Loading...

VIAJEROS DE LA NOCHE. CIENCIA FICCIóN II

George R. R. Martin

0


Fragmento

LA CIUDAD DE PIEDRA

El entremundo tenía muchos nombres distintos. En la cartografía estelar de los humanos se le denominaba Estación Gris, las pocas veces que aparecía, pues se encontraba a diez años de viaje del dominio de los humanos, hacia el interior. En su idioma estridente, los dan’lai lo llamaban Vacío. Para los ul-mennaleith, que lo conocían desde hacía más tiempo, simplemente era el mundo de la ciudad de piedra. Los kresh lo llamaban de otro modo, y también los linkellar, los cedranos y otras especies que habían aterrizado en él y después se habían marchado, así que pervivían diversos nombres. Pero para la mayoría de seres que lo usaban como un breve alto en el trayecto de estrella a estrella era el entremundo.

Era un lugar baldío, un mundo de océanos grises y planicies interminables donde rugían las ventiscas. Aparte del espaciopuerto y de la ciudad de piedra, era un desierto sin vida. Los ul-nayileith habían construido el espaciopuerto hacía por lo menos cinco mil años, según el cómputo humano del tiempo, en los días gloriosos en que reivindicaban el dominio de las estrellas ulianas, y el entremundo había estado bajo su control durante cien generaciones. Pero después, los ul-nayileith habían desaparecido, y los ul-mennaleith habían llegado a ocupar sus territorios, de modo que sólo se recordaba a la antigua especie en las leyendas y las plegarias.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Sin embargo, el espaciopuerto sobrevivió. Era una cacaraña enorme en mitad de la planicie, rodeada por la imponente muralla que habían construido los antiguos ingenieros para protegerla de las ventiscas. Dentro de la muralla estaba la ciudad portuaria, un cúmulo de hangares, barracones y tiendas donde descansaban y reponían fuerzas viajeros exhaustos procedentes de cien mundos distintos. Afuera, al oeste, no había nada; el viento llegaba de aquella dirección y azotaba la muralla con una furia que no tardaron en canalizar y convertir en energía. Pero las sombras de la muralla este albergaban una segunda ciudad, una ciudad al aire libre, de cúpulas de plástico y casuchas de metal. Allí se hacinaban los derrotados, los marginados y los enfermos; allí se concentraban los sin nave.

Y más al este se alzaba la ciudad de piedra.

Ya existía cuando llegaron los ul-nayileith, hacía ya cinco mil años. Nunca descubrieron cuánto tiempo llevaba resistiendo las ventiscas, ni por qué. Se decía que, en aquellos tiempos, los ancianos de la especie de los ul eran arrogantes y curiosos, y que la habían investigado. Habían recorrido los callejones sinuosos, habían ascendido por las escaleras angostas y habían subido a las torres arracimadas y a las pirámides de cúspide cuadrada. Habían encontrado los pasadizos oscuros e interminables que se entretejían formando una red laberíntica por debajo del suelo. Habían descubierto la inmensidad de la ciudad, enseñoreada por el polvo y el silencio sobrecogedor. Pero no lograron encontrar a los Constructores.

Al final, inexplicablemente, a los ul-nayileith los invadió la fatiga, y con ella, el temor. Se retiraron de la ciudad de piedra para no volver a pisarla jamás. Dejaron de usar la piedra durante miles de años, y dio comienzo el culto a los Constructores. Y también empezó el largo declive de la antigua especie.

Pero los ul-mennaleith sólo rinden culto a los ul-nayileith. Los dan’lai no adoran a nadie. Y los humanos, ¿quién sabe a quién adoran? De modo que la ciudad de piedra volvió a llenarse de sonidos, del eco de las pisadas arrastrado por el viento de los callejones.

Los esqueletos estaban incrustados en la muralla, distribuidos por encima del portal sin orden ni concierto; había casi una docena, estaban medio ocultos en la superficie sin junturas de metal uliano y medio expuestos a los vientos del entremundo, unos más hundidos que otros. Muy arriba, la brisa hacía repiquetear el esqueleto reciente de un ser alado de nombre desconocido; era una bolsa holgada de huesos huecos y delicados unidos al muro sólo por los tobillos y las muñecas. Un poco más abajo, en la parte superior del portal y a la derecha, lo único que se veía del esqueleto de un linkellar eran las costillas amarillentas, que sobresalían como tablillas de un tonel.

El esqueleto de MacDonald también estaba medio empotrado. Tenía las extremidades hundidas en el metal, pero los dedos colgaban hacia fuera, y aún sostenía un láser en la mano. Los pies y el pecho estaban al aire. Y la calavera, por supuesto; descolorida, blanquecina y medio aplastada, pero desafiante como un reproche mudo. Cada vez que Holt pasaba por el portal, al amanecer, la calavera lo miraba desde arriba. Algunas veces, en la extraña penumbra del alba del entremundo, le parecía que las cuencas vacías lo observaban durante el largo trayecto hasta el portal.

Pero a Holt no lo afectaba desde hacía meses. Al principio había sido diferente, justo después de que atraparan a MacDonald y su cuerpo putrefacto apareciera un buen día en la muralla, medio fundido con el metal. El hedor se le metía a Holt en la nariz, y en los rasgos del cadáver se reconocía demasiado bien a Mac. Pero con el tiempo se había convertido en un mero esqueleto, lo que ayudaba a Holt a olvidar.

