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LOS REYES DE LA ARENA

George R. R. Martin

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Fragmento

EL HOMBRE CON FORMA DE PERA

El Hombre con forma de pera vive abajo, al final de la escalera. Tiene los hombros estrechos y encorvados, y las nalgas enormes, imponentes. O quizá sólo lo parezca por la ropa que lleva; nunca nadie ha confesado haberlo visto desnudo, y mucho menos desearlo. Viste gruesos pantalones de poliéster color café que le quedan demasiado holgados, tienen los bajos anchos y el culo raído, y sus bolsillos grandes y profundos están tan abarrotados de cositas y basuras que forman una protuberancia a cada lado; los usa muy arriba, por encima del barrigón, ceñidos en torno al pecho con un delgado cinturón de cuero. De hecho, los lleva tan arriba que se le ven perfectamente los calcetines medio caídos, y muchas veces también cuatro o cinco centímetros de piel fofa y lechosa. Siempre lleva camisa de manga corta, blanca o azul claro, con el bolsillo del pecho lleno de bolígrafos Bic, de los baratos de tinta azul; seguramente pierde las tapas, o las tira, porque alrededor del bolsillo de la camisa se ven manchas acumuladas de tinta. Su cabeza es como una segunda pera montada sobre la primera; tiene mucha papada, las mejillas gordas y la coronilla casi acabada en punta. Su nariz es ancha y chata, de poros grandes y grasientos. Tiene los ojos, pequeños y claros, muy juntos. Tiene el pelo fino, castaño, lacio y casposo; parece que no se lo lava nunca, y hay quien dice que se lo corta él mismo con un cuenco y un cuchillo romo. Además, El Hombre con forma de pera huele raro; es un aroma dulzón, un poco agrio, una mezcla de mantequilla rancia, carne pasada y verduras podridas en el bote de basura. Tiene la voz aguda, débil y chillona; una vocecita que sería graciosa viniendo de un hombre tan grande y tan feo, pero lo cierto es que resulta inquietante, aunque su sonrisa forzada es más inquietante aún. Los labios son gruesos y húmedos, y sonríe sin abrir la boca ni mostrar los dientes.Todos lo conocemos, claro. Cualquiera conoce a un Hombre con forma de pera.

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Jessie conoció al suyo en cuanto llegó al barrio, cuando Angela y ella se mudaron al piso del primer piso. Angela y Donald, su novio estudiante de psiquiatría, habían movido sin querer el ladrillo que mantenía abierto el portón cuando metían a rastras el sofá. Mientras tanto, Jessie había sacado el sillón reclinable del camión de mudanzas ella sola, lo había subido a tumbos por los escalones de la calle y, al apoyar la espalda contra el portón, con el sillón en brazos, descubrió que se había cerrado. Estaba acalorada, cansada e irritable, a punto de llorar de rabia. Justo entonces, El Hombre con forma de pera salió de la vivienda del sótano, situada abajo, al final de la escalera. Subió hasta la calle y se quedó mirando a Jessie desde el pie de los escalones que llevaban al edificio con sus ojos pequeños, claros y acuosos. No hizo el menor gesto de ayudarla. Tampoco la saludó ni se ofreció a abrirle el portón. Sólo parpadeó y esbozó una sonrisa húmeda de labios apretados, sin enseñar los dientes, y habló con su voz chillona, que daba escalofríos, como el chirrido de las uñas rasgando una pizarra.

—Ahhh —dijo—, ella llegó.

Luego se dio la vuelta y se marchó con andar bamboleante.

Jessie soltó el sillón, que cayó rebotando dos escalones y quedó boca abajo. De repente, pese al calor sofocante de julio, sintió frío. Contempló cómo se alejaba El Hombre con forma de pera. Ese fue su primer encuentro. Entró y se lo contó a Donald y a Angela, pero ellos no mostraron demasiado interés.

—En la vida de toda chica debe haber un Hombre con forma de pera —entonó Angela, con sarcasmo de urbanita curtida—. Seguro que alguna vez hasta habré tenido una cita a ciegas con uno.

Donald, que no vivía con ellas pero pasaba tantas noches con Angela que a veces parecía que sí, tenía preocupaciones más apremiantes.

—¿Dónde quieren que ponga el sillón?

Más tarde se tomaron unas cervezas, y Rick y Molly y los Heatherson acudieron a ayudarlas a estrenar el departamento, y cuando Molly no estaba cerca, Rick se ofreció a posar para Jessie (con guiños y segundas intenciones), y Donald bebió demasiado y se fue a dormir al sofá, y los Heatherson tuvieron una bronca que terminó con Geoff marchándose enojado y con Lureen llorando; en pocas palabras, fue una noche como cualquier otra, y Jessie se olvidó por completo del Hombre con forma de pera. Pero no por mucho tiempo.

A la mañana siguiente, Angela despertó a Donald, y se fueron; Angie, al centro, a la gran empresa donde trabajaba como secretaria de asuntos legales, y Don a estudiar psiquiatría. Jessie era ilustradora publicitaria por cuenta propia. Trabajaba en casa, cosa que, a ojos de Angela, de Donald, de su madre y del resto de la civilización occidental quería decir que simplemente no trabajaba.

—¿Te importaría ir al súper? —le preguntó Angie antes de irse. En las dos semanas previas a la mudanza habían dejado el refrigerador vacío para no tener que acarrear un montón de comida de una punta a otra de la ciudad—. Ya que vas a estar en casa todo el día… La verdad es que necesitamos provisiones.

De modo que Jessie empujaba un carrito de compras lleno de comida por un atestado pasillo de la tienda de la esquina, el mercado de Santino, cuando vio al Hombre con forma de pera por segunda vez. Estaba en la caja contando monedas y depositándolas en la mano de Santino. A Jessie le entraron ganas de darse la vuelta y entretenerse con algo hasta que el conteo terminara, pero le pareció una tontería. Ya tenía todo lo que necesitaba, y al fin y al cabo era una mujer adulta; además, solo había una caja abierta. Decidida, se puso en la fila detrás de él.

