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754 DíAS

Christian Byfield  

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Fragmento

La idea de este libro comenzó la mañana del 22 de diciembre de 2017 en Washington D.C., en un diminuto apartamento de Dupont Circle, a donde fui a pasar las fiestas de fin de año con mi familia. Como todos los días, esa inusual cálida mañana de invierno miré mi cuenta de Instagram y entre los muchos mensajes publicados, que en su mayoría deseaban una feliz Navidad, hubo uno que llamó mi atención. El mensaje estaba escrito en inglés y al traducirlo dice lo siguiente:

“Hace cuatro años decidí hacer un cambio en mi vida. Mi proyecto de vida cambió. La idea de pasar mi existencia entera en una oficina haciendo algo que no me llenaba, aun cuando tenía un trabajo exitoso y un porvenir asegurado, no me hacía feliz. Empecé a cuestionarme muchas cosas acerca de la palabra éxito. Yo solo estaba siguiendo el camino que la sociedad me decía que debía seguir, no el camino que mi corazón me murmuraba. En esa fecha todo cambió. Ese día renuncié a mi trabajo como consultor gerencial (mi jefe me dijo que nadie me contrataría después de un año sin hacer nada) y compré un tiquete para viajar alrededor del mundo por un año. No tenía idea de lo que iba a pasar en el futuro, pero decidí enfocarme en el presente y dejar de preocuparme por el futuro. Estaba siguiendo el sueño de viajar por todo el mundo. Mi viaje de 365 días terminó siendo de 754 días. Me enamoré del estilo de vida nómada. Estaba conociendo gente linda, locales y viajeros alrededor del mundo. Lo más importante de todo, tuve la oportunidad de conocerme a mí mismo. Gente que vive el presente, consciente de cada bocanada de aire que toma, con una perspectiva de vida similar a la que yo estaba creando. Pueden imaginarse las largas conversaciones acerca de la filosofía de la vida. Cuando mi viaje estaba llegando a su fin, una aerolínea me escribió para ofrecerme que escribiera para su revista, algo que aprendí en mi universidad favorita: la universidad de la vida. ¡Alguien iba a pagarme por mis fotos de viaje y mis historias! Algo que me hizo reír de verdad. Mis reuniones importantes no eran en saco y corbata sino en océanos, con tiburones martillo y gorilas de espalda plateada. Paso a paso se volvió mi actividad de tiempo completo y cuatro años más tarde estoy escribiendo esto. Este año ya casi se termina, lleno de experiencias locas por todo el mundo, el primer año de mi vida en que visité cinco continentes en ochenta y un viajes. Lo invito a que deje sus miedos a un lado y siga su corazón, ¡siga lo que realmente lo hace sonreír! ¡Solo se vive una vez! Si no hace ningún cambio, nada cambiará, nada. Gracias muchas a cada uno de ustedes, que cambiaron mi vida”.

No es fácil describir el impacto que tuvo el mensaje en mí. Aún no sé si era por el instante de mi vida (después de veinticuatro años en el mismo trabajo me preguntaba, preciso en ese momento, si no era tiempo de parar y explorar nuevas avenidas) o si más bien era que como madre de un hijo de 25 años, integrante de esa particular generación llamada “millennials” que se rehúsa a seguir el estilo de vida de las generaciones mayores, me sentí amenazada. Lo que decía el mensaje era contrario a lo que yo le decía a él: “Trabaja duro para tener estabilidad”, “Hipoteca tu juventud que en la vejez podrás disfrutar”, “Ahorra para un MBA que te garantice un buen cargo con el cual te mantengas a ti y a tu futura familia”.

A una distancia casi diametralmente opuesta a Washington, D.C., un joven de 28 años se mecía en una hamaca colgada en el jardín de la residencia de su hermana en Perth, Australia, mientras tomaba una cerveza helada para calmar la sed que le provocaba el intenso verano. Era Christian Byfield, ingeniero industrial de la Universidad de los Andes, quien pasaba allí la Navidad con sus padres, y en medio de la tranquilidad del sitio escribía el recuento de lo que había sido su vida en estos últimos cuatro años. Al hacer clic en enviar, como un mensaje en una botella en ese vasto océano que es internet, miles de sus seguidores lo leyeron conmovidos.

Como esta red social se especializa en las publicaciones de fotos o instantes, la imagen que acompañaba el texto era una composición de dos: arriba un joven sonriente con saco y corbata en una oficina, y abajo un muchacho de barba, pelo largo cogido con una cola hacia atrás y vestido con una camiseta sin mangas, con unas palmeras como fondo. Parecían dos personas distintas y de hecho lo son: era Christian hace cuatro años y Christian 1460 días después.

La historia no contada que se alcanzaba a percibir entre cada frase y entre esas dos imágenes me llevó a buscarlo. A mi regreso le escribí por chat para proponerle contar su historia, hacerle un zoom a esa imagen para llenar con más historias y detalles esa pequeña foto que él nos regaló a todos en esas 356 palabras en la víspera de Navidad. Nos reunimos por primera vez el 24 de enero en el piso diez de la revista Semana, donde trabajo como editora. Ese primer encuentro fue como ampliar y ampliar esa foto hasta obtener una imagen en alta resolución de esa experiencia. Ese día Christian me reveló que no fui la única que tuvo esa reacción frente al mensaje navideño. Miles de sus seguidores le agradecieron su inspiración, le pidieron consejo sobre qué hacer con sus vidas y lo felicitaron por ser valiente y saltar sin red. En esa charla también me enteré de que la publicación hasta hoy ha tenido más de diez mil likes, algo que nunca había sucedido en su cuenta de Instagram, @byfieldtravel.

