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KIBO

Dionisio Araújo

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Fragmento

¿Te acordás hermano? ¡Qué tiempos aquellos!

Manuel Romero, tango

África Oriental, año ochenta y dos mil y pico antes de Cristo

En aquel tiempo no pasaba nada importante.

Un día cualquiera —que podría haber sido martes, jueves o domingo—, los rayos del sol, como casi siempre en el trópico, caían sobre la pradera y se esparcían sobre sus pastos de color ocre, amarillo intenso y verde aceitunado. Al fondo una delgada línea de colinas se fundía temblorosa con un firmamento sin nubes y de un azul paliducho desteñido por el calor. Muchos animales de todos los pelambres y tamaños yacían haciendo la siesta bajo los escasos árboles desperdigados por el entorno y otros se atrevían a caminar un poco, a pesar de la temperatura insoportable. A veces silbaba un vientecillo alegre que mecía los pastos, refrescaba el aire y rasgaba con tenuidad el silencio solemne de la comarca.

En un pequeño rincón de aquella sabana interminable y al lado de una corriente de aguas mansas y transparentes, crecía un bosquecito donde una manada de mamíferos un poco peculiares, porque eran los únicos que caminaban erguidos en las patas traseras y porque no tenían el cuerpo cubierto de pelo, escarbaba la tierra en busca de insectos, de gusanos y de raíces. Se parecían, al primer golpe de vista, a esa gran variedad de monos que pueblan las llanuras y las selvas africanas y las llenan de alegría con sus chillidos y sus acrobacias, pero carecían de sus asombrosas aptitudes para trepar a las copas de los árboles y trasladarse entre sus ramas y bejucos, colgando de sus manos.

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Sin embargo, eran ágiles y de movimientos graciosos. No tenían rabo y su frente era casi vertical, su cráneo desproporcionadamente grande, sus ojos más separados y vivaces y su nariz prominente. Lucían torsos musculosos, piernas gruesas y potentes y sus brazos, más bien cortos, terminaban en manos pequeñas y desprovistas de garras que tenían el pulgar opuesto a los otros dedos, lo que les permitía una gran habilidad en la manipulación de pequeños objetos.

Mientras estas criaturas retozaban y sin que nada lo hubiese presagiado, el cielo se ennegreció y una tempestad estrepitosa se desató abruptamente. Era una borrasca de esas propias del trópico que infunden pavor y ganas de correr. El viento ya no silbaba sino que rugía y, como iracundo, embestía los baobabs —esos árboles de troncos gordísimos y ramas tan pequeñas que parecían una caricatura—, hamaqueaba las acacias de brazos retorcidos y amenazaba con derribar a los unos y a las otras, que se resistían con estoicismo.

Todo se puso de un gris pizarra muy oscuro, lo que hacía más brillantes y asustadores los fogonazos de los rayos, y el ambiente retumbaba sin ritmo como si un principiante aporreara unos timbales gigantescos. El agua que corría por la pradera formaba caudales amenazantes y fangosos.

Los integrantes de la manada de primates lampiños permanecieron paralizados al amparo del bosquecillo, confiados en que aquella tormenta pronto cesaría y que la calma volvería. Pero intuían que la temporada de lluvias había llegado y que era tiempo de buscar tierras más altas para evitar las inundaciones. Apenas escampó, como si aquello fuese una señal convenida, se levantaron todos al tiempo y emprendieron la marcha, saltando charcos, hacia la montaña cercana, cuya cumbre permanecía cubierta por la nieve, y treparon por su ladera.

La vida en las alturas no era tan placentera y fácil como en la sabana. Era menos rica en frutos y se podía cazar menos, y su superficie pedregosa dificultaba los desplazamientos y con frecuencia les infligía heridas y úlceras en los pies descalzos. Pero les brindaba mejor protección frente a los embates de las lluvias y las inundaciones. Muchos de los animales con quienes compartían los pastos de la llanura también migraban hacia las tierras altas, que se convertían en una especie de campamento de vacaciones. También subían los depredadores y era necesario, como siempre, guardar vigilancia constante.