Santino dejó caer las monedas del Hombre con forma de pera en la vieja caja registradora y embolsó los artículos: una botella grande de Coca-Cola y una bolsa de cuarto de kilo de frituras de queso Cheez Doodles. Al tomar la bolsa, El Hombre con forma de pera la vio y le ofreció su sonrisa húmeda e insincera.

—Los Cheez Doodles son los mejores —dijo—. ¿Quieres uno?

—No, gracias —respondió Jessie educadamente. El Hombre con forma de pera metió la bolsa de papel café en un maletín informe de piel, como los que llevan los niños de escuela, y salió de la tienda con paso tambaleante. Santino, un hombre corpulento de pelo entrecano y calvicie incipiente, empezó a registrar las compras de Jessie.

—¿Qué tal el tipo, eh? —le preguntó a la chica.

—¿Quién es? —se interesó ella.

—Buf, ni idea —dijo Santino, encogiéndose de hombros—. Todo el mundo lo llama “El Hombre con forma de pera”. Lleva toda la vida por aquí. Viene todas las mañanas a comprar una botella de Coca-Cola y una bolsa grande de Cheez Doodles. Una vez se nos acabaron y le dije que probara los Cheetos, o yo qué sé, papas fritas, ya sabe, para variar un poco. Pero ni de broma.

—Seguro que compra algo más que Coca-Cola y frituras —dijo Jessie, perpleja.

—¿Quiere apostar algo, señorita?

—Tal vez va a comprar en algún otro sitio.

—Aparte de mi tienda, el supermercado más cercano está a nueve manzanas. Charlie, el de la tienda de golosinas, me ha dicho que El Hombre con forma de pera va todas las tardes a las cuatro y media y se toma un helado de chocolate con soda. Pero, que sepamos, no come nada más —calculó el total en la caja registradora—. Son setenta y nueve con ochenta y dos, señorita. ¿Es nueva en el barrio?

—Vivo justo encima de El Hombre con forma de pera —confesó Jessie.

—Felicidades.

Aquella misma mañana, Jessie llenó los estantes y guardó las compras, estableció su estudio de trabajo en el cuarto libre, hizo cuatro retoques en la portada que estaba pintando para Pirouette Publishing, comió, lavó los platos, instaló el equipo de música, escuchó un rato a Carly Simon y redistribuyó la mitad de los muebles del salón, pero luego de todo eso, acabó por admitir que se sentía algo inquieta y pensó que era un buen momento para darse una vuelta por el edificio y saludar a sus nuevos vecinos. Sabía que no era lo habitual en la gran ciudad, pero en el fondo seguía siendo una chica de pueblo, y se sentía más segura si conocía a la gente que la rodeaba. Decidió empezar por el sótano, con El Hombre con forma de pera. Bajó la escalera y se plantó ante la puerta. Entonces la sobrecogió una sensación extraña. Se fijó en que no había ningún nombre en el timbre. Se arrepintió de haber bajado, así que volvió escaleras arriba y fue a visitar a los demás vecinos.

Todos los inquilinos lo conocían; casi todos habían hablado con él una o dos veces, por pura cortesía. La vieja Sadie Winbright, que llevaba doce años viviendo en la otra puerta del primer piso, dijo que era muy tranquilo. Billy Peabody, que compartía con su madre inválida el gran departamento del segundo, opinaba que El Hombre con forma de pera era muy inquietante, en especial con esa sonrisita. Pete Pumetti trabajaba de noche, y le contó que, llegara a la hora que llegara, las luces del sótano estaban siempre encendidas, aunque no era fácil darse cuenta, porque El Hombre con forma de pera había tapiado las ventanas con tablones. A Jess y Ginny Harris no les gustaba que sus mellizos jugasen en la escalera que llevaba a la vivienda de aquel hombre y les habían prohibido hablar con él. Jeffries, el barbero, cuyo pequeño local de solo dos sillones estaba al lado de la tienda de Santino, lo conocía y no tenía especial interés en que formase parte de su clientela. Todos sin excepción lo llamaban “El Hombre con forma de pera”. Era la descripción perfecta.

—Pero ¿quién es? —había preguntado Jessie. Nadie lo sabía—. ¿Y cómo se gana la vida?

—Creo que cobra alguna ayuda social —dijo la anciana Sadie Winbright—. El pobre debe ser débil mental.

—Ni puta idea —contestó Pete Pumetti—. Desde luego, no trabaja en nada. Y seguro es afeminado.

—A veces pienso que vende droga —opinó Jeffries el barbero, cuya experiencia con las drogas no iba más allá de uno que otro ungüento de herbolaria.

—Apuesto a que se pasa el día encerrado escribiendo libros pornográficos —sugirió Billy Peabody.

—No se gana la vida de ninguna forma —dijo Ginny Harris—. Esa es la conclusión a la que hemos llegado Jess y yo. Seguro que es un pordiosero, no hay otra explicación.

Aquella noche, durante la cena, Jessie le habló a Angela del Hombre con forma de pera y de los otros inquilinos y sus comentarios.

—Probablemente sea abogado —fue la respuesta de Angie—. Pero, a ver, ¿por qué te preocupa tanto?

Jessie no tenía una respuesta clara.

—No sé bien —dijo—, pero me pone la piel de gallina. No me hace gracia pensar que justo debajo de nosotras pueda vivir un maniático.

—Ese es el encanto de la gran ciudad —señaló Angela, con un gesto de indiferencia—. ¿Ya vinieron de la compañía telefónica?

—Quizá la próxima semana. Ese es el encanto de la gran ciudad.

Jessie no tardó en darse cuenta de que era imposible evitar al Hombre con forma de pera. Si iba a la lavandería que había a la vuelta de la manzana, allí estaba él, lavando una montaña de calzoncillos de rayas y camisas de manga corta manchadas de tinta, y tomándose un tentempié a base de Coca-Cola y Cheez Doodles de la máquina expendedora. Trataba de no mirarlo, pero en cuanto se daba la vuelta se tropezaba con su sonrisa húmeda y su mirada fija en ella, o quizá en la ropa interior que echaba en la secadora.

Una tarde que bajó a la tienda de golosinas de la esquina para comprar el periódico, allí estaba él, encaramado en un taburete, sorbiendo su helado de chocolate con soda, con las nalgas rebosándole por los lados del asiento.

