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INTERBOLSA SEGUNDA TEMPORADA

Gloria Valencia

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Fragmento

Días de gloria

El 24 de marzo de 2009, Rodrigo Jaramillo Correa entró triunfante al mítico balcón de la Bolsa de Nueva York (NYSE, por sus iniciales en inglés), donde las celebridades del mundo empresarial —desde hace muchos años— tocan la campana que da apertura a la sesión diaria del mercado de valores más importante del mundo.

Como presidente del Grupo InterBolsa se sentía victorioso, pues con este acto simbólico la firma comisionista que había fundado diecinueve años atrás llegaba a la cumbre del éxito. Por unos minutos sería un protagonista en Wall Street, algo que —hasta ese momento— no había alcanzado ningún otro corredor de bolsa en Colombia. Las cámaras de los telediarios que todas las mañanas transmiten el comienzo de la operación del mercado neoyorquino enfocaron sus lentes hacia esa tribuna donde colgaba un enorme pendón con el nombre de InterBolsa.

Jaramillo había llegado el fin de semana a Nueva York, en compañía de su esposa Cecilia Botero Restrepo. Aunque tenía por costumbre hospedarse en el New York Palace cada año, cuando asistía religiosamente a la ópera, uno de sus pasatiempos favoritos, en esta ocasión se quedó en el Waldorf Astoria de Park Avenue, en Manhattan, aprovechando una tarifa especial que ofrecía el hotel. Los otros directivos de InterBolsa, subalternos de Jaramillo que asistieron al acto, llegaron por su cuenta el día anterior al evento y se hospedaron en diferentes hoteles no tan caros.

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Una vez reunidos en uno de los lujosos salones de la bolsa, donde un desayuno tipo americano esperaba a los invitados de honor, llegó la hora de intercambiar recuerdos con la NYSE, como se acostumbra en estos actos. InterBolsa llevó una réplica de la balsa muisca, una de las principales piezas del Museo de Oro del Banco de la República, que no le costó a la firma más de 500.000 pesos.

Rodrigo Jaramillo, un hombre de rostro adusto y usualmente malhumorado, lucía contento esa fría pero soleada mañana en la Gran Manzana. En el fondo, más que alegre, se sentía orgulloso de estar en la meca de las bolsas del planeta, despertando la envidia de sus colegas en Colombia.

La razón por la cual Rodrigo Jaramillo estaba ahí parado en el parque neoyorquino era el lanzamiento de un producto financiero creado por InterBolsa y un socio brasilero. Se trataba de un fondo, conocido en el argot bursátil como ETF (Exchange-Trade Fund), compuesto por una canasta de las acciones más líquidas de las empresas colombianas que se negociaban en la bolsa local. La novedad de este producto consistía en que el paquete de títulos se podía comprar y vender en la Bolsa de Nueva York, con lo cual se daba visibilidad internacional a las principales empresas de Colombia. El símbolo de negociación era GXG (Global X InterBolsa). Como muchas de las cosas que hizo InterBolsa durante su existencia, este fue el primer ETF que existió en el ámbito mundial para las acciones de empresas nacionales, y uno de los primeros de una firma latinoamericana.

Pero este episodio en la bolsa neoyorquina tenía una relevancia adicional: marcaba un enorme contraste entre el esplendor de la firma comisionista InterBolsa, la mayor de este género en el mercado colombiano, y el crítico momento que vivía Wall Street con la bancarrota de muchas instituciones financieras. Los ecos de la quiebra de Lehman Brothers, el más antiguo banco de inversión de Estados Unidos, que había ocurrido seis meses atrás, todavía sacudían con fuerza el mundo financiero. La agitación se sentía en Wall Street, donde las acciones no se recuperaban de la caída.

Lejos estaba Rodrigo Jaramillo de imaginar que, tres años después, repetiría la historia del descalabro de Lehman Brothers, cuya caída desataría la más severa crisis económica mundial.

El 16 de febrero de 2011, Rodrigo Jaramillo volvió a asomarse al balcón de la NYSE. Esta vez era uno más de los personajes invitados al Colombia Day, una jornada dedicada a mostrar las empresas colombianas ante los inversionistas internacionales.

