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EL IMPERIO MECHA SAMURAI

Peter Tieryas  

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Fragmento

Me encanta la lengua castellana, y ha habido libros y películas en este idioma que me han impresionado profundamente, desde el Quijote hasta la oscura y fascinante fantasía de El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, pasando por muchas otras obras. En el instituto, cuando llegó el momento de elegir el idioma optativo, elegí español, y me encanta ser capaz de hablarlo con los amigos. ¿Cómo estáis?[1]

De modo que me sentí inmensamente honrado al saber que Nova publicaría en España mi nueva novela, El imperio mecha samurái. Aunque es una continuación de Estados Unidos de Japón, no pueden ser obras más distintas; El imperio mecha samurái presenta una historia completamente nueva, personajes nuevos y un nuevo enemigo. Ni siquiera es necesario haber leído EUJ para disfrutar esta otra. Pero quería hablar un poco sobre lo que motivó las dos novelas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

EUJ surgió mientras crecía en los Estados Unidos; me incomodaba lo poquísimo que se sabía allí sobre lo ocurrido en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial; casi todo se centraba en el frente occidental. Pero yo me había criado oyendo numerosas historias sobre las tragedias de la Segunda Guerra Mundial en el frente asiático, y quise escribir un libro sobre ello para compartirlas con el público estadounidense. Esto se manifestó de varias formas, que incluyeron una historia de misterio y asesinato que se desarrollaba en Corea y China, y una novela gráfica ambientada en un Shanghái futurista. Pero el momento en que se materializó Estados Unidos de Japón fue cuando, leyendo unas cartas de Philip K. Dick, descubrí que quería escribir una secuela de El hombre en el castillo. El único problema fue que el material de investigación le resultaba tan perturbador que se vio incapaz de revisitar aquella historia alternativa, sentimiento con el que empaticé después de acabar EUJ. Entonces tuve la idea de escribir una secuela espiritual, aunque ambientada en la época moderna.

Muchas de las ideas del libro están motivadas por la guerra de Irak. Creo que una de las cosas que más me impresionaron fue la inmensa discrepancia entre el estado del conflicto tal como me lo mostraban los medios de comunicación y los anuncios públicos oficiales (la guerra va estupendamente; la gente nos da la bienvenida) y la realidad, que presentaba cifras de bajas que oscilaban entre 100.000 a 450.000 personas, además de los sucesos violentamente caóticos. Estaban reescribiendo la historia ante nuestros propios ojos.

Con Estados Unidos de Japón quise mostrar una realidad más gráfica. No se suavizan los horrores de la guerra; se representan en su cruda brutalidad. Ciertas imágenes de Abu Ghraib me resultaron tan impresionantes que inevitablemente se trasladaron a algunas de las descripciones. No quería un libro donde se ocultara la violencia o, menos aún, se glorificara. EUJ muestra el coste humano en ese tipo de sociedad. Al mismo tiempo, intenté mostrar la forma en que varios personajes hacen todo lo que pueden por conservar su humanidad en esas condiciones tan sombrías.

El imperio mecha samurái es una obra muy diferente. Aunque está ambientada en el mismo universo, se centra en cinco cadetes que aspiran a convertirse en pilotos de mechas en los EUJ para luchar contra los nazis. Para mí era importante contravenir un tropo habitual del pilotaje de mechas en las obras de ciencia ficción: el de una persona prodigiosa o un genio que destaca contra toda probabilidad y, con poco o ningún entrenamiento, acaba por salvar el universo. Mac no puede ser más corriente, y en modo alguno cumple los requisitos que se exigen a los pilotos de mechas. Debe enfrentarse a todo lo que tiene en contra y luchar por su sueño; esto tiene numerosos paralelismos con mi propia vida, en la que sin tener nada debí luchar para abrirme camino como escritor y desarrollador de juegos. Muchas escenas del libro se inspiran en mi trayectoria profesional, desde la intensa oposición a la que se enfrenta Mac para convertirse en piloto hasta la gente que lo apoya generosamente de formas inesperadas y marca una diferencia en su vida (y en la mía).

Por otra parte, cuando alguien ve un juego o una película solo se fija en unas pocas de las personas que han trabajado en ello. Pero hay cientos más que se entregan en cuerpo y alma para que el producto salga a la luz. Del mismo modo, quise mostrar la complejidad de los mechas y la forma en que es necesario que tripulaciones enteras trabajen al unísono para que puedan funcionar.

Aunque exteriormente se trata de una historia sobre mechas, también se puede ver como una imagen de la vida estadounidense con un giro de historia alternativa, salpicada con anécdotas del cine y los juegos. En la superficie parece una novela de aprendizaje sobre mechas, pero El imperio mecha samurái tiene numerosas capas a nivel político, cultural e histórico que, al ir retirándolas, revelan que la historia alternativa no es tan distinta como podríamos imaginar, sobre todo dado el clima político actual de los Estados Unidos. Los temas más oscuros de EUJ siguen ahí, pero al principio solo forman parte del trasfondo, pues los cadetes aún no se han visto expuestos a la realidad.

Por condensarlo en términos sencillos, Estados Unidos de Japón trataba sobre el sacrificio, mientras que El imperio mecha samurái trata sobre la perseverancia. La tercera y última novela, titulada provisionalmente Blood Mecha Revolution, tratará sobre la ira.