—¡Es casero! —le gritó.

Ella frunció el ceño, pagó el periódico y se marchó.

En cierta ocasión en que Angela había ido a ver a Donald, Jessie tomó un viejo libro de bolsillo, salió a los escalones de la entrada a leer, tal vez hacer algo de vida social, y de paso disfrutar de la brisa fresca que soplaba en la calle. Estaba muy concentrada en la lectura cuando le llegó de repente una vaharada desagradable. Levantó la vista de la página y allí estaba él, a menos de un metro, mirándola fijamente.

—¿Qué pasa? —le espetó Jessie al tiempo que cerraba el libro.

—¿Quieres bajar a ver mi casa? —preguntó El Hombre con forma de pera, con su voz aguda y gimiente.

—No —contestó ella, y se metió en su departamento.

Pero media hora después, cuando se asomó, el tipo seguía plantado exactamente en el mismo sitio, con el maletín café en la mano, mirando hacia sus ventanas, mientras caía la noche. La invadió el desasosiego. Tenía ganas de que Angela volviese a casa, pero sabía que aún faltaban horas. De hecho, era muy posible que decidiese pasar la noche en casa de Don.

Jessie cerró las ventanas pese al calor que hacía, comprobó que la puerta estuviera cerrada con llave y luego se fue a trabajar al estudio. Pintar le ayudaría a quitarse de la cabeza al Hombre con forma de pera. Además, en Pirouette querían la portada para el viernes.

Dedicó el resto de la tarde a dar los últimos toques al fondo y repasar los detalles del vestido de la heroína. Cuando terminó, no le acababa de convencer el aspecto del protagonista masculino, así que se puso a trabajar en él. Era el típico héroe moreno, viril y de mandíbula cuadrada, pero Jessie decidió darle algún toque más personal, cosa que la tuvo entretenida hasta que oyó la llave de Angie en la cerradura.

Dejó a un lado las pinturas, se lavó y fue a tomarse un té antes de acostarse. Angela la esperaba en la sala, con las manos a la espalda, soltando algunas risillas; parecía medio borracha.

—¿De qué te ríes? —preguntó Jessie.

—Qué calladito te lo tenías —dijo, con otra risita—. Tienes nuevo galán y no me habías dicho.

—¿Qué estás diciendo?

—Cuando llegué, estaba ahí fuera, quieto como un clavo. —Angie sonrió burlona y cruzó el salón—. Me pidió que te diera esto —sacó una mano de detrás de la espalda. Estaba llena de gruesos gusanos anaranjados, pequeños y retorcidos rizos de maíz y queso que le sobresalían entre los dedos y le manchaban de polvillo las palmas de las manos—. Para ti —Angie era incapaz de controlar la risa tonta—. Para ti.

Aquella noche Jessie tuvo una pesadilla larga y terrible, pero al llegar el día solo recordaba un pequeño fragmento. Estaba al final de la escalera, frente a la puerta del piso del Hombre con forma de pera, en la oscuridad, esperando, esperando a que pasara algo, algo horrible, lo peor que podía imaginarse. Lenta, muy lentamente, la puerta había empezado a abrirse. La luz se derramaba sobre su cara, y Jessie se despertó, temblorosa.

Tal vez fuera peligroso, se dijo Jessie en la mañana, mientras desayunaba té y un plato de Rice Krispies. Quizá estuviera fichado por la policía. O quizá se tratara de un enfermo mental. No estaría de más comprobarlo. Pero primero tenía que saber cómo se llamaba. No podía llamar a la policía y preguntar: “¿Tienen ustedes fichado al Hombre con forma de pera?”.

Cuando Angela se marchó a trabajar, Jessie puso una silla junto a la ventana que daba a la calle y se sentó a esperar. El correo solía llegar a las once. Vio al cartero subir la escalera y oyó cómo depositaba el correo en el gran buzón del portal. Pero sabía que El Hombre con forma de pera recibía el correo aparte; tenía su propio buzón justo debajo de su timbre y, si no recordaba mal, era uno de esos sin cerrojo. En cuanto se marchó el cartero, Jessie se levantó y bajó a toda prisa. No había ni rastro del Hombre con forma de pera. Su puerta estaba al final de la escalera que empezaba en la calle; allá también vislumbró cubos de basura rebosantes, y le llegó su hedor denso y malsano. La mitad superior de la puerta era de vidrio, también tapada con tablones. Estaba oscuro ahí abajo. Al rebuscar en el buzón, Jessie se despellejó los nudillos contra el ladrillo; agarró la tapa metálica medio suelta y consiguió abrirla y sacar dos sobres delgados. Tuvo que entrecerrar los ojos y moverse un poco hacia la luz para leer el nombre del destinatario. Ambas cartas estaban dirigidas a “Inquilino”.

Estaba metiéndolas de nuevo en el buzón cuando se abrió la puerta. La silueta del Hombre con forma de pera se recortó contra la luz brillante que emanaba de la vivienda. Sonrió. Estaba tan cerca que podía contarle las espinillas de la nariz y percibir el brillo de saliva del labio inferior. No dijo nada.

—Me… —dijo ella, sobresaltada—. Este… Me entregaron parte de tu correo por error. El cartero debe ser nuevo. Bajé a dejártelo ––El Hombre con forma de pera extendió la mano hacia el buzón; rozó un instante la mano de Jessie. Tenía la piel blanda y húmeda, más fría de lo normal; el contacto le puso la piel de gallina por todo el brazo. El hombre tomó las dos cartas, les echó un vistazo rápido y se las guardó en el bolsillo del pantalón.

—Solo mandan basura —se quejó El Hombre con forma de pera—. No debería estar permitido que enviaran basura. Tendrían que prohibirlo. ¿Quieres ver mis cosas? Dentro tengo cosas para ver.

—¿Eh? No. No, no puedo. Disculpa.

Se volvió bruscamente, subió la escalera deprisa, de vuelta a la luz, y entró en el edificio tan rápido como pudo. Todo el rato sintió sus ojos clavados en ella.