Ese día, los representantes de dieciocho empresas nacionales tuvieron la oportunidad de dialogar y negociar con inversionistas y analistas del principal mercado bursátil de Estados Unidos. Los presidentes de Bancolombia, el Grupo Sura, Cementos Argos, la Compañía Nacional de Chocolates (hoy Grupo Nutresa), el Grupo Éxito, Ecopetrol, la Bolsa de Valores de Colombia, Davivienda, el Banco Caja Social, Tablemac, Carvajal, Isagén, Colinversiones (hoy Celsia), el Grupo de Energía de Bogotá, Pacific Rubiales y el Grupo InterBolsa, entre otros, tocaron la campana, con lo que conmemoraron esa fecha. A pesar de que InterBolsa era sin duda la más pequeña de las empresas colombianas allí presentes, Jaramillo logró ponerse al frente en el momento de la foto, e incluso después bromearía por la forma como se les había metido por delante a algunos de sus distinguidos colegas.

Sin duda fueron los días de mayor gloria para InterBolsa, que sirvieron para alimentar la leyenda de su vertiginoso ascenso y su estrepitosa caída.

Veinte años atrás

A finales de los años ochenta había tres bolsas de valores independientes en Colombia. La de Bogotá, la más antigua y grande; la de Medellín, caracterizada por su enfoque hacia el mercado accionario, y la de Occidente, la más pequeña y joven.

La Bolsa de Valores de Bogotá comenzó a operar en abril de 1929, uno de los años más críticos para la economía global. A los siete meses de haberse inaugurado la plaza bursátil colombiana ocurrió la más devastadora caída del mercado de valores en Estados Unidos, el llamado Crash del 29 en Wall Street, que llevó al mundo a la Gran Depresión. La tragedia se extendió por un lustro en todo el planeta. Por eso, los primeros años de la Bolsa de Bogotá no fueron fáciles. Sin embargo, el mercado reaccionó poco a poco y se fue consolidando para atender las necesidades de las empresas colombianas.

Pocos meses después de iniciar labores la Bolsa de Bogotá, en junio de 1929 empezó a operar la Bolsa del Comercio en Medellín. Pero esta sólo duró dos años, pues se disolvió en octubre de 1931. A partir de este fracaso, los corredores en Antioquia continuaron trabajando en forma independiente hasta 1946, cuando se constituye la Asociación de Corredores de Bolsa, que estableció reglas y normas de autorregulación para negociar la compraventa de valores. En 1961 nace oficialmente la Bolsa de Valores de Medellín. Sus primeros años fueron muy prósperos, pues se trató de una época de expansión y de crecimiento de la industria y de las exportaciones del país. Las acciones representaban el 75% del volumen de operaciones de la bolsa paisa, y esta tendencia se mantuvo durante mucho tiempo.

Años más tarde, el desarrollo industrial del occidente del país motivó a un grupo de empresarios del Valle del Cauca a crear en Cali la Bolsa de Occidente, que nació el 20 de enero de 1983 y que también sería un protagonista importante en el mercado de valores de Colombia.

A partir de los años noventa comenzaron las conversaciones para fusionar las tres plazas bursátiles y crear un único mercado de valores. Después de muchos intentos, la idea se cristalizó en julio de 2001, cuando las bolsas de Bogotá, Medellín y Occidente dieron vida a la Bolsa de Valores de Colombia, que existe hoy día.

InterBolsa nació en la Bolsa de Medellín, en agosto de 1990, cuando transcurrían días muy difíciles para la capital antioqueña, pues el narcotráfico intimidaba a la sociedad. El estallido de las bombas y los policías muertos a manos de los matones de Pablo Escobar asustaban a propios y extraños, al punto que Medellín llegó a considerarse la ciudad más violenta del mundo.

La vida social, cultural y familiar de la ciudad se perturbó, y la plaza bursátil, que había tenido un papel importante como canalizadora de recursos para la pujante industria del departamento, recogía esos duros momentos con un descenso en los negocios.

Un reporte de la Cámara de Comercio de Medellín, para el primer semestre de 1990, informaba lo que estaba pasando en la economía antioqueña, afectada por el deterioro del orden público. Para ese periodo, las ventas de los restaurantes cayeron 48%. La actividad hotelera estaba duramente golpeada, lo que se reflejaba en un índice de ocupación del 36%. Pocos querían ir a la ciudad. La construcción se fue a pique. El área licenciada para edificaciones disminuyó entre un 30 y un 40%. Por primera vez desde su creación, en enero de 1990, la Bolsa de Occidente superó transitoriamente a su homóloga de Medellín en cuanto a volumen de operaciones.