La mañana del día en que se cumplía el primer año estándar del aterrizaje de la Pegaso, Holt pasó por debajo de los esqueletos casi sin dirigirles ni una mirada de reojo.

Adentro, como siempre, el pasillo blanco, polvoriento y desnudo estaba vacío. Se bifurcaba más adelante, curvándose en ambas direcciones, y había unas pocas puertas azules distribuidas a intervalos regulares, pero todas estaban cerradas.

Holt tomó el pasillo de la derecha y probó suerte con la primera puerta, apoyando la palma de la mano en la placa de apertura. Nada, la oficina estaba cerrada. Probó con la siguiente, con idéntico resultado. Después, con la siguiente. Holt era metódico, tenía que serlo. Cada día había sólo una oficina abierta, y cada día era una distinta.

La séptima puerta se deslizó hacia un lado.

Tras una mesa curva de metal estaba sentado un dan’la, que parecía completamente fuera de lugar. La habitación, los muebles, la pista, todo se había construido según las proporciones de los largamente desaparecidos ul-nayileith, y el dan’la se veía diminuto en aquel entorno. Pero Holt ya se había acostumbrado. Desde hacía un año iba todos los días a las oficinas, y todos los días, un dan’la estaba sentado a una mesa. No tenía ni idea de si era el mismo, y cada día estaba en una oficina diferente, o si era uno distinto cada vez. Todos tenían el hocico largo, la mirada esquiva y el pelaje rojizo e hirsuto. Los humanos los llamaban hombres zorro. Salvo raras excepciones, Holt era incapaz de diferenciar a un dan’la de otro, y ellos tampoco lo ayudaban. Se negaban a decirle su nombre, y aunque a veces la criatura de la mesa mostrara conocerlo, no era lo habitual. Hacía tiempo que Holt había tirado la toalla y se había resignado a tratar al dan’la que encontraba en la mesa como si se viesen por primera vez.

Aquella mañana, sin embargo, el hombre zorro lo reconoció casi al instante.

—Ah —dijo al ver entrar a Holt—. ¿Quieres puesto?

—Sí —respondió.

Holt se quitó la gorra gastada que hacía juego con su ajado uniforme gris, y esperó. Era un hombre pálido y delgado; tenía el pelo castaño con entradas y el mentón obstinado.

—No puesto, Holt —dijo el hombre zorro con una sonrisa fina y breve, mientras entrelazaba las delgadas manos de seis dedos—. Lo siento. Hoy no nave.

—Anoche oí una —repuso Holt—. La oí cuando sobrevolaba la ciudad de piedra. Dame un puesto en ella. Estoy cualificado: domino la propulsión estándar y puedo manejar un acelerador de salto dan’lai. Tengo acreditación.

—Sí, sí —de nuevo apareció el atisbo de sonrisa—. Pero no nave. Quizá semana que viene. Quizá semana que viene hay nave humana. Entonces tienes puesto; te juro, Holt, te prometo. Eres un buen saltador, ¿verdad? Tú me dices. Te conseguiré puesto. Pero la semana que viene, la semana que viene. Ahora no nave.

Holt se mordió el labio y se inclinó hacia delante, apoyándose en la mesa con los brazos separados, apretaba la gorra en el puño.

—La semana que viene no estarás. Y si estás, no me reconocerás ni te acordarás de nada de lo que me has prometido. Dame un puesto en la nave que llegó anoche.

—Ah —dijo el dan’la—. No puesto. No es nave humana, Holt. No puesto para hombre.

—Me da igual. Yo me embarco en cualquier nave. Me da igual trabajar con dan’lai, ules, cedranos o lo que sea. Se salta igual en todas las naves. Méteme en la nave que aterrizó anoche.

—Pero es que no hubo nave —respondió el hombre zorro. Mostró los dientes un instante y los volvió a ocultar—. Te lo digo, Holt. No nave, no nave. La semana que viene vuelve. Vuelve la semana que viene.

Su tono invitaba a marcharse; Holt había aprendido a reconocerlo. Una vez, meses atrás, se había quedado y había intentado discutir, pero el hombre zorro había llamado a otros para que se lo llevaran, y la siguiente semana se había encontrado todas las puertas cerradas. Holt había aprendido a irse cuando era el momento.

Afuera, bajo la luz tenue, se apoyó un momento en la muralla del viento y trató de controlar el temblor de las manos. Tenía que mantenerse ocupado, se recordó. Necesitaba dinero y fichas de comida; bien, ya tenía una tarea a la que dedicarse. Podía pasar por la Cabaña o buscar a Sunderland. En cuanto al puesto, el día siguiente sería otro día. Debía tener paciencia.

Tras dedicarle una breve mirada a MacDonald, que no había tenido paciencia, Holt echó a andar por las calles desiertas de la ciudad de los sin nave.