Al ser un libro tan personal, me preocupaba un poco la recepción que tuviera. Fue muy importante para mí que mi héroe (e inmensa influencia) Hideo Kojima lo recomendase. Lloré cuando me envió un mensaje personal felicitándome por la novela. Sus series Metal Gear, Zone of the Enders y Snatcher me han influido profundamente, y esa influencia se puede apreciar en toda mi obra.

Hay muchas personas a las que les estoy agradecido por ayudar a que la edición española de El imperio mecha samurái se hiciera realidad. Gracias en primer lugar a mi maravillosa traductora, Natalia Cervera (alias José Heisenberg), una artista del lenguaje con la que es un placer absoluto trabajar. Gracias también a Gorinkai (Antonio Rivas) por ayudar a dar vida a este mundo. Me siento profundamente agradecido a Antonio Torrubia, que obró magia para garantizar que este libro encontrase un hogar. También agradezco sobremanera a Christian Rodríguez el apoyo que prestó al libro y que sea una persona formidable. Alberto Chicote es un chef fabuloso y una de las personas más maravillosas que he conocido. (¡Espero visitar algún día sus estupendos restaurantes!) Y, por supuesto, ¡gracias inmensas a Nova, a mi editora Marta Rossich y a todo el personal de Ediciones B!

Por último, a todos los lectores, reseñadores y fans: GRACIAS A TODOS. Sin vosotros, este libro no sería una realidad. Sois demasiados para enumeraros, pero sabed que os estoy agradecido a todos. Espero de verdad que disfrutéis con las batallas de los mechas de este imperio cuando se enfrentan a la monstruosidad de los nazis.

PETER TIERYAS

Dedicado a mi esposa, Angela Xu,
la mejor copiloto de mechas

NO SÉ POR QUÉ DICE LA GENTE QUE EL TIEMPO LO CURA TODO. EL TIEMPO no ha hecho más que agravar mis heridas.

Mis abuelos maternos eran ciudadanos japoneses que vivían en Kioto y emigraron a San Francisco a principios del siglo XX. Mis abuelos paternos, de etnia coreana, se mudaron a Los Ángeles poco después de la victoria del Imperio, en 1948. En aquella época había más oportunidades en los Estados Unidos de Japón, sobre todo porque el Imperio estaba reconstruyendo muchísimas ciudades en ruinas. Mis padres se conocieron en el Matsuri de 1974, un festival que se celebraba en un santuario sintoísta de Irvine. Mi padre era técnico de mechas y se dedicaba al mantenimiento de las placas de armadura. Mi madre era la oficial de navegación del Kamoshika. Reconoció a mi padre en el santuario; lo recordaba de cuando le había estado arreglando el generador BP. Los dos habían cogido un o-mikuji de la caja, preguntándose qué buenaventuras presagiarían aquellas tiras de papel. Por pura casualidad, los dos mensajes anunciaban que aquel día iba a producirse un acontecimiento trascendental que cambiaría para siempre su destino. Después de bromear y lanzarse pullas mutuas sobre el destino y la normativa del Ejército, decidieron ir a cenar a su restaurante de ramen favorito.

Nací dos años después.

Mi primer recuerdo de ellos es de una fábrica de mechas en Long Beach. Las piernas acorazadas eran más grandes que la mayoría de los edificios que había visto. Cuando tenía tres años, montaba guerras contra los nazis con los mechas de juguete que me fabricaba mi padre. Me había hecho un jimbaori especial, y me encantaba la manera en que las antiguas sobrevestes de samurái otorgaban un aspecto regio a los guerreros mecánicos. Ni mi padre ni mi madre llegaron a pilotar un mecha de verdad, aunque los dos lo deseaban. Quizá se les hubiera presentado la oportunidad si hubieran tenido más tiempo.

Durante su vida, la mayor amenaza no fueron los alemanes, sino los terroristas americanos que se hacían llamar George Washingtons. Se rumoreaba que eran tan despiadados que les cortaban las orejas a nuestros soldados y se hacían collares con ellas. En 1978, cientos de terroristas cargaron contra el Ayuntamiento de San Diego y mataron a miles de ciudadanos. Tres meses después lanzaron otro ataque en el Gaslamp Quarter, en el que murieron muchísimos civiles inocentes, incluida la esposa de un importante general.

Destinaron a mis padres al frente a principios de 1980. Cada pocos meses volvían de permiso a casa, pero ninguno hablaba mucho durante los años que estuvieron de servicio. Mi padre pasaba absorto la mayor parte del tiempo, y las únicas veces que mi madre mostraba algún gesto de afecto era cuando tarareaba canciones militares para sí. El último recuerdo que tengo de ellos es de la mañana en que se marcharon. Me dijeron que nos veríamos en tres meses. Aún recuerdo los colores vivos de los haoris que llevaban por encima del kimono, y lo mucho que me atraían los bordados de hilo de oro. Desayunamos en silencio. Los huevos estaban demasiado salados; las anchoas, resecas, y el tsukemono en escabeche olía raro. Por lo general se marchaban sin decir gran cosa, pero aquella mañana, mi madre se detuvo cuando estaba a punto de salir, volvió a entrar en casa y me dio un beso en la frente.

Mil novecientos ochenta y cuatro fue un año sangriento, en el que muchos niños del Imperio quedaron huérfanos. No fui una excepción. Mis padres murieron en dos batallas distintas con cuatro días de diferencia.

El cabo que se presentó a darme la noticia lloraba al hablar. Mi madre le había salvado la vida en la batalla, por lo que estaba muy afectado.

