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MIL VECES HASTA SIEMPRE

John Green

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Fragmento

1

La primera vez que caí en la cuenta de que yo podría ser un personaje de ficción, asistía de lunes a viernes a un centro público del norte de Indianápolis llamado White River High School, en el que fuerzas muy superiores a mí que no podía siquiera empezar a identificar me exigían comer a una hora concreta: entre las 12:37 y las 13:14. Si esas fuerzas me hubieran asignado un horario de comida diferente, o si los compañeros de mesa que ayudaban a escribir mi destino hubieran elegido otro tema de conversación aquel día de septiembre, yo habría tenido un final diferente, o al menos un nudo narrativo diferente. Pero empezaba a descubrir que tu vida es una historia que cuentan sobre ti, no una historia que cuentas tú.

Crees que eres el autor, por supuesto. Tienes que serlo. Cuando el monótono timbre suena a las 12:37, piensas: «Ahora decido ir a comer». Pero en realidad el que decide es el timbre. Crees que eres el pintor, pero eres el cuadro.

En la cafetería, cientos de gritos se superponían, de modo que la conversación se convirtió en un mero sonido, en el rumor de un río avanzando sobre las piedras. Y mientras me sentaba debajo de fluorescentes cilíndricos que escupían una agresiva luz artificial, pensaba que todos nos creíamos protagonistas de alguna epopeya personal, cuando en realidad éramos básicamente organismos idénticos colonizando una sala enorme sin ventanas que olía a desinfectante y a grasa.

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Estaba comiéndome un sándwich de mantequilla de cacahuete y miel y bebiéndome un Dr Pepper. Para ser sincera, el proceso de masticar plantas y animales y luego empujarlos hacia el esófago me parece bastante asqueroso, así que intentaba no pensar que estaba comiendo, que es una forma de pensarlo.

Al otro lado de la mesa, frente a mí, Mychal Turner garabateaba en una libreta de hojas amarillas. Nuestra mesa era como una obra de teatro de Broadway que lleva mucho tiempo en cartel: el reparto ha cambiado con el paso de los años, pero los papeles nunca cambian. Mychal era el Artista. Estaba hablando con Daisy Ramirez, que hacía el papel de mi Mejor y Más Intrépida Amiga desde la escuela primaria, pero el ruido de los demás me impedía seguir su conversación.

¿Cuál era mi papel en aquella obra? La Compinche. Yo era la Amiga de Daisy, o la Hija de la Señora Holmes. Era algo de alguien.

Sentí que mi estómago empezaba a ocuparse del sándwich, y pese al ruido de todo el mundo hablando a la vez, lo oía digiriendo, todas las bacterias masticando el pringue de mantequilla de cacahuete —los alumnos dentro de mí comiendo en mi cafetería interna. Me recorrió un escalofrío.

—¿No estuviste de campamentos con él? —me preguntó Daisy.

—¿Con quién?

—Con Davis Pickett —me contestó.

—Sí —le dije—. ¿Por qué?

—¿No estás escuchándome? —me preguntó Daisy.

«Estoy escuchando la cacofonía de mi tracto digestivo», pensé. Hacía tiempo que sabía que era huésped de una enorme colección de organismos parasitarios, por supuesto, pero no me gustaba demasiado que me lo recordaran. Si hacemos recuento de células, los humanos somos microbios en un cincuenta por ciento aproximadamente, lo que significa que la mitad de las células de las que estás formado no son tuyas. En mi bioma particular viven mil veces más microbios que seres humanos en la tierra, y muchas veces me parece que los siento viviendo, reproduciéndose y muriendo en mí, dentro de mí. Me sequé las palmas de las manos sudorosas en los vaqueros e intenté controlar mi respiración. Es cierto que tengo problemas de ansiedad, pero debo decir que no es tan absurdo que te preocupe el hecho de ser una colonia de bacterias cubierta de piel.