Desde que era niño, a Holt le encantaban las estrellas. Solía pasear de noche, en los años de frío extremo, cuando los bosques de hielo florecían en Ymir. Echaba a andar y caminaba en línea recta kilómetros y kilómetros, hacía crujir la nieve con sus pisadas, hasta que las luces de la ciudad desaparecían y estaba totalmente solo en aquel resplandeciente país de las maravillas poblado de florescarchas, telarañas de hielo y hieles de tierra. Entonces miraba hacia arriba.

Las noches de los años invernales de Ymir son despejadas, serenas y muy oscuras. No hay luna; las estrellas y el silencio lo son todo.

El aplicado Holt se había aprendido los nombres. No los nombres de las estrellas (ya nadie le ponía nombre a las estrellas, con números bastaba), sino los nombres de los mundos que orbitaban a su alrededor. Era un niño muy inteligente, aprendía deprisa y bien, y hasta su padre, desabrido y práctico, se sentía moderadamente orgulloso de él. Holt nunca olvidó las veladas interminables en el viejo hogar, en las que su padre, borracho de cerveza con vodka, obligaba a todos sus invitados a salir al balcón para que escucharan cómo su hijo recitaba los nombres de los mundos.

—Ése —decía el viejo, sosteniendo una jarra en una mano y señalando con la otra—. ¡Ese tan brillante!

—Aracne —respondía el chico, con expresión impasible, mientras los invitados sonreían y murmuraban educadamente.

—¿Y ése?

—Baldur.

—Ése. Ése. Esos tres de ahí.

—Finnegan. Johnhenry. Mundo de Celia, Nueva Roma, Cathaday.

Los nombres brotaban con fluidez de la boca infantil, y el rostro correoso del padre se arrugaba en una sonrisa; seguía y seguía preguntando hasta que los demás empezaban a aburrirse y a perder la paciencia, y Holt nombraba todos los mundos que un niño era capaz de nombrar en el balcón de su viejo hogar en Ymir. Siempre había odiado aquel ritual.

Menos mal que su padre no lo acompañaba al bosque de hielo; lejos de las luces de la ciudad se veía un millar de estrellas nuevas, y eso habría supuesto aprenderse un millar de nombres nuevos. Holt no se los aprendió todos; nunca supo cómo se llamaban aquellos mundos que orbitaban alrededor de las estrellas más difusas y lejanas que no pertenecían a los humanos. Pero aprendió bastantes. Conocía las pálidas estrellas damush, en dirección al núcleo; el sol rojizo de los Centauros Mudos, o las luces dispersas donde las hordas fyndii alzaban los estandartes. Conocía todas aquellas, y muchas más.

Continuó yendo al bosque a medida que crecía, y no siempre fue solo. Llevó con él a todos sus amores de juventud, e hizo el amor por primera vez bajo las estrellas la noche de un año veraniego, cuando de las ramas de los árboles colgaban flores en vez de carámbanos. A veces hablaba del firmamento a amantes y a amigos, pero las palabras no le brotaban con facilidad. Nunca había sido elocuente, y no conseguía hacerles entender qué sentía. A duras penas se entendía a sí mismo.

Después de que muriera su padre, se hizo cargo del viejo hogar y del resto de las propiedades, y las gobernó durante un largo año invernal, pese a tener tan solo veinte años estándar. Cuando llegó el deshielo, lo abandonó todo y se fue a Ciudad Ymir. Había llegado una nave mercante con destino a Finnegan y a otros mundos más lejanos. Holt encontró un puesto en la tripulación.

Conforme avanzaba el día, aumentaba el ajetreo en las calles. Los dan’lai ya estaban en marcha y montaban tenderetes de comida entre las casuchas; pasada una hora no quedaría un hueco libre en ningún lado de las calles. También se veían algunos ul-mennaleith demacrados, caminando en grupos de cuatro o cinco. Vestían togas azul celeste que les llegaban casi hasta los pies, y se movían de una forma tan fantasmal, majestuosa y enigmática que, más que caminar, parecían flotar. Llevaban la piel suave y gris delicadamente empolvada, y su mirada era límpida y distante. Siempre parecían serenos, incluso los desgraciados sin nave.

Holt se pegó a un grupo de ules y aceleró el paso para seguir su ritmo. Los mercaderes zorro hacían caso omiso de los solemnes ul-mennaleith, pero cuando descubrían a Holt lo llamaban a gritos, y como no les prestaba atención, le ladraban con sus carcajadas agudas.

Cerca del barrio cedrano, Holt abandonó a los ules y se coló por una callejuela desierta. Tenía cosas que hacer, y ése era el mejor lugar.

Se adentró entre las amarillentas casuchas acampanadas que se extendían como un sarpullido y escogió una casi al azar. Era vieja, y su exterior de plástico estaba pulido con esmero. La puerta era de madera tallada con símbolos del nido y, por supuesto, estaba cerrada. Holt apoyó el hombro contra la puerta y empujó; no cedió, así que tomó impulso y se abalanzó sobre ella. Al cuarto intento se abrió estrepitosamente, pero no importaba; en un barrio cedrano, nadie escuchaba nada.

El interior estaba absolutamente oscuro. Tanteó junto a la puerta, encontró una friantorcha y la tocó hasta que empezó a emitir su calor corporal en forma de luz. Entonces miró a su alrededor sin prisa.

