta.

—Y luego ¿qué?

—¿Qué quieres tú? ¿Te divorciarías de él?

Rebecca negó con la cabeza.

—Jamás lo abandonaría. El matrimonio es una promesa. No puedes mantener una promesa solo cuando te va bien. Hay que mantenerla aunque no te apetezca. Ese es su significado.

—Yo hice lo contrario. Debes de creer que actué mal.

—No te juzgo, ni a ti ni a nadie. Solo hablo por mí misma. Quiero a mi marido y deseo que me sea fiel.

La sonrisa de Bernd reflejaba admiración pero también pesar.

—Espero que consigas lo que quieres.

—Eres un buen amigo.

Sonó el timbre de la primera clase de la tarde. Rebecca se levantó y volvió a guardar el bocadillo en su envoltorio de papel. No iba a comérselo, ni en ese momento ni después, pero le horrorizaba tirar la comida, como a la mayoría de quienes habían vivido la guerra.

—Gracias por escucharme —le dijo a Bernd, y se secó los ojos humedecidos con un pañuelo.

—No he sido de mucho consuelo.

—Sí, sí que lo has sido. —Y salió.

Mientras se dirigía al aula de la clase de inglés se dio cuenta de que no había preparado la letra del Twist. De todas formas, llevaba siendo maestra el tiempo suficiente para poder improvisar.

—¿Quién ha oído una canción que se llama el Twist? —preguntó en voz alta al entrar por la puerta.

Todos la conocían.

Se acercó a la pizarra y cogió un trozo de tiza.

—¿Qué dice la letra?

Los alumnos se pusieron a gritar todos a la vez.

«Come on baby, let’s do the Twist», escribió Rebecca en la pizarra.

—¿Cómo se dice eso en alemán? —preguntó entonces, y durante un rato olvidó sus problemas.

En la pausa de la tarde encontró una carta en su casillero. La llevó consigo a la sala de profesores y se hizo un café instantáneo antes de abrirla. Cuando la leyó, la taza se le cayó al suelo.

La única hoja de papel que contenía llevaba el membrete del Ministerio de Seguridad del Estado. Ese era el nombre oficial de la policía secreta; extraoficialmente, todos la conocían como «la Stasi». La carta estaba remitida por el sargento Scholz, quien le ordenaba que se presentara en su despacho de la jefatura para someterse a un interrogatorio.

Rebecca limpió el líquido que había vertido, se disculpó ante sus compañeros, fingió que no sucedía nada y se fue al servicio de señoras, donde se encerró en un compartimento. Necesitaba pensar antes de confiarle aquello a nadie.

En la Alemania del Este todo el mundo estaba al tanto de la existencia de esas cartas, y todo el mundo temía recibir una algún día. Significaba que algo iba mal: puede que ese algo fuera insignificante, pero había llamado la atención de los vigilantes. Por lo que explicaba la gente, sabía que aducir inocencia no servía de nada. Los policías reaccionarían asegurando que debía ser culpable de algo; si no, ¿por qué habrían de interrogarla? Insinuarles que habían cometido un error equivalía a insultar su competencia, lo cual también era delito.

Al leerla otra vez, vio que tenía cita para las cinco de esa misma tarde.

¿Qué había hecho? Su familia era altamente sospechosa, por supuesto. Su padre, Werner, era un capitalista con una fábrica que el gobierno de la Alemania del Este no podía tocar porque estaba en el Berlín occidental. Su madre, Carla, era una socialdemócrata reputada. Su abuela, Maud, hermana de un conde inglés.

Sin embargo, las autoridades llevaban un par de años sin molestar a la familia, y Rebecca había supuesto que su matrimonio con un funcionario del Ministerio de Justicia le habría otorgado cierta respetabilidad. Era evidente que no.

¿Había cometido algún delito? Poseía un ejemplar de Rebelión en la granja, la alegoría anticomunista de George Orwell, que era ilegal. Su hermano pequeño, Walli, tenía quince años, tocaba la guitarra y cantaba canciones protesta estadounidenses como This Land is Your Land. A veces Rebecca pasaba a la parte oeste de la ciudad para ver exposiciones de pintura abstracta. Los comunistas eran tan conservadores en cuestiones de arte como las matronas victorianas.

Se lavó las manos y se miró en el espejo. No parecía asustada. Tenía la nariz recta, la barbilla rotunda y ojos castaños de mirada intensa. Su cabello era oscuro y rebelde, y lo llevaba bien peinado hacia atrás. Como era alta y tenía un aire escultórico, había a quien le resultaba intimidante. Era capaz de enfrentarse a un aula llena de bulliciosos jóvenes de dieciocho años y hacerlos callar con una única palabra.

No obstante, estaba amedrentada. Lo que más miedo le daba era saber que la Stasi podía hacer cualquier cosa. No tenían ninguna limitación real: quejarse de ellos era un delito en sí mismo. Y eso le hizo pensar en el Ejército Rojo al final de la guerra, cuando los soldados soviéticos habían gozado de libertad total para robar, violar y asesinar a alemanes, y habían hecho uso de esa libertad en una bacanal de barbarie indescriptible.

La última clase que Rebecca dio ese día versaba sobre la construcción de la voz pasiva en la gramática rusa y fue un auténtico desastre, fácilmente la peor lección que había impartido desde que se sacó el título de maestra. A los alumnos no les pasó desapercibido que algo iba mal, y Rebecca se emocionó al ver que intentaban ayudarla todo lo posible, incluso haciéndole sugerencias útiles cuando se trababa y no encontraba la palabra adecuada. Gracias a su indulgencia, consiguió llegar hasta el final.

Al terminar las clases, Bernd se encerró en el despacho del director con varios funcionarios del Ministerio de Educación, supuestamente para discutir sobre cómo mantener la escuela abierta aunque faltara la mitad del personal. Rebecca no quería ir a la jefatura de la Stasi sin informar a nadie por si decidían retenerla allí, así que le escribió una nota contándole que la habían citado.

Después tomó un autobús que la llevó por las calles mojadas hasta Normannenstrasse, en Lichtenberg, un barrio de las afueras.

La jefatura de la Stasi era un bloque de oficinas nuevo y horrendo. No estaba terminado; había excavadoras en el aparcamiento y andamios en uno de sus extremos. La construcción ofrecía un rostro adusto bajo la lluvia, aunque tampoco en un día de sol resultaba mucho más alegre.

Al cruzar la puerta, Rebecca se preguntó si volvería a salir de allí.

Atravesó el enorme atrio y presentó su carta en el mostrador de recepción, desde donde un hombre la acompañó arriba en ascensor. Su miedo crecía a medida que subían pisos. Salieron a un pasillo de paredes pintadas de un espantoso color amarillo mostaza y su acompañante la hizo pasar a una sala vacía salvo por una mesa con superficie de plástico y dos sillas incómodas, hechas de tubos metálicos. Se notaba un olor muy fuerte a pintura. Allí la dejó sola.

Estuvo sentada cinco minutos, temblando y esforzándose por no llorar. Le habría gustado ser fumadora: tal vez un pitillo la habría tranquilizado.

Por fin llegó el sargento Scholz, que era algo más joven que Rebecca —ella le echó unos veinticinco años— y llevaba consigo una carpeta delgada. Se sentó, se aclaró la garganta, abrió la carpeta y arrugó la frente. Rebecca pensó que estaba intentando aparentar importancia, y se preguntó si sería su primer interrogatorio.

—Es usted maestra en la Escuela Politécnica de Secundaria Friedrich Engels —dijo.

—Sí.

—¿Dónde vive?

Rebecca contestó, pero seguía desconcertada. ¿Acaso no conocía su dirección la policía secreta? Eso tal vez explicaba por qué le habían enviado la carta a la escuela y no a su casa.

Tuvo que facilitar los nombres y las edades de sus padres y sus abuelos.

—¡Me está mintiendo! —exclamó Scholz con aire triunfal—. Dice que su madre tiene treinta y nueve años y usted tiene veintinueve. ¿Cómo pudo traerla al mundo cuando tenía diez años?

—Soy adoptada —dijo Rebecca, aliviada al verse capaz de ofrecer una explicación inocente—. Mis padres biológicos murieron al final de la guerra, cuando una bomba destruyó nuestra casa.

Por aquel entonces Rebecca tenía trece años. Los proyectiles del Ejército Rojo no dejaban de caer, la ciudad estaba en ruinas y ella se encontraba sola, confusa, aterrorizada. Al ver en ella a una adolescente voluptuosa, un grupo de soldados la habían elegido de entre otras mujeres para violarla. Carla la había salvado ofreciéndose en su lugar. Aun así, aquella terrorífica experiencia había provocado en Rebecca una actitud dubitativa y nerviosa en todo lo referente al sexo. Si Hans no se sentía satisfecho, estaba convencida de que tenía que ser por culpa de ella.

Se estremeció e intentó desterrar el recuerdo.

—Carla Franck me salvó de… —Rebecca se interrumpió justo a tiempo. Los comunistas negaban que los soldados del ejército ruso hubieran cometido violaciones, aunque todas las mujeres que habían estado en la Alemania Oriental en 1945 conocían la horrible verdad—. Carla me salvó —repitió, omitiendo los detalles polémicos—. Más adelante, Werner y ella me adoptaron oficialmente.

Scholz estaba tomando nota de todo. Aquel expediente no podía contener demasiada información, pensó Rebecca, pero algo debía de haber. Si tan poco sabía el sargento sobre su familia, ¿qué era lo que había llamado su atención?

—Es usted profesora de inglés —afirmó.

—No, soy profesora de ruso.

—Está mintiéndome de nuevo.

—No le miento, y tampoco he mentido antes —puntualizó ella con decisión. Le sorprendió verse hablando con él de esa forma desafiante. Ya no estaba tan asustada como hacía un rato, aunque quizá actuara con imprudencia. Puede que él fuera joven e inexperto, se dijo, pero seguía teniendo el poder de destrozarle la vida—. Estoy licenciada en Lengua y Literatura Rusa —siguió explicando, e intentó ofrecer una sonrisa cortés—. Soy la jefa del Departamento de Ruso de mi escuela, pero la mitad de los profesores se han ido a Occidente, y nos vemos obligados a improvisar. Por eso esta última semana he dado dos clases de inglés.

—¡O sea que tengo razón! Y en sus clases contamina las mentes de los niños con propaganda americana.

—Ah, vaya —profirió ella—. ¿Es por el folleto informativo de los soldados norteamericanos?

El sargento leyó una hoja con anotaciones.

—Aquí dice: «Tenga en cuenta que en la Alemania Oriental no hay libertad de expresión». ¿No es eso propaganda americana?

—Les expliqué a los alumnos que los americanos tienen un concepto premarxista de la libertad muy ingenuo —contestó Rebecca—. Supongo que su informante no mencionó nada de eso.

Se preguntó quién sería el chivato. Debía de ser un alumno, o quizá un padre al que le habían hablado de esa clase. La Stasi tenía más espías que los nazis.

—También dice: «Cuando esté en Berlín Este, no se dirija a los agentes de policía para preguntar una dirección. Al contrario que los policías estadounidenses, su cometido no es ayudarle». ¿Qué tiene que decir a eso?

—¿No es verdad? —repuso ella—. Cuando era usted adolescente, ¿alguna vez le pidió a un vopo que le indicara cómo llegar a la estación del U-Bahn? —Los vopos eran agentes de la Volkspolizei, la policía de la Alemania del Este.

—¿No pudo encontrar algo más adecuado para enseñar a unos niños?

—¿Por qué no viene usted a nuestra escuela a dar la clase de inglés?

—¡Yo no hablo inglés!

—¡Tampoco yo! —exclamó Rebecca, y de inmediato lamentó haber alzado la voz.

Sin embargo, Scholz no estaba enfadado. De hecho, en cierto modo parecía intimidado. Era evidente que carecía de experiencia, pero ella no podía permitirse bajar la guardia.

—Tampoco yo —repitió, más calmada—. Así que voy inventando cosas sobre la marcha y aprovecho cualquier material en inglés que llega a mis manos. —Pensó que era el momento de mostrar un poco de falsa humildad—. Es evidente que he cometido un error, y lo siento mucho, sargento.

—Parece usted una mujer inteligente —comentó él.

Rebecca entornó los ojos. ¿Era una trampa?

—Gracias por el cumplido —dijo con un tono neutro.

—Necesitamos personas inteligentes, sobre todo mujeres.

—¿Para qué? —Estaba perpleja.

—Para tener los ojos bien abiertos, ver lo que sucede y hacernos saber cuándo algo va mal.

Rebecca se quedó estupefacta.

—¿Me está pidiendo que sea informante de la Stasi? —preguntó tras unos instantes.

—Es un trabajo importante, solidario —explicó el sargento—. Y fundamental en las escuelas, donde se forma la actitud de los jóvenes.

—Ya veo.

Lo que veía Rebecca era que ese sargento de la policía secreta había metido la pata hasta el fondo. La había investigado en su lugar de trabajo, pero no sabía nada acerca de su conocida familia. Si Scholz hubiese hecho averiguaciones sobre el entorno de Rebecca, jamás se habría dirigido a ella.

Ya imaginaba cómo debía de haber ocurrido. «Hoffmann» era un apellido muy común, y «Rebecca» tampoco era un nombre inusual. Era fácil que un novato cometiera el error de investigar a la Rebecca Hoffmann equivocada.

—Sin embargo, la gente que realiza ese trabajo debe ser absolutamente honrada y digna de confianza —siguió explicando el sargento.

Aquello era tan contradictorio que Rebecca casi no pudo contener la risa.

—¿Honrada y digna de confianza? —repitió—. ¿Para espiar a sus amigos?

—Desde luego. —Por lo visto no había percibido su ironía—. Y, además, tiene ventajas. —El sargento bajó la voz—. Sería usted una de nosotros.

—No sé qué decir.

—No tiene que decidirlo ahora. Vuelva a casa y piénselo. Pero no lo hable con nadie. Debe ser un secreto, evidentemente.

—Evidentemente.

Rebecca empezaba a sentir alivio. Scholz no tardaría mucho en descubrir que no era la persona adecuada para sus propósitos, y retiraría su oferta. Sin embargo, llegado ese punto ya le sería muy difícil dar marcha atrás e intentar incriminarla de nuevo por hacer propaganda del imperialismo capitalista. Tal vez lograra salir indemne de esa.

Scholz se puso de pie y Rebecca siguió enseguida su ejemplo. ¿Era posible que su visita a la jefatura de la Stasi terminara tan bien? Parecía demasiado bueno para ser cierto.

El sargento le sostuvo la puerta con cortesía y luego la acompañó a lo largo del pasillo. Cerca de las puertas del ascensor había un grupo de cinco o seis hombres de la Stasi conversando de forma animada. Uno de ellos le sonaba una barbaridad: era alto y de espaldas anchas, iba algo encorvado y llevaba un traje de franela gris claro que Rebecca conocía muy bien. Se lo quedó mirando, atónita, mientras se acercaba al ascensor.

Era su marido, Hans.

¿Qué hacía allí? Su primer pensamiento, fruto del miedo, fue que también a él lo hubieran sometido a un interrogatorio. Pero un instante después, por la forma en que estaban allí todos reunidos, se dio cuenta de que no lo trataban como a un sospechoso.

¿Qué, entonces? El corazón empezó a latirle con fuerza por el miedo, pero ¿de qué estaba asustada?

Tal vez su trabajo en el Ministerio de Justicia lo llevaba hasta allí de vez en cuando, pensó. Sin embargo, en ese momento oyó a uno de aquellos hombres decir:

—Pero, con el debido respeto, teniente…

Rebecca no pescó el resto de la frase. ¿Cómo que «teniente»? Los funcionarios no tenían rangos militares… ¡a menos que trabajaran para la policía!

Entonces Hans la vio.

Ella percibió todas las emociones que asomaron a su rostro: qué fácil era leerles la mente a los hombres. Al principio frunció el ceño, confuso, igual que si hubiera visto un objeto conocido en un contexto extraño, como una zanahoria en una biblioteca. Después abrió los ojos con espanto al comprender lo que estaba viendo, y su boca se abrió ligeramente. Sin embargo, fue la siguiente expresión la que más desconcertó a Rebecca: sus mejillas se oscurecieron con vergüenza y miró hacia otro lado con los ojos cargados de inequívoco sentimiento de culpa.

Ella no dijo nada durante unos segundos, intentando asimilar todo aquello. Después, sin entender aún lo que veía, se dirigió a él:

—Buenas tardes… teniente Hoffmann.

Scholz los miró con asombro y con miedo.

—¿Conoce usted al teniente?

—Bastante —respondió ella, luchando por no perder la compostura mientras una sospecha cobraba forma en su interior—. Empiezo a preguntarme si no me habrá tenido bajo vigilancia durante un tiempo.

Pero no era posible… ¿verdad?

—¿Ah, sí? —preguntó Scholz como un tonto.

Rebecca se quedó mirando a su marido esperando su reacción ante esa conjetura, con la esperanza de que la desterrara con una risa y enseguida le ofreciera una explicación inocente. Hans había abierto la boca como si fuera a hablar, pero ella se dio cuenta de que no tenía intención de decirle la verdad: al contrario, le pareció que su expresión era la de alguien que intenta inventar una historia a la desesperada pero no consigue que se le ocurra nada para explicar todos los detalles.

Scholz estaba al borde de las lágrimas.

—¡No lo sabía! —exclamó.

—Soy la esposa de Hans —dijo Rebecca sin dejar de mirarlo.

La expresión de su marido volvió a transformarse cuando la culpa dio paso a la rabia, y su rostro se convirtió en una máscara de furia. Al final tomó la palabra, pero no para decirle nada a Rebecca.