—A tu madre le encantaban las nashi —me dijo, y me entregó una caja de esas dulces peras asiáticas—. Las cortaba en trocitos y ofrecía a toda la unidad, pero siempre dejaba uno sin tocar pensando en ti.

A aquella edad me resultaba difícil asimilar conceptos como la vida y la muerte. Mientras aquel hombre me relataba anécdotas sobre mis padres, yo no dejaba de preguntarme cuándo se iría y volverían ellos. Tardé un año entero en darme cuenta de que nunca regresarían, y para entonces estaba viviendo con un mezquino tutor al que el Gobierno había ordenado adoptarme, ya que no tenía parientes con vida. Se había dedicado a la construcción en los hoteles de Tijuana y San Diego, pero la revolución había acabado con aquel negocio. Mi padre adoptivo insistía en que mi madre adoptiva midiera escrupulosamente la cantidad de arroz que me preparaba. Si dejaba algo en el plato, me llevaba una buena regañina por «desperdiciar comida», cosa que mis dos hermanos adoptivos hacían sin pensárselo dos veces.

Dado que mis padres habían prestado servicio con mechas, los tenía idealizados. Juré que cuando creciera sería piloto de mechas y protegería al Imperio contra sus enemigos. Mis padres adoptivos decían que era una sandez, y se me quitaron de encima en cuanto tuve edad para ir a un internado en Granada Hills, en la provincia de California; allí pasé casi diez años.

Ahora, a pocos meses de graduarme en el instituto, practico casi a diario con simuladores de mechas. Como la mayoría de los que fuimos niños en la década de 1980, juego con la portical. Los simuladores de mechas se ejecutan en cabinas que reproducen imágenes captadas de grabaciones reales, con sonido envolvente para obtener una experiencia de inmersión total. Llevo controles hápticos y manejo el mecha con una interfaz simplificada que simula el pilotaje. Aunque libro muchas batallas, la que más repito es el combate de San Diego, donde mataron a mi madre.

El Kamoshika era un viejo mecha de clase Kaneda, más grande pero menos letal que los de clase Torturador que los estaban sustituyendo poco a poco. Los apodaban «titanes samurái» por lo enormes que eran. El Kamoshika era básicamente un guerrero del tamaño de una montaña, con articulaciones robóticas y una máscara que protegía el puente de mando, situado en la cabeza.

Le habían ordenado investigar actividades sospechosas de los George Washingtons. Una líder rebelde que se hacía llamar Abigail Adams había encabezado un ataque por sorpresa que diezmó uno de nuestros batallones, y el teniente coronel al mando de la estación de seguridad había enviado un SOS antes de que se cortaran las comunicaciones.

Jugando de nuevo en el simulador, observo a nuestras fuerzas desconectar toda la electricidad de esa zona de la ciudad. Nuestros soldados pasan a modo infrarrojo, pero su avance cauteloso a través de una San Diego a oscuras es como una danza de sombras. Los terroristas lanzan bengalas que crean orbes luminosos y revelan la presencia del mecha. Se produce un alboroto frenético mientras los George Washingtons preparan la trampa definitiva que han ideado.

Han reunido veintidós lanzamisiles tácticos Neptuno que les han proporcionado los nazis (aunque los alemanes dirían más tarde que se los robaron) y cinco supertanques Panzer Maus IX. Cuando llega el Kamoshika, se produce un bombardeo simultáneo. El piloto se da cuenta de que es una emboscada y tiene un instante para decidir si huye. Pero la zona está llena de civiles, y el Kamoshika va acompañado por una escolta militar, que quedaría indefensa contra los Panzer y sus biomorfos si ejecutara una retirada táctica. Decide mantener su posición, luchar y resistir mientras pueda. No tiene mucho éxito en la tarea de proteger a los que están tras él. Contemplo a cámara lenta la incineración de la coraza; el generador BP queda expuesto, y el resultado es la fusión total del reactor.

Es una de las batallas del simulador en las que resulta imposible ganar. Si elijo la huida, eliminarán a una parte considerable de nuestras fuerzas y las bajas civiles serán catastróficas. Si encajo lo más intenso del ataque y lucho con todas mis fuerzas contra los terroristas, moriré y dejaré desamparado a mi joven yo.

Con todos los años que han pasado desde la batalla, sigo luchando contra el escenario de pesadilla que me destrozó la infancia.

PARA ALGUNOS JÓVENES, LOS LOGROS ACADÉMICOS LLEGAN POR SÍ SOLOS; por desgracia, no soy uno de ellos. Aunque me paso todas las noches estudiando, mis notas superan la media por los pelos. Sé que no daré la talla.

La escuela militar más prestigiosa de la isla principal es la Academia del Ejército Imperial Japonés (Rikugun Shikan Gakko), y la manera más habitual de ingresar consiste en completar un riguroso ciclo de tres años en alguna de las escuelas preparatorias, llamadas Rikugun Yonen Gakko. La otra opción es contar con un historial ejemplar en el Ejército y tener menos de veinticinco años.