Consagró el resto del día a trabajar, y también el día siguiente, sin echar ni una ojeada a la calle por miedo a encontrárselo allí plantado. El jueves ya había terminado la ilustración. Decidió llevarla en persona a Pirouette y aprovechar para comer en el centro, y quizá ir de compras. Pasar el día lejos del departamento y del Hombre con forma de pera le caería bien, la calmaría un poco. Estaba dejándose llevar por la imaginación. Al fin y al cabo, el tipo no había hecho nada. Es solo que era demasiado inquietante. Adrian, el director de arte de Pirouette, se alegró de verla, como siempre.

—Esa es mi Jessie —le dijo, después de abrazarla—. Ojalá todos mis dibujantes fueran como tú. No te retrasas nunca y todo lo que entregas es de primera. Una auténtica profesional. Pasa a mi despacho; le damos el visto bueno a este trabajo y hablamos de los próximos. Y chismeamos un poco ––le dijo a su secretaria que no le pasara llamadas y guio a Jessie a través del laberinto de diminutos cubículos ocupados por redactores. Adrian tenía un inmenso despacho en la esquina con dos grandes ventanales, lo que venía a ser toda una muestra de estatus en Pirouette Publishing. La invitó a sentarse y le sirvió una infusión; luego tomó el portafolios, extrajo la ilustración de cubierta y la sostuvo con el brazo extendido.

El silencio se prolongó demasiado. Adrian movió una silla, apoyó la pintura en ella y se apartó unos metros para examinarla desde cierta distancia. Se acarició la barbilla e inclinó la cabeza a un lado y a otro. Al verlo, Jessie sintió una punzada de preocupación. Normalmente, Adrian era dado a exuberantes arranques de aprobación. Tanto silencio la inquietaba.

—¿Hay algo mal? —preguntó, dejando a un lado la taza de té—, ¿no te gusta?

—Oh —dijo Adrian. Hizo con la mano un gesto de “regular”—. Sin duda está bien hecho. Tu técnica es muy profesional, muy detallista.

—Me documenté sobre la ropa —dijo ella, impaciente—. Es la que corresponde a la época, ya lo sabes.

—Sí, no me cabe duda. Y la heroína es espléndida, como siempre. Me dan ganas de arrancarle el corpiño. Los pechos se te dan de maravilla, Jessie.

—Entonces, ¿qué pasa? —preguntó ella, levantándose—. Llevo tres años haciendo cubiertas para ti, y jamás ha habido ningún problema.

—Bueno… —sacudió la cabeza y sonrió—. Es una tontería, de verdad. Seguramente es que llevas demasiado tiempo haciendo lo mismo. Son cosas que suceden. Pintar un abrazo ardiente tras otro acaba por aburrir, y de repente te dan ganas de experimentar, de probar cosas un poquito diferentes —la señaló con un dedo acusador—. Pero no puede ser. Nuestros lectores quieren siempre la misma mierda con la misma cubierta de siempre. De verdad que te comprendo, pero no puede ser.

—Esta ilustración no tiene nada de experimental —replicó Jessie, nerviosa—. Es idéntica a las otras mil que he pintado antes. ¿Qué es lo que no puede ser?

—¿Qué va a ser? ¡El hombre! —explicó Adrian, realmente sorprendido—. Creía que lo habías hecho a propósito —señaló la figura—. En serio, fíjate. Casi se diría que no es atractivo.

—¿Qué? —Jessie se acercó a la ilustración—. Es el mismo idiota viril que he pintado una y otra vez.

—En serio, mira —dijo Adrian, frunciendo el ceño. Empezó a señalar un detalle tras otro—. Ahí, en el cuello. ¿Parece o no parece que tenga una ligera papada? ¡Y el labio inferior!, técnicamente es impecable, sí, pero resulta… un poco asqueroso, como si estuviera húmedo. Los protagonistas de Pirouette violan, saquean, seducen, amenazan, pero no babean, querida. Y quizá sea la perspectiva, pero juraría que… —Se calló, se inclinó para mirar más de cerca y negó con la cabeza—. No, no es la perspectiva. La parte superior de la cabeza es claramente más estrecha que la inferior. Parece imbécil. Y en los libros de Pirouette no puede haber imbéciles, Jessie. Además, tiene las mejillas demasiado hinchadas, como si estuviera guardando nueces para el invierno —Adrian sacudió la cabeza de nuevo—. No puede ser, querida. Mira, no te preocupes, no es tan grave. El resto de la imagen es perfecta. Llévatela a casa y retócala. ¿Qué te parece?

Jessie contemplaba la ilustración con horror, como si la viera por primera vez. Todo lo que había dicho Adrian, los detalles que había señalado: todo era cierto. Muy sutil, desde luego; a primera vista, el hombre parecía el típico protagonista de Pirouette, pero había algo casi imperceptible que no encajaba, y cuando uno se fijaba con más atención, saltaba a la vista. Sin saber cómo, El Hombre con forma de pera se había filtrado en su dibujo.

—Eh… —empezó—, este… Sí, tienes razón, lo arreglaré. No sé qué pasó. Hay un tipo que vive en mi edificio, un bicho raro e inquietante al que todos llaman “El Hombre con forma de pera”, que me ha tenido un poco intranquila. Te juro que no ha sido a propósito. Supongo que he pensado tanto en él que se me ha colado subconscientemente en lo que estaba haciendo.

—Entiendo —dijo Adrian—. Tranquila, no hay problema; retócalo y ya está. Pero tenemos un problema con el plazo de entrega.

—Lo arreglaré este fin de semana y te lo traigo el lunes —prometió Jessie.

—Fantástico. Hablemos de otros encargos, anda. —Le sirvió más infusión, y se sentaron a charlar.

Cuando por fin abandonó la oficina, Jessie estaba mucho más tranquila. Más tarde disfrutó de un trago en su bar favorito, se encontró con unos amigos y cenó en un nuevo restaurante japonés excelente. Llegó a casa ya de noche. No había ni rastro del Hombre con forma de pera. Con el portafolios en una mano, buscó las llaves en el bolsillo con la otra y abrió la puerta del edificio.