—Cierra la boca, Scholz.

Entonces ella estuvo segura, y su mundo se desmoronó a su alrededor.

Scholz estaba demasiado atónito para acatar la orden de Hans.

—¿Es usted… esa señora Hoffmann? —le preguntó a Rebecca.

Hans se movió llevado por el impulso de la rabia y arremetió contra Scholz con un potente derechazo que le dio en toda la cara. El joven se tambaleó hacia atrás con el labio abierto.

—Maldito imbécil —dijo Hans—. Acabas de tirar a la basura dos años de meticuloso trabajo secreto.

—Las llamadas extrañas, las reuniones imprevistas, las notas que rompías en pedazos… —masculló Rebecca.

Hans no tenía una amante.

Era peor que eso.

Se sentía aturdida, pero sabía que aquel era el momento de descubrir la verdad, mientras todos seguían desprevenidos, antes de que empezaran a contar mentiras e inventar tapaderas. Hizo un esfuerzo para no flaquear.

—¿Te casaste conmigo solo para espiarme, Hans? —preguntó con frialdad.

Él se la quedó mirando sin contestar.

Scholz se volvió y se alejó tambaleándose por el pasillo.

—Id tras él —ordenó Hans.

Entonces se abrió el ascensor. Rebecca entró justo cuando Hans gritaba:

—¡Detened a ese idiota y encerradlo en una celda!

Se volvió para hablar con ella, pero las puertas del ascensor se cerraron y Rebecca apretó el botón de la planta baja.

Cruzó el atrio sin ver apenas nada por culpa de las lágrimas. Nadie le dirigió la palabra; sin duda era común encontrar allí a personas llorando. Atravesó el aparcamiento mojado por la lluvia hasta llegar a la parada del autobús.

Su matrimonio era una farsa. Le costaba asimilarlo. Se había acostado con Hans, lo había amado, se había casado con él, y durante todo ese tiempo él la había engañado. Una infidelidad podría considerarse un desliz temporal, pero Hans le había mentido desde el principio. Debió de empezar a salir con ella para poder espiarla.

Era evidente que nunca había tenido intención de casarse. En un principio seguramente no pretendió más que flirtear con ella para poder meterse en casa de la familia. Pero el engaño había funcionado demasiado bien. Debió de resultarle una verdadera sorpresa que ella le propusiera matrimonio. Tal vez se había visto obligado a tomar una decisión: romper con ella y abandonar la vigilancia, o casarse y continuarla. Quizá sus jefes le habían ordenado que aceptara. ¿Cómo podía haberle mentido tan a conciencia?

Un autobús se detuvo en la parada y ella subió. Avanzó con la cabeza gacha hasta un asiento cerca del fondo y se tapó la cara con las manos.

Rememoró su noviazgo. Cada vez que había sacado a colación los temas que se habían interpuesto en sus relaciones anteriores —su feminismo, su anticomunismo, su estrecha relación con Carla—, él le había dado todas las respuestas correctas. Rebecca había creído que los dos eran almas gemelas; tanto, que casi parecía milagroso. Jamás se le había ocurrido que pudiera estar fingiendo.

El autobús avanzó lentamente por el paisaje de escombros viejos y hormigón nuevo en dirección al céntrico barrio de Mitte. Rebecca intentó pensar en su futuro, pero no lo lograba. Lo único que conseguía era volver sobre el pasado una y otra vez. Recordó el día de su boda, la luna de miel, su año de casada, y de pronto lo vio todo como una obra en la que Hans había representado un papel. Le había robado dos años de su vida, y eso la enfureció tanto que dejó de llorar.

Recordó también la tarde en que le había pedido que se casara con ella. Estaban paseando por el Parque del Pueblo, en Friedrichshain, y se detuvieron delante de la vieja Fuente de los Cuentos de Hadas a contemplar las tortugas esculpidas en piedra. Ella se había puesto un vestido azul marino, el color que más la favorecía. Hans, una americana de tweed nueva: aunque la Alemania Oriental era un páramo de la moda, él siempre lograba encontrar buenas prendas. Entre sus brazos, Rebecca se sentía segura, protegida, valorada. Deseaba estar con un hombre para siempre, y ese hombre era él. «¿Por qué no nos casamos, Hans?», le propuso con una sonrisa. Él le dio un beso. «Qué idea más estupenda», respondió.

«Fui una tonta —pensó Rebecca, esta vez con ira—, una tonta y una boba.»

Una cosa quedaba explicada. Hans no había querido tener hijos todavía. Le había dicho que prefería conseguir primero otro ascenso y buscar una casa para ellos solos. Antes de la boda nunca le había comentado nada de todo eso, y a Rebecca le sorprendió, puesto que ya tenían una edad: ella había cumplido los veintinueve años y él los treinta y cuatro. Por fin conocía la verdadera razón.

Cuando se apeó del autobús estaba hecha una furia. Caminó deprisa, luchando contra el viento y la lluvia, hacia la vieja casona de varios pisos donde vivía. Desde el vestíbulo, por la puerta abierta del salón principal, vio que su madre estaba enfrascada en una conversación con Heinrich von Kessel, que también había sido concejal socialdemócrata de la ciudad después de la guerra. Rebecca pasó por delante de la puerta sin decir nada. Su hermana Lili, que tenía doce años, estaba haciendo los deberes en la mesa de la cocina. Oyó el gran piano en la sala de estar; era su hermano Walli, que tocaba un blues. Rebecca subió al piso de arriba, donde compartía dos habitaciones con su marido.

Lo primero que vio al entrar en una de ellas fue la maqueta. Hans había estado trabajando en ella durante todo el año que llevaban casados y su intención era construir un modelo a escala de la Puerta de Brandemburgo con cerillas y pegamento. Todos sus conocidos tenían que guardarle las cerillas gastadas. La maqueta estaba casi terminada y se alzaba sobre una mesita en el centro de la habitación. Ya había acabado el arco central y los laterales, y solo le faltaba la cuadriga, el carro con tiro de cuatro caballos que había en lo alto, lo más difícil.

«Debía de aburrirse mucho», pensó Rebecca con amargura. Estaba claro que aquel proyecto era una forma de pasar las tardes que se veía obligado a estar con una mujer a quien no amaba. Su matrimonio era como esa maqueta, una copia endeble de la realidad.

Se acercó a la ventana y contempló la lluvia. Un minuto después, un Trabant 500 de color canela aparcó junto a la acera y Hans bajó de él.

¿Cómo se atrevía a entrar en la casa?

Rebecca abrió la ventana de golpe sin hacer caso de la lluvia que el viento arrastraba al interior.

—¡Fuera de aquí! —gritó.

Él se detuvo en la acera mojada y levantó la cabeza.

La mirada de Rebecca recayó en un par de zapatos de Hans que había en el suelo, junto a ella. Estaban hechos a mano por un viejo zapatero que había encontrado su marido. Cogió uno y se lo lanzó. Tuvo buena puntería y, aunque él se agachó, el zapato le dio en la coronilla.

—¡Bruja loca! —gritó Hans.

Walli y Lili acudieron a la habitación pero se quedaron en el vano de la puerta, mirando a su hermana mayor como si se hubiera convertido en otra persona, lo cual seguramente era cierto.

—¡Tú te casaste por orden de la Stasi! —gritó Rebecca desde la ventana—. ¿Quién de los dos está loco?

Lanzó el otro zapato y erró el tiro.

—Pero ¿qué haces? —preguntó Lili con voz atemorizada.

—Ha perdido la chaveta… —dijo Walli con una sonrisa burlona.

Fuera, dos transeúntes se detuvieron a mirar y una vecina asomó por un portal para observarlos, fascinada. Hans los fulminó con la mirada. Era un hombre orgulloso, le mortificaba verse humillado en público.

Rebecca miró a su alrededor en busca de algo más para lanzarle y sus ojos se posaron en la maqueta de cerillas de la Puerta de Brandemburgo.

Se sostenía sobre una tabla de contrachapado. La levantó. Pesaba, pero podía moverla.

—Ay, madre —exclamó Walli.

Rebecca llevó la maqueta hasta la ventana.

—¡Ni se te ocurra! ¡Eso es mío! —gritó Hans.

Ella apoyó la base de contrachapado en el alféizar.

—¡Me has destrozado la vida, matón de la Stasi! —replicó.

Una de las mujeres que curioseaban se echó a reír con unas carcajadas desdeñosas y burlonas que resonaron por encima del repiqueteo de la lluvia. Hans se encendió de ira y miró en derredor intentando identificar el origen de ese sonido, pero no lo logró. Que se rieran de él era la peor forma de tortura.

—¡Deja esa maqueta donde estaba, furcia! —rugió—. ¡Llevo un año trabajando en ella!

—El mismo tiempo que llevo yo trabajando en nuestro matrimonio —contestó Rebecca levantando la Puerta de Brandemburgo.

—¡Te lo ordeno! —gritó Hans.

Rebecca inclinó la maqueta por la ventana y la soltó. La madera giró en el aire de tal forma que la tabla quedó hacia arriba y la cuadriga hacia abajo. Parecía tardar mucho en llegar al suelo, y por un instante el tiempo se detuvo para Rebecca. Entonces la madera se estrelló contra el pavimento del patio produciendo un sonido similar al del papel cuando se arruga. La maqueta se hizo pedazos y las cerillas salieron disparadas como en una onda expansiva, cayeron sobre la piedra mojada y quedaron pegadas allí, formando una corona de destrucción. La tabla yacía plana en el suelo; todo lo que sostenía antes había quedado reducido a la nada.

Hans la estuvo mirando un buen rato con la boca abierta por la conmoción.

Cuando al fin se recuperó, señaló a Rebecca con un dedo.

—Escucha bien lo que te digo —advirtió con una voz tan fría que de repente ella sintió miedo—: te arrepentirás de esto, te lo aseguro. Tú y tu familia. Os arrepentiréis de esto el resto de vuestra vida. Te lo prometo.

Volvió a subir al coche y se alejó de allí.

2

La madre de George Jakes le preparó para desayunar beicon y tortitas de arándanos, todo acompañado de gachas de maíz.

—Si me acabo esto tendré que luchar con los pesos pesados —dijo George.

George estaba en setenta y siete kilos y era la estrella de los pesos medios del equipo de lucha de Harvard.

—Come como Dios manda y deja la lucha ya —repuso ella—. No te eduqué para que te convirtieras en un tonto que se dedica a dar puñetazos.

Se sentó frente a él a la mesa de la cocina y sirvió copos de maíz en un cuenco.

George no era tonto, y ella lo sabía. Se hallaba a punto de graduarse en la facultad de derecho de Harvard. Había terminado ya los exámenes finales y estaba bastante seguro de que los había aprobado. Ese día se encontraba en la modesta casa que tenía su madre en el condado de Prince George, Maryland, en las afueras de Washington, D. C.

—Quiero mantenerme en forma —adujo—. Puede que entrene al equipo de lucha de un instituto.

—Eso sí que merece la pena.

George miró a su madre con cariño. Jacky Jakes había sido guapa en sus tiempos, y él lo sabía; había visto fotografías de cuando era adolescente y aún aspiraba a convertirse en una estrella de cine. Todavía se la veía joven, su tez era de esas pieles de color chocolate oscuro a las que no le salían arrugas. «Al negro de raza la arruga no amenaza», decían las mujeres negras. Sin embargo, la boca ancha que le sonreía tan abiertamente desde esas fotos viejas tenía ahora las comisuras vueltas hacia abajo en una expresión de firme determinación. No había llegado a ser actriz, y tal vez nunca tuvo una oportunidad, porque los papeles de mujeres negras, escasos, solían acabar en manos de bellezas mulatas de piel clara. De todas formas, su carrera terminó antes de haber empezado cuando se quedó embarazada de George a la edad de dieciséis años. Jacky se había ganado ese rostro angustiado criándolo ella sola en una casita diminuta de la parte de atrás de Union Station los primeros diez años de su vida, trabajando de camarera e inculcándole siempre a su hijo la importancia de esforzarse, estudiar y ganarse el respeto de los demás.

—Te quiero, mamá —dijo George—, pero aun así me uniré a los Viajeros de la Libertad.

Su madre apretó los labios en un gesto de reproche.

—Tienes veinticinco años —repuso—. Haz lo que te plazca.

—No, eso no es así. Todas las decisiones importantes que he tomado las he hablado siempre contigo. Seguramente siempre lo haré.

—Pues no veo que me hagas caso.

—No siempre, pero sigues siendo la persona más lista que conozco, y eso incluye a todos los de Harvard.

—Solo lo dices para dorarme la píldora —protestó ella, pero su hijo se dio cuenta de que estaba encantada.

—Mamá, el Tribunal Supremo ha dictaminado que la segregación en los autobuses interestatales y las estaciones de autobús es inconstitucional… pero esos sureños se empeñan en desafiar la ley. ¡Tenemos que hacer algo!

—¿Y de qué crees que va a servir que te subas a ese autobús?

—Saldremos de aquí, de Washington, y viajaremos hacia el Sur. Nos sentaremos en la parte de delante, usaremos las salas de espera que son «solo para blancos» y pediremos que nos sirvan en las cafeterías «solo para blancos» y, cuando se nieguen, les diremos que la ley está de nuestra parte y que los delincuentes y los alborotadores son ellos.

—Hijo, ya sé que tienes toda la razón. A mí no tienes que convencerme, entiendo la Constitución, pero ¿qué crees que ocurrirá?

—Supongo que tarde o temprano nos detendrán. Luego habrá un juicio y defenderemos nuestro caso ante el mundo entero.

Ella sacudió la cabeza.

—Espero que sea así de fácil, de verdad.

—¿Qué quieres decir?

—Creciste siendo un privilegiado —contestó su madre—. Por lo menos desde que tu padre blanco volvió a entrar en nuestra vida, cuando tenías seis años. No sabes cómo es el mundo para la mayoría de la gente de color.

—Ojalá no dijeras eso. —George se sentía herido; era la misma acusación que le dirigían los activistas negros, y le molestaba—. Tener un abuelo blanco y rico que me paga los estudios no me convierte en un ciego. Sé lo que está ocurriendo.

—Entonces tal vez sepas que una detención sería lo menos horrible que podría sucederte. ¿Y si la cosa se pone fea?

George era consciente de que su madre tenía razón. Los voluntarios de los Viajeros de la Libertad se arriesgaban quizá a algo peor que la cárcel. Aun así, él solo quería tranquilizarla.

—Me han dado clases de resistencia pasiva —explicó. Todos los seleccionados para el primer viaje de la libertad eran activistas por los derechos civiles con experiencia y se habían sometido a un programa de formación especial que incluía ejercicios basados en juegos de rol—. Un blanco que fingía ser un paleto sureño me llamó «negro de mierda», me zarandeó de aquí para allá y me sacó de la sala arrastrándome por los tobillos… Y yo le dejé hacerlo, aunque podría haberlo tirado por la ventana con un solo brazo.

—¿Qué blanco?

—Un defensor de los derechos civiles.

—No era una situación real.

—Claro que no. Representaba un papel.

—De acuerdo —dijo su madre, y por su tono George supo que quería decir todo lo contrario.

—No sucederá nada, mamá.

—No pienso decir una palabra más. ¿Vas a comerte esas tortitas?

—Mírame —insistió George—. Traje de mohair, corbata fina, pelo muy corto y unos zapatos que brillan tanto que podría usar las punteras como espejo para afeitarme. —Solía vestir siempre con mucha elegancia, pero los Viajeros de la Libertad tenían la consigna de ofrecer un aspecto de respetabilidad absoluta.

—Estás muy guapo, menos por esa oreja de coliflor.

A George se le había deformado la oreja derecha luchando.

—¿Quién querría hacerle daño a un chico de color tan majo como yo?

—No tienes ni idea —respondió ella con una rabia inesperada—. Esos sureños blancos no… —Para consternación de su hijo, se le saltaron las lágrimas—. Ay, Dios mío, es que tengo tanto miedo de que te maten.

George alargó el brazo por encima de la mesa y le apretó la mano.

—Tendré cuidado, mamá, te lo prometo.

Jacky se secó los ojos con el delantal. El chico comió un poco de beicon solo para complacerla, porque en realidad no tenía demasiada hambre. Estaba más nervioso de lo que quería demostrar. Su madre no exageraba. Algunos activistas de los derechos civiles se habían opuesto al movimiento de los Viajeros de la Libertad argumentando que provocaría violencia.

—Vas a estar mucho tiempo en ese autobús —dijo Jacky.

—Trece días, desde aquí hasta Nueva Orleans. Pararemos todas las noches para celebrar mítines y concentraciones.

—¿Qué te llevas para leer?

—La autobiografía de Mahatma Gandhi.

George sentía que debía conocer mejor la figura de Gandhi, cuya filosofía había inspirado las tácticas de protesta no violenta del movimiento de los derechos civiles.

Su madre alcanzó un libro que tenía encima de la nevera.

—Puede que esto te resulte algo más entretenido. Es un éxito de ventas.

Siempre compartían libros. El padre de ella había sido profesor en una facultad para negros, y Jacky había leído mucho desde pequeña. Cuando George era un niño, los dos leían juntos las populares novelas infantiles de los gemelos Bobbsey y los misterios de los Hardy Boys, aunque todos esos personajes eran blancos. Con el tiempo, habían cogido la costumbre de pasarse los libros que les gustaban. George miró el volumen que tenía en la mano. La cubierta de plástico transparente le decía que era un préstamo de la biblioteca pública.

—Matar a un ruiseñor —leyó—. Acaba de ganar el Premio Pulitzer, ¿verdad?