—La policía estaba a punto de detener a su padre por sobornos o algo así —dijo Mychal—, pero la noche antes de la redada desapareció. Ofrecen cien mil dólares de recompensa por él.

—Y tú conoces a su hijo —me dijo Daisy.

—Lo conocía —le contesté.

Observé a Daisy atacando con el tenedor la pizza rectangular y las judías verdes del menú del instituto. De vez en cuando levantaba la mirada hacia mí, con los ojos muy abiertos, como si me preguntara: «¿Y bien?». Sabía que quería que le preguntara algo, pero no sabía el qué, porque mi estómago no se callaba, lo que me obligaba a preocuparme por la posibilidad de haber contraído una infección parasitaria, a saber cómo.

Oía parcialmente a Mychal contándole a Daisy su nuevo proyecto artístico. Estaba mezclando con Photoshop las caras de cien personas que se llamaban Mychal, y el resultado de todas esas caras sería el nuevo Mychal, el Mychal ciento uno, y la idea era interesante, quería escuchar lo que estaba diciendo, pero en la cafetería había tanto ruido que no podía dejar de preguntarme si pasaba algo con el equilibrio microbiano de fuerzas dentro de mí.

El exceso de ruido abdominal es un síntoma poco frecuente, aunque no inaudito, de infección por la bacteria Clostridium difficile, que puede ser mortal. Saqué el móvil y busqué «microbiota normal» para volver a leer la entrada de Wikipedia sobre los billones de microorganismos que hay dentro de mí. Cliqué en el artículo sobre la C. diff y bajé hasta la parte que dice que la mayoría de las infecciones por C. diff se producen en hospitales. Bajé un poco más, hasta una lista de síntomas, y yo no tenía ninguno de ellos, excepto el excesivo ruido abdominal, aunque sabía por búsquedas anteriores que la Cleveland Clinic había informado del caso de una persona que había muerto por C. diff tras haber acudido al hospital solo con dolor de estómago y fiebre. Me recordé a mí misma que no tenía fiebre, y mi yo me contestó: «No tienes fiebre TODAVÍA».

En la cafetería, donde aún radicaba una parte cada vez menor de mi consciencia, Daisy le decía a Mychal que para su proyecto de mezclar caras no debería utilizar a personas que se llamaran Mychal, sino a hombres a los que hubieran metido en la cárcel y después hubieran liberado por no haber cometido los delitos de los que los habían acusado. «Además, sería más fácil», dijo Daisy, «porque las fotos de las fichas policiales están tomadas desde el mismo ángulo, y entonces el tema ya no serían los nombres, sino las razas, las clases sociales y los encarcelamientos en masa», y Mychal comentó: «Eres un genio, Daisy», y ella le dijo: «¿Te sorprende?», y entretanto yo pensaba que si la mitad de las células que tienes dentro no son tú, ¿no pone eso en cuestión la idea de yo como pronombre singular, por no decir como autor de mi destino? Y me hundí en ese agujero espacio-temporal recurrente hasta que me sacó de la cafetería de la White River High School y me trasladó a un lugar no sensorial al que solo pueden acceder los que están locos de remate.

Desde niña me he clavado la uña del pulgar en la yema del dedo corazón de la mano derecha, por eso ahora tengo un callo raro. Como llevo tantos años haciéndolo, enseguida me desgarro la piel, así que me pongo una tirita para intentar evitar que la herida se infecte. Pero a veces me preocupa que ya esté infectada, y entonces tengo que drenarla, y la única manera de hacerlo es volver a abrirla y apretarla para que salga la sangre. En cuanto empiezo a pensar en retirar la piel, no puedo no hacerlo, literalmente. Perdón por la doble negación, pero la situación es doblemente negativa, un lío del que de verdad solo es posible escapar negando la negación. En fin, que empezaba a querer sentir la uña clavándose en la piel de la yema del dedo, y sabía que resistirme era más o menos inútil, así que, por debajo de la mesa de la cafetería, me quité la tirita del dedo y hundí la uña en el callo hasta que sentí que se desgarraba.