Desde su nacimiento, la Bolsa de Medellín fue un club exclusivo al que era difícil acceder. Las firmas que operaban eran de gran tradición, y la mayoría era herencia de familia. Se imponían los valores del buen nombre, la honestidad y la respetabilidad de la palabra, antes que los económicos. A comienzos de los años ochenta comenzó a agitarse la idea de permitir la entrada de nuevos jugadores a la bolsa antioqueña, lo que se concretó, en los siguientes años, con la apertura de puestos adicionales. Para tener un puesto, que daba derecho a negociar de viva voz títulos valores, había que adquirir un paquete determinado de acciones de la bolsa y ser autorizado por la entidad y por la Comisión Nacional de Valores, que en 1991 pasó a llamarse Superintendencia de Valores.

Para el comienzo de la década de los noventa, cerca de veintinueve firmas tenían puesto en el corro bursátil de Medellín. Aunque la bolsa ya gozaba de mayor apertura, quien pretendiera hacerse a un puesto era examinado rigurosamente. La razón principal era el temor de que el dinero de la mafia pudiera infiltrarse en las grandes compañías antioqueñas.

En este escenario aparece Rodrigo Jaramillo Correa, un ingeniero químico de la Universidad de Antioquia, especialista en finanzas de la Universidad Eafit y nacido el 3 de septiembre de 1943 en el matrimonio compuesto por Mario Jaramillo Echavarría y Helvia Correa Mejía. Esta pareja paisa, que tuvo cinco hijos, después de vivir en Medellín por muchos años, se trasladó a Bogotá en busca de mejores oportunidades. Rodrigo fue el cuarto hijo en este matrimonio, después de Luis Fernando, Juan Guillermo y María Cecilia. Tras él llegaría María Eugenia, la hija menor de la familia.

Para el momento de incursionar en el mercado bursátil, Rodrigo tenía cuarenta y siete años, bastante mayor en aquella época para debutar en un negocio al que comúnmente se llegaba desde muy joven o por tradición familiar. Hay varias hipótesis que explican por qué se refugió en esta actividad.

Una de ellas es que llegó impulsado por su esposa, María Cecilia Botero Restrepo, quien había ocupado la Secretaría General de la Bolsa de Valores de Medellín, a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. También trabajó en la Alcaldía de Medellín, en la administración de Juan Felipe Gaviria, quien tenía una gran amistad con Rodrigo Jaramillo. Cecilia era abogada de la Universidad de Antioquia y graduada como trabajadora social en la Universidad Pontificia Bolivariana. Hija de Carlos Botero Mejía y Nora Restrepo, descendientes de comerciantes antioqueños y reconocidos como una prestante y muy acaudalada familia paisa, propietaria de extensas tierras cultivadas en el suroeste antioqueño. También eran amantes del arte, pasión que alimentaron con sus frecuentes viajes a Europa.

Cecilia es descrita por sus compañeros de entonces como una mujer elegante, prudente, sencilla y afable. De gustos muy refinados y bajo perfil. Le gustaba la música clásica. Su hermana, María Mercedes, estudió Economía en la Universidad de Antioquia y también era muy respetada en la sociedad paisa. Su prima hermana doble Camila Botero Restrepo, bibliotecóloga de la Universidad de Antioquia y abogada de los Andes, era igualmente apreciada y distinguida. Era la hija única del matrimonio de Cristian Botero Mejía y Ana Restrepo, otra notable familia antioqueña dueña de la Hacienda La Botero, una famosa propiedad a orillas del río Cauca. Camila fue una figura importante en la vida familiar de Rodrigo y Cecilia. Pero, irónicamente, sería una de las víctimas del descalabro de InterBolsa.