—Y está ambientada en Alabama, adonde vas a ir.

—Gracias.

Unos minutos después se despidió de su madre con un beso, salió de casa cargado con una maleta pequeña y tomó el autobús hacia Washington.

Bajó en la estación central de las líneas interestatales Greyhound, en cuya cafetería se había reunido ya un pequeño grupo de activistas de los derechos civiles. George conocía a algunos de las sesiones de formación. Eran una mezcla de blancos y negros, hombres y mujeres, mayores y jóvenes. Además de una buena decena de viajeros de la libertad, había también algunos organizadores del Congreso para la Igualdad Racial, un par de periodistas de la prensa negra y unos cuantos partidarios. El Congreso para la Igualdad Racial había decidido dividir el grupo en dos, y la mitad saldría desde la estación de las líneas Trailways, al otro lado de la calle. No había pancartas ni cámaras de la televisión; todo era muy discreto, lo cual resultaba tranquilizador.

George saludó a Joseph Hugo, estudiante de Derecho igual que él, un chico blanco con unos ojos azules que llamaban mucho la atención. Juntos habían organizado un boicot contra el restaurante Woolworth’s en Cambridge, Massachusetts. En los locales de la cadena Woolworth’s de casi todos los estados ya no había segregación, pero en el Sur seguían separando a blancos y negros, igual que hacían las líneas de autobuses. Joe solía desaparecer siempre justo antes de las confrontaciones, por lo que George lo había catalogado de cobarde con buenas intenciones.

—¿Vienes con nosotros, Joe? —preguntó intentando que no se le notara el escepticismo en la voz.

Joe negó con la cabeza.

—Solo me he acercado a desearos buena suerte.

Fumaba unos cigarrillos mentolados largos con filtro blanco, y en ese momento daba golpecitos nerviosos con uno en el borde de un cenicero de latón.

—Lástima. Eres del Sur, ¿verdad?

—De Birmingham, Alabama.

—Van a decir que somos forasteros con ganas de pelea. Nos habría ido bien tener a un sureño en el autobús para quitarles la razón.

—No puedo, tengo cosas que hacer.

George no lo presionó. Él mismo estaba también bastante asustado. Si empezaba a debatir sobre los posibles peligros, puede que se convenciera para no ir. Paseó la mirada por el grupo. Se alegró de ver a John Lewis, un estudiante de Teología que impresionaba por su serenidad y era miembro fundador del Comité Coordinador Estudiantil No Violento, el más radical de los grupos pro derechos civiles.

El jefe de los organizadores pidió la atención de todos y se dispuso a ofrecer una breve declaración para la prensa. Mientras estaba hablando, George vio entrar discretamente en la cafetería a un hombre blanco, alto, de unos cuarenta años, que llevaba un traje de hilo arrugado. Era apuesto aunque grueso, y en su rostro se veía el rubor del bebedor. Parecía un pasajero de los autobuses, así que nadie se fijó en él. Se sentó junto a George, le pasó un brazo por los hombros y le dio un breve abrazo.

Era el senador Greg Peshkov, el padre de George.

Su parentesco era un secreto a voces y, aunque nunca se había reconocido públicamente, todos los que trabajaban en Washington lo sabían. Greg no era el único político que tenía un secreto así. El senador Strom Thurmond le había pagado la universidad a la hija de la criada de la familia; se rumoreaba que la chica era suya… lo cual no impedía que Thurmond fuese un segregacionista acérrimo. Cuando Greg se presentó ante su hijo de seis años siendo un completo desconocido para él, le había pedido a George que lo llamara «tío Greg», y jamás habían encontrado un eufemismo mejor.

Greg era egoísta y poco de fiar, pero a su manera se había ocupado de George. De adolescente, el chico había atravesado una larga fase de rabia contra su padre, pero después había llegado a aceptarlo por lo que era y había supuesto que tener medio padre era mejor que no tener ninguno.

—George —dijo Greg en voz baja—, estoy preocupado.

—Mamá también.

—¿Qué te ha dicho?

—Cree que los sureños van a matarnos a todos.

—No creo que eso ocurra, pero sí podrías perder tu trabajo.

—¿Te ha dicho algo el señor Renshaw?

—No, puñetas. Todavía no sabe nada de todo esto, pero no tardará en descubrirlo si te detiene la policía.

Renshaw, nacido en Buffalo, era un amigo de la infancia de Greg, además de socio mayoritario de un prestigioso bufete de abogados de Washington, Fawcett Renshaw. El verano anterior Greg le había conseguido a George una plaza cubriendo unas vacaciones como pasante en el bufete y, tal como habían esperado ambos, el puesto temporal se había convertido en una oferta de trabajo a jornada completa para después de su graduación. Era todo un golpe de efecto: George sería el primer negro en trabajar allí sin formar parte del personal de limpieza.

—Los Viajeros de la Libertad no infringimos la ley —dijo George con cierta nota de crispación en la voz—. Intentamos conseguir que la ley se cumpla. Los delincuentes son los segregacionistas. Esperaba que un abogado como Renshaw lo entendería.

—Lo entiende, pero aun así no puede contratar a un hombre que haya tenido problemas con la policía. Créeme, lo mismo sucedería si fueras blanco.

—¡Pero si estamos del lado de la ley!

—La vida es injusta. Se te acabaron los días de estudiante; bienvenido al mundo real.

—¡Que todo el mundo compre su billete y revise su maleta, por favor! —anunció el jefe.

George se levantó.

—No lograré convencerte para que no vayas, ¿verdad? —preguntó Greg.

Se lo veía tan abatido que George deseó ser capaz de contentarlo, pero no podía.

—No, estoy decidido —respondió.

—Entonces, por favor, al menos intenta ir con cuidado.

George se emocionó.

—Tengo suerte de contar con personas que se preocupan por mí —dijo—. Y lo sé.

Greg le apretó el brazo y se marchó sin llamar la atención.

George se colocó en fila frente a la ventanilla con los demás y compró un billete a Nueva Orleans. Caminó hacia el autobús azul y gris y entregó su maleta para que la metieran en el compartimento de equipajes. El autobús llevaba pintado en el costado un enorme galgo, el perro que daba nombre a la compañía, y también su eslogan: QUÉ COMODIDAD VIAJAR EN AUTOBÚS… Y DEJARNOS LA CONDUCCIÓN A NOSOTROS. George subió al vehículo.

Uno de los organizadores lo dirigió a un asiento situado cerca del conductor, a otros les pidió que ocuparan plazas interraciales. El conductor no prestó mayor atención a los viajeros de la libertad, y los pasajeros corrientes solo parecían sentir una ligera curiosidad. George abrió el libro que le había dado su madre y leyó la primera frase.

Un momento después el jefe de los organizadores le indicó a una de las chicas que se sentara al lado de George. Él la saludó con un gesto de la cabeza, contento. La había visto ya en un par de ocasiones y le gustaba. Se llamaba Maria Summers. Iba arreglada con recato, llevaba un vestido de algodón gris pálido con cuello cerrado y falda amplia. Tenía la misma tez de profundo color oscuro que la madre de George, una preciosa nariz chata y unos labios que le hacían pensar en besarla. Sabía que estudiaba en la facultad de derecho de Chicago y, como él, estaba a punto de graduarse, así que seguramente tenían la misma edad. Suponía que la chica no solo era lista, sino también muy decidida; debía de serlo si había conseguido entrar en la facultad de Chicago con dos puntos en su contra, puesto que era mujer y negra.

George cerró el libro cuando el conductor puso el motor en marcha y arrancó. Maria bajó la mirada hacia su lectura.

—Matar a un ruiseñor —comentó—. El verano pasado estuve en Montgomery, Alabama.

Montgomery era la capital del estado.

—¿Cómo es que fuiste allí? —preguntó George.

—Mi padre es abogado y tenía un cliente que se querelló contra el estado de Alabama. Estuve trabajando para él durante las vacaciones.

—¿Y ganasteis?

—No… Pero no quiero interrumpir tu lectura.

—¡Qué dices! Puedo leer en cualquier otra ocasión. ¿Cuántas veces tiene uno la suerte de estar en un autobús, sentado al lado de una chica tan guapa como tú?

—Madre mía —exclamó ella—. Ya me habían advertido que tenías mucha labia.

—Si quieres, te cuento cuál es mi secreto.

—De acuerdo, ¿cuál es?

—Que soy sincero.

Maria se echó a reír.

—Pero, por favor, no vayas diciéndolo por ahí —pidió él—. Acabarías con mi reputación.

El autobús cruzó el Potomac y puso rumbo hacia Virginia por la Autopista 1.

—Ahora ya estás en el Sur, George —dijo Maria—. ¿No tienes miedo?

—Pues claro que sí.

—Yo también.

La autopista era una franja estrecha y recta que cruzaba kilómetros de bosque de un verde primaveral. Pasaron por ciudades pequeñas donde los hombres tenían tan poco que hacer que se detenían a contemplar el paso del autobús. Pero George no miraba mucho por la ventanilla. Supo que Maria había crecido en una familia estricta, de las que iban siempre a la iglesia, y que su abuelo era predicador. George comentó que iba al templo sobre todo para tener contenta a su madre, y Maria confesó que ella hacía lo mismo. Estuvieron hablando durante todo el trayecto hasta Fredericksburg, situada a unos ochenta kilómetros de Washington.

Los viajeros de la libertad se quedaron callados cuando el autobús entró en aquella pequeña ciudad histórica donde seguía imperando la supremacía blanca. La terminal de Greyhound quedaba entre dos iglesias de ladrillo rojo con puertas blancas, pero el cristianismo no era necesariamente una buena señal en el Sur. Cuando el autobús se detuvo, George vio los lavabos y se sorprendió de que no hubiera encima de las puertas ninguna señal que indicara SOLO BLANCOS Y SOLO NEGROS.

Los pasajeros bajaron del vehículo y se quedaron allí de pie, parpadeando contra el sol. Al mirar con atención, George vio unas marcas de color más claro encima de las puertas de los lavabos y dedujo que habían retirado los carteles de la segregación hacía muy poco.

Los viajeros de la libertad pusieron en marcha su plan de todas formas. Primero un organizador blanco entró en los destartalados servicios de la parte de atrás, que claramente eran los destinados a los negros. Salió de allí ileso, pero esa era la parte más fácil de la misión. George ya se había ofrecido voluntario para ser el negro que desafiara las normas.

—Allá vamos —le dijo a Maria, y se dispuso a entrar en los lavabos limpios y recién pintados a los que sin ninguna duda acababan de retirarles el cartel de SOLO BLANCOS.

Dentro había un joven blanco peinándose el tupé. Miró a George en el espejo pero no dijo nada. George estaba demasiado asustado para orinar, pero tampoco podía volver a salir de allí sin haber hecho nada, así que se lavó las manos. El joven se fue y un hombre mayor entró y se encerró en un compartimento. George se secó las manos en el rollo de toalla. Ya no tenía más que hacer, así que salió.

Los demás estaban esperándolo, y él se encogió de hombros antes de hablar.

—Nada. Nadie ha intentado detenerme, no me han dicho nada.

—Yo he pedido una Coca-Cola en la barra y la camarera me la ha servido —dijo Maria—. Creo que aquí alguien ha decidido evitarse problemas.

—¿Va a ser así durante todo el trayecto hasta Nueva Orleans? —preguntó George—. ¿Piensan actuar como si no ocurriera nada? Y después, cuando nos hayamos ido, ¿impondrán otra vez la segregación? ¡Eso echa por tierra nuestro propósito!

—No te preocupes —replicó Maria—. He conocido a la gente que dirige Alabama. Créeme, no son tan listos.

3

Walli Franck tocaba el piano en la sala de estar del primer piso. El instrumento era un piano de cola Steinway que el padre de Walli mantenía afinado para que la abuela Maud pudiera tocarlo. Walli interpretaba de memoria el riff de la canción A Mess of Blues, de Elvis Presley. Era una pieza en do, lo cual facilitaba las cosas.

Su abuela estaba sentada leyendo las necrológicas del Berliner Zeitung. A sus setenta años, era una mujer delgada y de porte erguido, y llevaba puesto un vestido de cachemira de color azul oscuro.

—Se te da bien ese tipo de música —comentó sin levantar la vista del periódico—. Has heredado mi oído, además de mis ojos verdes. Tu abuelo Walter, que en gloria esté y por quien te pusieron tu nombre, nunca aprendió a tocar ragtime. Intenté enseñarle, pero no hubo manera.

—¿Tú tocabas ragtime? —Walli estaba sorprendido—. Tenía entendido que solo interpretabas música clásica.

—El ragtime nos salvó de morir de hambre cuando tu madre era una cría. Después de la Primera Guerra Mundial, trabajé en un club llamado Nachtleben. Estaba aquí mismo, en Berlín. Aunque me pagaban varios billones de marcos la noche, con eso apenas llegaba para comprar pan. Sin embargo, a veces recibía propinas en moneda extranjera, y dos dólares nos daban para vivir bien una semana.

—Vaya.

A Walli le costaba imaginar a su anciana abuela tocando el piano a cambio de propinas en un club nocturno.

La hermana de Walli entró en la habitación. Lili era casi tres años menor que él, y últimamente no sabía cómo tratarla. Desde que tenía uso de razón, su hermana le había resultado una lata, una especie de hermano pequeño pero más pesado. Sin embargo, desde hacía un tiempo Lili se había vuelto más sensata y, para complicar las cosas, a algunas de sus amigas les habían crecido los pechos.

Walli le dio la espalda al piano y cogió la guitarra. La había comprado hacía un año en una casa de empeños del Berlín occidental, donde seguramente la había dejado en depósito un soldado estadounidense a cambio de un dinero que nunca llegó a devolver. Era una Martin y, aunque le había salido barata, a Walli le parecía bastante buena. Suponía que ni el prestamista ni el soldado habían sabido apreciar su verdadero valor.

—Escucha esto —le dijo a Lili, y empezó a tocar All My Trials, una canción con melodía bahamesa y letra en inglés que había oído en las emisoras de radio occidentales y que, por lo visto, gozaba de popularidad entre los grupos folk estadounidenses.

Los acordes menores la convertían en una pieza melancólica y Walli estaba muy satisfecho con el lánguido punteo de acompañamiento que había improvisado.

Cuando terminó, la abuela Maud miró por encima del periódico.

—Tienes un acento absolutamente espantoso, Walli, querido —dijo en inglés.

—Lo siento.

Maud pasó al alemán.

—Pero cantas muy bien.

—Gracias. —Walli se volvió hacia Lili—. ¿Qué te parece la canción?

—Es un poco deprimente —contestó su hermana—. Puede que me guste más después de oírla varias veces.

—Pues vaya chasco —dijo Walli—. Quería tocarla esta noche en el Minnesänger.

Se trataba de un local de música folk del Berlín occidental, situado en una calle que daba a Kurfürstendamm y cuyo nombre significaba «trovador».

El anuncio sorprendió a Lili.

—¿Vas a cantar en el Minnesänger?

—Es una noche especial. Celebran un concurso donde puede tocar quien quiera. Al ganador le dan la oportunidad de actuar de manera periódica.

—No sabía que ahora se hicieran esas cosas.

—No suelen hacerlo. Se trata de algo excepcional.

—¿No hay que ser mayor para que te dejen entrar en esos sitios? —preguntó la abuela Maud.

—Sí, pero no es la primera vez que voy.

—Walli parece mayor de lo que es —apuntó Lili.

—Ya…

—Nunca has cantado en público, ¿no estás nervioso? —le preguntó Lili a su hermano.

—Y que lo digas.

—Deberías cantar algo más alegre.

—Creo que tienes razón.

—¿Qué te parece This Land is Your Land? Me encanta.

Walli la tocó y Lili cantó a coro con él.

Justo entonces entró Rebecca, su hermana mayor. Walli la adoraba. Después de la guerra, mientras sus padres trabajaban de sol a sol para llevar el pan a casa, Rebecca solía quedarse a cargo de Walli y Lili. Era como una segunda madre, aunque menos estricta.

Además, ¡menuda era Rebecca! Walli había presenciado con pasmo cómo arrojaba por la ventana la maqueta hecha con cerillas de su marido. A Walli nunca le había gustado Hans, y se regocijó en secreto cuando lo vio marchar.

El rumor de que Rebecca se había casado con un oficial de la Stasi sin saber a lo que este se dedicaba en realidad estaba en boca de todos los vecinos. Gracias a ello, Walli había ganado cierto prestigio en la escuela, donde hasta ese momento a nadie se le había ocurrido que los Franck tuvieran nada especial. A las chicas en concreto les fascinaba la idea de que la policía hubiera estado informada de todo lo que se había dicho y hecho en aquella casa durante cerca de un año.

A pesar de que Rebecca era su hermana, Walli sabía apreciar su belleza. Tenía muy buen tipo, y sus bonitas facciones transmitían bondad a la vez que carácter. Sin embargo, en ese momento se dio cuenta de que su hermana había llegado con cara de funeral y dejó de tocar.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Me han despedido —contestó ella.

La abuela Maud bajó el periódico.

—¡Pero eso es un disparate! —exclamó Walli—. ¡Los chicos de tu escuela dicen que eres su mejor maestra!

—Lo sé.

—¿Por qué te han echado?

—Creo que es la forma que tiene Hans de vengarse.

Walli recordó la reacción de Hans al ver la maqueta destrozada y miles de cerillas esparcidas sobre el suelo mojado. «Te arrepentirás de esto», había gritado bajo la lluvia, vuelto hacia la ventana. Walli se lo había tomado como una bravuconada, aunque si lo hubiera pensado bien se habría dado cuenta de que un agente de la policía secreta tenía la potestad de cumplir aquel tipo de amenazas. «Tú y tu familia», había vociferado Hans, con lo que Walli quedaba incluido en la maldición. Se estremeció.