Allí permanecerían muchos días hasta cuando las condiciones mejorasen. Tendrían las mismas ocupaciones de siempre: buscar alimentos, juguetear, dormir, acariciarse. Todo era monótono y repetitivo y sucedían pocas cosas dignas de contarse. No había noticias ni quién las transmitiera, ni grandes catástrofes, ni asesinos en serie, ni enredos políticos, ni competencias deportivas, ni líos de farándula… nadie estaba de prisa nunca.

Una mañana soleada uno de los miembros jóvenes de aquella especie de tribu decidió aventurarse hacia la cima nevada de la montaña. No era frecuente que lo hiciesen porque en esa cúspide, aparte de frío intenso, casi no se encontraba nada que valiera la pena. Pero la altura ofrecía un espectáculo fantástico y contemplar la lejanía producía una inusitada sensación de grandeza. Mirar lejos siempre ha sido fascinante, y el panorama desde aquellas cumbres era maravilloso con sus picos, como coronados por guirnaldas de nubecitas, en toda la gama de verdes y azules y todas esas figuras caprichosas que dibujan en las laderas de las montañas los pastos, los árboles, los matorrales y las rocas. A lo lejos, la pradera infinita de donde habían venido perdía la fuerza de sus pigmentos y se convertía en un diseño alocado de manchones de diferentes tonalidades azulosas.

El joven explorador tenía aquella delgadez propia de quienes comen frugalmente y se ejercitan mucho, pero era fuerte y ágil como un venado, lucía una piel dorada y ojos agrisados e inquietos en un rostro de hermosas líneas, circundado por pelo crespo y muy negro que caía hasta los hombros. Siempre, sin saber por qué, había querido alcanzar aquella cima, cuyo ascenso se encontraba salpicado de hermosas flores moradas y de plantas curiosas que jamás veía en la pradera y que se destacaban sobre la blancura de la nieve. Aquella escalada era un desafío.

No lograría llegar al destino programado. A medio camino, y desacostumbrado a caminar por terrenos helados, resbaló y rodó dentro de una hendidura profunda. En su caída, al tratar de aferrarse a la pared del monte con angustia, arrastró consigo un montón de barro y piedras que lo sepultaron de inmediato. Más tarde cayó la nieve. Muchísima nieve durante muchísimo tiempo.

Sus compañeros notaron su ausencia después de un rato y lo buscaron sin resultado por varias horas. Chillaron y chillaron tratando de obtener una respuesta pero sólo contestó un silencio inescrutable. Desconsolados, abandonaron la tarea porque supusieron que el desaparecido, como era absolutamente normal, había resuelto apartarse del grupo y emprender su vida independiente.

Aquello ocurría con frecuencia. Volvieron a su monotonía habitual y se olvidaron del sepultado…

PARTE I

Capítulo 1

Un viaje de mil millas comienza con el primer paso.

Lao-Tsé

Corría el año 2036.

Aquello podía enloquecer a cualquiera. Laura Andrews, una de las periodistas más reconocidas de los Estados Unidos, no sólo por su talento y hermosura sino porque en el último par de años la publicación de un best seller que deslumbraba al mundo la había trepado a la cumbre de la gloria, había sido condenada a cinco años de prisión y estaba recluída en la celda 23 del Centro de Detención de Camp Verde, en el Condado de Yapavai, cerca del Gran Cañón del Colorado. Yacía en un camastro vergonzoso con todos sus sueños y su buen nombre deshechos, junto con las ilusiones aporreadas de miles de seguidores que habían creído en ella.

Esta historia había comenzado en 2020 con un viaje al África.

El enorme Boeing de cabina ensanchada aterrizó envuelto en el tronido de sus turbinas en la pista del Aeropuerto Internacional del Kilimanjaro.

Laura Andrews desabrochó su cinturón de seguridad y estiró meticulosamente sus músculos adormecidos por el largo viaje. Todavía le quedaban una espera de más de dos horas en el aeropuerto y otro vuelo de algo más de una hora para llegar a su destino.

