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LA LESBIANA, EL OSO Y EL PONQUé

Andrea Salgado

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Fragmento

Comunicado de Control Master a una de sus proveedoras

Tienes 36 años, aunque podrías ser un poco más joven, digamos 32, o mayor, llegando a los 40, y llamarte José, Aníbal, Pablo o Daniel. Podrías ser Luna, una guionista de cine; o Claudia, una pintora de Baja California; o Sonomi, una chef peruana de origen japonés suscrita al movimiento italiano de la comida lenta, reconocida mundialmente por cocinar peces del Amazonas que han sido capturados mediante técnicas artesanales que no repercuten en el medioambiente. Podrías ser un carnicero como tu papá, un poeta cursi de bus público o un jugador de fútbol del Chocó que lucha por sobrevivir en la fría Bogotá. Podrías ser una secretaria del sector público, fea, flaca, reseca, solterona y con cicatrices de acné; o, como tu prima caleña, ser una muñeca de los narcos, haberte practicado tres lipos, tener implantes mamarios, estar ahorrando para tu primer lifting de rostro y gastar una millonada en cremas y sérumes reparadores de piel y pelo. Podrías haber sido el soldado secuestrado por la guerrilla que en el cautiverio y como forma de supervivencia se convirtió en mujer, o la drag king de un cuchitril de lesbianas de la calle Caracas que interpreta a Elvis en sus peores días de obesidad. Podrías haber sido cualquier cosa, hombre o mujer o transgénero. Hay tantos personajes que no te alcanzaría la vida. Sí, ya he oído esa carreta de tu parte: el catálogo de la imaginación es bastante amplio y abstraerte de ti misma, adentrarte en el otro y no quedarte varada en la experiencia propia parece ser la quintaesencia del arte de proveer experiencia. Diferenciarse, Di-fe-ren-ciar-se, el verbo reflexivo ha ocupado en tu imaginario el pico más alto, punta del Everest, K2, Kanchenjunga al que debes ascender de manera consistente, pero no frenética; no querrás causarte un edema cerebral. Sé diferente, siempre diferente, en la vida, en la palabra y en los temas que investigas, en las redes sociales, en los calzones y hasta en el nombre masculino, que elegiste a los diez años para reemplazar el de Alba Lucía que, según tú, no describía para nada tu personalidad sino la de tu mamá. Alba Lucía hija, ni más faltaba. Tú eras Lucas, como el pastor alemán del abuelo Rigoberto, aquel que salía todas las mañanas a vagar por las calles del pueblo y regresaba a casa solo cuando el hambre le apretaba las tripas.

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Tú, la excéntrica; tú, la rara; tú, tantos años deseando construir la diferencia. Sí, también lo sé: las ganas que tienes de dejar de ser Lucas Valencia Orrego para La calle, pero lastimosamente el lector de vida orgánica (LDVO) que te implantaste hace seis años cuando decidiste ser parte de este juego sigue ahí, hormiga eléctrica en el cuello, y tus obligaciones con Network Enterprises continúan aún vigentes.

Millones de seguidores pagan a diario por conectarse a tu experiencia y vivir virtualmente tu vida. Óyeme bien, tu vida, la tuya, no la de los innumerables personajes ficticios que habitan en tu imaginación. Tú, mejor que nadie, sabes que las estadísticas muestran que en los últimos meses la opción FICTION es una de las menos usadas. Los habitantes te quieren a ti, solo a ti, a nadie más que a ti. Mira, querida, te voy a ser sincera: deja de insistir con todos esos subgéneros obsoletos; el terror, los thrillers, la ciencia ficción y sus hijas; las distopías, utopías y ucronías y toda esa mierda fantasiosa. Los últimos estudios de mercadeo demuestran que lo que quieren los habitantes no son grandes creaciones, sino la cotidianidad vital que ellos mismos, encerrados en sus templos de bienestar y aridez, se han negado a experimentar. Dime, Lucas: ¿hace cuánto crees que murió la ficción y tú sigues insistiendo?