Si la admisión dependiera solo de las notas, mis posibilidades de entrar en la escuela más importante de los EUJ, la Academia Militar de Berkeley (AMB), serían nulas. Tampoco es como si tuviera una familia rica que pudiera comprarme el ingreso. La única vía que me queda es sacar una buena puntuación en el anexo militar de los exámenes imperiales, de una semana de duración, y cruzar los dedos para obtener una recomendación militar de alguna persona importante a quien llame la atención mi resultado. Rezo por ello al Emperador todos los días, porque sé que mis posibilidades de éxito son del uno por ciento. Por suerte, la academia no busca únicamente buenos soldados en potencia; quiere las mejores mentes jugadoras para conectarlas a los mandos por portical de las máquinas más avanzadas. Hay precedentes históricos; el más destacado es una de los mejores pilotos de mechas, una cadete con el nombre en clave de Kujira. Tenía notas mediocres y no destacó en los exámenes imperiales generales, pero su puntuación en las simulaciones militares es la mejor que se haya registrado en la historia de la academia; es una leyenda, y se encuentra entre los pilotos más condecorados.

En parte es por eso por lo que he pasado casi todas las noches de los dos últimos años jugando a las simulaciones de mechas en el salón recreativo Gogo, y por lo que estoy aquí una semana antes de presentarme al examen. Hideki, mi mejor amigo, ha venido también. A diferencia de mí, no quiere ser piloto, sino creador de juegos, porque le encantan los juegos de portical y tiene la esperanza de entrar en la AMLB, la división de ludología de Berkeley. Los dos aspiramos a puestos extremadamente difíciles de alcanzar.

—Dicen que han instalado el nuevo Cat Odyssey —me dice Hideki.

Aunque puedo descargarme a la portical demostraciones de todos los juegos, muchos de los títulos nuevos tienen acuerdos exclusivos con los salones, de modo que solo se puede jugar a la versión completa si se está físicamente en uno.

Cat Odyssey es una serie a la que he jugado desde que tenía ocho años. Es uno de los juegos más populares del Imperio, y muestra la historia de la Gran Guerra del Pacífico contra los americanos desde la perspectiva de un gato. El gato puede ganar puntos de conocimiento que dan acceso a poderes y habilidades mayores, como ascender a lugares más altos y sufrir daños mínimos al caer. Parte del atractivo está en las imágenes increíblemente realistas, casi fotográficas, de la representación de finales de la década de 1940 (cada edición del juego tiene lugar en un año distinto). Los desarrolladores dedicaron dos años a asegurarse de que hasta el detalle más nimio fuera gráficamente fiel al pasado, lo que incluye el despliegue de los primeros mechas, que en origen eran figuras simbólicas construidas por el Ejército como encarnaciones del Imperio, cubiertas con armadura de samurái, que disparaban con armas tácticas a nuestros enemigos americanos pero no servían de mucho más.

Me preparo para llevarme una decepción en caso de que el juego no esté a la altura de mis expectativas. Pero también voy a jugar porque se dice que algunos niveles de resistencia los ha diseñado Rogue199, alias de la desarrolladora principal de Taiyo Tech. Es la mente maestra que está detrás de muchas de las simulaciones de mechas del examen. Quiero probar el juego unas cuantas horas por si acaso hay algo que pueda darme una ventaja extra en las pruebas. Hideki opina que es una idiotez, pero nunca me han incomodado los esfuerzos inútiles.

La familia biológica de Hideki llegó a América hace varias generaciones, pero es originaria de Europa. Él no conoce muchos detalles, de todas formas, pues a sus padres los mataron en San Diego y lo adoptó un hombre que trabajaba de exterminador. Aunque su padre adoptivo se ganaba bien la vida cazando cucarachas, Hideki se avergonzaba de su profesión. En el colegio se inventaba historias sobre sus auténticos padres; los detalles cambiaban según de qué humor estuviera, y las anécdotas oscilaban entre lo majestuosamente exótico y lo extremadamente imposible. Se inventó tantos pasados que creo que se le ha olvidado qué es verdad y qué es ficción. Se escapó muchas veces de casa, hasta que su tutor lo mandó a vivir aquí, en Granada Hills, con una tía suya. Fue aquí donde lo conocí. (Lo cierto es que tardé un tiempo en descubrir todos estos detalles.) Nos hicimos amigos porque teníamos en común la pasión por los juegos de portical.

Él me llama Mac, abreviatura de Makoto. En el Imperio, todo el mundo tiene un nombre japonés, independientemente de su procedencia. La mayoría tiene además un alias en el idioma dominante de la zona. El mío es el nombre de uno de mis boxeadores más célebres de los EUJ.

—Ahí está.

El salón recreativo tiene una sección entera dedicada al Cat Odyssey. Las noventa y ocho cabinas, todas, están ocupadas. Por suerte, una amiga nuestra nos ha guardado sitio.

Es Griselda Beringer, una estudiante de intercambio de la ciudad de Hamburgo, en el Reich. Es más alta que cualquiera de nosotros, y étnicamente es medio alemana, medio japonesa. Tiene el pelo rubio y unos ojos verdes de mirada acerada. Estudia ingeniería y comparte nuestro amor por los juegos. Su especialidad son los simuladores de vuelo y automóviles; se le dan especialmente bien los Zero, y en las recreaciones de los duelos de cazas en la Guerra del Pacífico le he visto derrotar a todos los rivales. A diferencia de nosotros, no tiene que pasar los exámenes imperiales (los de la universidad alemana se realizan más tarde), así que puede jugar hasta que le duelan los dedos. Esta noche estamos solos los tres; el resto de nuestros amigos están estudiando para la semana de exámenes, y eso debería estar haciendo yo también. Pero quiero probar el último Cat Odyssey.

—¿Qué tal está? —pregunto a Griselda, que lleva una hora jugando.

Se encoge de hombros fingiendo desinterés para provocarme.

—¿Tan bueno es? —añado.