Otra razón por la cual Rodrigo Jaramillo habría entrado al mundo bursátil es que buscaba independencia. No se había distinguido en el ambiente de los negocios, ni hacía parte de la élite empresarial antioqueña. En sus primeros años, como ingeniero químico, trabajó en Noel y en Enka. Posteriormente fue gerente en Medellín de Seguros Skandia; corredor de seguros en Coraza, una pequeña firma de seguros; gerente del periódico El Mundo y jefe regional de Corficolombiana. Antes de lanzarse al agua bursátil, Rodrigo también manejaba algunos de los negocios de su esposa Cecilia relacionados con los cultivos de cítricos y ganado que ella tenía en su finca Las Palmeras, herencia familiar y vecina de la hacienda La Botero de su prima hermana Camila.

Un motivo más para querer meterse en este frenético negocio es que quería reconocimiento. Rodrigo era el menos importante en una familia muy importante. Su hermano Luis Fernando Jaramillo, quien le llevaba ocho años (nació el 24 de julio de 1935), para entonces ya se había hecho a un nombre nacional. Ingeniero civil de la Universidad Nacional, con especialización en Economía del London School of Economics, Luis Fernando fue gerente de la campaña presidencial de Virgilio Barco en 1986, y luego, durante su gobierno, fue ministro de Obras Públicas y Transporte (1986-1989), ocupando transitoriamente las carteras de Minas y Desarrollo Económico (hoy Ministerio de Comercio, Industria y Turismo). También lideró la campaña presidencial de César Gaviria y fue elegido por el Senado como Designado Presidencial en 1990. Ese mismo año asumió como ministro de Relaciones Exteriores. En 1992 fue Embajador Extraordinario de Colombia ante la ONU.

Luis Fernando Jaramillo desempeñaría un papel clave en InterBolsa, firma de la que fue socio por varios años. En Bogotá extendió el puente que permitió que su hermano Rodrigo se acercara a la élite económica, social y política, donde estaban los grandes capitales para invertir. Entre 1999 y 2011 ocupó la presidencia de la empresa de ingeniería Odinsa, de la cual fue socio fundador. InterBolsa llegó a ser uno de los principales jugadores de la acción de esta compañía, y en algún momento se convirtió en un importante accionista. Cuando murió, Luis Fernando Jaramillo ocupaba la representación para Latinoamérica de Goldman Sachs, uno de los grandes bancos de inversión del mundo. Con su muerte, en noviembre de 2011, tras padecer un cáncer de pulmón, se frustró el plan más importante que tenía Rodrigo Jaramillo de vender la compañía, pues él habría sido un gran apoyo en este proyecto.

Otro hermano muy ilustre de Rodrigo Jaramillo era Juan Guillermo, el segundo hijo de la familia. Arquitecto de la Universidad Pontificia Bolivariana fue cofundador con varios colegas del Grupo Habitar, organización que cumplió un papel importante en el urbanismo y planeación de la ciudad de Medellín. Juan Guillermo incursionó en la política dentro del Nuevo Liberalismo, partido con el que llegó a ser concejal de la capital antioqueña. Fue candidato a la primera alcaldía popular de Medellín, en 1988, competencia que perdió por 1.800 votos con Juan Gómez Martínez, candidato conservador. Altamente apreciado en el círculo empresarial, Juan Guillermo fue presidente ejecutivo de la Corporación para el Desarrollo de Antioquia (Proantioquia) entre 1990 y 1996. Durante ese periodo también representó las acciones del Grupo Empresarial Antioqueño (GEA) en Fabricato, donde fue miembro de la Junta Directiva. Doce años después, volvió a ser parte de la junta de la textilera. Representó al sector privado ante el Consejo Superior de la Universidad de Antioquia e hizo parte de la Junta Directiva de la Empresa de Desarrollo Urbano del municipio de Medellín.

En 1990, mientras los dos hermanos mayores de la familia Jaramillo Correa ya eran figuras destacadas, Rodrigo intentaba darle un vuelco a su vida. Se acercó a varios comisionistas de bolsa en Medellín para expresarles su intención de entrar a esta actividad. Incluso, a algunos les propuso asociarse. Aunque el negocio no pasaba por su mejor momento, muchos no estaban dispuestos a vender, y no faltó quien le advirtiera que no sabía en qué se estaba metiendo. Pero esto no hizo desistir a Rodrigo, que siguió con sus planes.