Después de reclamar su equipaje, que recomendó a los encargados del mostrador de British Airways, dio una caminada por los jardines del aeropuerto, sorprendentemente bien cuidados, y con un café caliente en la mano disfrutó con fruición de las flores rojas y moradas, y del césped recortado con finura. Luego se sentó un rato a la sombra de una acacia añosa y rememoró esos últimos meses de su vida que pasó explorando en internet montones de folletos y guías turísticas para encontrar un viaje que la ayudara a llenar sus vacíos y a mitigar el descontento que la agobiaba desde hacía varios años y que la había llevado a la decisión reciente de romper su matrimonio.

Veinte años atrás, cuando era una universitaria, Laura había experimentado, después de una ruptura amorosa, una sensación de vacío muy similar a la que ahora sentía y pudo remediarla con un paseo a las cataratas del Niágara acompañada de un grupo de amigos. A duras penas recordaba el nombre del noviecito de entonces pero tenía claro que el paseo le había sido útil para consolar la pena. Y como ahora la sensación de insatisfacción era mucho más grande y había durado mucho más tiempo —diez años de matrimonio—, decidió simplemente ir mucho más lejos y por un tiempo más prolongado. Lógica elemental…

Quizás el escogimiento final de su destino fue obra del azar.

Por una parte, desde cuando vio un hermoso documental de National Geographic sobre el Serengueti, le habían dado ganas de visitar aquel lugar. Y por esos días leyó que las nieves del Kilimanjaro estaban a punto de desaparecer para siempre y eso la motivó a ver, en medio de su crisis existencial, la vieja película basada en la novela de Hemingway que cuenta la historia de Harry, un escritor que delira bajo la atención enamorada de Helen, su mujer, después de haber resultado severamente herido en un accidente de cacería.

Cuando vio la película, protagonizada por Gregory Peck (qué hermoso era, pensaba Laura) y Ava Gardner, con sus inolvidables ojazos verdes, supo que si continuaba buscando adónde ir y no se resolvía pronto, podría terminar asaltada por un impulso de arrepentimiento en su decisión de divorciarse de Mathew Richards y no tenía ganas de que eso pudiese ocurrir. Ese pensamiento precipitó su determinación: iría a África. “Lo mejor es enemigo de lo bueno”, recitó para sí, como siempre hacía cuando se enfrentaba con una disyuntiva complicada, y, al fin y al cabo, de lo que se trataba era de alejarse una temporada de su trabajo y de su exmarido. Cualquier lugar servía para ese propósito.

Con premura, como asaltada de repente por una necesidad inaplazable, compró los tiquetes y alistó el equipaje rumbo a la República Unida de Tanzania, en la costa Este de África Central, que además de sus paisajes magníficos ofrecía el atractivo de haber sido escenario del descubrimiento de los fósiles humanos más antiguos, incluidos restos que los científicos —siempre con sus trabalenguas— habían bautizado con nombres tan enrevesados como Paranthropus, Homo rudolfensis y Homo habilis. ¡La cuna de la humanidad!

Permaneció sentada un buen rato con la incoherencia de sus recuerdos y más tarde, con otros once pasajeros, abordó una avioneta que los llevaría al Parque Nacional Serengueti. Desde el aire admiraron, con los ojos y la boca bien abiertos, la magnitud de la meseta que conforma gran parte del país y su cadena montañosa y volcánica.

Fue un vuelo apacible, divertido. En Nueva York se habían quedado muchos asuntos como las elecciones de Congreso, las multas a los bancos, las precandidaturas presidenciales y las negociaciones y las protestas de los gremios, que en este momento le importaban un comino.

Aterrizaron en medio de una nada profundamente verde y tomaron luego un camino de trocha que los llevó al hotel Singita Faru Falú Lodge, donde los recibieron con café, té y entremeses. Laura había visto algunas fotografías de aquel albergue mimetizado con la naturaleza de manera muy bella y comprobó la presencia de las ocho cabañas construidas en guadua y piedra, y monumentales ventanales con vista a la inmensidad del Serengueti y con aire acondicionado, lujosas bañeras y ducha al aire libre. Ya en su cuarto se lavó la cara con agua fresca y se tumbó en la cama, donde quedó fulminada hasta el día siguiente.