—¿No andan escasos de maestros? —preguntó la abuela Maud.

—Bern Held está hecho una furia —dijo Rebecca—, pero las órdenes vienen de arriba.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lili.

—Buscar otro trabajo. No creo que sea difícil. Las referencias que me ha dado Bernd son muy elogiosas y no hay escuela de la Alemania Oriental que no necesite maestros después de todos los que se han trasladado a la parte occidental.

—Tendrías que hacer lo mismo —opinó Lili.

—Tendríamos que hacerlo todos —matizó Walli.

—Mamá no querrá, ya lo sabes —repuso Rebecca—. Dice que hay que enfrentarse a los problemas, no huir de ellos.

En ese momento entró el padre de Walli, vestido con traje y chaleco de color azul oscuro, algo anticuados aunque elegantes.

—Buenas tardes, Werner, querido —lo saludó la abuela Maud—. Rebecca necesita un trago. La han despedido.

La abuela acostumbraba a recomendar que la gente se sirviera un trago. De ese modo aprovechaba y se servía otro para ella.

—Ya sé lo de Rebecca —contestó el padre de Walli con sequedad—. He hablado con ella.

Estaba de mal humor. Era la única explicación para que se hubiera dirigido de manera tan descortés a su suegra, a quien quería y admiraba. Walli se preguntó qué habría ocurrido para que estuviera tan disgustado.

No tardó en averiguarlo.

—Acompáñame al estudio, Walli —ordenó su padre—. Quiero hablar contigo.

El hombre cruzó las puertas dobles y entró en una salita de menor tamaño que utilizaba a modo de despacho. Walli lo siguió. Su padre tomó asiento detrás del escritorio, aunque Walli sabía que él debía permanecer de pie.

—Hace un mes tuvimos una conversación sobre el tabaco —empezó a decir Werner.

Walli se sintió culpable de inmediato. Empezó a fumar para parecer mayor, pero había acabado tomándole el gustillo y se había convertido en un hábito.

—Me prometiste que lo dejarías —prosiguió su padre.

En opinión de Walli, no era de su incumbencia si fumaba o no.

—¿Lo has dejado?

—Sí —mintió Walli.

—¿Sabes que el tabaco apesta?

—Eso creo.

—Lo he olido en cuanto he entrado en el salón.

Walli se sintió como un bobo. Lo habían pillado diciendo una mentira pueril, cosa que no lo ayudaba a acercar posiciones con su padre.

—Por eso sé que no lo has dejado.

—Entonces, ¿para qué preguntas?

Walli aborreció el tono despectivo que detectó en su propia voz.

—Esperaba que me dijeras la verdad.

—Esperabas poder pillarme.

—Cree lo que quieras. Supongo que llevarás un paquete en el bolsillo.

—Sí.

—Déjalo en la mesa.

Walli lo sacó del pantalón y lo arrojó sobre el escritorio con gesto airado. Su padre cogió la cajetilla y la lanzó con indiferencia al interior de un cajón. Era un paquete de Lucky Strike, no de aquella marca alemana oriental de menor calidad llamada «f6», y además estaba casi entero.

—No saldrás en un mes —dijo su padre—. Así al menos no frecuentarás bares donde la gente toca el banjo y fuma como un carretero.

Walli sintió que el pánico le formaba un nudo en el estómago, aunque intentó conservar la calma y no perder los estribos.

—No es un banjo, es una guitarra. Y no pienso quedarme un mes sin salir.

—No digas tonterías, harás lo que se te ordene.

—Está bien, pero el castigo empieza mañana —dijo Walli a la desesperada.

—Empieza ahora mismo.

—Pero esta noche tengo que ir al Minnesänger.

—Ese es justo el tipo de lugares de los que quiero apartarte.

¡Aquel hombre no atendía a razones!

—No saldré durante un mes a partir de mañana, ¿de acuerdo?

—El castigo no se adaptará según convenga a tus intereses. Eso contradiría su finalidad. Su propósito es causarte molestias.

Cuando su padre estaba de aquel humor, no había forma de que diera su brazo a torcer, pero la frustración ofuscaba a Walli, que lo intentó de todos modos.

—¡No lo entiendes! Esta noche participo en un concurso en el Minnesänger, es una oportunidad única.

—¡No pienso posponer tu castigo para que vayas a tocar el banjo!

—¡Es una guitarra, viejo estúpido! ¡Una guitarra! —vociferó Walli, y abandonó el estudio.

Como era de esperar, las tres mujeres de la habitación contigua lo habían oído todo y se lo quedaron mirando.

—Walli… —dijo Rebecca.

Walli cogió su guitarra y salió de allí.

Cuando llegó a la planta baja todavía no tenía un plan, solo rabia, pero supo qué hacer en cuanto vio la puerta de la calle. Salió de la casa con la guitarra en la mano y cerró dando tal portazo que temblaron las paredes.

Una de las ventanas del primer piso se abrió de sopetón.

—¡Vuelve aquí! ¿Me has oído? ¡Vuelve aquí ahora mismo si no quieres empeorar las cosas! —oyó gritar a su padre.

Walli no se detuvo.

Al principio solo estaba enfadado, pero al cabo de un rato se sintió eufórico. Había desafiado a su padre, ¡incluso lo había llamado «viejo estúpido»! Se encaminó hacia el oeste con paso desenfadado. Sin embargo, la euforia no tardó en desvanecerse y empezó a preguntarse cuáles serían las consecuencias. Su padre no se tomaba la desobediencia a la ligera. Daba órdenes a sus hijos y empleados y esperaba que estos las acataran. Aunque ¿qué iba a hacerle? Walli ya era demasiado mayor para recibir azotainas. Su padre había intentado encerrarlo en casa como si se tratara de una prisión, pero no lo había conseguido. En ocasiones lo amenazaba con sacarlo de la escuela y ponerlo a trabajar en el negocio familiar, pero Walli creía que era una bravuconada. Su padre no se sentiría cómodo con un adolescente lleno de rencor deambulando por su preciosa fábrica. En cualquier caso, Walli tenía la sensación de que al viejo se le ocurriría algo.

La calle por la que caminaba pasaba a pertenecer al Berlín occidental a partir del siguiente cruce. En una de sus esquinas holgazaneaban tres vopos, tres policías de la Alemania Oriental, fumando un cigarrillo. Tenían derecho a dar el alto a cualquiera que cruzara la frontera invisible, aunque resultaba imposible parar a todo el mundo ya que eran decenas de miles de personas las que atravesaban a diario, entre ellas muchos Grenzgänger, berlineses orientales que trabajaban en el lado occidental a cambio de sueldos mayores, que recibían en valiosos marcos alemanes. El padre de Walli era un Grenzgänger, aunque él trabajaba para obtener beneficios, no a cambio de un sueldo. El propio Walli cruzaba al menos una vez a la semana, por lo general para ir con sus amigos a los cines del Berlín occidental, donde proyectaban películas estadounidenses con escenas eróticas y violentas, más emocionantes que las fábulas moralizadoras de las salas comunistas.

En la práctica, los vopos paraban a quienes les llamaban la atención. Las familias que pretendían pasar al completo, padres e hijos juntos, tenían muchas probabilidades de que les dieran el alto, ya que levantaban la sospecha de querer abandonar la zona oriental de manera definitiva, sobre todo si llevaban equipaje. Otro grupo de personas a quienes los vopos disfrutaban acosando eran los adolescentes, en especial si vestían a la moda occidental. Muchos chicos del Berlín oriental pertenecían a pandillas que desafiaban el orden establecido, como los Texas Gang, los Jeans Gang o la Asociación de Admiradores de Elvis Presley. Odiaban a la policía y la policía los odiaba a ellos.

Walli llevaba unos pantalones negros normales y corrientes, una camiseta blanca y un chubasquero marrón claro. Consideraba que tenía un aspecto moderno, un poco a lo James Dean, pero no tanto como para que lo tomaran por miembro de una pandilla. Sin embargo, la guitarra podía hacer que se fijaran en él. Era el símbolo por antonomasia de lo que llamaban la «incultura americana», era incluso peor que un cómic de Superman.

Cruzó la calle procurando no mirar a los vopos. Con el rabillo del ojo creyó ver que uno de ellos se había fijado en él, pero no le dijeron nada y cruzó al mundo libre sin que le dieran el alto.

Subió a un tranvía que bordeaba el lado sur del parque hasta Ku’damm mientras iba pensando que lo mejor del Berlín occidental era que absolutamente todas las chicas llevaban medias.

Se dirigió al Minnesänger Club, un sótano situado en una calle que desembocaba en Ku’damm y donde servían cerveza suave y salchichas de Frankfurt. Había llegado pronto, pero el local ya había empezado a llenarse. Walli habló con el joven dueño del lugar, Danni Hausmann, y se apuntó en la lista de participantes. Pidió una cerveza sin que nadie le preguntara cuántos años tenía. Había un montón de chicos con guitarra, igual que él, casi el mismo número de chicas y alguna que otra persona de mayor edad.

El concurso empezó una hora después. Cada participante concursaba con dos canciones. Algunos de los competidores eran aficionados sin demasiado futuro que se limitaban a tocar acordes sencillos, pero, para consternación de Walli, había varios guitarristas más diestros que él. Casi todos se parecían a los artistas estadounidenses cuyo material copiaban. Tres hombres vestidos como The Kingston Trio interpretaron Tom Dooley, y una chica morena de pelo largo y con una guitarra cantó The House of the Rising Sun igual que Joan Baez y se ganó los aplausos y las ovaciones del público.

Una pareja algo mayor y vestida de pana subió al escenario y escogió una canción bucólica titulada Im Märzen der Bauer, con acompañamiento de acordeón. Se trataba de música folk, aunque no la que deseaba oír aquel público. Obtuvieron una ovación inesperada, pero estaban desfasados.

Walli aguardaba su turno, cada vez más impaciente, cuando se le acercó una chica guapa. Le ocurría a menudo. Él creía tener un rostro raro, con aquellos pómulos altos y los ojos almendrados, como si fuera medio japonés, pero muchas chicas lo consideraban atractivo. Aquella en concreto dijo que se llamaba Karolin y parecía un año o dos mayor que él. Era rubia, y su melena, larga, lacia y con la raya peinada en medio, enmarcaba un rostro ovalado. Lo primero que pensó Walli fue que era idéntica a las demás chicas aficionadas al folk, pero la sonrisa deslumbrante de aquella lo dejó sin respiración.

—Iba a participar en el concurso con mi hermano y su guitarra, pero me ha fallado. Supongo que no te apetecerá formar un dúo conmigo, ¿verdad?

El primer impulso de Walli fue rechazar la oferta. Tenía un repertorio de canciones y ninguna se había escrito para un dúo, pero Karolin era encantadora y él necesitaba una razón para seguir hablando con ella.

—Tendríamos que ensayar —dijo sin demasiada convicción.

—Podemos salir fuera. ¿Qué ibas a tocar?

—All My Trials y luego This Land is Your Land.

—¿Qué te parece Noch Einen Tanz?

No formaba parte del repertorio de Walli, pero se sabía la melodía y no era complicada.

—Ni se me había pasado por la cabeza tocar una pieza cómica —comentó.

—Al público le encantará. Tú puedes cantar la parte del hombre, en la que le dice a la mujer que se vaya a casa a cuidar de su marido enfermo, a continuación yo canto lo de «un baile más y ya está», y luego podemos hacer juntos el último verso.

—Probemos.

Salieron del local. Estaban a principios de verano y todavía había luz, de modo que se sentaron a ensayar en los escalones de un portal. Sus voces combinaban bastante bien y Walli improvisó una armonía en el verso final.

Pensó que Karolin tenía una voz de contralto pura que podía levantar pasiones, por lo que propuso que la segunda canción fuera triste, para contrastar. Karolin rechazó All My Trials porque le resultaba demasiado deprimente, pero le gustaba Nobody’s Fault But Mine, un espiritual lento. Cuando lo ensayaron, a Walli se le erizó el vello de la nuca.

Un soldado estadounidense que entraba en el local les sonrió.

—¡Dios mío, si son los gemelos Bobbsey! —exclamó en inglés.

Karolin se echó a reír.

—Creo que nos parecemos mucho, los dos somos rubios y tenemos los ojos verdes. ¿Quiénes son los gemelos Bobbsey?

Walli no se había fijado en el color de los ojos de Karolin y le resultó halagador que ella en cambio sí lo hubiera hecho.

—La primera vez que oigo hablar de ellos —contestó.

—No importa, no suena mal como nombre de dúo. Igual que los Everly Brothers.

—¿Necesitamos un nombre?

—Sí, si ganamos.

—De acuerdo. Volvamos dentro. Ya casi debe de ser nuestro turno.

—Una cosa más —dijo ella—. Cuando cantemos Noch Einen Tanz, tendríamos que mirarnos de vez en cuando y sonreír.

—Está bien.

—Como si fuéramos novios, ¿entiendes? Quedará bien en el escenario.

—Perfecto.

No le costaría nada sonreír a Karolin como si fuera su novia.

Dentro, una chica rubia cantaba Freight Train y tocaba la guitarra. No era tan guapa como Karolin, pero sus encantos eran más evidentes. A continuación, un guitarrista consumado tocó un blues con punteos complicados y, acto seguido, Danni Hausmann pronunció el nombre de Walli.

El chico se puso tenso en cuanto estuvo frente al público. Casi todos los guitarristas tenían sofisticadas correas de cuero, pero él ni siquiera se había molestado en agenciarse una, por lo que utilizaba un trozo de cuerda para colgarse la guitarra del cuello. En ese momento deseó tener una.

—Buenas noches, somos los Bobbsey Twins —anunció Karolin.

Walli tocó un acorde, empezó a cantar y descubrió que ya no le importaban las correas. Se trataba de un vals, y él acompañó la melodía rasgueando la guitarra con desenfado. Karolin le dio la réplica en su papel de licenciosa mujer de vida alegre y Walli contestó a su vez transformado en un envarado teniente prusiano.

El público rió.

Y algo le ocurrió a Walli en ese momento. Lo que había oído no era más que la risita colectiva de agradecimiento de un público que apenas superaba el centenar de personas, pero aun así le provocó una sensación que no había experimentado antes, una sensación que se parecía ligeramente al placer que produce la primera calada de un cigarrillo.

Los asistentes rieron en otras tantas ocasiones y al final de la canción rompieron a aplaudir con estruendo.

Aquello le complació incluso más.

—¡Les gustamos! —le susurró Karolin, emocionada.

Walli empezó a tocar Nobody’s Fault But Mine, rasgueando las cuerdas metálicas con la punta de los dedos para acentuar el dramatismo de las melancólicas séptimas, y el público enmudeció. Karolin se transformó y se convirtió en una mujer perdida, sumida en la desesperación. Walli observó a la gente. Nadie hablaba. Una mujer tenía lágrimas en los ojos y el chico se preguntó si habría vivido lo que Karolin estaba cantando.

La concentración silenciosa era incluso mejor que las risas.

Al final, los ovacionaron y les pidieron que siguieran tocando.

Las normas establecían que cada concursante solo podía interpretar dos canciones, así que Walli y Karolin bajaron del escenario, haciendo oídos sordos a las peticiones de bises; pero Hausmann les pidió que volvieran a subir. No habían ensayado una tercera canción y se miraron, presa del pánico.

—¿Conoces This Land is Your Land? —le preguntó Walli entonces, y Karolin asintió con la cabeza.

El público coreó la canción, por lo que Karolin se vio obligada a cantar más alto, y a Walli le sorprendió su potencia de voz. Él cantó en tono agudo y la combinación de ambas voces se elevó por encima de la del público.

Walli estaba entusiasmado cuando por fin bajaron del escenario. A Karolin le brillaban los ojos.

—¡Nos ha salido muy bien! —exclamó ella—. Eres mejor que mi hermano.

—¿Tienes tabaco? —preguntó Walli.

Se sentaron a fumar mientras veían el concurso.

—Creo que hemos sido los mejores —comentó él cuando acabó, al cabo de una hora.

Karolin se mostró más cauta.

—Les ha gustado la chica rubia que ha cantado Freight Train —dijo.

Por fin anunciaron el resultado.

Los Bobbsey Twins quedaron segundos.

La ganadora fue la doble de Joan Baez.

Walli estaba indignado.

—¡Pero si ni siquiera sabía tocar! —protestó.

Karolin se lo tomó con más filosofía.

—La gente adora a Joan Baez.

El local empezó a vaciarse y Walli y Karolin se encaminaron hacia la puerta. Walli parecía desanimado. Estaban saliendo cuando Danni Hausmann los llamó. Tenía veintitantos años y vestía a la moda, de manera informal, con un jersey negro de cuello vuelto y vaqueros.

—¿Podríais tocar media hora el lunes? —preguntó Danni.

Walli estaba demasiado sorprendido para contestar.

—¡Claro! —se apresuró a decir Karolin.

—Pero ha ganado la imitadora de Joan Baez —protestó Walli, aunque enseguida se preguntó de qué se quejaba.

—Vosotros dos parecéis saber cómo tener al público contento más de una o dos canciones. ¿Contáis con repertorio para una actuación completa?

Una vez más Walli vaciló y Karolin se le adelantó de nuevo.

—El lunes lo tendremos —aseguró.

Walli recordó que su padre había pensado encerrarlo en casa durante un mes, pero prefirió no mencionarlo.

