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MI NEGRO PASADO

Laura Esquivel

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Fragmento

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Todo el problema comenzó con lo de las tortas de navidad.

—¿Por qué?

—Porque se supone que la cebolla debe estar finamente picada.

—¿Y?

— Pues que yo la corté en trozos grandes.

—¿Y eso es lo que hizo enfurecer a tu mamá?

—¡Claro que no! El tamaño de los cuadritos de la cebolla fue un mero pretexto que ella utilizó para agredirme. El error que cometí se podía solucionar perfectamente pero ella empezó de decirme que nunca la escucho y que cada vez que rompo las reglas en la cocina se pone en evidencia mi valemadrismo…

—¿Pero tú sabías que la cebolla debía de ir finamente picada?

—¿Y eso qué chingados importa? ¿Tú también te vas a poner de su lado? ¿No se supone que como mi psicoanalista debías apoyarme? ¡Cómo si no supieras que mi mamá me odia! ¿Qué te pasa?

— Lo único que intento saber es cuáles son los resortes emocionales que intervienen en tus problemas con la comida.

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—¡Yo no tengo problema con la comida!

—¿No? Mmm… ¿Sí sabes que me dedico a atender a comedores compulsivos, verdad?

—¿Sabes qué? Chinga tu madre.

María tomó su bolso y salió del consultorio dando un enorme portazo. Se detuvo un momento en las escaleras pues sintió que le faltaba el aire. Estaba furiosa. No podía recordar quién le había recomendado a esa psicoanalista. Quería llamarle en ese mismo instante para hacerle un reclamo. Con qué tipa más imbécil e insensible la habían enviado. ¿Cómo se le ocurría que debía reaccionar después del repudio de su esposo y del rechazo colectivo al que se estaba enfrentando? Comer como descosida era mucho menos grave que recurrir a cualquier droga y eso de ninguna manera significaba que ella tuviera problemas con la comida. Pendeja. No pensaba volver a verla nunca más. Ya bastantes problemas tenía encima con las fiestas decembrinas como para aparte tener que lidiar con esa mujer.

María sufría de depresión estacional y cada año se tenía que empastillar para poder asistir a las fiestas familiares de buen talante. No siempre lo lograba. Nunca sabía cómo vestirse para disimular su gordura y evitar las miradas de sus primos y primas sobre su enorme panza. Algunos parientes por ignorancia o simplemente mala leche le preguntaban si estaba embarazada. María invariablemente respondía que sí. Quería ver si el próximo año a esos mismos pendejos les iba a interesar preguntar sobre sus supuestos hijos. Jamás lo hacían. Ahora, por primera vez tenía algo para sorprender a toda su parentela pero a estas alturas ya todos debían de estar enterados. A comienzos de diciembre había nacido Horacio, su primogénito. Un niño bello y sano pero inexplicablemente negro. Negro como el azabache. Negro como la luna negra que marcó su destino. Negro como la oscura Navidad que le había caído encima. A partir del nacimiento del niño toda su vida se trastocó. Su esposo la acusó de infidelidad. A su mamá literalmente le dio un ataque de nervios. Nadie pareció creerle que el niño era el producto del amor y que había sido engendrado dentro de un matrimonio legítimo.

María se había casado muy enamorada. Había esperado la llegada de su hijo llena de entusiasmo. Incluso había pensado que ese nacimiento decembrino podía hacerla superar sus problemas con las fiestas navideñas. Bueno, pues todo salió peor de lo que esperaba. Lo más triste era que no pudo amamantar al niño. Su estado emocional le afectó demasiado. Las hormonas se le alborotaron. La depresión post parto fue un verdadero infierno. Y a pesar de todo hacía un esfuerzo sobrehumano para ser una madre funcional que atendía a su hijo diligentemente y que trataba por todos los medios de alimentar a un niño que se rehusaba a beber leche de fórmula y lloraba constantemente. María terminaba llorando junto con él. Cuando ya no había más llanto dentro de sus ojos, cuando sólo quedaban los sollozos, María y Horacio se miraban pidiendo comprensión uno al otro. María le acariciaba los rizos de la cabeza y le pedía su cooperación. El niño, sin palabras de por medio, la miraba profundamente y con resignación bebía la leche que su madre le daba.