Muy temprano salió vestida de safari —se sentía como disfrazada— y se encontró con sus compañeros de aventura que la acogieron con una gran excitación y sonrisas de oreja a oreja.

Un jeep los esperaba.

A pesar de todos los videos que vio después de tomar la decisión de ir a África, presenciar aquella inmensidad en vivo y en directo excedió todas sus expectativas. Un júbilo de chiquilla la invadió. Respiró muy hondo. Le parecía mentira haber dejado su oficina, donde vivía rodeada de escritorios, reuniones urgentes, gente atareada, computadoras y dispositivos electrónicos, y encontrarse ahora en medio de leones, elefantes, rinocerontes, leopardos, búfalos, hienas, guepardos, gacelas, cebras, aves rapaces y muchas otras especies que ni siquiera lograba identificar.

Laura había leído que el Serengueti era escenario de las famosas migraciones de ñus, esos monstruos casi cómicos, de aspecto desgarbado —un cruce entre bisonte, vaquilla y antílope—, con crines enmarañadas y larga cola de caballo, que todos los años invariablemente viajan más de ochocientos kilómetros, acompañados de cebras y gacelas, en una competencia demencial contra la sed y el hambre, en la cual arrostran incontables peligros y encuentran la muerte doscientos cincuenta mil de ellos, en las garras de los depredadores o ahogados en los ríos que tienen que atravesar. No podía perderse aquella epopeya maravillosa. Por eso había viajado a África en el mes de julio, para ver al menos un grupo de ese millón y medio de aventureros.

Laura era una mujer radicalmente urbana que apenas tenía contacto con animales, ni siquiera domésticos. Su mayor acercamiento a ellos se daba cuando visitaba a su amiga Anne, quien vivía en un formidable apartamento con dos gaticos persas de pelo esponjado color miel y nariz chata y negra que se llamaban Silvestre y Luna.

Disfrutaba de la compañía de Anne porque su amiga siempre la miraba a los ojos, se interesaba en sus asuntos y poseía ese desenfado propio de las jovencitas, pese a que ya rondaba los cincuenta. Laura siempre, con algo de reluctancia, acariciaba a los felinos durante la media hora que permanecía allí, mientras llegaba el momento de salir a cenar, a tomar un martini o ir al gimnasio adonde llegaban casi siempre a pie, rara vez en taxi o en auto, porque preferían entrar en el juego de esquivar la estampida de vehículos que participar en ese zambapalos brutal de cláxones, frenazos y personas ansiosas por llegar a su destino.

Recordando ahora en el Serengueti aquel bullicio urbano se preguntaba quiénes serían los verdaderos salvajes: estos animales que pastaban con calma, respeto y concordia absolutos o sus conciudadanos corriendo y gesticulando como dementes, tratando de llegar a cualquier sitio, de embutirse a empellones en un vagón del subway o de obtener mejor puesto en un teatro o un restaurante de moda.

La contemplación del espectáculo de vida agreste al natural suscitaba en Laura las más disímiles y encontradas reflexiones. La conmovían, ante todo, la tranquilidad y la armonía que allí imperaban. Todas aquellas bestias pacían unas al lado de otras sin envidia ni recelo. Ninguna arrebataba a otra el alimento que obtenía, ni acumulaba cantidad alguna para otra ocasión. Quizás no se amaban —pensó—, pero eso parecía. Eran de las más diversas especies y sin embargo se respetaban las unas a las otras.

Allí no había diferencias por razones de raza, color o tamaño, ni existía discriminación por alcurnia o riqueza. Gacelas, ñus, búfalos, cebras, jirafas, elefantes y otros se mezclaban sin reparos y sin leyes. Resultaba hasta gracioso para Laura pensar que ni siquiera se criticaban. Se aceptaban unos a otros sin condiciones.

Y se aceptaban a sí mismos. Vivían conformes con su naturaleza y ninguno de ellos sufría —o por lo menos, esa impresión daba— por su aspecto físico o por sus limitaciones atléticas. Nadie era rechazado por feo —¡y los ñus eran horribles!—, por gordo o por negro. Y las clases sociales, que a los humanos tanto nos mortifican, eran inexistentes. Todos eran perfectamente pobres. Ninguno de ellos poseía nada. Y, sin embargo, nada les faltaba.