—Holmesy —dijo Daisy. Levanté la mirada hacia ella—. Ya casi hemos acabado de comer y no has dicho nada de mi pelo.

Sacudió la cabeza para mover el pelo, con mechas tan rojas que parecían rosas. Muy bien. Se ha teñido el pelo.

Emergí de las profundidades.

—Muy atrevido —le dije.

—Ya lo sé, ¿vale? Mi pelo dice: «Damas, caballeros y personas que no os consideráis ni damas ni caballeros, Daisy Ramirez no romperá sus promesas, pero os romperá el corazón».

Daisy decía que su lema era «Rompe corazones, no promesas». Siempre amenazaba con tatuárselo en el tobillo en cuanto cumpliera dieciocho años. Daisy volvió a girarse hacia Mychal, y yo volví a mis pensamientos. Mi estómago seguía rugiendo, incluso más que antes. Sentí que iba a vomitar. Para ser una persona a la que no le gustan nada los fluidos corporales, vomito mucho.

—Holmesy, ¿estás bien? —me preguntó Daisy.

Asentí. A veces me preguntaba por qué le caía bien, o al menos me soportaba. Por qué cualquiera de ellos me soportaba. Era un coñazo hasta para mí misma.

Sentía el sudor brotándome en la frente, y en cuanto empiezo a sudar, imposible parar. Me pasaré horas sudando, y no solo me sudan la cara y las axilas. Me suda el cuello. Me sudan las tetas. Me sudan las pantorrillas. Quizá sí que tenía fiebre.

Me metí la tirita usada en el bolsillo por debajo de la mesa y, sin mirar, saqué una nueva, le quité el envoltorio y eché un vistazo para ponérmela en el dedo. Entretanto, inspiraba por la nariz y espiraba por la boca, como me aconsejaba la doctora Karen Singh, expulsando el aire a un ritmo «que hiciera que una vela titilara, pero no se apagara. Imagínate la vela, Aza, titilando con tu respiración, pero ahí, siempre ahí». Así que lo intentaba, pero la espiral de pensamientos seguía estrechándose. Oía a la doctora Singh diciéndome que no debía sacar el móvil, que no debía buscar las mismas cosas una y otra vez, pero lo saqué igualmente y volví a leer el artículo «Microbiota normal» de Wikipedia.

El problema de una espiral es que si la recorres, en realidad nunca acaba. Se estrecha infinitamente.

Metí el último trozo de sándwich en la bolsa con cierre zip, me levanté y lo tiré en un cubo de basura lleno hasta arriba. Oí una voz detrás de mí.

—¿Debe preocuparme que no hayas dicho más de dos palabras seguidas en todo el día?

—Espiral de pensamientos —murmuré.

Daisy me conocía desde que teníamos seis años, más que suficiente para que lo entendiera.

—Lo suponía. Perdona, tía. Quedamos esta tarde.

Una chica llamada Molly se acercó sonriendo y dijo:

—Uf, Daisy, para tu información, ese tinte de refresco de cereza en polvo está manchándote la camiseta.

Daisy se miró los hombros, y sí, su camiseta de rayas tenía manchas rosas. Por un segundo se sobresaltó, pero enseguida se puso muy recta.

—Sí, es parte del look, Molly. Las camisetas con manchas son el último grito en París ahora mismo. —Se giró hacia Molly y dijo—: Vale, pues vamos a tu casa a ver Star Wars: Rebels.

Daisy era una fanática de Star Wars, y no solo de las películas, sino también de los libros, las series de animación y las series infantiles hechas con Lego. Escribía relatos sobre la vida amorosa de Chewbacca y los publicaba en un blog de fans de Star Wars.