Cuando Horacio se dormía, María lo observaba con curiosidad. Ese niño era un misterio. No podía dudar de su maternidad. Sin lugar a dudas era su hijo. Ella lo había visto nacer. Salió de sus entrañas. Sus facciones correspondían con las que habían visto infinidad de veces en los videos de los ultrasonidos que le practicaron. Cómo añoraba esa sensación de alegría profunda que le provocaba escuchar el corazón de su hijo cuando aún era un feto. El latido no tiene color. Es sólo un sonido maravilloso que anuncia la vida. El latido de Horacio era tan fuerte. Cuando estaba en su vientre todo parecía normal. No había razón para el extrañamiento. Nunca se imaginó el desconcierto que ocasionaría al nacer. Su esposo Carlos estuvo presente durante el parto. Estaba filmando el evento. María recordaba claramente el rostro de Carlos cuando el niño nació. Era de terror. Dejó de filmar, bajó la cámara y volteo a verla. María creyó que algo muy grave estaba sucediendo. Incluso pensó que su hijo había fallecido pero cuando lo escuchó llorar, respiró aliviada. ¿Qué era lo que pasaba entonces?El doctor y Carlos se miraron con extrañeza. ¿Qué pasa? —dijo María. El doctor le colocó al niño sobre el pecho como respuesta. Carlos salió de allí antes de que María lo viera llorar. María vio a Horacio y no supo cómo reaccionar. Lo abrazó con cariño pero llena de dudas. Era increíble lo que un color de piel podía provocar. Tanto María como Carlos eran blancos. Carlos incluso tenía el pelo rubio y María ojos verdes. ¿De dón de había salido Horacio con ese color de piel? Conforme pasaron los días le fue urgiendo obtener una respuesta. Lo primero que se le ocurrió fue hacer una prueba de adn pero Carlos se rehusó. Luego pensó en mandar hacer un árbol genealógico de las dos familias. Esperando, claro, que fuera en la familia de Carlos donde hubiera habido un familiar de la raza negra. Por un lado le daba miedo investigar y al hacerlo abrir una caja de Pandora pero por el otro, no le quedaba mejor opción. Ese preciso día, se suponía que después de su cita con la psicoanalista se iba a entrevistar con una persona que se dedicaba a hacer ese tipo de investigaciones. Acababa de salir del edificio donde se encontraba el consultorio de la doctora para dirigirse a la oficina del Licenciado López, cuando entró una llamada a su celular. Era su hermano Fernando.

—¿Dónde estás?

—Saliendo de la psicoanalista… oye, por cierto, ¿tú fuiste el que me la recomendó?

—No. ¿Por qué?

—Por nada…

—Oye, te llamo para informarte que a mi mamá le dio un infarto. Nos estamos yendo al hospital. Dejé a Horacio con Blanca. Dice que si quieres, ella lo cuida para que puedas venir conmigo.

María no daba crédito a lo que escuchaba. Desde que tenía uso de razón, el mes de diciembre se hacía acompañar de desgracias. ¡Y luego querían que le agradaran las fiestas decembrinas! ¡Qué horror!

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Ese definitivamente no había sido su día. Horacio lloró durante toda la noche. Carlos gruñó y protestó varias veces. Con desesperación preguntó si no había alguna manera de hacer callar al niño pues él tenía que ir a trabajar al día siguiente. María hizo lo que pudo pero no tuvo mucho éxito que digamos. No recordaba a qué hora Horacio y ella por fin se durmieron. Al despertar, con sorpresa descubrió que Carlos no estaba a su lado. Se había ido. La había abandonado. Se encontró una carta en la que le decía que no podía más y que necesitaba espacio. Que aún sentía amor por ella pero no podía soportar la presencia de Horacio. Lo que más le dolió fue que le dejara sobre el tocador el dvd con la filmación del nacimiento del niño, como se deja una bolsa de basura. Sintió un dolor físico, real, en el centro del pecho y una molesta náusea en el plexo solar. Antes de que pudiera tomar mayor conciencia de lo que la partida de Carlos le provocaba, el llanto de su hijo reclamó su atención. Claramente exigía su alimento. María lo abrazó y lloraron juntos aunque por muy distintos motivos.