—Gracias —dijo Danni—. Os toca el primer turno, el de las ocho y media, así que venid a las siete y media.

Se sentían eufóricos cuando salieron a la luz de las farolas. Walli no sabía qué iba a hacer respecto a su padre, pero estaba convencido de que todo saldría bien.

Resultó que Karolin también vivía en el Berlín oriental, así que tomaron un autobús y empezaron a hablar de lo que tocarían la semana siguiente. Había montones de canciones folk que ambos conocían.

Bajaron del autobús y se encaminaron hacia el parque. Karolin frunció el ceño.

—El tipo de detrás… —dijo.

Walli se volvió un instante. Un hombre ataviado con gorra caminaba a unos treinta o cuarenta metros por detrás de ellos, fumando un cigarrillo.

—¿Qué le pasa?

—¿No estaba en el Minnesänger?

El hombre evitó la mirada de Walli, a pesar de que este lo escrutó con atención.

—Yo diría que no —dijo—. ¿Te gustan los Everly Brothers?

—¡Sí!

Walli empezó a tocar All I Have to Do is Dream mientras caminaban, rasgueando la guitarra que seguía llevando colgaba del cuello con una cuerda. Karolin se le unió con entusiasmo y la corearon juntos mientras atravesaban el parque. A continuación Walli atacó el éxito de Chuck Berry Back in the USA.

Estaban cantando el estribillo a grito pelado, «Cómo me alegro de vivir en Estados Unidos», cuando Karolin se detuvo en seco.

—¡Calla! —exclamó.

Walli se dio cuenta de que habían llegado a la frontera y vio a tres vopos que los observaban con mirada aviesa bajo la luz de una farola.

Walli calló de inmediato, esperando haber parado a tiempo.

Uno de los policías, un sargento, miró algo más allá de Walli, quien se volvió un instante y vio que el hombre de la gorra asentía con un breve gesto de cabeza. El sargento se acercó a ellos.

—Papeles —dijo.

El hombre de la gorra habló por un walkie-talkie. Walli frunció el ceño. Por lo visto Karolin tenía razón y los habían seguido. En ese momento se le ocurrió que tal vez Hans estuviera detrás de todo aquello.

¿De verdad podía llegar a ser tan mezquino y vengativo?

Sí, podía.

El sargento revisó el documento de identidad de Walli.

—Solo tienes quince años. No deberías estar en la calle a estas horas.

Walli se mordió la lengua. No valía la pena discutir con ellos.

El sargento echó un vistazo al documento de identidad de Karolin.

—¡Tú tienes diecisiete años! ¿Qué andas haciendo con este crío?

Aquello hizo que Walli recordara la discusión con su padre y no pudo contenerse.

—No soy ningún crío.

El sargento lo ignoró.

—Podrías salir conmigo —le dijo a Karolin—. Con un hombre de verdad.

Los otros dos vopos rieron en señal de aprobación.

Karolin no dijo nada, pero el sargento volvió a la carga.

—¿Qué dices? —insistió.

—Debe de estar loco —contestó Karolin, en voz baja.

El hombre se ofendió.

—Vaya, eso ha sido una grosería —dijo.

No era la primera vez que Walli veía reaccionar a los hombres de aquella manera. Si una chica no les hacía caso, se indignaban; sin embargo, cualquier otra respuesta era considerada una insinuación. ¿Qué se suponía que debían hacer las mujeres?

—Devuélvame mi carnet, por favor —pidió Karolin.

—¿Eres virgen? —preguntó el sargento.

Karolin se sonrojó.

Una vez más, los otros dos policías se rieron con burla.

—Deberían ponerlo en los documentos de identidad de las mujeres —prosiguió el hombre—. Virgen o no virgen.

—Basta ya —intervino Walli.

—Soy delicado con las vírgenes.

Walli estaba furioso.

—¡Ese uniforme no le da derecho a molestar a las chicas!

—¿Ah, no?

El sargento no les devolvió los documentos de identidad.

Un Trabant 500 de color canela se detuvo y Hans Hoffmann bajó del vehículo. Walli empezó a preocuparse de verdad. ¿Cómo se había metido en aquel lío? Lo único que había hecho era cantar en el parque.

Hans se acercó a ellos.

—Enséñame eso que llevas colgado del cuello —ordenó.

—¿Por qué? —preguntó Walli haciendo acopio de coraje.

—Porque sospecho que está siendo utilizado para introducir propaganda imperialista capitalista en la República Democrática Alemana de manera clandestina. Dámela.

La guitarra significaba tanto para Walli que se resistió a obedecer a pesar de lo asustado que estaba.

—Y si no lo hago, ¿qué? —dijo—. ¿Van a detenerme?

El sargento se frotó los nudillos de una mano con la palma de la otra.

—Sí, al final sí —contestó Hans.

A Walli lo abandonaron las fuerzas. Se pasó la cuerda por encima de la cabeza y le entregó la guitarra a Hans.

Este la cogió como si fuera a tocarla, rasgueó las cuerdas y cantó en inglés:

—You ain’t nothing but a hound dog…

Los vopos se desternillaban de risa.

Por lo visto, hasta la policía escuchaba emisoras de música pop.

Hans metió la mano por debajo de las cuerdas e intentó palpar por dentro la boca de la guitarra.

—¡Ten cuidado! —pidió Walli.

La primera cuerda se rompió con un sonido metálico.

—¡Es un instrumento musical delicado! —insistió, desesperado.

Las cuerdas impedían que Hans pudiera inspeccionar la guitarra adecuadamente.

—¿Alguien tiene una navaja? —preguntó.

El sargento rebuscó en el interior de su chaqueta y sacó una navaja de hoja ancha que desde luego no formaba parte del equipamiento habitual, de eso Walli estaba seguro.

Hans intentó cortar las cuerdas, pero eran más resistentes de lo que había pensado. Consiguió seccionar la segunda y la tercera, pero todo fue inútil con las más gruesas.

—Dentro no hay nada —dijo Walli con tono de súplica—. Se nota por el peso.

Hans lo miró, sonrió y a continuación hundió la navaja con fuerza en la caja de resonancia, cerca del puente.

La hoja atravesó la madera y Walli gritó, desolado.

Complacido ante aquella reacción, Hans empezó a abrir toscos agujeros por toda la guitarra. La superficie ya apenas ofrecía resistencia y la tensión de las cuerdas hizo que el puente y la madera que lo rodeaba se separaran de la tapa del instrumento. Hans arrancó el resto, y el interior de la guitarra quedó a la vista. Recordaba a un ataúd vacío.

—No hay propaganda —anunció—. Felicidades, eres inocente.

Le tendió la maltrecha guitarra a Walli y este la aceptó.

El sargento les devolvió los documentos identificativos con una sonrisa burlona.

A continuación Karolin asió a Walli por el brazo y se lo llevó de allí.

—Venga —dijo en voz baja—. Vámonos de aquí.

Walli dejó que tirara de él. Apenas veía por dónde caminaba. No podía dejar de llorar.

4

George Jakes subió a un autobús de la compañía Greyhound en Atlanta, Georgia, el domingo 14 de mayo de 1961, día de la Madre.

Estaba asustado.

Maria Summers iba a su lado. Siempre se sentaban juntos, se había convertido en una costumbre y todo el mundo daba por hecho que el asiento vacío junto al de George estaba reservado para Maria.

Entabló conversación con ella tratando de ocultar su nerviosismo.

—Bueno, ¿y qué te ha parecido Martin Luther King?

King presidía la Conferencia del Liderazgo Cristiano del Sur, uno de los grupos más importantes de defensa de los derechos civiles. Lo habían conocido la noche anterior, durante una cena que se había celebrado en uno de los restaurantes de Atlanta regentados por negros.

—Es un hombre extraordinario —comentó Maria.

George no estaba tan seguro.

—Dijo cosas muy buenas sobre los Viajeros de la Libertad, pero no viene con nosotros en el autobús.

—Ponte en su lugar —contestó Maria con absoluta calma—. Preside otro grupo de defensa de los derechos civiles. Un general no puede pasar a ser soldado raso en el regimiento de otro.

George no lo había mirado desde ese punto de vista. Maria era muy inteligente.

George se sentía medio enamorado. No veía el momento de quedarse a solas con ella, pero la gente en cuyas casas se hospedaban los viajeros de la libertad eran respetables e íntegros ciudadanos negros, muchos de ellos cristianos devotos que jamás permitirían que nadie utilizara su habitación de invitados para besuquearse. Además, por atractiva que fuera, lo único que hacía Maria era sentarse al lado de George, hablar con él y reír sus salidas ingeniosas. Jamás buscaba ese pequeño contacto físico que decía que una mujer quería algo más que una amistad: no le tocaba el brazo, ni aceptaba su mano para bajar del autobús, ni se arrimaba a él en medio de una multitud. No coqueteaba. Puede que incluso fuera virgen a sus veinticinco años.

—Estuviste hablando con King un buen rato —dijo George.

—Si no fuera predicador, diría que me tiraba los tejos —repuso ella.

George no supo cómo reaccionar ante aquello. A él no le sorprendería que un predicador intentara seducir a una chica tan encantadora, por lo que pensó que Maria no conocía a los hombres.

—Yo hablé un poco con él.

—¿Y qué te dijo?

George vaciló. Las palabras de King eran el motivo de su angustia. En cualquier caso, decidió contárselo. Maria tenía derecho a saberlo.

—Que no vamos a llegar a Alabama.

Maria palideció.

—¿En serio te dijo eso?

—Eso fue exactamente lo que dijo.

Ahora ambos estaban asustados.

El Greyhound arrancó y salió de la estación.

Los primeros días George había temido que el Viaje de la Libertad fuera demasiado pacífico. Los usuarios habituales de la línea no reaccionaban ante los negros que ocupaban los asientos incorrectos, y a veces incluso coreaban sus canciones. No había ocurrido nada cuando los viajeros de la libertad habían desobedecido los carteles de las estaciones de autobús en los que se leía SOLO BLANCOS Y NEGROS. Algunas ciudades incluso habían tapado esos carteles con pintura. George temía que los segregacionistas hubieran dado con la estrategia perfecta. No había altercados ni publicidad, y a los viajeros de la libertad negros se les servía con suma educación en los restaurantes de blancos. Todas las tardes bajaban de los autobuses, asistían sin problemas a los encuentros programados, que por lo general se celebraban en iglesias, y a continuación pasaban la noche en casa de simpatizantes. Sin embargo, George estaba convencido de que los carteles volvían a colocarse en cuanto abandonaban la ciudad y de que la segregación regresaba. Si era así, entonces el Viaje de la Libertad habría sido una pérdida de tiempo.

La ironía era pasmosa. Desde que tenía uso de razón, a George le había dolido y enfurecido el mensaje reiterado, a veces implícito, aunque a menudo expresado en voz alta, de que él era inferior. Daba igual que superara en inteligencia al noventa y nueve por ciento de los estadounidenses blancos. O que fuera trabajador, educado y vistiera con propiedad. Siempre había blancos repulsivos, demasiado lerdos o demasiado vagos para hacer algo que requiriera mayor esfuerzo que servir bebidas o poner gasolina, que lo miraban por encima del hombro. No podía entrar en unos grandes almacenes, tomar asiento en un restaurante o solicitar un puesto de trabajo sin preguntarse si lo atenderían, le pedirían que se fuera o lo rechazarían por el color de su piel. Aquello lo llenaba de resentimiento. Sin embargo, por paradójico que fuera, en esos momentos le decepcionaba que no sucediera nada de aquello.

Mientras tanto, la Casa Blanca no acababa de decidirse. El tercer día del Viaje de la Libertad, el secretario de Justicia, Robert Kennedy, había pronunciado un discurso en la Universidad de Georgia durante el que había prometido hacer cumplir los derechos civiles en el Sur. A continuación, tres días después su hermano, el presidente, había dado marcha atrás retirando el apoyo a dos proyectos de ley de derechos civiles.

George se preguntó si no sería ese el modo en que ganarían los segregacionistas, evitando el enfrentamiento y siguiendo adelante como si nada.

No, no lo sería. La paz solo duró cuatro días.

Al quinto día de viaje, uno de sus miembros fue encarcelado por empeñarse en defender su derecho a que le limpiaran los zapatos.

La violencia estalló al sexto.

La víctima fue John Lewis, el estudiante de Teología. Unos matones lo agredieron en Rock Hill, Carolina del Sur, en un lavabo para blancos. Lewis dejó que le propinaran puñetazos y lo patearan sin oponer resistencia. George no había presenciado el incidente, lo cual tal vez era bueno porque no creía que hubiera podido emular el autodominio de Lewis, tan afín a Gandhi.

Él había leído pequeñas reseñas sobre el suceso en los periódicos de los días posteriores, pero le decepcionó comprobar que la historia acababa siendo eclipsada por el vuelo espacial de Alan Shepard, el primer estadounidense en ser lanzado al espacio. «¿Y a quién le importa?», pensó George con acritud. No hacía ni un mes que el cosmonauta soviético Yuri Gagarin había sido el primer hombre en visitar el espacio. «Los rusos nos superan en eso. Un americano blanco puede orbitar alrededor de la Tierra, pero un americano negro no puede entrar en un lavabo.»

Luego, en Atlanta, una multitud había recibido con vítores a los viajeros de la libertad mientras bajaban del autobús y aquello había vuelto a levantarle el ánimo.

Sin embargo, Atlanta estaba en Georgia y en esos momentos se encaminaban hacia Alabama.

—¿Por qué dijo King que no vamos a llegar a Alabama? —preguntó Maria.

—Se rumorea que el Ku Klux Klan planea algo en Birmingham —contestó George muy serio—. Por lo visto el FBI está informado, pero no ha hecho nada para impedirlo.

—¿Y la policía local?

—La policía está metida en el maldito Klan.

—¿Y qué me dices de esos dos?

Maria le indicó con un breve movimiento de la cabeza los asientos que tenían una fila por detrás, al otro lado del pasillo.

George echó una ojeada y vio a dos hombres blancos y fornidos sentados juntos.

—¿Qué pasa con ellos?

—¿No apestan a policía?

George sabía a qué se refería.

—¿Crees que son del FBI?

—En el FBI visten mejor. Yo diría que son de la Policía de Carreteras de Alabama, viajando de incógnito.

George estaba impresionado.

—¿Cómo eres tan lista?

—Mi madre me obligaba a terminarme la verdura. Y mi padre es abogado en Chicago, la capital de los gángsteres de Estados Unidos.

—Entonces, ¿qué crees que están haciendo esos dos?

—No estoy segura, pero no creo que hayan venido a defender nuestros derechos civiles, ¿tú cómo lo ves?

George miró por la ventana y vio un cartel donde se leía BIENVENIDOS A ALAMABA. Consultó la hora en el reloj de pulsera. Era la una de la tarde y el sol brillaba en un cielo azul. «Hace un día precioso para morir», pensó.

Maria quería trabajar en política o en el sector del servicio público.

—Los manifestantes pueden causar un gran impacto, pero al final son los gobiernos los que remodelan el mundo —comentó.

George lo meditó, preguntándose si estaba de acuerdo. Maria había solicitado un puesto en la oficina de prensa de la Casa Blanca y la habían llamado para hacer una entrevista, pero al final no le habían dado el trabajo.

—No contratan a demasiados abogados negros en Washington —le había dicho a George con cierto pesar—. Seguramente me quedaré en Chicago y entraré en el bufete de mi padre.

Al otro lado del pasillo había una mujer blanca de mediana edad. Llevaba abrigo y sombrero, y sujetaba en el regazo un enorme bolso de mano de plástico blanco. George le sonrió.

—Un día precioso para viajar en autobús —comentó.

—Voy a Birmingham, a ver a mi hija —contestó la mujer, aunque él no se lo había preguntado.

—Eso está muy bien. Me llamo George Jakes.

—Cora Jones. Señora Jones. Falta una semana para que mi hija salga de cuentas.

—¿Es el primero?

—El tercero.

—Vaya. Si me lo permite, es usted demasiado joven para ser abuela.

La mujer pareció complacida.

—Tengo cuarenta y nueve años.

—¡Jamás lo hubiera dicho!

Un Greyhound que venía en dirección opuesta les dio luces y el autobús de los viajeros de la libertad redujo la velocidad hasta detenerse. Un hombre blanco se acercó a la ventanilla del conductor lo bastante para que George pudiera oírlo.

—Hay una multitud reunida en la estación de autobuses de Anniston —dijo el hombre, a lo que el conductor contestó algo que George no alcanzó a oír—. Vaya con cuidado.

El autobús reanudó la marcha.

—¿Qué quiere decir con eso de una multitud? —preguntó Maria, preocupada—. Podría tratarse de veinte personas o de un millar. Podría ser un comité de bienvenida o una turba enfurecida. ¿Por qué no ha dicho nada más?

George supuso que la indignación de Maria ocultaba su miedo y recordó las palabras de su propia madre: «Tengo tanto miedo de que te maten». Había gente del movimiento que aseguraba estar dispuesta a morir por la causa de la libertad. George no tenía tan claro que deseara convertirse en mártir. Había muchísimas otras cosas que quería hacer. Como, tal vez, acostarse con Maria.

Un minuto después entraron en Anniston, una ciudad pequeña, similar a cualquier otra del Sur: edificios bajos, calles dispuestas en cuadrícula, polvorientas y tórridas. Las aceras estaban abarrotadas de gente que parecía haber acudido a ver un desfile. Muchos iban de punta en blanco; las mujeres, con sus sombreros; los niños, impolutos y repeinados. Era evidente que salían del servicio religioso.