Finalmente, logró negociar con el puesto más pequeño que operaba en ese momento en el mercado. Se trataba de la firma Mejía Martínez y Cía., que perteneció al corredor Luis Carlos Mejía, a quien sus colegas apodaban «Pepino». Este le había vendido la firma a su hijo Alejandro, que estaba de regreso en el país después de estudiar en Estados Unidos, y a Álvaro Martínez Zea, otro corredor de bolsa. Realmente, fueron estos dos últimos quienes negociaron, por siete millones de pesos, el puesto de bolsa y los activos para que Rodrigo Jaramillo creara InterBolsa.

Aunque el puesto que estaba adquiriendo era pequeño, se conocía por ser uno de los más antiguos. Sus orígenes se remontan a la Asociación de Corredores, que existió en 1946, génesis de la Bolsa de Valores de Medellín. Muchos pensaban que la firma estaba más dedicada al corretaje de divisas, aunque movía acciones en pequeña cantidad.

La verdad es que, por aquella época, varias firmas de las bolsas de Bogotá y Medellín, paralelamente a la actividad bursátil, negociaban divisas en lo que se llamaba el mercado negro, algo que en ese momento estaba prohibido por el estatuto cambiario. Había firmas que, bajo la fachada de comisionistas de bolsa, hacían corretaje de divisas, y conseguían más plata comprando y vendiendo dólares que por el mercado tradicional de acciones. Aunque todos sabían que esto era grave, pues violar el estatuto cambiario daba cárcel, era un secreto a voces que algunos corredores, bajo cuerda, estaban metidos en esta actividad.

El hecho es que el 21 de agosto de 1990, mediante escritura número 1561 de la Notaría 17 de Medellín, se constituyó la sociedad «InterBolsa Jaramillo Botero y Cía. Comisionista de Bolsa», con un capital de diecisiete millones de pesos. Su domicilio sería Medellín y se dedicaría a la actividad de compra y venta de valores. Los socios, por iguales partes, serían Rodrigo de Jesús Jaramillo Correa y su esposa María Cecilia de las Mercedes Botero Restrepo. Él sería el gerente de la empresa y ella la subgerente. Con igual cargo se designó a Álvaro Martínez Zea.

Esta sociedad fue inicialmente de tipo colectiva, en ese entonces autorizadas para actuar en el mercado como comisionistas de bolsa. Posteriormente, con un cambio en la legislación se obligó a estas a transformarse en sociedades anónimas. Por ello, mediante escritura número 3509 del 21 de octubre de 1992 de la Notaría 2ª de Medellín, InterBolsa cambia a sociedad anónima. Entran como nuevos socios los hijos de Rodrigo y Cecilia: Tomás, Laura y Manuela. Pocos años después, varios miembros de la familia se convierten en accionistas de InterBolsa, entre ellos, Luis Fernando Jaramillo Correa y sus hijos Mario y Mónica Jaramillo Corredor.

InterBolsa comenzó a operar en el décimo piso del edificio Playa Oriental, ubicado en pleno centro de Medellín, a unas cuantas cuadras del Parque de Berrío, donde estaba la Bolsa de Valores. El edificio había pertenecido al exbanquero antioqueño Félix Correa Maya, quien fue presidente del desaparecido Grupo Colombia y uno de los protagonistas de los escándalos financieros de comienzos de la década de los ochenta… ¿Sería este un mal presagio? El edificio, con los años, pasó a llamarse InterBolsa, pues Rodrigo decidió comprar el nombre para la torre. Las oficinas no ocupaban más de doscientos metros cuadrados y fueron conservadas hasta el fatídico día de la intervención y posterior liquidación, el 7 de noviembre de 2012. Rodrigo Jaramillo nunca quiso trasladar estas oficinas, e incluso, para 2011 y 2012, ya había tres pisos en este mismo edificio, donde también quedaban las áreas de auditoría, contabilidad, riesgos y operaciones.

En sus comienzos, Rodrigo asistía a la rueda donde de viva voz se negociaban acciones, se suscribían CDT y unos cuantos bonos y papeles de empresas y cédulas de desarrollo hipotecario del BCH. No tenía experiencia en el mercado bursátil, pero lo que más se necesitaba entonces era capacidad comercial. Un teléfono y buenos contactos eran suficientes para buscar clientes que compraran acciones y otros que quisieran vender. Lo importante eran la palabra y la confianza. En esa época no se usaba tener corredores.