Al avanzar un paso, Jessie oyó un sonido suave y sintió crujir algo bajo los pies. Había pisado un nido de gusanos anaranjados, amontonados sobre el azul raído de la alfombra del portal.

Volvió a soñar con él. Era la misma pesadilla terrible e informe. Estaba abajo, en el rincón oscuro donde terminaba la escalera, junto a los botes de basura desbordados, esperando frente a su puerta. Tenía miedo, tanto que era incapaz de llamar a la puerta o abrirla, pero tampoco podía marcharse. Al final, la puerta se abrió sola, y apareció él, sonriendo, sonriendo. “¿Te gustaría quedarte?”, preguntó, la última palabra resonó como un eco, quedarte quedarte quedarte, y el hombre extendió la mano y le rozó la mejilla con dedos blandos y carnosos como lombrices.

A la mañana siguiente, Jessie se plantó en la oficina de la Inmobiliaria Citywide casi antes de que abriesen las puertas. La recepcionista le dijo que Edward Selby había salido a hacer unas visitas; no sabía cuándo volvería.

—No importa —dijo Jessie—. Esperaré —se sentó y hojeó las revistas, llenas de fotografías de casas que no podía comprarse.

Selby llegó un poco antes de las once. Pareció un poco sorprendido de verla, pero enseguida se activó su sonrisa profesional.

—¡Jessie! —saludó—. Qué agradable sorpresa. ¿Puedo hacer algo por ti?

—Tenemos que hablar —dejó las revistas.

Entraron en el despacho de Selby. Trabajaba por cuenta propia para la empresa, así que compartía el despacho con otra agente, pero como había salido tenían el espacio para ellos solos. Selby se apoltronó en su sillón y se reclinó. Era un hombre de aspecto agradable, cabello castaño rizado y dientes muy blancos, parapetado tras unos plateados lentes aviador.

—¿Hay algún problema? —quiso saber.

—El Hombre con forma de pera —Jessie se inclinó hacia delante.

—Ah, ya —Selby arqueó una ceja—. Un excéntrico inofensivo.

—¿Estás seguro?

—Que yo sepa, aún no ha matado a nadie.

—¿Qué sabes de él? Para empezar, ¿cómo se llama?

—Buena pregunta —sonrió—. Aquí, en la Inmobiliaria Citywide, nos referimos a él como “El Hombre con forma de pera”. Dudo de que nunca nos haya dicho su nombre.

—¿Cómo? Eso no tiene ni pies ni cabeza. ¿Me estás diciendo que en sus cheques pone “El Hombre con forma de pera”?

—No, claro que no —Selby carraspeó—. En realidad, no paga con cheques. Yo mismo paso a cobrar el primer día de cada mes, llamo a la puerta y él me paga en efectivo, con billetes de un dólar. Me quedo en la puerta, él cuenta el dinero y me lo va poniendo en la mano, dólar a dólar. Te confieso, Jessie, que nunca he entrado en su departamento, y no es que me den muchas ganas, la verdad; emana un olor raro. Pero, por lo que a mí respecta, es un buen inquilino. No se retrasa con los pagos ni se queja cuando hay un incremento en la renta. Y, desde luego, no nos devuelven su cheques por falta de fondos —ensanchó cuanto pudo su sonrisa, repleta de dientes, para dejar bien a las claras que estaba bromeando.

Jessie no le veía la gracia.

—Algún nombre daría cuando alquiló el lugar.

—Ni idea. Solo hace seis años que me encargo de ese edificio, y él lleva en el sótano desde mucho antes.

—¿Y por qué no miras el contrato?

—Podría, claro —dijo Selby, frunciendo el ceño—. Pero ¿qué te importa a ti cómo se llame? ¿De qué problema estamos hablando? Exactamente, ¿qué ha hecho El Hombre con forma de pera?

—Me mira —dijo Jessie, recostándose en el asiento y cruzándose de brazos.

—Bueno —contestó Selby, con tacto—, lo cierto es que eres una mujer realmente atractiva, Jessie. Si no recuerdo mal, yo mismo te pedí una cita.

—No es lo mismo —replicó Jessie—. Tú eres normal. Él me mira de una forma extraña.

—¿Como si te desvistiera con los ojos? —sugirió Selby.

—No —contestó Jessie, algo perpleja—. No se trata de eso; no es algo sexual, al menos no de la forma habitual. No sé cómo explicarlo. No deja de pedirme que baje a su departamento. Siempre está rondando por allí.

—Bueno, es su casa.

—Me molesta. Se filtró en mis cuadros.

—¿En tus cuadros? —arqueó ambas cejas a la vez, divertido.

Jessie se sentía cada vez más desconcertada. La conversación no iba como había planeado.

—De acuerdo, ya sé que parecen tonterías, pero te digo que da escalofríos. Siempre tiene los labios húmedos, ¡y cómo sonríe!; esos ojos, esa vocecilla tan desagradable… Y el olor. Por dios, tú le cobras la renta, deberías saberlo mejor que yo.

El agente inmobiliario extendió las manos en un claro gesto de impotencia.

—El mal olor corporal no es ilegal; ni siquiera infringe su contrato de renta.

—Ayer por la noche se coló en el edificio y dejó un montoncito de frituras de queso justo donde yo tenía que pisar, Cheez Doodles.

—¿Cheez Doodles? —exclamó Selby, sin poder disimular el sarcasmo—. ¡Oh, no, dios mío, frituras no! ¡Qué atrocidad! ¿Llamaste a la policía?

—No le veo la gracia. Para empezar, ¿qué hacía en el edificio?

—Vive allí.

—Vive en el sótano. Tiene puerta propia, no necesita entrar por el portón. Nadie debería tener llave de ese portón, aparte de los seis inquilinos.

—Y nadie más la tiene, que yo sepa —dijo Selby. Sacó un bloc de notas—. Bueno, algo es algo. A ver qué te parece esto: voy a pedir que cambien la cerradura de la puerta exterior, y nos aseguraremos de que El Hombre con forma de pera no reciba una copia. ¿Te parece bien?

—Ajá —dijo Jessie, algo más apaciguada.