—Y te animarás tanto que serás capaz de decir tres o incluso cuatro palabras seguidas —siguió diciendo Daisy—. ¿Te parece bien?

—Me parece bien.

—Y luego me llevas al trabajo. Lo siento, pero necesito que me lleven en coche.

—Vale.

Quise decir algo más, pero seguían llegándome pensamientos, involuntarios y no deseados. Si yo hubiera sido la autora, habría dejado de pensar en mi microbioma. Le habría dicho a Daisy que me gustaba mucho su idea para el proyecto de Mychal, le habría dicho que sí recordaba a Davis Pickett, y que me recordaba a mí misma a los once años, siempre con miedo, un miedo confuso pero constante. Le habría dicho que recordaba que una vez, en el campamento, me había tumbado al lado de Davis al borde de un muelle, con las piernas colgando y la espalda sobre los ásperos tablones de madera, y que habíamos contemplado juntos el cielo sin nubes del verano. Le habría dicho que Davis y yo no hablábamos mucho, ni siquiera nos mirábamos mucho, pero no importaba, porque contemplábamos juntos el mismo cielo, y quizá eso es mucho más íntimo que el contacto visual. Cualquiera puede mirarte. Pero muy pocas veces encuentras a alguien que ve el mismo mundo que estás viendo tú.

2

Prácticamente había sudado ya todo el miedo, pero de camino a la clase de historia no pude evitar sacar el móvil y volver a leer el terrorífico artículo «Microbiota normal» de Wikipedia. Caminaba por el pasillo leyendo cuando oí a mi madre gritándome desde el otro lado de la puerta abierta de su clase. Estaba sentada a su mesa metálica, inclinada sobre un libro. Mi madre era profesora de matemáticas, pero su pasión era leer.

—¡Prohibidos los teléfonos en los pasillos, Aza!

Guardé el móvil y entré en su clase. Faltaban cuatro minutos para que empezara la mía, así que perfecto, la conversación con mi madre no podría durar mucho. Levantó la cabeza y debió de ver algo en mis ojos.

—¿Estás bien?

—Sí —le contesté.

—¿No estás nerviosa? —me preguntó.

En algún momento, la doctora Singh le había dicho a mi madre que no me preguntara si estaba nerviosa, así que dejó de formularlo como una pregunta directa o afirmativa.

—Estoy bien.

—Estás tomando la medicación —me dijo.

Otra pregunta indirecta.

—Sí —le contesté.

Y a grandes rasgos era cierto. El primer año de instituto había sufrido una especie de crisis nerviosa, y desde entonces tenía que tomarme una pastilla redonda de color blanco cada día. Me la tomaba unas tres veces por semana.

—Pareces...

«Sudada», seguro que quería decir eso.

—¿Quién decide cuándo suena el timbre? —le pregunté—. Me refiero a los timbres de los colegios.

—Pues, mira, no tengo ni idea. Supongo que lo decide alguien del personal de la dirección del distrito.

—Porque, a ver, ¿por qué tenemos treinta y siete minutos para comer, y no cincuenta? ¿O veintidós? ¿O los que sean?

—Tu cerebro parece un lugar muy intenso —me contestó mi madre.

—Solo me parece raro que lo decida alguien a quien no conozco, y que luego yo tenga que adaptar mi vida a esa decisión. Como si viviera siguiendo el horario de otra persona. De personas a las que ni siquiera conozco.

—Sí, bueno, en estas cosas y en muchas otras los institutos de este país parecen cárceles.

Abrí mucho los ojos.

—Oh, mamá, tienes toda la razón. Los detectores de metales. Las paredes de hormigón.

—Tanto las cárceles como los institutos están abarrotados y no reciben suficiente financiación —dijo mi madre—. Y tanto en las cárceles como en los institutos los timbres te dicen cuándo tienes que moverte.

—Y no puedes elegir cuándo quieres comer —dije yo—. Y en las cárceles hay vigilantes corruptos sedientos de poder, y en las escuelas hay profesores, que son lo mismo.