Laura pensaba en lo diferente que era todo aquello de la vida de los humanos que viven buscando algo, sufriendo porque no tienen suficiente, acomplejados por su apariencia, con envidia de los logros o las propiedades ajenos y en una lucha perenne por ser mejores que sus semejantes o por alcanzar poder y dominar a los demás. Tan llenos de ropas, pertenencias, gadgets y maquillaje.

Siempre obsesionados por ser más ricos o más sabios o más altos o delgados y persiguiendo la escurridiza felicidad que aquellas bestias parecían haber alcanzado sin esfuerzo. En el Serengueti esa preocupación no existía. Los animales vivían sin afanes y morían sin aspavientos, cuando les llegaba la hora, sencillamente. Sin prolongar de manera artificial su existencia con menjunjes, aparatos o impagables tratamientos clínicos. Seguro jamás se preguntaron si la eternidad existía y si habrían de ser premiados o castigados por sus buenas o malas acciones. Ese tema —tan presente en la vida de los hombres— a aquellos seres no les producía frío ni calor. No los desvelaba en lo más mínimo. Bienaventurados.

Aquella paz sólo la alteraba, ocasionalmente, la aterradora aparición de los depredadores. Las enormes manadas que allí pastaban sabían de la existencia de aquellas amenazas. Pero ello no perturbaba su transcurrir ni les impedía disfrutar de los pastos.

Cuando el cazador irrumpía se producía una batahola impresionante. ¡Sálvese quien pueda! Cebras, venados, jirafas y ñus corrían como locos en todas las direcciones. Ineluctablemente alguno, casi siempre el menos hábil, caía en las garras del atacante. Y la calma retornaba. Aquel acontecimiento sangriento era aprobado por la multitud animal como una especie de sacrificio a sus dioses desconocidos. Pero leonas —porque ellas son las cazadoras— y guepardos jamás capturaban más animales de los que su supervivencia exigía.

En aquel acto estremecedor no existían crueldad ni codicia, y las fieras no se aprovechaban de su innegable superioridad física para esclavizar a los otros animales o formar con ellos rebaños cautivos. Los herbívoros vivían de los pastos y los carnívoros de los herbívoros. Una ley que nadie discutía ni cuestionaba. Nadie se atormentaba tratando de encontrar explicaciones ni se lamentaba de la injusticia de la vida. El agresor ni siquiera era acusado judicialmente ni puesto en prisión o condenado a pena de muerte.

Laura Andrews se desempeñaba en su vida ordinaria como editora de la revista P&E, una de las más importantes publicaciones de política y análisis económico de la ciudad de Nueva York. Si sus colegas la hubieran visto en aquel momento, vestida con ropa informal y unas zapatillas deportivas de color fucsia, con el pelo recogido en un gran enredo en la cima de su cabeza y sin una gota de maquillaje, jamás la hubieran reconocido. Allá en su mundo profesional la prestigiosa reportera utilizaba prendas provenientes de alguna de las tiendas de las más famosas calles comerciales del mundo, los Campos Elíseos, la Vía Condotti, o la Quinta Avenida.

Siempre exhibía estilizados tacones, el pelo arreglado con exquisitez y un intencionado descuido. La última línea de maquillaje de temporada disimulaba con sutileza las imperfecciones de su cara un tanto descolorida y alargada. Era intimidante y exitosa: la envidia de las mujeres. Tenía, a primera vista, el trabajo perfecto, el esposo perfecto, el apartamento perfecto, e incluso un cuerpo envidiable. Era una mujer de ideas, una periodista destacada por su trabajo en el campo del análisis político y financiero, que contaba también con un gran reconocimiento por sus crónicas y entrevistas a personajes de todo el mundo y más de un millón de fans la seguían en las redes sociales.

Muchos le decían que al verla en fotos parecía más una estrella de Hollywood que una periodista. Ella apenas sonreía divertida, y respondía que jamás había ocultado ante nadie su natural inclinación hacia todo lo relacionado con la belleza y los placeres. “Desde muy joven hice un pacto con la moda y no pienso romperlo jamás”, decía a los cuatro vientos.