Se aparta para dejarme empezar. Abro la portical, despliego los bordes triangulares y me conecto al juego mediante el campo de kikkai. La pantalla de la cabina se enlaza con la portical, que puedo usar como controlador con configuraciones personalizadas que no se modifican. Se activan los perfiles de datos guardados de mis aventuras en versiones anteriores del viaje felino.

Caigo en la antigua Los Ángeles. Gran parte de la ciudad está en ruinas tras el bombardeo incendiario realizado por nuestras fuerzas aéreas. Los americanos están matando a todas las personas de ascendencia japonesa que se encuentran, y ya de paso, a cualquiera que tenga rasgos asiáticos. Tratan a los extranjeros con infinita barbarie. Mi avatar felino, Soseki (sé que como nombre de avatar no es muy original), avanza sigilosamente por los callejones de la ciudad. Han incrementado el número de facetas poligonales y reescrito el código del sistema del pelo, de modo que genera mechones cilíndricos en vez del habitual campo de planos que pasan por pelaje. La atención al detalle es extraordinaria.

También se transfiere gran parte del equipo de mi archivo guardado anteriormente. La Capa Susano permite a mi gato atravesar el agua; la Bota Fujin le da la capacidad de realizar un doble salto en el aire. Un traje Tanaki le proporciona un hechizo para convertirse en estatua de piedra, lo que lo hace invulnerable ante los enemigos. Una vez activado el equipo, toda Los Ángeles se abre ante mí. Se representan historias basadas en hechos reales. En muchas de las misiones que he realizado tengo que ayudar a los que sufren bajo el gobierno americano y ayudar a los soldados de los EUJ siempre que pueda. Permea una sensación de impotencia, puntuada por una música melancólica pero pegadiza. Las versiones orquestales y digitalizadas se ejecutan de fondo, y elijo un ritmo de estilo retro parecido al de versiones anteriores del Odyssey. Muchas veces me pongo la banda sonora para dormir.

Estoy inmerso en la decimoquinta misión cuando Griselda e Hideki me desconectan.

—¿Qué pasa? —pregunto, molesto por la interrupción.

—Llevas cuatro horas jugando. Vamos a comer algo.

Tengo que mirar el reloj para asegurarme de que no mienten. Y no.

Hay una cafetería en el salón recreativo. Hideki pide okonomiyaki con salchichas picantes, calamares y queso con jalapeños. Griselda pide un taco de brochetas de pollo y nachos con queso de cabra y curri. Yo, incapaz de dejar de pensar en cuál será mi próxima jugada, pido una ensalada de hamburguesa con sandía; es un cuenco de carne picada, fruta y espinacas, lo bastante ligero para poder concentrarme en el juego sin tener que parar e ir al baño.

—¿Te está gustando el juego? —pregunta Griselda mientras me pasa un tenedor.

—De momento supera las expectativas. —Tomo un bocado de ensalada—. ¿Qué estabas haciendo tú?

—Machacar a unos capullos en duelos de cazas. —Come un bocado de su plato—. ¡Hoy no han calentado los nachos!

—Tampoco se han estirado con las salchichas —dice Hideki, mirando la monstruosa mezcla de pizza y tortas que ocupa la cuarta parte de la mesa.

Griselda llama a un camarero con un gesto.

—Estos nachos están fríos y revenidos —dice.

—¿Podéis ponerme más salchichas? —pregunta Hideki.

El camarero debe de rondar nuestra edad. Pide disculpas, se inclina y se lleva los dos platos.

—A veces creo que demasiados alemanes tomamos vuestra cortesía por debilidad —comenta Griselda.

—¿Qué quieres decir?

—La reverencia que ha hecho era muy desdeñosa, ¿no os parece?

—A veces, una reverencia puede ser la mayor falta de respeto —señalo.

—¿Y cómo se nota?

—Depende del ángulo y la expresión. Podría inclinarme hasta aquí —digo, y bajo la cabeza para mostrarlo—; podría estar poniendo la peor cara posible, y tú no tendrías ni idea. —Me enderezo con la cara retorcida y la lengua fuera.

—No sé si estás siendo irrespetuoso o simplemente idiota —dice Hideki, riendo—. Lo que tienes que hacer es soltar un pedete al inclinarte. Puede que no sepan que les estás faltando al respeto, pero se lo olerán.

Griselda le echa una mirada feroz.

—Es una idea horrible. Y creo que voy a seguir tu consejo la próxima vez que tenga que inclinarme ante uno de esos jugadores idiotas que me desafían creyendo que van a poder llevarse mi dinero.

El camarero vuelve con los platos, a los que ha añadido unas croquetas de pescado a modo de disculpa. Griselda juntas las manos, le dirige una sonrisa tonta y dice «Itadakimasu» con la voz más dulce que es capaz; después prueba los nachos y levanta el pulgar en gesto de aprobación.

De verdad que no sé por qué siempre dice eso antes de comer. Le he explicado que tenemos costumbres distintas de las de la isla principal, y que en los EUJ no lo dice nadie. Gran parte de nuestra cultura, e incluso muchas de nuestras expresiones, resultarían chocantes en Tokio, y viceversa. Aunque todos somos miembros del Imperio, eso no quiere decir que seamos un bloque uniforme y todos imiten a todos. Los ciudadanos de Tokio son distintos de los de Ciudad Taiko, Vancouver, Dallas Tokai, Sídney o Los Ángeles.