—¿Qué esperan ver? ¿A alguien con cuernos? —dijo George—. Aquí nos tenéis, negros norteños de carne y hueso, con zapatos y todo. —Hablaba como si se dirigiera a ellos, aunque solo podía oírlo Maria—. Hemos venido a llevarnos vuestras armas y a enseñaros el comunismo. ¿Dónde van a nadar las chicas blancas?

Maria ahogó una risita.

—Si pudieran oírte, creerían que lo dices en serio.

En realidad tampoco se trataba de una broma, más bien era como silbar al pasar junto al cementerio. Intentaba no hacer caso del nudo que el miedo le había formado en el estómago.

El autobús entró en la estación, que estaba extrañamente desierta. Los edificios parecían cerrados con llave. A George le resultó espeluznante.

El conductor abrió la puerta del autobús.

George no los vio venir. De pronto una muchedumbre rodeó el vehículo. Estaba formada por hombres blancos, algunos vestidos con ropa de trabajo y otros con el traje de los domingos. Llevaban bates de béisbol, tuberías metálicas y cadenas de hierro. Y gritaban. Los ánimos todavía no estaban demasiado caldeados, pero aun así George oyó varias expresiones cargadas de odio, entre ellas algún Sieg heil!

Se levantó llevado por el impulso de cerrar la puerta del autobús, pero los dos hombres que Maria había asociado con agentes estatales se le adelantaron y la cerraron de golpe. «Quizá están aquí para defendernos —pensó George—, o quizá solo están defendiéndose a sí mismos.»

Miró a su alrededor por las ventanillas. No se veía a la policía por ninguna parte. ¿Cómo podían desconocer las autoridades locales que una muchedumbre armada se había reunido en la estación de autobuses? Tenían que estar en connivencia con el Klan, cosa que no le sorprendía.

Un segundo después los hombres atacaron el autobús con sus armas. Las cadenas y las barras de hierro abollaron la carrocería y produjeron un estrépito aterrador. Algunos cristales se hicieron añicos y la señora Jones chilló. El conductor puso el motor en marcha, pero uno de los miembros de la turba se tumbó delante de él. George pensó que el conductor iba a arrollarlo, pero se detuvo.

Una piedra atravesó un cristal y George sintió un dolor agudo en la mejilla, como si le hubiera picado una abeja. Lo había alcanzado una esquirla perdida. Maria, sentada junto a una ventanilla, corría peligro, por lo que la asió del brazo y la atrajo hacia sí.

—¡Arrodíllate en el pasillo! —gritó.

Un hombre de sonrisa burlona rompió con un puño americano la ventanilla que había junto a la señora Jones.

—¡Venga aquí conmigo! —dijo Maria mientras tiraba de la señora Jones y la envolvía con sus brazos en actitud protectora.

El clamor aumentó.

—¡Comunistas! —vociferaban—. ¡Cobardes!

—¡Agáchate, George! —exclamó Maria.

Pero él se negaba a amilanarse ante aquellos desgraciados.

De pronto el vocerío se acalló. Ya nadie aporreaba los laterales del autobús ni rompía cristales. George vio a un agente de policía.

«Justo a tiempo», pensó.

El policía balanceaba una porra, aunque hablaba afablemente con el hombre de sonrisa burlona y el puño americano.

En ese momento George vio a otros tres agentes. Habían apaciguado a la muchedumbre, pero le indignó ver que no hacían nada más. Actuaban como si no se hubiera cometido ningún delito y charlaban la mar de tranquilos con los alborotadores, que parecían ser amigos suyos.

Los dos policías de carreteras volvieron a ocupar sus asientos con aire desconcertado. George supuso que les habían encargado espiar a los viajeros de la libertad y que no se les había pasado por la cabeza que pudieran acabar siendo víctimas de una turba enfurecida. Se habían visto obligados a ponerse del lado de los viajeros de la libertad en defensa propia. Tal vez eso les enseñara a ver las cosas desde otra perspectiva.

El autobús se puso en marcha y George vio a través del parabrisas que un policía estaba apremiando a la gente para que se apartara de en medio mientras otro le hacía señales al conductor para que avanzara. Cuando salieron de la estación, un coche patrulla se colocó delante del autobús y lo escoltó hasta las afueras de la ciudad.

George empezó a sentirse mejor.

—Creo que hemos escapado de esta —comentó.

Maria se puso de pie, aparentemente ilesa, y extrajo el pañuelo del bolsillo superior del abrigo de George para limpiarle la cara con delicadeza. El algodón blanco quedó teñido de sangre.

—Es un corte feo —dijo Maria.

—Saldré de esta.

—Aunque no tan guapo.

—¿Soy guapo?

—Antes sí, pero ahora…

El momento de normalidad no duró. George miró atrás y vio que una larga hilera de camionetas y coches seguía al autobús. Los vehículos iban abarrotados de hombres que no dejaban de vociferar. Gimió.

—No hemos escapado de esta —se corrigió.

—Cuando estábamos en Washington, antes de subir al autobús, estuviste hablando con un tipo blanco —recordó Maria.

—Joseph Hugo —dijo George—. Estudia Derecho en Harvard. ¿Por qué?

—Creo que lo he visto antes, entre esos hombres.

—¿A Joseph Hugo? No. Está de nuestro lado. Debes de haberte equivocado.

Aunque George recordó que Hugo era de Alabama.

—Tenía los ojos azules y saltones —insistió Maria.

—Si estuviera con ellos, eso significaría que todo este tiempo ha estado fingiendo que apoyaba los derechos civiles… mientras nos espiaba. No puede ser un chivato.

—¿Ah, no?

George volvió a mirar atrás.

La escolta policial dio media vuelta al llegar al límite de la población, pero no así el resto de los vehículos.

Los hombres de los coches vociferaban de tal manera que sus gritos se oían por encima del ruido de los motores.

Una vez sobrepasada la zona residencial, en un largo y solitario tramo de la Autopista 202, dos vehículos adelantaron al autobús y luego redujeron la velocidad, con lo que obligaron al conductor a pisar el freno. El hombre intentó dejarlos atrás, pero los coches iban de un lado al otro de la carretera y le impedían el paso.

Cora Jones estaba pálida y temblorosa, y se aferraba a su bolso de plástico como si se tratara de un salvavidas.

—Lamento haberla metido en esto, señora Jones.

—Yo también —contestó ella.

Los coches de delante por fin se retiraron a un lado y dejaron pasar al autobús, pero la pesadilla no había acabado: la caravana todavía continuaba por detrás. En ese momento, George oyó un estallido que le resultó familiar. Cuando el autobús empezó a dar bandazos, comprendió que habían pinchado. El conductor redujo la velocidad hasta detener el vehículo cerca de una tienda de comestibles que había al borde de la carretera. George leyó el letrero: FORSYTH & SON.

El conductor bajó de un salto.

—¿Dos ruedas? —lo oyó decir George.

Acto seguido el hombre entró en la tienda, cabía suponer que para pedir asistencia por teléfono.

La tensión era insoportable. Un neumático desinflado solo era un pinchazo, dos lo convertían en una emboscada.

Como era de esperar, los coches de la caravana empezaron a detenerse y un puñado de hombres blancos vestidos de domingo se apearon de ellos, profiriendo insultos a voz en grito y blandiendo sus armas como salvajes en pie de guerra. George volvió a notar el nudo en el estómago cuando los vio correr hacia el autobús con sus desagradables rostros crispados por el odio, y comprendió por qué a su madre se le habían llenado los ojos de lágrimas al hablar de los blancos del Sur.

Al frente de la jauría iba un adolescente, que alzó una barra de hierro con la que disfrutó haciendo añicos una ventana.

El hombre que iba detrás intentó subir al autobús. Uno de los dos pasajeros blancos y fornidos se plantó en lo alto de los escalones y sacó una pistola, lo que confirmó la teoría de Maria acerca de que eran policías estatales vestidos de paisano. El asaltante retrocedió y el policía atrancó la puerta.

George temió que aquello fuera un error. ¿Y si los viajeros de la libertad necesitaban salir a toda prisa?

Los hombres de fuera empezaron a zarandear el autobús como si quisieran volcarlo.

—¡Os vamos a matar, negros de mierda! —no dejaban de gritar.

Las mujeres que había a bordo chillaban. Maria se aferró a George de un modo que, de no haber temido por su propia vida, podría haberlo complacido.

George vio que llegaban dos agentes uniformados y sintió renacer la esperanza, pero no hicieron nada para contener a la jauría, cosa que lo enfureció. Se volvió hacia los dos policías de paisano que iban en el autobús; tenían cara de pasmo y parecían asustados. Era evidente que los hombres uniformados no sabían nada de la presencia de los compañeros que iban de incógnito. La Policía de Carreteras de Alabama era un desastre, además de racista.

Desesperado, George miró a su alrededor tratando de encontrar algo que pudiera hacer para proteger a Maria y a sí mismo. ¿Bajar del autobús y echar a correr? ¿Tumbarse en el suelo? ¿Quitarle la pistola a uno de los agentes estatales y disparar a los blancos? Cualquier opción le parecía incluso peor que no hacer nada.

Furioso, se quedó mirando a los dos policías de fuera, que se limitaban a observar como si no ocurriera nada del otro mundo. ¡Eran policías, por el amor de Dios! ¿A qué esperaban? Si no pensaban hacer cumplir la ley, ¿qué derecho tenían a llevar aquel uniforme?

En ese momento vio a Joseph Hugo. No había confusión posible, George conocía bien aquellos ojos azules y saltones. Hugo se acercó a un agente, habló con él y a continuación ambos se echaron a reír.

Era un soplón.

«Si salgo vivo de aquí, ese cabrón se arrepentirá», pensó George.

Los hombres de fuera gritaban a los viajeros de la libertad que bajaran.

—¡Salid y os daremos lo que os merecéis, lameculos de los negros! —oyó George.

Aquello le hizo pensar que estaba más seguro en el autobús.

Aunque no por mucho tiempo.

Uno de los agitadores había regresado a su coche, había abierto el maletero y en esos momentos corría en dirección al autobús con algo ardiendo entre las manos. Arrojó un objeto llameante a través de una de las ventanillas rotas e instantes después aquello empezó a liberar un humo gris. Sin embargo, no se trataba solamente de una bomba de humo. El fuego prendió en la tapicería y un humo denso y negro comenzó a asfixiar a los pasajeros en cuestión de segundos.

—¿Hay aire ahí delante? —preguntó una mujer.

—¡Os vamos a quemar, negros! ¡Vamos a freíros! —oyó George que vociferaban fuera.

Todo el mundo se abalanzó hacia la puerta. La gente se apiñaba en el pasillo sin poder respirar. Algunos empujaban a los de delante, pero parecía que el camino estaba obstruido.

—¡Fuera del autobús! —gritó George—. ¡Todo el mundo fuera!

—¡La puerta no se abre! —avisó alguien que se hallaba cerca.

George recordó que el agente armado la había atrancado para impedir que subiera la turba.

—¡Habrá que saltar por las ventanas! —dijo—. ¡Vamos!

Se subió a un asiento y le dio una patada al cristal roto que quedaba en la ventanilla. Acto seguido, se quitó el abrigo y lo colocó en el marco para procurarse algo de protección contra las esquirlas que no se habían desprendido.

Maria no podía parar de toser.

—Primero salgo yo y luego saltas tú y yo te cojo —propuso George.

Se agarró al respaldo del asiento para no perder el equilibrio, se subió al marco, se agachó y saltó. Oyó que la camisa se desgarraba al engancharse en un saliente, pero no sintió dolor y concluyó que había salido ileso. Cayó sobre la hierba que bordeaba la carretera. La muchedumbre se había apartado asustada del autobús en llamas. George se volvió y le tendió los brazos a Maria.

—¡Salta como he hecho yo! —gritó.

Los zapatos de salón de Maria eran endebles comparados con los de cordones y puntera de George, y este se alegró de haber sacrificado el abrigo cuando vio aquellos pies diminutos en el marco. George torció el gesto al ver que la cadera de Maria rozaba una astilla de cristal cuando la joven atravesó la ventanilla, pero no le rasgó la tela del vestido y, un instante después, ella caía en sus brazos.

La sostuvo sin esfuerzo. Maria no pesaba mucho y él estaba en buena forma. La dejó en el suelo, pero ella cayó de rodillas, intentando respirar.

George miró a su alrededor y vio que la turba se mantenía apartada. Después volvió la vista hacia el interior del autobús. Cora Jones se encontraba de pie en el pasillo, tosiendo, dando vueltas a un lado y al otro, demasiado conmocionada y desorientada para ponerse a salvo.

—¡Cora, venga aquí! —la llamó George. La mujer oyó su nombre y lo miró—. ¡Por la ventanilla, igual que nosotros! —le indicó a gritos—. ¡Yo la ayudo!

La mujer pareció entenderlo y se encaramó al asiento con cierta dificultad, sin soltar el bolso. Vaciló al ver las esquirlas que bordeaban el marco, pero llevaba un abrigo grueso y pareció convencerse de que prefería arriesgarse a sufrir un corte que a morir asfixiada. Puso un pie en el marco. George le tendió los brazos, la alcanzó y tiró de ella. El abrigo de Cora sufrió un desgarrón, pero ella salió ilesa y George la dejó en el suelo. La mujer se alejó tambaleante, pidiendo agua.

—¡Hay que apartarse del autobús! —le advirtió George a Maria—. ¡El depósito de gasolina podría explotar!

Sin embargo, Maria tenía tal ataque de tos que parecía incapaz de moverse. George le pasó un brazo por la espalda y el otro por debajo de las rodillas y la levantó en vilo. La llevó hacia la tienda de comestibles y la dejó en el suelo cuando creyó que se encontraban a una distancia prudencial.

George miró atrás y vio que el autobús se vaciaba rápidamente. Por fin habían abierto la puerta y la gente salía por ella a trompicones mientras otros saltaban por las ventanillas.

Las llamas se elevaron. El interior del vehículo se convirtió en un infierno al tiempo que bajaban los últimos pasajeros. George oyó que un hombre gritaba algo sobre el depósito de gasolina y la muchedumbre hizo suyo aquel grito.

—¡Va a explotar! ¡Va a explotar! —empezó a vociferar la gente.

Todo el mundo se apartó unos pasos más con miedo. En ese momento se oyó un ruido seco y contundente, unos instantes después estalló una abrasadora bola de fuego y el vehículo se bamboleó con la explosión.

George estaba bastante seguro de que todo el mundo había salido. «Al menos no ha muerto nadie… todavía», pensó.

La detonación parecía haber saciado la sed de violencia de la turba, que contemplaba embobada cómo ardía el autobús.

Un pequeño grupo de personas que semejaban gente del lugar se había congregado frente a la tienda de comestibles. Muchos jaleaban a la muchedumbre, pero una chica joven salió del establecimiento con un cubo de agua y varios vasos de plástico. Le dio de beber a la señora Jones y luego se acercó a Maria, que apuró su vaso con gratitud y pidió otro.

Un joven blanco se acercó con aire preocupado. Tenía cara de ratón, la frente y la barbilla retrocedían respectivamente desde una nariz afilada y unos dientes de conejo, y llevaba el pelo castaño cobrizo peinado hacia atrás con brillantina.

—¿Qué tal estás, guapa? —le preguntó a Maria.

Sin embargo, escondía algo. Maria iba a contestar cuando el joven levantó una barra de hierro y la descargó con saña apuntando a la coronilla de Maria. George adelantó un brazo de inmediato para protegerla y la barra le impactó con tal fuerza en el antebrazo que lo obligó a lanzar un rugido agónico de dolor. El joven volvió a alzar la barra. A pesar de tener el brazo malherido, George arremetió contra él con el hombro y le dio tal empujón que lo levantó del suelo.

Entonces regresó junto a Maria y vio que tres hombres más se acercaban corriendo en dirección a él con el claro propósito de vengar a su amigo cara de rata. George se había precipitado al pensar que los segregacionistas ya habían saciado su sed de violencia.

Estaba acostumbrado a pelear. Había formado parte del equipo de lucha libre de Harvard en su etapa de estudiante universitario y lo había entrenado mientras se sacaba el doctorado en Derecho. Sin embargo, aquello no iba a ser una lucha limpia, con normas. Y solo disponía de un brazo en condiciones.

Por otro lado, había ido a la escuela primaria en un barrio marginal de Washington y sabía qué era pelear sucio.

Los tres se acercaban de frente, así que se movió hacia un lado. Aquello no solo los alejaba de Maria, sino que además los obligaba a cambiar de dirección y a avanzar en fila india.

El primer hombre intentó golpearlo con una cadena de hierro.

George retrocedió con agilidad y la esquivó. Con el impulso, el hombre perdió el equilibrio y empezó a avanzar a trompicones, momento en que George le barrió las piernas. El tipo se desplomó en el suelo y la cadena se le escapó de las manos.

El segundo hombre tropezó con el primero. George se adelantó, dio un giro y le golpeó con el codo en la cara, esperando dislocarle la mandíbula. El tipo lanzó un grito ahogado y soltó la llave de hierro al caer.

El tercer hombre se detuvo, repentinamente asustado. George se adelantó y, con todas sus fuerzas, le propinó un puñetazo en la cara que lo alcanzó en plena nariz. Los huesos crujieron y la sangre manó a borbotones mientras el hombre chillaba de dolor. Fue el golpe más gratificante que había dado en su vida. «A la mierda Gandhi», pensó.

Se oyeron dos disparos. Todo el mundo se quedó quieto y se volvió hacia el estruendo. Uno de los agentes uniformados sostenía una pistola en alto.

—Muy bien, muchachos, ya os habéis divertido suficiente —exclamó—. Largo de aquí.