Había cinco cedranos acurrucados en el suelo, tres adultos y dos jóvenes; cinco bolas sin rasgos distintivos. Holt ni se fijó en ellos. De noche eran terroríficos; los había visto muchas veces gemir con su voz suave y balancearse con aire siniestro en las calles oscuras de la ciudad de piedra. El cuerpo segmentado de carne de gusano (blanca como la leche) de los cedranos medía tres metros desplegado, y tenía seis extremidades: dos pies bien separados, dos delicados tentáculos ramificados que servían para manipular objetos y un par de garras terribles. Sus ojos, dos pozos redondos y enormes de un violeta brillante, lo veían todo. De noche, más valía evitarlos.

Pero de día no eran más que bolas inertes de carne.

Holt pasó entre ellos y saqueó la vivienda. Encontró una friantorcha portátil que emitía una turbia luz lila, como les gustaba a los cedranos, una bolsa de fichas de comida y una garra de hueso. Las garras de un ancestro insigne, lustrosas y enjoyadas, reposaban en un lugar de honor en la pared, pero ni se le ocurrió tocarlas. Si les robaban el dios familiar, los habitantes del nido estaban obligados a encontrar al ladrón o suicidarse.

Al final encontró un mazo de cartas de magia: unas hojas de madera de color gris oscuro con incrustaciones de hierro y oro. Se las metió en el bolsillo y salió de la casa. La calle todavía estaba vacía. Casi nadie pasaba por los barrios cedranos, salvo los propios cedranos.

Holt regresó enseguida a la calle principal, el ancho camino de gravilla que iba de la muralla del viento, que rodeaba la pista de aterrizaje, a las puertas silenciosas de la ciudad de piedra, a cinco kilómetros de distancia. Ya estaba llena de ruido y de gente, y Holt tuvo que abrirse paso a empujones por la multitud. Había hombres zorro por doquier, reían y ladraban, desplegaban sus sonrisas instantáneas aquí y allá, y frotaban su pelaje caoba contra las togas azules de los ul-mennaleith, contra los quitinosos kresh, y contra la piel verde y colgante de los linkellar de ojos saltones. Algunos tenderetes ofrecían comida caliente, y el aire estaba saturado de humo y olores. Holt tuvo que pasar varios meses en el entremundo antes de aprender a distinguir entre los aromas de comida y los olores corporales.

Mientras se abría paso calle abajo esquivando alienígenas, con el botín bien sujeto, Holt los observaba con atención, se había convertido en una costumbre. Buscaba incansablemente caras humanas desconocidas; buscaba un rostro nuevo, uno que significara que había llegado una nave humana. Que había llegado la salvación.

Pero no encontró ninguno. Como siempre, lo único que lo rodeaba era la marabunta del entremundo: los ladridos de los dan’lai, los chasquidos de los kresh y la conversación ululante de los linkellar, pero nunca oía una voz humana. A aquellas alturas ya no lo afectaba.

Llegó a la tienda destartalada que estaba buscando. Un dan’la de aspecto agotado lo miró desde debajo de un toldo de cuero gris.

—Sí, sí —dijo el hombre zorro con tono impaciente—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Holt apartó las joyas brillantes y multicolores que estaban desparramadas en el mostrador y puso la friantorcha y la garra de hueso en el hueco.

—Te las cambio. Por fichas.

El hombre zorro observó la mercancía, luego a Holt, y se frotó el hocico enérgicamente.

—Cambio. Cambio. Quieres un cambio —canturreó. Tomó la garra, se la pasó de una mano a la otra y volvió a dejarla donde estaba; después tocó la friantorcha para devolverla mínimamente a la vida—. Buena mercancía —añadió, sonreía asintiendo—, cedrana. A los gusanos grandes les gustará. Sí. Sí. Cambio. ¿Fichas?

Holt asintió. El dan’la rebuscó en el bolsillo de la bata y echó en el mostrador un puñado de fichas de comida. Aquellas placas brillantes de plástico de una docena de colores diferentes eran lo más parecido al dinero que existía en el entremundo. Los comerciantes dan’lai daban comida a cambio. Y eran los dan’lai quienes suministraban toda la comida que llegaba a la ciudad en sus flotas de naves saltadoras.

Holt contó las fichas, las barrió con la mano y las echó en la bolsa que había robado de la campana de los cedranos.

—Tengo más cosas —dijo, buscando en el bolsillo las cartas de magia.

Pero el bolsillo estaba vacío, y el dan’la sonrió y chasqueó los dientes.

—¿No están? Tú no el único ladrón de Vacío, claro. No. No el único ladrón.

Holt recordó su primera nave. Recordaba las estrellas de su juventud en Ymir, recordaba todos los mundos que había pisado, recordaba todas las naves donde se había enrolado y a los humanos (y los que no eran humanos) con los que había trabajado. Pero su recuerdo más nítido era el de su primera nave, la Sombra Risueña (aquel nombre tenía una larga historia, pero nadie se la contó hasta mucho más tarde), originaria de Mundo de Celia, que había hecho escala en el trayecto a Finnegan. Era un transporte de minerales remodelado, una lágrima gigantesca de duraleación de color gris azulado, por lo menos cien años más vieja que Holt, sobria y austera. Las bodegas de carga eran enormes y había muy poco espacio para los doce tripulantes, que dormían en hamacas. La nave no disponía de gravedad artificial (aunque a él no le había costado acostumbrarse a su ausencia); tenía reactores nucleares para el despegue y el aterrizaje y propulsión superlumínica estándar para el salto interestelar. A Holt lo asignaron a la cabina de pilotaje, un recinto espartano de luces débiles, metal desnudo y paneles de computadoras. Caín narKarmian le enseñó sus tareas.