—No puedo prometerte que no entre, claro —aclaró Selby—. Ya sabes lo que pasa. Si me dieran cinco centavos cada vez que un inquilino le pone cinta aislante al picaporte o coloca un tope para que no se cierre la puerta porque le resulta más cómodo…

—No te preocupes; yo me encargaré de que eso no pase. ¿Y su nombre? ¿Vas a revisar el contrato?

—Lo que me pides es una invasión a su privacidad -—dijo Selby, suspirando—. Pero lo haré, como un favor personal. Acuérdate de que me debes una.

Se levantó y se dirigió a un archivador metálico de color negro. Abrió un cajón, rebuscó en su interior y extrajo una carpeta de tamaño folio. La hojeó mientras volvía al asiento.

—¿Y? —preguntó Jessie, impaciente.

—Hum… —dijo Selby—. Este es tu contrato, Jessie, y aquí están los de los demás —volvió a la primera hoja de la documentación y pasó los papeles uno a uno—. Winbright, Peabody, Pumetti, Harris, Jeffries —cerró la carpeta y la miró con resignación—. No está. Bueno, el departamento del sótano no es ninguna maravilla, y él lleva allí desde quién sabe cuándo. Se habrá perdido el contrato, o puede que ni siquiera lo haya tenido jamás. A veces pasa, si la gente paga en efectivo cada mes…

—Genial —se quejó Jessie—. ¿Y no vas a hacer nada al respecto?

—Cambiaré la cerradura —dijo Selby—. Pero aparte de eso, no sé qué más quieres que haga. No voy a echarlo por ofrecerte Cheez Doodles.

Cuando Jessie volvió a casa, El Hombre con forma de pera estaba en los escalones de la entrada, con el viejo maletín bajo el sobaco. Sonrió al verla llegar. “Que me toque —pensó Jessie—. Que se le ocurra tocarme cuando pase a su lado y le voy a meter una demanda por agresión que esa cabeza de pera aún le va a quedar más puntiaguda.” Pero El Hombre con forma de pera no intentó tocarla.

—Abajo tengo cosas que me gustaría enseñarte —dijo, mientras Jessie subía las escaleras. Pasó a un lado de él; aquel día, el olor era insoportable, un hedor espeso como de levadura y hortalizas podridas—. ¿Te gustaría ver mis cosas? —insistió.

Jessie abrió la puerta, entró y cerró de un portazo. “No voy a pensar en él”, se dijo mientras tomaba una taza de té. Tenía trabajo. Le había prometido a Adrian enviarle la portada el lunes. Fue al estudio, descorrió las cortinas y se puso a trabajar, decidida a eliminar de la pintura hasta el último indicio del Hombre con forma de pera. Borró la papada, dibujó una mandíbula firme, rehízo los labios húmedos y oscureció el cabello, haciéndolo más moreno y más revuelto por el viento para que la cabeza no pareciese puntiaguda. Dotó al protagonista de unos pómulos agudos, altos y muy marcados, como el filo de un cuchillo; le daban al rostro un aspecto casi demacrado. Hasta le cambió el color de los ojos. ¿Por qué se los había pintado de ese color tan claro y débil? Los pintó de un verde brillante, limpios, dominantes, rebosantes de vitalidad.

Terminó casi a media noche, exhausta, pero al retroceder un poco para evaluar mejor su obra, quedó encantada. El hombre era por fin un auténtico héroe de Pirouette: un calavera, un truhán, un buscapleitos cuya apariencia fuerte y vigorosa escondía un alma poética y melancólica. No tenía el más mínimo rasgo del Hombre con forma de pera. Adrian rompería en aplausos de entusiasmo.

Jessie se fue a dormir agotada, pero satisfecha. Quizá Selby tuviera razón: tenía la imaginación demasiado revolucionada y se había obsesionado con El Hombre con forma de pera. Pero el trabajo, el trabajo duro al viejo estilo, era el antídoto perfecto para aquellos temores vagos e infundados. Estaba segura de que esa noche, por fin, dormiría profundamente, sin pesadillas.

Se equivocaba. El sueño no le supuso ningún refugio. Se encontró de nuevo frente a aquella puerta, temblando. Ahí abajo todo estaba oscuro y sucio. El hedor intenso de los cubos de basura era casi insoportable. Le pareció oír cosas que se movían en las sombras. La puerta empezó a abrirse. El Hombre con forma de pera le sonrió y la tocó con sus dedos fríos y blandengues, como un nido de larvas. La agarró del brazo y la arrastró adentro, adentro, adentro…

A las diez de la mañana, Angela llamó a la puerta de su habitación.

—¡Almuerzo de domingo! Don está preparando waffles con chispas de chocolate y fresas. Y tocino. Y café. Y jugo de naranja. ¿Quieres?

—¿Don? —preguntó Jessie, incorporándose en la cama—. ¿Está aquí?

—Se quedó a dormir anoche —explicó Angela.

Jessie se levantó y se enfundó en unos jeans manchados de pintura.

—Tú sabes que nunca rechazaría un almuerzo de Don. No los oí llegar.

—Asomé la cabeza en el estudio, pero estabas pintando y no te diste ni cuenta. Tenías esa mirada de concentración que tienes a veces, ya sabes, cuando sacas la punta de la lengua por un lado de la boca. Pensé que era mejor no molestar a una artista inspirada —soltó una risita—. Lo que no entiendo es que no oyeras los muelles de la cama.

El almuerzo fue glorioso. A veces, Jessie no podía entender qué veía Angela en Donald, estudiante de psiquiatría, pero nunca le pasaba durante una comida. Era un cocinero magnífico. A las once, mientras Angela y Donald aún estaban con el último café, y Jessie con su té, oyeron un ruido en la portería. Angela fue a mirar.

—Hay un tipo cambiando la cerradura —dijo al volver—. Ni idea de por qué.

—Vaya —dijo Jessie—, en fin de semana. Cuánta rapidez. No pensé que Selby fuera a darse tanta prisa.

—¿Y tú qué tienes que ver con eso? —preguntó Angela, con gran curiosidad.

Así que Jessie se lo contó todo: la visita a la inmobiliaria y sus tropiezos con El Hombre con forma de pera. Angela soltó unas cuantas risitas, y Donald adoptó cara de psiquiatra sabio.