George estaba furioso. ¿Divertido? El policía había sido testigo de un intento de asesinato ¿y lo consideraba divertido? George empezaba a comprender que un uniforme de policía no significaba demasiado en Alabama.

La muchedumbre regresó a los coches. Indignado, George se percató de que ni uno solo de los cuatro agentes de policía se molestaba en anotar las matrículas. Ni siquiera les pedían los nombres, aunque probablemente los conocían a todos.

Joseph Hugo había desaparecido.

Se produjo una nueva explosión entre los restos del autobús y George pensó que debía de ser el segundo depósito de gasolina, aunque en esos momentos no había nadie lo bastante cerca para que supusiera un peligro. El fuego empezó a extinguirse.

Había varias personas tendidas en el suelo, muchas de ellas con dificultad para respirar después de haber inhalado humo. Otras sangraban a causa de diversas heridas. Algunos eran viajeros de la libertad; otros, pasajeros habituales, blancos y negros. George se apretaba el brazo lastimado contra el cuerpo con la mano contraria para mantenerlo inmóvil, porque cualquier movimiento le producía un dolor espantoso. Los cuatro hombres a quienes se había enfrentado se ayudaban entre sí para volver renqueantes a sus coches.

George se las arregló para acercarse hasta donde estaban los policías.

—Necesitamos una ambulancia —dijo—. Tal vez dos.

El más joven de los dos hombres uniformados le dirigió una mirada de pocos amigos.

—¿Qué has dicho?

—Esta gente necesita atención médica —insistió George—. ¡Llame a una ambulancia!

El policía parecía furioso y George comprendió que había cometido el error de decirle a un blanco lo que tenía que hacer.

—Déjalo ya —le recomendó el mayor de los dos policías a su compañero antes de volverse hacia George—. La ambulancia está de camino, muchacho.

Minutos después llegó una especie de autobús de pequeñas dimensiones y los viajeros de la libertad se dispusieron a subir ayudándose unos a otros. Sin embargo, cuando George y Maria se acercaron, el conductor les salió al paso.

—Vosotros dos no —dijo.

George se lo quedó mirando sin creer lo que acababa de oír.

—¿Qué?

—Es una ambulancia para blancos —insistió el conductor—. No para vosotros, negros.

—Váyase a la mierda.

—Cuidadito con esa lengua, muchacho.

Un viajero de la libertad blanco que ya había subido al vehículo decidió apearse.

—Tiene que llevar a todo el mundo al hospital —le dijo al conductor—. Blancos y negros.

—No es una ambulancia para esos negros —repitió el conductor, obcecado.

—Está bien, pues nosotros no iremos sin nuestros amigos.

Dicho aquello, los viajeros de la libertad blancos empezaron a bajar de la ambulancia, uno tras otro.

El conductor se quedó desconcertado. George supuso que si volvía del lugar del incidente sin pacientes, quedaría como un tonto.

El policía de mayor edad se acercó a ellos.

—Será mejor que te los lleves a todos, Roy.

—Si tú lo dices —contestó el conductor.

George y Maria subieron a la ambulancia.

George se volvió para mirar el autobús mientras se alejaban de allí. Lo único que quedaba era una pequeña columna de humo y los restos carbonizados del vehículo, entre los que asomaba la hilera de travesaños calcinados del techo, que sobresalían como las costillas de un mártir quemado en la hoguera.

5

Tania Dvórkina partió de Yakutsk —la ciudad más fría del mundo, en Siberia— después de un desayuno temprano. Voló a Moscú en un Túpolev Tu-16 de la Fuerza Aérea Roja, un trayecto de casi cinco mil kilómetros. La cabina tenía espacio para media docena de militares, pero el ingeniero que la había diseñado no había malgastado tiempo en prever su comodidad: los asientos eran de aluminio perforado y el fuselaje no estaba insonorizado. El viaje duró ocho horas, con una escala para repostar. Dado que en Moscú eran seis horas menos que en Yakutsk, Tania llegó a tiempo de desayunar otra vez.

En Moscú era verano, y ella llevaba un pesado abrigo y un gorro de pieles. Subió a un taxi para ir a la Casa del Gobierno, el edificio de apartamentos destinado a la élite privilegiada de la capital. Compartía allí piso con su madre, Ania, y su hermano mellizo, Dimitri, a quien siempre llamaban Dimka. Se trataba de una vivienda grande, con tres habitaciones, aunque su madre decía que solo era espaciosa para los patrones soviéticos: el apartamento de Berlín en el que había vivido de niña, cuando el abuelo Grigori trabajaba de diplomático, era mucho más espléndido.

Aquella mañana el piso estaba vacío y en silencio, porque su madre y Dimka ya se habían ido a trabajar. Sus abrigos colgaban de unas puntas que el padre de Tania había clavado hacía un cuarto de siglo en el recibidor: la gabardina negra de Dimka y el chaquetón de tweed marrón de su madre, que ambos dejaban en casa cuando hacía calor. Tania colgó el suyo al lado de los otros y llevó la maleta a su dormitorio. Aunque no esperaba encontrarlos allí, sintió una punzada de reproche al ver que su madre no estaba para hacerle el té, ni Dimka para escuchar sus aventuras de Siberia. Pensó en ir a visitar a sus abuelos Peshkov, Grigori y Katerina, que vivían en otra planta del mismo edificio, pero concluyó que en realidad no tenía tiempo.

Se duchó y se cambió de ropa, y luego cogió un autobús en dirección a las oficinas de la TASS, la agencia de noticias soviética. Tania era una de los miles de periodistas que trabajaban para la agencia, pero no a muchos los trasladaban en jets de la fuerza aérea. Era una figura emergente, capaz de redactar artículos vivaces e interesantes que atraían a los jóvenes pero a la vez comulgaban con la línea del partido, lo cual era un don relativo, pues a menudo le encargaban trabajos de extremada relevancia y dificultad.

Se tomó un cuenco de kasha de trigo sarraceno con nata agria en el comedor de la agencia y después se dirigió al departamento de artículos de fondo, en el que trabajaba. Pese a ser una figura prominente, aún no destacaba tanto para merecer un despacho propio. Saludó a sus compañeros, se sentó a su mesa, colocó papel blanco y de calco en una máquina de escribir y empezó a teclear.

El vuelo había sido demasiado turbulento para tomar notas, pero Tania había estructurado el artículo mentalmente y en ese momento lo escribía con fluidez, consultando en ocasiones su cuaderno para recabar detalles. El texto pretendía alentar a las familias soviéticas jóvenes para que emigrasen a Siberia y trabajasen allí en las industrias en auge de la minería y la perforación, una tarea nada fácil. Los campos de prisioneros proporcionaban gran cantidad de mano de obra no cualificada, pero la región necesitaba geólogos, ingenieros, topógrafos, arquitectos, químicos y capataces. Sin embargo, Tania obvió en su artículo a los hombres y escribió sobre sus esposas. Comenzó con una joven y atractiva madre llamada Klara que le había hablado con entusiasmo y soltura sobre cómo afrontar la vida a temperaturas bajo cero.

A media mañana, el director de Tania, Daniíl Antónov, cogió las hojas de su bandeja y empezó a leerlas. Era un hombre menudo y de modales afables, algo nada habitual en el mundo del periodismo.

—Es muy bueno —dijo al terminar—. ¿Cuándo tendré el resto?

—Escribo tan deprisa como puedo.

Pero Daniíl quería comentar algo más.

—¿Te ha hablado alguien en Siberia de Ustín Bodián?

Bodián era un cantante de ópera al que habían sorprendido pasando a escondidas dos ejemplares de Doctor Zhivago que había conseguido mientras actuaba en Italia. En esos momentos se encontraba en un campo de trabajo.

El sentimiento de culpa aceleró el corazón de Tania. ¿Sospechaba Daniíl de ella? Tratándose de un hombre, era insólitamente intuitivo.

—No —mintió—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Has sabido algo?

—Nada.

Daniíl volvió a su escritorio.

Tania estaba a punto de acabar el tercer artículo cuando Piotr Opotkin se detuvo junto a su mesa y empezó a leer lo que ella había escrito, con un cigarrillo colgando de los labios. Corpulento y con el cutis ajado, Opotkin era redactor jefe del departamento de artículos de fondo. A diferencia de Daniíl, no era periodista de formación sino comisario, un cargo político. Su trabajo consistía en asegurarse de que los reportajes no contraviniesen las directrices del Kremlin, y su única cualificación para llevarlo a cabo era una rígida ortodoxia.

Leyó las primeras páginas.

—Te dije que no escribieses sobre el clima. —Procedía de un pueblo situado al norte de Moscú y aún conservaba el acento de la Rusia septentrional.

Tania suspiró.

—Piotr, la serie trata de Siberia. La gente ya sabe el frío que hace allí. No vamos a engañar a nadie.

—Pero esto trata del clima y de nada más.

—Trata de cómo una moscovita joven e ingeniosa está sacando adelante a su familia en condiciones desafiantes… mientras vive una gran aventura.

Daniíl se sumó a la conversación.

—Tiene razón, Piotr —la defendió—. Si evitamos toda mención al frío, la gente sabrá que el artículo es una patraña y no creerán una palabra.

—No me gusta —repuso Opotkin, obcecado.

—Tienes que admitirlo —insistió Daniíl—: Tania hace que parezca emocionante.

Opotkin se quedó pensativo.

—Quizá tengas razón —concluyó, y dejó caer las hojas en la bandeja—. Voy a celebrar una fiesta en mi casa el sábado por la noche —le dijo a Tania—. Mi hija se ha licenciado en la universidad. Me preguntaba si a ti y a tu hermano os gustaría ir.

Opotkin era un arribista social sin éxito que organizaba fiestas agónicamente tediosas. Tania sabía que podía hablar por boca de su hermano.

—Me encantaría, y estoy segura de que a Dimka también, pero es el cumpleaños de nuestra madre. Lo siento.

Opotkin pareció ofendido.

—Una lástima —dijo, y se fue.

Cuando Daniíl vio que estaba lo bastante lejos para no oírlos, preguntó:

—No es el cumpleaños de tu madre, ¿verdad?

—No.

—Lo comprobará.

—Entonces entenderá que he puesto una excusa educada porque no quiero ir.

—Deberías ir a sus fiestas.

Tania no quería mantener aquella discusión; tenía cosas más importantes en la cabeza. Necesitaba escribir los artículos, salir de allí y salvarle la vida a Ustín Bodián, pero Daniíl era un buen jefe y tenía una mentalidad liberal, por lo que contuvo la impaciencia.

—A Piotr no le importa si voy o no a sus fiestas —dijo—. Quien le interesa es mi hermano, que trabaja para Jrushchov.

Tania estaba acostumbrada a que la gente intentara ganarse su amistad por la influyente familia a la que pertenecía. Su difunto padre había sido coronel del KGB, la policía secreta, y su tío Volodia era general del Servicio Secreto del Ejército Rojo.

Daniíl poseía la perseverancia del periodista.

—Piotr ha cedido con los artículos de Siberia. Deberías darle una muestra de agradecimiento.

—No soporto sus fiestas. Sus amigos se emborrachan y manosean a las mujeres de los demás.

—No quiero que esté resentido contigo.

—¿Por qué iba a estarlo?

—Eres muy atractiva. —Daniíl no se le estaba insinuando. Vivía con un amigo, y Tania estaba segura de que era uno de esos hombres que no se sentían atraídos por las mujeres. Su jefe siguió hablando con voz prosaica—: Guapa, competente y, lo peor de todo, joven. A Piotr no le costaría odiarte. Esfuérzate un poco más con él. —Y se alejó a paso lento.

Tania comprendió que con toda probabilidad tenía razón, pero decidió que pensaría en ello más tarde y devolvió la atención a la máquina de escribir.

A mediodía compró en el comedor una ensalada de patata y arenques escabechados y se la comió sentada a su escritorio.

Acabó el tercer artículo poco después y le entregó el trabajo a Daniíl.

—Me voy a casa, a acostarme —dijo—. Por favor, no me llames.

—Buen trabajo —contestó él—. Que descanses.

Tania guardó el cuaderno en el bolso y salió del edificio.

Quiso asegurarse de que nadie la seguía. Estaba cansada, y eso significaba que era más vulnerable a cometer algún error tonto, así que se sintió inquieta.

Dejó atrás la parada de autobús, caminó varias manzanas hasta la anterior parada de la línea y lo cogió allí. Era un comportamiento absurdo, de modo que si alguien hacía lo mismo tenía que estar siguiéndola.

Nadie imitó su maniobra.

Se apeó cerca de un magnífico palacio prerrevolucionario reconvertido en apartamentos. Rodeó la manzana aunque nadie parecía vigilar el edificio y, nerviosa, repitió la vuelta para asegurarse. Luego entró en el tétrico vestíbulo y subió la agrietada escalera de mármol hasta el apartamento de Vasili Yénkov.

Justo cuando estaba a punto de introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió y tras ella apareció una chica rubia y delgada de unos dieciocho años. Vasili estaba detrás. Tania maldijo para sus adentros. Era demasiado tarde para huir o fingir que iba a otro apartamento.

La rubia le dirigió a Tania una mirada dura, escrutadora, fijándose en su peinado, su figura y su ropa. Luego besó en los labios a Vasili, lanzó otra mirada triunfal a Tania y bajó la escalera.

Vasili tenía treinta años pero le gustaban las chicas jóvenes. Ellas se rendían a él porque era alto y apuesto, con facciones pronunciadas y atractivas, una densa mata de cabello, siempre un poco demasiado largo, y ojos dulces, castaños y seductores. Tania lo admiraba por motivos muy diferentes: era brillante y valiente, además de un escritor de talla mundial.

Entró en su estudio y dejó caer el bolso en una silla. Vasili trabajaba como guionista de radio y era desordenado por naturaleza. Su escritorio estaba repleto de papeles y en el suelo había libros apilados. Parecía estar trabajando en una adaptación radiofónica de la primera obra de Maksim Gorki, Los pequeños burgueses. Su gata gris, Mademoiselle, dormía en el sofá. Tania la apartó y se sentó.

—¿Quién era ese bomboncito?

—Mi madre.

Tania se rió a pesar de su enfado.

—Siento mucho que estuviera aquí —se disculpó Vasili, aunque no parecía muy apesadumbrado al respecto.

—Sabías que iba a venir hoy.

—Creía que llegarías más tarde.

—Me ha visto la cara. Nadie tiene que saber que existe una conexión entre nosotros.

—Trabaja en los grandes almacenes GUM. Se llama Varvara. No sospechará nada.

—Por favor, Vasili, no permitas que vuelva a ocurrir. Lo que estamos haciendo ya es bastante peligroso, no deberíamos asumir más riesgos. Puedes follarte a una adolescente cualquier otro día.

—Tienes razón, y no volverá a ocurrir. Deja que te haga un té, pareces cansada.

Vasili preparó el samovar.

—Yo estoy cansada, pero Ustín Bodián se está muriendo.

—Mierda. ¿De qué?

—Neumonía.

Tania no tenía una relación personal con Bodián, pero lo había entrevistado antes de que se metiera en problemas. Además de poseer un talento extraordinario, era un hombre afable y bondadoso. Como artista soviético admirado en todo el mundo, había llevado una vida muy privilegiada, pero aún era capaz de indignarse en público por las injusticias que se cometían con personas menos afortunadas que él, motivo por el cual había sido enviado a Siberia.

—¿Siguen haciéndole trabajar? —preguntó Vasili.

Tania negó con la cabeza.

—No puede, pero no quieren enviarlo al hospital. Se pasa el día acostado en la litera y no hace más que empeorar.

—¿Lo has visto?

—No, mierda. Preguntar por él ya ha sido suficientemente peligroso. Si hubiese ido al campo de prisioneros me habrían retenido.

Vasili le ofreció el té y azúcar.

—¿Está recibiendo algún tratamiento?

—No.

—¿Tienes idea de cuánto tiempo podría quedarle?

Tania volvió a negar con la cabeza.

—Ya sabes todo lo que sé.

—Tenemos que divulgar la noticia.

Tania estaba de acuerdo con él.

—La única manera de salvarle la vida es dar a conocer su enfermedad y confiar en que el gobierno tenga la decencia de avergonzarse.

—¿Crees que deberíamos publicar una edición especial?

—Sí —contestó Tania—. Hoy mismo.

Vasili y Tania elaboraban una hoja informativa titulada Disidencia. Informaban sobre censura, manifestaciones, juicios y presos políticos. En su despacho de Radio Moscú, Vasili tenía su propio mimeógrafo, que por lo general utilizaba para efectuar varias copias de los guiones, y en secreto imprimía cincuenta ejemplares de cada número de Disidencia. La mayoría de quienes lo recibían hacían a su vez una o más copias con sus máquinas de escribir, o incluso a mano, y así su circulación crecía exponencialmente. Ese sistema de autopublicación se denominaba samizdat en ruso y estaba muy extendido; novelas enteras se habían distribuido así.

—Yo escribiré el artículo.

Tania se dirigió al armario y sacó una caja de cartón grande llena de comida deshidratada para gatos. Introdujo las manos en el pienso y sacó una máquina de escribir protegida por una funda. Era la que utilizaban para redactar Disidencia.

Escribir a máquina era un acto tan genuino como hacerlo a mano. Cada aparato tenía sus propias características. Las letras nunca quedaban perfectamente alineadas: unas estaban un poco elevadas; otras, descentradas; cada una se desgastaba o se averiaba a su manera. En consecuencia, los expertos de la policía podían emparejar una máquina de escribir con lo que se hubiera escrito con ella. Si Disidencia se hubiese hecho con la misma máquina que los guiones de Vasili, alguien podría haberlo advertido. Por ello había robado una máquina vieja del departamento de programación, se la había llevado a casa y la había ocultado enterrándola en pienso para gatos. En un registro concienzudo habrían dado con ella, pero si llegaba a producirse un registro concienzudo, Vasili de todos modos estaría acabado.