Ciertamente, en sus inicios, InterBolsa no se distinguió entre las firmas que operaban el mercado. No sobresalía por el volumen de negociaciones, ni por el monto de comisiones que hacía, y mucho menos por las utilidades que generaba. Más bien, hay que decir que siempre estuvo en la parte final de la tabla donde se medían las firmas, según sus ingresos por comisiones.

Pese a las credenciales de familia que tenía para sentarse con los tradicionales comisionistas de Antioquia, Rodrigo Jaramillo, desde un comienzo, no despertó empatía entre sus nuevos colegas. A quienes lo conocieron en esa época les llamaba la atención el hecho de que Rodrigo no saludara ni se despidiera, algo disonante con la personalidad paisa, amable y jovial. Por esto le sobraron los apodos. «Limón» y «el Mudo», se oía decir por los pasillos de la plaza bursátil antioqueña. Algunos lo veían como el colega antipático, y otros, como un hombre extremadamente tímido.

Rodrigo llegó a una firma pequeña, y así se mantuvo durante los primeros cinco años. Lejos estaba de imaginarse que construiría una firma que llegaría a tener el 30% del negocio bursátil colombiano y a ostentar un título que nadie consiguió antes. Fue la primera entidad financiera de América Latina en ser admitida en Brasil, una economía gigante y donde el mercado de capitales luce como un Goliat frente al colombiano. Pero para llegar a esta parte de la historia mucha agua tuvo que correr bajo el puente.

La primera bonanza

A partir de 1990 se realizaron reformas muy significativas en Colombia que incidieron en el mercado de valores, que aún tenía un tamaño muy incipiente. Entre ellas, la liberalización financiera, con la reforma al sistema bancario (Ley 45 de 1990); la apertura comercial; la reforma al mercado bursátil (Ley 27 de 1990); la independencia de la banca central, que llegó con la Constitución de 1991; el desmonte de la mayoría de controles cambiarios (Ley 9 de 1991); la llegada al mercado de capitales de nuevos inversionistas institucionales como los fondos de cesantías (Ley 50 de 1990) y los fondos privados de pensiones (Ley 100 de 1993), y la creación del mercado de deuda pública.

Todas estas reformas, realizadas durante el gobierno de César Gaviria, estimularon el mercado de valores, incentivaron la llegada de nuevos jugadores y propiciaron el desarrollo de diferentes instrumentos de inversión. Muy pronto, la bonanza comenzó a llenar los bolsillos de los comisionistas, y los puestos de bolsa se valorizaron extraordinariamente entre 1990 y 1995. Un puesto que en la Bolsa de Bogotá en 1992 costaba treinta y cinco millones de pesos pasó a valer trescientos millones cuatro años después.

Sin embargo, no sucedía lo mismo con InterBolsa, que se demoró en arrancar. Entre 1990 y 1995 era una firma muy pequeña y con poca proyección. Rodrigo trabajaba con Álvaro Martínez Zea, que de dueño pasó a ser empleado de la firma. Era quien realmente tenía experiencia en el negocio y sabía operar en la rueda; por eso, a Rodrigo le interesaba mantenerlo en la sociedad, aunque la relación entre los dos no era muy buena. En sus primeros años InterBolsa se dedicó a atender clientes de Medellín y, principalmente, a la negociación de acciones, debido a que la mayoría de las compañías inscritas en la bolsa en ese momento eran empresas localizadas en el departamento, como las compañías del Sindicato Antioqueño y las grandes textileras: Coltejer, Fabricato y Tejicóndor.

Pero Rodrigo Jaramillo sabía que necesitaba asociarse con alguien que tuviera más experiencia si quería imprimirle proyección a la firma. Él solo no tenía el empuje suficiente para disparar el negocio. Sus colegas recuerdan que se paraba en la puerta de su cabina en el corro de la Bolsa de Medellín e invitaba a algunos a trabajar con él, pero nadie le siguió la cuerda.