Más tarde, María llevó al niño a casa de su hermano para que Blanca, su cuñada, lo cuidara mientras ella visitaba a su mamá en el hospital. Tenía que relevar a su hermana Carolina, quien había cuidado a su madre toda la noche. Se le hizo tarde. Había tráfico.El semáforo estaba descompuesto. Todo parecía estar en su contra.

Oprimió el botón del elevador. La puerta se abrió y salió una mujer con uniforme de enfermera, María subió inmediatamente después de ella y cuando la puerta se estaba cerrando se percató que ese elevador estaba infestado con un olor mortal a pedo. Sostuvo la respiración y mientras buscaba entre sus pertenencias un pañuelo para cubrirse la nariz la puerta se abrió nuevamente e ingresó al elevador un doctor realmente guapo, mismo que también aspiró el pedo. María se quería morir de la vergüenza. Sin querer, se había convertido en la presunta responsable de un pedo ajeno. Lo peor de todo no era eso sino que pronto descubrió que el doctor iba al mismo piso y a la misma habitación que ella pues era el cardiólogo de su mamá. Antes de entrar al cuarto, el doctor le preguntó:

—¿Viene a ver a la señora Alejándrez?

—Sí, pero yo no me eché el pedo.

—¿Perdón?

— En el elevador, cuando yo me subí ya me lo encontré ahí.

El doctor se rió abiertamente mientras abría la puerta con caballerosidad y le daba el paso a María. Dentro de la habitación unos ojos recriminaron la escena. Era la mirada de Carolina, la hermana de María, quien sostenía la mano de su madre.

—Bueno, mamita, ya llegó María, TARDE… pero ya está aquí y mira, el doctor Miller también vino a verte, así que te dejo con ellos porque yo tengo una IMPORTANTE junta en el trabajo. Vengo en la tarde.

—Sí, m’ijita, vete tranquila.

Carolina recogió sus cosas rápidamente y se despidió de todos.

El doctor Miller no perdió detalle del intenso cruce de miradas que intercambiaron las hermanas, de la manera en que se tensó el ambiente cada vez que Carolina habló. También le quedó claro que el rostro de María no sabía esconder nada. Esa mujer estaba sufriendo y no precisamente por la agresión pasiva de su hermana o la enfermedad de su mamá. La vio aspirar profundamente y apretar los labios para no discutir con su hermana frente a su madre. La vio dar la espalda y fingir que estaba mirando por la ventana para limpiarse disimuladamente unas lágrimas. Así que cuando terminó de hacer su visita médica, le pidió a María que saliera un momento al pasillo para hablar con ella.

En cuanto estuvieron solos y cerraron la puerta tras ellos, tiernamente le puso a María la mano sobre el hombro y le preguntó:

—¿Está bien? ¿Quiere que le recete un ansiolítico?

María no pudo más. Soltó el llanto. El doctor la abrazó delicadamente. María se sintió totalmente arropada. Un abrazo de esa naturaleza, aunque proviniera de un extraño era justamente lo que necesitaba. El doctor Miller le acarició el pelo, como si estuviera confortando a una niña pequeña. María le agradeció de todo corazón ese momento. Siempre lo recordaría.

Más pronto de lo que imaginaba el doctor le brindó una nueva oportunidad para que le estuviera agradecida. Al día siguiente falleció su madre. A María le correspondió quedarse en el hospital para hacer los trámites pertinentes. Carolina y Fernando estaban en la funeraria haciendo lo propio. A Blanca le pidieron hacer llamadas a familiares y amigos, así que no pudo ayudarla a cuidar a Horacio. María estaba dando vueltas en uno de los pasillos del hospital con su hijo entre los brazos, cuando se encontró de frente con el doctor Miller. El cardiólogo se acercó a ella y a manera de pésame le dio un nuevo abrazo. Acto seguido le aca ...