No obstante, había algo que, durante largos años, ninguna de las personas que la rodeaban supo, ni siquiera su familia ni su esposo, el exitoso corredor de bolsa Mathew Richards.

Laura no era feliz.

Pasaba noches en vela tratando de adivinar qué le podía faltar, si realmente lo tenía todo. Trató de embolatar esa sensación con ejercicios aeróbicos, compras, grupos de lectura, clases de cocina, pintura, guitarra clásica, pero no lo consiguió. Algo en su vida no andaba bien. No era capaz de confesárselo a nadie, ni siquiera a sí misma ante el espejo —el confidente por excelencia—, porque comparadas con el drama de millones de personas que vivían en países en guerra y que se debatían en la miseria, y de tantos miles de niños que morían cada día de hambre, sus angustias eran ridículas. Nadie las habría considerado dignas de atención.

Esa zozobra la acosó durante años y se manifestó de muchas formas, con cansancio y falta de energía, una permanente sensación de vacío, sentimientos de inutilidad, inapetencia y, sobre todo, un gran desánimo por su presente y su futuro.

Finalmente no soportó más.

En medio de la celebración sorpresa de su cuadragésimo cumpleaños, en su espacioso apartamento, les comunicó a todos sus conocidos, colegas, amigos y familiares que era el momento de encontrar aquello que le hacía falta a su vida.

Todos allí pensaron que se trataba del yoga, o de algún tipo de meditación de la Nueva Era, como solían hacer hombres y mujeres en la ciudad cuando se encontraban en esa situación comúnmente denominada midlife crisis. Para desconcierto de todos, Laura informó la decisión de divorciarse de su marido —que fue el mayor sorprendido—, con quien llevaba más de diez años de matrimonio. Al día siguiente contrató un abogado, a quien dejó encargado de los trámites legales, pidió una licencia en su revista e inició el proceso de planear un viaje por algún lugar lejano y espiritual que le ayudara a redescubrir quién era y qué le causaba la zozobra que sentía.

No contó, por supuesto, que lo que terminó de catalizar su decisión fue una aventura pasional intensa que tuvo unas semanas atrás en París con un colega, durante los días de otra de esas tantas reuniones de presidentes de países importantes (siempre las llamaban “cumbres”) para analizar —otra vez— el asunto del retiro de la Gran Bretaña de la Unión Europea (desde el tal Brexit lo volvían a analizar cada año) y el tema del estado deficitario de las economías griega y española (que también se estudiaba anualmente). Fueron cinco o seis jornadas de periodismo intenso y noches de juerga insaciable. Julien Bourdier (que era el nombre de su cómplice de amores, a quien nunca le contó que era una mujer casada) le mostró el porqué de la fama de los franceses en las artes del erotismo.

Sentía en aquel período de su vida que su corazón y su matrimonio comenzaban a desmoronarse y se dejó seducir, sin mucha resistencia, por el juego de la infidelidad. Laura se disculpó consigo misma diciéndose que si su relación con su marido no estuviera tan deteriorada jamás habría sido capaz de caer en una aventura sexual semejante.

Julien la había abordado de manera muy natural el primer día de trabajo en París mientras almorzaban en un restaurante cercano a la sala de prensa. Sonriente, se sentó junto a ella para decirle en un inglés pausado (habría que decir que fue muy riguroso en la vocalización de cada sílaba): “Jamás había visto una norteamericana que llevase tan primorosamente un Chanel. Hola, mi nombre es Julien Bourdier”.

Ella sonrió mientras extendía su mano para presentarse en francés, también fue prolija en la vocalización de cada una de las sílabas por temor a equivocarse, y claro, para congraciarse con el guapo colega: “Gracias, encantada de conocerte, mi nombre es Laura Andrews, de Nueva York”.

A Laura le atrajo que Julien vistiera camisa y chaqueta de cuero negras, prendas que acentuaban una palidez algo vampírica, y el diseño de sus labios enmarcados po ...