Hice un informe especial para la versión digital de Semana con su historia inspiradora. En ese momento me di cuenta de que Christian había hecho todo un diario de su travesía con un lujo de detalles impresionante. En cierta forma había escrito un libro en un diminuto iPod. Esa información era una crónica de viaje de mucho valor, no solo por sus descripciones y sus consejos de viajero sino por su historia. Muchos creen que el viaje de Christian es el de un niño rico y mimado. Yo seguía creyendo que su historia era más que eso y que merecía ser contada en más detalle en un libro, porque su vivencia está ligada a muchos cambios sociales; a la llegada de una generación que no encaja con la anterior, como suele suceder; al espíritu aventurero y azaroso con que nacen algunos y que rápidamente es reprimido por una sociedad conservadora y patriarcal; y al surgimiento de nuevas opciones gracias al auge de la tecnología colaborativa. También a la idea de que, como lo dice el pedagogo español Gregorio Luri, los hijos son nuestros, pero solo en parte, y los sueños que tejemos para ellos en la cuna probablemente nunca se hagan realidad. Los hijos son nuestros solo en parte porque también son hijos de su tiempo, de sus opciones y de sus decisiones, dice este maestro. Aún más importante, esos comentarios me hicieron pensar que las tormentas que nos llegan a cada uno no tienen comparación con las de los demás. ¿Es más valiente quien sale del clóset o quien supera la timidez? ¿Es más digna de contar la experiencia de un paciente en coma durante dos meses o la aventura de un explorador del Everest? No lo sé, pero sospecho que para cada cual, en su momento, el chaparrón que le cayó encima cegó con nubes negras su horizonte. Todos tenemos muñones en el corazón, y por ello una historia que contar que nos hizo mejores seres humanos. La de Christian es una de ellas.

Este libro se trata de lo que sucedió en esos cuatro años. Y él lo escribe con la intención de que sean muchos viajes en uno. Es el viaje suyo para encontrar su vida soñada, pero más importante aún es que esta historia es el despegar de un vuelo que muchos de los lectores emprenderán a sitios desconocidos, no necesariamente ubicados en el plano geográfico, sino al fondo de su corazón. Esto, claro está, si se dejan inspirar con su maravillosa aventura.

Bienvenido a bordo.

Silvia Camargo

Editora revista Semana

El deseo de un Año Nuevo

Hoy es 31 de diciembre de 2005. Estoy en Ceilán, la finca de Gus, mi abuelo materno, a una hora de Bucaramanga por la vía a Santa Marta, Colombia. Ese nombre es una de las grandes coincidencias de mi vida porque tengo sangre de Sri Lanka, la isla frente a la punta sur de India que en el pasado estuvo dominada por los portugueses y holandeses.

Pero fue bajo el dominio británico que la bautizaron Ceilán, hasta su independencia en 1972, cuando pasó a llamarse Sri Lanka. Esta Ceilán no tiene mar sino montañas verdes, nacimientos de agua que baja por los cafetales y gansos a los que yo perseguía cuando mis hermanas y yo éramos niños. Es una hacienda cafetera de más de cien años, con muros de casi ochenta centímetros de grosor, que perteneció a mi bisabuelo y que, a la muerte de él, mi abuelo compró a sus once hermanos. Estoy acostado en mi cama, en un cuarto que comparto desde la infancia con mis primos Gregorio y Sabrina, que son de mi misma edad. Yo vivo en Bogotá, pero desde niño vengo a este lugar en las vacaciones de diciembre con mis papás, mis hermanas, mis tíos y mis primos. En pocas horas viene el año nuevo.

Camino hacia uno de los dos baños de la vieja casa de ocho cuartos, en uno de los cuales mi abuelo pasó su infancia, hace ochenta años. Con cada paso que doy escucho el familiar chirreo de la vieja madera, que me acuerda a otras épocas, lo mismo que el olor que se respira en esa finca. Todo tiene un significado para mí. En este sitio me enamoré de la naturaleza y empecé a disfrutar caminar descalzo en el pasto mojado por el rocío de la mañana, a sentir los diferentes tipos de hierbas en las plantas de los pies, a escuchar el coro de animales, a hacer pipí al aire libre y no en un inodoro, a esperar acostado sobre el pasto una estrella fugaz o a saber lo que duele una picadura de un escorpión… en fin, a vivir la conexión con la Tierra. Esa fuerza vital la perdemos los citadinos como yo y tal vez por eso siempre venir aquí es como regresar a casa, a la casa de donde todos los humanos venimos.

De niño me daba miedo ir de noche a ese baño porque el camino era largo y oscuro. Y por eso mis papás nos ponían a mis hermanas y a mí una mica para hacer pipí. Cuando llego me paro frente al espejo, que solo deja ver mi cara. Es de esos diseños que se abren para poder guardar la crema de dientes y otras cosas de higiene personal. No lo abro. Me quedo ahí, parado, solo, mirando por un rato la imagen que refleja. Veo a un joven con la cara llena de granos, con el pelo negro oscuro muy corto, peinado hacia un lado. Soy yo, Christian Byfield Parra, y tengo 17 años. A esa edad nada que me sale barba y mi voz es chillona. “¿Cuándo va a cambiar de voz?” pregunta la gente más preocupada que yo sobre el asunto.

A mi mamá siempre le preguntaban cuándo le daría el varón a mi papá. Finalmente llegó este varón: nací el 4 de junio de 1988 a las 7:44 a.m. Fue una gran noticia para mi papá, quien, luego de tener dos niñas, Liza y Denisse, tuvo el hijo que sería su compañero de aventuras. Yo nací cuando la más pequeña, Denisse, tenía 9 años, entonces me convertí desde muy temprano en su gra

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