Pues bien, en agosto de 1995 aparecen sus primeros socios. Se trata de los hermanos Diego y Javier Rodríguez Obregón, dos habilidosos corredores de bolsa que trabajaban en la firma Digital Valores, adscrita a la Bolsa de Bogotá. Esta comisionista había pasado, en 1991, a control mayoritario del Banco Nacional del Comercio (antes Banco de Caldas), que le inyectó recursos, creó el departamento de Banca de Inversión y posteriormente le cambió el nombre por BNC Valores. En la crisis financiera de finales de los noventa, se quebró el Banco Nacional del Comercio, que tuvo que fusionarse con el Banco Ganadero. Un grupo de inversionistas, encabezado por el cafetero Gustavo Gaviria, compró luego la firma BNC, le cambió el nombre y la convirtió en Bolsa y Banca.

Cuando aparecen en la vida de InterBolsa, los hermanos Rodríguez, hijos de españoles, hacían parte de la generación de los nuevos yuppies, término que en la primera mitad de la década de los noventa describía a unos corredores arriesgados y agresivos para especular en el mundo bursátil. Muchas de las firmas comisionistas, que con la apertura económica comenzaron a mostrar balances boyantes, se peleaban a estos personajes, por lo general economistas y administradores de empresas recién egresados, atraídos por el frenético mercado de valores. Estos jóvenes corredores surgían como los nuevos ricos, les gustaban la ropa fina, los carros importados último modelo, y estaban afiliados a los clubes sociales como el Jockey, Los Lagartos y el Country. Eran de reuniones frecuentes y llevaban una agitada vida nocturna.

Una vez que los Rodríguez adquirieron un paquete de acciones de InterBolsa comenzaron a generar negocios importantes y a aportar nuevos clientes de la capital de la República, lo que ayudó a impulsar la firma. Ese mismo año, 1995, la comisionista antioqueña aterriza en Bogotá con una oficina de representación.

Dado el crecimiento de los negocios, muchas de las firmas se motivaron a abrir oficinas en otras ciudades. La misma Bolsa de Valores de Medellín hizo lo propio en Bogotá para tratar de compensar el dominio de la bolsa capitalina en ciertos negocios, como la renta fija, es decir, aquellas inversiones atadas a una tasa, por ejemplo los TES y los Títulos de Participación, los bonos y los papeles comerciales de las empresas, entre otros.

Diego Rodríguez entró a InterBolsa como promotor comercial, cargo que fue autorizado por la Bolsa de Valores de Medellín, para negociar en el mercado como un corredor tradicional. Llamaba bastante la atención, pues era atractivo, llevaba su cabello engominado, se vestía a la moda, y en lo profesional era ambicioso y temerario. Hacía grandes comisiones en la bolsa capitalina y decidió buscarlas también en la bolsa de Medellín. Para muchos, su éxito despertaba más dudas que admiración. Algunos lo veían como un claro «avivato». Su hermano Javier, también un joven con muy buena presencia, pero menos arriesgado que Diego, llegó a ser representante legal de InterBolsa en 1996.

El paso de los hermanos Rodríguez por la vida de InterBolsa fue breve, pero importante en su historia, porque con este episodio la firma comisionista dio su primer brinco en el mercado bursátil. La sociedad duró poco más de un año, pues se disolvió a finales de 1996. Fue una relación que le generó más de un dolor de cabeza a Jaramillo, porque la diferencia en los ingresos obtenidos en la operación de Bogotá —que comandaba Diego— y la de Medellín era muy grande. El nuevo socio era quien realmente estaba engordando la firma y quería imponer condiciones. Rodrigo se sentía acorralado y prefirió terminar la sociedad antes que perderla. Diego Rodríguez, posteriormente, se asoció con la firma antioqueña Juan Guillermo Vargas Correa y Cía., que más tarde quebraría, lo que en el círculo bursátil paisa alimentó las dudas sobre la actuación de este personaje bogotano.

El capítulo final de Diego Rodríguez fue muy dramático, pues algunos años después de haber salido de la vida de InterBolsa fue encontrado muerto en el barrio Egipto de Bogotá con señales de tortura, y el misterio sobre los móviles de su muerte nunca fue aclarado completamente, según el reporte judicial del momento.