Holt también se acordaba bien de narKarmian. Era un hombre viejo, muy viejo, tal vez demasiado para trabajar en una nave, había pensado Holt. Su piel era como cuero suave y cetrino que hubieran doblado y estrujado mil veces, de modo que no había ni un ápice que no estuviera lleno de arrugas. Tenía los ojos castaños y almendrados, manchas en la cabeza calva, y una barba de candado rala y rubia. En algunas ocasiones, Caín parecía senil, pero en general se mostraba lúcido y alerta. Sabía manejar bien la nave, conocía las estrellas, y no dejaba de hablar mientras trabajaba.

—¡Doscientos años estándar! —exclamó una vez en que ambos estaban sentados frente a sus respectivos paneles. Esbozó una sonrisa tímida y torcida, y Holt vio que a su edad aún tenía dientes o, quién sabe, tal vez tenía dientes… otra vez—. Ése es el tiempo que lleva navegando Caín. ¡Es la pura verdad! Ya sabes que la gente común y corriente nunca sale del mundo en el que nació. ¡Nunca! Bueno, digamos que el noventa y cinco por ciento, nunca se va. Nacen, crecen y mueren en el mismo mundo. Y de los que viajan, la mayoría viaja sólo un poquito. Van a un mundo, o a dos, o a diez. ¡Pero yo no! ¿Sabes dónde nací? ¡A ver si lo adivinas!

—¿En la Vieja Tierra? —aventuró Holt, por decir algo, encogiéndose de hombros.

—¿En la Tierra? —Caín soltó una carcajada—. La Tierra no es nada; está sólo a tres o cuatro años de viaje de aquí. Cuatro, creo. Las cosas se me olvidan. No, no. Pero sí la he visto; he visto el auténtico mundo natal, el punto de partida. Estuve allí hace cincuenta años, a bordo de…, de la Oscuro Carey, creo que era. Supongo que ya me tocaba; llevaba navegando ciento cincuenta años estándar por aquel entonces, y todavía no había pisado la Tierra. ¡Pero por fin fui!

—Entonces ¿no naciste allí?

—¡Qué va! —respondió Caín con otra carcajada, haciendo un gesto de negación—. Soy emereliano. De di-Emerel. ¿Lo conoces?

Holt tuvo que pararse a pensar. No asociaba aquel nombre con ningún mundo que conociera ni con las estrellas que le señalaba su entusiasmado padre en las noches de Ymir. Pero le sonaba de algo.

—¿En el Confín? —preguntó finalmente.

El Confín era el límite más lejano del espacio conocido por los humanos, el lugar en que el pedacito insignificante de la galaxia que llamaban el reinohumano rozaba los límites de la lente galáctica, donde ya casi no había estrellas. Ymir y las estrellas que conocía Holt estaban al otro lado de la Vieja Tierra, hacia el centro galáctico, hacia los campos más densos de estrellas y el núcleo, aún inalcanzable.

—¡Sí! —Caín se alegró ante su acierto—. Soy del extrarradio sideral. Tengo casi doscientos veinte años estándar, y habré visto otros tantos mundos, mundos humanos, hranganos, fyndii y de mil clases distintas; incluso mundos del reinohumano, donde los humanos ya han dejado de ser humanos. Me entiendes, ¿verdad? Navego, siempre navego; y cuando encuentro un sitio que me parece interesante, dejo la nave y me quedo una temporada. Y cuando me dan ganas, me marcho. He visto de todo, Holt. Cuando era joven vi el Festival del Confín, cacé banshees en Alto Kavalaan y tuve una mujer en Kimdiss. Pero ella murió, y yo seguí viajando. Estuve en Prometeo y Rhiannon, que están cerca del Confín, y en Mundo de Jamison y en Avalon, que están aún más lejos, ya lo sabes. Durante un tiempo me convertí en un jamesiano, y en Avalon tuve tres mujeres. Y también dos maridos, o coesposos, o como quieras llamarlo. Entonces tenía casi cien años, quizá menos; era la época en que éramos dueños de una nave propia, nos dedicábamos al comercio local y asaltábamos algunos de los viejos mundos esclavos de Hranga, que han evolucionado por su cuenta desde la guerra, e incluso el mismísimo Hranga. Dicen que en Hranga, ocultas en el subsuelo, todavía quedan algunas mentes que están esperando para volver a atacar el reinohumano. Pero yo todo lo que vi fue un montón de miembros de la casta guerrera, obreros y a otros individuos de las clases inferiores. —Sonrió—. Qué tiempos, Holt, qué buenos tiempos. Nuestra nave se llamaba Culo de Jamison. Mis mujeres y mis maridos eran todos valonenses, ¿sabes?, excepto uno, que era de Viejo Poseidón. A los valonenses no les gustan demasiado los jamesianos, por eso le pusimos aquel nombre. No puedo decir que hicieran mal. Yo también había sido un jamesiano antes, y Puerto Jamison es una ciudad estúpida y mojigata en un planeta estúpido y mojigato.