Me lanzó una mirada asesina, pero enseguida se echó a reír.

—¿Vas directamente a casa después de clase?

—Sí, y luego tengo que llevar a Daisy al trabajo.

Mi madre asintió.

—A veces echo de menos cuando eras pequeña, pero luego recuerdo el Chuck E. Cheese’s.

—Daisy intenta ahorrar dinero para la universidad.

Mi madre echó un vistazo a su libro.

—¿Sabes? Si viviéramos en Europa, la universidad no nos costaría tanto.

Me preparé para tragarme el rollazo de mi madre sobre lo cara que es la universidad.

—En Brasil hay universidades gratuitas —siguió diciendo—. Y en casi toda Europa. Y en China. Pero aquí pretenden cobrarte veinticinco mil dólares al año por matricularte, y eso si eres del mismo estado, porque si eres de otro estado, pagas más. Hace solo unos años que terminé de pagar mis préstamos, y pronto tendremos que pedir otros para ti.

—Aún estoy en el tercer año de instituto. Me queda mucho tiempo para que me toque la lotería. Y si no me toca, me pagaré la universidad vendiendo metanfetaminas.

Sonrió de mala gana. A mi madre le preocupaba mucho el tema de pagarme la universidad.

—¿Seguro que estás bien? —me preguntó.

Asentí mientras sonaba el timbre, que me mandó a mi clase de historia.

Cuando llegué a mi coche después de clase, Daisy ya estaba sentada en el asiento del copiloto. Se había quitado la camiseta manchada, se había puesto su polo rojo del Chuck E. Cheese’s y estaba sentada con la mochila en las rodillas, bebiéndose un brik de leche. Daisy era la única persona a la que le había dado una llave de Harold. Ni siquiera mi madre tenía llave de Harold, pero Daisy sí.

—No bebas aquí dentro líquidos que manchen, por favor —le pedí.

—La leche no mancha —dijo.

—Mentira —le contesté.

Llevé a Harold hasta la puerta de la entrada y esperé a que Daisy tirara la leche.

Quizá has estado enamorado. Hablo de amor de verdad, de ese amor que mi abuela solía describir citando la primera epístola a los corintios del apóstol Pablo, el amor bondadoso y paciente, que no envidia ni se jacta, que lo soporta todo, confía en todo y lo supera todo. No me gusta abusar de la palabra «amor». Es un sentimiento demasiado bueno y escaso para devaluarlo por exceso de uso. Puedes vivir bien sin llegar a conocer el verdadero amor, el amor de la epístola a los corintios, pero yo tuve la suerte de encontrarlo con Harold.

Harold era un Toyota Corolla de dieciséis años, pintado de un color llamado Mystic Teal Mica y con un motor que sonaba a un ritmo constante, como el latido de su inmaculado corazón metálico. Harold había sido el coche de mi padre. De hecho, el que le puso Harold fue mi padre. Como mi madre no lo vendió, se quedó en el garaje ocho años, hasta que cumplí los dieciséis.

Para conseguir que el motor de Harold funcionara después de tanto tiempo tuve que gastarme los cuatrocientos dólares que había ahorrado a lo largo de toda mi vida —pagas, el cambio que me quedaba cuando mi madre me mandaba a comprar al supermercado Circle K de mi calle, veranos trabajando en un Subway, regalos de Navidad de mis abuelos—, así que, de alguna manera, Harold era la culminación de todo mi ser, al menos desde el punto de vista económico. Y lo amaba. Soñaba muchas veces con él. Tenía un maletero excepcionalmente espacioso, un volante blanco enorme, hecho a medida, y un asiento trasero forrado de piel beige piedra. Aceleraba con la suave serenidad del maestro budista zen que sabe que en realidad no es necesario hacer nada con prisa, y los frenos chirriaban como música máquina metálica, y lo amaba.