Justo después de que acabara la Gran Guerra del Pacífico, Nakahara, el ministro del Idioma, sostenía que cada lengua tenía unas estructuras de pensamiento inherentes que darían al Imperio una flexibilidad y una capacidad de crecimiento que no serían posibles si se impusiera la unificación lingüística. Aunque el idioma oficial en todo el Imperio es el japonés, y es obligatorio dominarlo, se nos anima a hablar el dialecto local de la zona en la que nos encontremos. Por eso hablamos inglés en los EUJ.

Pero Griselda se amolda a capricho, y elige por su cuenta lo que quiere imitar.

—¿Están mejor? —le pregunta Hideki.

—Desde luego, están más crujientes —responde, y da un abundante y ruidoso bocado.

Hideki está a punto de decir algo cuando en su portical suena la melodía de un juego, que indica que está recibiendo una llamada. Por la velocidad con que responde y la voz melosa que pone, deduzco que es Sango, su novia. Se aleja de la mesa para hablar con ella en privado. Sango es un año mayor que Hideki y trabaja en un bar literario para pagar las facturas y poder presentarse de nuevo al examen; la primera vez, las notas que sacó no fueron bastante altas para entrar en la universidad que quería.

—¿Sabes de qué tengo más ganas? —pregunta Griselda.

Niego con la cabeza.

—De ir a casa. No he estado en Konigsbarg —lo pronuncia en alemán— desde hace dos años. Echo de menos las albóndigas de ternera. Les ponen una pizca de pimienta blanca y anchoas, no hay nada parecido en ningún sitio. Deberías venir después de graduarte. Te enseñaría la ciudad, y después podríamos ir en tren a Berlín y visitar la plaza Adolf Hitler y la tumba del Führer.

Sabiendo todo lo que hizo Hitler contra el Imperio, la idea de visitar su tumba no me entusiasma especialmente. Pero antes de que pueda responder vuelve Hideki, radiante.

—¿Cómo está Sango? —pregunto.

—No hablaba con ella —responde. Normalmente suele explicarse, pero esta vez se limita a poner una sonrisa críptica.

—Tu tono de llamada es penoso —dice Griselda.

—Es la música de un juego y tú eres una estirada.

—Si decir lo que pienso es ser una estirada, pues bueno. Mahler y Wagner juegan en una liga distinta de la de vuestros compositores de música para juegos.

—Muy rimbombantes; además, se alargan demasiado y me entra sueño siempre que los oigo.

—¿A ti qué te parece? —me pregunta Griselda.

—Me parece que voy a escuchar la banda sonora del Cat Odyssey —respondo.

—¿Por qué desprecias a los músicos de portical? —pregunta Hideki—. Escriben canciones emotivas y memorables.

Griselda coge un nacho cubierto de queso.

—«Los que más desprecian son los que más aman» —cita, y da un ruidoso bocado—. Me encanta la música; por eso soy tan puntillosa.

Discuten un rato. Yo tengo la cabeza en el Oddysey. Se dan cuenta y me dejan ir, entre risas.

Vuelvo a la Los Ángeles de finales de la década de 1940. Soseki tiene que tomar varias decisiones difíciles. Corre el rumor de que los gatos americanos están desesperados y dispuestos a todo para derrotar a los gatos del Imperio. Exploro Los Ángeles en busca de pistas sobre el enemigo mientras voy acostumbrándome a los nuevos controles de las patas felinas, más complejos que en versiones anteriores. Una parte de mí se pregunta si estos mandos se parecerán en algo a los de los mechas quad reales.

Griselda me da un toque en el hombro.

—Mi primo se ha dejado las llaves y no puede entrar en casa, así que me voy a abrirle. No te mates a maullidos.

—¿A maullidos? —replico.

Han dado las siete de la mañana cuando llego a la fase siguiente de la misión. Hideki va a buscar unos ramen instantáneos y me trae los que me gustan, de sabor a marisco picante. Los profesores dicen que no debería comer tanto ramen porque tiene la culpa de que eche tripa y me salgan espinillas, pero prefiero tener espinillas y algo de peso extra a renunciar a mis fideos favoritos.

Dentro de una hora tendré que ir a clase, pero quiero acabar la misión. Ya recuperaré el sueño en matemáticas; al profesor le da igual qué hagamos con tal de que aparezcamos.

Entro en una zona donde unos humanos están bloqueando el paso a la basura del restaurante. Debo derrotarlos si quiero conseguir lo que necesito para dar de comer a mi comunidad. Pero mis adversarios son demasiado rápidos y no puedo luchar con ellos a la velocidad suficiente. Ni siquiera mis ataques especiales consiguen distraerlos, y uno de los humanos me tumba. Se acercan con navajas y sonrisas malévolas. Me doy cuenta de que se me van a comer. Intento huir, pero me llevo demasiados golpes y la pantalla se funde a negro.

«Quinta vida perdida», dice la pantalla. Tengo nueve, y cuando pierda la última tendré que crear un perfil nuevo y entregar mi alma gatuna al limbo portical.

—¡Mira que eres malo, tío! —grita Hideki, que ha estado mirándome jugar—. ¿No puedes con unos cuantos basureros?

—Esta parte es imposible con mi nivel. Debería haberme potenciado más.

—Eres demasiado lento. Tienes que trabajar los reflejos de los dedos; a esa velocidad se te van a comer vivo en la simulación oficial.

Me pregunto si Rogue199 habrá diseñado estas batallas felinas pensando en los combates de mechas.