Pero el real despegue de InterBolsa llegaría poco después, cuando Rodrigo Jaramillo se asocia con Juan Carlos Ortiz Zárrate1, un economista de la Universidad Javeriana que se hizo corredor de bolsa y que buscó refugió en Medellín, pues cuando trabajaba en la firma BNC Valores en Bogotá (antes Digital Valores) fue sancionado con expulsión del mercado por espacio de diez años.

Jaramillo acababa de terminar la sociedad con los hermanos Rodríguez, y la aparición de Ortiz le cayó como anillo al dedo. En julio de 1997, este es presentado ante la Bolsa de Medellín como promotor de negocios de InterBolsa. Pero Ortiz no llega solo. Trae su combo de corredores, entre ellos a Rafael Saravia Pinilla, María del Pilar Villota y Claudia Cecilia Madero, también de la BNC Valores, pero que no habían tenido nada que ver con los hechos de la expulsión.

Para diciembre de 1997, hay una recomposición accionaria de InterBolsa, y entran como nuevos accionistas los tres anteriores, Saravia, Villota y Madero. Simultáneamente, hacen su ingreso Luis Fernando Jaramillo Correa y su hijo Mario Jaramillo Corredor. Este grupo de cinco nuevos socios entra con el 35% de la firma. El resto sigue en manos de la familia Jaramillo Botero.

Aunque Juan Carlos no figura en el libro de accionistas para ese año, se sabe que entró como socio con sus colegas. Esta forma de asociarse sin figurar definiría el modus operandi de Ortiz a lo largo de su vida profesional. Siempre tras bambalinas, por lo que es difícil seguir sus huellas en el mundo de los negocios.

En sus comienzos en InterBolsa, Juan Carlos tuvo una gran empatía con Jaramillo y posteriormente con Tomás, el hijo mayor de Rodrigo, quien se involucró en el negocio de la familia en 1998 a su regreso al país, después de adelantar sus estudios en Estados Unidos. En julio de 1999, la firma pide permiso a la Bolsa de Medellín para que Tomás Jaramillo actúe como promotor de negocios.

Podría decirse que, a partir de allí, Tomás y Juan Carlos comienzan a construir el malogrado camino de InterBolsa, con la complicidad de Rodrigo Jaramillo, algunas veces por omisión y muchas otras con su consentimiento.

El verdadero cerebro

Una vez fue expulsado del mercado por la Bolsa de Bogotá en 1997, Juan Carlos Ortiz, quien para la época tenía treinta años, encontró en InterBolsa la manera de seguir metido en el negocio bursátil. Aunque legalmente le quedaba prohibido ejercer actividades relacionadas con el mercado público de valores, con la ayuda de Rodrigo Jaramillo se las ingenió para hacerle el quite a la sanción y continuar como corredor de bolsa, aunque camuflado.

Su expulsión de la bolsa ha sido uno de los episodios más sonados en la historia del mercado de valores. Si bien Ortiz ha dicho que se debió a operaciones novedosas que no fueron comprendidas en su momento y que eran necesarias para el crecimiento y modernización del sector bursátil colombiano, la verdad es otra. Según las autoridades, se debió a sus conductas poco claras, que buscaban primero su propio enriquecimiento y luego el de la firma comisionista, en detrimento de los clientes.

Los hechos que dan origen a la sanción ocurrieron cuando Juan Carlos Ortiz era un operador de mercado en la firma BNC Valores y figuraba como jefe de mesa, lo que en el argot bursátil se conoce como un centro para generar ingresos. Las mesas siempre se identifican con un número para diferenciarlas y están constituidas por varios corredores. Las ganancias que se obtienen se consolidan. Ortiz, además de liderar una de las mesas, era muy habilidoso para manejar sofisticadas técnicas de mercado, y rápidamente sobresalió como corredor.

Entre el 28 de agosto de 1996 y el 31 de mayo de 1997, la Cámara Disciplinaria de la Bolsa de Bogotá investigó la firma BNC Valores, a varios de sus representantes legales y traders (corredores), y encontró irregularidades en su operación que ameritaban una sanción. A pesar de que Juan Carlos Ortiz no fungía como representante legal de esta compañía, se intuía que era la persona que concebía e implementaba los negocios que fueron objeto de la investigación.

El pliego de cargos que se le levantó a la firma tenía que ver con conductas prohibidas en el mercado de valores. Entre ellas, la utilización de maniobras irregulares conocidas en el nego ...