Pero Harold no tenía conexión Bluetooth, ni siquiera CD, lo que significaba que estando con Harold solo se podían hacer tres cosas: 1) Conducir en silencio; 2) Escuchar la radio, o 3) Escuchar la cinta de casete de mi padre, la cara B del excelente álbum So Addictive, de Missy Elliott, que —como no había manera de sacarla del radiocasete— había escuchado cientos de veces en mi vida.

Y al final, el imperfecto sistema de audio de Harold resultó ser la última nota de la melodía de coincidencias que cambió mi vida.

Daisy y yo estábamos pasando emisoras en busca de una canción de una boy band especialmente genial y poco valorada cuando tropezamos con una noticia. «... Pickett Engineering, con sede en Indianápolis, una empresa constructora que a día de hoy da trabajo a más de diez mil personas en todo el mundo...» Alargué la mano para cambiar de emisora, pero Daisy me la apartó.

—¡Es lo que te decía! —exclamó.

La radio siguió diciendo: «... recompensa de cien mil dólares por información que permita localizar el paradero del presidente de la empresa, Russell Pickett. Pickett, que desapareció la noche antes de que la policía, en el marco de una investigación por fraude y soborno, se presentara en su casa, fue visto por última vez el 8 de septiembre en su finca a orillas del río. Se ruega que todo aquel que disponga de información sobre su paradero llame al Departamento de Policía de Indianápolis».

—Cien mil dólares —dijo Daisy—. Y tú conoces a su hijo.

—Conocía —insistí.

Durante dos veranos, después de quinto y de sexto de básica, Davis y yo habíamos ido al Campamento Triste, que es como llamábamos al Campamento Spero, un sitio en el condado de Brown para niños a los que se les había muerto un progenitor.

Además de ir los dos al Campamento Triste, Davis y yo también nos veíamos de vez en cuando durante el curso, porque vivía cerca de mi casa, río abajo, aunque en la otra orilla. Mi madre y yo vivíamos en la orilla que a veces se inundaba. Los Pickett vivían en la orilla con muros de piedra que hacían que cuando el río crecía, el agua se desbordara por la nuestra.

—Seguramente ni siquiera se acordaría de mí.

—Todo el mundo se acuerda de ti, Holmesy —me dijo.

—No es...

—No es un juicio de valor. No estoy diciendo que seas buena, generosa, amable o lo que sea. Solo estoy diciendo que se te recuerda.

—Hace años que no lo veo —le dije.

Pero está claro que uno no olvida haber ido a jugar a una mansión con un campo de golf y una piscina con una isla en medio y cinco toboganes de agua. Davis era lo más parecido a una celebridad que yo había conocido en mi vida.

—Cien mil dólares —repitió Daisy mientras nos metíamos en la I-465, la carretera que rodea Indianápolis—. Me dedico a arreglar máquinas de Skee-Ball por ocho dólares cuarenta la hora, y hay cien mil esperándonos.

—Yo no diría que están esperándonos. De todas formas, esta noche tengo que estudiar los efectos de la viruela en las poblaciones indígenas, así que no puedo resolver el caso del multimillonario fugitivo.

Puse a Harold a velocidad de autopista. Nunca lo obligaba a superar el límite de velocidad. Lo quería mucho.

—Bueno, lo conoces mejor que yo, así que, citando a los infalibles chicos del mejor grupo de pop del mundo, «Eres mi chica».

Yo ya era demasiado mayor para que me gustara una canción tan cursi, pero de todas formas me encantaba.

—Ojalá no estuviera de acuerdo contigo, pero la canción es buenísima.

—Eres mi chica. «Te elijo a ti. Nunca te perderé. Siempre te querré. Eres mis estrellas. Mi cielo. Mi aire. Eres mi chica.»