La prueba especial de simulación con mecha, también desarrollada por Rogue199, es el examen en el que más interesada está la Academia Militar de Berkeley. La prueba de campo se basa en uno de nuestros conflictos más sangrientos: el incidente de Dallas de 1972.

Dallas Tokai sufría el ataque de un enemigo desconocido, y el mando de los EUJ no estaba al tanto de la magnitud del conflicto. Enviaron tres mechas quad pensando que se trataba de un incidente local, pero los alemanes habían desplegado una legión de biomechas. De los tres quads, solo volvió uno, y eso porque el piloto puso pies en polvorosa mientras los otros dos luchaban para proteger la retaguardia, ya que decidieron que lo más importante era que uno huyera con los datos del combate para que los EUJ pudieran analizar la información sobre los biomechas, con vistas a combates futuros. Fue una acción honorable y el mando lo indultó, pero el piloto se sentía deshonrado por haber dejado atrás a sus compañeros y se atravesó la garganta con un cuchillo.

Un jurado evalúa el rendimiento del examinado. Dado que los parámetros de la prueba cambian en cada ocasión, no se trata tanto de tener éxito como de reaccionar de forma creativa. Dicen que hubo alumnos que no lograron salir con vida pero ingresaron en la Academia Militar de Berkeley, lo que me da esperanzas. En la prueba llevaré la mayor parte del peso de la simulación, aunque tengo que presentarme con un compañero de ala, que me sirve de respaldo y se enfrenta a unas condiciones más fáciles. Por eso me tranquiliza tener a Hideki; nunca he visto a nadie con unos dedos más veloces. Excepto Griselda, quizá. Pero a ella no se le permite participar, ya que no es ciudadana del Imperio; además, Hideki no me perdonaría que se lo pidiera a cualquier otro.

—Siento tener que decírtelo, pero con lo mal que juegas, ya puedes olvidarte de entrar en la AMLB —me dice.

Sé que tiene razón, y es un buen motivo para que esté jugando en estos simuladores. Pero se dice que no llegan a la suela de los zapatos al verdadero examen, y no hay ninguna manera oficial de prepararse. Espero de todo corazón que dominar los mandos del Cat Odyssey sea un buen sistema para ponerme en forma de cara a la prueba.

—No deberías haber intentado enfrentarte a los humanos —me reprende Hideki, con la pequeña sacudida de cabeza de cuando se pone a dar instrucciones.

—¿Qué puedo hacer si no?

—Cambia de campo de batalla o evita el combate.

—Mi comunidad necesitaba comida —protesto.

—Y ahora estás muerto, así que no la va a conseguir.

Estoy demasiado cansado para discutir, así que asiento y digo:

—Deberíamos irnos.

Hemos evitado el castigo físico casi todo el año a base de llegar a tiempo a clase. Según de qué humor esté el profesor, la cosa puede acabar en unos cuantos azotes o ponerse realmente seria. El año pasado, Hideki se llevó una paliza terrible y el profesor le rompió una costilla; tardó seis meses en volver a respirar bien, y en cada aliento exhalaba rabia. «Saldré de aquí y les haré lamentar la forma en que nos han tratado», juró.

Desde entonces vivió con arreglo a aquel mantra.

EN LA ESCUELA LLEVAMOS UNIFORME AZUL. LOS CHICOS LLEVAN CAPA, camisa blanca abotonada, corbata y un montón de aburrimiento. Si cambiamos los pantalones por faldas largas, tenemos los uniformes femeninos. Hacemos lo posible por diferenciarnos poniéndonos tiras personalizadas en la mochila y cintas de colores en la frente, pero si alguien se pone algo que se aleje demasiado del canon, se lo confiscan.

Al llegar a la escuela dejamos los zapatos en un casillero y nos ponemos unas chanclas. Vamos a la primera planta, donde está nuestra aula. Cuando suena la campana, nos ponemos en pie, nos llevamos la mano derecha al corazón y entonamos al unísono: «Juro lealtad a la bandera de los Estados Unidos de Japón y al Imperio al que representa, una nación bajo el Emperador, indivisible, con orden y justicia para todos».

Ante la clase aparece un holograma: la imagen del Emperador con una máscara de dragón. Nos inclinamos en pleitesía durante un minuto entero después de haber recitado el juramento de lealtad. Pasamos otro minuto dando las gracias mentalmente al Emperador por todo lo que ha hecho por nuestra gente. Suena una versión abreviada del himno, El sol tachonado de estrellas, en homenaje a todos los que han sufrido y los que siguen luchando por asentar la gloria del Imperio. El objetivo es el Hakko Ichiu, aunar todos los pueblos bajo una sola nación.

Nuestra clase tiene veintiocho alumnos. No cambiamos de sitio; son los profesores los que van y vienen con cada asignatura, aunque por la tarde damos las optativas y algunos tenemos que ir a otras aulas.

A la hora de comer, Hideki me pregunta qué hago. Le enseño la portical y señalo el comentario del Edicto Imperial sobre Educación (Kyoiku ni Kansuru Chokugo) relativo a los exámenes. «Que te diviertas», me dice animosamente, y se va con otros alumnos de último curso a comer fuera del campus. Griselda se reúne con el grupo alemán; siempre están juntos durante los cuarenta y cinco minutos de descanso. Salgo a unos bancos del exterior y me tumbo a leer el comentario, centrado en una parte del Edicto que trata sobre el mantenimiento de la prosperidad del Trono Imperial.