”Estuvimos juntos casi treinta años estándar con la Culo de Jamison. Con el paso del tiempo, dos mujeres y un marido se cansaron del matrimonio. Y yo también, al final. Querían que Avalon siguiera siendo nuestra base comercial, ¿sabes?, pero en treinta años ya había visto todos los mundos de los alrededores, y me faltaba mucho por visitar, así que me fui. Pero los quería, Holt, vaya si los quería. Uno debería casarse con sus compañeros de tripulación, se crea un sentimiento maravilloso —suspiró—. El sexo también es más fácil. Hay menos incertidumbre.”

Holt ya estaba totalmente cautivado.

—Y después —dijo, evitando que su joven rostro delatara la envidia que sentía— ¿qué hiciste?

Caín se encogió de hombros, bajó la vista al panel y empezó a apretar botones luminosos para corregir el rumbo de la nave.

—Oh, seguí navegando y navegando. Mundos viejos, mundos nuevos, humanos, no humanos, alienígenas… Nuevo Refugio, Pachacuti y el viejo Wellington, calcinado; después Newholme, Cielo de Plata y la Tierra. Y sigo; seguiré viajando todo lo lejos que pueda hasta que muera. Como Tomo y Walberg, supongo. ¿Sabéis quiénes son Tomo y Walberg, aquí en Ymir?

Holt se había limitado a asentir. Incluso Ymir conocía la existencia de Tomo y Walberg. Tomo también era del extrarradio, concretamente de Albanegra, en lo más extremo del Confín, y se decía de él que había sido un soñador noctívago. Walberg era un alterado de Prometeo, aventurero y escandaloso, según la leyenda. Trescientos años atrás, en Albanegra, se habían embarcado en una nave llamada la Puta Soñadora, con destino al extremo opuesto de la galaxia. Cuántos mundos habían visitado, qué les había sucedido en cada uno, qué lejos habían llegado antes de morir… Aquellos constituían los pormenores del relato, que seguían provocando discusiones entre los eruditos. A Holt le gustaba pensar que la pareja aún estaban en algún lugar, allá afuera. Después de todo, Walberg había dicho que era un superhombre, y era imposible saber cuánto tiempo podría vivir un superhombre. Quizá lo suficiente para llegar al núcleo, o incluso ir más allá.

Se había quedado absorto, con la mirada en el panel, soñando despierto. Caín sonreía.

—¡Hey!, ¡miraestrellas! —le había gritado Caín. Holt había levantado la vista, sobresaltado, y el viejo, todavía sonriendo, había asentido—. Sí, tú, ¿a quién crees que le hablo, si no? Marca el rumbo, ¡o no irás a ninguna parte!

La reprimenda era amable, y la sonrisa también. Holt nunca la olvidó, como nunca olvidó ni una palabra de las que salieron por la boca de Caín narKarmian. Sus hamacas estaban una al lado de la otra, y Holt lo escuchaba todas las noches, pues hacer callar a Caín era una empresa quimérica, y no sería él quien la intentara. Y cuando la Sombra Risueña por fin aterrizó en Cathaday, el planeta más lejano de su ruta, y se preparó para volver al reinohumano y pasar por el Mundo de Celia camino a casa, Holt y narKarmian se despidieron de la nave y se enrolaron en una nave correo que se dirigía a Vess y a los soles alienígenas damush.

Llevaban seis años navegando juntos cuando narKarmian murió. Holt recordaba el rostro del anciano mucho mejor que el de su padre.

La Cabaña era un edificio alargado y estrecho de metal, una casucha azul de duraleación corrugada que alguien se habría encontrado en la bodega de un carguero saqueado. Estaba a kilómetros de la muralla del viento y se veía desde la muralla gris de la ciudad de piedra y el alto iris del portal occidental. A su alrededor había otros edificios de metal más grandes: los barracones de los ul-mennaleith sin nave. Sin embargo, en la Cabaña jamás había ules.

Faltaba poco para el mediodía cuando Holt llegó al local. No había casi nadie. En el centro de la sala, una friantorcha con forma de columna, que iba desde el suelo hasta el techo, emitía una débil luz rojiza que dejaba en la penumbra casi todas las mesas vacías. Un grupo de linkellar murmuraba en las sombras de un rincón; en el lado opuesto, un cedrano gordo de piel babosa, brillante y blanca dormía hecho una bola. Y junto a la columna de la friantorcha, en la vieja mesa de la Pegaso, Alaina y Takker-Rey, mano a mano, bebían ambarlete de una botella de piedra blanca. Takker vio a Holt de inmediato.

—Mira, Alaina —dijo, levantando el vaso—, tenemos compañía. ¡Por fin regresa un alma perdida! ¿Cómo van las cosas en la ciudad de piedra, Michael?

—Como siempre —respondió Holt, sentándose—, como siempre. —Le dedicó una sonrisa forzada al pálido y abotagado Takker, y se volvió enseguida hacia Alaina.