—Oye, Jessie —intervino cuando por fin terminó su historia—, ¿no te parece que estás exagerando un poco?

—No —cortó ella, tajante.

—No te cierres por completo —dijo Donald—. En serio, intenta analizar tus actos de forma objetiva. ¿Qué te ha hecho ese hombre?

—Nada, y eso es lo que quiero, que siga así —le espetó Jessie—. Disculpa, pero ¿cuándo te pedí tu opinión?

—No tienes que pedírmela —dijo Donald—. Somos amigos, ¿no? Me preocupa verte tan alterada sin motivo. Me da la impresión de que estás desarrollando una especie de fobia hacia un vecino inofensivo.

—Lo que pasa es que está enamorado de ti —bromeó Angela—. Eres una rompecorazones.

Jessie estaba empezando a enfadarse de verdad.

—No les haría tanta gracia si les dejara Cheez Doodles a ustedes —dijo, enfadada—. Hay algo. No sé, algo raro. Lo noto.

—¿Algo raro? —Don extendió las manos—. Desde luego que sí. Es evidente que ese tipo no socializa. Es un poco repelente, estrafalario, no sigue las normas habituales de apariencia ni de higiene personal, tiene unos hábitos de alimentación insólitos y grandes dificultades para relacionarse con otras personas. Probablemente sea una persona muy solitaria y, sin duda, profundamente neurótica. Pero eso no lo convierte en un asesino o un violador, así que, ¿por qué estás obsesionada con él?

—No estoy obsesionada con él.

—Está claro que sí —dijo Donald.

—Está enamorada —bromeó Angela.

—¡No estoy obsesionada con él! —Jessie se levantó de golpe—. ¡Y no hay nada más que discutir!

Aquella noche, en el sueño, Jessie vio el interior por primera vez. El hombre la arrastró adentro, y ella estaba demasiado débil para resistirse. Dentro, las luces eran muy brillantes, y hacía calor y había una humedad terrible… El aire parecía moverse, como si se hubiera metido en las fauces de una bestia inmensa, y las paredes eran de color anaranjado y crujientes, y desprendían un olor dulce y extraño, y había botellas vacías de Coca-Cola por todas partes, y también cuencos de Cheez Doodles mordisqueados, y El Hombre con forma de pera dijo: “Puedes ver mis cosas, puedes quedarte con mis cosas”, y empezó a desvestirse, se desabotonó la camisa de manga corta y se la quitó, revelando una carne mortecina, blanca, sin vello, y dos tetas colgantes, la derecha manchada de tinta azul de los bolígrafos; y sonreía, sonreía, y se desabrochó el estrecho cinturón, y luego se bajó la bragueta de los pantalones de poliéster café, y Jessie se despertó gritando.

El lunes por la mañana, Jessie empaquetó la ilustración de la cubierta, llamó a un servicio de mensajería y la envió a Pirouette. No tenía ánimo para ir al centro otra vez. Adrian tendría ganas de platicar, y Jess no estaba de humor. Angela no paraba de fregarla con lo del Hombre con forma de pera y la había puesto de mal humor. Nadie parecía darse cuenta de que había algo anormal en El Hombre con forma de pera, algo serio, algo horrible. No era cuestión de broma. Daba miedo. Tenía que hacérselo ver a los demás. Tenía que averiguar su nombre; tenía que descubrir qué ocultaba.

Se le pasó por la cabeza la idea de contratar a un detective, pero eran caros. Algo habría que pudiese hacer ella sola. Quizá hurgar de nuevo el buzón. Pero, en ese caso, sería mejor esperar a que llegaran las facturas del gas y de la electricidad. Su departamento tenía luz, así que la compañía eléctrica tenía que saber su nombre. Lo malo era que faltaban dos semanas para que llegaran las facturas.

De pronto se dio cuenta de que las ventanas del salón estaban abiertas de par en par. Hasta las cortinas estaban descorridas. Angela debía de haberlo abierto todo antes de irse a trabajar. Jessie titubeó, pero se acercó a una ventana y la cerró; luego fue a la otra e hizo lo mismo. Se sintió más segura. Se dijo a sí misma que no miraría hacia abajo. Era mejor si no lo hacía.

¿Pero cómo no se iba a asomar? Lo hizo. Allí estaba él, plantado en medio de la acera, mirando hacia arriba.

—Podrías ver mis cosas —dijo con su voz aguda y chillante—. Cuando te vi supe que querrías mis cosas. Te pueden gustar. Podríamos comer —metió la mano en un bolsillo atiborrado, sacó un solo Cheez Doodle y se lo ofreció, moviendo los labios en silencio.

—¡Lárgate o voy a llamar a la policía! —gritó Jessie.

—Tengo una cosa para ti. Ven a mi casa y te la daré. La tengo en el bolsillo. Te la daré.

—No vas a darme nada. Lárgate. Lo digo en serio. Déjame en paz.

Dio un paso atrás y cerró las cortinas. La habitación quedó sumida en la penumbra, pero era mejor eso a saber que El Hombre con forma de pera estaba mirándola. Jessie encendió una lámpara, eligió una novela de bolsillo e intentó leer. Pronto se dio cuenta de que pasaba las páginas a toda velocidad y no tenía la menor idea de lo que estaba leyendo. Cerró el libro de golpe y fue a la cocina a prepararse un sándwich de ensalada de atún con pan integral. Quería acompañarlo con algo, pero no sabía con qué. Cortó un pepinillo en cuartos y lo dispuso primorosamente en el plato. Luego buscó en la alacena hasta que encontró unas papas fritas. Por último, se sirvió un gran vaso de leche fresca y se sentó a desayunar.

Le dio un mordisco al sándwich y lo apartó con una mueca. Tenía un sabor raro, como si la mayonesa estuviera pasada. El pepinillo era demasiado agrio; las papas no estaban crujientes, sino blandengues y demasiado saladas. De todas formas, no quería comer papas fritas. Quería otra cosa. Frituras de queso. Podía imaginárselas perfectamente; casi notaba el sabor. Se le hizo agua la boca.