Delante de mí, también leyendo, está Noriko Tachibana. No solo es una de las estudiantes más inteligentes de nuestro curso; además procede de una prestigiosa familia de oficiales imperiales. Su abuelo fue piloto de Zero, y tanto su padre como su madre fueron héroes de las guerras subsidiarias de Afganistán. Noriko es la primera de la clase. Además hace malabarismos con un montón de actividades extracurriculares, como el patinaje sobre hielo, en el que sobresale, y preside media docena de clubes académicos. Siempre la he admirado. Está leyendo un libro, algo de Fumiko Enchi. Noriko es de ascendencia africana, y sus abuelos lucharon por el Imperio contra los horrores perpetrados por los nazis.

—Hola, Mac —me dice al darse cuenta de que la estoy mirando.

—Hola, Nori. —La saludo con la mano. Está en mi clase, y en tres ocasiones nos han juntado para hacer proyectos; siempre se ponía al mando y siempre sacábamos la nota más alta.

—¿Sabías que los perros y los gatos pueden ver en ultravioleta, pero los humanos no?

—No —confieso.

—Los sensores de los mechas detectan longitudes de onda invisibles para el ojo humano. Suerte en el examen de la semana que viene.

—Lo mismo digo. —Me siento estúpido: ella no necesita suerte. Siempre saca la nota más alta.

Si se ha molestado, no se le nota. Retoma la lectura.

Justo cuando acaba la comida, los altavoces emiten un aviso: «Por favor, acudan al patio para una reunión importante».

Los dos mil alumnos formamos en el exterior, separados por clases. Los del último curso estamos en primera fila, en el centro. La portaestandartes sostiene la bandera imperial, y otros tres estudiantes, a su lado, llevan la de la escuela. Vemos muy atareado al director; está explicando algo con exagerada cortesía a dos oficiales. Ellos asienten, y el director nos señala. Al final se dirige al altavoz y hace las presentaciones.

—Nos acompañan la coronel Kita y el teniente Yukimura. Son héroes del segundo conflicto de San Diego y nos honran con su visita.

La coronel Kita es una mujer alta de pelo rojo; lleva al cinto dos espadas envainadas. El teniente tiene un brazo metálico y lleva una boina en vez de la gorra tradicional.

—La próxima semana es muy importante para todos vosotros —declara la coronel—. Para muchos, el futuro quedará decidido por las notas del examen imperial. No hay gloria más grande que servir a vuestro país en el Ejército. Yo lo he hecho durante dos decenios, e inspira humildad darse cuenta de la gran responsabilidad que recae sobre nuestros hombros. No solo estamos protegiendo a los Estados Unidos de Japón, sino que preservamos el orden y un modo de vida en armonía con el universo. ¿Cuántos planeáis presentaros a los exámenes militares adicionales?

La cuarta parte de los estudiantes alza la mano. La coronel pide a los demás que aplaudan a los que aspiran a entrar en el Ejército.

Entonces, el suelo empieza a temblar. Siento un hormigueo en el pecho. ¿Será posible? El segundo temblor lo confirma, y todos jadeamos emocionados al ver acercarse a la figura.

Es un mecha. La coraza tiene la forma de una gran armadura samurái. Aunque es más grande que el edificio más alto de Granada Hills, es mucho más pequeño que los de la clase Korosu. A juzgar por su aspecto, es un mecha de reconocimiento: rápido, sigiloso y difícil de detectar si lo procura. Tiene un aspecto esbelto, y las placas pectorales están diseñadas para reflectar los sensores o absorber las ondas cuando lo primero no es posible.

—Este es el Taka —dice la coronel—. Lo tripulan catorce de los mejores soldados del cuerpo de mechas. Hemos prestado servicio juntos los tres últimos años, y vamos a hacer una demostración para unos cuantos cadetes seleccionados.

El Taka se detiene delante de la escuela. Por encima de la valla veo las grebas, las rodillas retráctiles, los focos de las caderas; todo ello culmina en la armadura principal con la forma de un haramaki-do samurái clásico. Normalmente, las placas separables están dispuestas de tal forma que ocultan el armamento y los circuitos, además de facilitar la ventilación en caso de que el mecanismo se recaliente durante el combate. Los mechas de reconocimiento gestionan muy bien el calor, de todas formas, y el objetivo de las placas podría ser producir un efecto refractario; es un rumor que nunca se ha confirmado. Se dice que hay prototipos de mecha con algún tipo de camuflaje, parecido al de los automóviles, lo que los hace parecer prácticamente transparentes en caso necesario.

He manejado muchas veces mechas digitales en las simulaciones, pero la sensación de estar ante uno real es indescriptible. Me pregunto si mis padres experimentaban el mismo sentido de la maravilla cada vez que entraban en uno.

Los dos oficiales nos pasan revista personalmente, caminando entre las filas y preguntándonos el nombre y «¿Para qué sección te examinas?».

Algunos responden «Marina», «División de juegos», etcétera. Ocho compañeros míos declaran su intención de presentarse al cuerpo de mechas, lo que hace que los oficiales se hinchen de orgullo. La coronel y el teniente incluso conocen a Noriko, y la saludan por el nombre.

—Por lo que hemos oído, harás sentirse orgullosos a tus padres.

—Eso espero, mi coronel —responde Nori.

—Evaluaré personalmente tu examen de simulación la semana que viene.

Por fin llegan hasta mí.

—¿A qué unidad deseas presentarte? —pregunta el teniente.

—Al cuerpo de mechas —respondo con orgullo, emocionado ante la oportunidad de conocer en persona a un piloto.

Los dos titube ...