No voy a darle más rodeos a este asunto. La junta directiva de Network Enterprises me pidió decirte que no puedes huir de esta situación de la misma manera en que te la has pasado huyendo durante ocho años del asunto con tu mamá. Que, si bien aún te quedan cuatro años de contrato para que la perdones, para que cures esa herida que te dejó el hecho de que doña Alba Lucía muriera sin decirte que aceptaba tu lesbianismo, no te van a dar el mismo tiempo para resolver el conflicto que creaste con tu esposa. Que si bien, óyeme, el que hayas postergado tantos años la resolución de lo de tu mamá estimuló el mercado, la cosa con Clara está produciendo todo lo contrario. Los habitantes ya no aguantan un día más de tu encierro y de tu depresión. Ni un día más patinando en tu incapacidad de tomar una decisión. Tu vida se parece cada vez más a la de ellos y comienzan a emigrar hacia otros proveedores que les proporcionen una mayor intensidad vital. Lucas, la estática de Lucas, la reseca, la frígida, la mal follada, la menopaúsica. No sabes los comentarios que nos llegan a diario y las bajas calificaciones que han obtenido los últimos meses de tu vida. 6,5 en una escala de 10. Ese es el puntaje más alto que te han dado, tú, la chica de los 9 y los 10.

Así que óyeme, oye los consejos de tu Florence, de tu Control Master, que desde el inicio de los tiempos digitales fue programada en tu mente con el único objetivo de ayudarte, de redireccionarte por el mejor camino: el del éxito vital que se traduce en el éxito económico, en el tuyo y el de la empresa para la que trabajamos. Vuelve a ser tú, querida. No seas tan rebelde, que ya no eres una adolescente. Vuelve a ser la heroína dramática que todo lo enreda para luego ir en busca de la redención. No puedes seguir sin hacer nada. Estás atrapada en la indolencia y, a menos de que encuentres una salida, de que entiendas lo que habita en esa caja fuerte-corazón que tienes en el pecho, nada bueno podrá salir de ti y no podrás seguir siendo la proveedora estrella que durante años has sido. Así que repite conmigo, vamos:

“Soy Lucas Valencia y me confieso, porque estoy viviendo una crisis y mi crisis se parece a la crisis de muchos como yo. Es una crisis estúpida y poco original llamada adultez (piensa, mujer, en todos esos habitantes de La calle que quieren experimentar una crisis de la mediana edad). Adultez… Ahora que por fin (y ya era hora) soy una mujer hecha y derecha, debo reconocer que en lo esencial, es decir en el camino recorrido desde la adolescencia hasta la madurez, me he configurado con el mismo sistema operativo genérico que el resto: como todos he buscado el amor, lo he encontrado, lo he perdido, lo he visto desgastarse con el paso del tiempo, lo he desechado para ir en busca de uno nuevo y ahora que he comenzado a envejecer, me oigo a menudo diciéndome a mí misma: «no es que la pasión haya muerto, es que las relaciones tienden a largo plazo a volverse más espirituales»”.

Solías llamar a este tipo de frases pajazos mentales. Déjame te digo: sin pajazos mentales no hay amor verdadero… pero no te amargues por ello. Detecto cierta acritud en tu ceño; relájalo que te arrugas, ríete, Lucas. Al fin de cuentas no eras una máquina, una cyborg reprogramable, sino un humano como todos los demás. A pesar de todos los pronósticos, tú, la loca a la deriva, después de un trayecto largo y voltajudo por la vida, de incontables historias de amor, aventuras transatlánticas, alcohol, sexo, drogas y música; tú, la más vagabunda; tú, la libido 100% natural y sin aditivos ni conservantes, abandonaste hace tiempo el navío que te conducía a todos lados y a ninguno, nadaste hasta el puerto y acá estás hoy, un día soleado de mayo, casada y viviendo el día de la marmota.