Nos reímos. Cambié de emisora y pensé que el tema estaba zanjado, pero de repente Daisy sacó el móvil y empezó a leerme una noticia del Indianapolis Star:

—«Russell Pickett, el controvertido presidente y fundador de Pickett Engineering, no estaba en su casa el viernes por la mañana, cuando la policía de Indianápolis emitió la orden de búsqueda, y desde entonces no ha vuelto. Simon Morris, el abogado de Pickett, dice que no tiene información sobre el paradero de Pickett, y el detective Dwight Allen ha dicho hoy en rueda de prensa que desde la noche anterior a la redada no se ha observado actividad en las tarjetas de crédito ni en las cuentas bancarias de Pickett.» Blablablá... «Allen también ha asegurado que, aparte de la cámara de la puerta principal, en la finca no había cámaras de vigilancia. En la copia del informe policial que ha conseguido el Star se dice que los últimos que vieron a Pickett fueron sus hijos, Davis y Noah, el jueves por la noche.» Blablablá... «finca al norte de la calle 38, gran cantidad de demandas, financia el zoo», blablablá... «llame a la policía si sabe algo», blablablá. Un momento, ¿cómo que no hay cámaras de seguridad? ¿Qué multimillonario no tiene cámaras de seguridad?

—Un multimillonario que no quiere que se graben sus turbios negocios —le contesté.

No dejé de dar vueltas a la noticia mientras conducía. Sabía que algo no cuadraba, pero no descubría el qué, hasta que de repente me vino la imagen de unos espeluznantes coyotes verdes con ojos blancos.

—Espera, había una cámara. No de seguridad, pero Davis y su hermano tenían una cámara de captura de movimiento en el bosque, junto al río. Era de visión nocturna, y sacaba una foto cada vez que algo pasaba por delante, ciervos, coyotes o lo que fuera.

—Holmesy —me dijo Daisy—, tenemos una pista.

—Y como hay una cámara en la puerta principal, no podía marcharse en coche —le dije—. Así que o salta el muro de la finca, o cruza el bosque hasta el río y huye desde allí, ¿no?

—Sí...

—Entonces podría haber pasado por delante de esa cámara. Bueno, hace años que no voy por allí, quizá ya no está.

—¡O quizá sí! —exclamó Daisy.

—Sí, quizá sí.

—Sal por aquí —me dijo de repente.

Y salí de la autopista. Sabía que no era nuestra salida, pero salí igualmente, y sin que Daisy me dijera nada me coloqué en el carril para volver a la ciudad, a mi casa. A la casa de Davis.

Daisy sacó el móvil y se lo acercó al oído.

—Hola, Eric. Soy Daisy. Oye, lo siento mucho, pero tengo gripe intestinal. Podría ser un virus.

—...

—Sí, no hay problema. Lo siento, de verdad. —Colgó, se metió el móvil en el bolso y dijo—: Si insinúas que tienes diarrea, te dicen que te quedes en casa porque temen que sea contagioso. Vale, muy bien, adelante. ¿Aún tienes aquella canoa?

3

Años atrás, mi madre y yo bajábamos de vez en cuando en canoa por el río Blanco y pasábamos por la casa de Davis de camino al parque que hay detrás del museo de arte. Dejábamos la canoa en la orilla, dábamos un paseo y volvíamos a casa remando contra la suave corriente. Pero hacía años que no bajaba al río. El río Blanco es bonito en abstracto —garzas azules, gansos, ciervos y demás—, pero el agua en sí huele como los residuos humanos. En realidad, no huele como los residuos humanos, huele a residuos humanos, porque, cada vez que llueve, las alcantarillas se desbordan y todos los residuos del centro de Indiana van a parar directamente al río.

Paramos delante de mi casa. Salí del coche, me dirigí a la puerta del garaje, me agaché, metí los dedos por debajo de la puerta y la subí. Volví al coche y lo metí en el garaje mientras Daisy no dejaba de decirme que íbamos a ...