En la caja también había hojas de un papel especial encerado que se utilizaba con el mimeógrafo. La máquina de escribir no tenía cinta: las letras perforaban el papel, y un cilindro del aparato multicopista hacía pasar la tinta a través de las incisiones con forma de letra.

Tania escribió un artículo sobre Bodián, afirmando que el secretario general Nikita Jrushchov sería el responsable directo de que uno de los más grandes tenores de la URSS muriese en un campo de prisioneros. Resumió los principales puntos del juicio de Bodián por actividad antisoviética, entre ellos su apasionada defensa de la libertad artística. Para eludir las sospechas que pudieran recaer sobre ella, atribuyó engañosamente la información sobre la enfermedad de Bodián a un amante de la ópera y miembro del KGB imaginario.

Cuando acabó, le tendió dos hojas de papel encerado a Vasili.

—He sido concisa.

—La concisión es hermana del talento. Lo dijo Chéjov.

Vasili leyó el artículo despacio y luego asintió en señal de aprobación.

—Ahora iré a Radio Moscú y haré copias —comentó al terminar—. Luego deberíamos llevarlas a la plaza Mayakovski.

Tania no se sorprendió, pero sí se inquietó.

—¿No será peligroso?

—Claro que sí. Es un encuentro cultural que no ha organizado el gobierno, y por eso mismo nos viene de perlas.

Unos meses atrás, jóvenes moscovitas habían empezado a congregarse informalmente alrededor de la estatua del poeta bolchevique Vladímir Mayakovski. Algunos leían poemas en voz alta, lo cual atraía a más gente y había acabado dando vida a un intenso festival poético permanente. Varias de las obras que se declamaban desde el monumento eran críticas sesgadas al gobierno.

Un fenómeno semejante habría durado diez minutos con Stalin, pero Jrushchov era reformista. Su programa contemplaba cierto grado de tolerancia cultural, y hasta el momento nadie había actuado contra los lectores de poesía. Pero la liberalización progresaba dando dos pasos adelante y uno atrás. El hermano de Tania decía que eso dependía de si Jrushchov estaba bien y se sentía políticamente fuerte, o si estaba sufriendo reveses y temía un golpe por parte de sus enemigos conservadores del Kremlin. Fuera cual fuese el motivo, siempre era imposible prever qué harían las autoridades.

Tania se sentía demasiado cansada para pensar en ello y supuso que cualquier emplazamiento alternativo sería igual de peligroso.

—Me acostaré mientras tú estás en la radio.

Fue al dormitorio y encontró las sábanas arrebujadas; supuso que Vasili y Varvara habían pasado la mañana en la cama. Las cubrió con la colcha, se quitó las botas y se tumbó.

Tenía el cuerpo cansado pero la mente activa. Estaba asustada, pero aun así quería ir a la plaza Mayakovski. Disidencia era una publicación importante pese al modo en que se elaboraba, propio de aficionados, y a su reducida circulación. Demostraba que el gobierno comunista no era omnipotente. Demostraba a los disidentes que no estaban solos. Líderes religiosos que combatían la persecución leían sobre cantantes de música folk detenidos por entonar canciones de protesta y viceversa. En lugar de sentirse como una voz solitaria en una sociedad monolítica, cada disidente comprendía que formaba parte de una gran red: miles de personas que querían un gobierno diferente y mejor.

Y eso podía salvarle la vida a Ustín Bodián.

Al fin Tania se quedó dormida.

La despertó una caricia en la mejilla. Abrió los ojos y vio a Vasili tumbado a su lado.

—Piérdete.

—Es mi cama.

Tania se incorporó hasta quedar sentada.

—Tengo veintidós años… Demasiados para interesarte.

—Tratándose de ti, haré una excepción.

—Cuando quiera incorporarme a un harén, te lo haré saber.

—Dejaría a todas las demás por ti.

—Vaya, ¿lo harías?

—Lo haría, en serio.

—Durante cinco minutos, tal vez.

—Para siempre.

—Hazlo durante seis meses y lo reconsideraré.

—¿Seis meses?

—¿Lo ves? Si no puedes ser casto durante medio año, ¿cómo vas a hacer una promesa de por vida? Mierda, ¿qué hora es?

—Has dormido toda la tarde. No te levantes. Me quitaré la ropa y me meteré en la cama contigo.

Tania bajó de la cama.

—Tenemos que irnos.

Vasili se rindió. Probablemente no lo había dicho en serio. Siempre sentía el impulso de hacer proposiciones a mujeres jóvenes; después de haberlo probado con ella, la dejaría tranquila, al menos durante un tiempo. Le tendió a Tania un pequeño fajo de veinte hojas impresas por ambas caras con letras algo borrosas: ejemplares del nuevo número de Disidencia. Después, a pesar del calor, se enrolló al cuello un pañuelo de algodón que le confería un aire artístico.

—Vámonos, venga.

Tania le hizo esperar mientras iba al baño. La cara que vio en el espejo le devolvió una mirada azul e intensa, enmarcada por un cabello rubio claro cortado a lo garçon. Se puso las gafas de sol para ocultar sus ojos y se envolvió el pelo con un discreto pañuelo marrón. En ese momento ya podía pasar por una jovencita cualquiera.

Fue a la cocina, obviando el impacientado repiqueteo del pie de Vasili, llenó un vaso con agua del grifo y se lo bebió de un trago.

—Estoy lista —anunció.

Se encaminaron al metro. El vagón estaba repleto de obreros que volvían a casa. Fueron hasta la estación Mayakovski, en la carretera de circunvalación conocida como Anillo de los Jardines. No se quedarían mucho rato; en cuanto hubieran repartido los cincuenta ejemplares de su hoja informativa se marcharían.

—Si surgen problemas —dijo Vasili—, recuerda: no nos conocemos.

Se separaron y salieron a la calle por separado y con un minuto de diferencia. El sol estaba bajo y el día estival refrescaba.

Vladímir Mayakovski había sido un poeta de talla internacional además de bolchevique, y la Unión Soviética se enorgullecía de él. Su heroica estatua se elevaba hasta seis metros de altura en el centro de la plaza homónima. Varios centenares de personas se arremolinaban en el césped, en su mayoría jóvenes, algunos vestidos con ropa de vago estilo occidental: vaqueros azules y jerséis de cuello cisne. Un muchacho con gorra vendía su novela, que no era más que unas hojas copiadas con papel carbón, perforadas y atadas con un cordel. Se titulaba De-crecer. Una chica con melena llevaba una guitarra, aunque no hizo tentativa de tocarla; tal vez no fuera más que un accesorio, como un bolso de mano. Solo había un policía uniformado, pero los de la secreta resultaban cómicamente identificables con sus chaquetas de cuero en pleno verano para ocultar las armas. Aun así, Tania evitó mirarlos; en realidad no tenían nada de graciosos.

Los asistentes hacían turnos para ponerse en pie y recitar uno o dos poemas. La mayoría eran hombres, pero también había alguna que otra mujer. Un chico leyó con una sonrisa pícara un texto sobre un granjero torpe que intentaba arrear una bandada de gansos, y la muchedumbre enseguida comprendió que era una metáfora del Partido Comunista organizando el país. Todos los presentes estallaron en carcajadas, salvo los hombres del KGB, que se limitaron a mirar desconcertados.

Tania avanzó discretamente entre la multitud y, escuchando a medias un poema de estilo futurista de Mayakovski sobre la angustia adolescente, fue sacando las hojas informativas una a una para entregarlas con disimulo a quienes le parecían afines. No perdía de vista a Vasili, que hacía lo propio. Al instante oyó exclamaciones de sorpresa y preocupación mientras la gente empezaba a hablar de Bodián; en una congregación semejante, la mayoría sabría quién era y por qué lo habían apresado. Tania siguió repartiendo las hojas tan deprisa como pudo, ansiosa por deshacerse de todas antes de que la policía se percatase de lo que estaba ocurriendo.

Un hombre con el pelo corto y aspecto de ex militar se apostó al frente y, en lugar de recitar un poema, comenzó a leer en voz alta el artículo de Tania sobre Bodián. Tania estaba encantada; la noticia se propagaba más rápidamente incluso de lo que había esperado. Se oyeron gritos de indignación cuando el hombre llegó a la parte en que se decía que Bodián no estaba recibiendo atención médica. Los hombres con chaqueta de cuero advirtieron el cambio en el ambiente y aguzaron la atención. Tania vio que uno hablaba con premura por un walkie-talkie.

Le quedaban cinco ejemplares, que le quemaban en el bolsillo.

Los agentes de la policía secreta se habían mantenido hasta entonces en la periferia de la multitud, pero en ese momento se internaron en ella y convergieron en dirección al orador. Este agitó la hoja con actitud desafiante, vociferando sobre Bodián mientras los agentes se acercaban a él. Varios asistentes se apiñaron junto al pedestal, lo cual dificultó la aproximación de la policía. Los hombres del KGB reaccionaron con tosquedad, apartando a la gente a empujones. Así fue como comenzaron los disturbios. Tania retrocedió nerviosa hacia la linde de la muchedumbre. Ya solo le quedaba un ejemplar de Disidencia y lo tiró al suelo.

De pronto aparecieron media docena de policías uniformados. Preguntándose maravillada de dónde habrían salido, Tania miró hacia el otro lado de la calle y vio que del edificio más próximo salían más agentes corriendo; debían de haberse escondido allí, esperando a que se les necesitara. Los policías enarbolaron las porras y arremetieron contra la gente, golpeando de forma indiscriminada. Tania vio a Vasili dar media vuelta y alejarse abriéndose paso entre la multitud tan deprisa como podía, así que ella hizo lo mismo. En ese momento un adolescente aterrado chocó contra ella, y Tania cayó al suelo.

Se quedó aturdida un momento. Cuando se recuperó, vio a más gente corriendo. Se arrodilló, pero se sentía mareada. Alguien tropezó con ella y la hizo caer de nuevo de espaldas. Pero de pronto apareció Vasili, que la agarró con ambas manos y la ayudó a ponerse en pie. Tania se sorprendió: no habría esperado de él que pusiera en riesgo su integridad para ayudarla.

Entonces un policía golpeó a Vasili en la cabeza con una porra y este cayó. El agente le puso los brazos a la espalda y lo esposó con movimientos raudos y expertos. Vasili alzó la vista, miró a Tania. «¡Corre!», articuló con los labios.

Ella se volvió y echó a correr, pero un instante después topó contra un policía uniformado. Este la agarró por un brazo y Tania intentó zafarse.

—¡Suéltame!

Él apretó aún más.

—Quedas detenida, zorra.

6

La Sala Nina Onilova del Kremlin debía su nombre a una artillera que había perdido la vida en la batalla de Sebastopol. En una pared había una fotografía en blanco y negro enmarcada de un general del Ejército Rojo depositando la medalla de la Orden de la Bandera Roja sobre su lápida. El cuadro colgaba sobre una chimenea de mármol blanco, amarilleado como los dedos de un fumador. En toda la estancia, intrincadas molduras de yeso delimitaban cuadrados de pintura más clara allí donde había habido otras imágenes, lo cual sugería que las paredes no se habían pintado desde la revolución. Tal vez la sala había sido en el pasado un salón elegante; sin embargo, en esos momentos estaba amueblada con mesas de taberna unidas para formar un rectángulo largo y unas veinte sillas baratas. En las mesas había ceniceros de cerámica, y daba la impresión de que los vaciaban a diario pero nunca los limpiaban.

Dimka Dvorkin entró con la mente enfebrecida y un nudo en el estómago.

La sala era el lugar de reunión habitual de los asistentes de los ministros y secretarios que conformaban el Presídium del Sóviet Supremo, el órgano de gobierno de la URSS.

Dimka era asistente de Nikita Jrushchov, primer secretario y presidente del Presídium. Pese a ello, tenía la sensación de que no le correspondía estar allí.

Faltaban pocas semanas para la cumbre de Viena, donde se produciría el trascendental primer encuentro entre Jrushchov y el nuevo presidente estadounidense, John Kennedy. Al día siguiente, en el pleno del Presídium más importante del año, los líderes de la URSS decidirían la estrategia para la cumbre. Ese día, los asistentes se reunían para preparar el pleno: era una reunión de planificación para otra reunión de planificación.

El representante de Jrushchov tenía que plantear la postura del líder de tal modo que los demás asistentes pudiesen asesorar a sus jefes para el día siguiente. Su función tácita era desvelar cualquier oposición latente a las ideas de Jrushchov y, de ser posible, sofocarla. Era su solemne deber garantizar que el debate del día siguiente transcurriera sin trabas para el líder.

Dimka conocía la postura de Jrushchov ante la cumbre, pero, aun así, tenía la impresión de que no saldría airoso de aquella reunión. Era el más joven y el más inexperto de los asistentes de Jrushchov. Hacía solo un año que se había licenciado en la universidad y nunca había asistido a un «prepresídium»; era demasiado bisoño. Pese a ello, diez minutos antes su secretaria, Vera Pletner, le había dicho que uno de los asistentes veteranos había llamado para comunicar que estaba enfermo, que los otros dos acababan de sufrir un accidente de tráfico y que por ello él, Dimka, tendría que acudir en su lugar.

Dimka había conseguido trabajar para Jrushchov por dos motivos. Uno era que había sido el primero de todas las clases por las que había pasado, desde la guardería hasta la universidad. El otro, que su tío era general. No sabía qué factor había pesado más.

El Kremlin presentaba una fachada monolítica al mundo exterior, pero en realidad era un campo de batalla. Jrushchov no tenía el poder asegurado. Era comunista en cuerpo y alma, pero también un reformista que veía los defectos del sistema soviético y quería poner en práctica ideas nuevas. Sin embargo, aún no había derrotado a los antiguos estalinistas del Kremlin, que estaban atentos a cualquier oportunidad para debilitarlo y tumbar sus reformas.

La reunión era informal. Los asistentes tomaban té y fumaban sin ponerse la chaqueta y con las corbatas desanudadas; la mayoría eran hombres, aunque no todos. Dimka vio una cara amiga: Natalia Smótrova, asistente del ministro de Exteriores, Andréi Gromiko. Tenía veintitantos años, y era atractiva pese al insulso vestido negro que llevaba. Dimka no la conocía bien, pero había hablado con ella varias veces. Ese día se sentó a su lado, y ella pareció sorprenderse al verle.

—Konstantínov y Pajari han tenido un accidente de coche —le comentó él.

—¿Están heridos?

—No de gravedad.

—¿Y Alkáev?

—De baja con herpes.

—Qué asco… Así que eres el representante del líder.

—Estoy muerto de miedo.

—Lo harás bien.

Él miró a su alrededor. Todos parecían estar esperando.

—¿Quién preside esta reunión? —le preguntó en voz baja a Natalia.

Uno de los otros lo oyó. Era Yevgueni Filípov, que trabajaba para el conservador ministro de Defensa, Rodión Malinovski. Filípov tenía treinta y tantos años, pero vestía como si fuera mayor, con un traje de posguerra holgado y una camisa de franela gris.

—¿Quién preside esta reunión? —espetó, repitiendo la pregunta de Dimka en voz alta y con tono desdeñoso—. Pues tú, obviamente. Eres el asistente del presidente del Presídium, ¿no? ¿A qué esperas, universitario?

Dimka notó que se ruborizaba. Por un instante se quedó sin palabras. Luego lo asaltó la inspiración.

—Gracias al notable vuelo espacial del comandante Yuri Gagarin —empezó a decir—, el camarada Jrushchov acudirá a Viena con las felicitaciones del mundo resonándole en los oídos.

El mes anterior Gagarin había sido el primer ser humano en viajar al espacio en un cohete, batiendo a los estadounidenses por solo unas semanas en lo que había devenido un sensacional éxito científico y propagandístico para la Unión Soviética y Nikita Jrushchov.

Los asistentes sentados a la mesa aplaudieron, y Dimka empezó a sentirse mejor.

Filípov volvió a intervenir:

—Más valdría que lo que le resonara al primer secretario en los oídos fuera el discurso inaugural del presidente Kennedy. —Parecía incapaz de hablar sin desdén—. Por si los camaradas aquí presentes lo han olvidado, Kennedy nos acusó de planear la dominación mundial y prometió detenernos a cualquier precio. Después de todos los pasos amistosos que hemos dado (de forma imprudente, en opinión de algunos camaradas experimentados), Kennedy difícilmente podría haber dejado más claras sus intenciones agresivas. —Alzó un dedo en el aire, como un profesor de escuela—. Solo hay una respuesta posible por nuestra parte: aumentar la fuerza militar soviética.

Dimka intentaba dar aún con una réplica cuando Natalia se le adelantó.

—Esa es una carrera que no podemos ganar —dijo con un enérgico aire cargado de sentido común—. Estados Unidos es más rico que la Unión Soviética, y capaz de igualar con facilidad cualquier ampliación que efectuemos en nuestra fuerza militar.

Era más sensata que su conservador jefe, infirió Dimka. Le dirigió una mirada de agradecimiento y prosiguió con su argumentación:

—De ahí la política de coexistencia pacífica planteada por Jrushchov, que nos capacita para gastar menos en el ejército e invertir más en agricultura e industria.

Los conservadores del Kremlin detestaban la coexistencia pacífica. Para ellos, el conflicto con el imperialismo capitalista era una guerra a muerte.

Dimka vio con el ...