¿Cómo es posible? ¿Por qué no puedes volver a ser la criatura salvaje de antaño? ¿Qué derrotó a la naturaleza? ¿En qué momento ocurrieron todos estos cambios?

Pareces haberlo olvidado; esa memoria tuya siempre evadiendo la responsabilidad de asumir las consecuencias de tus actos. Déjame, déjame ser tu fantasma de las navidades pasadas. Toma mi mano, no tengas miedo. ¿Quién mejor que yo, yo, tu Control Master, tu Florence, para llevarte de regreso a aquellos días de caritas felices?

Oye, oye, suena Daft Punk… One more time, we are going to celebrate. Oh yeah, all right, don’t stop the dancing… Acababas de cumplir 31 años. Han pasado ya cinco años desde aquel día: tu regreso al país después de vivir cuatro años en El Paso, Texas. Antes de irte a trabajar a la Universidad del N y reunirte en Barranquilla con Citlalli, tu novia chicana de aquella época, que había viajado desde Estados Unidos antes que tú para mejorar su español y vivir contigo una aventura en el Caribe (que se suponía iba a estar llena de arena, sol y cocos locos), hiciste una parada en Bogotá. Te encontraste con Clara, tu amiga de farras, tu confidente, a la que no habías visto en cuatro años. Pasaron la tarde entera fumando mariguana de Corinto (¡cuánto extrañabas la hierba de tu tierra!) y tomando cerveza. Y en la noche se fueron a una fiesta de cumpleaños de un amigo de un amigo de Clara al que ninguna de la dos había visto en la vida. Tan pronto llegaron, debido a que ya estaban intoxicadas y felices, se autoproclamaron DJs e hicieron un recorrido por las favoritas de finales de siglo XX y comienzos de siglo XXI: Portishead, Moloko, Prodigy, Beastie Boys, Fatboy Slim, Cassius, Primal Scream, Chemical Brothers y, por supuesto, Daft Punk, que ahora mismo suena de fondo: Uhmm I’m just feelin’ celebration tonight. Celebrate, don’t wait too late. “Por los viejos tiempos”, brindaron recordando fiestas maravillosas y demenciales en las que habían oído las mismas canciones, y continuaron bebiendo cerveza y tequila y fumando mariguana el resto de la noche. Y de vuelta a casa, por las calles de Chapinero, se tomaron de la mano y al llegar a la habitación, sin saber bien cómo, terminaron besándose y teniendo sexo hasta el amanecer.

Tú y ella, que habían sido como hermanas, amanecieron desnudas en la cama.

Los únicos sorprendidos, o más bien molestos, fueron los tres perros criollos de Clara: Mono, Negro y Muñeca.

“Devuélvanos la cama, bitch, y a nuestra mamita”, parecían decir con sus grandes ojos negros y sus narices húmedas.

Ustedes, por el contrario, para nada se sintieron extrañas ni incestuosas. Todo resultó tan natural que le saliste a Clara con una de tus rarezas: que tenías la sensación de haber leído ya ese libro, pero a fuerza de tenerlo archivado en la biblioteca habías olvidado ese capítulo en particular.

“El sexo fue como un déjà vu”, podrías haberle dicho si querías dártelas de poeta, “en otra vida te amé con calma y hoy vuelvo a amarte del mismo modo”, pero como a pesar de haber vivido tantos años fuera del país, de haber estudiado, de haber convivido con otras gentes, por tus venas sigue corriendo la sangre montañera de tus abuelos arrieros, de tus papás campesinos, sigue corriendo esa incapacidad de expresar el amor a través de palabras, saliste con semejante ñoñada críptica.