De pronto comprendió lo que estaba pensando y casi vomitó. Se levantó y tiró el desayuno a la basura. Se puso muy nerviosa; tenía que salir de allí. Ver una película, hacer algo, quitarse de la cabeza al Hombre con forma de pera durante unas horas. Podría ir a un bar de solteros, ligar con alguien, tener un acostón. En casa de él, lejos del Hombre con forma de pera. Era una solución. Le vendría bien una noche fuera del departamento.

Se acercó a la ventana, apartó las cortinas y miró abajo. El Hombre con forma de pera sonrió, balanceándose de lado a lado. Llevaba el amorfo maletín debajo del brazo. Los bolsillos parecían a punto de reventar. A Jessie se le puso la piel de gallina. Era repugnante, pero no permitiría que la tuviese prisionera en su propia casa. Tomó sus cosas, metió un pequeño cuchillo de carne en la bolsa, por si las moscas, y salió.

—¿Quieres ver lo que tengo en el maletín? —le preguntó El Hombre con forma de pera en cuanto salió al portal.

Jessie decidió fingir que no existía. Si no le respondía, si hacía como que no lo veía, a lo mejor se aburría y la dejaba en paz. Bajó deprisa la escalera y enfiló calle abajo. El Hombre con forma de pera echó a andar detrás de ella.

—Están por todas partes —susurró. Su olor y sus jadeos la seguían a un paso de distancia—. Están ahí. Se ríen de mí. No entienden nada, pero quieren mis cosas. Tengo pruebas. Están en mi casa. Sé que te gustaría venir a verlas.

Jessie continuó sin hacerle caso. La siguió hasta la parada del autobús.

No tuvo demasiada suerte con la película. Como se había saltado el desayuno, tenía hambre, así que se compró una Coca-Cola y unas palomitas de maíz con mantequilla. La Coca-Cola era tres cuartas partes hielo picado, pero aún así estaba buena. No pudo comerse las palomitas, el sucedáneo de mantequilla desprendía un olor ligeramente rancio que le recordaba al Hombre con forma de pera. Se comió un par, pero le dieron asco.

Sin embargo, más tarde tuvo un poco más de suerte. Él dijo que se llamaba Jack. Era técnico de sonido en una cadena de televisión local y tenía un rostro muy interesante: sonrisa fácil, orejas de Clark Gable y unos bonitos ojos grises con simpáticas patas de gallo. La invitó a tomar algo y le tocó la mano, pero con cierta torpeza, como si toda la escena le produjese cierta timidez, cosa que a Jessie le gustó. Bebieron un par de tragos, y luego él le propuso cenar en su casa. Nada del otro mundo, dijo. Tenía un poco de embutido en el refri; podía improvisar un buen bocadillo y enseñarle su equipo de sonido, que era un montaje superespecial que se había construido él mismo. A ella le pareció un buen plan.

Vivía en un rascacielos cerca del centro, en el piso vigesimotercero, y por las ventanas se veían los veleros en el horizonte. Jack puso en el tocadiscos el último disco de Linda Ronstadt y fue a preparar los bocadillos. Jessie contemplaba los barcos de vela. Finalmente, empezaba a relajarse.

—Tengo cerveza y té frío —ofreció Jack desde la cocina—. ¿Qué prefieres?

—Coca-Cola —dijo ella, distraída.

—No hay Coca-Cola. Cerveza o té frío.

—Ah —dijo ella, algo molesta—. Té frío, entonces.

—De acuerdo. ¿De centeno o de trigo?

—Me da igual —contestó ella.

Los veleros eran muy elegantes. Le gustaría pintarlos algún día. También podría pintar a Jack. Seguro que tenía un buen cuerpo.

—Ya está —dijo él, saliendo de la cocina con una bandeja—. Espero que tengas hambre.

—Estoy famélica —aseguró Jessie, volviéndose de la ventana.

Se acercó a la mesa, que él estaba terminando de poner, y de repente se quedó inmóvil.

—¿Qué pasa? —preguntó Jack.

Sostenía un platón de cerámica con un enorme sándwich de jamón y queso suizo con pan de centeno profusamente untado de mostaza, al lado, colmando el resto del plato, había un montón de esponjados y crujientes rizos de queso naranja. Parecían moverse, retorcerse, arrastrarse hacia el bocadillo, hacia ella.

—¿Jessie? —dijo Jack.

Ella dejó escapar un grito ahogado y apartó el platón de un golpe. A Jack se le escapó de las manos, y el jamón, el queso suizo, el pan y los Cheez Doodles salieron volando en todas direcciones. Una fritura rozó la pierna de Jessie. Se dio la vuelta y huyó del departamento.

Jessie pasó la noche sola en un hotel y durmió mal. Incluso estando a kilómetros de su casa le fue imposible escapar de la pesadilla. Era siempre el mismo sueño, siempre igual, pero cada noche parecía un poco más largo, iba un poco más lejos. Estaba al final de la escalera, a la espera, temerosa. La puerta se abría, y él la arrastraba al interior, hacia la calidez anaranjada, el aire como aliento fétido, la sonrisa del Hombre con forma de pera. “Puedes ver mis cosas —decía—. Puedes quedarte mis cosas.” Y se desvestía. Primero se quitaba la camisa, dejando al descubierto aquella carne pálida y mortecina, las tetas enormes con una mancha de tinta azul; luego el cinturón, y los pantalones caían al suelo, dos montones arrugados de poliéster alrededor de los tobillos, y los objetos que atiborraban los bolsillos se desparramaban por el suelo, y era cierto que tenía forma de pera, no era solo por la forma de vestirse; y por fin, los calzoncillos, y Jessie miraba en contra de su voluntad, y no veía vello, solo una cosa pequeña, como un gusano amarillento, como un ganchito de queso que se estremecía, y El Hombre con forma de pera decía: “Ahora quiero tus cosas, dámelas, déjame ver tus cosas”. Y ella era incapaz de huir, no sabía por qué, sus pies se negaban a moverse, pero las manos sí, las manos se movían, y empezó a desnudarse.

La despertaron los golpes en la puerta y los gritos del encargado de seguridad del hotel, que preguntaba qué ocurría y por qué estaba gritado ...