Alaina y Holt habían trabajado juntos en una nave de salto hacía un año o más. También habían sido amantes, pero por muy poco tiempo. Ya no había nada entre ellos. Alaina había engordado, y tenía la larga melena caoba sucia y enmarañada. Antes, le refulgían los ojos verdes, pero el ambarlete los había nublado.

—Eh, Michael —Alaina lo honró con una sonrisa que le acentuó las mejillas rellenas—, ¿ya encontraste una nave?

Takker-Rey soltó una risita, pero Holt no le hizo caso.

—No. Pero sigo intentándolo. El zorro me dijo hoy que la semana que viene llegará una nave. Una nave humana. Me prometió un puesto.

Ahora sí se rieron los dos.

—Ay, Michael —dijo Alaina—. Pero qué tonto eres. A mí también me decían lo mismo. Hace tanto que no voy… Ya no vayas, mejor vuelve con nosotros. Ven a mi habitación. Te extraño, Tak es muy aburrido…

Takker frunció el ceño, sin apenas escucharlos; toda su atención estaba concentrada en servirse otro vaso de ambarlete. El líquido fluyó con lentitud desesperante, como la miel. Holt recordó su sabor, como fuego dorado en la lengua, y la sensación de paz que proporcionaba. Las primeras semanas habían pasado muchos ratos bebiendo todos juntos mientras esperaban a que regresara el capitán. Antes de que todo se derrumbara.

—Toma un poco de lete —invitó Takker—. Acompáñanos.

—No —replicó Holt—. Quizá un poco de brandy de fuego, si invitas. O una cerveza dan’lai. Si hubiera cerveza con vodka… Cómo extraño la cerveza con vodka. Pero lete, no. Precisamente por eso me marché, ¿no te acuerdas?

Alaina soltó un gemido ahogado y dejó caer la mandíbula inferior. Algo le revoloteó en los ojos.

—Te fuiste —musitó—. Ahora me acuerdo. Tú fuiste el primero, te fuiste. Jeff y tú fueron los primeros.

—No, querida —intervino Takker pacientemente. Dejó la botella de ambarlete, bebió de su vaso, sonrió y empezó a explicar—: El capitán fue el primero que se marchó. ¿No te acuerdas? El capitán, Villarreal y Susie Benet se marcharon juntos, y nosotros nos quedamos aquí esperando y esperando.

—Ah, sí —dijo Alaina—. Y después, Jeff y Michael nos dejaron. Y la pobre Irai se suicidó, y los zorros agarraron a Mac y lo incrustaron en la muralla. Y todos los demás se marcharon. Ay, no sé a dónde, Michael, no lo sé… —De repente se echó a llorar—. Antes estábamos todos juntos, todos nosotros, pero ahora solo quedamos Tak y yo. Todos nos han abandonado. Somos los únicos que seguimos viniendo aquí, ¡los únicos! —Estalló en sollozos y ya no fue capaz de decir nada más.

Holt se sintió fatal. Era peor que la vez anterior, cuando había ido a verlos un mes antes. Sintió el impulso de estrellar la botella de ambarlete contra el suelo, pero no habría servido de nada. Ya lo había hecho una vez, tiempo atrás, el segundo mes después de aterrizar, cuando la espera interminable y desesperanzada lo había conducido a un estallido violento raro en él. Alaina había llorado; MacDonald lo había insultado, le había dado un puñetazo y le había desencajado un diente (todavía le dolía algunas noches); y Takker-Rey había comprado otra botella. Takker siempre tenía dinero. No es que fuera un ladrón, pero se había criado en Vess, donde los humanos compartían el planeta con dos especies alienígenas, y como muchos vesnianos, era xenófilo. Tenía un carácter amable y complaciente, y los hombres zorro (algunos) lo encontraban atractivo. Cuando Alaina se mudó a su habitación y empezó a tomar parte en sus negocios, Jeff Sunderland y Holt se dieron por vencidos y se fueron a vivir a las afueras de la ciudad de piedra.

—No llores, Alaina —dijo Holt—. Mira, ahora estoy aquí, ¿lo ves? Y traje fichas de comida.

Holt metió la mano en la bolsa y echó en la mesa un puñado de fichas, rojas, azules, plateadas, negras… que repiquetearon y rodaron hasta quedarse inmóviles. Las lágrimas de Alaina se desvanecieron de inmediato. Revolvió las fichas, e incluso Takker se inclinó para mirar.

—Rojas… —dijo Alaina, entusiasmada—. ¡Mira, Takker, fichas rojas, de carne! Y plateadas, de lete. ¡Mira, mira! —Se puso a recoger las fichas para metérselas en los bolsillos, pero le temblaban las manos, y más de una se cayó al suelo—. Ayúdame, Tak.

—No te preocupes, amor —dijo Takker con una risita—, ésa era verde. No queremos comida de gusanos, ¿verdad? —Miró a Holt—. Gracias, Michael, gracias. Siempre le he dicho a Alaina que eras un alma generosa, aunque Jeff y tú nos dejaron cuando más los necesitábamos. Ian decía que eran unos cobardes, ¿sabes?, pero yo siempre los defendí. Muchas gracias, de verdad. —Tomó una ficha plateada y la lanzó hacia arriba con el pulgar—. Michael el generoso. Siempre serás bienvenido.