Dos meses después, aunque tú en Barranquilla y ella en Bogotá, seguían hablándose todos los días por teléfono. No habías podido adaptarte a las condiciones climáticas ni al estilo de vida de la Curramba. Cuánto odiabas la música de Silvestre Dangond retumbando en cada esquina y los inodoros de la universidad: los vahos tibios y apestosos que exhalaban; y el salón largo y vacío cuando llovía; y los aguaceros torrenciales y el miedo de ser arrastrada por el arroyo. El arroyo, esa presencia maligna del agua que arrasaba con todo. Tú, tan del interior, tan cachaca, nacida en una montaña de tangos y boleros, de aguardiente y despecho, te hastiaba la alegría, el carnaval, la parranda permanente de los barranquilleros. Estabas tan amargada que incluso la gourmet que eres dejó de existir durante esa etapa. No fuiste ni siquiera capaz de llegar al nirvana de las carimañolas, la arepa de huevo, los quibbes y la butifarra. En esos meses de tu cocina no salió ni un arroz con huevo, ni una aguapanela siquiera: nada. Te alimentabas de la comida grasosa de la cafetería de la universidad o de la comida rápida del centro comercial que quedaba a la vuelta de tu apartamento. La última etapa de tu vida al lado de Citlalli, el último año, había sido la resequedad en su máxima expresión: un desierto de Chihuahua en pleno verano por el que caminaban como emigrantes ilegales a punto de morir de la deshidratación, pero aún con la esperanza de cruzar la frontera, ver el Welcome to the United States of America (¡por fin, sí, la tierra prometida!) y una Coca Cola fría en el Convenience Store. Por alguna razón creyeron que el viaje a Colombia sería esa Coca Cola, pero incluso rodeadas del mar Atlántico y del río Magdalena, empachadas de agua, gaseosas, piñas, sandías, naranjadas, jugo de corozo y tamarindo, seguían sin calmar la sed. Durante tres años consecutivos se habían absorbido mutuamente la savia y cuando se quedaron sin ella, se chuparon mutuamente la hiel, que era lo único que les quedaba. Y así, milagrosamente, a punta de ese líquido amargo y corrosivo sobrevivieron un año más, hasta que un día se dieron cuenta de que ya no quedaba nada dentro de ustedes, que no eran más que dos caparazones de armadillo, uno al lado del otro, abandonados en la mitad de la Interestatal 35.

A Citlalli le habían bastado dos semanas sin ti (casi el mismo tiempo que tú pasaste con Clara) para enamorarse de la primera costeña caderona que se le atravesó en el camino y recobrar las ganas de vivir. Melina, así se llamaba, era una gata morena, grande y flexible, llena de tatuajes y piercings, diez años menor que tú y cien veces más sexy.

Una noche húmeda y llena de zancudos en la que Citlalli y tú se dijeron cosas tan horribles que no vale la pena recordar, el fantasma de tu mamá muerta volvió a hablarte en sueños. Esa vez la escenografía en la que sumergiste a los habitantes de La calle fue muy tétrica: un escenario oscuro, de cortinas raídas y empolvadas que causaban comezón en la nariz. Representabas una obra en la que ella era el oráculo y tú una especie de viajera que se la topaba en el camino. Ella estaba cubierta por un manto negro y sucio como una pordiosera y recostada contra una piedra de utilería mal pintada. Dirigió sus ojos verde tornasol hacia ti. Tu nombre sonó pesado y metálico, como si lo pronunciara a través de un tubo larguísimo que magnificaba y ensombrecía el sonido.

—¡Luuucas! —dijo, pero al ver tu cara de susto, de inmediato bajó el tono y recuperó su voz de niña mimada (aterradoramente igual a la tuya) y continuó regañándote, como quien no regaña, pero mentiras, igual de mamona que cuando estaba viva; con esa suficiencia, con ese “yo lo sé todo porque soy su mamá y se lo digo por su bien, así no quiera oírme” que tanto te irritaba—. Pare ya, mija, ya no más. Ha llegado la hora de que se detenga. La maratón, por el momento, le manda a decir Mi dios, se termina. Ya estuvo bien. Lo hizo de maravilla; de verdad, ...