Holt no dijo nada. El dueño de la Cabaña, una mole de carne negroazulada con olor a almizcle, se había materializado de repente a su lado y lo miraba, si es que aquello podía llamarse mirar, pues no tenía ojos en la cara…, si aquello podía llamarse cara, porque tampoco tenía boca. La supuesta cabeza era en realidad una vejiga fofa y medio desinflada, cubierta de orificios respiratorios y rodeada de tentáculos blancuzcos. Tenía el tamaño de la cabeza de un niño, casi de un bebé, y resultaba ridículamente pequeña encima del cuerpo gordo y aceitoso cubierto de moteados pliegues de grasa. El dueño de la Cabaña no hablaba terrestre, uliano ni la lengua franca dan’lai que se usaba como jerga comercial, pero siempre sabía qué querían sus clientes.

Holt tan sólo quería marcharse. El dueño de la Cabaña siguió a su lado, esperando en silencio, pero Holt se levantó y se dirigió a la salida con pasos poco firmes. Al cerrar la puerta tras él oyó como Alaina y Takker se peleaban por las fichas.

Los damush son una especie sabia y amable, y grandes filósofos, o al menos eso se decía en Ymir. Sus soles más periféricos lindan con el extremo del creciente reinohumano más cercano al centro de la galaxia. Fue en una decrépita colonia damush donde murió narKarmian y donde Holt vio por primera vez a un linkellar.

En aquella época, Holt estaba con Rayma-k-Tel, una mujer de rostro duro y afilado procedente de Vess; se encontraban tomando un trago en un bar del enclave, justo al lado del espaciopuerto. Allí servían buenas bebidas del reinohumano, y Ram y él vaciaban una copa tras otra sentados junto a una ventana de cristal amarillo. Hacía tres semanas que Caín había muerto. Al otro lado de la ventana, un linkellar de ojos saltones y bamboleantes pasó arrastrando los pies.

—Mira —le dijo Holt a Ram, jalándola del brazo y obligándola a girarse—. Uno nuevo. ¿Sabes de qué especie es?

—No —respondió Rayma irritada, liberó su brazo sacudiendo la cabeza. Era una xenófoba exaltada, que era lo otro en que podían convertirse los que se habían criado en Vess—. Seguro que es de muy, muy lejos. No te esfuerces en recordarlos a todos, Mikey. Hay un millón de especies distintas, sobre todo tan hacia el centro de la galaxia como estamos. Estos imbéciles damush no tienen reparos en hacer negocios con cualquier… cosa.

Holt volvió a mirar. Seguía sintiendo curiosidad, pero aquel ser pesado de piel verde y colgante había desaparecido. Pensó un momento en Caín y se estremeció de emoción: el viejo había navegado más de doscientos años y seguramente no había visto nunca un alienígena de la especie que acababan de ver. Se lo dijo a Rayma-k-Tel.

—¿Y qué? —replicó ella, sin que eso la impresionara ni un poco—. Nosotros tampoco hemos visto el Confín ni a ningún hrangano. De todas formas, tú me dirás para qué demonios querríamos verlos… —sonrió brevemente ante su propia agudeza—. Los alienígenas son como los caramelos: en apariencia, cada uno es de un color distinto, pero en realidad todos saben a lo mismo. Así que no te conviertas en un coleccionista, como el viejo narKarmian. Al fin y al cabo, ¿de qué le sirvió? Toda la vida yendo de aquí para allá en naves de mala muerte, y nunca llegó a ver el Brazo Lejano ni el núcleo. Nadie lo verá. Tampoco se hizo rico. Así que tómatelo con calma y confórmate con ganarte la vida.

Holt apenas la escuchaba. Dejó el vaso en la mesa y tocó el cristal frío de la ventana con las yemas de los dedos.

Aquella noche, después de que Rayma volviera a la nave, Holt salió del enclave alienígena y vagó entre los barracones de los damush. Pagó medio salario para que lo llevaran a la sala subterránea donde estaba el pozo de la sabiduría del mundo: una computadora gigantesca de luz viva conectada a los cerebros telepáticos, ya muertos, de los ancestros damush (por lo menos, eso fue lo que el guía explicó a Holt).

La sala era como un cuenco de niebla verde agitada por pequeñas olas y protuberancias. En el fondo, cortinas de luces de colores se rizaban, se apagaban y se desvanecían. Holt estaba arriba, en el borde del cuenco, mirando hacia él. Formuló sus preguntas, y las respuestas llegaron en forma de eco susurrado, como si innumerables voces minúsculas hablaran a la vez. Lo primero que hizo fue describir el ser que había visto por la tarde y preguntar qué era, y entonces oyó por primera vez la palabra linkellar.

—¿De dónde vienen? —preguntó Holt.

—Con la propulsión que ustedes usan, están a seis años del reinohumano —susurró el eco, mientras la niebla verde se agitaba—. Hacia el núcleo, pero no en línea recta. ¿Quieres las coordenadas?

—No. ¿Por qué no los vemos más a menudo?

—Son de muy lejos ...